Francisco Segovia

Nadie me cree. Ninguna de las pocas personas a las que he enseñado las imágenes de rostros, que aparecen en las paredes de mi casa, ha admitido lo que son. Me tachan de loco, de maniático, de creer en fenómenos paranormales imposibles. Todos, sin remisión, me abandonan. Incluidos mi esposa y mis hijos, que abandonaron nuestro hogar apenas hace una semana.
Deberían de hacerme caso. Debería haberme comprendido mi mejor amigo, Luis, al que invité a venir para que me apoyara en mi aseveración. Pero, a pesar que los rostros son diáfanos y claramente reconocibles, se negó a admitirlo, lo que traspasó los límites de mi paciencia.
Sí, lo maté, y su cadáver yace a mis pies. Estampé su cráneo una y otra vez contra la pared, gritándole “¡Mira, esos rostros existen! ¡Acéptalo!”, pero solo gritó una y otra vez que lo dejara en paz, hasta que lo silencié para siempre.
Ahora su sangre en la pared forma otro rostro identificable: el suyo. Me mira con tristeza, sabiendo, aunque demasiado tarde, que yo tengo razón…

El principio me recordó mucho a Lovecraft. El final, preciso y lo que uno espera —o no espera— de un micro.
Gran lectura, sin dudas.