Frida Kahlo, la belleza heterodoxa

Pedro A. Curto

Frida Kahlo

Decía Oscar Wilde algo así como que había que hacer arte con la propia vida. Cuestión que no es fácil, pues las normas que marcan la vida de la mayoría expulsan lo que no está normalizado. Y el arte, cierto arte, suele ser transgresor. Eso lo sabía Frida Kahlo y actuó en consecuencia, se puso la vida por montera y la entregó a su pasión: el arte como razón de vivir y amar; la vida como una forma de arte. El mito de Frida Kahlo ha ido creciendo como suelen hacerlo los mitos: ensalzando sus contornos, desdibujando su esencia y, en muchas ocasiones, ignorando su razón de ser. Es el riesgo de los mitos: hablan con la voz de muchos y no son siempre las voces adecuadas.

Columna rotaLa obra pictórica de Frida Kahlo es conocida, ha pasado a la historia, ocupa, en mayor o menor medida, su espacio en el mundo del arte. Pero ese trabajo lo debió llevar a contracorriente, como mujer artista en un mundo donde el imperio masculino era casi una dictadura. Contra el dolor y contra las circunstancias que se lo impedían. Quizás por eso su arte y su vida son inseparables, hizo arte de su cuerpo, de su ser, hundió su pincel en las entrañas, colocó la piel en el caballete. “Pinto autorretratos porque estoy gran parte de mi tiempo sola,  porque soy la persona a quien mejor conozco.” Y en busca del propio ser se colocaba delante del espejo y lo atravesaba, buceaba en las sombras que siempre nos acompañan. Así se muestra en la impresionante pintura Columna rota, metafísica del dolor, lágrimas como flechas y una gran flecha penetrando en el cuerpo. “Yo no pinto sueños… Pinto mi realidad”, proclamó frente a quienes pretendían situarla en el surrealismo, entre ellos el propio pope del movimiento, André Bretón. Pero antes de que ese dolor impregnara su obra, estaba una Frida Kahlo que mostraba la belleza y el arte del propio cuerpo, del ser que enseñaba sin pudor, desnuda y desafiante. “A todos les estoy escribiendo con mis ojos.” Una mirada que se puede captar en unas fotografías, en las cuales se puede percibir el paso del tiempo, pero descubrimos a la mujer y nos la aproximan, igual que si fuésemos un voyeur contemplando a través de un particular ojo de la cerradura. Es musa y artista al mismo tiempo, pues construye lo que vemos. Con su característico entrecejo, su rostro indígena (que resaltó en muchos de sus cuadros), un cuerpo entregado a un estudiado descuido, el vello que no huye de la piel, unos cabellos con los que juega, adornos que acompañan a su desnudez, es ante todo mujer con nombre propio, mujer contra las normas. Rebelan intimidad en unos casos, en otros realzan la pose, la mujer que escribe con su mirada. Es la Frida anterior al dolor, pero el gesto es serio, como si lo percibiera, como si tuviese consciencia de ese destino doloroso. La que llamaron La dolorosa de Coyoacán, la que plasmaría en muchas de sus obras, ya estaba anticipada ahí, plasmada en el papel fotográfico. Es un erotismo con un cierto grado de androginia, que no oculta una feminidad fuerte, que se interroga al mismo tiempo que proclama.

  Las viejas fotografías han patentado el tiempo, han adquirido esa categoría de antiguo documento, que como una buena botella de vino, solo irá ganando categoría, sabor añejo, con el paso de las décadas. Frida Kahlo dibuja un cuerpo, en unos instantes, que con la lucha por la vida, el arte y el amor, en que consistió su existencia, alcanzó la transcendencia de una particular belleza: La heterodoxa belleza del ángel negro.

Frida desnudo

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