1967

Alberto Ernesto Feldman

Idioma hebreo

Fue el año en que me sucedieron cosas importantes y definitivas. Cuando pongo un poco de orden en estos hechos, me perdono por haber sido tan duro conmigo mismo y me alegro de poder contarlos casi como un mal sueño.

A fines del año anterior, había sido objeto de una estafa al comprar un taxi, con el que trabajaría acomodando mejor los horarios para terminar mi carrera de  Medicina. Había vuelto a conducir ómnibus un promedio de catorce o quince horas diarias, incluido sábados y domingos, para devolver, a dos amigos,  el dinero que me habían prestado en la comprar de un vehículo desvanecido en el aire.

Conocí en aquel momento la corrupción policial, la hipocresía judicial y la sensación de impotencia frente a la delincuencia, que no son patrimonio exclusivo de la actualidad. Pensé en cometer una barbaridad, con los delincuentes  o conmigo mismo; pero se impuso, por suerte, la idea de cumplir con quienes habían confiado en mí y devolverles lo suyo lo antes posible.

De aquella época recuerdo con cariño a mis dos amigos, preguntándome: “Alberto, ¿quién te apura?”, y recibiendo lo que les pertenecía poco menos que a la fuerza. También recuerdo, de aquellos  duros momentos,  una discusión en una esquina, ahorro los detalles, con un automovilista muy agresivo. Al reanudar la marcha, una cortina de lágrimas me cegó. A las pocas cuadras, paré el coche e indiqué a los  pasajeros que debían descender y subir al  ómnibus que venía atrás. Le dije al chofer que continuaría el recorrido después de subsanar un inconveniente mecánico y esperé que su coche desapareciera de la vista. Me senté al volante y puse el motor en marcha creyendo que estaba solo. Al mirar por el  espejo frontal,  vi con asombro a dos mujeres y  un hombre, sentados en distintos asientos, que  me miraban fijamente y, antes de que abriera la boca, me dijeron: “Nosotros seguimos con usted, lo conocemos…” . Era gente mayor que  había captado la situación y que confiaba en un joven chofer que lloraba. Nunca los olvidaré.

Por supuesto, no tenía tiempo ni ganas de seguir estudiando,  pero me había entusiasmado,  en esos días, con la lectura de  “Historia de la  Guerra Civil Española”. Muchos de los conductores de ómnibus de Buenos Aires, en aquella época, eran españoles; la mayoría llegados a nuestro país en los años cuarenta y  contaban historias y anécdotas que cotejaba y agregaba a lo que leía. Así  el  “No pasarán” de la población de Madrid, el valor de los dinamiteros asturianos, la gesta de las brigadas internacionales, el idealismo de muchos, la fe, el fanatismo de otros y el arrojo de los propios franquistas, que por algo eran también  españoles, en fin, el heroísmo y la crueldad de la guerra, me llegaban desde algunos de sus actores.

Cayó en mis manos  “Adiós a las armas”, de Hemingway,  al mismo tiempo que se enrarecía el panorama de Medio Oriente. La Guerra de los  Seis Días se aproximaba. Había quemado mis naves, pagado mis deudas y  no debía nada a nadie. El deseo de escapar de mi guerra interior y cambiar la geografía me empujaron.  Lo mismo que Hemingway y su “alter ego”,  Frederick Henry,  yo podía manejar una ambulancia, atender a un herido o hacer un vendaje. Entonces viajé a la tierra de mis mayores para tratar de encontrarme. Yo, que no había entrado nunca a una sinagoga, que no sabía cuales eran las fiestas judías y que detestaba el pescado relleno.

Cuando llegamos en el barco “Teodoro Hertzl” al puerto de Haifa, la guerra  había terminado y,   con un grupo de amigos hechos a bordo, nos dirigimos al Kibbutz Gonen, en la Alta Galilea, para trabajar la tierra. Allí me encontré con el idioma hebreo, del cual no conocía palabra alguna hasta que emprendí ese viaje.  Desde ese momento, me di cuenta de que no importa cuán ignorante o  indiferente  sea a la religión o a la tradición judías; yo soy judío por la sensación  que me produce en el oído y, sobre todo en el corazón, el  escuchar o el hablar el idioma de mis ancestros.

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