La señora del autobús

Juan Alberto Campoy

Lenguas

“Hoy la tierra y los cielos me sonríen, hoy llega al fondo de mi alma el sol, hoy la he visto… La he visto y me ha mirado… ¡Hoy creo en Dios!” Pensé empezar este relato, lleno de extrañas divagaciones (y si ya al autor le parecen extrañas, qué no le parecerán al sufrido lector) precisamente con la frase: “hoy la he visto”, pero en seguida mi mente ha sido asaltada por los conocidos versos de Bécquer y no he podido dejar de incluirlos, a pesar de que no tienen nada que ver con el tema tratado. De esta manera, me garantizo de que el aventurero, aparte de sufrido, lector que se adentre por estas líneas (hay de todo en la viña del Señor), si no otro provecho, al menos pueda sacar el provecho, y el placer, que siempre nos depara a los hombres la relectura de las palabras que calentaron nuestro corazón cuando aún éramos niños.

Hoy la he visto. Hubo un tiempo en que coincidíamos todas las mañanas en la parada del autobús. Y hoy la he vuelto a ver. A la misma hora y en el mismo sitio de siempre. Con su locura de siempre. Una locura a cuyo abismo el resto de los viajeros sólo podemos asomarnos a través de la escucha de su continuo soliloquio desquiciado, en el que emplea únicamente dos palabras: “ia” y “me”. Y digo dos palabras, en lugar de dos sonidos, porque creo que, efectivamente, algo pretende expresar con ellas, ya que no las pronuncia de la misma forma: los “me” son más neutros, menos cargados de emotividad, pero los “ias” siempre van encadenados en una secuencia de volumen de voz y de agresividad crecientes. Tal vez esos “ias” sean un insulto, tal vez una queja airada, tal vez una exigencia de cariño, o, por qué no, una súplica de amor. O puede que todo a la vez.

Decía Antonio Machado que “quien habla solo espera hablar a Dios un día”, pero yo no estoy de acuerdo con eso. Yo creo que la persona que habla sola simplemente se desespera de no poder hablar con sus semejantes y, como no tiene otros interlocutores, se conforma con ser ella su propia interlocutora y ejercer al mismo tiempo el papel de hablante y el de oyente. Es por eso que puede permitirse el lujo (por decirlo de alguna manera) de utilizar un idioma propio, que solo ella conoce. Pero en estos asuntos no creo que Dios tenga ningún papel que jugar, diga lo que diga el admirado autor de Campos de Castilla. De hecho, la mejor manera de comunicamos con Dios (pero que nadie se crea que la cosa es fácil) es a través de vías distintas del lenguaje (meditación trascendental, estados de gracia, qué sé yo), y no mediante rezos y letanías, los cuales, por su carácter de frases prefijadas e inamovibles, son más bien piezas de un ritual. Como decía Aristóteles, “El hombre es el animal que habla”. Y, digo yo, que habla con otros hombres (aunque ese “otro” con el que se habla pueda ser, de forma patológica, uno mismo, un desdoblamiento de la propia personalidad).

Afirma George Steiner que cuando desaparece una lengua desaparece un mundo y tiene razón. El hombre no sólo es un animal sino también un ser cultural o, dicho de otra manera, un ser que lleva incorporados en su propia naturaleza los códigos culturales. La realidad no la percibimos en bruto, sino filtrada por la cultura a la que pertenecemos. Y, qué duda cabe de que, dentro de la cultura, el lenguaje desempeña un papel principal. Si yo pienso en un “gato”, necesariamente me viene a la cabeza: que tiene siete vidas, que no hay que empeñarse en buscarle tres pies, que panza arriba lucha denodadamente, que los espabilados lo dan por liebre, que el gato de Chesire puede desaparecer conservando su sonrisa intacta etcétera. Sin embargo, para un alemán, para un chino o para un egipcio, las connotaciones adheridas a la palabra “gato” serán radicalmente distintas. En la religión egipcia, por ejemplo, los gatos eran la reencarnación de la diosa Bastet. Así, pues, cuando desaparece una lengua desaparece un mundo, es verdad, o, al menos, una forma de entender el mundo.

Después de la muerte de Tuore Duina Burbur, último hablante del dálmata, quien encontró entretenimiento al final de su vida en la tarea de ilustrar a los numerosos filólogos preocupados por la inminente desaparición esta lengua romance, el título de idioma menos hablado del planeta pasó a manos del záparo, lengua amazónica que hablan cinco personas y está reconocida como “obra maestra del patrimonio oral e inmaterial”. Se hizo, pues, caso omiso de aquellos idiomas que las personas solitarias y marginadas de este perro mundo utilizan para hablar consigo mismas, aunque su desaparición (la de los idiomas, digo) no constituya, es verdad, una gran pérdida para la Humanidad.

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