Monedas Huérfanas

Pablo Ándres Rial

monedas

Una moneda en el piso.

Recuerdo que, a mis doce años, la levantaba tímidamente al descubrirla, tratando de que nadie se diera cuenta, porque lo sentía como un hurto. No era mía pero estaba sola, sin dueño a la vista. Disimuladamente me acercaba, la tomaba, la apretaba con los puños unos segundos por miedo a que ella gritara y me delatase, y luego, cuando comprendía que era la mejor oportunidad, iba directo a un bolsillo del pantalón.

A mis veinte, perdí por completo ese preconcepto de no pertenencia y sin darle lugar a mediar con el pensamiento, iba directo a ella, no titubeaba. Veía a la moneda con un sentimiento diferente que en aquella niñez. “Está tan sola y lejos de todo”, me decía a mí mismo.  Las encontraba debajo de la máquina expendedora de boletos o en alguna vereda y entonces inclinaba las rodillas de manera automática y de un zarpazo ya eran mías. Pero debo aclarar que tenía reglas que no podía transgredir, si se le caía a alguien, consideraba el mismo procedimiento pero con un desenlace diferente, le decía muy amablemente: “Disculpe, se le cayó”, a lo que generalmente respondían con un “gracias” a secas o un “muchas gracias joven”.

Si sumo las monedas levantadas, creo que encontré a lo largo y a lo ancho de mis años, no más de diez pesos con suerte, con mucha suerte. Con los billetes tampoco tuve fortuna. Recuerdo gratamente una vez, cuando cansado, agobiado de hacer trámites en la Capital, llegué a Constitución y tuve la buenaventura de encontrar un asiento libre en el tren y, sobre el asiento, dos pesos con un Mitre barbudo y desteñido. Estaba ahí, solo y abandonado, arrugado. Me sentí afortunado de ser su dueño esporádico.

A mis 29 años, es decir justamente en el presente, veo monedas en la vía pública con más frecuencia que en épocas anteriores, las de diez centavos son monedas muy corrientes de ser halladas. Pero, debe ser la edad o las pocas ganas, si están a más de un metro de distancia, mis brazos no las desean, y opto por abandonarlas.  Debo concluir que estos cambios se deben a un motivo clave: el desánimo que me provoca pensar en moverme de mi asiento cómodo o detenerme del paso ligero (en caso de estar caminando) para estirarme, bajar la cabeza y doblar las rodillas por tan solo diez centavos.  Otro motivo por el cual no las recojo es que al pensarlo demasiado, doy vueltas, me acerco, me alejo y, para cuando me decido, otra persona me gana de mano.

Un dato importante, esas monedas rejuntadas, sin dueños, tienen otro color debajo de las fuentes de los deseos. Las monedas de las fuentes se ven tan puras que tienta recogerlas. En este caso las contamino, sí, pero con un fin justificado.

El pudor se me va en el momento de arrimarme lentamente a la fuente,  poner el ojo en una de ellas y decirle a la niña: “¿Querés pedir deseos?”  Es ahí cuando, sin que ella se percate de lo que hago, sumerjo en un instante la mano y tomo una de 25 centavos, aunque esté mal visto por la gente de buenos modales (aunque nadie creo que pueda verme pues lo hago muy bien). Al instante, le doy la monedita simulando que la saco del bolsillo. Muchos dirán que no es ético, que es robar o ser laucha; pero estoy convencido de que  moví la huérfana moneda de ese lugar tan aburrido, de que la hice dinámica.  Además, nada se compara con la felicidad que siento, cuando, de espaldas, la dulce niña la arroja al mismo lugar de donde la arrebaté, dándole así, un nuevo espacio en donde quedarse.

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