Descubriendo mis ancestros (IV)

Pablo Martínez Burkett

Morrión

Cómo el tardío reconocimiento al coraje  y entrega de unos valerosos soñadores permite enmendar una inveterada desidia y lo que con ello se hizo

Esa noche regresé a mi casa y dormí hasta tarde como un bendito. Al despertarme con una fenomenal resaca me prometí nunca volver a beber. También me prometí que llamaría urgentemente al archivista ese, que lo pondría en contacto con mi padre y mis hermanos y cosas así. Como ese día tenía una agenda apretada y me sentía como andando por una marisma, me pareció oportuno dejar todo para el día siguiente. Y para el siguiente, luego. Como era de esperar, no llamé a nadie ni hice nada.

Una cosa trajo la otra y recién con el advenimiento del próximo verano, cuando la empleada decidió enviar mi chaqueta a la tintorería, al vaciar los bolsillos apareció la tarjeta aquella. Su presencia era un grito en la soledad de la mesa.

Con inusitada resolución llamé a este Nuflo Cartaphilus (quien después supe, provenía de una familia consagrada a los libros perdidos y otros testimonios escritos de invalorable significado para coleccionistas). Quise concertar una cita, para explayarme sobre mis recuerdos, pero apenas si consintió el diálogo telefónico, aunque quizás sea esta una apreciación de excesiva latitud. En realidad, se limitó a escucharme, formuló alguna pregunta aislada y me despidió afirmando que nada sabía de ningún vasco hacedor de lluvias, pero que intentaría averiguar.

Tan rotundo fracaso, lejos de arredrarme, me convenció de que era momento de encarar seriamente la revisión de ciertos hechos históricos. Una cosa era el absurdo mito que servía para amenizar reuniones familiares y encender el orgullo de los miembros más jóvenes, otra muy distinta era dejarlo salir a la luz. Si genuinamente alguna sangre de conquistador español corría por mis venas, el sacrificio de tales hombres merecía el esfuerzo de resucitar sus olvidados nombres.

Así que provisto de cuanto libro me pude agenciar, me dispuse a repasar la verdadera historia del descubrimiento y conquista del Río de la Plata, poniendo énfasis en la figura de Juan de Garay y su tropa, entre cuyos miembros se suponía que estaba aquel de quien proveníamos.

Quizás desentrañando este origen pudiera contribuir a evitar que las próximas generaciones se vieran precisadas a seguir disimulando el yugo que heredamos.

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