Mi planeta de chocolate: “Próxima parada: Morelia”

Manuel Cortés Blanco

Sombrero

A veces somos demasiado críticos con lo nuestro, los peores censores de nosotros mismos. Creemos que las miserias de ese pueblo en el que vivimos son solo eso: miserias de mi pueblo. Pensamos que la mala fe del vecindario sería buena en cualquier otro sitio. Que allá, o mejor aún más allá, esos defectos serían virtudes. Nadie nos criticaría por lo que hacemos y, como ocurre con tanta frecuencia, por lo que dejamos de hacer.

En la distancia no caben envidias, los falsos amigos, la doble moral. No habrá suspicacias sobre cómo piensas. Si eres de izquierdas o de derechas, de este o de aquel. Y ya no por quién votes o dejes de votar, sino por cómo caigas al fulano que te juzgue.

En esa aldea de cada uno, alguien de incógnito no es un incógnito, sino una intriga. Y no te lo reprocho, te lo digo.

Recuerdo cierta ocasión, un sábado de mercadillo, que a fin de protegerme del sol decidí ir a la plaza con sombrero. Un sombrero de paja, holgado, firme, con cinta roja y sin mayores misterios. Ahí estuvo mi delito.

Para algunos, al usar aquella prenda busco destacar entre el gentío. Para otros, ridiculizar a don Anselmo, que acostumbra a cubrir su cabeza con bombín. Uno más osado interpreta la vestimenta como un gesto de humildad. Y para aquel con quien nunca crucé palabra, demuestra mi estética arruinada al no combinar con los zapatos.

Juro que solo quise resguardarme de sus rayos, sin ninguna pretensión adicional.

Siempre en mala hora, en mal tugurio, en mala compañía. Perdemos de vista lo cercano para vernos lo peor de entre los peores.

Lo del color merece punto y aparte. ¿Por qué morado? No podría haber sido verde, naranja o amarillo. En esta vida que sucumbe a tantas evidencias, nada queda para la improvisación. Y en verdad que existe un motivo: era la única tonalidad que vendían en la tienda.

Contra los aciertos de los demás siempre tienes respuesta; contra tus propios errores, no.

En efecto, a mi pueblo le encantan los chismes. Perderse en un laberinto de reproches para analizarte de arriba abajo, anteponer las circunstancias a los méritos, sacar conclusiones a base de indicios, quedarse con una parte en lugar de con el todo.

No es lo mismo el yo que el conmigo. En eso, solo en eso, se parece al resto de los pueblos.

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