La irreverencia de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695): Las contradicciones de la décima musa.

Lucía del Mar Pérez

Sor Juana V

           Sor Juana Inés de la Cruz, la Décima Musa, llamada así por sus coetáneos, fue una mujer brillante, un personaje complejo, de pluma bella e ingeniosa, digna de las más altas personalidades literarias barrocas. Pero al igual que el arte que inmortalizó su tiempo estuvo plagado de claroscuros, su vida se desarrolló en una oscuridad violentamente iluminada por la luz del saber, un haz de brillante claridad que su entorno social patriarcal y misógino trató de apagar, aunque, afortunadamente para el lector del actual, no siempre consiguieron sumirla en la  total oscuridad.

         Nacida en San Miguel de Neplanta, al sureste de la actual Ciudad de México, por aquel entonces, perteneciente al Virreinato de Nueva España, integrado en los territorios de la Monarquía Hispánica. Era hija de la unión ilegítima de su madre, Isabel Ramírez, y un supuesto militar vasco, llamado Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca. Una niña precoz que, según sus escritos autobiográficos, aprendió a leer a los tres años y a versificar a los ocho. No obstante, a pesar de semejante talento, el estudio no era una opción para la mujer del siglo XVII. Juana acabaría profesando en el Convento de San Jerónimo.

        En la Edad Moderna, la mujer era educada para el matrimonio o para el convento. Existía el convencimiento de que era incapaz de regir su vida con éxito, y de tomar sus propias decisiones. Ella no puede decidir; este papel estará asignado al capellán, al marido, al vicario o al confesor. La mujer debía guardar silencio, salir a la calle lo menos posible y abstenerse de amistades femeninas, es decir, tratar de alcanzar la “virtud”. ¿Cuáles son las razones por la que una muchacha de dieciséis años, o menos, abandonara a sus padres e ingresara en un convento?¿Imposición o vocación? Cuesta creer en una única idea de religiosidad, pero no debemos obviar que en una sociedad profundamente sacralizada como la del Antiguo Régimen, el hecho de tomar los hábitos constituía vivir en comunidad con Dios, y emprender un camino de virtuosismo que en ocasiones se aproximaba  a la  “santidad”.

         En la sociedad barroca, la mujer se encontraba profundamente lastrada por fundamentos ideológicos extraídos de las Sagradas Escrituras, y de importantes trabajos doctrinales desarrollados en los siglos XV y XVI. Una “inferioridad” femenina que bebe en la fuente de las Epístola de San Pablo a los Corintos  y fue asumida con total naturalidad en los siglos posteriores. La literatura misógina es abundante: desde el Malleus Maleficarum a La perfecta casada de Fray Luis de León, pasando por Fray Hernando de Talavera y tantos otros. El pensamiento transmitido en estas obras se resume en la imagen de la mujer como pecadora y culpable de la muerte de los hombres, biológicamente inferior al varón y con escasa o nula capacidad de entendimiento. A consecuencia de dicha inferioridad debe someterse a la tutela de un varón, padre, marido o hermano, permaneciendo siempre encerrada en casa, siendo recomendado, a partir del Concilio de Trento, que permanecieran en silencio y “santa ignorancia”.

       En este orden de cosas, las posibilidades de la población femenina novohispana, eran muy limitadas, quedando circunscritas al ámbito del matrimonio humano o divino,  y  esposaban, por conveniencias familiares, a un marido impuesto, o desposaban a Cristo, quedando limitadas a un enclave conventual. Cualquier variante, por leve que fuese, de los cánones establecidos para la mujer por la sociedad barroca, era inmediatamente aplastada por la autoridad eclesiástica y política, pues en una época en que el poder se define o trata de definirse como absoluto, no caben las disidencias de ningún tipo, y en ninguna medida las femeninas, por lo que durante el siglo XVII se produce la institucionalización de la misoginia favorecida por el Estado, como elemento de control social.

          A pesar de que a la mujer no le estaba permitido pensar y el raciocinio escapaba a sus “posibilidades biológicas”, hubo mujeres que durante la Edad Moderna sintieron inquietudes intelectuales, tanto de carácter teológico, como literario o científico. En un momento y en un lugar donde la mujer tenía prohibido el acceso a los centros de saber de toda índole y donde las universidades estaban vetadas para el género femenino, hasta épocas recientes, los conventos constituían la única posibilidad de estudiar y librarse de matrimonios no deseados. Juana fue una de ellas. Fue una luchadora, una mujer de inteligencia fulgurante que tuvo que ceñirse a una época de brillante opacidad para las letras. A la brillantez propia del siglo de oro de las letras hispánicas se sumó la opacidad de ser mujer en uno de los peores momentos de la historia para nacer bajo el signo de Eva.

         Juana, bella y joven, hubo de renunciar a la vida mundana como método para evitar un matrimonio impuesto y desafortunado y evitar un destino funesto de subordinación al hombre. Sin embargo, escoge un camino repleto de contradicciones: la rigidez del convento se alterna con la libertad de su pensamiento, que a la vez limita por una autocensura impuesta ante el temor de caer bajo sospechas inquisitoriales. Porque, a sus más íntimos deseos científicos y su afán de saber, acompaña una censura implícita, manifiesta; un decir lleno de silencios, donde éstos comunican más que la palabra. La palabra de Sor Juana se edifica en torno a una prohibición; es una palabra bella, impregnada de  culteranismo y conceptismo adaptados al Nuevo Mundo, a la altura de los más altos exponentes de la lírica barroca, que es peninsular y masculina. Alcanzará la gloria, será la Décima Musa, pero una musa desdichada, que osó transgredir las normas de un mundo escrito con la firme letra de la ortodoxia, donde ninguna mujer, ser inferior, con escasa capacidad de raciocinio, no puede manifestar  opiniones teológicas, ni mucho menos defender, con  cautela  y modestia fingidas, la capacidad y necesidad del desarrollo intelectual y científico  de la mujer.

          A ella debemos, probablemente, las más tempranas reivindicaciones feministas, que tratan, refugiándose en el barroquismo de su poesía, de defender la valía del género femenino. Y a pesar del acoso que sufrió en vida, de las dificultades a las que hubo que enfrentarse,  y la oscuridad de sus últimos días, la vida y obra de Sor Juana merece un homenaje, y el reconocimiento por su papel de precursora en la lucha por la igualdad entre sexos. Una transgresión que debe servir como ejemplo a la mujer actual. Pues hoy, como entonces, son demasiados los campos cultivados por el hombre, frente a los yermos que precisan para florecer de la mano de la mujer.

          Su producción literaria es abundante y variada: Lírica personal, que varía desde la poesía amorosa, poesía religiosa, poesía de circunstancias o poemas filosóficos; fue sin duda lo que le aportó mayor fama. Pero también encontramos villancicos, teatro (loas, autos sacramentales o comedias), y por último, sus escritos discursivos. Me gustaría hacer hincapié en la lírica y en sus escritos discursivos, por considerar que en ellos se halla contenida la esencia de su pensamiento y el reflejo de una personalidad compleja sometida a los avatares de su tiempo.  Uno de los escritos que más ilumina al lector sobre la personalidad de la monja, es la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. A modo de autobiografía y de defensa frente al ataque de sus enemigos, aborda cuestiones novedosas, y arriesgadas para la época, como son: la defensa del intelecto femenino, la educación femenina universal a cargo de ancianas doctas o el enaltecimiento del género femenino a través de ejemplos bíblicos:

                    Leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito a las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo les es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino con aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados. (…)

         Un pensamiento lúcido, una mirada nítida, un caminar demasiado firme que se detuvo en los vericuetos del poder eclesiástico misógino novohispano, que no consintió las trasgresiones de una mujer, de una monja, que al final de sus días habría de renunciar a su amor al saber. Juana vivirá sus últimos días en un ambiente apocalíptico y providencialista, entre la culpa y la soledad. Sometida a las presiones del arzobispo de México, Aguiar y Seijas, y de su confesor, Núñez de Miranda, abandonó su estudio para dedicarse completamente a Dios, hasta que enfermó, a causa de una epidemia, y murió en 1695. Testimonio de su soledad y su profundo sentido de culpa, son sus palabras recogidas en el Libro de Profesiones del Convento de San Jerónimo:

                  Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre,  a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre.

Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz.

         Sor Juana Inés de la Cruz: poetisa, científica, erudita, transgresora: invito al lector a asomarse a sus palabras, dotadas de una actualidad que resulta sorprendente. Allí, donde quiera que esté, se estará preguntando cómo en el siglo XXI aún hay mujeres que no tienen derecho a la educación.

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