Los muertos mochos

Jaime Palacios Chapa

La dama del lago II

Imagen de la película “La dama del lago”

Dicen -eso dicen-, que a los que mata el narco no los están enterrando como se debe. El crimen organizado ya causa problemas hasta a los panteones.

Anda circulando una leyenda urbana acerca de esto, pero yo conozco al que la inventó. O bueno, era amigo de unos conocidos.

El vato este trabajaba de noche en su computadora. Una vez, sintió una especie de vacío en los oídos, en su piel, luego en la vista; hagan de cuenta que estuviera viviendo una interferencia. Enseguida empezó a escuchar un grito lejano, después más cerca, más fuerte… más fuerte, hasta que resultó insoportable. También le pareció ver algo… y mejor se tapó los ojos.

Dicen –dicen-, que a los que mueren mutilados no siempre los sepultan con sus debidos miembros. Que algunos se aparecen pidiendo sus piernas o sus brazos… con los que nacieron, no los que metieron en su caja.

Según la leyenda urbana, los difuntos fragmentarios solicitan tu ayuda para recuperar sus partes. Si los ignoras, sufrirás un accidente que mutilará tus miembros y jamás podrán encontrarlos. A medida que circula por Internet, le han ido apuntando nombres de gente que ya sufrió el castigo. El narco no es el único responsable de todos los restos que aparecen en las noticias…

No debiéramos creer en cadenas y esas cosas, pero dicen, dicen que han estado encontrando muchas tumbas abiertas… y con los restos removidos. Ya saben, no falta el que cree todo lo que le mandan a su correo.

El asunto es que el vato siguió sufriendo esas interferencias, y cada vez más intensas. El grito era como una alarma que se enciende junto a tus orejas. Lo peor es que, más y más claro, más real, más intimidante, empezaba a notar que había alguien con él en el cuarto, y ese alguien lo veía. Espanta más una mirada que mil palabras. El vato mejor cerraba los ojos y, de pasada, se tapaba las orejas.

Que todo terminara era como despertar, lo hacía con la camisa y los pantalones húmedos de sudor, el corazón como si lo hubiera perseguido un perro.

Él inventó la leyenda, o eso dicen mis amigos. Suponen que lo hizo para ayudar a un difunto. Claro, que sean otros, yo no, los que agarren la linterna y la pala, los que salten de noche la barda de los panteones.

Dicen también que, cuando mandó el correo masivo, terminaron las interferencias. La última fue la más tremenda de todas. Las palabras esconden, la mirada espanta. Esa vez, el vato se armó de valor y miró al que gritaba. Lo miró a los ojos.

Era un hombre como de su edad… la sangre aún saltaba por donde estuvieron sus brazos y piernas. Sus ojos le compartieron desesperación, coraje, tristeza… y seguramente también otras cosas. Olía a hueso pulverizado, como en el dentista; a carne cruda, como en la carnicería. Durante un segundo, fracciones más, fracciones menos, sintió su dolor.

Después de eso, ambos gritaron juntos.

La víctima del crimen organizado, habiendo sido mirada, desapareció en paz. El vato, en cambio, se puso a chillar como niña. Y mucho.

Pero dicen, eso dicen, que el aparecido le pidió ayuda para encontrar sus brazos y piernas, que al vato le dio güeva hacerlo, que entonces mandó el mail a todo su address book.

Sobran idiotas que creen cualquier cosa que llega a su correo. Es más fácil cavar tumbas que ver aparecidos. Ahora hasta cuentan que, días después, el vato encendió su computadora pasada la medianoche. Había cenado bien y visto un rato la tele, su serie favorita de vampiros.

Encabezando la bandeja de entrada, un correo tenía por asunto “Muertos mochos”. Sintió tal espanto al leerlo, que salió corriendo a la calle. Una camioneta negra, grande, con llantas munster y vidrios polarizados, ajá, con una calavera plateada estampada en el cofre, lo hizo pedazos.

Exacto, jamás encontraron ni sus piernas, ni sus brazos.

Dicen -eso dicen-, que lo que lo hizo salir corriendo fue que vio su nombre al final del texto del correo, en la lista de los que habían sufrido el castigo por no ayudar al difunto a encontrar sus miembros.

La verdad es que real -o irrealmente-, nadie sabe lo que quiere un aparecido. O, a lo mejor, es otra posibilidad, a nadie le importa. Lo que real –e irrealmente- queremos, es hablar de ellos.

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