El apartamento proustiano

Pedro A. Curto

Retrato

   Ocurrió en París, añadiendo un misterio más a una ciudad ya mítica. Madame de Florian, una actriz y socialité francesa abandonaba París en 1942, una ciudad ocupada por los nazis, para trasladarse al sur de Francia. Pero no abandonaba su apartamento, así continuó pagando la renta y dejó en él sus muebles y un retrato realizado por el artista Giovanni Boldini. Un retrato que mostraba a una mujer joven y libre en el más puro estilo francés.  Quizás se plantease volver a ese lugar poblado de muebles victorianos, acabada la guerra. Pero los años fueron pasando igual, como si el tiempo perdido de Marcel Proust estuviese agazapado en las calles parisinas. Los años se convirtieron en décadas, atravesaron el medio siglo y Madame de Florian continuó pagando la renta, igual que si tuviese una cuota comprometida con la memoria contenida entre las paredes del apartamento parisino. Quizás estuviese reservando un espacio del pasado para que no se desvaneciese del todo, para que tuviese una presencia física, aunque fuese lejana, o precisamente por eso, por su lejanía, le daba más valor. Quizás se tratase de una apuesta por el futuro, un regresó que nunca llegó, que nunca pudo llegar. ¿Por qué no volvió a París, al apartamento, Madame de Florian? No sabemos esa parte de la historia, son las páginas en blanco de una novela no escrita. Lo cierto es que la mujer murió con 91 años y se rompió la espera. Al dejar de pagar la renta, sin herederos, lo mítico siempre se encuentra con la gris realidad: un agente de la propiedad inmobiliaria abrió el apartamento. Quizás las paredes, los muebles envejecidos y cubiertos de polvo, los cuadros convertidos en parte de otra época, dibujaron una sonrisa quebrada y triste: ¿Dónde está Madame de Florian? Pero la inquilina que un día se marchó ya no estaba, es posible que no estuviese desde el mismo momento que abandonó París. Por eso dejó su retrato, único sitio donde podía liberarse de la decrepitud del tiempo, pues Dorian Gray solo es un personaje de novela. Es posible que al reservar aquel espacio de su vida, el apartamento se convirtiese en pasado. Y regresar era ir hacia lo perdido, a lo que nunca vuelve. Así mientras los objetos permanecían como testigos mudos, las arrugas se iban instalando en el cuerpo, llegaban el declive y la ancianidad al cuerpo joven reflejado en el retrato, pero como un sueño convertido en espacio físico, el apartamento seguía estando ahí, esperando a la que se fue.

   Mientras, afuera, la vida continuaba, se escucharía la alegría por la liberación de París, el crecimiento urbano, las calles pobladas de tráfico, quizás llegasen los ecos del mayo del 68, símbolo de esas utopías que atraviesan la historia un tanto despistadas, la era de la informática y las nuevas tecnologías, que se detienen ante aquella puerta, reservando los muebles de la época victoriana, como un dique contra el tiempo. Y los ojos jóvenes de Madame Florian miraban desde su retrato, lo que sus ojos viejos no podían ver. Si entre el mobiliario había algún tocadiscos o gramófono, quizás de noche se oyese una música que muy pronto dejaría de estar de moda. ¿Escucharon los vecinos algún sonido, algún ruido? Todas las casas cerradas hablan, aunque sea el silencio el que se escuche. Ni siquiera los ladrones profanaron aquel templo de la espera. Solo el tiempo y la muerte lo han podido vencer. ¿A qué huele un apartamento cerrado durante casi setenta años? ¿Qué aroma recibió al indiscreto visitante? Madame de Florian no regresó a París; somos perecederos, las piedras nos sobreviven.

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