Vedette

Marita Rodríguez-Cazaux

Vedette III

          Varias veces espié la llegada de la actriz al dormitorio. Sabía que abría la puerta y, de perfil, pasaba por el vano un cesto repleto de flores blancas.

          El balcón de la pensión era mi palco teatral.

          Cerca del ocaso de la obra y desde mi cuarto, con la luz apagada, esperaba que la figura alta y vestida con malla de chispas incandescentes actuara sólo para mí.

         Jamás fui a ver la puesta que era un éxito ese verano pero había leído crónicas en revistas donde su foto ocupaba páginas enteras y oía los silbidos de los hombres que la esperaban a la salida por la puerta de actores en autos último modelo.

        Entraba al cuarto, se desprendía de una boa que le cubría los hombros y la arrojaba sobre un sillón destartalado cerca de la ventana sin cortinas.

         Sacudiendo los tobillos tiraba las sandalias doradas, altísimas, con hebillas de estrás.

         Sentada en la silla sin tapizar, frente al espejo, se miraba unos minutos, detenidamente. Iba retirando las pestañas postizas y con un tisú colmado de crema dejaba en su cara una limpieza impiadosa, donde se veían arrugas y flaccideces insospechadas.

         La boca que parecía jugosa y fresca era una línea adelgazada y mustia cuando barría el rouge con fuerza. Ni las mejillas conservaban el brillo que le regalaban los afeites, eran enjutas, grises, relajadas sobre un cuello tristemente plegado.

        Cuando dejaba caer con un movimiento de cabeza el aplique rubio que la coronaba, el pelo aplastado y ralo formaba alrededor de la cara una diadema canosa.

        Se ponía de pie y estiraba un momento la espalda, yo miraba sin poder sacar los ojos de ese rito repetido.

       Poco a poco desprendía el corpiño y me dejaba ver dos copas de champaña desequilibradas y blancas, una más alta que la otra, inesperadas debajo de un sostén de lentejuelas violetas que las elevaba y las volvía redondas. Alguna vez bajé la vista.

      Pasaba cerca del ropero y con una pierna sobre la cama desenvolvía las medias negras hacia las pantorrillas y de allí al pie. Una pierna estilizada, apenas firme, se estiraba para calzarse de memoria unas zapatillas rojas sin taco.

      Fue en ese momento cuando supe que la curiosidad tiene un precio atroz.

       Aquella noche me incliné aún más hacia el cristal de la ventana y me apoyé en la madera del marco.

      Adivinaba que tendría frente a mí la desnudez de una estatua de parque, gastada por el sol y las lluvias, muchas veces maltratada por los muchachones de la esquina.

      Ya sin medias y con un taparrabos mínimo de bataclana se inclinó, subiendo y bajando las piernas por turno y mostrando nalgas sin forma, de líneas derechas, que se frotó antes de avanzar hacia el centro de la habitación.

      Giró despacio, dándose vuelta.

      Una llovizna de luz raída le iluminó el cuerpo y supe que era un hombre. Un hombre viejo.

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Tapa IIcomprar

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