Margarita

Leonardo Vinci

Margarita II

Todos los días la tía Margarita se sienta en una silla en la vereda. A eso de las cinco de la tarde sale a mirar no sé qué. Siempre tiene el pelo revuelto, como si acabara de levantarse o  hubiese un viento tremendo. Sus ojos se agrandan  como ciruelas secas detrás de los vidrios  verdes de los anteojos, mientras frunce el ceño como si buscara algo. Por esos intervalos de la vida yo había prescindido de su imagen, o casi creí hacerlo; itinerarios en los que uno se aleja de fisonomías, épocas, y hasta sensaciones, creyendo que la vida misma se presenta en fragmentos inconexos. Mi madre siempre hablaba de Margarita; hasta imaginé una vez que el silencio de Margarita se pronunciaba a través de ella. Su marido se había ido con Francia, así la llamaban, la rubia de la panadería que decía tener un departamento en París; razón por la que la tía Margarita compró durante años el pan en otro lado. No he podido retener estas historias sino por escucharlas; mi realidad  no menoscababa su vida ni murmuraba entonces, pero sí retuve su idea, algo como su síntesis para mí. Yo vi fotos de ella, de su casamiento con Norberto, y de cuando, juntos, inauguraron  el almacencito a la vuelta, acontecimiento que causó alboroto entre los vecinos, y del que me acuerdo bien; Margarita era preciosa, llamativa, se la veía como muy alta, luminosa y con mirada soñadora. Caminaba por el barrio con docenas de ojos encima, así decían; pero mi mirada era comprendida por mí mismo como distinta. Por entonces yo formaba parte, casi sin querer, de un grupo de admiradores de ella; creo haber sido el más chico, tenía  catorce años. Nos comandaba Raúl, de diecisiete, la cita era los sábados de verano sobre el cuarto de herramientas del padre de Tito, a la hora de la siesta. De ahí se divisaba el patio de Margarita, y a ese patio daba la pequeña ventana de su baño. Norberto iba los sábados a comprar mercadería para el almacén; y ella, que levantaría la persiana entonces a las cinco, se duchaba antes, y cantaba. Teníamos todo calculado, Raúl lo hacía; entrábamos saludando a la madre de Tito caminando en fila y mirando el piso; después poníamos la escalera de madera, y nos acostábamos sobre las chapas calientes del techo a esperar. Nunca vimos más que un mechón de cabello negro levantado cada tanto por sus dedos entre las hendijas de los vidrios, síntesis completada por el golpeteo de la ducha y algo de vapor. Eso sí, yo cerraba los ojos y prestaba atención a su voz; su voz que venía directo a mí; ella tarareaba Gershwin, yo entonces no lo sabía, Porgy and Bess.  No fueron tantas veces, al menos para mí; no quería verla así  o imaginarla así. Sólo yo sabía lo que su rostro producía en mí, su manera, ese alboroto salido de su voz y sonrisa, y sus ojos estallando en el vértigo de mi estómago. Tantas veces, al ponerse en movimiento el engranaje véspero, hoy casi desdentado, y encenderse los faros de las ruedas de mi imaginación, he visto  su boca entreabierta venir a la mía, y casi sin saberlo entonces, escandalosa y mojada, sentirla. Era aquel beso el deseo incoercible, amor para el que no imaginé nunca la existencia de palabra  alguna que lo describiera, y es que no la hay.

      Decían que después tuvo otro novio; y parece que el tipo la quería, pero ella se había vuelto difícil escuché, y eso que ya había pasado mucho tiempo desde la huida de Norberto. Cada tanto, que vengo al barrio, se mezclan las imágenes; y cada vez que la veo en su silla, que la busco, no puedo moverme; es como si yo mismo fuese una copia de ella. La miro a través del vidrio de la ventana, y ella está allá enfrente, sentada y quieta a pesar del frío. Pareciera no temerle a nada, y menos a la soledad, pero justamente es ese gesto el que se asemeja a una hoja temblando en el extremo de una rama. Se ve tan escalofriantemente diminuto su mundo que no se sabe si ella misma se da cuenta. Su expresión, o desierto de expresiones, baja por los brazos gordos que rellenan el saco de lana gris abotonado hasta el cuello, y se retiene a sí misma en sus manos sobre el rellano de la falda atestada de flores agobiadas. A veces parece decirle algo a Teté, la gata de doña María, que se pasea por  la vereda en una combinación fortuita de  tiempo y espacio como si cualquier cosa. Nunca supe ni pregunté por qué le decían tía, o le decíamos o decimos. Margarita desapareció de mí por un tiempo, extenso o antojadizo. Una o dos veces a la semana me ve pasar, no sé si me reconoce, si sabe quién soy. Desde la esquina le digo que voy a pasar, que soy yo; ella me pide la contraseña, y que si no, no me va a dejar; entonces yo le aviso que voy a volarle por encima lanzándole bombas o tirándole del pelo, que después de treinta baldosas bajaré en paracaídas; se ríe, y me magrea el pelo con los dedos. Margarita tiene el pelo grueso y desordenado como resortes o un garabato surrealista moviéndose con el viento, es lo único que se mueve, y que ni setecientas mariposas los dibujarían mejor. Me da electricidad pasar por al lado, pero podría mirarla horas enteras desde acá. Ella bate sus alas en una jaula, se lastima, algo así como una jaula que compartimos; como si yo fuera ese lugar tan chico para ella y a la inversa, sin salida. Tiene la cualidad de atravesarme y quedarse como esquirlas, no importa si ayer u hoy, ella está, y es acuciante su mirada volando entre las ramas de los árboles. El vidrio de la ventana está helado, las bisagras tienen ese atributo de poder hacer volver las cosas sobre sí. Mi madre busca afanosamente en la basura su anillo de casamiento; yo busco afuera la figura de Margarita mientras oigo el revuelo; miro sin saber por qué algo que me conmueve allá enfrente, algo paralizante. Parece que el jabón hizo que se deslizara el anillo del dedo cuando lavaba en la pileta, y fue a parar con las cáscaras de papa y todo lo demás a la basura; entonces el tacho culo arriba, dejándose escudriñar entre los deshechos de familia en pos de encontrar el lazo eterno. Pero ella sigue allá, sentada  a la derecha de su puerta fría; acá la estufa enrarece el aire; parece como si ella se hamacara, pero está más quieta que un ladrillo, es uno mismo, yo, el que no puede sostener la mirada.

      Según contaban, su madre había muerto de leucemia y su padre anteriormente en una guerra. Creo que vivió mucho tiempo con unos tíos,  quizás de ahí le haya venido el apodo de “tía”, digo yo. Ella tenía historias fascinantes de niñez, de barcos y mares, puertos de gente extraña; y sin embargo ahora navega en el agua podrida que corre con desgano debajo del cordón. Se me cruza que un día ella empezará a elevarse, quiero decir, que con silla y todo comenzará a subir por el aire, como si levitara; yo saldría a la calle entonces, y no le sacaría los ojos de encima hasta que fuera un punto en el cielo, como un globo que se pierde. No sé si acaso esto produjera calma en mí o en ella, o más dolor. Cuando estoy quieto igual que ella, mi  cabeza se mueve rápido y engendra a su vez más quietud de la que no puedo salir. No sé si será cierto que este es el mejor de los infiernos, o el peor, depende. Margarita es un trazo sin coordenadas, un ideograma, también un paréntesis y por casualidad un centro, también el margen; es como los segundos eternos de un ahogo. Pero tal vez, puede que sea al revés; porque Margarita paraliza al mundo cuando sale a la vereda a pegarle cuatro gritos, diría que lo hace temblar, que le da pavura. Ni siquiera vacila al levantarse, le da un tirón a la silla hacia adentro, como si le dijera: “vamos, ya está”;  y entonces nosotros quedamos estupefactos, compungidos, con el corazón tan apretado y lleno de culpa. Yo siempre me quedo con esa nada de cuando algo nos traiciona. Su soledad hace un pozo, es una trinchera en la que no hay nadie. Ella es la prueba de que existe la vida después de la muerte. Nos abrazamos sin habernos tocado ni siquiera una vez, ella me agarra de la mano cuando cae, y juntos rodamos por ese vacío tan temido, y no lo sabe, yo casi tampoco, pero así sucede. Margarita me salva, me condena y también me mata, resuena. Margarita y yo nos entendemos, no sé si me reconoce, pero nos entendemos. Yo le tiro una piedrita y me corro hasta deformarla horriblemente en el bisel del vidrio de la ventana; entonces me mira, me intercepta con su miopía verde y una sonrisa antigua; le hago pito catalán y me escondo, levanto un pie, le muestro un zapato a través del vidrio moviéndolo de un lugar a otro; y entonces ella se ríe, y hace un gesto con la mano, de que ya voy a ver cuando me agarre. Pero ni ella ni yo nos hemos movido un sólo centímetro. A veces me muero por abrazarla, y pienso que así será, que el principio y el fin son como uno solo. Son esas cosas que van de la mano, como Margarita y yo, ayer, hoy y siempre. Las anécdotas son chispas que sólo agrandan un poco el diámetro de los caminos circulares; ruidos en la masa más concreta de la realidad, los sentimientos, después no queda nada. Margarita ausente o presente, ella sabe, yo sé. El primer amor, quizás el único, el de dos caras, el implacable e irónico. A veces Margarita es todo lo que tengo; otras, lo único que necesito;  algunas, lo que más odio.

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* LEONARDO VINCI – Argentina (1959)

Premiado en distintas disciplinas literarias. Integra las antologías «Señales», «De las Provincias»  y  «Al ras del trino».

Es autor de obra inédita.

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