Agustinas de Aragón

Sergio Coello

Abuela III

Maruja y Lucía vivían juntas porque estaban hechas a esa soledad recíproca y alejada del mundanal ruido, que permite a las brujas seguir siéndolo, de dos en dos, por los siglos de los siglos. La otra tarde se les incendió la casa y cuando vinieron a socorrerlas, todos los que se dedican a la noble tarea de las prestaciones sociales, ellas se refugiaron en la cuadra con el poco ganado que les quedaba. Atrancaron puertas y ventanas para que no pudiera entrar el enemigo. Ya saben, el Imserso, las Residencias de ancianos, los Centros de Día, la Protección al dependiente de la Junta Autonómica, la Asistencia social del ayuntamiento, el Instituto de la Mujer, los Clubs de Jubilados y hasta el mismísimo Estado del bienestar. Ese que, según dicen ellas, es una redundancia porque instaura un bienestar paraestatal; es decir, para sí mismo.

    El Estado del bienestar cumple siempre lo que promete. Aunque tenga que cortar a un pobre viejo con un serrucho, por la parte en la que el hombre está unido a su pedazo de tierra o anda soldado de antiguo a ese paisaje con el que llegó a establecer vínculos de sangre, más allá de lo razonable. Todo ello con el fin salvarle de su libre albedrío, metiéndole en una habitación aséptica e higiénicamente irreprochable de la que no podrá salir sin el permiso funcionarial de una bata blanca y donde le obligarán a hacer cosas elementales que no ha hecho nunca: comer tres veces al día con cuchara y tenedor, ducharse una vez a la semana, dar paseítos cortos alrededor de la cama para que los intestinos no se vuelvan perezosos y cosas así, todas  beneficiosas.

  Claro que Maruja y Lucía no eran dos encantadoras abuelitas inválidas sino unas auténticas brujas montadas a la grupa de su propia escoba. Y cuando llegó el ejército de salvación social, armado hasta los dientes de buenas intenciones, geles de ducha, cepillos para las uñas, ropa limpia y desinfectada, aspirinas a granel y folletos para una vida sexual plena durante la tercera edad, sus efectivos fueron recibidos como se merecían. Ambas se pusieron a lanzar baldes llenos de agua hirviente, estacas amenazadoras, insultos barriobajeros y proyectiles de boñigas recién salidos del horno intestinal de los animales estabulados. Algo así como cuando Sagunto recibió a los romanos, don Pelayo a los árabes, Zaragoza a los franceses, el Alcázar de Toledo a los milicianos y Madrid, capital republicana, al ejército de Franco.

  Antes morir que perder la vida, se dijeron ellas; eso sí que es español. Y universal. El mundo está lleno de ancianos que aceptan ser profetas tardíos, para ejercer en otra tierra de promisión distinta y triunfal con una voz cascada que clama en medio del desierto, pero Maruja y Lucía no forman parte de ese rebaño y jamás abandonarán la madriguera aunque sea malo para su salud.

  Entre tanto pez fuera del agua, pájaros enjaulados lejos del aire y ratas que viven al margen de las alcantarillas, tarde o temprano aparece por ahí  ese último habitante de un valle a punto de ser inundado por las aguas de un nuevo pantano, que – contra toda lógica bien pensante- se lía con cadenas a la tranquera de su casa o a la argolla de atar caballerías –!No nos moverán¡– hasta que se le acaba la última gota de coraje.

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