El héroe encubierto

Marita Rodríguez-Cazaux

Poeta II

El casting prometía un papel protagónico en la obra, exigía un parlamento de memoria, una actuación disciplinada sobre un tema libre y una improvisación.

Cuando llegué, la fila a la puerta del teatro doblaba la esquina y serpenteaba revuelta por la vereda. Un hombre nervioso anotaba los nombres, nos daba un número y nos hacía pasar al salón.

Sentados en las butacas de la platea, esperando ser llamados por el asistente, escuchábamos en silencio el trabajo de los otros en el escenario.

Yo había estudiado teatro desde joven, sin lograr trabajar en mi vocación por el momento y estaba en la edad en que empezamos a preguntarnos si vale la pena seguir soñando sueños.

Tenía un matrimonio fracasado y vivía una relación tironeada por una madre de edad avanzada, un arrastre de culpa que mi psicoanalista trataba de achicar y un malhumor empedernido.

Con este equipaje, sentado en la butaca, desconfiando de mi desempeño, esperaba nervioso repasando mentalmente una y otra vez el diálogo que había elegido.

Era un espacio tensionado de «Casa de muñecas»; cuando el marido discute furibundo con Nora y la acusa groseramente. El mismo momento en que prefiere perderla sin importarle la falsedad de la sociedad que los rodea.

Ensimismado yo iba y venía por la piel del hombre autoritario cuando me sacudió un grito de espanto.

¡Ten los garfios del odio siempre activos y al echarte en la caja de los muertos, menosprecia los llantos de los vivos!”

Se hizo un silencio en la sala y miré sorprendido hacia donde venía la voz.

En el escenario, un muchacho flaco recitaba parado con las piernas un poco entreabiertas y los ojos elevados hasta las molduras del cielo raso.

Todos, creo que hasta Almafuerte, sacudidos todavía por su voz, seguimos  expectantes los ademanes destemplados.

El tipo movía los brazos largos para los costados como queriendo abrazar a una muchacha, atrayéndolos después sobre el pecho y liberándolos al momento. Alucinado continuaba “El sitio donde nada ocurre, es un trapo sobre la costa: están arrumbadas las paciencias…” y clamaba y se detenía para tomar aire y se lanzaba otra vez sobre los versos de Armani…”mientras que sus pasos suenan sabe que lo único posible está ocurriendo lejos…”

El asistente le habló por lo bajo a un hombre de traje sentado en la tercera fila.

Desde ese mismo lugar, le indicó con un gesto que era suficiente y le dio las gracias, pero el muchacho seguía “…con tal que no sea al pobre, robá hermano sin medida,…el mañana es un grupo ¡tras cartón está la muerte!” y se pasaba la mano por el pelo que le caía sobre la frente, como lo hubiera hecho el personaje de Carlos de la Púa.

El hombre de traje se revolvió en su asiento. El asistente corrió al pie del escenario y le gritó que se callara. Fue inútil. Por la boca del flaco salía ahora otra chorrera de versos, esta vez Neruda “desde el fondo de ti arrodillado, un niño triste como yo nos mira”, y él mismo se arrodillaba y se estiraba sobre la madera, poniendo cara de desamparado.

La rubia que estaba al lado mío me codeó y se tapó la boca pintada de rojo.

-Está reloco -dijo y como era linda y parecía lanzada, ya estaba dispuesto a darle la razón, mientras el muchacho en el escenario, casi moqueando se atragantaba con las penas de Moraes “¿Qué amigo será tan amigo, que en  el ataúd esté conmigo?

        –¡Basta! -bramó el que parecía el productor -. Sáquenlo de ahí.

Un grandote de pelo corto subió las escaleras y se abalanzó sobre el muchacho que, como si viviera en  otro mundo, se había sentado en la única silla del decorado y desgranaba “No toquéis esta tierra si no tenéis la sangre dispuesta a ser antorcha viva” y subía y bajaba por los versos de Romero con un magnetismo que emocionaría al mismo paraguayo.

El gordito de cara pecosa se retorcía de risa y la rubia se mordía los labios siliconados mientras el asistente del director echaba dragones por la boca y fuera de sí, puteaba como si estuviera en una cancha.

-¡Que lo borren, que lo borren o los despido a todos! -vociferaba el director, cuando el flaco sin acatar órdenes, seguía con su cantinela. Desde las butacas llegaban las risotadas de todos.

La cosa terminó con el productor levantándose y dejando el lugar de mala manera, con el director apaleando sin piedad al asistente, un electricista desparramado en el piso quebrándose la mandíbula en un ataque de risa, la rubia huyendo por el pasillo detrás del productor, con nosotros despedidos y saliendo en fila india.

Y por si era poco, con el flaco llorando poesía a lágrima viva mientras le explotaban por la boca versos de González Tuñón “…poca cosa deja el muerto terminada su función, todo cabe en una caja, música de barracón…” y seguía el calvario de la supuesta muerte de Juancito Caminador, hasta que lo sacaron entre tres arrastrándolo por el pasillo.

          -La pucha que está tocado me dijo el gordo de las mejillas pecosas mientras chupaba un caramelo y traspasábamos la salida. No le contesté.

Por aquél tiempo vivía en Versalles y tenía un trecho largo de regreso desde el Centro, así que la bronca me cegaba cuando caminé hacia la parada del colectivo.

Lo que sigue se puede creer o tener la libertad de ponerlo en tela de juicio, pero mis ojos lo vieron o por lo menos me pareció verlo.

Cuando subí al colectivo, el flaco estaba ahí.

No era un tipo parecido, era el mismo de la prueba, el poeta, el culpable del fracaso del casting, el que me hizo perder la tarde de trabajo, por quien se me resbaló el levante de la rubia escotada y la posibilidad de acceder a un contrato.

Sentado en el segundo asiento, pegado a la ventanilla, el flaco ahora nos contaba la historia del antiguo almacén  «A la Ciudad de Génova» y nos paseaba por Cangallo y Ombú, nos fiaba las copitas y confesaba que su madre lo había acunado cantándole “…yo soy la morocha, la más agraciada” y a voz en cuello entonaba el poema de Olivari.

        Lo mato, pensé, lo mato y me bajo. Pero, nunca fui muy decidido y el flaco me imponía; al llegar a Lisboa y antes de doblar me acerqué a la puerta trasera y toqué el timbre para bajar.

El tipo me miró, diría que me sonrió y antes de que pusiera los pies en los escalones, a manera de despedida recitó “el día está a las puertas, no vendrá otra mañana” mientras yo, incrédulo, desorientado, saltaba los dos peldaños.

Cuando de chico iba al cine del barrio a ver películas de terror sin que mi vieja lo supiera, volvía mirando para los costados, asustado de las sombras de los faroles de la calle, inquieto y apurado hasta doblar la esquina del almacén Viva Galicia.

Así me sentí cuando caminé esa noche las dos cuadras hasta mi casa, el mismo chico acobardado y tembloroso que salía del cine con la mirada llena de miedo, mientras la boca se volvía seca y áspera.

        No, no, me dije, esto lo debí imaginar porque no puede ser cierto. Y para darme valor saqué las llaves del bolsillo y empecé a contar de tres en tres hasta llegar al edificio. En el ascensor traté de respirar acompasadamente.

Como vivo solo siempre encuentro mensajes en el contestador. Pulsé la techa.

Mi amigo Pablo me invitaba a un asado para el domingo. Mi madre recriminaba mis indiferencias semanales, y un vendedor de seguros me dejaba los datos de su estudio. Mi novia no había llamado.

Barrí los mensajes, y me fui directo a la cocina a hacerme un café. Puse la radio y me senté a hojear el diario.

Los acuerdos y desacuerdos con el agro y el índice de la canasta familiar eran la información que mi cansancio procesaba con dificultad cuando otra mano se alargó sobre la mesa para servirse café.

Sentado frente a mí, acomodando su espalda en la silla, estaba el flaco del teatro. El de los versos, el mismo del colectivo. Sentado ahora a mi mesa bebiendo café y mirándome risueño.

En la puerta de la cocina popular nuestros hermanos los que no se atreven a morirse de hambre esperan su ración” dijo y se bebió el café, sin pensar que César Tiempo podía estar escuchándolo.

Después se levantó despacio y se recostó en el sillón del living, yo lo seguí con pasos quebrados.

Él, desplomándose en el almohadón puso cara de amante herido, mostró un perfil de nariz pequeña y con acento suave, despidiéndose de la nodriza, pidió que le bajara la lámpara y empezó a caminar por la playa.

Apagué las luces y en penumbras lo vi. Una ola le llegó a los pies y después otra y otra, hasta subirle la espuma por la pierna fina, absolutamente femenina. Juro que lo vi internarse en un mar que cubría la alfombra de mi living.
Así, adentrándose en el agua, se fue.

No es una fantasía de actor fracasado, tengo como testigo al portero que destapó el baño porque una cascada caía en el techo del vecino y a la muchacha de la limpieza que despotricaba en guaraní mientras limpiaba las marcas arenosas en la pared.

Cinco días después de la desaparición del flaco, la telefonista del trabajo me pasó una llamada, levanté el tubo y la voz de Carrera Andrade me paralizó, “…el ser que ama revive o vive doblemente”.

Desde ese momento para mí nada fue igual.

A la mañana siguiente mientras me afeitaba mi voz se alzó poderosa, “¿…quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón…” y hasta pude oír los aplausos a mis espaldas mientras Fito me sonreía desde el espejo.

Con un humor desconocido comí las tostadas sin prisa y el café fuerte me reanimó para vestirme con un optimismo desacostumbrado, pensando que viajar hasta la oficina no era tan desesperante como siempre me había parecido.

Antes de salir llamé a Laura para invitarla al cine.

…»Desde que te alejaste, cuantos lugares se han tornado vanos y sin sentido» – dijo con tono enamorado mi voz.

       -¿Sos vos Hernán? -contestó Laura, pero ya una nueva voz en mí, le estaba dedicando dulzuras eróticas de Lugones.

       -¡Siempre el mismo loco! -se rió, me pareció que colgó divertida después del acuerdo de la cita.

Al salir del ascensor la encargada barría la vereda, “un silencio nocturno le trepa por las trenzas y oscurece la arcilla de sus manos morenas”, la piropeé al cruzar la puerta; ni siquiera me contestó el saludo. Se quedó con la rejilla a mitad de camino hacia los bronces,  con la cara sonrosada.  Yo estaba exultante, me sentía divinamente.

La expresión hostil y amargada del jefe poco me importó.

“¿Qué es la vida? ¡Un frenesí,… una ilusión!», aventuré al pasar al lado, mientras él, boquiabierto, levantaba el teléfono con la cara blanca y planchada como la camisa.

Con los muchachos fue más fácil y hasta el mozo del buffet se atrevió a entonar conmigo unas letras de Discepolín, los dos entrando y saliendo en el Cambalache de la vida.

Lo mejor fue ver que los otros se contagiaban y poco a poco estábamos todos  compartiendo mensajes llenos de color, sin importarnos que el día hubiera amanecido nublado y el pronóstico meteorológico aseguraba lluvias.

“…es un sentimiento que está por encima de los demás, una fuerza que no puede resistirse…”, citaba el compaginador que era fanático de Strindberg, rematando con labios temblorosos a tiempo justo para que la secretaria del gerente, que leía a Nietzsche, susurrara con su boca perfecta “siempre hay un poco de locura en el amor, pero hay una razón en la locura”.

        Mientras bajaba las escaleras del subte para encontrarme con Laurita, una garúa   eufórica caía sobre el pavimento, deshecha en espejos luminosos.

No quiero ahondar en intimidades pero esa noche Laura fue una reina y yo debí parecerle Superman porque la rutina que nos desteñía desapareció, mágicamente. Entre los versos de Bernárdez, volvimos a subirnos a la ola que habíamos dejado tiempo atrás arrinconada y fuimos ese anochecer los únicos seres de la creación, “mineros del amor, hasta hallar el filón del infinito”, los elegidos de los dioses.

Estoy convencido de que algo dentro de mí estaba esperando “torcerle el cuello al cisne de engañoso plumaje, que no siente el alma de las cosas ni la voz del paisaje…” y aquél muchacho flaco del casting  me ayudó a encontrarlo.

Vuelvo a verlo, huesudo y poseído, despegado del hartazgo cotidiano, volando con alas invisibles, tratando de sostenerse en el abismo de lo imposible, contagiándome la necesidad de “seguir soñando los deseos”. Y, agazapada en medio de la rutina que atenaza, oigo su voz como un eco de Brulat, “basta un instante para ser un héroe”.

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Una respuesta a “El héroe encubierto

  1. El cuento de Rodríguez-Cazaux me pareció de una calidad súper. La escritora tiene gancho en narrar. Sin duda, la ayuda ese buen decir que acompaña a quien ha leído mucho y siempre. Y el tono sudamericano que le acopla a los personajes. Soy uruguayo y los cuentos que Irreverentes publica de esta autora argentina, me llevan a mi país. Gracias Irreverentes. Buena Página. Saludo.

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