“Del glamour a la ciénaga” de Marita Rodríguez-Cazaux

Carlos Penelas

Marita VIII

Acerca “Del glamour a la ciénaga” (Ed. Dunken. 2013)

“Muchas veces nos hemos preguntado por qué algunos escritores, ciertos poetas o pensadores, no han tenido un lugar más claro, más definido en nuestro medio. Sobre todo si vemos la chatura, la banalidad, la industria cultural, lo soberbio y lo imbécil que nos rodea. Tal vez por eso, nos decimos. Tal vez por eso y algo más.
Marita Rodríguez-Cazaux lleva años escribiendo poesía y cuentos. Hay en ella sensibilidad, inteligencia, sentido del humor, lecturas. Y un fino estilo que nos hace recorrer sus páginas descubriendo belleza, esa belleza inmediata y concreta. En sus narraciones la ilusión, esa ilusión dulcemente ambigua. Y la crudeza. Pero sobre todo el ensueño y una sincera ternura. No es poco. En sus páginas sabe descubrir y registrar hechos cotidianos, historias melancólicas, secretos inefables. Algo más. Un cuento para una antología es “Pedime la luna”. Por la trama, por el texto y el contexto, por su fina mirada comprometida”
Carlos Penelas

***

“Pedime la Luna”

             Se sentó en un rincón, en ese lugar era más fácil desprenderse del ruido del bar. Un momento más y haría el llamado.Le pareció que la observaban. Recorrió el salón con la vista; el hombre de la mesa contigua desvió los ojos al diario. Vio acercarse al mozo, un tipo de espaldas agobiadas y peinado prolijo.-Un café con crema -pidió. Sintió que sobre ella llegaba, otra vez, la mirada del hombre. Una mirada escrutadora que se multiplicaba en los espejos del Salón-Familias.El mozo avanzó desde el mostrador, la bandeja, una espada redonda sobrepasando la altura de las cabezas. Se le antojó pensar que caería en cualquier momento, degollándolos.Dos cucharitas de azúcar no engordan, pensó para sacarse de la cabeza algunos pensamientos que la inquietaban.

Miró el reloj. La risa de una chica, sentada cerca de la ventana, la llevó a su propia risa y a Juan.

Los dos trabajaban en Belgrano y coincidían en la parada del colectivo. Ella tomaba el ómnibus hasta su casa de Almagro, él vivía con una tía en las afueras y esperaba el micro rápido. Poco a poco fueron acercándose; gestos, sonrisas cómplices, comentarios, ganas de verse, de estar bien juntos.

Se pusieron de novios, se casaron.

Compraron una casa, después un auto, tuvieron un hijo, ella accedió a una licencia larga, arreglaron la casa. Juan fue ascendido en el estudio jurídico, nació otro hijo, cambiaron el auto por un modelo actual. Murió la tía de Juan, se mudaron de barrio, nació la hija. Hicieron un viaje al exterior, se enfermaron los padres, ella renunció al trabajo y, para no perder ritmo, se puso a estudiar psicología. El hijo mayor partió becado a una universidad estadounidense y la nena fue seleccionada en el ballet del Colón. Una vida exitosa, prolija, perfecta, envidiada por primas y cuñadas.

Todo eso se le mezclaba en la cabeza mientras bebía el café y el hombre dejaba de leer el diario, la miraba, volvía sobre el diario dando vuelta las hojas sin apuro. Le pareció que él penetraba sus pensamientos. Trató de tranquilizarse, en unos minutos llamaría llamar por teléfono.

“Sentimiento genuino no es ofensa”, repitió en silencio. Lo había aprendido en la clase del profesor Brandeiro, en el curso de sociales. Y en la misma clase había conocido a Rodolfo.

Muchas tardes en el café de la facultad y algunas en su casa repasando juntos los parciales, las lecturas preferidas. El cine, las caminatas por Barracas, por Almagro, mientras discutían tratamientos contenedores y la necesidad del afecto. Estar con Rodolfo se le fue volviendo necesario y a Juan no parecieron importarle sus ausencias.

Por ese tiempo Rodolfo le habló de amor y, sorprendentemente, a ella esas palabras le sonaron nuevas. Nuevas aún, frente al espejo.

La mirada de Rodolfo se le metía por los ojos y tanto la llenaba que se apuraba a cerrarlos para retenerla y que nadie lo notase; le avergonzaba confesar que lo quería como si fuera joven.

Tenerlo cerca era una necesidad mayor cada día pero, qué hacer para no lastimar a los suyos, cómo desatar los nudos de las culpas. Sabía que Juan merecía la verdad; sin embargo la inquietud y la compasión le cerraban la boca, por momentos pensaba que no tenía derecho a ese amor milagroso y en otros se felicitaba de poseer ese milagro.

-Pedí la luna, pedí la luna…, desde donde yo esté te la voy a traer…-la apremiaba Rodolfo como si la luna pudiera alcanzarse. Así era él, un perseguidor de sueños brillantes. Y, amándola, la convenció de que felicidad no era una utopía.

Impostergable sincerarse con Juan. Las llamadas precipitadas y las escapadas eran injustas para ellos y para Juan, para los chicos que ya estaban crecidos y para los padres de Rodolfo que ya estaban muy viejos. Y así estaban las cosas, cuando  Rodolfo se convirtió en una sombra.

Durante días había ido hasta la casa, había llamado a la oficina y al hospital en el que trabajaba, había preguntado en la facultad donde daba clases. Recordando su manera especial de ver la vida se alarmaba por su ausencia, un presentimiento vago la mareaba.

Revolvió en la cartera. Por fortuna tenía un número de teléfono que le habían pasado clandestinamente. Era hora de llamar, pensó y calculó los pasos hasta la cabina de Entel.

El griterío la sobresaltó. En el televisor que colgaba de la pared del bar, miles de fanáticos se abrazaban en un estadio, sepultados por papelitos blancos y celestes. Unos muchachos treparon sobre las sillas, agitando banderines de plástico. Voces  destempladas coreaban estribillos pegadizos.

El hombre apoyó los codos en la tabla de la mesa y estiró la espalda en el respaldo de la silla. La miró, desvió la vista, volvió a mirarla.

Lo mejor será hacer la llamada, se dijo. El día anterior, en el Tigre, alguien le había pasado datos de dos monjas francesas que conocían a un muchacho rubio que podría ayudarla. Era confiable y sensible, un buen tipo que participaba de las búsquedas.

El hombre dejó un billete sobre la mesa, impulsó el cuerpo hacia adelante. Lo vio acercarse. Se detuvo junto a su mesa.

-Pensá en la luna -dijo-, no es seguro hablar con el ángel, el velero está protegido, dale tiempo a las olas para que regresen a la playa. Seguí pensando en la luna -terminó en un susurro y, sin volver la cabeza, en medio del griterío salió del bar.

Desde el estómago le iba subiendo un sollozo ronco que la dejó sin voz. Apenas podía moverse cuando se levantó.

Dejó el bar y cruzó la avenida.

Vio a través de un cristal empañado a los que en la calle saltaban desenfrenados, los autos detenidos en las esquinas, las banderas colgadas de los balcones. Miles de serpentinas caían desde las ventanas de los edificios.

Ella rompió el papel con el número escrito en lápiz, los trocitos blancos fueron cayendo en la vereda y rodaron un trecho calle abajo.

-…Pedí tres deseos, los imposibles, los inalcanzables…Pedí la luna… ¡Y pedímela a mí! -le decía la voz querida cuando puso la llave en la cerradura- Desde donde esté te la voy a traer.

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Tapa IIcomprar

11 Respuestas a ““Del glamour a la ciénaga” de Marita Rodríguez-Cazaux

  1. Casualmente, hoy, por la mañana, había leído “Pedime la luna”. Coincido plenamente con las apreciaciones de quien hace la crítica del libro y del cuento…!!! Llega al alma y con suma prudencia, nos hace recordar aquello que nunca más debemos llegar a olvidar.

  2. Adhiero a la crítica del literato argentino Carlos Penelas. Los cuentos de María Rodriguez-Cazaux, son impecables. Saludos a los Irreverentes.

  3. Genial el desarrollo del cuento Pedime la Luna, de Marita Rodríguez-Cazaux. Narra historia verdadera y lo hace con una altura literaria que manifiesta talento y lectura. La filosa crítica literaria que antecede de Carlos Penelas, no deja dudas.

  4. Me sumo al comentario del afamado poeta Carlos Penelas. La obra de Marita Rodriguez-Cazaux merece prensa. En la profundidad de su lectura se encuentran paisajes agazapados que es un disfrute descubrir. Cordial saludo.

  5. Un libro que me impactó, especialmente Ella era todas las mujeres y Página 23,5to.renglón. Apuesto a esta escritora argentina a quien he leido como delicada poeta en “verso gallego” y que conocí personalmente en la conferencia sobre la emigración infantil. Éxitos para Irreventes.

  6. La sigo desde su libro De amores y desamores. Una escritora de sutileza asombrosa. Para leerla. La crítica literaria del escritor Carlos Penelas, pone en claro estilo y talento en Marita Rodríguez-Cazaux. Atte. a todos los seguidores de periódicoirreverentes.

  7. Buen cuento. Detonador. Soy uruguaya y he vivido esa atmósfera que describe Marita Rodríguez-Cazaux. ¿Esta escritora argentina es también poeta en idioma gallego? Me gustaría leer algo de su obra. Gracias y saludos a Irreverentes y sus seguidores.

  8. Bravo Irreverentes! Un buen cuento que merece ser novela. Felicitaciones a la autora argentina.

  9. Lei de la misma autora -La caja- que publicó irreverentes. Me gustó porque narra una tragedia sin regreso. Pedime la Luna, contrariamente, es un cuento con un final de esperanza. Y no deja de sacudir los recuerdos. Reciban un saludo y les agradezco la buena lectura.

  10. El drama está en el bar y al salir la protagonista está en el país. Me gustó. Para los que queremos leer y no vivimos en Buenos Aires, sería bueno acceder a su lectura en Irreverentes. Gracias. Los saludo.

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