Asesino en tiempo real

Sergio Coello

Regresó solo y con las manos manchadas de sangre, convencido de que todos los cadáveres de sus víctimas no eran iguales. Para empezar,  a ellas las violaba después de muertas y a ellos les amputaba los genitales o la cabeza, cuando todavía respiraban boqueando los últimos alientos. Claro que la culpa no era suya, exactamente, sino de aquella voz interior que tenemos todos y siempre se empeña en que hagamos lo que no queremos o nos abstengamos de hacer lo que nos apetece. A cualquiera de nosotros, esa voz nos susurra desde dentro prevención ante esa chica de la que estamos empezando a enamorarnos y que, sin embargo, no nos conviene. O nos avisa de que el capricho que nos vamos a dar es una mala compra de la que nos arrepentiremos en cuanto salgamos de la tienda. Pero la de él no era como la de los demás; su voz interior le azuzaba para que degollara a otros mendigos, sus compañeros de hambre y pulgas. Y siempre le pedía más sangre porque toda le parecía poca.

Llegó al centro de acogida a esa hora en la que no se le  pregunta nada a nadie. Las monjitas -eso es caridad y lo demás es cuento- ponían sobre la mesa un plato lleno de sopa caliente y luego daban una manta a los asesinos como él, que primero pedían unas monedas a la puerta de la iglesia y después machacaban la cabeza de otro mendigo cualquiera. Únicamente porque se lo mandaba aquella voz interior tan suya, que no era confusa ni sonaba apagada, casi ininteligible, como les sucede a las nuestras.

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