Y al final tenía razón

Pablo Martínez Burkett

The Shinig -Stephen King - by Carmen Rosa SignesIlustración de Carmen Rosa Signes

“Ya’ll think us folk from the country’s realfunny-like, dontcha?”

Captain Spaulding – House of 1000 corpses

Juan Torres coleccionaba despidos. Sólo le importaba la ginebra. Odiaba a Wanda, su esposa. Pero más odiaba al hijo de ambos. En ese rencor había mucho de miedo: estaba obsesionado con que el Nani era anormal. Razones no le faltaban. Una noche, muy borracho, creyó ver al niño hablando con seres invisibles mientras brillaba como una estrella. Sintió tanto terror que se orinó encima. Postergó el apetito de degollarlo ahí mismo, total pronto se irían de la ciudad. En la miseria, había aceptado pasar el invierno como casero del establecimiento rural “La Vigilancia”, en el kilómetro 217 de la Ruta del Oeste. Allí partió la familia. Quizás pudiera dejar el alcohol y terminar su novela. Juan se consideraba un escritor injustamente postergado por la perfidia de los editores.

El viaje fue apenas menos atroz que el lugar. Clavada en un palo, los recibió una calavera de vaca con unas guampas que, en su paranoia, Juan asoció con las propias. Siempre malició que ese fenómeno de circo no era hijo suyo. Para peor, el cocinero de la estancia no tuvo mejor idea que mostrarles el antiguo cementerio aborigen que estaba tras la casa. De aburrido, el hombre les gastó una broma sobre los espíritus de los indios ranqueles. Juan se rindió a sus pánicos y encontró la excusa para recaer en la bebida. Con una copa de más, alucinaba confabulaciones entre su hijo y los espectros, cuyo resplandor veía en todas partes. Sobrio, forcejeaba con ideas para neutralizar el complot.

Una mañana se despertó en medio del camposanto. En la nervadura de un árbol empezó a notar que se multiplicaban caras de engendros y demonios. La horda siniestra codiciaba los poderes del Nani y lo incitaba a matarlo. En el cobertizo cogió un hacha y de camino a la casa, rumió un parlamento acusatorio. Wanda alcanzó a esconder al niño, pero ella no tuvo tanta suerte y el golpe la partió al medio. El aullido de la mujer hizo salir al pequeño del escondrijo y tomando un cuchillo de cocina, abrió el vientre de su padre. Antes de morir, Juan tuvo tiempo de insultarlo: “maldito bastardo”. El cocinero encontró al ahora huérfano, hablando solo, nimbado por una extraña luminosidad.

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