A machetazos, de Susana Corcuera

 

Santiago García Tirado
 
 
 
Es bueno citar a Rulfo cuando se habla de México. Si no hay nada más inteligente que decir, siempre queda una pátina entre vanguardista y pop que deja bien colocado al crítico. Aunque tal vez a la obra reseñada no tanto. Es así desde que triunfó y se doctoró y se hizo historia el mediático y afortunado boom de la narrativa latinoamericana. Estoy pensando en esto tras haber leído A machetazos, el libro de relatos de Susana Corcuera que acaba de llegar a las librerías de la mano de Irreverentes. 


Es verdad que ahí está Rulfo, pero está también alguien tan de ahora como Guillermo Arriaga, incluso alguien más complaciente pero igualmente actual como Ángeles Mastretta. Y está Octavio Paz, y está Carlos Fuentes, y Mariano Azuela, pero podríamos seguir rastreando y llegaríamos hasta Cuauhtémoc, como poco. Porque en estos relatos perfectamente formulados por Susana Corcuera lo que está es México, de ahí que en esencia resulten identificables con tantos otros. Pero hay una voz narrativa personal, y no vamos a permitir que ese detalle quede en la sombra. 
Configurada en dos partes, La tierra y La locura, la obra de Susana Corcuera se lanza a una expedición arriesgada en el lado terrible de la existencia. Sus personajes tienen nombre propio, pero casi siempre son géneros. Sus escenarios son rurales, pero se impregnan de lo universal, o tal vez por eso se justifican. Pongo por caso los relatos de la primera parte, La tierra, cuyas historias son ajustes de cuentas dilatados en el tiempo, son traiciones, son adulterios, son en definitiva lo animal en el hombre campando a sus anchas en una tierra que podría ser cualquier tierra, con unos protagonistas que podrían tener cualquier color de piel. 

Siguiendo la esencia del relato breve, las historias surgen de un momento certero que concentra toda la fuerza temática que quiere mostrar la autora. Sin embargo, junto a esa atención por el instante, existe una simpatía por las vidas largas, por las huellas que una vez marcadas en un personaje, se pasean a lo largo de la historia como un talismán. La advertencia es clara, el demonio está ahí, en la vejez como en la juventud, agazapado y tal vez durmiente, pero siempre vivo. La frase breve y certera que usa la autora en el relato lleva al lector a una velocidad de vértigo en ese viaje del ahora al momento final. El viaje es rápido, pero nunca resulta un viaje ligero. Al contrario uno siente que los pies se hunden a cada paso, que la tierra se pega y reclama obediencia. La mirada última, a punto de culminar cada historia, suele ser melancólica. “Y mientras ellos se adueñan del presente, yo escribo para volver al pasado”, dice la voz narrativa al final de esta primera parte. El paisaje de la casa familiar venida abajo, poblada de maleza y animales silvestres, es un buen epitafio desde el que mirar los relatos recogidos aquí. Tomen nota de una más: este relato se titula “Locura y tierra”.
La segunda parte es, ya lo hemos dicho, La locura. Y comienza con un desgarro de dimensiones cósmicas titulado El aburrimiento de los dioses. Los juguetes de los últimos dioses son los hombres, y a su costa se entretienen ahora que ya no queda ningún plan para el que los dioses sean necesarios. Dos de esos dioses echan sus apuestas sobre un hombre corriente y poco a poco van apagando las luces de su comprensión. Solo una le dejarán encendida: la luz del miedo. Con esa premisa se construyen los relatos de esta segunda parte, en lo que será otra expedición, pero ahora al filo que separa la vida plena del vacío. En otro relato, la protagonista visita a un médico, a quien le confiesa las extrañas pesadillas que la sacuden noche tras noche. En una de ellas sueña con un niño muerto. De él dice: “Solo alcanzo a oler su miedo”. 
La historia es, ya lo han visto, una sola narración con dos caras, y ninguna complaciente. Es una mirada literaria que trata de mantener la mirada de la vida, que es dura y, sospechamos, tiene capacidad de encantamiento. La lechuza en la que se transforma la narradora al final del libro, así parece declararlo. Su vuelo rasante sobre el escenario de esa Casa Usher que es la hacienda en el campo tiene la fuerza de una crónica de actualidad. Susana Corcuera no busca la complacencia. De otra forma habría optado por territorios más transitables y no por esta Tierra y esta Locura que aquí nos regala.
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Susana Corcuera ha sido finalista de los premios Azorín (2005) y Casa de las Américas (2011). Estudió Etnohistoria, ha trabajado como traductora, e imparte cursos de Literatura Universal y Creación Literaria en la maestría y el doctorado de Casa Lamm. 
La obra A machetazos, de Susana Corcuera, ha sido publicada por Ediciones Irreverentes en 2011, y se puede comprar AQUÍ.
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