José Gutiérrez Solana

LA PLAZA MAYOR DE SEGOVIA
ESTA famosa plaza la forman unos lienzos de casas derrengadas, todas apretadas y unidas, cuyos balcones de madera están tan curvados y hacen tantas bajadas y subidas, que parece de un momento a otro van a venirse abajo. El cielo aparece muy blanco por encima de estas casas, todas desiguales, unas anchas y rechonchas, y otras, muy estrechas y largas, que parece buscar la protección en la compañera para no derrumbarse ese cielo que parece de nevada y que hace resaltar, tanto estos tejados destartalados y convados de tejas negruzcas, que destacan la mancha blanca de la argamasa como trozos de nieve, y las chimeneas primitivas de sus guardillas. En esos días de frío que barre toda la plaza de gente, aparece esta aglomeración de las casas con un color estupendo. Observamos su comercio y su vida; en sus portales anchos, encuadrados por gruesos postes de piedra a manera de soportales, descansan las fuertes vigas que sostienen a estas casas, las cuales muestran su vejez por las grandes cribas y grietas y la negrura y humedad de sus portales, que se cierran por pesadas puertas, llenas de agujeros de inutilizadas cerraduras, los carcomidos y las hendiduras de los porrazos producidos por aldabones enormes y llenos de orín.
Mirando a los balcones vemos la ropa tendida, las camisetas, camisas, pañuelos de color y medias de las mujeres, y las blusas, bragas y calcetines de los hombres; en los pisos altos hay alguna silla de enea olvidada en un balcón cerrado, y donde ha estado cosiendo al sol una mujer por la mañana; en las ventanas cuelgan atadas de una cuerda mantas y faldas; en los balcones hay colgadas muchas jaulas rústicas con pájaros que han comprado en el mercado. En un piso muy alto hay un palomar, una ermita de madera con una cruz y varias campanas; un palo atado al lado, que sobresale del tejado con un puchero por montera, sirve para espantar a los pájaros ladrones de palomas; éstas, cuando se asoman a este campanario, hacen voltear las campanas y se entretienen entrando y saliendo por sus agujeros; también en estas ventanas que dan a los tejados hay unas poleas con cuerdas que sirven para subir los cubos de agua por el hueco de la escalera, de los pozos que hay en el portal de estas casas. En un piso bajo hay una tabla:
«MESÓN GRANDE, SE SIRVEN COMIDAS CON VINO»
Este mesón ocupa un ancho portalón donde entran los carros: en las paredes del patio hay ventanas desconchadas y carcomidas por la lluvia; un piso en forma de casa adosada al muro con dos ventanas tapadas por cortinillas es donde están los dormitorios, pobres de aire y de luz y muy bajos de techo. Bajo el hueco obscuro de esta casucha hay unos carros viejos, y están poniendo dos hombres herraduras a una mula; al lado de este mesón hay una carbonería; se ven los serones en el suelo cosidos y apuñalados por las largas y relucientes agujas. En medio de la calle descargan los sacos de carbón de un carro de bueyes; son éstos de gran alzada y de cuernos muy grandes, llevan unos pesados campanos y braman de vez en cuando como toros; en Segovia se ven los bueyes más hermosos de España, que en nada se parecen a los bueyes blandos y rubios de las provincias del Norte, que son como burras de leche al lado de estos poderosos animales; los descargadores de este carro van envueltos en pesadas mantas, con gorra de pelo a la cabeza y las manos abiertas e hinchadas por el frío; entre sus fajas negras se ve el brillar de plata de las cadenas y el del acero de sus cuchillos.
Las tiendas pintorescas de esta plaza; la «Taberna de los Artistas», donde vienen los albañiles y obreros a comer; en su escaparate cuelga algún trozo de cecina y cordero en carne viva con los ojos fuera, y nada más, pues en Segovia se come poco y hay mucha hambre; en un plato se ve las calvas blancas y tristes de esqueleto de los pájaros fritos cazados a ballesta. Las cordelerías; con largas trenzas de cáñamo y sogas que cuelgan del techo.
Las albarderías, con collares, albardas, cinchas, zuecos de madera que los emplean, como estribos y armazones de monturas como muestra para luego forrarlas de cuero o piel.
Luego vienen las tiendas de ultramarinos; en alguna el tendero es un hombre con barba, pelo largo, que parece un intelectual; envuelve el queso y el jabón con versos y sonetos escritos por él en los ratos de ocio; en este pequeño escaparate hay un cartón con unos muñecos pintados: una familia aldeana que están cogidos de la mano, el marido, la mujer y un niño pequeño; sus cabezas son tres garbanzos de los más raros y feos que ha escogido de sus talegos, retocándolos con tinta, pintándoles ojos y bigote; debajo de este cartel dice:
LA FLOR DE CASTILLA, KILO 1,20
También se ve en el escaparate, entre las latas de conservas y las madejas de algodón, carretes de hilo y alpargatas, caricaturas y retratos hechos con tiras de bacalao y esas construcciones que venden en pliegos, que recortan los niños, pegándolas en un cartón por suelo; son plazas de toros, un castillo o una noria con un caballo con anteojeras para que no se maree, y también se venden unas hojas, con una orla hecha por el dueño con tinta, en las que están pegadas las cajas de las antiguas cerillas de Cascante con caricaturas, escenas españolas, «peligros de Madrid» y mujeres bañistas enseñando las nalgas. En algunos de los balcones bajos de esta plaza, donde están establecidos los fondistas y las patronas de casas de huéspedes, se ven todavía las cortinillas recogidas, estas cortinas que en verano cuelgan de los balcones y toldos de las tiendas bajo los soportales.
En estas fondas y casas de la plaza, aunque estén sus comedores y alcobas empapeladas siete veces con papeles gruesos de ramos, tienen la ventaja que por el mucho frío que hace en el invierno en Segovia, las chinches en verano, aunque estén hambrientas, saldrán sin fuerza.
En esta plaza encontraréis todo lo que os haga falta; si queréis comprar un anillo de plata para la criada, enseguida encontraréis una platería; mantas, trajes o abrigos, daréis inmediatamente con un almacén de telas o sastrerías, y si os queréis hacer un retrato, porque os habéis casado, en esta plaza daréis con fotógrafos modestos de portal, pero que os sacarán muy bien, de muestras se ven en sus vitrinas toda clase de retratos, desde el obispo viejo, que se pasa en la cama todo el día, hasta el joven y bollante obispo nuevo, gran intrigante y amigo de placeres. Muchos retratos de cura; hay aquí bárbaros de la tierra que se retratan con el crucifijo en la mano, pero que piensan, más que en la religión, en las mujeres, la caza y en jugar al dominó y al tute. Junto a los retratos de frailes y algunas monjas, de tantas iglesias y conventos que hay en Segovia, se ven los de los canónigos, con su capucha negra y el vientre adornado con muchos borlones y encajes como de pantalones de señora; éstos se pasan todo el día comiendo y por la tarde se van a la catedral a sentarse en sus buenos sillones y a dar berridos. Tampoco falta el imprescindible retrato de un niño recién nacido, coa su cabeza blanda y en pico, echado, desnudo, boca abajo o boca arriba, encima de un almohadón.
También hay fotografías artísticas de tipos del país, con sus trajes característicos, que ya no los sacan más que en los Juegos Florales o en alguna boda de rumbo. Éstas parecen preciosas figuras de madera vestidas; ¡qué bien se colocan para retratarse!; ella con su montera de terciopelo rodeada de borlas encarnadas, y al cuello muchos collares que cuelgan hasta su vientre, y sus faldas de colores llenas de franjas de terciopelo guarnecidas de abalorios, y ellos con un sombrero pavero, donde baja la punta del pañuelo que llevan atado a la cabeza hasta el hombro, con el chaleco desabrochado, donde se ve la pechera blanquísima de la camisa, y a su cintura un ancho cinturón con el cuero, grabadas en grandes letras incripciones, el nombre de su mujer y el de él; los pantalones anchos, acuchillados, bajan unas borlas hasta el nacimiento de sus polainas con el cuero labrado como las de los contrabandistas andaluces, y en las bocamangas y el chaleco lleno de botones calados, que algunas veces suelen ser de plata y oro, afiligranados. Por debajo de la montera de ella cuelgan sus largas trenzas, con un lazo, que las cae hasta la punta de sus zapatos de hebillas y las da esto un aire más de muñeco.
Al pie de estas tiendas se ven anchas baldosas amarillas, acanaladas y resbaladizas; allí se acurrucan las mujeres con las faldas por encima de la cabeza para no quedarse heladas; tienen muchos refajos amarillos y colorados de bayeta; en el suelo se ven pucheros y escudillas de barro, y esparcidos por el suelo, encima de los sacos, granos, legumbres y la nota roja y verde de los pimientos y tomates; son los vendedores ambulantes que vemos viajar en el coche de tercera de un tren mixto; ellos, con sus alforjas, envueltos en sus capas amarillentas y con el sombrero deformado y añoso, bajo sus botas gruesas y blancas por el barro, los talegos y el peso que meten debajo del asiento; ellas, con las cestas llenas de huevos y gallinas, que llenan el vagón al amanecer con un vaho de establo; los refajos de las mujeres huelen a demonios coronados.
El segoviano es un hombre pequeño, que come poco, porque apenas gana para vivir; al sentarse a nuestro lado, en el tren, su capa dura, que ha resistido tantos años la lluvia, está tirante y sus pliegues los sentimos en las rodillas como si estuvieran tallados en madera y huele a su cuerpo; son gente sufrida y dura como la tierra.
En la plaza de Segovia se ven esos pobres envueltos en sus capas, llenas de remiendos, con el sombrero pavero agujereado y atado por debajo de sus barbas, con los pies descalzos, morados por el frío; llevan una gran callada y se quitan muy corteses el sombrero para pedirnos una limosna; entonces vemos su cabeza de garbanzo, calva y roja, haciendo contraste con la pelambrera de su barba con mechones canosos; algunos de estos pobres son como apariciones en medio del camino o recostados en el muro de un edificio antiguo; es tan anticuado su traje, que parece que no son de este siglo.
Llego cansado otra vez a esta plaza, después de recorrer todo el pueblo; aunque son las cinco de la tarde, se ve muy poco; hace un frío tan intenso, que se nos mete en los huesos y deja las manos sin movimiento; me pongo a pasear por los soportales; veo salir del portal de un callista a un segoviano viejo y rico, con lujosas polainas negras; su pantalón y chaqueta está lleno de botones de plata; lleva un sombrero nuevo y una larga capa que se refleja al salir en el cristal de un escaparate, donde se ven las hormas de un zapatero, y se vuelve a meter en otro portal negro, donde hay un letrero de un médico, y sale al poco rato con una chica anémica cogida de la mano.
De un taller de relojería sale un aldeano de León con su traje de maragato; lleva por encima de su gran capa las alforjas; saca de un bolsillo un pañuelo de hierbas, donde lleva metido el dinero, y se pone a palpar, maquinalmente, el bulto de los duros; mientras, muy plantado, mira frente a la plaza, como si no recordase la dirección de algún sitio que tiene que ir a hacer sus compras.
Dos labradores salen, muy cargadas las alforjas, de una tienda de granos, y atraviesan la plaza muy de prisa con sus varas en la mano y las gorras de cuero y pelo en la cabeza.
Las hogueras empiezan a encenderse a la puerta de los soportales y brilla el fuego en las cocinas de los figones.
En esta hora aparecen, llenando la plaza, un rebaño de ovejas; en sus lanas traen pintado con rojo un número; los balidos se prodigan melancólicos; los pastores las cuentan y encierran por grupos en los corrales de las casas.
Este rebaño es el que vi por la mañana en la llanura que se ve bajo los arcos del Acueducto.
La catedral, que está detrás de estas casas, cuyas altas agujas y pesada mole, toda la piedra ha tomado un color amarillo, y del campanario baja a la plaza el estruendo de sus campanas llamando al rosario.
Muchas mujeres bajan de sus casas, con la silla en la mano, y al poco rato un largo cordón negro de beatas entra en la catedral.
Por encima de los aleros de algunas casas que hay junto a la catedral se ven a lo lejos los arcos del Acueducto, cuyas piedras están sueltas, sin argamasa, y llevan ya muchos siglos sin caerse. Entre la gente del pueblo hay la creencia que fué hecho por el demonio; algo de razón tienen en esto, pues no se puede dar una construcción más descabellada y de más belleza y grandeza.
En las puertas de las posadas se ven las pesadas diligencias a Arévalo, Sepúlveda y otros pueblos; suben por una escalera a su techo, revestido con gran encerado, por si llueve, donde atan los mozos las maletas y los pesados baúles de ruedas, que hacen crujir el techo, sintiendo los viajeros, que han ocupado por completo la diligencia, los golpetazos, y mirándose unos a otros, asustados, como si el techo los fuera a aplastar antes de emprender el viaje.
Yo me voy andando a la estación, y paso por debajo del Acueducto, que vi en distintas horas; a la del mercado, cuando los traficantes ponen sus toldos y cajones al pie de sus arcos gigantescos, y de noche, cuando los serenos de la ciudad se reúnen para pasar lista, en las casas al lado del Acueducto, que son las primeras de la ciudad; estos serenos, envueltos en sus capotes, y puestos en fila, con los chuzos en ristre, parecen duendes, cuyos faroles son ojos luminosos, que proyectan en el suelo y en las casas redondeles luminosos.
Cuando el tren comienza a andar por la llanura pelada, viene a mi memoria todo lo que vi en Segovia el poco tiempo que estuve; la entrada en la ciudad, apenas comenzaba a clarear el día, cuando me desperté y miré por la ventanilla, llena de escarcha, notando que la tierra era lisa como la palma de la mano; luego la llegada a Segovia.
Sobre una loma, algo abultada, asomaban las agujas, torres y cúpulas de la catedral y la punta de unos muros, como si estuvieran sepultados en un hoyo, pero que, por su separación, me dio la impresión de un pueblo grande.
AVILA
NOS vamos acercando a Avila al amanecer; viajan conmigo muchos arrieros y labradores; todos hemos bebido en nuestras botas y nos hemos ofrecido mutuamente la comida, cortando con nuestras navajas grandes trozos de tortilla bien empedrada de chorizo y un hermoso queso manchego, al que hemos dado fin. Como la comida ha sido fuerte, no estamos para ver visiones, y aunque llegamos ya a las puertas de Avila, a ninguno de los que viajamos en este destartalado vagón se ha presentado el espíritu de Teresa de Jesús, esa docta mujer histérica y farsante que hablaba con Dios como yo hablo con cualquiera de estos patanes que dicen tan buenas cosas y que discurren mejor que los académicos de la lengua, que nunca discurren nada; esos eruditos que ven flotar el alma de la Santa por la noble y silenciosa ciudad de Avila, que tiene los mejores y más sanos aires del mundo y que no necesita de ningún espíritu puro para ser regalo de los ojos de todo el que sepa sentir y ver.
Después de lavarme la cara en una fuente, subo por la carretera en cuesta; caminan los labriegos envueltos en sus bufandas: son tipos delgados que van algo encorvados y cavizbajos: levantan sus borceguíes nubecillas de polvo de la carretera.
Algún galgo, viéndosele todos los huesos de su cuerpo sarnoso, nos mira un momento muy triste y corre, con el trote parecido al de un caballo, por dirección contraria a la que caminamos; bajan las yuntas de mulas arrastrando los arados por la carretera polvorienta. Las primeras casas del pueblo son muy rústicas; tienen las fachadas de piedras todas desiguales y en pico, con una puerta muy grande; establos convertidos en tabernas; a la puerta hay un grupo de campesinos con grandes zajones de cuero, sombrerones con las alas caídas, adornados con dos borlas, embozados en sus mantas a grandes cuadros y unos cuantos con montera de pellejo. En un establo cuelga de la puerta una bacía; dentro, el barbero corta el pelo y afeita a unos parroquianos que esperan turno, con sus cayadas y varas en la mano; mientras tanto beben vino y almuerzan. Entre estas míseras casas se ven las mansiones fortificadas de nobles castellanos con escudos y pilastras, puertas y medios puntos góticos llenos de estatuas de piedra, descabezadas por las pedreas de los chicos del pueblo; en algunos escudos vemos dos manos de guerreros cruzadas, con puñales; en la leyenda dice:
«ANTES MORIR QUE MANCHAR MI SANGRE»
Estas antiguas casa-fuertes abundan mucho, llenas de rejas y de bolas grandes de piedra; sus arcos de puertas y ventanas, que están cegados y tapiados por pedruscos, en cuyas junturas ha crecido la hierba y corren lagartijas, denotan que no conservan más que las fachadas, y por dentro todo es ruina. Lo mismo pasa en los viejos y abandonados palacios de los obispos: el viento huracanado que sopla hoy se cuela por los muros, y silba entre los canalones y ojos de las veletas, y hace disminuir y oscilar la luz de las bombillas eléctricas del alumbrado público, que a esta hora aún está encendido.
Pasamos por la plaza del Alcázar, toda rodeada por las murallas; hay aquí unas casas ancianas, con muchos escudos y rejas, convertidas en paradores.
A la puerta hay grandes carros y galeras llenos de cofres y talegos. También hay varias tiendas de vidrieros, tintorerías y alguna confitería; en un gran armario, a la entrada, se ven las colinetas y pasteles. Al lado, una sastrería; en el escaparate tiene una muestra con unos señores muy pequeños, unos con chisteras, sombreros hongos y flexibles; todos estos muñecos están muy derechos y sacando el pecho, como dándoselas de fuertes; los que van a cuerpo, con los guantes y el bastón en la mano; otros llevan capa, abrigos y macfarlán; todos están en fila y parecen hablar unos con otros, como si estuvieran de paseo, con movimientos muy petulantes de brazos y manos.
En medio de esta plaza hay una fuente de piedra, de un estilo bárbaro y barroco, pero que es un verdadero monumento. Tiene una torre alta como un obelisco, rematada por una pina; su pedestal tiene unos salientes afilados, como los de un monte Calvario, todo tallado con gran dureza en la piedra, que ha tomado un color amarillento y noble.
A los lados de la torre hay dos bichos monstruosos y fantásticos, que miran a uno y otro lado de la plaza, muy risueños, con las bocas abiertas y los ojos como huevos, y tan joviales, que parece que se burlan de todo el que los mira; tienen con las garras, cogidos por la cola, a dos animales con cara de lagarto y gesto de persona, que están como aplastados, y asoman las cabezas por varias vueltas y retorcimientos de su cuerpo, declarándose vencidos; vista por detrás, las traseras con sus largos rabos de los bichos vencedores, tiene la gracia de los perros cuando se sientan de culo. Las mujeres ponen a los caños de esta fuente una fila de cántaros y botijos negros.
Al salir de esta plaza, bajamos por la Puerta de San Vicente, por el arco que forma entre los dos murallones almenados; se ven grandes nubarrones que navegan por el cielo, empujados por el viento, que corta como un cuchillo.
Por el Puente Viejo vienen, camino del mercado, guiadas por los pastores de la Serranía, las manadas de borregos, gordos y altos, con sus cuernos grandes y retorcidos; los más viejos caminan los primeros; siguen otros más pequeños y de nacientes cuernos, que van balando; las recuas de mulas, con las ancas esquiladas, con muchos dibujos, como las rayas y adornos de los quesos manchegos, y las piaras de cerdos, gruñendo, indisciplinados y rebeldes; muchas veces se paran a escarbar en los montones de basura, ociqueando y dando resoplidos; pronto la vara del que los conduce les hace salir, corriendo y gruñendo, rabiosos a seguir a sus compañeros; detrás vienen las largas hileras de barbudas cabras con el campano al cuello; no miran más que adelante, y no reparan en obstáculos; cuando tropiezan con nuestras piernas, sus cuernos nos hacen apartar; han recorrido tantos pueblos, que miran las carreteras como cosa propia. La calle de San Segundo está llena de pequeñas casas, pegadas a la muralla. Hasta llegar al sitio donde está emplazada la Catedral, parece ésta un castillo de esos que se hacen con trozos de pizarra que venden en las cajas de construcciones para jugar los niños.
Con su altísima torre y algunos calados labrados en la piedra, dos pequeñas capillas, que encierran sus campanas; debajo el reloj; pegada a sus otros dos cuerpos y como hechos de una sola pieza, en el del centro está el pórtico en forma de arco, lleno de estatuas de obispos, mutilados por las pedradas; en dos pedestales están, como de guardianes, dos leones grotescos con todo el cuerpo lleno de picos; tienen unas argollas en la boca y están sujetas de unas cadenas a los muros de la entrada antigua, y es lo que le da más belleza a esta Catedral; un arquitecto académico diría que es lo que le afeaba más, y que habría que quitarlos. En el otro cuerpo, sus ventanas están tapiadas, y asoma la piedra, falta de argamasa, y desiguales los sillares; su tejado es como la de una ermita pobre, con un sobrado donde suben las antigüedades los curas; este tejado está lleno de nidos, y a las cigüeñas se las ve desde la calle asomadas. El ábside de esta Catedral es un torreón guerrero, fortaleza almenada que da a las murallas.
El mercado
Se celebra en una plaza grande, con casas pintadas de amarillo, rosa o azules, todas con las fachadas anchas y pocas ventanas y balcones; debajo de éstos se ven arrimadas las escaleras para encenderlos anochecido; también tienen clavado a la pared un madero con argollas para atar el ganado; estas casas, todas desproporcionadas, con cimientos de piedra hasta el primer piso; otras descansan en gruesas columnas de granito, donde se ven apoyados los lecheros con sus zajones de piel llenos de costuras y aculatadas como el de los pellejos de aceite; llevan en las manos grandes garrafones con manchones negros y aporreados por los golpes; atados de su asa cuelgan los vasos de latón para servir la leche.
El medio de la plaza estaba lleno de bueyes, mulas y distintos ganados; sus dueños, sentados en el suelo, comían con las tortillas y los pucheros sobre los pañuelos de hierba; algún viejo fuerte subía los codos a la altura de la boca y se echaba un trago de vino de la bota; los sacos que hay tirados en el suelo se ven llenos de legumbres, patatas y frutas; las mujeres, con las cestas al brazo, se aprovisionan de mercancías; sus pies los llevan calzados con albarcas de correas, y se las ven mucho las piernas por ser sus faldas tan cortas; sus justillos de terciopelo, los muchos refajos verdes, encarnados y amarillos, las ensancha mucho y las hace aparecer más voluminosas de lo que son, sobre todo a las ancianas, que están en los huesos y que todo son bayetas. Los pastores, con medias azules, ceñidas con correas las piernas que suben de sus calzados, son hombres avellanados y enjutos, con perneras de piel de oveja y con el cayabo en la mano.
Los viejos labradores, con recios chaquetones de estambre que recorta el blanco del cuello de la camisa, y los pantalones unidos al peto de cuero, embozados en sus mantas; debajo sobresale el bulto duro de sus alforjas como una gran joroba; su ancho sombrero, caída el ala por la nuca, y el pantalón corto ajustado donde brillan los botones; las piernas embutidas en sus medias y muy apretadas las botas de color de barro, con la suela gorda, llena de clavos y tan duras como los guijarros de la plaza; van a buscar sus borricos o a montarse en sus caballos con la sillas de tripa como las encuadernaciones de los libros antiguos; la cola de su larga capa cae tapando el trasero del caballo.
En las tiendas de comestibles de esta plaza hay barriles de pescado escabechado, y en las tablas hay montones de truchas del río Tormes; sobre los pellejos de vino está caído un gran embudo, cuya figura rara y original nos atrae y nos hace parar; los pobres que vienen de los pueblos pasan entre los feriantes con el sombrero en la mano, pidiendo algo de comer, y vemos alguna vieja con los pies descalzos y una manta amarilla y raída por encima de su cabeza que no se atreve a alargar la mano pidiendo una limosna.
Las monjas
Avila está infestada de monjas que vemos en todas las calles y a todas las horas con las tocas negras, encuadradas por el blanco tieso como el papel de barba con un crucifijo de bronce al pecho o de cruz de madera negra con cantoneras y cristo de bronce; al lado de la cintura llevan cosido al hábito unos rosarios de cuencas de colores con muchas medallas; estas monjas se parecen a los frailes en lo holgazanas y gastan mucho en el lavado y planchado; van siempre por la calle acompañadas de alguna chica hospiciana, que aunque ya pasa de los treinta años, va vestida de corto con la trenza colgando, y un flequillo separado con una goma por detrás de las orejas que cruza su cráneo.
También llevan de compañía, otras veces, a una vieja gorda, con el pelo blanco y de aspecto muy clerical, que es la recadera del convento y que se mete mucho en las casas ricas para sacar ropas y alfombras para el convento; estas monjas son muy murmuradoras y ruines, y no piensan más que en el dinero; siempre están hablando de cosas desagradables: que si murió al dar a luz una asidua visitante del convento y su marido se metió fraile; en las huelgas de Burgos; si le salió un cáncer en el estómago a la madre superiora, y un ántrax en el cuello al tendero de la tienda de comestibles donde compran ellas las lentejas, garbanzos y alubias; las vemos pasar por las calles con la cara siempre rabiosa, fruncido el entrecejo, narigudas y con algo de bigote; algunas se han afeitado con la tijera de tantos pelos que las salen; casi todas son tripudas y ajamonadas, con la cara muy blanca y pocas pestañas, y no tienen cejas; pero muy culonas; tienen poca correa para el trabajo y siempre están en el convento comiendo y durmiendo.
Las más jóvenes, y que hace poco tiempo que han profesado, parecen una manzana podrida; tienen los labios crispados y una rabia contenida que quieren disimular haciendo guiños con los ojos y zalamerías.
Las madres abadesas, éstas son las más ahorradoras, llevan alpargatas y faltriqueras, por dentro de los hábitos, llenas de llaves; escriben las cartas volviendo los sobres que reciben al revés y se remiendan mucho las medias en el convento; cuando mueren dejan todo su dinero para edificar una iglesia para que las entierren debajo del altar y que se diga todos los días del año una misa por su alma.
Las solitarias de Avila
Entro en una botica a comprar un sello para el dolor de cabeza; en una mesa vi un gran tarro lleno de solitarias; todas parecían estar rabiosas y alguna tan enroscada y furiosa que parecía comerse la cola; otra, parecía morder a la de al lado, todas con caras distintas y terribles; algunas tienen dos cabeza; estas solitarias eran blancas y muy lavadas, con cintas largas y anulosas; estaban en el fondo del alcohol como aplastadas; algunas salían y asomaban el cuello fuera de la superficie del líquido, como si quisieran volver a la vida; otras descabezadas; las más rebeldes habían dejado la cabeza y parte de su cuerpo en el vientre de sus dueños, que las alimentó y llevó consigo tanto tiempo. El dueño de la botica, con su batín y un gorro del que colgaba una borlita, las miraba con cariño porque él las había catalogado y puesto las etiquetas en los frascos: «Solitaria del gobernador de Avila», la del obispo; la del canónigo don Pedro Carrasco estaba gorda y era tan larga y bien alimentada llenaba casi el frasco; al lado había una amarilla y delgada de no comer, que parecía quejarse y querer protestar de su mala vida pasada; era la del maestro de escuela del pueblo, D. Juan Espada; otra, como si le hubiera entrado la ictericia, tenía la cara con la boca abierta hundida junto al pecho y tenía un color verdoso; era del jefe de la Adoración Nocturna, don Peláez; otra, era todo ojos, y la más rabiosa pertenecía a doña María del Olvido, dama noble, comendadora y provisora del ropero de los pobres. El boticario tenía un lobanillo detrás de una oreja y se había dejado crecer un largo mechón de pelos para taparlo; pero el lobanillo salía fuera descarado y carnoso como la pelleja de un pollo desplumado. Cuando estaba más distraído en esta botica, viendo los tarros de las medicinas, sentí unas uñas que se clavaban en mis pantalones y un gato empezó a darme de cabezadas en las piernas; debía estar muy hambriento.
La ermita del Cristo de las embarazadas
En el pórtico de esta ermita estaba tallada, en la piedra, en el arco, la ciudad de Avila, encerrada en sus murallas; en primer término se veía el monte Calvario y una cruz que subía al cielo; en el fondo de tormenta se destacaba en sus dos brazos el sol y la luna con cara humana.
Dentro de la ermita, al lado de la pila de agua bendita, había pintado un reloj de sol: todas las horas giraban alrededor de una calavera; en su esfera tenía esta inscripción:
«YO VENGO A TODAS HORAS Y NO SEÑALO NINGUNA»
En medio de la iglesia, sobre un túmulo con cuatro calaveras amarillas cruzadas de tibias pintadas en el paño, estaba un ataúd rodeado de un hachero con cirios apagados y en el suelo un cubo de bronce con un hisopo; al lado una mesa de forma de artesa con la cubierta de cinc como las que se ven en los cementerios para colocar la caja y abrirla en caso que los de la familia quieran ver al muerto por última vez antes de enterrarle; estos atributos de la muerte no me chocaron, pues pegado a esta ermita está el cementerio y ésta es su capilla.
En el altar mayor está clavado un Cristo muy tosco y de mucho peso. Debajo de sus brazos, como descoyuntados, tenía unos grandes hierros que le servían de sostén y estaban clavados al grueso madero de la cruz; sus piernas, como tronchadas, estaban llenas de sangre; tenían sus caderas movimiento; en su vientre hinchado, como de estar bailando a pesar del boquete de su costado, por el que corría un río de sangre. Este Cristo estaba rodeado de ex votos: pechos de mujer, vientres hinchados y niños muy pequeños de cera y muchos cuadritos con quintillas dedicadas por las mujeres embarazadas.
Al pie de este Cristo había una mujer rezándole, con una tripa que le llegaba a la boca, y un viejo con una calva muy roja tostada por el sol, de rodillas y con los brazos en cruz.
Muchas mujeres entraban con alpargatas; después de besar muchas veces el suelo y de mojar con agua bendita los pies y las rodillas del Cristo, empezaban a gemir y suspirar y quedaban sentadas de culo en las baldosas de piedra; otras se arrastraban de rodillas, colocando una vela en un hachero; todas estas mujeres estaban encinta. En otros altares se veían cabezas de mártires, de madera, colocadas en sus bandejas; tenían la boca muy abierta, cubierta, como las vértebras de su cuello, de sangre; en los retablos se veían varias tallas barrocas de Vírgenes, del siglo XV; éstas tenían las caras anchas, de torta, y las coronas con unos picos como los de un castillo, tenían algo de guerrero; sobre todo las de piedra, eran tan amazacotadas que recordaban a una fortaleza; sujetaban con los dedos largos a un niño Jesús sentado en sus rodillas, que parecía querer escaparse, con un sombrero algo torcido que le daba un aspecto de pillo. Todas estas Vírgenes tenían un aire muy burlón y parecía que se reían, con los ojos rasgados y abultados en forma de almendra. Todas estas figuras tenían magníficos dorados y colores.
En una esquina de la ermita había un púlpito muy rústico de palo; un cura, con el sombrero muy anticuado de forma de teja y la sotana llena de lamparones, paseaba por la iglesia con las manos a la espalda; llevaba en sus botas grandes espuelas de rueda, pues vivía lejos, y todos los días venía montado en un caballo viejo que tenía atado en la puerta de la ermita; la portera de ésta, al salir, me dijo que el Cristo que había visto lo más raro que tenía era el vientre, y que por eso lo tenía tapado con un lienzo; decía que era muy triste y que daba ganas de llorar en viéndolo; era de piel humana y tenía pelo y que era como el de un hombre.
Me fijé en aquella mujer que tenía en las manos las llaves de la capilla y vi también que tenía un vientre muy abultado y estaba embarazada.
La casa de Santa Teresa
En el convento de Carmelitas Descalzos hay una habitación dedicada a los recuerdos de Teresa de Jesús. Son éstos relicarios de plata, en los que pude ver un dedo repugnante, rodeado de cabellos de la Santa, unas disciplinas, ya muy apolilladas por el tiempo, y una cosa que me dijeron que era el corazón y que pude ver a través de un cristal, y un pie negro y amojamado que parecía de momia. Lo que ponía un sello de poesía a todas estas porquerías y piltrafas de ultratumba era el jardín de al lado; un jardín conventual y abandonado en que la Santa se distraía, en los ratos de ocio, en cavar la tierra y plantar flores.
En el pueblo de Alba de Tormes también pude ver la cama en que dormía: era muy ancha y de madera, con almohadas y sábanas; en ella estaba la figura de la Santa vestida de monja y como un muñeco. Tenía un crucifijo de madera entre las manos, y a la cabecera de esta cama había un bastón y unas zapatillas, que las monjas dan a besar a los fieles y dicen que usó en vida Teresa. Arrimado a la pared está el ataúd en que vino su cadáver desde Avila. También vi colocada a la entrada, y en mármol blanco, a la santa, como recostada y echada hacia atrás, y apoyada sobre grandes bolas que representan nubes; enfrente hay un ángel con una flecha en la mano, y que la apunta al corazón; éste tiene el pecho desnudo y de mujer. En todo el grupo hay un gran arrobamiento y éxtasis amoroso.
Todas estas cosas de Santa Teresa me trajeron a la memoria el recuerdo del San Ignacio que vi en Manresa, de ese Santo tan desagradable y cojo, que trastornó al mundo con sus viajes y peregrinaciones, y creando la secta más miserable que han visto los siglos.
Aquí era un monigote de madera tumbado en el suelo, chato y calvo como un perro de lanas. Las mujeres de este pueblo besaban el suelo a su alrededor y sus hábitos de tela de saco, y le pasaban las manos por los pies, para luego persignarse.
Un poco más abajo están los muros del convento de Santo Tomás, donde forman cola los pobres para comer el cocido. Se ven muchas mujeres llenas de harapos, acurrucadas, con la cabeza colgando entre las rodillas de lo agachadas que están, durmiéndose, y la miseria que llevan en las espaldas; muchos de estos pobres tienen la nariz y la boca comidas de un cáncer, y se les ven los dientes al aire, enseñando media calavera. En estas pobres viejas, por debajo de sus faldas, asoman las churradas de llevar tanto tiempo esperando y no poderse levantar de allí para no perder su puesto.
Muchas veces la cola de mendigos se impacienta, y llaman a los aldabones de la puerta del convento y vociferan mucho para que les abran. Luego, cansados de gritar, caen en un gran abatimiento; pero siguen sin perder sus puestos con gran tenacidad y no se marcharán de allí hasta que no les den de comer.
Por fin, abren las puertas y entran en el patio triste del convento, con bancos de piedra y árboles secos. Bajo un cielo blanco y frío, todos los pobres, con sus escudillas y botes de latón, sonando una cuchara roñosa y negra dentro de su fondo; sus cabezas llenas de greñas, y las barbas enmarañadas y canosas, que destacan muy duras de sus caras curtidas y brillantes como moros; enseñando el pecho entre los rasgados de la camisa, con los pantalones y las mangas de sus americanas hechos jirones, por los que asoman la carne y todas sus vergüenzas, se colocan alrededor de un gran caldero que sacan del convento en un carrito de hierro con ruedas. Un hermano limosnero, con su capucha negra y hábitos blancos de fraile; su cabeza redonda, cortado el pelo al rape, con la frente saliente como un segador, que da una impresión de ser dura como la piedra, va llenando con un cazo las escudillas, botes y los pucheros de las mujeres.
Cuando salgo de este patio, veo en el arco de entrada una talla de piedra de gran rareza, del siglo XIV, en que aparece San Martín montado en un caballo, cortando con su espada la mitad de su capa, que da a un pobre apoyado en las muletas.
En unas casas que dan al campo están las prostitutas; un viejo cojo entra en una de estas casas. Tras las cortinillas rojas se ven, medio desnudas, a estas mujeres. Una, que está sentada a la puerta, tiene la cara llena de cortes y rasguños hechos por la navaja de algún chulo; otra enseña una cicatriz de alguna puñalada antigua de su amante. Casi todas enseñan la pelada de su cabeza, las encías de los dientes postizos y los carrillos traspasados por un agujero, con una aureola morada de enfermedad.
Las murallas
Después de comer salí de la fonda a ver las murallas; recorrí el paseo del Rastro; en las afueras vi varios cerdos y toros de piedra, que abundan tanto en Avila. Todo el camino está lleno de piedras parecidas a las de granito de El Escorial; las hileras de árboles desnudos pueblan algo aquel camino; a lo lejos, las murallas, como pegadas al cielo, dan un aspecto de aparición a esta ciudad; sus grandes cubos, la piedra cenicienta donde resaltan las gruesas piedras negruzcas por el tiempo y la lluvia; sentado en una de estas piedras veo la ciudad cerrada y tapiada como apartada del mundo, como una inmensa sepultura; las nubes parecen pegadas a sus casas; el cielo se va encapotando, parece que se está fraguando una terrible tormenta.
Vuelvo a subir al pueblo y entro en una iglesia, pues veo muchas mujeres con velas y escapularios al cuello. En el altar hay un Cristo con enagüillas, muy negro y con pelo natural que le caía por los hombros; a sus pies hay un nido como una corona y unos huevos de avestruz; las lamparillas y los cirios encendidos chisporrotean, cayendo por los candeleros de cobre espesos lagrimones de cera. Un cura viejo, con la cabeza muy larga como la de un caballo viejo y las orejas desprendidas, lee desde el púlpito, alumbrado con una palmatoria, la letanía. Las mujeres y hombres van repitiendo este rezo monótono que nunca parece acabar.
Otras viejas, llenas de reuma, llegan algo retrasadas, con sus zapatillas, los abrigos verdes, viejos, con mangas de otro color hechas de trozos de americanas de sus maridos, las faldas llenas de remiendos y zurcidos en el trasero de tanto estar sentadas, y las toquillas descoloridas y recosidas muchas veces; son las mujeres de los empleados, que están ahorrando todo lo que pueden para irse a vivir a su pueblo y acabar sin tener que trabajar los últimos días de su vida.
Otras son las viudas, de descomunal estatura algunas, con sus velos negros que les caen en pico por encima de sus cabezas; el perfil de sus narices salientes con los grandes y fieros agujeros de las fosas nasales; la frente alta, encuadrada, con el pelo blanco y la boca hundida y apretada, dan una idea de dominio y mal humor; algunas de estas brujas beatas piensan en casarse a los sesenta años, después de haber enterrado a varios maridos. Estas viejas autoritarias tienen su silla reclinatorio propia, donde está grabado su nombre. Luego vienen las damas catequistas del pueblo con sus abrigos cortos, resonando sus zapatones, y sentándose cómodamente en los bancos de terciopelo para ellas reservados; algo espatarradas, con el devocionario y sus rosarios, tienen estos marimachos tipos de sargentos y cabo de gastadores.
La cobradora de las sillas cuchichea al oído de todas estas beatas; es una mujer que se ha quedado como jorobada y muy chica por los años; la cara la tiene tan obscura como el cuero viejo; lleva en la mano un tanque de bronce cerrado con un candado; en él se siente el ruido de las monedas de cobre que caen a cada momento.
Al pie del Cristo hay también una bandeja con un montón de perras chicas, de tantas beatas que entran en esta iglesia.
Después de la letanía, venía el sermón y la reserva; los cofrades, con sus viejos abrigos muy usados y llenos de grasa de la caspa del pelo del cuello; otros, con capas, tienen tipos de porteros; se ponían los escapularios por la espalda y con velas en las manos se colocaban en fila.
Cuando salí a la calle empezaban los relámpagos, que alumbraban el camino y nos envolvían en una luz que se nos metía por las piernas, y los resplandores tan fuertes que marcaban nuestras siluetas en las paredes de las casas.
Cuando entré en la fonda empezaban los estampidos de los truenos; uno fué tan imponente, con un ruido tan metálico como una lluvia de barras de hierro que chocasen contra la piedra de la Catedral; la luz eléctrica del comedor quedó apagada, y tuvieron que encender velas metidas en botellas, y nos pusimos a cenar en aquella luz lívida; veíamos en las paredes bambalearse nuestras siluetas; un cura que le brillaban muchos los cristales de sus gafas llegaba con su gorro al techo; el mantel tenía una luz como de luna, y el cristal de las copas y el mango de los cuchillos fulguraban.
También veía las siluetas imponentes de dos señoras que estaban sentadas enfrente, y me observaban con curiosidad; no viendo en mí la humildad que el caso requería, cada vez que sonaba un trueno las hacía persignarse y besar la cruz de los dedos; eran unas mujeres enlutadas y graves; en el cuello de la más joven brillaba una flecha de azabache de un alfiler, y el cristal de un medallón con un retrato de hombre pendiente de una larga cadena de azabache; la otra tenía un aire de dama de convento; su cara descolorida destacaba del pelo muy negro; tenía la boca dibujada con energía; un cuello blanco almidonado, de forma de hombre, concluía por darla más aire inquisitorial; sus mejillas y frente estaban surcadas de algunas arrugas y en el pelo brillaban los mechones canosos.
Cuando acabamos de cenar pasamos a una sala con varios espejos y consolas isabelinas; en el piano había velas encendidas; la tormenta había cesado; la calle estaba convertida en un río y varias señoritas se pusieron a bailar y a tocar el piano. Yo me acosté en seguida y di orden al camarero que me llamase muy temprano, pues tenía que salir para Oropesa.
(Continuará…)
