Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “No me va a doler”

Ítalo Costa Gómez







No me va a doler.
No me va a doler.
No me va a doler.

Yo soy una persona medicada para dormir. Desde la adolescencia empecé a padecer problemas de insomnio porque trabajaba de noche – como les he contado muchas veces – y me costaba mucho dormir de día con el sol afuera. Me ponía a hacer cosas hasta que me tenía que volver a ir a trabajar. Era horrible. Me dolía la cabeza y empecé a verme demacrado. Mi mamá me ayudó y consiguió a un psiquiatra muy bueno, no lo veo hace mil años y debería, creo. Me recetaron unas pastillas y con ellas duermo plácida y profundamente (hasta el fondo).

Cuenta la historia que un día me fui a pasar unos días de vacaciones a Lurín con una pareja de amigos que estrenaba departamento. Habían construido un montón de edificios y las viviendas estaban a muy buen precio. Bueno, hice maletas, metí mi gorrito, mi bloqueador, mis slaps y vamos a gozar la vida.

[Vamos a viajar hacia el país de las palmeras, dónde encontrarás todo el calor que tú esperas. En la playa se oye la canción de las sirenas, que te invitan a bailar hasta que ya no puedas. ¡Suenan las maracas!, ¡Suena el timbal! Sigue bien el ritmo que te divertirás. ¡A gozar, a gozar! Que mi ritmo va a empezar. ¡A gozar, a gozar! Y no pares de bailar.]

Todo estaba pajaza hasta que me di la chucha cuenta de que no había llevado las pastillas para dormir y muchísimo menos la receta. Eran TRES días, chochera. Tres. Me iba a morir. Llamé a mi mamá desesperado.

-Mamá, la cagada. Me olvidé las pepas para dormir y ya no puedo volver por ellas. Me voy a pasar tres días con el ojo pelado. Me muero.
-Hijo, tranquilo – ella como que nada -. Tú tienes que dominar tu mente. ¿Te acuerdas del Rajá que iba a ver al doctor Chapatin? El decía: «no me va a doler, no me va a doler, no me va a doler» y se apagaba un cigarro en la mano controlando su mente.
-¿En serio, mamá?
-Tú hazme caso que te digo las cosas por tu bien. Diviértete. Chau.

Se acabó. Tenía que ser como Ramón Valdez en el Dr. Chapatin. Punto. Mi vieja es la cagada. Tiene unos consejos que ni la tortuga china.

Bueno, no dormí más que por ratos y regresé fastidiado y medio de mal humor. No fue muy memorable ese paseo. Aunque debo admitir que cuando me acostaba no decía: «Me voy a dormir. Me voy a dormir. Me voy a dormir». Quizá ligaba. Para la próxima.

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