Invasión (XVIII)

Maxence Van Der Meersch





IV

Jacqueline y Camile Laubigier seguían en casa de la señora Andive. Al enterarse de la liberación, habían mandado a Roubaix una magnífica tarjeta postal en la que se veía a Foch y Lloyd George, a Clemenceau y a Wilson extrañamente entremezclados y presididos por una estatua de la Libertad que alumbraba al mundo y anunciaba que habían triunfado la libertad y el derecho.

Félicie les respondió a vuelta de correo.

Decía que Alain se ocupaba en vender patatas y comenzaba a ganar un poco de dinero; que el trabajo volvía, poco a poco, al devastado Norte y que esperaba que muy pronto estuvieran de nuevo todos reunidos y volverían a ser felices. Y a partir de aquel momento, tanto Jacqueline como Camile soñaron con el regreso.

Pero Madame Andive no decía nada. Era una anciana bastante gruñona, que no sentía demasiado afecto hacia Camile, a quien abrumaba con sus pequeñas manías. En cambio, quería mucho a Jacqueline. Durante muchos años había vivido sola, y Jacqueline había logrado acabar con el tedio y llenar el vacío de aquella existencia sin alegría. Si la niña se marchaba, volvería para ella la soledad.

Jacqueline aguardó unos cuantos meses. El regreso de los evacuados a sus hogares se hacía con mucha lentitud, pues el Norte estaba todavía en ruinas. Las gestiones eran difíciles y ella las hizo una a una, con paciencia.

A cada día que transcurría se hacía más patente la tristeza de Madame Andive. Abrigaba unos propósitos que no se atrevía a confesar y que quedaban tanto más de manifiesto cuanto más cerca veía la separación. Por fin, un día se decidió a preguntarle a Jacqueline:

—¿No te gustaría quedarte aquí, en Belleville? Te educaría como a una hija y todo lo que poseo sería luego para ti.

Pero Jacqueline no consintió en quedarse. Alain decía en sus cartas que tenía prisa por ver el hogar reconstituido.

Se necesitaba permiso del Ayuntamiento para la partida. Jacqueline lo solicitó, y, unos cuantos días después, la llamaron para comunicarle que sus padres se negaban a recogerla por falta de medios para ocuparse de ella. Jacqueline, consternada, no quiso admitir aquello como verdad y no cesó en sus protestas y sus gestiones hasta que las autoridades se dieron cuenta de que se trataba de otros Laubigier que vivían en Belleville del Sena y no en Belleville del Saone.

Por fin, llegó el día del regreso. Tuvieron que hacer un interminable viaje hasta París a través de las regiones que habían sido frente de batalla. Contemplaron con horror el paisaje lleno de hoyos y salvaje, cuya desnudez quedaba disimulada por una vegetación de estepa, la desolación, la miseria y la muerte. Luego llegaron a Lille, al invadido Norte, con sus campos de zanahorias, de trigo, de patatas, serenos en la majestad de su grandeza. Tuvieron que atravesar Roubaix sobre puentes en ruinas, terraplenes derrumbados, obras provisionales y montones de sacos de cemento, rápidamente regados con agua y que la propia intemperie se encargaba de endurecer. El puente de la estación estaba cortado y la sala de espera no tenía un solo cristal y estaba aún llena de cascotes.

Salieron de la estación y se dirigieron hacia L’Epeule. El pequeño Camile apenas se acordaba ya de Roubaix. Le pareció grande, sucio, sombrío y triste. Sus ojos habían perdido ya la costumbre de contemplarlo y, a pesar de la emoción de su regreso, no podía menos que sentirse deprimido al verlo. La gente estaba muy delgada; todos parecían esqueletos vivientes. El olor a petróleo, a basura y a hollín, el humo fétido de la fábrica, aquel olor a lana, a grasa y a tintes químicos que salía por las bocas de las cloacas, les descorazonaba. Se daban cuenta de todo aquello por vez primera, así como de las tinieblas que envolvían las entradas de los patios, el aspecto siniestro de sus largas callejuelas tortuosas, la sordidez de aquella aglomeración humana donde, después de varias generaciones, sigue viviendo una multitud esclavizada. Allí mismo, al final de la calle, como una torre negra, destacándose sobre el techo de un cielo claro, la chimenea de una fábrica echaba humo, como una antorcha apagada.

Hallaron a Alain subido en un carro de patatas, en la esquina de la rue Watt.

Aquella noche se celebró una gran fiesta en casa de los Laubigier. Toda la vecindad estuvo invitada: Flavie y sus hijos, la vieja Duydt con sus dos pequeños. Vivía sola. Sus dos hijos habían muerto, y Léonie había partido en el tren de las mujeres hacia Bruselas, antes de que los alemanes se marcharan, y no sabía nada de ella. El viejo Duydt, aquel viejo avaro y loco, se había marchado con todo su dinero, justamente antes de que llegaran los ingleses, abandonando a una mujer agotada y vieja y a dos hijos que nunca habían sido para él otra cosa que dos instrumentos para incrementar su riqueza. Pero, a pesar de lo adverso que se había mostrado el destino con ella, la vieja Duydt no se lamentaba de nada y aceptaba resignadamente su triste suerte. Únicamente cuando recordaba la muerte de Etienne, daba muestras de emoción. Zidore seguía siendo para ella el chico travieso e inquieto que había sido en su infancia y no aludía nunca para nada a su fin trágico en el cabaret «Bac á Puces». Pero en el corazón de aquella mujer era el asesino quien tenía un mayor recuerdo.

El hijo mayor de Flavie había muerto también en el frente, ocho días antes de la liberación. Había recibido una carta de un compañero en la que se lo decía. Un obús le había arrancado la cabeza y estaba enterrado a ochenta metros dirección Noroeste, en el primer sector del bosque de Houtloust, en Bélgica. François, su hermano, acompañado de Alain, fue a buscar su cuerpo. Fue un doloroso peregrinaje a través del bosque de Houtloust, paisaje alucinante, lleno de troncos derribados, destrozados y astillados, de dunas y de estanques oscuros, de charcos negros y de zanjas fangosas y onduladas, que marcaban la línea que había sido de trincheras. A un lado y a otro, como una masa enorme y voluminosa, se veía un tanque destrozado, lleno de manchas de hollín, mostrando aún las huellas del obús que había puesto fin a su carrera. Entre las tierras pantanosas y entrecruzadas de alambradas ponían una pincelada macabra los restos de los caballos medio hundidos en el barro. Se tenía la impresión de estar pisando el suelo de una inmensa necrópolis. Era aquel un caos desierto, donde la brisa que llegaba de la parte del mar peinaba las altas hierbas. Aquí y allá, grupos de annamitas, de mirada inquietante y aspecto repulsivo, se entregaban a desconocidas tareas. Tanto François como su primo sabían que no había que fiarse de aquellos hombrecillos, pues en el menor momento de descuido podían asaltarles y matarles para robar todo lo que llevaban encima.

Durante dos días estuvieron buscando la tumba, sin encontrarla. El bosque había desaparecido casi por completo y los árboles elevaban al cielo sus troncos mutilados como muñones. La búsqueda fue agotadora e inútil. Tuvieron que volver unos días después, con mapas y datos fijos. Hallaron la sepultura, pero en ella había tres muertos. Reconocieron el cuerpo del hermano de François porque le faltaba la cabeza.

François llevó a su madre una libreta encontrada en un bolsillo del cadáver. Pero se vieron obligados a quemarla, pues despedía el espantoso olor del cuerpo descompuesto, donde había permanecido durante tanto tiempo.

Lograron encontrar, sin embargo, algunos recuerdos del muerto. Las gentes a cuya casa acostumbraba acudir cuando estaba de permiso escribieron a Flavie para testimoniarle su pésame. Dijeron que era un buen muchacho, que les ayudaba, que les hacía manteca y cuidaba de los conejos. Mandaron también los papeles que había dejado. Y aquellos restos rescatados a la muerte sirvieron para que Flavie pudiera reconstituir la vida de su hijo durante aquellos cuatro años, reviviéndola paso a paso y conociendo todo lo concerniente a él. Y aquella existencia ignorada en la que iba penetrando lentamente servía para darle la impresión, la casi certeza de que su hijo no había muerto todavía, de que seguía viviendo a su lado, joven y alegre, como antes había sido.

En la casa de los Laubigier no se habló aquella noche más que de todo aquello, de los muertos, de la guerra… Casi todos los ánimos estaban abatidos por una inmensa decepción. Se daban cuenta de que sus sufrimientos no habían servido para nada.

—Hemos pasado unos años terribles —dijo Flavie—. Hemos resistido, no nos hemos doblegado a los deseos de los boches, hemos pasado hambre… ¿Y todo ello para qué? Sospecho que, en el fondo, nos hemos portado como unos estúpidos. Otras mujeres han sabido conservar a sus hijos. De no haber sido por Alain, François habría muerto. Yo me hubiera quedado sin hijos. Los de esas otras mujeres han tenido carne y pan todos los días, están ahora gordos y tienen buena cara. En cambio, los míos han sufrido mucho, están enfermos y delgados.

—Yo me vi obligada a mandar lejos a mis pequeños para que no murieran de hambre —dijo Félicie—. ¿Puede haber para una madre mayor tormento que verse separada de sus hijos?
—Nos decían que después de la guerra recibirían todos su merecido —prosiguió Flavie—. ¿Y qué ha pasado? Con romper cuatro cristales y arrancar cuatro cabelleras, todos se han quedado satisfechos. Las mujeres que supieron complacer a los alemanes siguen con su dinero y su salud, con sus hijos robustos, que los alemanes nutrieron y que no pasaron hambre.
—¡Y los maridos! Todos se creían muchas cosas… Llegamos a temer de antemano por las vidas de muchas. ¿Qué harían aquel y aquel otro cuando se enteraran de que sus mujeres habían corrido aventuras con todos los boches? Las matarían, se las comerían crudas… Pero hemos visto regresar al marido de Clara Broeck. Le han dicho: «Tu mujer te ha engañado cuatrocientas veces con los boches, es una cualquiera…». Pero, como al regresar ha encontrado buenos muebles en su casa, los cajones llenos de dinero, vida fácil y buena mesa, no ha dicho absolutamente nada. Y vive tan contento…
—¿Y qué me dices de Decooster, el carnicero? Llegó a vender carne de perro, comerció con los boches, dejó que su mujer se divirtiera con los oficiales alemanes. Ahora se burla de lo pasado y pasea en automóvil.
—Nuestros sufrimientos no han tenido ningún fin —repitió Flavie—. No sé por qué hemos permanecido fieles y honradas.

Mientras sus respectivas madres hablaban, Alain y François se reían. Los jóvenes olvidaban muy pronto la miseria. No se acordaban ya de la amargura de sus sufrimientos. Ante ellos se presentaba infinito el porvenir. Estaban en la edad que aún es pródiga en tiempo, en la que cuatro años ni siquiera cuentan.

Alain era el único entre todos que no se lamentaba de haber sufrido la guerra. La prueba que abate al uno fortifica al otro. Aquellos años duros y de lucha le habían proporcionado una experiencia sobre los hombres y un conocimiento de la vida que de otra manera no hubiera podido tener. Habían iluminado su interior, mostrándole la meta donde tenía que establecer su felicidad: una vida libre, amplia y activa hacia aquella independencia que había ya gustado y de la que no sabría en modo alguno prescindir. Aspiraba a un oficio sano, con seres a su alrededor a quienes dedicar sus tareas, y a disponer de tardes gozosas y libres en que descansar de las fatigas del trabajo. Había abandonado la fundición, la oscura tarea que le llenaba de polvo y de carbón. Madame Sancey le había adelantado un poco de dinero con el cual podría comprar un carrito y unos cuantos sacos de patatas en Bélgica. Así se convirtió en un vendedor ambulante. Los comienzos fueron difíciles, pero luego el «negocio» marchó bien y le fue posible comprar un carro mayor y una mula procedente del Ejército inglés y que llevaba aún en el anca las iniciales marcadas al rojo vivo. Iba diariamente a las granjas belgas y compraba mantequilla, huevos y patatas, que después revendía. Sus negocios prosperaban y esperaba poderse casar con Juliette al cabo de cuatro meses.

Cuando las dos mujeres interrumpieron su conversación, él sonrió y dijo:

—Volveremos a ser todavía muy felices. Y, cuando pasen los años, apenas nos acordaremos de lo que hemos sufrido. ¿Verdad, Camile?

Dio unos golpecitos animosos en la mano de su hermano menor y se echó a reír de nuevo.

El pequeño Camile escuchaba sin pronunciar palabra. Estaba cansado por el largo viaje y, a pesar de la emoción que le había causado el regreso, no dejaba de sentir una cierta tristeza. En el fondo se daba cuenta de que algo le faltaba. Había esperado durante tantos meses el regreso, con tanta intensidad, con tanto deseo, que alguna vez había llegado incluso a asustarse de antemano de la alegría que iba a sentir al volver a ver a su madre. Pero, en vez de ello, solo sentía decepción y un poco de tristeza. No había sentido toda la felicidad que imaginara, que soñara durante su largo éxodo. Los sufrimientos del pequeño Camile habían sido bastante hondos durante todos aquellos años. La estancia en Belleville-sur-Saone había sido algo triste para él, pues la señora Andive había sido algo fría y poco cariñosa con él. El corazón del pequeño Camile se había endurecido, hasta convertirse casi en un hombrecito. Para él se habían acabado ya las caricias maternales, las ternuras, los besos. Y por eso, a pesar de la alegría del regreso, sentía aquella amargura ligera, como si comprendiera que, a pesar de los argumentos de su hermano Alain, la felicidad perdida no vuelve ya a recuperarse jamás.


V

Desde hacía varios días, Annie no oía hablar más que del asunto David.

Durante una semana entera, los periódicos publicaban tan solo informaciones sobre aquel tema. La cosa había comenzado de la manera acostumbrada. Primero el rumor anónimo y que no comprometía a nadie: «Se dice que…». Luego, las afirmaciones más o menos encubiertas: tráfico, inteligencia con el enemigo, comercio con los ejércitos de ocupación. Varios industriales elevaron, poco después, una pública requisitoria. Y el Ministerio público se vio obligado a inculpar y detener a David.

Fue detenido en su propia casa. Intentó suicidarse pegándose un tiro en la cabeza, pero desarmado a tiempo, fue llevado en coche a Lille, donde le recibió una muchedumbre frenética que intentó lincharle. En Roubaix la multitud rodeó su hotel y quiso prenderle fuego. Albertine Mailly, la amiga de David, liquidó en tres días todo su mobiliario, sus cuadros y sus valiosas alfombras, cargándolos en carros a medianoche. Luego se fue ella misma a Bélgica. Se decía que un anticuario de Lille le había pagado por todo setenta mil francos, cuando su verdadero valor era el doble.

Tanto en casa de los Mouraud como en toda L’Epeule, no se hablaba de otra cosa más que de aquel suceso. En el fondo, aquella gente se sentía satisfecha. David era demasiado rico y así quedaba satisfecha la envidia de todos. Se invocaba el nombre de una vaga y providencial justicia y se aseguraba que aquello no le ocurriría si hubiera sido desgraciado durante la guerra como todos los demás.

Annie leía los periódicos con angustia. No comprendía gran cosa de las acusaciones que se le hacían a David y tan solo veía en ellas la envidia y el odio. Parecía que toda una ola de odio se hubiera desencadenado contra él. Tuvieron que defenderlo contra la multitud y protegerlo con una doble fila de gendarmes a su llegada al Palacio de Justicia. Una pedrada le hirió en la frente y entró en la sala con el rostro lleno de sangre.

Todo aquello hacía sufrir a Annie. Se imaginaba a David tan solo, tan desamparado entre aquella turba frenética, compuesta en su mayoría por gente a la que él había favorecido durante la guerra, que no podía menos que sentir deseos de verle, de gritarle, de darle ánimos, de decirle que todavía quedaba alguien capaz de proclamar su amistad. Y esos deseos los sentía con tanto ardor, con tanta pasión, que, sin duda, era algo más que una simple piedad.

Annie no se dedicaba ya a lavar. Cosía en casa de los comerciantes ricos de la ciudad, pues estaba especializada en lencería. Un sábado en que el trabajo era menor, se dirigió en tranvía a Lille. Sabía que David iba a ser interrogado aquella tarde.


David comparecía casi diariamente ante el juez de Instrucción Thavard. Estaba en prisión preventiva en el calabozo del Palacio de Justicia, pues solo se conducía a los condenados a Loos.

Eran unos quince los que esperaban en el patio, antes de comparecer ante el juez instructor o ante el tribunal correccional. El extenso cuadrilátero pavimentado con piedra gris, encuadrado por altos muros de ladrillos de un rojo sucio, con estrechas aspilleras cerradas por alambres oxidados, tomaba, bajo los rayos del sol, el aspecto desolado cerrado y reseco de un patio de la Bastilla.

Los presos estaban esposados de dos en dos. Así tenían que ir también a los urinarios, por parejas, teniendo que orinar juntos y aguardar a que el compañero hubiera terminado. Los gendarmes, con los uniformes de color caqui de pana gruesa, de cuello cerrado y mangas galoneadas, se limpiaban el sudor del interior de su quepis.

La denuncia contra David había sido presentada por Villard e Ingelby. Acusaban a Daniel de colaboración con el enemigo, de comercio con los alemanes, importación de carne desde Holanda, de mantequilla y otras mercancías con salvoconducto alemán, venta de lana en bruto y tejidos al Ejército alemán, y de hacer pagos en oro a las autoridades militares.

La juventud de David había sido borrascosa. De ella le habían quedado unos extensos antecedentes judiciales. Se le sabía audaz en sus asuntos y arrojado en todas sus acciones, y extrañaba verle tan abatido. Y era que la detención había sido un contratiempo demasiado grande para David. Acababa de comprar en Calais todo un «stock» de camiones «Willeme» dejados por los americanos, de lanas hiladas inglesas y de algodón en bruto. En Anvers, cuatro mil toneladas de trigo americano estaban pudriéndose y germinando. Un barco entero había ardido y, si pasaban unos cuantos días más, todas las existencias tendrían que ir a parar al mar. Otros diez asuntos en curso: opciones, adjudicaciones de metales recuperados del frente, y, sobre yodo, la dispersión de su personal, solicitado por los que le hacían competencia, convertían su arresto en una verdadera catástrofe. Todo ello sin contar con la enorme repercusión moral del asunto.

Se encontraba completamente solo. Los testigos desaparecían y los abogados dudaban. Seguía siendo aquella la hora del patriotismo exaltado y lleno de suspicacias. Haber pactado con el enemigo era semejante a estar apestado. A duras penas había podio encontrar David un defensor provisional.

Su saqueado hotel de Roubaix estaba vacío. En los calabozos del Palacio de Justicia se enteró de la fuga de su amante, desaparecida sin dejar ningún rastro y sin enviarle siquiera una palabra de alivio, abandonándole como las ratas abandonan el barco que va a hundirse. No había pensado más que en llevarse todo lo que tenía algún valor para completar una fortuna secreta acumulada lentamente en una paciente espera de veinte años. David la conocía bien y no se hacía ninguna ilusión. El abandono de aquella mujer, que había hecho rica y que en cierto modo había querido, le daba una amargura que hasta entonces no había tenido. Pero la experiencia le servía para comprender mejor a la Humanidad. Todos aquellos que había conocido, que había ayudado en los momentos difíciles cuando acudían a llamar y a implorar a su puerta, huían de su lado. Se había convertido en el leproso que despierta el horror de cuantos pasean junto a él. «No conozco a este hombre…». Aquel grito de repudio general abrumaba a David mucho más que la ruina material. Y eso hacía que una amistad, una señal confortadora, tuviera para él un valor inmenso…

El coche celular entró en el patio. Apenas tenía que hacer un trayecto de cien metros, pues los calabozos están contiguos al Palacio de Justicia. Pero se tenía que atravesar la calle, pues el Palacio estaba obstruido aún por las bombas que habían caído. Hicieron subir uno tras otro a los detenidos en el coche. Luego salió este y llegó hasta el Palacio por la rue des Prisons.


El Palacio de Justicia tiene dos puertas que dan a una especie de terraza bordeada por una balaustrada de hierro. En aquel gran balcón, apretujada entre la multitud, Annie aguardaba desde media mañana a que llegaran los detenidos. Había acudido allí instintivamente, casi en contra de su propia voluntad, sin saber siquiera lo que podría hacer. Quería únicamente ver a David, mostrarle que no estaba completamente abandonado. Al hacerlo así obedecía a un impulso secreto e inconsciente.

A su alrededor, la gente, los agentes, gendarmes, periodistas, fotógrafos y también abogados se veían bloqueados a la entrada del Palacio y empujados por aquella masa de curiosos que esperaba la llegada de David. El asunto era candente y excitaba la pasión popular, teniendo un inmenso eco en los periódicos. Los arrapiezos se empujaban y jugueteaban entre las piernas de los curiosos y los viejos del próximo Asilo Comtesse fumaban su pipa mientras contemplaban a la multitud. Se veía a las mujeres de los otros presos, con el paquete en la mano y el aire resignado, aguardar el paso del coche celular, mezcladas con bribones y gentes de mal vivir, ansiosas de ver aquel espectáculo.

Súbitamente hubo un revuelo entre la multitud. Todos corrieron hacia la derecha y a la rue des Prisons. Se acercaba el coche celular. Al detenerse, los gendarmes tuvieron que cargar contra la gente para poder abrir la portezuela. Los detenidos bajaron esposados de dos en dos, con sus trajes arrugados, las camisas sucias y los rostros pálidos y desencajados. Los gendarmes formaron una barrera a ambos lados. Annie vio a David en cuanto apareció. Iba con la cabeza baja y parecía increíblemente envejecido. Con él iba esposado un mocetón de pelo hirsuto, mal afeitado y con el aspecto de un maleante o un vagabundo. Iban ambos al mismo paso, con aquel ritmo lento y molesto de los presos. Subieron torpemente la escalera, entre los gritos de la multitud:

—¡A Cayenne! ¡Mueran los traidores!

Pasaron junto a Annie. Ella contempló con ansiedad aquel rostro envejecido, deformado por la amargura.

David, no la vio. Avanzó hacia la puerta de entrada al vestíbulo del Palacio. Los gendarmes aplastaban a la multitud para abrirles paso. Las mujeres alzaban de vez en cuando hacia algún preso un niño para que lo besase o le entregase un pedazo de pan o un paquete.

Los vaivenes de la multitud eran cada vez mayores. Annie tuvo que cogerse a la reja para no caer. Y casi sumergida, con la voz medio ahogada, levantó la cabeza y gritó:

—¡David! ¡Monsieur David!

Él se volvió sorprendido. Tan solo pudo ver los brazos de Annie que sobresalían entre la multitud. Su rostro pareció transfigurarse:

—¡Annie!

Retrocedió impetuosamente. Fue inútil que dos gendarmes le empujaran, queriendo que avanzara a la fuerza. Uno de ellos se desató en juramentos:

—¡Entrarás de una vez, maldito traidor!

Pero él no les hizo caso y se precipitó hacia Annie, arrastrando al mocetón que iba esposado con él. Las lágrimas asomaron a sus ojos y la abrazó con el brazo que le quedaba libre.

—¡Annie! ¡Annie!

Y la besó ávidamente, como un hambriento, como si siempre hubiera sido suya.


La batalla entre David y sus adversarios se hizo mayor hasta tomar proporciones verdaderamente inquietantes. En él parecía juzgarse todo el proceso de aquel período de guerra. David atacaba a su vez. Al abatimiento de los primeros días había sucedido una voluntad feroz de defenderse, de vender cara su piel. Ofreció probar que no solo no había operado jamás por cuenta de los alemanes, sino que muchos detentadores de existencias le habían hecho ofertas, sin que pudieran alegar ignorancia acerca de la procedencia y destino de los tejidos que le habían vendido. Había trabajado, traficado, comprado y vendido. Pero todos habían hecho lo mismo que él. Era necesario vivir. Y todos aquellos que poseían algo se habían sentido dichosos de poderlo vender.

Alegó que sus relaciones con los alemanes no habían tenido nunca carácter oficial, y no habían sido militares, sino personas civiles, los que habían tratado con él. Aquellas transacciones no habían sido más que acciones de comercio privado. No cabía ninguna duda que la población había sido la primera en beneficiarse de sus importaciones de Holanda. Había ayudado a alimentarla, mientras otros se esforzaban en hacerla morir de hambre. Aquel ataque estaba dirigido directamente a Ingelby. David debía estar al corriente de las compras de azúcar del racionamiento hechas por Ingelby a algunos alcaldes de algunos Ayuntamientos vecinos a Roubaix.

Otros, como Wendievel y Villard, tenían otros motivos para callar. ¿Podían ignorar, acaso, a quién iban destinados los tejidos cargados por camiones alemanes? Y el propio Wendievel, después de vender todas sus existencias durante la guerra, las había declarado a la Comisión de daños de guerra, y había tratado de cobrar la indemnización como si hubieran sido expoliadas por los alemanes. Una investigación demasiado estricta sería bastante peligrosa para él.

Gayet y otros dos o tres industriales tenían que ocultar lo ocurrido al principio de la invasión. Durante tres o cuatro meses, sus fábricas habían trabajado para los alemanes, hasta que una revuelta de los propios trabajadores, negándose a fabricar tejidos y sacos para el enemigo, puso término a aquella situación. En la mente de todos estaba todavía aquella reunión de industriales en la que los mismos que acusaban a David habían defendido la tesis de trabajar para el enemigo. Tanto Gayet como los demás constituían el núcleo más importante de la industria de aquella región y hubieran debido de tomar desde el principio una actitud que solo ante la postura de Hennedyck se atrevieron luego a adoptar.

Fue así cómo la defensa de David fue tomando, poco a poco, proporciones de escándalo. La situación se hizo peligrosa, tanto más cuanto Gayet, contagiado hacía poco por el ansia política, acababa de presentarse como candidato en las próximas elecciones senatoriales y tenía probabilidades de resultar elegido.

Para colmo de los males, Hennedyck, el hombre de voluntad férrea, el que con su actitud había fomentado la resistencia, estaba citado para acudir como testigo de descargo de David.

Gayet fue el primero en bajar el tono y predicar tranquilidad y serenidad. «El inculpado David» se transformó en el «señor Barthélémy David». El ministerio público proseguía su acción, pero el asunto se eternizaba y daba tiempo a que las pasiones se calmaran. Se había esperado al principio que aquello estaría pronto terminado. Solamente faltaba recoger las declaraciones de los oficiales alemanes y examinar los libros de contabilidad. No era más que cuestión de tiempo.

Pero David tenía ya tres abogados de París, que habían acudido a disputar la causa a sus colegas de Lille. Pues aquello se estaba convirtiendo en un gran affaire, en el proceso del año. Se hablaba de sesenta testigos y no había abogado que no deseara actuar como secretario de los grandes maestros escogidos para defender a David. El Palacio estaba rebosante de público. Era un honor para cualquiera ver su nombre mezclado en el affaire David.

El asunto fue, por fin, transmitido al juzgado y fijada la audiencia para junio de 1920.


VI

A su regreso de Alemania, Decraemer pasó algunos meses de aislamiento y reposo, tratando de recobrar su equilibrio físico, terriblemente resentido.

Todos los cuidados eran pocos para su esposa Adrienne, asustada de verle tan delgado, sin deseo de nada, víctima de aquel extraordinario misticismo que le hacía vivir fuera del mundo real. Él se daba cuenta de que no le comprendía y no podía seguirle. Y veía para el futuro una pesada tarea, una alta misión: elevar a su esposa y a su hijo, hacerles partícipes de aquella paz que él había alcanzado.

Al llegar la primavera de 1919 se vio con fuerzas suficientes para volver a su despacho y ocuparse de nuevo prudentemente de sus negocios.

Su fábrica había sido completamente destruida por un incendio durante la guerra. El seguro se negaba a pagar la indemnización. Todos los industriales, los que le hacían competencia, estaban ya lanzados a un trabajo febril. Una o dos fábricas trabajaban ya. Otras volverían muy pronto a estar en marcha. Era ya tiempo de entrar en acción, pues una mayor demora sería luego una rémora difícil de vencer.

Daniel Decraemer puso manos a la obra con pasión.

Cayó, de este modo, desde lo alto de su idealismo, en medio de una charca agitada. Experimentó una especie de estupor. Le parecía ver un mundo de hambrientos precipitarse a la conquista de dinero, de mercancías, de material, engullendo, apoderándose de todo. Vio a aquel pequeño fabricante, que apenas poseía diez modestos telares vetustos antes de la guerra, reclamar sesenta, coger cien y abrir una vasta fábrica. Vio a tal otro poseedor de un antiguo carromato modelo 1899, con motor trasero y transmisión por cadena, recibir media docena de «De Dion», de 18 caballos. Cualquier carro tirado por un escuálido rocín se transmutaba en dos o tres enormes camiones «Packard», de cinco toneladas, escogidos de los almacenes americanos. ¡Un nuevo milagro de la multiplicación de los panes! Viejos trastos inútiles, invendibles, piezas de tela horribles, desteñidas, providencialmente «requisadas» por los alemanes, eran rembolsadas a mayor precio, al coeficiente del nuevo coste de la vida. Mercancías escondidas o vendidas en secreto, se pretendían robadas por el enemigo. Dos testigos, el testimonio de un alguacil que no sabía de todo el asunto más que el dinero que le tocaba en parte, y unas cuantas firmas, bastaban. Un río de oro parecía circular por toda la nación. Alemania pagaría. Se podía reclamar, exigir, defender unos pretendidos derechos. Y espléndidas fábricas, pueblos feudales completamente nuevos, que quince años más tarde se demolerían en nombre de la superproducción, remplazaban los antiguos cobertizos. A lo largo de un ancho paseo se elevaban las quintas de los nuevos ricos, y, el día de mañana, Roubaix sería agregado a Lille. Se corría a Calais en busca de las existencias americanas, tratando de hallar telares, sacos, motores y autos, cementos y losetas vidriadas, piedras, madera de construcción o metales. Bastaba firmar un bono. Era como una especie de absolución general de todos los pecados. Trabajar, trabajar, producir para remplazar todo lo destruido, producir para forzar al mundo a consumir, a atracarse, a reventar de indigestión dentro de diez años.

Mucha gente regresaba a París, muchos valientes que habían «hecho» la guerra, que, emboscados en seguida, gracias al favor político y la influencia, habían acumulado una respetable fortuna, fabricando obuses, cemento, hormigón o ropas, regresaban ricos, arrastrando tras sí, como procónsules, autos, tractores, material, caballos, lana o telares. Y se instalaban uno como contratista, el otro como fabricante de hilados, el otro como metalúrgico. Gozaban de la amistad de los ministros y de la consideración de los Bancos. Y sus ambiciones y apetitos eran tan limitados como los de los otros, los que se habían quedado. Haber sufrido, haber sido invadidos era algo que tenía que pagarse caro, que daba derecho a todo. Cundía la inquietud por el tratado de Versalles que estaba en curso de negociaciones, y todos hubieran deseado que les consultaran a ellos antes de firmarlo. Se soñaba con el carbón del Sarre, con indemnizaciones fabulosas, con una Alemania desmembrada, como iba a despedazarse Austria, y cuyos despojos, convertidos en un río de oro que desbordaría el Rin, enriquecerían a todos, para siempre.

En medio de aquella confusión, de aquellas ambiciones desbordadas, Decraemer se daba cuenta del peligro que corría. Si no se defendía como un animal salvaje, le aplastarían sin remisión. Claro que él se reía de todo aquello. Había vivido demasiado tiempo encerrado en una celda para temer a la pobreza. Pero no estaba solo. Ambicionaba muchas cosas para su mujer y para su hijo. Y, además, tampoco él estaba muy seguro de poder pasar la vida sin un mínimo que pudiera asegurarle la existencia material y la libertad.

Pero no había que contar con nada. El heroísmo nunca había dado de comer a nadie, y además, el sacrificio de Decraemer estaba olvidado desde hacía mucho tiempo. Como decían algunos, el reconocimiento no podía ser eterno.

Decraemer comprendió que tenía que lanzarse a la lucha con la cabeza bien erguida, que debía afirmar su derecho por la fuerza si no quería que otros le arrebataran el puesto que le correspondía. No tenía ningún título, ningún bono de requisa. Los seguros no le rembolsarían absolutamente nada. Si aguardaba que le hicieran justicia, se moriría de hambre con toda dignidad. En casos como el suyo, las administraciones perezosas se eternizaban. Se reconocía, efectivamente, que le debían algo, que era una injusticia no reintegrar sus bienes a un hombre que había dado ejemplo de resistencia, mientras otros dejaban que les sangraran sin decir palabra. Pero los resultados tangibles de aquella voluntad administrativa había que aguardarlos pacientemente.

Decraemer buscó testigos, probó que antes de la guerra había tenido en sus talleres fuerza motriz, recorrió los aparcamientos, los almacenes donde el servicio de Recuperación tenía sus depósitos y se abasteció… Lo que importaba era asegurar primero la existencia de los suyos y luego ya trataría de reflexionar, de adaptar su moral y sus ademanes. Jamás había sido tan perentorio para él el «primum vivere».

Se lanzó, por consiguiente, a la pelea, chocando con los otros, debatiéndose entre la multitud y llevándose su parte de botín. Era fácil, pues nadie se preocupaba en fiscalizar lo que se llevaban los demás. Algunas veces se daba cuenta de que había cogido mucho más de lo que necesitaba. ¿Y qué? Si no lo hacía, otros se aprovecharían, se afianzarían y terminarían por aplastarle. «No hay que ser primo…». La frase se repetía profusamente a su alrededor, simbolizando el espíritu de la época.

Sus propios empleados le empujaban a aquella conquista. Acudían a visitarle funcionarios del servicio de recuperación, y sin grandes rodeos le proponían arreglos, solicitando luego discretamente una recompensa. Si rehusaba, no cabía la menor duda de que aquellos hombres se dirigían a sus competidores.

Decraemer se dejó llevar por la corriente de los acontecimientos, haciendo como los otros, tratando de justificarse ante sí mismo con la idea de que una vez la fábrica en marcha y la situación restablecida, trataría de concordar sus principios y su conducta. Por de pronto, si no quería desaparecer en medio de aquella áspera batalla, la inmoralidad y la brutalidad eran casi necesarias.

A su alrededor se construía, se reconstruía todo con una velocidad de vértigo. Al lado de otros, casi llegaba a sentirse honrado. Aquello le tranquilizaba. Las fábricas se abrían, las quintas y los viejos parques se extendían hacia los suburbios, los hotelitos de los barrios se modernizaban. El automóvil, el lujo y el fausto aparecían por doquier. Ofuscado, Decraemer seguía la corriente, impulsado por el temor de que le sumergieran, de parecer un débil, un vencido, en medio del triunfo de los demás. Tanto su orgullo como su interés le exigían que fuera igual. ¡Qué cierto era el refrán de que solo se presta a los ricos! Al menos para los Bancos parecía ser artículo de fe. No adelantaban dinero más que a los que no tenían necesidad de él o, por lo menos, no aparentaban necesitarlo. Todo eso añadía Decraemer en su justificación, cerrando cada vez más la trampa que se tendía a sí mismo, las falsas razones que se prodigaba.

—Tienes más derecho que los demás a este lujo, a estas compensaciones. Tu sacrificio las ha pagado de antemano, las ha merecido.

¿También podía justificarse el haber hecho rembolsar las viejas existencias a precios recientes? ¡Quién sabe! Aquellos trapos hubieran podido ponerse de moda otra vez y, en caso de que se hubieran quemado por accidente, los seguros habrían pagado. Con tales beneficios involuntarios era como se compensaban las pérdidas.

Cada día que transcurría, aumentaban los problemas de Decraemer, poniéndole ante la necesidad, olvidada durante su estancia en la cárcel, de esas mil pequeñas transacciones que llenan la vida de un hombre de negocios. Antes, las había experimentado muchas veces y ahora volvían a presentarse, más bien aumentadas que atenuadas. Las propinas, las comisiones bajo mano, los precios que se comprimían hasta el último céntimo con el pensamiento de rebajar la calidad, anticiparse a la subida de cualquier precio, retrasarse en la baja… El beneficio en sí era legítimo. Pero ¿hasta qué límite? El abate Sennevilliers decía que bastaba que asegurara un mínimo razonable de vida, en relación con la situación social de cada cual. Pero ¿qué era un limite razonable de vida? ¿Cuándo se convertía en excesivo? La naturaleza humana hacía fatal que se tratara de ganar cuanto más mejor. La noción del beneficio legítimo variaba con frecuencia, según los oficios, los años y las circunstancias exteriores y también los hombres. Un sistema de cambios basado sobre aquel principio era vicioso, pensaba Decraemer, y también amoral. ¡Hubiera sido tan fácil y agradable que cada uno aportara todo su trabajo, todo su esfuerzo gratuitamente, para tener la seguridad de vivir honestamente! Así, en cambio, el hombre, siempre incierto en lo que respecta al porvenir, aunque tuviera tras de sí mil millones, no pensaba más que en hacer dinero, en acumular más y más, sin descanso, sin hallar, empero, la seguridad, la certidumbre del día siguiente. El dinero, preocupación permanente y única, encarnaba tan bien la tranquilidad, la seguridad contra la vejez, el hambre, el dolor y los sufrimientos de los seres queridos, que a la fuerza se terminaba por amarlo, por tenerlo en tanta estima como la propia carne de uno…

Decraemer acabó por capitular. Aplazó sus preocupaciones morales, sus afanes de una vida elevada y noble para los suyos y para él. Ante todo, importaba asegurarles la fortuna y el bienestar. Luego ya verían. Pero en su ofuscación no se daba cuenta que adquirir aquella fortuna era también encadenarse a ella y perder para siempre sus posibilidades de elevación.

El engranaje iba apresándole cada vez más. Cada día se daba más cuenta de la imposibilidad de aplicar sus puros principios a la vida cotidiana, y estos se iban debilitando más y más. La anterior solicitud humanitaria que había sentido hacia los pobres y los humildes le parecía algo muy lejano. Creía convencerse a sí mismo que los intereses de los patronos y los obreros eran opuestos. Ni siquiera un santo podría conciliarlos. El precio era la base de todo. ¿Y como se obtenía más bajo, más remunerador? Pues comprimiendo el salario… Así llegaba al absurdo de que el patrón más feroz, el que comprimiera más, sería el más fuerte, el más próspero, el más sólido, el que aseguraría a sus obreros un salario mísero, pero constante. ¿Qué podía hacer él, Decraemer, contra todo aquello? ¿Marcharía mejor el mundo cuando se hubiera arruinado practicando buenas obras, cuando hubiera tenido que arrojar al arroyo setecientos u ochocientos obreros? No, no… era imposible. Aplicar en tales asuntos la moral del Evangelio era condenarse de antemano a la derrota. ¡Qué poco se iba a predicar dulzura al tigre de la selva…!

El ejemplo de los demás fue resucitando en él aquel antiguo escepticismo que antes sintiera. Durante la estancia en la cárcel le había resultado fácil sentir fe, esperanza, idear proyectos de vida nueva y espiritualizada. Entonces estaba solo, no veía a nadie, podía ir transfigurando en su interior la figura de la Humanidad. Las especulaciones filosóficas le impulsaban a representarse los hombres según él mismo, es decir, según una excepción. Se alejaba de la realidad. Pero el regreso le había devuelto brutalmente a ella. Veía a las personas decentes ahogadas entre los otros, aisladas, oprimidas, asfixiadas en una masa demasiado espesa, que ninguna levadura de vida conseguiría elevar. El mundo de los hombres vivía fuera de toda alta preocupación. La Humanidad crecía, comía, se reproducía y moría, como las generaciones de árboles de una selva, al azar, como una horda de perros salvajes, sin diferenciarse en nada de los animales o de las plantas. Y si se hallaba aquí o allá a un hombre bueno, un hombre lleno de caridad y de justicia, era como encontrar algunas veces un perro fiel, un animal leal, entre los demás. Toda la masa vivía alejada de aquellas preocupaciones de moral y elevación de sí misma. Para ella había una sola preocupación: el dinero. Y el triunfo de la injusticia, el poder del rico, le daba aparentemente razón.Decraemer no hallaba ningún remedio para todo aquello.

A medida que pasaba el tiempo, la corriente humana corría hacia las cosas más fáciles. Cuanto mayores eran los ocios, cuanto más aumentaban las facilidades de vida, más decrecía la Humanidad. Aunque pareciera paradójico, no se hacía ningún bien al obrero con aumentarle un veinte por ciento el salario, sino todo lo contrario, se le perjudicaba. Decraemer tenía la prueba ante sus ojos. Las operetas, las revistas, el cine y los «dancings», prevalecían por doquier. La consumición de tabaco, alcohol y alimentos nocivos crecía al compás de los divorcios, el crimen, la locura y las papeletas del Monte de Piedad. También aumentaba, al mismo tiempo que los salarios, la inmoralidad. Tanto en las clases burguesas como en el pueblo, era general la inclinación al placer. Una sagacidad maliciosa aumentaba, hostigando los bajos instintos, tanto en la novela como en el periódico, en los espectáculos como en la publicidad. Y los dirigentes, los patronos, los jefes no hacían más que precipitar aquella caída, empujando la producción a una abundancia mediocre más que a la fabricación de calidad. Falso lujo, cartón piedra, grandes series, artículos de reclamo… Se abría la era de las medias de seda artificial. Era imposible cualquier reacción. El solo espectáculo de una calle, un teatro, o un café, con una Humanidad tragando sin cesar, sorbiendo, degustando y digiriendo, absorta en un constante deseo de placer egoísta, impedía a Decraemer esperar gran cosa de ella. Hasta el propio espectáculo de muchos cristianos, de su formulismo, su egoísmo y su falta de humanidad alejaba a Decraemer del cristianismo. ¡Qué sencilla había sido la vida bajo el resplandor del abate Sennevilliers! ¡Si hubiera podido seguir en su compañía, respirar su atmósfera…! Tales hombres rehabilitaban a sus semejantes. Pero ¿en qué número se les encuentra en este mundo?

De esta manera, Decraemer fue deslizándose insensiblemente por la pendiente, cediendo de una manera progresiva a la influencia de su nuevo medio. Volvió a sentir gusto al lujo y también se lo permitió. ¿Para qué imponerse un inútil sacrificio? Además, el lujo era una necesidad. Hacían falta sirvientes, hombres que les liberaran de las necesidades materiales, que dejaran al espíritu de su dueño, superior en todo al suyo, todo el tiempo para ejercer sus preciosas facultades. Abusaba de aquellos pretextos, invocaba insidiosamente la división de trabajo… Y la impresión penosa de los primeros tiempos de su regreso, aquella sensación de vergüenza que había experimentado al comer excelentes manjares delante de las sirvientas, sin compartirlos con ellas, al permanecer perezosamente tendido mientras le servían, al usar perpetuamente la fuerza de los otros para ahorrar la suya, desapareció muy pronto. Volvió a acostumbrarse a aquellos hábitos, a aquella vida cómoda.

Sufría, sobre todo, la influencia de Adrienne, su compañera. Esta se recobraba con frenesí, volviendo a ser la mujer sensual, la mujer robusta y sanguínea, cuyo deseo de expansión y de vida largo tiempo reprimido, estallaba con todas sus fuerzas.

Tras un duelo tan largo, tras un sufrimiento tan prolongado, todo el encanto de la existencia le enajenaba, se le subía a la cabeza, aturdiéndola. Sufría el vértigo del lujo, de los tocados, de las joyas y de las recepciones, del teatro y de las veladas.

Satisfacía con ello un ardor de placer y de fiestas, un deseo de bienestar. Y arrastraba a su marido consigo. Inconscientemente, Daniel Decraemer se dejaba relajar, cedía a aquella facilidad, se complacía en gustar el placer de la comodidad, de una buena mesa, el sabor del vino añejo y el aroma de un cigarro fino. Comenzó con prudencia, con cordura, pero bien pronto se dejó arrastrar, obligado, a pesar suyo, a buscar de una manera incesante la sensación más fuerte, el refinamiento en la alegría. La insidiosa costumbre fue apoderándose de él. Lo que al principio no era más que un placer, fue transformándose solapadamente en una necesidad. El cuerpo, mortificado largo tiempo, tomaba su desquite. Y nada relajaba tanto como el bienestar material.

Adrienne no veía, no comprendía nada de todas aquellas sutilezas. Amaba a Daniel como solo ella era capaz de quererlo: con ternura, carnalmente. Lo arrastraba por aquella pendiente. Y él se dejaba seducir por el encanto de aquella carne recobrada, reconquistada, con los arrebatos ardientes, con los frenesíes de una pasión renovada.

Experimentó también los cansancios, las fatigas del animar harto, borracho de placer, repleto de egoísmo. Conoció de nuevo aquellas horas en que, apagado el furor, permanecía sumido en el embrutecimiento, y el vacío cerebro, víctima de una enorme repulsión hacia sí mismo. Las primeras veces, su reacción fue tan terrible como la caída de un santo. Tuvo gritos de remordimiento, se llenó de insultos y se despreció. Prometió para sus adentros no volver a caer, imponer una disciplina a su carne, preservar su amor de aquel germen de destrucción que era la sociedad, matar el bruto, respetar, tanto en él como en su compañera, el espíritu… Pero la carne parecía tener una memoria. La sensación se convertía en una necesidad y su recuerdo obsesionaba. Los cuerpos amaban la violencia cuando la habían degustado igual que los brutos la sangre. Volvió a caer una y otra vez, hasta convertirse en prisionero de todos sus goces…

Cuando se atrevía a volver la mirada hacia atrás, cuando consideraba serenamente el Decraemer que había sido, no se reconocía a sí mismo. La vida, pese a todo, era un bien precioso, un fruto lleno de sabor y de jugo. ¿Cómo había podido renegar de ella, desdeñarla hasta tal punto? ¿Cómo había podido pensar que no perdía nada y ganaba todo eligiendo la eternidad? ¿Qué nos queda, fuera de la felicidad terrena? Imaginaciones, solo imaginaciones. Con gran turbación, volvía a hallar en sus notas, en su libreta de preso, meditaciones y reflexiones sobre sus lecturas:

«Os doy gracias, Señor, de no haberme ahorrado lo que estoy pasando…». «Tratad siempre de tener menos que más…».

Le parecía que todo aquello lo había escrito otro… ¡No, no se reconocía a sí mismo…!

El abate Sennevilliers había acudido a visitarle, devolviéndole con una sonrisa aquella especie de testamento místico que un Decraemer lejano había escrito cuando creía hallarse en peligro de muerte. Hojeándolo, Daniel halló unos pensamientos tan limpios, tan desmaterializados, tan altos, que llegó a preguntarse si el ser que había escrito aquello estaba en plena posesión de sí mismo.

«Esta aventura ha sido la felicidad de mi vida. Acepto en paz los sufrimientos, acogiéndolos como un favor, señal de la solicitud que Dios siente hacia mí… Si mi mujer sabe cómo extraer del fruto amargo del sufrimiento la preciosa esencia de la verdad, mi calvario y mi muerte serán para ella, como para mí, una inmensa bendición… Moriré aquí profundamente feliz…».
«Moriré aquí profundamente feliz…». ¿Cómo había podido escribir aquello, alcanzar aquellas cimas, aquellas alturas que ahora tanto le asustaban? Pero ¿había sido una ascensión o un debilitamiento? El debilitamiento de un cerebro privado de ázoe y de fósforo… ¿Había entrevisto la clara visión de una luz sobrenatural o solamente los deslumbramientos y el vértigo del recluso y el enfermo?
«Pero, entonces —pensaba Decraemer—, ¡qué problema! ¡Qué horrible cosa! ¿Vivirá la Humanidad en la ignorancia de su vida natural? ¿Será verdaderamente el alma la prisionera? ¿La matará acaso nuestra vida material? ¿No conseguiría conocerse plenamente más que desatándose de la carne? ¿Enloquecí durante mi estancia en la prisión de Rheinbach? ¿Me transformé, por el contrario, en un ser más cuerdo? ¿Conocí la verdad o bien sentí unas alucinaciones, caí en las divagaciones de un cerebro debilitado? No lo sé, no acierto a saberlo… Tengo la impresión de haber sido, en aquel tiempo, otro Decraemer… ¿Cuál era la más alta expresión de mí mismo? ¿La de ayer? ¿La de hoy? ¿Cuál estaba más cerca de la cordura? ¿A cuál de las dos he de seguir? Jamás lo sabré. Algunas veces me digo que estoy divagando; me repito una y otra vez que la realidad está aquí, delante de mí, concreta, en la vida cotidiana… Otras veces, en cambio, temo haber matado en mí algo magnífico…».

Recordó las palabras de Pilatos ante Cristo, las palabras eternas de la Humanidad, desgarrada por la duda:

«¿Qué es la verdad?».

Si… ¿Qué es la verdad? ¿Quién respondería alguna vez a aquella pregunta?

Y, sin embargo, entre aquella espesa oscuridad, solo una cosa seguía siendo para Decraemer luminosa y cierta: su celda, en su miseria física, en aquel renunciamiento que llegaba hasta pedir y bendecir el sufrimiento, hasta bendecir a sus enemigos, se había sentido feliz… Había tenido el solo instante de perfecta serenidad conocido en toda su vida. Y, quisiera o no, hubiera estado loco o no hubiera estado, aquella época de su existencia era para él como una especie de paraíso perdido. Comprendía perfectamente la vida de los monjes, los trapenses, los eremitas y los envidiaba. Toda aquella materia, aquel dinero, aquel lujo, aquella carne, aquel afán, aquellos odios y mezquinas envidias, aquella persecución constante del placer y de la sensación no le darían jamás la felicidad de la celda… El cielo entreabierto había vuelto a cerrarse. La perspectiva luminosa se había ensombrecido. Ya no había eternidad, no había resurrección, ya no quedaba la certidumbre de volver a hallar, en un mundo muy nuevo y más bello, el espíritu de los seres queridos desaparecidos. Era como si su hija, su pequeña Louise, hubiera muerto por segunda vez. Y Decraemer sentía una amargura, la impresión de que no se consolaría nunca de haber entrevisto aquel esplendor y haberlo perdido.



(Continuará...)

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