La ciudad vampiro (V)

Paul Feval







No ocurrió nada digno de mención en el viaje de Ratisbona a Linz, de Linz a Viena, de Viena a la antigua ciudad magiar de Ofen, que nosotros llamamos Buda, y de Buda hasta las llanuras de la baja Hungría.

Cierta mañana, al despuntar los primeros rayos de sol, nuestra querida amiga y sus compañeros divisaron, en medio de aquella gloria deslumbrante que supone la luz del cielo oriental, las anchas torres de Peterwardein antes de atisbar la silueta mágica de Belgrado. La vista se perdía por aquellas alegres campiñas perfumadas por el maíz en flor, entre las que discurre el Danubio, ancho en ese punto como si fuese un mar.

Desde que dejaran Viena, no habían visto la menor señal que indicara la presencia del señor Goëtzi, aunque la antigua Polly no paraba de asegurar: «Está aquí.» Y era cierto, al final del viaje, comenzaron a verlo nuevamente nadando sobre el agua con los dos pies por delante, envuelto en una nube de tenue bruma.

Sin embargo se le veía mucho más pequeño, y casi raquítico. Incluso la niebla lívida que lo envolvía se balanceaba como si en cualquier momento fuese a desaparecer.

Muy cerca ya de Belgrado, el señor Goëtzi se aproximó a la orilla y se adentró en tierra entre los juncos. Podría habérsele confundido con otra bocanada de bruma.

—¡Está exhausto, ese malvado miserable! —dijo la antigua Polly, frotándose las manos con placer.

El señor Goëtzi alcanzó la tierra en la orilla cristiana del Danubio, cerca de Semlin, en el banato de Temeswar.

Aún se le pudo ver unos instantes más allá de los juncos, y después se perdió entre las plantas altas de un maizal.

—¡A tierra! —mandó Polly, que se había convertido en el jefe de la expedición.

El bote puso proa hacia la orilla, desembarcaron en tierra y Polly, colocándose de nuevo al frente, se dirigió sin perder un instante hacia la ciudad de Semlin, la primera que hay tras la frontera con Turquía.

—Aprovechando que mi infame seductor se ha visto reducido al último grado —dijo mientras caminaba rápidamente—, y que seguramente se encuentra ya acostado en alguna losa de mármol (porque estamos más cerca de lo que imagináis del Sepulcro), y como ya no tenemos nada que temer de él, puedo daros las últimas explicaciones. Estamos llegando al final de nuestro viaje. Si el tiempo lo permite, podremos ver desde aquí la atmósfera especial que rodea y vela a Selene, la ciudad muerta… aunque es demasiado temprano, lo que me alegra por otro lado, ya que nos quedan aún algunos preparativos por hacer. Debéis saber que los vampiros dividen el día en veinticuatro partes, y que los cuadrantes de sus relojes cuentan por tanto con veinticuatro horas. En la hora decimotercera, es decir, a las once de la mañana, la misericordia divina ha permitido que su poder se detenga por espacio de sesenta minutos exactos. Ése es su mayor secreto, y al revelarlo me arriesgo a las torturas más crueles. Pero estoy dispuesta a todo, con tal de consumar mi venganza. Ahora son casi las ocho, de modo que tenemos unas tres horas para comprar en Semlin carbón, un hornillo, botes de sales de origen inglés y un paquete de velas. No me preguntéis nada; ya veréis vosotros mismos para qué sirve todo esto. También nos hará falta un hábil cirujano, y creo que cuento con el que necesitamos: el doctor Magnus Szegeli, el mejor médico en diez leguas a la redonda, que sólo nos pedirá que le guiemos, porque también él odia a los vampiros. Por desgracia, no puedo ser yo quien hable con él.
—¿Por qué no? —preguntó nuestra querida Ann.
—Porque el señor Goëtzi, señorita, sedujo y se bebió la sangre de dos encantadoras jóvenes que él adoraba y que formaban toda su familia. Por eso, y como mi rostro es el del señor Goëtzi, el doctor Magnus me reconocerá inmediatamente, y ya supondréis que no confiará en mí en absoluto.

Ella se volvió, incapaz de esconder su repugnancia, y exclamó:

—¡Desgraciada! ¿Es que habéis probado la sangre de esas desdichadas muchachas?
—Querida —contestó Polly bajando la mirada—, en nuestra situación no se puede hacer lo que se desea.
—¿Os agradó hacerlo? —preguntó Edward Barton, con la curiosidad característica del buen marino.

Ella recordó por primera vez a su novio con orgullo. William Radcliffe jamás se habría permitido una pregunta tan fuera de lugar como ésa.

* * * * *

Semlin se encuentra en el antiguo castillo de Malavilla, tan frecuentemente invadido, perdido, y finalmente recuperado por los infieles en la Edad Media. Todavía conserva los restos de la fortificación construida por Juan Hunyad. Nuestros amigos compraron allí todas las cosas que necesitaban, y a nuestra querida joven se le ocurrió la idea de contratar a un dibujante. Ella pensaba en todo, pero, por desgracia, la fotografía no había sido inventada todavía. El cirujano esclavonio Magnus Szegeli moraba cerca de la escuela israelita. Nuestra querida joven entró sola en su casa, mientras Ned, Jack y Merry, junto con la desgraciada Polly, se entregaban a la vulgaridad de tomar el desayuno.

El doctor Magnus era aún joven, a pesar de su pelo completamente blanco. Su rostro, arrasado por el dolor, contaba, por decirlo de algún modo, la historia de sus dos hijas. Con las primeras palabras de nuestra Ann, y en cuanto comprendió que se trataba de una lucha contra los vampiros, cogió su maletín y lo blandió enérgicamente, impulsado por su ansia de venganza. Tal y como le había dicho Polly, Ann le pidió también que llevase uno de aquellos largos cucharones de hierro, de los que se usan para servir la sopa en casa de los pobres, cuyos bordes fueron convenientemente afilados. El uso de semejante instrumento sólo será revelado en su debido momento y en su debido lugar.

Es bueno indicar que el número de jóvenes devoradas por vampiros en los alrededores de su refugio es mucho menor de lo que cabría esperar. Para no provocar altercados en la región, los vampiros han acordado entre sí no cometer la menor fechoría al menos en quince leguas a la redonda. Por ese motivo, y temiendo ser castigado por los suyos, el vampiro Goëtzi no se había atrevido a convertir en secuaces a las dos muchachas de Szegeli, cuyos cadáveres, convenientemente preparados, había convertido únicamente en objetos de arte.

Nuestra querida Ann regresó junto a sus amigos y se encontró a Polly encerrada nuevamente en el ataúd de hierro, una precaución necesaria por partida doble: primero para que el doctor Magnus no reconociera en ella al señor Goëtzi, y después para evitar a la desgraciada joven la tentación de escapar o de traicionarlos, puesto que, a pesar de que su arrepentimiento parecía sincero, seguramente habría adquirido entre sus antiguos amos muy malas costumbres.

Salieron a las diez en punto, que es la hora veintidós, de acuerdo con los relojes del Sepulcro. El tiempo era espléndido, con un clima semejante al de la dulce Italia. La latitud de Semlin se encuentra en el paralelo que pasa entre Venecia y Florencia. Nuestros expedicionarios caminaban silenciosos y taciturnos en medio de los campos de mijo y maíz, cuyas cercas habían sido construidas con adelfas. Ella abría la marcha, seguida de cerca por su criado Grey-Jack y Merry Bones, que cargaban el ataúd de metal. Detrás de ellos venía Ned Barton, el gentleman, cargado con el saco de carbón, el hornillo y un paquete de velas. Cerraba la marcha el doctor Magnus, cuyo dolor entorpecía su andar. No piensen que me he olvidado del pintor. Éste erraba de un lado para otro, con la despreocupación característica de los artistas.

Los acontecimientos sobrenaturales tienen lugar normalmente alrededor de la medianoche, favorecidos por la más impenetrable oscuridad. Es en este detalle, si me permiten la observación, mylady, caballero, donde este relato completamente histórico refleja sus características completamente originales. Promediaba el día y el sol despedía sobre la naturaleza sus resplandores más espléndidos. No había ni siquiera la posibilidad de un engaño.

A tres cuartos de legua de Semlin, en dirección a Peterwardein, el paisaje comenzó inesperadamente a cambiar de aspecto. Terminaron las adelfas, los groselleros y las hortensias. El fértil verdor del maíz en ciernes desapareció también. El suelo, tan feraz momentos antes, cobró un tinte opaco, como si acabase de caer sobre él una lluvia de cenizas.

Simultáneamente el cielo azul se tornó gris, y algo sencillamente indescriptible, como una pantalla de tristeza, se interpuso delante del sol.

Aquellos indicios fueron aumentando con inusitada rapidez. En apenas cinco minutos nuestros expedicionarios creyeron estar separados por una enorme distancia de todos los objetos que hacía un momento les rodeaban.

Instintivamente, el grupo se estrechó, buscando en el cielo el sol que acababa de esconderse detrás de la mentira de esa noche.

—¡No os detengáis! —dijo Polly desde el ataúd.

Y continuaron con las piernas temblando, la cabeza confusa, y el pecho oprimido por un peso desconocido. Titubeaban, tropezando entre ellos. Se habría dicho que estaban profundamente borrachos, o incluso atacados por una repentina ceguera.

Porque les rodeaba la más absoluta, la más densa e impenetrable oscuridad.

—¡Proseguid la marcha! —insistió la ahogada voz de Polly.

Continuaron. ¿Puede existir algo más negro que la noche? Si existe, era ese algo el que los envolvía ahora, frío como un sudario. Llevaban ya un buen rato sin que se oyera el menor ruido exterior. La naturaleza ya no respiraba.

La voz del ataúd de hierro dijo, en medio de aquel silencio sin nombre:

—¡Alto!

Obedecieron e inesperadamente, junto a ellos, casi iba decir que entre ellos, de tan íntimamente como les envolvió el sonido, pudieron escuchar el tañido de una potente campana, clara como una nota de armónica, que tocaba lentamente la hora veintitrés.

Con la vigesimotercera campanada desaparecieron las tinieblas y apareció el Sepulcro. Nuestros amigos se encontraban en el mismo centro de la Ciudad Vampiro.

Esta ciudad, orgullosa bajo la maldición de Dios, es llamada también Selene, que es el nombre griego de la luna. Se sabe que muchos autores piensan que la luna es la patria de los vampiros.

Allí, en aquella ciudad muerta que ahora rodeaba a los expedicionarios, faltaba absolutamente de todo: la vida, el color y el movimiento. Pero lo más impresionante en medio del silencio era el fantasmagórico esplendor de una increíble y maravillosa decoración, cuyas tristes riquezas resultaban indescriptibles.

Empecemos por el edificio principal, situado en medio de un gran espacio circular. Imaginen ustedes una rotonda gigantesca en la que se solaparan los órdenes de la antigua arquitectura de acuerdo con una bestial aunque sabia imaginación, vinculada con las más sorprendentes audacias del arcaísmo asirio, de los sueños chinos y de los caprichos hindúes.

Era un santuario, un torreón, una Babel gigantesca de pórfido pálido, con delicados matices de ese tono indefinido conocido como «verde mar». Tremendos bloques de esa piedra, opaca y al mismo tiempo translúcida como el ámbar, se unían mediante finas juntas de mármol negro. La primera ordenación, que formaba el peristilo por encima de una plataforma circular que contaba con trece escalones, se hallaba constituida por columnas dóricas, anchas como las del templo de Pestum, pero de proporciones mayores, lo que daba una impresión de ciclópea solidez. Entre ellas aparecían ventanas moriscas de grandes arcos.

La segunda ordenación era de estilo jónico, en la medida en que esa designación reservada al arte puro pueda ser utilizada para describir fórmulas exageradas hasta el salvajismo. En él podían verse ventanas trilobuladas. La tercera ordenación acanalaba sus columnas corintias por delante de los muros, levantados más atrás y perforados por ojivas cortadas. La cuarta ordenación era una mezcla compuesta por infinidad de adornos producidos por una imaginación desbordante, que delataban cierto gusto por transgredir las normas, y que exhibía unas ventanas en forma de estrellas. Y finalmente la quinta ordenación, que sujetaba la cúpula del techo, plana como una pátera invertida y coronada por otra copa menor, de la que brotaba un haz de llamas, no permitía ninguna denominación técnica; se trataba de una eflorescencia de columnillas, nervaduras, una explosión de lianas nacaradas que jugueteaban con todos los estilos, completamente fuera de cualquier regla y en abierto desafío a las limitaciones que se imponen a lo feérico.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención en este colosal templo, grandioso y frívolo al mismo tiempo, magnífico aunque triste hasta la melancolía, era la sobresaliente desmesura de sus capiteles y frontones. El estilo dórico ensanchaba sus frisos y cornisas, el jónico ampliaba y estiraba sus volutas, el corintio desplegaba sus hojas de acanto y, para finalizar, el orden compuesto multiplicaba sus frondas de tal forma que el conjunto constituía una escala de refugios anchos y profundos, situados en forma de parasol, lo que le confería al conjunto una apariencia de pagoda.

Entre cada par de columnas, en el peristilo, podía verse un tigre de pórfido, agazapado, con sus garras sobre el corazón destrozado de una doncella caída.

En el exterior, rodeando la plataforma circular, se alineaban veinticuatro pedestales con otras tantas estatuas de doncellas, todas maravillosamente bellas, pero ultrajadas y rendidas por un enemigo invisible.

Estas estatuas rodeaban la ancha plaza que completaba el centro del rosetón, del que partían las seis avenidas o calles que formaban la Ciudad Vampiro.

Cada uno de aquellos barrios parecía gigantesco, prolongando hasta perderse de vista sus innumerables palacios, cuyas perspectivas desaparecían en medio de una niebla opalina. Cada palacio era diferente de los demás, aunque diseñado conforme a estudiadas analogías, lo que le otorgaba a la vista una sensación de armonioso paralelismo.

Todas aquellas pálidas magnificencias pertenecían a la muerte. No había el menor ruido o movimiento. Nada parecía respirar allí. El sueño eterno acechaba incluso al aire, en el que no se agitaba un solo soplo.

A pesar de todo, lo más impresionante era la grandiosidad de la necrópolis, cuya espantosa soledad no es posible describir con palabras.

Allí no había nada, a pesar de que la gran acumulación de maravillas arquitectónicas reflejaba enérgicamente la intervención del hombre. Nada ni nadie. No había ni siquiera una sombra a lo largo de aquellas blancas perspectivas, o bajo las columnatas que se alejaban en todas direcciones hacia el infinito. Las pálidas flores de sus jardines descansaban sobre tallos estáticos. Incluso los chorros de las fuentes sucumbían al encantamiento de este extraño sueño y permanecían inmóviles, suspendidos en el aire.

Ustedes ya saben que el tedio, ese desaliento de la inteligencia, lo hace todo grande, incluso la inmensidad. El crepúsculo, claro y frío como un rayo de luna, hería al mismo tiempo y por todos lados la simétrica aglomeración de monumentos, construidos todos con el mismo tipo de piedra, semitransparente e incolora, que no producía sombras.

En medio de aquella majestuosidad de silencio y muerte se veía un leve sentimiento de despertar. En ese desenfreno de estilos, en la loca promiscuidad de ese arte, podía saborearse una orgía. Pero era una orgía que parecía aletargada. ¿En qué se transformaría aquella Babilonia de tumbas cuando despertase…?

El sonido de la campana de cristal resonó durante un buen rato en la atmósfera silenciosa.

Nuestros viajeros se mantenían mudos de asombro. Mientras nuestra querida Ann intentaba sin éxito medir con la mirada aquellas fantásticas maravillas, Merry Bones profería un rosario de blasfemias celtas y Grey-Jack escudriñaba en las profundas perspectivas con la lejana esperanza de descubrir en ellas el cartel de alguna taberna. El pintor cogió sus lápices. El doctor Magnus, ¡desgraciado padre!, contaba, con los ojos llenos de lágrimas, las estatuas de las doncellas.

—¡Vamos! ¡Adelante! —azuzaba Polly Bird desde el ataúd de hierro—. No hay que pararse con las bagatelas de la entrada. ¡Tenemos el tiempo justo! ¡Sigamos! El señor Goëtzi vive en el barrio de la Serpiente. ¡Adelante!

En la esquina de cada barrio, un pedestal sostenía la estatua del animal que daba nombre a aquellas manzanas. Merry Bones se colocó nuevamente en cabeza y, al encontrar la estatua de la serpiente, se adentró entre las dos filas de mausoleos que la estatua separaba. A partir de allí, la avenida se iba ensanchando. En este punto se adueñó de Ann una sensación de inmensidad al ver la infinidad de calles que brotaban de allí, uniéndose a otras más, mientras la principal se hundía en vertiginosas cuestas. Desde cerca, cada sepulcro era un monumento considerable; algunos de ellos pertenecían sin duda a la nobleza de los vampiros, porque tenían las dimensiones de un palacio real. ¡Había centenares!… ¡Millares!

Cada mausoleo presentaba un nombre escrito en letras negras, justo encima de la entrada principal. En su mayor parte se trataba de nombres completamente desconocidos, aunque había algunos cuya mera presencia en aquel lugar podría haber explicado mejor muchos de los enigmas de la historia pasada y presente: nombres de usureros malditos, de personas cuya escandalosa riqueza supone la miseria de los pueblos, nombres de cortesanas obscenas y grotescas que habían arruinado costumbres y propiedades, y también los nombres de muchos a quienes el arte servil y la necia poesía glorifica como a grandes conquistadores, únicamente porque aplastaron al débil por la fuerza y construyeron su fama atroz sobre humillaciones, sangre y lágrimas.

En más de una ocasión, al pasar frente a uno de aquellos fastuosos templos en el que dormía algún famoso azote de la humanidad, nuestra querida joven intentó acercarse, pero la voz de Polly Bird, que se impacientaba y temblaba de terror en el fondo del féretro metálico, gritaba inmediatamente:

—¡Deprisa! ¡Aquí siento vida, y se nos está agotando el tiempo!

Caminaban rápidamente, por un camino que parecía no tener fin. Nuevas calles aparecían constantemente, y nuevas tumbas sucedían a las anteriores, obligándoles a seguir caminando sin descanso. No hallaron ni un solo ser vivo en aquel interminable trayecto.

Finalmente Polly, que iba reconociendo el camino gracias a los orificios del ataúd, dijo repentinamente:

—Ya llegamos. Sujetadme bien, porque por más que odie a mi amo, su corazón es capaz de atraerme como el imán al hierro, y a pesar de mis intenciones, enseguida me afano por adentrarme en él.

Dentro del cajón de hierro se sentían, en efecto, las sacudidas de la desgraciada, que se rompía las costillas contra las paredes metálicas.

—¡Alto! —gritó al fin—. ¡Hemos llegado! ¡Es aquí!

Puesto que el señor Goëtzi no era rey, ni tirano, ni tribuno, ni filósofo, ni fundador de un banco, ni barón Iscariote, ni baronesa Friné, no podía aspirar a entrar dentro de la aristocracia de los vampiros. Se trataba apenas de un simple doctor que, además, ni siquiera ejercía. Por ello, sólo tenía un mezquino sepulcro, que casi daba pena al lado de tan augustas tumbas. En realidad era únicamente una pobre capilla de estilo griego bárbaro, apenas un poco más grande que San Pablo de Londres, cuya arquitectura levemente modesta no tendría más de cuatrocientas o quinientas columnas. Se veía acomplejada a un lado por el mausoleo de un primer ministro de Prusia, y humillada por el otro por la catedral de una vieja malhechora francesa cuyo oficio fue, es y será, el beber en París la sangre de los imbéciles: ya fuera de los más insignes cruzados como de villanos sin distinción, siempre que existiera algo de oro en las venas de esos idiotas.

En medio de la fachada, sobre una lápida de jaspe negro, podía leerse el nombre del señor Goëtzi escrito en letras de color verde mar, tenuemente luminosas, del siguiente modo:

Nuestra querida joven sintió no tener a su lado a William Radcliffe, que sabía tanto griego como un turco. Tuvo que utilizar al doctor Magnus quien, a pesar de su dolor, fue capaz de explicarle que ese nombre parecía haber sido construido con dos raíces diferentes, una de las cuales declinaba del sustantivo tierra, al tiempo que la otra conjugaba el verbo hervir.

—¡Volcán! —gritó Ann—. ¡Está claro que se trata de un nombre de catástrofe!

Ella ya sabía lo que debía hacer. Preguntado más tarde, William Radcliffe descubrió que el nombre estaba equivocado y erróneamente construido.

—¡Abrid! —mandó mientras tanto Polly, que se agitaba dentro del cajón—. ¡Abrid y entrad! La más leve demora de un minuto puede exponernos a las más terribles catástrofes.

Franquearon la escalinata y el peristilo. La puerta principal no se encontraba cerrada con llave. Entraron. En el interior, el sepulcro presentaba una gran nave, rodeada de un claustro que la dominaba y sobre el que había una galería de dos pisos: todo se hallaba coronado por una cúpula bizantina. Los muros, las columnas, la bóveda, todo había sido construido con esa piedra ámbar que nuestra Ann acostumbraba a llamar «lunar» y que era casi transparente. Frente a los pilares había una hilera de estatuas, muy juntas unas de otras, y que representaban doncellas, formando un círculo alrededor de una lápida de pórfido situada justo en el centro de la nave.

Las jóvenes doncellas extendían hacia la lápida sus brazos ligeramente redondeados, que sostenían una guirnalda sin fin.

Más adelante todavía, encima de una fila de trípodes nínives, descansaban unos sahumadores de alabastro en los que prendía un desconocido licor, tan pálido que el fuego del espíritu del vino habría parecido rojo a su lado.

En la lápida central descansaba el señor Goëtzi, que yacía de espaldas y con los brazos pegados al cuerpo. El canalla parecía reducido a la nada, sin carne, deshecho y arrugado como un pergamino mojado que se acaba de secar al sol.

—¡Ah, mi querido señor! —exclamó Polly, que se entregaba a exageradas contorsiones dentro del ataúd de hierro—, ¡con qué alegría correría en vuestra ayuda de no estar prisionera! —Sin embargo añadió, casi sin tomar aliento—: ¡Vamos, vosotros! ¡No seáis perezosos! ¡Sacadle el corazón sin hacerle daño!

Pido a ustedes que me permitan utilizar aquí una palabra absolutamente chocante, pero que las circunstancias exigen. Nada es más fétido que un vampiro cuando está libre y en su morada. A pesar de que se quemaban innúmeros sahumadores, el señor Goëtzi, que se encontraba muy corrupto además, despedía un olor tan repulsivamente hediondo que nuestros amigos habrían muerto de asfixia, de no ser por los frascos de sales inglesas que habían comprado en Semlin. ¡Ése es el motivo por el que la baronesa contaba con tantos fabricantes de perfumes!

El doctor Magnus cogió su maletín, pero sus manos temblaban terriblemente y comprenderán ustedes por qué cuando les diga que el desventurado padre acababa de reconocer a sus dos hijas entre aquellas estatuas.

—¡Vamos, no os detengáis! —insistía Polly—. Cada minuto es importante. ¡Arrancad el corazón de mi desdichado amo con habilidad y suavemente!

Es cierto que Merry Bones era un irlandés pero, por mi honor, que no se arrugaba ante ninguna empresa. Le arrebató el maletín al doctor Magnus, mientras gritaba:

—¡Que el infierno me lleve si no soy capaz de realizar esta operación! Trabajé como ayudante de carnicero en Galway, y a mucha honra.
—¡Adelante, muchacho! —gimió la voz desde el féretro—. ¡Hazlo firmemente, pero sin que sufra mi amo! El criado irlandés se remangó. Nuestra querida Ann, completamente emocionada, se había colocado en una cómoda posición para poder ver bien cuanto ocurría. Ned Barton y Grey-Jack vigilaban el cajón de hierro, que constantemente amenazaba con abrirse. El doctor Szegeli se encontraba al lado de Merry Bones, dispuesto al menos a dirigir la operación.

El joven pintor esclavonio se había sentado sobre su silla plegable, haciendo unos bocetos.

Evidentemente, no sabría describir con palabras científicas la cirugía que se realizó. Además, puede que no fuese algo demasiado conveniente. Será suficiente con que explique que el señor Goëtzi mantuvo los ojos abiertos y la mirada fija durante todo el tiempo que duró la operación. Su rostro permaneció tan rígido como su cuerpo, reducido a un estado raquítico lamentable.

—Con que le hubiesen dado únicamente veinticuatro horas —decía Polly—, mi querido amo se encontraría gordo y lleno de vitalidad. ¡Cortad! ¡Vamos, cortad! ¡Más hondo! ¡Ay, cómo le amaba!

Al quitarle al paciente la camisa, todos pudieron observar en el costado izquierdo de su pecho, a la altura del corazón, un diminuto orificio redondo con un diámetro semejante al del canuto de una pluma, del que manaba gota a gota la sangre roja. Justo en el momento en que quedó al descubierto este extraño mecanismo de la vegetación de un vampiro, la cúpula comenzó a despedir sonido, mientras los muros, el claustro y las galerías cobraban voz. Fue algo así como una música plañidera, frágil como la luz ambiente, como los mármoles del edificio, o como los titubeantes resplandores que morían en los sahumadores.

El criado irlandés manejó a conciencia el escalpelo, demostrando sus aptitudes de carnicero. Sin embargo, ni una lágrima de sangre manó bajo el filo de acero. Estaba claro que lo único que quedaba se encontraba en el corazón, y que su carcasa estaba ya muerta y reseca. Polly dijo:

—¡Con cuidado, por favor! Mi vida se encuentra unida a la de mi amo por un nervio que habréis de seccionar antes de tocar el corazón. Encontraréis once de estas terminaciones en el pericardio: una para cada uno de mis compañeros. La mía es la primera a la derecha. ¿La veis?
—Sí —reconoció Merry Bones, mientras la cortaba con suma delicadeza.

La antigua Polly experimentó tal descarga que el ataúd de hierro saltó en su sitio.

Entre tanto el corazón había quedado completamente descubierto: aparecía más rojo que una cereza y en perfecto estado de conservación. Nuestra querida Ann, sujetando el frasco de sales bajo la nariz, lo examinaba llena de curiosidad. Ella nunca despreció la oportunidad de aprender.

—¿El hornillo ha sido bien encendido? —preguntó la doncella desde el cajón.
—Sí —contestaron Ned y Jack, que se habían encargado de ello.
—¡En ese caso, adiós, amor mío! Os lloraré durante mucho tiempo… ¡Arrancadlo!

Merry Bones cogió de manos del doctor Magnus el cucharón de hierro que habían afilado cuidadosamente, y hundiéndolo hábilmente bajo el corazón, retiró intacta la víscera.

La mirada del señor Goëtzi perdió su brillo y se tornó opaca.

La música, fenomenal vibración de los bloques de pórfido, se extendió como un terrible quejido.

—¡Deprisa! —gritó Polly—. ¡Abrasad el corazón de mi seductor! ¡Quemadlo enseguida! Pero tened cuidado de no perder las cenizas, porque creo que nos serán muy necesarias. ¿Qué hora es?

Nuestra querida amiga echó un vistazo a su reloj, que marcaba las doce menos cuarto.

—¡Ahora todo depende de vuestra rapidez! —prosiguió Polly—. El camino que conduce desde aquí hasta la plaza central es largo y sólo existe una entrada. ¡Avivad el fuego!

La obedecieron. Todos comenzaron a soplar sobre las brasas, en el hornillo, y sobre las ascuas colocaron el corazón del vampiro, que inmediatamente comenzó a crujir y a despedir humo. Empezó además a arder. Despedía llamas como si fuese un pudding bañado con ron. Mientras tanto, el cuerpo del vampiro disminuía de tamaño sobre su lápida y sus ojos, animados con horrorosos impulsos, giraban y giraban…

El cucharón comenzó a ponerse al rojo vivo. El criado irlandés lo sujetaba con su chaqueta mojada y plegada varias veces. Los demás soplaban sin parar, exhortados por la voz del ataúd.

El corazón cayó convertido en brasas. Lo que restaba del señor Goëtzi, sobre la lápida, era únicamente un montoncillo de materia transparente a través del cual podían verse algunas cosas muertas: un loro, un perro, una mujer calva, un mesonero barbudo y un crío que sostenía un aro.

La tenue melodía dejó de escucharse, la fría llama de los sahumadores se apagó, las estatuas de las doncellas, después de caer en silencio de sus pedestales, yacían sobre el polvo de pórfido que formaba el suelo, y el enorme cuco negro del reloj holandés volaba en círculos alrededor de la cúpula, desplegando sin cesar sus silenciosas alas.

—Ya hemos terminado el trabajo —dijo Polly, cada vez más calmada en el interior del cajón metálico—. Durante un instante sentí vértigo, pero ya pasó. Ahora tenemos que salir de aquí. Supongo que habréis oído hablar del doctor Samuel Hahnemann, el inventor de la doctrina homeopática. Siempre que me encuentro bien, no creo demasiado en la medicina, pero es evidente que el mejor remedio contra los vampiros es la ceniza de uno de ellos. Tomad algunas pulgadas de la del amo para serviros de ella cuando llegue el momento, y guardad el resto en el fondo del cucharón. ¿Qué hora es?
—Faltan cuatro minutos para las doce —le contestaron.
—¡Rápido entonces! ¡Vamos con esas piernas! ¡Llevadme con vosotros!

Inmediatamente dejaron el monumento cargando consigo el hornillo, ahora inútil, y lo que quedaba de la bolsa de carbón. Edward S. Barton y el pintor esclavonio cargaban con el cajón de hierro, puesto que Merry Bones tenía que proteger sus espaldas con el cucharón en el que se encontraban las cenizas del corazón del vampiro sacrificado. No se burlen de esta medida. Enseguida conocerán ustedes el extraordinario poder de esta medicina.

Respecto al desgraciado padre, el doctor Magnus Szegeli, se obstinaba en cargar con él las estatuas de sus dos hijas. Al no poder hacerlo, ya que eran muy pesadas, se lanzó sobre los restos del vampiro, apoderándose de ellos, con la intención de pisarlos a gusto en su gabinete, sometiéndolos a las mayores humillaciones. Ella no se atrevió a censurar aquella pueril, aunque legítima venganza.

Salieron fuera. En el exterior todo permanecía mudo y quieto como antes, aunque algo parecía haber cambiado en los colores uniformes de las tenebrosas y fantásticas perspectivas. Así como la aurora despierta a la noche, lanzando misteriosos destellos sobre las tinieblas, del mismo modo el color intentaba aparecer entre aquellos pálidos y majestuosos monumentos. Podía verse algo de rojo en el descolorido ambiente, y el silencio parecía murmurar de forma confusa…

Los expedicionarios avanzaban a toda velocidad por las calles de Selene, constantemente acuciados por los exhortes de Polly, que desde el fondo del cajón de hierro gritaba hasta la saciedad como si fuese un jockey de Epsom. Y en efecto, ya podían ver que no estaba equivocada. El murmullo que flotaba en el silencio iba creciendo; los destellos, tenuemente rojizos, se iban intensificando, y empezaba a escucharse el ruido del aleteo del enorme cuco negro que continuaba revoloteando en círculo sobre ellos.

En el preciso instante en que nuestros amigos alcanzaban el paso señalado con la estatua de la serpiente, el animal de pórfido, de fenomenales dimensiones, comenzó a ondular lentamente mientras sus anillos, casi diáfanos y hasta ese momento incoloros, adquirían una tonalidad verdosa de indescriptible riqueza.

También en ese mismo momento, un sordo y apagado rumor, procedente de la cúpula central, invadió el espacio con una sucesión de rítmicas vibraciones, y toda aquella pálida quietud que las plazas de la ciudad muerta reflejaban hasta donde alcanzaba la vista, cobró vida repentinamente: una vida verde de cruda y violenta nitidez, en la que las líneas de las junturas de las piedras, que habían sido negras, al adquirir entonces una coloración escarlata, trazaban constantes zigzags de fuego…

Era un espectáculo maravilloso, aunque horrible, y esas tenebrosas maravillas ensombrecían y realzaban sus horizontes infinitos, haciendo que la mente sucumbiese en un mar de espanto.

Polly no paraba de decir:

—¡Apretad el paso! ¡Corred! ¡Escapad de la muerte que se os viene encima! ¿Qué hora es?
—Las doce menos un minuto.
—¡Deprisa, desgraciados! ¡Corred! ¡Vuestra vida está en juego!

Los expedicionarios corrían jadeantes, tropezando constantemente, y bañados por ese helado sudor que la fiebre hace manar sobre el ardiente cuerpo. Se encontraban en medio de la plaza central cuando la trepidante campana de cristal lanzó al aire el primer tañido de la hora veinticuatro. El pájaro negro movió sus alas profiriendo un triunfal cu-cú. De arriba abajo, las ventanas abiertas del enorme santuario dejaron pasar resplandores de hornos que parecieron incendiar sucesivamente el aire, mientras el verde oscuro de los muros se cuadriculaba con líneas de llamas.

En ese momento las doncellas del peristilo comenzaron a contorsionarse y a retorcerse mientras gritaban bajo las garras de los tigres; y las estatuas adquirieron unas poses lascivas sobre sus encendidos pedestales.

La oscuridad y el resplandor, la noche y el día, la gracia y el horror; todo se mezclaba en ese momento y en ese lugar, confundidos en salvaje e infernal promiscuidad. Ya no era ni siquiera un sueño, una pesadilla, un delirio. Era la orgía, el desenfreno de todos aquellos espectros unidos, una guerra, un huracán. La campana de cristal no cesaba de tocar. Después de cada campanada, el pájaro negro profería su salvaje grito, cuya intensidad iba aumentando a medida que el espacio, cada vez más caliente, cubría con los resplandores más sorprendentes aquellas prodigiosas construcciones donde el fuego parecía ser el cemento de aquellos bloques esmeralda.

Con la duodécima campanada, los ramilletes de columnatas y nervaduras de la cúpula más alta se encendieron, avivados por el aleteo del pájaro negro. Las puertas de todos los mausoleos se abrieron en ese momento.

Nuestros amigos, exhaustos de tanto correr, ya no sabían por dónde escapar de aquella plaza rodeada de caminos uniformes, mientras Polly Bird, enloquecida de espanto, les gritaba sin parar: «¡Corred! ¡Vamos! ¡Daos prisa!», sin preocuparse por darles las indicaciones necesarias. Giraban a toda velocidad, jadeantes y sin aliento en un círculo mortal, sin percibir que no avanzaban un palmo y que ya habían pasado diez veces por el mismo sitio. Finalmente Polly gritó:

—¡Por el camino del Noctilio! ¡La puerta se encuentra a ese lado! ¡Corred, por el Cielo y el Infierno! ¡Vuestra vida está en juego!

Se abalanzaron hacia uno de los seis grandes barrios que formaban la roseta, cuyo símbolo era la estatua de un gigantesco murciélago. Los otros cuatro símbolos eran una araña, un buitre, una sanguijuela y un gato. Es oportuno decir que Ned Barton y todavía más Grey-Jack, estaban ansiosos por dejar caer el ataúd de hierro que tanto frenaba su carrera, pero ¿cómo escapar sin la ayuda de Polly de semejante laberinto? No veían ninguna salida.

Mientras tanto la campana de cristal lanzaba sus últimos tañidos. En todos sitios el movimiento seguía a la inmovilidad y el ruido al silencio. A través de las puertas abiertas se veía el interior de los mausoleos, cuyos moradores se levantaban sobre sus lápidas, entregándose a su arreglo personal. Algunos incluso aparecían ya en los umbrales: hombres de gran estatura aunque afeminados casi siempre, mujeres también muy altas y de altiva figura, y todos ellos hechos de una materia verde jaspeada de púrpura, con radiantes ojos amarillos y labios de los que saltaban chispas y que ardían como brasas bajo el fuelle de una fragua. Sobre sus hombros flotaban largos velos purpúreos y en el fulgor cada vez más intenso que incendiaba el ambiente, resultaba fácil descubrir en el costado izquierdo de sus pechos, en el lugar del corazón, un orificio sangrante del que pendía siempre una gota roja.

¿No se habían despertado del todo, o es que nuestros amigos se encontraban bajo el influjo de alguna protección? Aquellas espantosas criaturas no parecían haberles visto todavía, a pesar de que nada escondía su fuga. Polly Bird ni siquiera se atrevía a hablar desde el interior del cajón de hierro, por temor a atraer su atención hacia los fugitivos. Nuestra querida Ann, al comprobar que sus pobres piernas no aguantaban más y que pronto se negarían a seguirla sosteniendo, le encomendó su espíritu a Dios. Ned estaba enfadado; Grey-Jack, a pesar de que era un inglés de pura cepa, tenía la carne de gallina, y al propio Merry Bones aquella situación se le estaba haciendo eterna.

—¡Valor! —clamó en un susurro Polly Bird, al verlos flaquear—. ¡Un último esfuerzo! Ya nos encontramos cerca del sepulcro del portero. Bastará con que le echéis en los ojos un poco de ceniza de mi difunto seductor, y podremos pasar. ¡Aguantad!

Pero cuando el gran pájaro negro, posado ahora con sus alas desplegadas en medio del fuego que coronaba la gigantesca cúpula, lanzó un último cu-cú y en el aire resonó la última campanada, pudieron oír un grito lejano seguido por el ruido de un cuerno.

Después, con mágica rapidez, los gritos se fueron aproximando, los sones de las trompetas también, de forma que antes de que pasara un segundo, nuestros amigos se vieron rodeados por un sordo clamor sobre el que se destacaba la atronadora voz de los cuernos. Los gritos parecían hablar en un idioma desconocido, mientras los cuernos tocaban una marcha militar cuya algarabía, capaz de desgarrar cualquier tímpano, no puede describirse con palabras. Simultáneamente, unos tambores invisibles redoblaron a los cuatro vientos convocando a todos los vampiros, mientras la campana de cristal tocaba a rebato.

—¡Estamos al lado de la puerta! —gritó Polly Bird—. Están gritando: «¡Tumba violada! ¡Muerte de un vampiro!» Pero da igual. ¡Un último sacrificio y nos encontraremos fuera!

Era cierto. Nuestros expedicionarios ya podían vislumbrar el alto muro de pórfido, fantástica cintura de tanta maravilla y el profundo, estrecho y bajo túnel, que era la única entrada a la Ciudad de los Vampiros. Seguramente pasaron por él en su camino, aunque ahora no lo recordaban.

Y puesto que ya habían dejado atrás los últimos mausoleos, no encontraron a nadie que se interpusiera entre ellos y la puerta, abierta de par en par, tras la cual reinaba una completa oscuridad.

Pero el griterío, la algarabía, la alarma general y el toque a rebato, mezclados con todo tipo de ruidos añadidos, subía de volumen como si fuese una marea de ensordecedor estruendo, y repentinamente una multitud de hombres, mujeres, cuadrúpedos, pájaros y reptiles, todos verdes y rojos, con ojos de un amarillo intenso, apareció en el camino principal procedente de todos los accesos, invadiéndolo en un santiamén.

—¡Muerte a los profanadores! ¡Muerte a los profanadores! ¡Portero, cierra la puerta! ¡Baja los barrotes e iza el puente! ¡Soltad los dogos, los tigres, los leones, las serpientes y los cocodrilos! ¡Sepulcro ultrajado! ¡Muerte de un vampiro! ¡Queremos su sangre… su sangre… su sangre!

Entonces ocurrió algo sorprendente. No se percibió el menor movimiento al lado de la puerta que respondiese ante aquel griterío acuciante. El portero no apareció. Los barrotes permanecieron suspendidos en el aire y el puente levadizo no fue izado. No aparecieron ni los dogos, ni los tigres, ni las serpientes, ni los cocodrilos. Si me lo permiten, ahora les explicaré lo que ocurrió. El cargo de portero, al existir una única puerta, es un cargo muy importante. Por ese motivo, y para evitar problemas, el cargo es desempeñado por turno, durante veinticuatro horas, por cada uno de los habitantes de Selene. Ese día el turno le correspondía al señor Goëtzi, y al tener fama de ser un vampiro extraordinariamente puntual, su predecesor se retiró después de la primera campanada de la hora veinticuatro.

Evidentemente cometió un grave error, y seguramente sería severamente castigado por ello.

Ese es el motivo por el que nuestros amigos fugitivos no se encontraron con nadie que pudiera cerrarles el paso. Aunque, ¡válgame el Cielo!, no por ello su situación era menos complicada. La muchedumbre de alborotadores y airados enemigos crecía con vertiginosa rapidez. Ya se desbordaba a ambos lados, cuando la voz del ataúd gritó:

—¡Cuidado, Merry Bones! ¡Cuidado!

El valiente irlandés se giró, y el aliento de un gigantesco canalla de verde, que le pisaba los talones con sus fauces abiertas, le abrasó el rostro, mientras dos perros monstruosos saltaban sobre él intentando hacer presa en su garganta, al tiempo que algunos reptiles se deslizaban silbando entre sus piernas.

La situación se hizo todavía más crítica, porque justo entonces la muchedumbre desbordaba ambos flancos ladrando, bufando, gritando y rugiendo: «¡Muerte! ¡Muerte!», mientras nuestros amigos, exhortados por la voz de Polly, perdían por completo el control de sí mismos.

Merry Bones ni siquiera llegó a pararse un cuarto de segundo, pero fue tiempo suficiente para que el gesto le separase del resto de sus compañeros, que atravesaron el túnel dejándolo a él solo, en medio de la Ciudad de los Vampiros.

Ella nunca habría aceptado voluntariamente dejar atrás a nadie, aunque fuese irlandés, y menos a merced de tan espantosos enemigos; pero Polly apresuraba la escapada como una posesa, conocedora del tipo de tortura que le esperaba si llegaban a capturarla (y además veremos que también tenía el ambicioso proyecto de convertirse en la única heredera del señor Goëtzi). Ned Barton y Grey-Jack, obedientes, franquearon el túnel y el puente levadizo corriendo como liebres.

Ann iba justo detrás, sin saber si ya se encontraba a salvo, o por lo menos fuera de la ciudad maldita.

Únicamente se giró después de sobrepasar el foso, y entonces pudo ver a través de la boca del túnel un espectáculo magnífico e infernal que muy pocas personas han conseguido contemplar a lo largo de los siglos. Por muy audaz que fuese su temperamento, Ella nunca sentiría nostalgia de los momentos que acababa de vivir en medio de aquellos increíbles horrores, a pesar de lo cual quedaría en su mente para siempre un eterno deslumbramiento y, gracias al instinto de su carácter poético, permanecería grabada en ella la impresión de esos milagros que manifestaban un poder que no era el de Dios. En especial, recordaría el momento del despertar, ese minuto en que la sepulcral fantasmagoría se coloreó con las tonalidades de una orgía, dejando en ella un recuerdo tan vivo como una herida.

La vio todavía una vez más a través de la boca del túnel, que se abría en medio de la gruesa muralla: la orgía saltaba y se contorsionaba en un mar de luces verdes y rojas; y más allá de los tumultuosos y confusos movimientos de la turba embriagada de ira pudo ver de nuevo, como en un sueño lejano, la perspectiva infinita de los sepulcros, las cúpulas, y los pilares perdiéndose en resplandecientes propileos…

Y como el desgraciado Merry Bones se encontraba ahora ahogado en medio de aquella turba salvaje, Ella ni siquiera logró verle.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó entonces—. ¡Nos hemos salvado de milagro!
—¡Adelante! ¡No debemos pararnos ahora! —urgía Polly—. Aún no podemos felicitarnos. ¡Ya nos quedará tiempo para darle las gracias a Dios cuando hayamos traspasado el círculo de tinieblas y vislumbremos los campanarios de Semlin!

No es necesario que recuerde que, al abandonar el túnel, nuestros amigos se encontraron nuevamente con las penumbras que rodean a Selene, como si perteneciesen a un oscuro suburbio.

Continuaron avanzando, y a quienes se les ocurrió recordar a Merry Bones, se cuidaron muy mucho de pronunciar su nombre.

Nosotros, por nuestra parte, nos ocuparemos de él.

* * * * *

(Continuará…)

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