Invasión (XII)

Maxence Van Der Meersch






CAPÍTULO III

I

A finales de 1917, Félicie Laubigier, madre de Alain, cayó enferma. Las privaciones, el hambre, el frío terrible de aquel invierno, la preocupación de aquella guerra que no terminaba nunca y la inquietud de ver a la pequeña Jacqueline adelgazar lentamente y a Camile, su hijo menor, vagar con los granujillas del barrio, todo aquello fue agobiando a Félicie. Pero sobre todo, lo que más le preocupaba era la falta de noticias de Alain. Había partido al frente con los equipos de trabajadores forzados, de «brazales rojos», y no había vuelto ni había dado señales de vida. Quizás había muerto sin que la madre lo supiera, sin que nadie se hubiera tomado la molestia de comunicárselo. Aquella inquietud la mataba.

El invierno de 1917 fue espantoso. Desde su comienzo se anunció riguroso, y lo era mucho más cuando se tenía el estómago vacío. La miseria llegó a ser inimaginable en Roubaix y en L’Epeule. La ciudad parecía un cementerio. No se veían más que rostros escuálidos, ojos hundidos, delgadeces espantosas. Los viejos se morían y la tuberculosis hacía estragos en la infancia y adolescencia. En el cementerio se contemplaba con estupor las innumerables tumbas de jóvenes de diecisiete a veinte años. Gentes que dejaban de verse algunas semanas, a duras penas se reconocían al volverse a encontrar. Antes de la guerra, en el Norte había muchos bebedores de cerveza, gentes de voluminosos vientres y rostros congestionados. Su aspecto era verdaderamente lamentable. Faltos de aquella cerveza generosa, su grasa se había derretido y aquel desastre los había dejado vacíos, flojos e increíblemente envejecidos. El gordo Semberger, que vivía detrás de la casa de Félicie, inspiraba piedad; bajo su barbilla la piel le hacía arrugas y tenía un aspecto desmadejado y lánguido. Él mismo plasmaba aquella delgadez diciendo:

—Puedo lavarme la cara con la piel de mi vientre —decía.

Cada cual procuraba arreglárselas como podía. El racionamiento se componía de legumbres secas, zanahorias, sopa juliana y patatas deshidratadas, que se tenían que poner a remojo. Nada de aquello se podía comer. El tocino americano estaba rancio y la leche y los bizcochos faltaban por completo. Era necesario remplazar el café por cebada tostada y ni siquiera se hablaba ya de mantequilla. El pan se distribuía equitativamente. Toda la familia acudía a pesar las raciones de cada uno en las balanzas del viejo Duydt. Las gentes se prestaban el uno al otro, de hermano a hermano, con intereses de usura, una rebanada de pan con mantequilla, un poquito de manteca. Por todo el barrio había intercambio de productos. Por una taza de café se conseguía un paquete de sal, una pastilla de miel artificial por un kilo de arroz. Cada cual tenía su conejar y su gallinero y se pasaba los días enteros buscando hierbas para los conejos a lo largo de los canales. Algunos levantaban el enlosado de los patios para cultivar tres o cuatro plantas de patatas. Otros instalaban cajas de tierra en los aleros. Se cultivaba cualquier cosa en potes, en baldes o en viejas marmitas. No había un solo rincón de terreno desocupado. Todos los solares habían sido convertidos en huertos. Las gentes organizaban en común la defensa, la guardia nocturna, pues era necesario proteger aquellos cuadros de coles como un tesoro. Para ello construían barracas donde dormía un vigilante armado de un bastón. Los hortelanos improvisados llegaban a hacer prodigios de paciencia para ahorrar tierras y semillas. Acondicionaban terrenos llenos de piedras, y contaban los granos uno a uno. Algunos plantaban trigo en potes, grano a grano, practicando el trasplante y luego el recalce al estilo chino, que consiste en rodear el pie de cada tallo con una pella de tierra para favorecer la multiplicación de los tallos secundarios. Llegaban así, mediante siete u ocho trasplantes y recalces sucesivos, a obtener un rendimiento extraordinario. Los alemanes favorecían tales métodos enseñándolos y propagándolos. Extendieron el procedimiento de trasplante de las simientes de las patatas. Para ello se dejaba germinar la patata al aire libre y, luego, se les cortaban los tallos más largos y se le trasplantaban como plantas en vez del propio tubérculo. Una patata podía así producir hasta cuarenta plantas. Una ingeniosidad sin límites, incrementada por el ocio, lograba resultados prodigiosos. Se retrocedía a una especie de salvajismo, de civilización primaria, en la que cada cual, siguiendo sus gustos, sus conocimientos y sus recursos, producía y comía lo que podía. Unos, como el viejo Duydt, fabricaban sidra con manzanas podridas, otros cocían cebada y azúcar para hacer una especie de cerveza. Decooster, el viejo carnicero, utilizaba sus máquinas de carnicería para amasar grasas y fabricar una pasta aceitosa que llamaba jabón y que vendía muy caro. Félicie mezclaba sebo con azúcar quemado y manteca derretida, produciendo así betún. Con manteca, leche concentrada, harina de panocha y yema de huevo amasados, se obtenía una pasta amarillenta y grasienta que, untada al pan, daba la sensación de mantequilla. Se practicaban todos los ersatz, todos los inventos, todas las imitaciones. El problema del calzado era tan insoluble como el del combustible. Cada bogar recibía, mientras persistían aquellos fríos siberianos, diez kilos de carbón a la semana.

Todas aquellas preocupaciones recaían sobre la madre, la responsable. Alimentación, calefacción, alumbrado, vestido, los postres de los días de fiesta, todo lo que componía la existencia, la vida familiar, le incumbía a ella, verdadera víctima de la guerra.

—Cuando a la madre le abandonan las fuerzas —decía Félicie—, toda la casa se entristece.

Y, como todas las demás, iba a la búsqueda de comestibles, se entregaba completamente para mantener entre los suyos el gusto de vivir, la impresión de que existía un hogar, de que continuaba una existencia todavía aceptable.

Aparte de estas preocupaciones materiales y de la angustia que sufría a causa de Alain, el pequeño Camile le inquietaba enormemente. Como estaba enferma y con frecuencia tenía que guardar cama, vigilaba menos sus juegos, sus salidas, y Jacqueline, con sus trece años, no tenía todavía autoridad sobre él. Camile, a pesar de que en el fondo no era malo, se dejaba ganar por el ejemplo de sus compañeros del barrio y así iba convirtiéndose en ladrón, vagabundo y mal educado. Ya no había escuelas. Los alemanes las habían requisado para convertirlas en hospitales. Se daban únicamente dos horas diarias de clase en un pequeño local amueblado a duras penas con unas cuantas mesas y bancos. No tenían calefacción, ni libros, ni cuadernos. Garrapateaban sobre viejos libros y, si hacía mucho frío, el maestro les dejaba marchar, pues les faltaba carbón y la tinta se helaba. Camile frecuentaba la compañía de los hijos pequeños de Duydt. Iba a robar en los carruajes y los campamentos alemanes y saqueaba las casas abandonadas. Era la suya una vida divertida y fácil, que no tenía más inconvenientes que despojarse prematuramente de todo sentido moral. Félicie adivinaba aquellos robos, pues hallaba en los bolsillos de Camile tabaco, pfennings, cartuchos, pólvora… No podía contener su alarma y su inquietud iba en aumento.

El ejemplo de los desaprensivos, de aquellos que prosperaban y se enriquecían, descorazonaba a los más tenaces. Se veía a las prostitutas, a los traficantes de dinero, a los trabajadores voluntarios, colaborar con los alemanes, ganar mucho dinero y llevarse víveres a sus casas. Uno trabajaba como jardinero para el enemigo y volvía cada noche a su casa con una red llena de legumbres. Otro confeccionaba sacos terreros en una o dos fábricas que todavía funcionaban y robaba tejidos, revendiéndolos y haciendo buenos negocios. El tercero conducía los camiones que hacían las levas en las fábricas. Y otros como Decooster, el carnicero, compraban a los alemanes ganado, carne y azúcar, o bien obtenían permisos de importación de Holanda. Aquel Decooster estaba acumulando una verdadera fortuna. Hacía dos años ya que su mujer era la amante de un capitán agregado a las oficinas de la Kommandantur y por conducto del mismo obtenía todo lo que deseaba. Otras mujeres, como Clara Broeck, lograban otros fines por los mismos procedimientos. Aprovechaba su amistad con los influyentes para hacerse llevar a sus casas muebles valiosos, tapices, bibelots y telas robadas en los hoteles vacíos del Boulevard de París. En ausencia de su marido, Clara Broeck amuebló con un lujo principesco la casa, sin hacer ningún gasto. Vivía con su madre desde el principio de la guerra en una pequeña casa del callejón. Se había casado el mismo sábado de la movilización, y como el marido tenía que marcharse, ni la madre ni la hija habían querido saber nada de la noche de bodas. ¡No iba a quedarse viuda y con un hijo…! El marido había tenido que marcharse así —ni muy contento ni con mucha gloria— y, después, Clara Broeck se había despabilado. Tuvo por amante a un agregado de la Kommandantur y se sirvió de aquella autoridad para instalarse en una hermosa casa vacía del barrio. Luego, había solicitado por su mediación el establecimiento de una cantina de oficiales en su casa. Los alemanes buscaban un local para su Kursaal en L’Epeule. Ella ofreció su casa. Aquello le reportaba, inapreciables ventajas, una cocina abundante y fina, vinos aceptables y los pequeños regalos que le dejaban al marcharse aquellos a quienes concedía sus favores.

Tales ejemplos desmoralizaban al pueblo.

A pesar de todo, la masa permanecía fiel al recuerdo de los ausentes y del país. Gentes como Flavie, cuñada de Félicie, seguían siendo francamente hostiles a los alemanes. Con un hijo en el frente, otro continuamente reclutado a la fuerza por los alemanes, sin dinero, sin bienes que perder ni nada que contuviera su odio contra el enemigo, era implacable. No admitía que los alemanes formaran parte de la Humanidad. No quería transacciones ni contactos con ellos. Había estado en la cárcel y había sufrido en ella lo bastante para salir más feroz, más irreductible. Aquello la hacía llegar hasta la injusticia, la crueldad. Solamente las madres que sufren, como sufría ella, pueden alcanzar aquella intensidad en la venganza. Hubiera llegado a matar, de no haber tenido a sus hijos, a los que no olvidaba en ningún instante.

Y, sin embargo, los alemanes no eran ya los invasores orgullosos y duros del principio. Sufrían y comenzaban a sentir también en su país la miseria, una terrible miseria. Ya no se veían mocetones santos y robustos, con uniformes flamantes y nuevos. Viejos, tarados, bizcos, cojos, miopes, hombres de personalidad gris, abrumados y fatigados o —lo más doloroso de la guerra— muchachos, adolescentes de dieciséis, diecisiete y dieciocho años, imberbes, débiles, pálidos aún por la atmósfera cerrada de la escuela, horrorizados por la impresión de aquel infierno o indiferentes a todo lo que les rodeaba. Volvían del frente embrutecidos, llenos de barro, medio enloquecidos, ennegrecidos, arrastrando los pies, incapaces de conservar su apostura, deteniéndose lamentablemente al borde de las aceras para tomar aliento, a pesar de los empujones y los insultos de los cabos. Su desfile duraba horas, días enteros en ciertas ocasiones, cortando en dos el barrio una riada de hombres, de cañones, de carruajes, de ambulancias y de hombres otra ves, más hombres… Todo aquello acompañado de un tronar confuso, sordo, un ruido de hierro, de botas, de caballos, de artillería en marcha, dominado algunas veces por la música chillona de las fanfarrias… Los jefes trataban de estimular a los soldados, haciéndoles cantar el Gloria, ordenándoles el paso de parada para no dejar ver a los pueblos invadidos el agotamiento del Ejército alemán. Ellos cantaban el estribillo durante unos minutos, llevaban el paso y pisaban con fuerza. Luego, el agotamiento volvía a hacer presa en sus cuerpos, se retrasaban de nuevo e iban dejando de cantar uno tras otro. Algunos habían alcanzado un grado tal de extenuación que llegaban a olvidar toda vergüenza. Se detenían y se apoyaban en un muro, pidiendo a las mujeres un trago de agua fresca.

—¡Fastídiate! —decían las irreductibles, como Flavie.

Pero otras les llevaban un cuenco de agua fresca, sin ocuparse de la reprobación pública. Un día, vieron morir en medio de la calle a uno a quien las mujeres habían rehusado dar de beber. Aquello causó gran impresión entre la multitud.


Una noche estaba sirviendo Félicie la sopa a Jacqueline y Camile cuando apareció un alemán sucio y extenuado. Le habían mandado cobijarse en casa de los Laubigier. Se acercó al fuego, modestamente, como hombre que se sabe intruso, en tanto los niños y Félicie acababan de cenar. Había amasado con harina de panocha y manteca derretida una especie de buñuelos, grasientos y pastosos, que comían con un poco de azúcar moreno y que llenaban el estómago sin costar muy caros. Eran apetitosos. El alemán los tenía delante de su nariz y aspiraba el olor de aquella grasa caliente sin decir nada.

Un poco avergonzada de estar comiendo sin haberle ofrecido nada y después de haber vacilado varias veces, Félicie le señaló, finalmente, el plato de buñuelos que estaba sobre la mesa.

—Puede comer, Monsieur… Sí, sí…

Comprendió inmediatamente. Se sentó a la mesa y acercó a sí el plato de buñuelos. Se puso a comer a dos carrillos, con una rapidez espantosa, sin mascar apenas y atragantándose. Aquel buen hombre debía estar muerto de hambre. Los buñuelos desaparecían, se hundían en su boca uno tras otro bajo la mirada consternada de Camile y de Jacqueline. Recogió luego en la palma de la mano los restos de la pasta frita y de azúcar del fondo del plato y se los echó en la boca, volviendo hacia Félicie un rostro congestionado, húmedo de sudor y ya sosegado.

—¡Oh! ¡Ser bueno, Madame!

Y su expresión fue tan feliz que Félicie no lamentó demasiado tenerse que acostar sin cenar.

Le mostraron su cuarto, un triste camaranchón amueblado con un jergón bastante mísero. Se acostumbraba reservar a los alemanes lo peor que se tenía. Pero aquel hombre, como todos los que volvían del frente, no era difícil de contentar. Únicamente tenía miedo de causar algún trastorno, de introducir su mugre y sus piojos en aquel hogar tan limpio…

Durmió en casa de los Laubigier y se fue por la mañana, pero a las once volvió a estar allí con un saco de carbón a la espalda y una enorme marmita de patatas en la mano.

—Yo cocinero, Madame. Yo cocer aquí patatas para los oficiales.

Encendió el fogón de Félicie y puso las patatas al fuego. Apenas dejó que cocieran diez minutos. Luego las quitó, dio una docena a Félicie y echó a correr con la marmita en la mano.

—¡Pero no están cocidas! —gritó Félicie.
—Sí, sí… Bien cocidas. No deshechas…

Desapareció y Félicie volvió a poner sus patatas al fuego para que se acabaran de cocer.

Reapareció a la hora del almuerzo. En una fiambrera le llevó sobras de choucroute, de salchichón y de lentejas. Las dejó sobre la mesa.

—Bueno, bueno. Comer…

No se hicieron rogar. Comieron en su compañía aquellas cosas raras y deliciosas. El hombre parecía simpático. En su jerga mitad francesa y mitad alemana, les explicó que se llamaba Krems, que era bávaro y que estaba en la guerra desde su comienzo. Había logrado un buen puesto en las cocinas, se ocupaba en particular de la comida de los oficiales del Kursaal establecido en casa de los Broeck y tenía en Alemania tres hijos y una mujer, a la que quería mucho y que estaba muy triste sin él. Enseñó fotografías a todos y Félicie le mostró también la de su hijo Alain. Se lamentaron juntos. Jacqueline le preguntó entonces por qué no cocía las patatas y él explicó que los oficiales las querían así y que le mandarían de nuevo a las trincheras si las servía deshechas.

Pero a pesar de aquella exigencias, Krems se quejaba de su suerte. No pedía más que una cosa: tener cocidas a punto sus patatas, no volver al frente y hallar después de la guerra, si es que esta tenía un fin, a su mujer y a sus hijos.

Cada día, a la hora del almuerzo, aparecía con las sobras de los oficiales y se las repartía con las Laubigier. La comida era buena y pronto se acostumbraron a aquellos agradables suplementos. Camile y Jacqueline tomaron el hábito de esperar a Krems para comer y así terminaron por esperar pacientemente su regreso del Kursaal para sentarse a la mesa con él. Poco a poco, se había ido incorporando a la familia hasta formar parte de la existencia común. No le consideraban ya como un alemán, como un enemigo, sino como un hombre igual que los demás, con sus afectos, sus risas, sus alegrías y sus abnegaciones. Dejó de ser soldado alojado a la fuerza para convertirse en Krems únicamente. Se ocupaba de pequeños menesteres y les proporcionaba carbón. Si no le hubieran visto llenar diariamente su pipa al lado del fogón, hubieran creído que les faltaba algo.

Un mes después de su llegada, Félicie, enferma desde hacía tanto tiempo, tuvo por fin que guardar cama. Una mañana no se pudo levantar. Krems subió a verla a su habitación. Ella no pudo contener las lágrimas al lamentarse de aquella enfermedad que la retenía en la cama cuando tenía tanto trabajo y tantas preocupaciones. Él procuró consolarla. Descendió y se puso a lavar los platos. Después encendió el fuego, hizo levantar a Camile y Jacqueline, los preparó para la escuela y se ocupó de su comida.

Al mediodía regresó antes. Parecía bastante intranquilo. Subió a la habitación de Félicie, le sirvió una tisana y le puso un ladrillo caliente a los pies, preguntándole si quería un huevo que iría a buscar al Kursaal. Le ofreció también cosas ridículas, como ayudarla a levantarse o peinarla, con una expresión tan sincera que ella no pudo menos que sonreír. Dio de cenar y acostó a los niños, levantándose aquella noche varias veces para ver si Félicie necesitaba algo.

Ella permaneció en la cama varias semanas. Krems la cuidó como una enfermera, llevándola en brazos de la cama a una silla para airear el colchón, las mantas y las sábanas.

Pero, sobre todo, se ocupaba de Camile. Sabía que el pequeño tenía que hacer sus trabajos escolares y que los olvidaba voluntariamente. Jacqueline no era bastante mayor para tener sobre su hermanito mucha autoridad. Krems intervino. Aprendió penosamente a descifrar las libretas de deberes de Camile y vigiló su ejecución, llevando cuenta exacta de las lecciones y de los cuadernos. Reprendió su conducta, le impidió salir de casa a vagabundear, riñéndolo cuando le hallaba fumando con los demás granujillas.

—Sobre todo, nada de fumar… Tabaco, malo… Alemanes ser grandes y robustos porque jamás fumar los pequeños en Alemania. Franceses ser pequeños y enfermos porque mucho beber, mucho fumar…

Ponía aún en sus palabras una especie de chauvimismo, de orgullo de raza, de satisfacción en tener sangre germánica que era la consecuencia de la educación que durante tanto tiempo había recibido. Pero lo decía con tanta ingenuidad, con tanta sinceridad, con tanto deseo de hacer partícipes de su experiencia a las demás pobres gentes de Francia sumidas en la ignorancia, que no se hacía desagradable.

Muy pronto, Camile lo temió y le obedeció. Llegó a tenerle más miedo que a su propia madre, dejó de vagar por las calles de L’Epeule y tanto en sus modales como en su lenguaje comenzó a manifestar una cierta corrección. Félicie y Jacqueline se felicitaron de los excelentes resultados y Krems continuó, de la mayor buena fe, su papel de enfermero y maestro.

Algunas veces, le veían dar vueltas por la casa con aire taciturno y triste; sabían entonces que acababa de recibir carta de su casa. En ellas le daban noticias de la retaguardia, de Alemania, donde los sufrimientos eran iguales, si no mayores, que en el país invadido. Hambre, frío, enfermedades, falta de ropas; todo eso se adivinaba tras las explicaciones resignadas, las frases encubiertas que le escribían desde la lejana patria.

Leía las cartas diez veces. Luego, contemplaba nuevamente las viejas fotografías que dormían en su cartera, las devoraba con los ojos y lloraba, se descorazonaba como un niño. Aquello era mucho peor que las trincheras, que los sufrimientos, que las derrotas y las privaciones; las malas noticias de la retaguardia desanimaban al soldado alemán. Mientras la retaguardia resistiera, el soldado mantendría sus posiciones. Únicamente se doblegaría el día que conociera la miseria de aquellos a quienes defendía.

Y, sin embargo, Krems seguía siendo plenamente alemán, germano. Alemania era para él un gran país, el país mártir, aplastado por la injusticia de los demás. El Kaiser seguía siendo grande, intangible. No dudaba siquiera de que al final del calvario estaría la victoria. La raza alemana merecía dominar. Ni siquiera sabía por qué, pero era objeto de su odio más feroz, como si personalmente le hubiera causado las más graves injurias. Y con frecuencia, después de cenar, Flavie van Broeck y él, aquellas dos oposiciones vivas, aquellas dos encarnaciones del espíritu patriótico popular, embarcados sin comprender nada en una aventura de la que eran las víctimas primeras y más tristes, se enzarzaron en interminables y violentas discusiones sobre los responsables de la guerra: Poincaré, Inglaterra o Guillermo II…

En enero, Krems obtuvo un permiso. Durante diez días, estuvo hablando de su próxima marcha a Alemania. Hizo compras exorbitantes y ruinosas; jamón en casa de Decooster, tela, chocolate y cuero para las botas. Félicie le dio dos botes de confitura para sus hijos. Se fue radiante y satisfecho.

Regresó doce días después con un aire abatido y triste. Dejó sobre la mesa los pequeños regalos modestos. Un minúsculo pastelillo de huevo, pasta de conejo, sopas pobres, avaramente preparadas para él. Ni siquiera las tocó y se las hizo comer a Jacqueline.

—¿Ocurre algo, Krems? —preguntó Félicie.
—Sí…, sí… —respondió él, moviendo tristemente la cabeza.
—¿Su familia?
—Madame, a mí, mucho delgada, mucho enferma.

Sin dar más explicaciones, se refugió en su rincón, junto al fogón, olvidándose incluso de fumar.

Los días siguientes apareció triste y distraído. Dejó varias veces que se deshicieran las patatas y fue reprendido por los oficiales.

Luego, recibió una carta. Al anochecer, la leyó varias veces al lado del fuego. Lloró largamente sin hablar con nadie y se fue a la cama sin cenar. Antes de subir a su cuarto, besó al pequeño Camile.

Por la noche, desde su cama, Félicie le oyó ir y venir, descender la escalera, buscar cosas. Se sintió inquieta y preguntó:

—¿Está usted enfermo, Krems?
—No, no; no enfermo.

No oyó nada más, pero a la mañana siguiente lo halló colgado de cara a la ventana, con el rostro color de piel curtida y frío ya. Se había ahorcado discretamente con la cuerda de tender la ropa de Félicie. Sin duda, había dudado, porque tenía al alcance de la mano el fusil cargado; pero, temiendo hacer ruido, despertar a los demás y alarmarles, había elegido una muerte más modesta.

La gente del barrio no tardó en rodear la casa, al saber que allí había muerto un alemán. ¡Era una buena señal! En los rostros apareció una sonrisa al comentarlo. Los oficiales vieron por la ventanilla aquella multitud. Discutieron unos instantes, con reprimida cólera. Y uno de ellos amenazó con el puño al muerto y lo injurió en alemán.


Una vez muerto Krems, la miseria se hizo espantosa en casa de Félicie. Les faltó la ayuda del alemán, las sobras y el carbón. Félicie, enferma como estaba, tuvo que levantarse, correr arriba y abajo y preocuparse para encontrar un poco de combustible y de pan para sus hijos. Reinaba el hambre, un hambre desesperada, resignada, sin rabia ni furor ni rebeldía. Todos se sentían presos de un enemigo demasiado poderoso. No había una casa, un solo hogar donde no reinara aquella hambre, aquel embrutecedor vacío de los vientres y del cerebro, que era un sufrimiento sin esperanza, prolongado indefinidamente.

El racionamiento era cada vez más escaso. Numerosos traficantes desviaban la cuarta parte de los víveres que tenían que distribuirse. Lo que quedaba era apenas comestible, y como había que pagarlo, se prescindía de ello frecuentemente.

Los alemanes tenían sus cantinas, aquí y allí, en las fábricas. En las puertas, largas hileras de seres lamentables, mujeres, viejos, rapazuelos escuálidos y hambrientos aguardaban una distribución de las sobras, la limosna de un fondo de la caldera.

Cada cual fabricaba en su casa comistrajos extraños, mezclas de las cosas más dispares: guisados de remolacha y pescado seco; gachas de harina y manteca de cerdo, cubos enteros de gajorros que duraban ocho días, empapaban el estómago y remplazaban el hambre por una indigestión… Un kilo de remolacha valía ocho francos oro. Quien podía comprarlas o robarlas las comía crudas. Si por casualidad disponía de un poco de fuego, las cocía y se las comía a la vinagreta —manteca derretida en vez de aceite y limón en vez de vinagre—, y solo cuando disponía de gran cantidad de manteca podía condimentarse un manjar: fritura de remolacha. Tenía un gusto dulzón, denso y grasiento, pero en aquellos momentos constituía un buen regalo para el paladar.

El viejo Duydt vendía las peladuras de patatas a seis francos el kilo y fabricaba una bebida con gusto de vitriolo, haciendo fermentar su jugo mezclado con limón. Decooster vendía públicamente costillas de perro, de grandes perros comprados por doquier y que sacrificaba a martillazos en su propio patio. La gente hurgaba en los cubos de basura de las calles y se la veía recoger los conejos muertos, las entrañas de los volátiles y la harina de linaza de las cataplasmas para comérselas.

A partir de febrero, el frío se hizo más terrible. Aquel invierno de 1917-18 agravaba con sus rigores las calamidades de los hombres. Se llegó a veinte bajo cero. La tinta, el vino y la mala cerveza se helaban en sus botellas, y las calles estaban resbaladizas, como pistas de patinaje. Los árboles llegaron a rajarse y se encontró a personas muertas en sus camas.

No había carbón ni telas. Los alemanes habían hecho inventario de todas las ropas de vestir y «requisado» lo que era utilizable. Se hacían trajes de cortinas y mantas y las gentes transitaban por las calles ataviadas como árboles. Otros preferían pasar meses enteros metidos en la cama. Para Félicie cada mañana era el planteamiento del terrible problema del fuego. Se levantaba temprano, a las cinco o a las seis, y se iba, a través del viento, de la noche y del frío, frío terrible, a buscar combustible para su fogón.

Erraba por la ciudad como un hombre primitivo, al azar. Dejaba a sus dos hijos, Camile y Jacqueline, en la cama, hasta su vuelta, para que así, envueltos en las mantas, no pasaran frío. Y durante más de dos horas, transida, entorpecida, llorando de dolor, vagaba por las calles cogiendo ramitas, papel, todo lo que fuera combustible. Se quemaba cualquier cosa. Se podaron los árboles y Félicie, como las demás mujeres, fue a recoger las hojas y las ramas muertas. Luego, se taló un árbol de cada dos, a lo largo de los bulevares y las avenidas. Las gentes compraban alquitrán y, envolviéndolo en papel, formaban bolas que ardían con un olor espantoso.

Los montones de detritus que llenaban las calles, llegando algunas veces a la altura de los primeros pisos, como el que había detrás de Saint-Sépulcre, habían sido cribados innumerables veces. Y constantemente, gentes arrebujadas en harapos, con la cabeza enrollada en bufandas y el aire de esquimales, seguían hurgando en ellos con la esperanza de encontrar algo aprovechable. Se destruyeron las casas que estaban vacías y se asaltaron las abandonadas por los emigrantes. Todo lo que podía quemarse fue arrancado, hasta los marcos de madera de las ventanas. La propia Félicie se vio obligada a salir de noche, armada de un hacha, para robar las planchas de la puerta de un cobertizo. Ardían durante dos horas, el tiempo suficiente para cocer el arroz o las gachas de harina de panocha. Después de comer, cada cual volvía a la cama y el resto del tiempo lo pasaban acostados, todos juntos, en montón, envueltos en mantas. O bien los chiquillos se iban a la rue de L’Epeule, a la fábrica de Hennedyck. El muro de la fábrica estaba orientado al mediodía y recibía un poco de sol. Y como las cocinas del hospital estaban precisamente al otro lado, su calor entibiaba la pared. Mucha gente pasaba el día apoyada, apretada contra aquellos ladrillos para absorber el calor, y toda una banda de miserables se disputaba frecuentemente los sitios a lo largo de veinte metros.

El frío se hizo tan insoportable que comenzaron a ser quemados los muebles. Se comenzó por una silla, un taburete, una mesa vieja o un costurero y se siguió con las camas. Todo se reducía a astillas para quemarlo en los fogones. Aparadores, armarios, divanes y sillones fueron en seguida pasto del hacha. Luego llegó el turno a la propia casa. Hasta entonces la casa había sido intangible. Pero el frío era demasiado intenso para pararse a respetar derechos de propiedad. Cada cual tenía conciencia de que pasado un cierto límite de miseria, no se podía seguir exigiendo justicia. El primer deber era vivir. Uno y otro comenzaron o desmontar tímidamente las barandillas de la escalera, las trampas del desván, lo inútil, lo accesorio, las planchas de las alacenas, los tablones de la bodega, las fresqueras. Luego cayeron las puertas de los retretes, el entarimado, el techo. De eso se pasó a los postigos, las conejeras, los cobertizos en que se guardaban las herramientas, las cajas de carbón… Algunas semanas más tarde, fue necesario acometer las puertas de las habitaciones y el entarimado del desván, los aleros y los canalones. Terminaron viviendo en casas de extraña apariencia, sin puertas, compuestas tan solo de unas paredes desnudas, con un jergón en el suelo y un fogón en un rincón. Gentes como Flavie llegaron incluso a destruir su escalera de mano. Cada fragmento de la casa que desaparecía se llevaba consigo muchos recuerdos. Aquel tablón de la bodega lo había clavado el padre, aquel sillón había sido regalo del hijo para cuando la madre envejeciera y pudiera reposar con comodidad. Quemaron la madera y guardaron cuidadosamente el tamizado. Acaso después podrían volver a tener un sillón semejante. Todos presentían el fin. No era posible continuar así mucho tiempo; de lo contrario, todo Roubaix moriría. Las gentes temblaban, inspirando temor con su extrema delgadez bajo montones de ropa hecha jirones. Se pasaban los días intentando engañar el hambre y el frío, royendo papel y cobijándose bajo sus mantas. Esperaban la hora breve y deliciosa en que pudieran encender fuego y comer. Todos cocían el arroz y las remolachas por la noche para tener menos hambre y más calor y poder dormir con una botella del agua de cocer las legumbres bajo los pies. La gente estaba tan débil, tan vacía, que después de haber comido sentían en el vientre una impresión ardiente, como si el estómago alimentado hubiera empezado a expandir en seguida por el organismo un calor vivificante.

Se aprovechaba aquella sensación para acostarse en seguida y poder dormir sin sufrimientos. ¿Y qué hacer, si no? Los que no dormían no hallaban gusto a nada. ¿Cómo leer, hablar o distraerse cuando se tenía hambre y frío? No había tabaco y era imposible fumar. No había fuego encendido en ninguna parte, ni tampoco alumbrado. Nadie podía resignarse a la idea de tener que quemar manteca para alumbrarse y preferían vivir en las tinieblas. No había libros, ni periódicos ni nada que leer. Además, la vista disminuía. La gente se volvía miope, los ojos se debilitaban. No había colchones, mantas ni ropas. Las familias se juntaban revueltas sobre un jergón y los cuerpos se calentaban unos a otros en la oscuridad, mientras en el exterior retumbaba el ininterrumpido cañoneo, aquella gigantesca batalla que desde hacía mil noches llenaba los ámbitos del cielo, sin que lograra progresar un solo paso.

Con frecuencia pasaban aviones. Los reflectores escudriñaban el cielo negro y los cañones disparaba granizadas de schrapnells. Caía metralla de plomo y hierro sobre los tejados, rompiendo tejas y cristales. Ni siquiera se descendía ya a las bodegas, pues se había adquirido una especie de indiferencia, de fatalismo feroz.

O bien, en silencio, en medio de una paz nocturna y fugaz, se oía un rodar sordo, más trágico aún que todo lo demás, el rodar de los tranvías, de los camiones, de los trenes que partían hacia el frente con sus cargamentos humanos o conducían heridos y muertos mientras Roubaix dormía. Los alemanes ocultaban los movimientos de tropas a la población. Se escuchaba aquel ruido de angustia. ¿Cuándo terminaría todo aquello? ¿Llegaría algún día la liberación? Y si los franceses llegaban a entrar por milagro algún día a Roubaix, ¿quedarían supervivientes para contar lo que se había sufrido?


II

Por un estrecho camino encajonado entre dos taludes de tierra, a campo traviesa, Annie Mouraud y su prima Antoinette Fontcroix se acercaban a la frontera, procedentes de Mont-á-Leux, para cruzarla.

Annie trabajaba por su cuenta. Desde hacía mucho tiempo, en casa de los Mouraud, como en la de muchos otros, la miseria había hecho desaparecer el espíritu familiar. Cada cual vivía para sí, después de haber convertido la existencia en un concepto ferozmente solitario y egoísta. Las coladas no producían ya ninguna ganancia. Georges Mouraud, el hermano de Annie, seguía frecuentando la escuela, ambiciosamente alentado por su madre, que se mataba para él. Y Annie, forzada a desenvolverse por sí misma, vivía como podía, cosiendo un poco y pasando de contrabando mercancías que luego revendía.

Antoinette hacía lo mismo, aunque para la tienda de su madre. Edith no hallaba ya nada que comprar o vender. Pero un kilo de patatas, que en Roubaix se pagaba a doce francos, costaba veinte céntimos en Bélgica. Antoinette, tentada por la ganancia y sobre todo por el peligro y la atracción de una aventura todavía inédita para ella, había suplicado tanto a Edith, que finalmente su madre la había dejado marchar. El contrabando bajo la amenaza de los fusiles de los centinelas era para Antoinette una verdadera excursión de placer y vivía así una página de novela.

Quería volver a entrar en Francia, pasando entre Mont-á-Leux y Wattrelos, en el lugar donde un curso fangoso de agua (lo que en el Norte llaman un riez) forma la frontera. Era el mes de febrero y el deshielo había hecho por fin su aparición, un deshielo diluviano, después de aquella espantosa helada que había durado todo el invierno de 1917. Hacía cuatro días que estaba lloviendo. Un viento borrascoso soplaba del Noroeste, ininterrumpido y tan compacto como una masa material. El paisaje que se ofrecía a los ojos de las dos caminantes era gris y triste. Apenas se distinguían los caseríos, la sinuosa vía férrea, la fábrica que se destacaba a lo lejos; todo ello se desvanecía tragado por la llanura húmeda, terrosa, de color castaño y verde, cortada por canales y por acequias, chorreante, empapada, colmada de agua. Un chapoteo general ascendía de la tierra: era el rumor de toda aquella agua deslizándose, corriendo, desplegándose, renovando al mundo. Y encima, el cielo, un cielo de cataclismo, invadido por un tropel de nubes tumultuosas, despachurradas, amontonadas, que hacían avanzar en gran confusión sus batallones de vapores al asalto de horizontes agitados, bajo el soplo de la tempestad, dejando caer aquí y allá lluvias torrenciales que se precipitaban sobre el paisaje, como negras trombas compactas. El cielo estaba iluminado por un débil resplandor: la claridad lívida del cielo de Flandes en febrero. Y el rumor persistente del cañón lejano se armonizaba con aquel cuadro de apocalipsis, con aquel cielo épico que hubiera hecho soñar a un Ruysdael y bajo el cual, indiferentes, habituadas y a ciegas, andaban Antoinette y Annie, minúsculas siluetas solitarias, a lo largo de un camino de tierra parda que atravesaba la llanura entre el reflejo de dos canales que la flanqueaban por sus lados.

Habrían andado una media hora a campo traviesa cuando a lo lejos, sobre la línea del horizonte que formaba como un vago trazo rectilíneo sobre dos inmensidades color gris, apareció la aglomeración de un caserío. De una chimenea salía un trazo de humo tenue y tan inmóvil, que parecía una cinta que fuera a unirse al ciclo sombrío y amenazador. Allí estaba la frontera.

Alcanzaron el caserío por la parte posterior y penetraron en el patio de las casas. En la puerta de la cocina de uno de aquellos chamizos, una mujer les pidió veinte céntimos y les dejó entrar. Los habitantes de la línea fronteriza ganaban así su vida percibiendo un tributo de quienes daban cobijo en espera del momento favorable para poder hacer su contrabando.

Antoinette y Annie echaron su saco al suelo, al lado de los otros. Toda la cocina estaba llena de bultos. Antoinette había querido comprar mucho y su saco pesaba más de cuarenta kilos.

En la cocina había ya gente. Algunas viejas, tres mocetones que fumaban cigarrillos y charlaban en un truculento patois, muchachos de diez a doce años y otro mocetón atlético, un verdadero hércules pelirrojo mal afeitado, bestial, que miraba por la ventana, vigilando desde lejos las idas y las venidas del centinela alemán, y de una mujer de unos treinta años, acompañada de su hijito. Pretendía que no era pesado lo que llevaba, que podía llevar aquella carga perfectamente, pero la verdad era que sentía gran satisfacción en poder descansar un rato. Cuando se acercaban a la casa comenzaba a sentir ya una especie de temblor en las piernas que anunciaba la fatiga. Estuvieron a la espera más de un cuarto de hora. Los tres mocetones rompían de vez en cuando el silencio con una palabra breve:

—¿Qué llevas en tu saco?
—Harina de mijo. ¿Y tú?
—Patatas y arroz.

En los intervalos seguía oyéndose el murmullo monótono de la lluvia, y el viento soplaba de vez en cuando. La noche estaba a punto de caer. La mujer cogió al niño, lo sentó en sus rodillas y suspiró como angustiada.

—¿Cómo pasaremos? —murmuró Antoinette.
—A través del canal.
—¿Me quito las botas?
—No; te harías daño. Hay vidrios… Y, a demás, hay que estar dispuesto a correr…
—¿Nos mojaremos?
—Ya nos secaremos corriendo…

El gigante pelirrojo que miraba por la ventana dejó caer súbitamente el visillo.

Cogió el saco enorme, una carga de trigo que debía pesar por lo menos ochenta kilos y se lo cargó al hombro con un impulso feroz. Trató de guardar el equilibrio, aseguró la carga con una flexible sacudida, vaciló un segundo y se precipitó hacia el exterior con la cabeza baja.

Los demás le imitaron y salieron tras él bajo la lluvia constante y fina.

El terreno descendía en una rápida pendiente. En el fondo corría el canal, de aguas pausadas y color cielo. Un vapor fétido se elevaba, señalando su curso. A lo lejos se veía un puentecillo. Por el momento no había ningún centinela a la vista. El grupo descendió al fondo de la pendiente. De todos los chamizos del caserío salían ] grupos de contrabandistas: hombres, mujeres, muchachos, encorvados bajo el peso de su carga y calados por la llovizna. En su excitación Antoinette se sentía ligera, rápida y corría alegremente a pesar de su carga, como si sus nervios tensos hubiesen doblado sus energías. Delante de ella, en cabeza, corría el pelirrojo, a quien se reconocía por su enorme saco, que parecía una montaña cargada a su espalda. Justamente tras él, la mujer del niño corría penosamente, llevando a su hijo de la mano.

Por fin alcanzaron el canal. Era un albañal abierto que servía de desagüe a las cloacas de Roubaix-Tourcoing y que atravesaba L’Espierre hasta desembocar en el Escalda. Corriente de aguas espesas y llenas de légamo, que la lluvia que caía parecía esforzarse vacíamente en lavar. El tropel de contrabandistas se precipitó en el barro. Delante de Antoinette, la mujer había cogido en sus brazos al niño para que no se mojara los pies y avanzaba por el agua con su doble carga. Antoinette la seguía. Sus pies se hundieron en el cieno y, de vez en cuando, no podía evitar un resbalón. Apenas había dado dos pasos cuando el agua ya la cubría hasta el vientre. A pesar de ello siguió andando, sintiendo cómo el agua espesa y hedionda subía por su cuerpo, rodeándola de un cerco de hierro. Temía perder pie. El barro le llegaba a las axilas y el suelo no daba todavía señales de remontar.

Súbitamente, oyó un grito en torno a ella. Un gran clamor que no acertó a comprender. Vio únicamente una mano que le inclinaba la cabeza y reconoció la voz de Annie.

—¡Agáchate!

Obedeció maquinalmente, agachando su cabeza, hasta tocar con la nariz aquella agua turbia y pestilente, cuyo fondo removía ella misma con sus pies. Algo sonó dos veces a su derecha. Levantó la cabeza, vio que una mujer tropezaba y escuchó un grito:

—¡Madre!

Todos echaron a correr con loco impulso. Los primeros alcanzaron la orilla francesa y salieron del agua. Delante de Antoinette, la mujer avanzó aún unos veinte metros, cayó de rodillas y levantó los brazos.

Se asió al hombre pelirrojo por el faldón de su blusa.

—¡Me ensucias! —gritó él. Se libró de un empujón y su carrera con la cabeza baja.
—¡Por piedad! ¡Por piedad…!

Alrededor de la mujer corrían los contrabandistas, huyendo llenos de pánico. Ella tendía vanamente los brazos, tratando de aferrarse a alguien. Y su hijito corría también de un lado a otro, gritando asimismo:

—¡Por piedad…! ¡Por piedad…!

Antoinette se detuvo. Por espacio de un cuarto de segundo permaneció vacilante, pero un golpe en la espalda la sacó de su indecisión:

—¡No podemos! ¡Aprisa! ¡Aprisa!

Annie la empujaba por la espalda. Ambas siguieron adelante, guardando en sus oídos aquel grito desesperado que se debilitó rápidamente, al alejarse. Llegaron al abrigo de un seto. Antoinette se detuvo para tomar aliento, pero Annie no le dio tiempo siquiera.

—¡Aprisa! ¡Aprisa! —exclamó, empujándola de nuevo.

Pero para Antoinette la carrera era demasiado dura. A medida que se alejaba del canal, el suelo se iba elevando. De vez en cuando se hundían en el barro hasta los tobillos. Antoinette sentía que sus fuerzas la abandonaban. Pero, cosa extraña, no eran los hombros, donde llevaba la carga, los que le dolían, sino más bien los riñones, el vientre, donde sentía un dolor desconocido, nuevo, como pinchazos y agujetas. Tenía también fatigados los músculos de su nuca. Parecía invadirle un aplastamiento progresivo de todo su ser. Su aliento era cada vez más corto, más difícil y doloroso. Un anillo de hierro parecía oprimirle los costados. Su vista se nublaba, su corazón le latía desacompasadamente, y todo daba vueltas en torno a ella. Corrió aún algunos metros, inclinada hacia delante y con los pies trabados. Luego, pareció que el saco la arrastraba y cayó pesadamente.

Le pareció hundirse en la tierra. El barro la aprisionó. Una capa fangosa cubría su rostro y todo su busto. Unicamente le quedaban libres sus piernas. El peso de una montaña parecía hundir sus hombros.

Permaneció así unos segundos, inmóvil, sin hacer ningún esfuerzo, incapaz de comprender lo que le había ocurrido, sin darse cuenta de la fuerza de aquel abrazo del barro y de aquel peso que le apretaba la nuca. Y súbitamente le faltó aire.

El instinto le impidió abrir la boca para respirar. Hizo un esfuerzo terrible para deshacerse de aquel lazo, para librar su brazo, apoyarse en sus manos, volver a encontrar aire. El corazón le latió cada segundo más apresuradamente y, en un espasmo, abrió la boca y aspiró. Una oleada de barro le entró en la boca, ahogándola, sofocándola. Tuvo algunas convulsiones, el tumulto fue poco a poco decreciendo en su interior.

Annie había seguido corriendo. Iba completamente sola. Todos los contrabandistas se habían dispersado. Tan solo un gran silencio reinaba en la llanura, cubierto solo por el rumor de la lluvia. Estaban ya fuera de peligro.

—¡Ya estamos salvadas, Antoinette!

Volvió la cabeza y no vio a nadie.

Inmediatamente se imaginó lo peor, Antoinette cogida, muerta. Y la culpa era de ella. Ella era responsable. Tendió hacia el horizonte una mirada llena de angustia. Nada. Entonces descargó su saco al pie de un sauce y retrocedió hacia la frontera.

Tras una larga búsqueda, descubrió a Antoinette tendida en el suelo, echada boca abajo con el saco sobre la cabeza. No daba señales de vida. Annie cogió el saco y lo apartó. Antoinette siguió inmóvil con el rostro hundido en el barro. Annie se arrodilló a su lado, le dio la vuelta y le limpió el rostro sucio, que tenía una rígida frialdad, como la de un muerto. Le limpió la nariz, la boca, los ojos, apretándole el pecho para hacerle exhalar un suspiro, pegándole en las mejillas, llorando, llamándola…

Poco a poco, algo indiscernible movió el largo cuerpo inmóvil que tenía entre sus brazos. Fue un soplo: la vida que volvía. Antoinette entreabrió los ojos y Annie se sintió revivir.

—¿Puedes andar? ¿Puedes levantarte?

Antoinette no respondió, tratando únicamente de levantarse y de aproximarse a su prima. Finalmente, murmuró:

—No se lo digas a mamá…

Transcurrió bastante rato antes de que pudiera tenerse en pie. Cuando al fin pudo hacerlo, preguntó:

—¿Y mi saco?
—Déjalo. Repartiremos el mío.

Echaron a andar lentamente. Antoinette se apoyaba en Annie. Así hicieron algunos cientos de metros. De pronto, Annie exclamó:

—¡Estamos cogidas!

A través de la bruma vieron aproximarse la silueta de un corpulento alemán, un enorme «diablo verde» escoltado por un perro. Súbitamente vieron brillar el cobre de su gorra en forma de media luna.

Papieren!

Ellas le tendieron sus tarjetas.

Komm!

Dio con ellas cuatro o cinco vueltas, de un caserío a otro, pues estaba de ronda. Antoinette se sentía al borde de sus fuerzas. Eran las once de la noche cuando las condujo, finalmente, a la rue de la Fosse-aux-Chenes, en Roubaix, donde encontraron en un inmenso edificio una vieja fábrica. Las hicieron subir al primer piso, conduciéndolas a lo largo de un corredor, a una sala completamente oscura y que olía a cuadra. Un soldado les dio un jergón. Ellas se acostaron una junto a otra, en aquella oscuridad que se adivinaba llena de gentes dormidas que soplaban, gruñían o roncaban sin cesar.

No se habían desnudado y sus ropas estaban empapadas. Pronto Antoinette comenzó a toser. Sentía como si la envolviera un sudario de hielo. Se apretó contra Annie para calentarse y las dos permanecieron despiertas hasta muy tarde, ateridas y tiritando. Solo cuando amanecía ya, Annie se durmió, bajo el ruido de aquella interminable tos de Antoinette.

Era una antigua nave de telares, alta y sucia, llena de jergones, de ropa vieja, de papeles y de basuras. En ella estaban presas unas cuarenta y cinco mujeres. Algunas animosas comadres, apresadas en su casa por haber escondido una cacerola de cobre o un puñado de lana, siete u ocho contrabandistas; de lenguaje rudo pero costumbres decentes, formaban el elemento sano. El resto estaba compuesto por asiduas a las tabernas, capturadas por la policía, rameras y dos o tres «princesas» evadidas del hospital antes de finalizar su cura y a las que se había castigado con tres meses de cárcel por aquella fuga. Todas aquellas mujeres se paseaban desnudas, se lavaban en conjunto sin ningún pudor —no había más que una palangana para todas—, paseaban durante el día en pantalones, con la camisa colgándoles por detrás y por la noche se acostaban juntas. Una de «las princesas» poseía un viejo fonógrafo que había podido entrar con la complicidad de un centinela. Durante todo el día asesinaba tonadas antiguas como: Les bas noirs, la Jambe de bois y otras. Bailaban por parejas. Las ventanas estaban cerradas y provistas de rejas. Habían conseguido abrir una y por ella hacían señas y lanzaban mensajes a los granujas con boina que paseaban constantemente alrededor cárcel. Algunas recibían también visitas del exterior. Las tres «princesas», mujeres sucias, malolientes, belicosas y malas, vestidas de oropeles lujosos y sucios y cuyas cabezas peladas indicaban su paso reciente por el hospital, recibían dos veces a la semana la visita de la patrona del bar donde ellas habían tenido su accidente de trabajo. La patrona estaba en buenas relaciones con las autoridades y la directora de la cárcel y llevaba a sus pupilas vino y chocolate. De paso, trataba de deslumbrar a todas las desgraciadas encerradas en aquel infierno ostentando tocados chillones, pieles y anillos. Incluso en aquellos tiempos, los traficantes de carne humana se ganaban bien la vida.

Sus visitas eran las únicas toleradas. Afortunadamente, cada mañana, a primera hora, Antoinette veía por la ventana a su madre, que acudía a verla de lejos.

Los centinelas eran los dictadores de aquella cárcel. Por su mediación se recibían del exterior paquetes, ropas y cartas.

Entre aquella bajeza, aquellos gritos, aquellas canciones y aquellas obscenidades, Annie y Antoinette descubrieron a la pequeña Ivette. Era una niña que todavía no tenía catorce años. Vivía en un patio del barrio de Fontenoy y la habían detenido una noche cuando corría en camisón a casa de una amiga que vivía al lado, dos minutos después del toque de queda. El policía, encantado de poderle jugar una mala pasada, no la había dejado entrar en su casa, conduciéndola a la cárcel en camisón. Asistía con desmayo a las escenas que se desarrollaban a su alrededor. Era la irrisión de los demás, porque estaba en camisa y no se atrevía a abandonar su jergón, avergonzada por tener que hacer sus necesidades en el balde común. Lloraba continuamente y no quería comer. Ya hacía seis días que estaba allí y todavía no había tragado más que un poco de agua, desesperada de no poder ver a su madre y negándose a probar bocado. Se aproximó instintivamente a Annie y a Antoinette. Se refugió detrás de ellas, llorando y preguntando a los centinelas si no la dejarían volver pronto al lado de su madre. Unos se reían de ella y no le contestaban. Otros, emocionados, la defendían. Por su causa se dieron algunas peleas que la atemorizaron. Para poder dejarla en libertad hubiera sido necesario pagar la multa de cien marcos que le habían impuesto. Pero su madre era muy pobre e Ivette tenía que cumplir los treinta días de arresto.

Su madre acudía cada mañana a la rue Fosse-aux-Chenes. Ivette la veía desde arriba, le hacía señas y lloraba. Había adelgazado terriblemente. Algunas le daban chocolate y galletas de sus paquetes, pero ella no quería nada; solo quería a su madre. Terminó por conmover a todos, pues llegaron a temer que muriera de hambre. Antoinette propuso hacer una colecta para reunir los cien marcos. No se recaudaron más que cincuenta y cuatro. Todas buscaron y hurgaron el fondo de sus bolsillos. Todavía faltaban treinta marcos. Ivette murió antes de que hubiesen llegado a los noventa.

El centinela acudió a recogerla y se la llevó en brazos, como una muñeca liviana, vestida aún con su camisón. Acecharon por la ventana la llegada de su madre. La vieron llegar desde el fondo de la calle. Levantó la cabeza y alzó la mano. «¡Cuatro! ¡Cuatro!». Había podido recoger cuatro marcos más. No se atrevieron a decirle nada y volvieron a cerrar la ventana. Ya se encargarían de darle la noticia aquella misma tarde.

A partir de aquel día, Antoinette empezó a preocupar a Annie. Desde el principio, asqueada por aquel bodrio no comestible que servían a los presos, se había negado a probar bocado. Tampoco sentía apetito. Había cogido frío por haber estado mojada toda la noche de su detención. A partir de entonces no le había abandonado la fiebre; temblaba continuamente y no llegaba a reaccionar. Desde fuera, Edith le había mandado algunos paquetes. Habían llegado vacíos en sus tres cuartas partes, robadas por los centinelas. Todavía les quedaban veinte días de cárcel.

La muerte de Ivette conmovió a las dos primas. Antoinette seguía tosiendo y escupiendo. Había terminado por contagiar su congoja a Annie. En sus esputos se veían pequeños hilos rojizos. Las demás comenzaron a mirarla de reojo. Las más inteligentes, las más compasivas, intentaron consolarla:

—¡No es nada, no es grave, yo he llegado a vomitar litros de sangre!

Pero se habían dado cuenta de la naturaleza de sus esputos. El pueblo teme la tuberculosis. Por eso otras, disgustadas, atemorizadas con aquel sobresalto de egoísmo animal que hace temer el posible contagio, decían a Annie:

—¡Tu compinche está tísica! ¡Que no se acerque a nosotras! ¡No queremos que nos lo pegue!

O bien se lo decían brutalmente a Antoinette.

Ella llegó a atemorizarse. Si continuaba sin dormir, sin comer, llorando, tosiendo y temblando de fiebre, terminaría mal. La inquietud que adivinaba en Annie acrecentaba su alarma. Contaba las horas y lo hubiera dado todo por salir de aquella cárcel en la que se sentía predestinada a morir como Ivette. Pero no se podía hacer nada; los alemanes eran implacables con los contrabandistas.

Así fue cómo en Annie germinó, poco a poco, la idea de pedir ayuda a Barthélémy David. De haberse tratado de ella misma, jamás se hubiera atrevido a pedirle nada. Pero lo hacía por Antoinette. Y Monsieur David se mostraba tan bondadoso con todos en L’Epeule…

Vaciló durante dos días enteros. Se habían repartido el dinero de la colecta para Ivette, y así fue cómo Annie se encontró con algunos marcos. Se los dio a un centinela, acompañándolos de una carta para Barthélémy David.


David esperaba en el gran vestíbulo de entrada. Había recibido el mensaje de Annie, apresurándose a acudir en su ayuda. Cien marcos en la oficina de la cárcel y una caja de cigarrillos para los suboficiales bastaron para conseguir sus deseos. El nombre de David y la firma de ciertos oficiales de la Kommandantur eran en Roubaix un milagroso sésamo.

Aguardaba curioso y contento, satisfecho de volver a ver a Annie, complacido por aquel asunto y, al mismo tiempo, algo incómodo. Se frotaba con impaciencia sus manazas cubiertas de anillos y no sentía el frío.

Se cerró una puerta. Oyó en la escalera unos pasos rápidos y apareció Antoinette pálida, despeinada y aturdida, arrastrando a Annie.

—Id de prisa a la oficina —les gritó David—. Firmad la hoja y salid en seguida.
—Gracias, Monsieur, gracias —gritó Antoinette.

Annie se detuvo y dijo a Antoinette:

—Ve tú a la oficina; en seguida me reuniré contigo.

Y se quedó en el corredor delante de David, mientras su prima echaba a correr como un pájaro que hubiera recobrado la libertad.

Annie estaba muy pálida y sentía un nudo en la garganta. Tenía que dar las gracias a David, era un deber. Pero le resultaba difícil. Avanzó hacia él.

—Monsieur David —murmuró con voz apenas inteligible—, me siento dichosa… Ha venido usted tan rápidamente… Es usted bueno, sí. Le pido perdón por no haber llegado a comprenderlo…

Él se compadeció de su turbación.

—Ha debido costarte mucho esta humillación, ¿verdad?
—No me ha costado, porque era para otra.
—¡Sigues tan obstinada como siempre! ¡Tan orgullosa! Yo no soy orgullosa…
—No, pero no quieres deberme nada, no quieres tener ninguna obligación hacia mí. Me pregunto si me perdonarás siquiera tenerme que deber tu libertad.
—No había atinado a pensar que también le debo mi libertad…
—¿No? ¡Bah! Estoy seguro que pensabas quedarte aquí mientras yo ponía en libertad a tu prima. ¿No es verdad? ¡Confiésalo!

Ella se echó a reír, sin atreverse a reconocer que, efectivamente, había tenido aquel pensamiento.

—Veamos, Annie —dijo David—. ¿Qué es lo que yo te he hecho? Te estás portando como una orgullosa. Rehúsas todo lo que te ofrezco y procuras librarte de toda deuda hacia mí como si eso hubiera de pesarte demasiado. ¿Me tienes miedo? No te pido nada, lo que hago es por mi propia satisfacción, por la amistad que te ofrezco. Estoy pagado de antemano. No quiero decirte que me gusta hacer el bien, porque entonces parecería que represento el papel de protector, y eso me disgusta. Y también parecería que te hago alguna limosna. No. Simplemente, me causa una alegría darte un poco de felicidad, porque eres valiente y te lo mereces. Soy así. ¿Por qué rechazas lo que te ofrezco? Protejo a mucha gente. Distribuyo dinero a personas que apenas conozco y pago diez francos de pasteles al primer rapazuelo que veo extasiado delante del escaparate de una pastelería. Y tú…, tú…
—No puedo, Monsieur David —dijo Annie—. No puedo, es imposible.
—Pero ¿por qué?
—Usted es rico y yo no tengo nada. Mi única fortuna es ser honesta, ser conocida como honesta. Es la única oportunidad que tengo para ser feliz más adelante. Mi dote es mi honestidad. Y ¿qué dirían las gentes, qué pensarían de mí, perdóneme si mis palabras le hieren, Monsieur David, el día que se supiera que usted me socorre, que se preocupa por mí? Para no preocuparse por eso, hace falta…, hace falta amar…, ¿no es verdad? —Se interrumpió, sin saber cómo continuar. Repitió con cierta turbación—: ¿No es verdad…?

Le miró y él intentó evitar su mirada. Tenía el ceño fruncido, los ojos bajos y el aire sombrío. Levantó la cabeza lentamente. La cogió de la mano. En su rostro de rudas facciones, de aventurero ahíto de placeres y de luchas, se reflejó un cierto malestar, una cierta preocupación. Sus ojos brillaban intensamente. Con voz ronca y baja, avergonzada, que quería ser ingenua, sin conseguirlo, y en la que se advertía algo como una vaga esperanza, dijo:

—Y soy demasiado rico y demasiado viejo para que se pueda amarme, ¿verdad?
—Esas cosas no cuentan…
—Pero, en fin, ¿cuál sería el obstáculo?
—Nada. No lo sé. El caso es que un hombre como usted, Monsieur David… En fin…
—¿Demasiado viejo? ¿Demasiado rico?
—Usted no es demasiado rico. Es…

Reflexionó un segundo, vaciló y, finalmente, halló la palabra:

—Usted es demasiado feliz…
—¡Demasiado feliz!

La respuesta le dejó estupefacto. Él, descontento siempre, insatisfecho, constantemente en busca de la novedad y el cambio, huyendo sin cesar de la soledad moral, del aburrimiento, del vacío de una existencia fastuosa e inútil, tenía que oír que era demasiado feliz. Vio en sus palabras una ironía que ella no había puesto.

—¡Demasiado feliz! ¡Es divertido! Además, no veo por qué…
—Sí. Todo ese bienestar me impediría amarle. En el fondo, creería darle a usted mucho cuando en realidad no podría darle nada. Y eso me heriría, me haría daño. A pesar de todo, tengo la impresión de que a la persona que amase podría darle afecto, valor, mis propias fuerzas… Y eso ya vale algo. Pero un hombre como usted nunca podría apreciar eso. ¿Me comprende? Tuve un tío del que acaso le haya hablado a usted, Monsieur David. Era ciego. Ha muerto ya. Mientras vivió procuré hacerle un poco de bien, cuidarlo como pude… Estoy segura de que me hallaría más cercana a un desgraciado que a usted. ¿Verdad que es estúpido? Me doy cuenta… Pero para alguien así lo sería yo todo, me vería como me veía mi tío, a quien yo llevaba alivio y socorro; no podría pasarse sin mí y sería como un hijo mío, hasta llegaría acaso a amarle… Pero nunca podría amar a quien lo tuviera ya todo, a quien no me estuviera permitido dar nada… Nunca pasó por mi cabeza el pensamiento de unirme a un hombre como usted. Después de todo, Monsieur David, ¿por qué iba a amar a un hombre como usted? Parecería que me lo daba todo, y eso es lo que pensaría la gente.

Hizo un gesto tan singular que él no pudo menos que sonreír.

—Es la primera vez que ser rico me aleja de una mujer. ¡Es estúpido! Estoy seguro de que serías capaz de mojar a alguien solo por el placer de secarle después.
—¡Oh! ¡No le deseo a usted nada malo…!
—Muchas gracias. Supongo que, a pesar de todo, seguiremos siendo amigos, ¿verdad?
—Claro que sí, Monsieur David.
—¿Me has perdonado ya aquel estúpido asunto, aquella vieja historia? ¿Sabes a qué me refiero?

Ella sonrió, un poco avergonzada.

—No volvamos a hablar de ello. A partir de hoy, ni siquiera me acordaré.


David volvió lentamente a su casa. Iba con la cabeza baja, a un tiempo disgustado y contento. ¡Demasiado feliz! Las palabras de Annie seguían sonando en sus oídos. Le había sorprendido y chocado considerablemente. Siempre se había sentido insatisfecho, y la existencia no había apagado jamás en él el anhelo de algo más. Detrás de la iglesia de Saint-Martin se cruzó con un grupo de gente. Le dieron los buenos días. En Roubaix era famoso aquel rostro bilioso, rudo y de anchos rasgos, aquella mirada dura e insolente, aquel paso balanceante y tranquilo y aquellos hombros anchos que habían llevado el fardo del faquín y el bulto del contrabandista. A los saludos, David respondió con un gesto y un gruñido. Seguía pensando en las palabras de Annie. A pesar de todo, no podía lamentar ser rico, fuerte y poderoso. ¿No prefería el dominio más que a nada en el mundo? Y, sin embargo, era posible que aquel poder le impidiera conocerlo todo, le privara de una parte de la existencia, de un campo inmenso de sentimiento, de pasión, de vida prodigiosamente nueva y tentadora. ¿Acaso no sentía ya una verdadera ternura al hacerse aquella confesión que hasta entonces había tratado siempre de ocultarse a sí mismo? ¿No hubiera logrado aquella ternura en aquella sinceridad que le producía verdadera alegría y aquella satisfacción vital por cuya conquista se afanaba desde hacía tanto tiempo en un gigantesco e inútil acoso?

Hubiera sido apasionante y conmovedor haber rehecho una vida sobre aquellos cimientos.


III

A finales de invierno, Félicie Laubigier sintió muy próxima la muerte. Sus fuerzas habían llegado al límite y ni siquiera abandonaba ya la cama. Su hija Jacqueline la cuidaba. Todas las noches caía en un espantoso delirio y trataba de perseguir a su pequeña, que tenía que huir al patio y llamar a su tía Flavie. En aquella casa ya no se vivía ni se comía. Camile deambulaba por las calles, robando a los alemanes y haciendo mil fechorías que en una ocasión le habían llevado a permanecer tres noches en una cárcel donde los «diablos verdes» le habían obligado a limpiar de hierbas el patio. Alain había desaparecido por completo y no se sabía ni una noticia de él. Si las cosas duraban, pronto Camile y Jacqueline alcanzarían la edad de trabajar para el enemigo y Félicie moriría si los dejaba solos. Y la guerra no llevaba trazos de terminarse nunca.

Tenían que decidirse a partir hacia Francia. Mucha gente evacuaba sus hogares, marchándose del Norte y abandonándolo todo para regresar a «Francia». Pues allí nadie se creía en Francia. Félicie se resignó a dejar que se marcharan Camile y Jacqueline. Esta tenía trece años y la madre le confió el cuidado de su hermano menor.

Se fueron una mañana de marzo, a las cinco, después de una dolorosa despedida. No esperaban volver a verse nunca más. Jacqueline y Camile fueron hasta la estación, por la rue de l’Ouest. Había allí mucha gente, grupos de evacuados cargados con sacos y con vajillas. Hacía frío. Los agruparon en un inmenso cobertizo. La estación, inmensa y muerta, tenía un aspecto siniestro.

Los evacuados sufrieron un registro minucioso. Tuvieron que desnudarse de pies a cabeza y entregar todos los papeles impresos, todas las cartas, todos los objetos de oro.

—Se los devolverán después de la guerra —prometieron los alemanes.

Después recibió cada cual un pan. Pasó otro alemán, suspendiendo al cuello de cada expedicionario un cartón numerado. Luego salieron al andén, donde ya estaba el convoy de vagones de portezuelas abiertas. Llegaron más alemanes, acompañando a mujeres francesas y despidiéndose de ellas. Había una que estaba encinta y se colgaba a su amante, un corpulento bávaro. Sollozaba y gritaba que no quería marcharse. Él tubo que subirla al vagón, desasirse de su abrazo y marcharse, sin volver siquiera la cabeza. Otra conversaba con dos soldados, diciéndoles con una sonrisa: «Después de la guerra, sí, después de la guerra…». El resto del grupo, un conjunto de mujeres delgadas y con aspecto doloroso, niños débiles, una cohorte de famélicos en cuyas caras se reflejaban la miseria y el sufrimiento, contemplaba aquellas escenas en silencio.

Únicamente los soldados alemanes tenían acceso a los andenes. Las familias de los evacuados, amontonados en las verjas de la estación, se contentaban con hacerles señas de lejos.

Subieron al tren. El pequeño Camile estaba maravillado. Era la primera vez en su vida que viajaba. Los coches eran cómodos, pues el último año de la guerra, los alemanes, menos seguros de la victoria, trataban mucho mejor a los evacuados, y ya no les transportaban en vagones de ganado, sino en coches de segunda y tercera clase. Tuvieron el tiempo justo de acomodarse, colocar los paquetes y el tren se puso en marcha en dirección a Tourcoing. A lo largo de la vía férrea, encajonada entre vallas y el Puente del Alma, se apretujaba una multitud que de lejos agitaban los brazos en señal de despedida a los suyos: «¡Adiós! ¡Adiós!». El tren se hundió en la gran zanja de la calle de Cassel y desapareció. Las primeras horas fueron muy cortas. Había mucho que hacer, paquetes que ordenar y disposiciones a tomar durante el viaje. Camile iba de ventanilla en ventanilla, lanzando exclamaciones de alegría. Jacqueline había reconocido en un rincón del vagón a su vecino Semberger, que había conseguido hacerse evacuar como enfermo. La gente le miraba de soslayo. Nadie dudaba de que habría pagado a los alemanes una fuerte suma para poderse marchar, pues no dejaban partir tan fácilmente a los hombres útiles. Por eso, todo el mundo recelaba de Semberger y le decían:

—¡Qué hombre tan fuerte…! ¡Ya le arreglaremos las cuentas en Francia!

Él escuchaba los comentarios y hacía cuanto estaba a su alcance para ser útil, colocando las maletas en las redes y distribuyendo pedazos de salchichón alemán, como si quisiera recabar el perdón de los que le rodeaban. Pronto empezó a cantar, echando mano de todo su repertorio. Los emigrantes corearon sus canciones. Al probar bocado, y con las canciones, el ambiente se tornó alegre. Así pasó la tarde mientras el tren, echando sucias volutas de humo, corría por inmensas llanuras desnudas.

Al anochecer, fueron enmudeciendo uno tras otro. La tristeza de la noche invadía las llanuras y las almas. Todos estaban cansado. Jacqueline y Camile miraban por la ventanilla. Camile seguía con la mirada una gran nube blanca que la puesta del sol enrojecía. Se la indicó a Jacqueline, exclamando:

—Mira aquella nube; quizás esté sobre Roubaix.

Y el pequeño se echó a llorar a lágrima viva. Su desesperación, se contagió a todo el mundo. Parecía que hasta aquel momento no se habían dado cuenta del alcance de la aventura en que estaban metidos, de aquel éxodo, de aquel destierro, lejos de su país, al que, sin duda, no verían nunca más. Todos lloraban. Fue preciso que el gordo Semberger combatiera aquella desesperación, entonando con todas sus fuerzas sus canciones más divertidas. La alegría volvió a invadir el vagón. Se habían encendido las lámparas. Mientras la gente cantaba con más buena voluntad que alegría, los soldados que componían la guardia del convoy irrumpieron en el vagón y dijeron:

—Van a apagar las lámparas. El tren pasa cerca del frente. Queda prohibido hablar y encender luces.

Un instante después estaban sumidos en tinieblas.

A velocidad muy reducida el tren avanzó en la oscuridad. No se escuchaban cañonazos, únicamente a la izquierda, muy cerca, se divisaba una línea rojiza en la que de vez en cuando se producían iluminaciones, las grandes claridades multicolores de las bengalas. La gente murmuraba entre sí:

—El frente, el frente…

Con el corazón metido en un puño, los evacuados contemplaban aquel horizonte tan próximo, infierno de tantos hombres.

Aquello duró media hora escasa. Finalmente, el tren se alejó, hundiéndose en la oscuridad. Las lámparas volvieron a encenderse, la gente empezó a prepararse para pasar la noche. Los niños fueron cuidadosamente colocados en las redes del equipaje y los enfermos acomodados en los asientos. Semberger, en su afán de ganarse voluntades, se instaló en los retretes.

Al mediodía del siguiente llegaron, a un pueblo de las Ardenas. Los valerosos belgas aguardaban con entusiasmo a los evacuados franceses. ¿Cómo habían podido saber los habitantes de aquel villorrio perdido que había en el convoy dos niños solos? Y, sin embargo, lo sabían. En los andenes todos reclamaban: «¡Los dos huérfanos! ¡Los dos huérfanos!». Jacqueline no comprendió en seguida que se trataba de ella y de su hermano. Fueron recibidos en la Alcaldía como los demás. Les dieron de comer patatas, carne y otros alimentos extraordinarios. En plena comida, Camile pensó de nuevo en su madre y se sintió presa de una crisis de lágrimas que conmovió a todo el mundo.

Estuvieron un mes en aquel pueblo. Los alemanes imponían aquella espera a todos los evacuados para impedirles que a su llegada dieran ningún informe. Se les daba su racionamiento. Jacqueline, como una mujercita, iba a buscarlo y revendía la manteca para tener un poco de dinero. Los evacuados se alojaban en la casa del pueblo. Era curioso que aquella gente se hubiera habituado ya a vivir allí y tuviera sus amistades y sus amores. Aquella a quien dos soldados habían ido a despedir a la estación vivía en casa de un viejo granjero. Había hecho la conquista en seguida. Le había cuidado, lavado y pulido. Le lavaba también los bolsillos, aprovechando con notable acierto aquella corta estancia. Otras coqueteaban con los alemanes, Jacqueline y Camile vivían en el primer piso de una fonda, donde se bailaba los domingos. En el entarimado de la habitación había un agujero que servía para echar los anillos de las palomas mensajeras los días de concurso. Por allí Camile contemplaba cómo bailaban las mujeres con los alemanes. El corpulento bávaro que había despedido a su amante en la estación de Roubaix, acudía a verla todas las noches.

Al cabo de un mes volvieron a partir alegremente, aunque en el fondo todos lo lamentaban. El hombre echa raíces pronto en cualquier lado.

El tren solo avanzaba de noche. Durante el día, permanecía arrinconado en cualquier estación de pueblo, esperando que llegara la noche. Los alemanes no querían que los evacuados vieran Alemania. Atravesaron Luxemburgo, donde les sirvieron sopa. Al amanecer reconocieron Estrasburgo. Jacqueline entrevió al pasar sobre un viaducto, una calle interminable, al final de la cual se alzaba, alta y severa, la catedral. Luego, el tren franqueó el Rin por un gran puente. Se detuvieron un poco más lejos, porque ya clareaba el día. Allí se vieron asaltados por grupos de prisioneros rusos. Les echaron restos de comida y ellos se abalanzaron a recogerlos como lobos hambrientos.

Atravesaron Alemania en las tinieblas, sin ver nada. Durante el viaje todos dormían. Se despertaron solamente hacia las dos de la madrugada, cuando el tren se detuvo en Offenburg. Corrió el rumor: «¡Suiza! ¡Pronto entraremos en Suiza!». Tuvieron que descender y sufrir un último registro. Después les dieron café caliente servido por unas mujeres alemanas que se mostraron muy amables. Desde la partida de Roubaix no habían tenido queja alguna de los alemanes. Parecía que querían hacerse echar de menos. El tren reanudó la marcha, al amanecer.

Atravesaron espléndidos paisajes, grandes valles entre lejanas cadenas de montañas de cimas agudas y cubiertas de nieve, bosques, torrentes rápidos, desfiladeros agrestes, cañadas; algo que la gente de Flandes no hubiera podido imaginar nunca. Llegaron a Basilea bajo un vivificante sol de primavera, penetraron en una inmensa estación de una limpieza magnífica, empavesada con banderas francesas y donde les esperaba una multitud que agitaba banderitas. El tren se detuvo entre un clamor de alegría y de bienvenida. Descendieron y fueron acogidos con entusiasmo. Los soldados alemanes permanecieron en el tren, al que cerraron las portezuelas. Un jefe de estación ató las empuñaduras de las puertas, sellándolas. Los evacuados tuvieron la sensación de que a partir de aquel momento eran los alemanes prisioneros, como ellos lo habían sido antes. Les amenazaban con el puño, los insultaban, se burlaban de ellos, vengándose de cuatro años de tiranía.

Los suizos acogieron espléndidamente a los evacuados franceses. Baños tibios y comidas copiosas y delicadas. La pobre gente lloraba mientras comían aquellos manjares. Subieron a un tren lujoso, una especie de salón rodante en el que se instalaron cómodamente mientras avanzaban a través de cordilleras, valles, gargantas y lagos. En el tren, las enfermeras suizas les daban explicaciones. Les mostraban soldados franceses internados, diciéndoles:

Poilus!.

La expresión les sorprendió No conocían el término. La barrera había sido tan hermética que la palabra no se difundiría en el Norte hasta después de la liberación.

La hospitalidad de los franceses hacia sus compatriotas no pudo compararse con la acogida que les habían dispensado los suizos. Se dieron cuenta de ello a su llegada a Evian. Los servicios administrativos encargados de la recepción de los evacuados estaban agobiados de trabajo. Habían visto demasiadas miserias, demasiadas calamidades y la emoción y el entusiasmo del principio, estaban desvanecidos. Los evacuados ya no eran nada singular. Recibieron al convoy como habían recibido a los demás, fríamente, sin prestar atención. Separaron a los hombres de las mujeres y a los muchachos de las muchachas. Era lógico, mas para Jacqueline y para todo el mundo fue doloroso. Ni los alemanes ni los suizos habían sido tan brutales.

Los evacuados tuvieron que sufrir humillantes revisiones médicas. Era normal, debido a la gran cantidad de sarnosos, tuberculosos e incluso de sifilíticos que habían llegado del Norte. Era necesario hacer una limpieza de todo aquello. Mas para los desgraciados que eran objeto de aquellas vejaciones al entrar en la madre patria, a la que tanto amaban y habían echado de menos, la prueba resultaba penosa. A Jacqueline le quitaron todo el dinero que llevaba en bonos municipales. No pudo oponer resistencia, aunque no por ello dejó de molestarse. Su madre le había dicho que nunca se separara del dinero.

Después perdieron los equipajes en el hotel. Reinaba allí un gran desorden y desaparecieron muchos paquetes y maletas. Entonces se acordaron de los alemanes, de su inimitable administración y de su organización perfecta. Por lo menos, ellos no habrían perdido los equipajes. Tuvieron que reconocer sinceramente las grandes virtudes de aquel pueblo y se olvidaron por completo de denunciar al gordo Semberger.

Tras unas semanas de estancia en Evian y, después en Lyon, en el parque de la Tete d’Or, los pequeños Laubigier fueron reclamados por una anciana de Bellevillesur-Gaone, que se llamaba Madame Andive. Jacqueline, que escribía muy bien, había sido acogida con cariño por el director de los repatriados. Gracias a él, había obtenido un pequeño empleo en la oficina. La protegía y la apreciaba. Diariamente, el pequeño Camile, que se sentía muy desamparado en el parque de la Tete d’Or, acudía a visitar a su hermana, con la bufanda atada a la cintura, el pelo revuelto y el espíritu ardiente por una batalla librada contra un lionés u otro. Jacqueline se desesperaba, al ver que estaba faltando a su promesa de no separarse de él.

Un día le avisaron que su hermano estaba enfermo y que no iría aquel día. En Lyon hacía entonces estragos la «gripe negra». El director le dijo que no era nada grave, pero sí contagioso, y que Camile no podría acudir en algunos días. Jacqueline se sentía llena de angustia y apenas pudo contener la impaciencia que tenía por verlo.

Un mediodía llegó a la oficina de los repatriados una viejecita de aspecto muy modesto, pero cuidado. Se anunció a sí misma con voz aflautada:

—Soy Madame Andive.

El director se adelantó hacia ella, y Jacqueline, un poco avergonzada, se levantó torpemente.

—Vengo a buscar a la señorita Laubigier y a su hermano.
—Muy bien, Madame —dijo el director, con una sonrisa— aquí está su pequeña protegida…

Jacqueline dio tímidamente unos pasos. La anciana dama la contempló con asombro.

—!Pero si es una niña! ¡Una niña! Yo pedí una muchacha. ¿Qué quiere usted que haga con una niña? Soy demasiado vieja; no puedo. Y, además, su hermanito…

El director le habló en voz baja. Lo que dijo hizo impresión en Madame Andive. Se marchó sonriente, después de decir que aceptaría a Jacqueline en cuanto el director le diera permiso, pues se acostumbraba hacer un informe muy estricto antes de confiar un niño a manos desconocidas.


El pequeño Camile estaba acostado y deliraba. Se había mantenido en pie hasta el último instante, resistiendo la enfermedad para no tener que dejar de acudir a la oficina para ver a su hermana. Pero llegó el momento en que no pudo más. Todos creían que iba a morir. Madame Andive era una buena persona, aparte de la confusión a que se prestaba su nombre de ensalada y por lo que se hacía llamar Ondive. Su corazón se emocionó a la vista de aquel pequeño que no conocía y que estaba a punto de morir. Permaneció a su cabecera durante toda la tarde. De vez en cuando, al alejarse las enfermeras, sacaba de debajo de sus enaguas una botellita aplastada y hacía beber a Camile un buen trago. Aquello olía a coñac y ardía terriblemente.

Camile siempre pretendió que aquel coñac era lo que le había salvado.


Vivían en Belleville-sur-Saone, en casa de la vieja Madame Ondive. Camile iba a la escuela y se peleaba con los demás compañeros, que le llamaban «el boche del Norte». Destrozaba innumerables pantalones y Madame Andive se asombraba de sus instintos destructores. Su apego era mucho por Jacqueline y hubiera querido verla siempre a su lado. No había tenido hijos. La vejez le hubiera sido más dulce en compañía de aquella pequeña, buena, dulce y animosa. Pero Jacqueline y Camile no olvidaban a su madre ni a Alain, de los que no habían sabido nada más y que quizás estaban ya muertos. Por las noches se escondían en un rincón del jardín, donde hablaban de Roubaix y lloraban a sus anchas.

Jacqueline, en su calidad de «cabeza de familia», tenía que presentarse a cobrar la asignación y recoger el racionamiento de su hermanito pequeño y el suyo. Como era tan joven, tan pequeña, el cajero le había tomado también afecto y se burlaba dulcemente de ella, llamándola muy serio «cabeza de familia».

(Continuará...)

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