EL SALÓN DE LOS RECHAZADOS (I)

Fernando Morote

Portrait of a Man Writing in His Study (1885)-Gustave Caillebotte






Hola, familia. Mi nombre es Eugenio y soy un escritor rechazado.

Empecé a publicar en la época que se imprimían 1000 ejemplares y te los entregaban todos para que los repartieras por tu cuenta. El primer libro, a pesar de ser muy breve, me costó una pequeña fortuna.

En esos años algunas preocupaciones no me dejaban dormir. ¿Seguía siendo una promesa de la literatura o me había convertido ya en una realidad? ¿Debía escribir historias sobre personajes o situaciones conflictivas? ¿Cómo podía hacer para figurar entre los mejores escritores menores de 40 años? Por lo menos una de las metas había sido cumplida: publicar mi primer libro antes de los 30.

Una intriga que me perseguía en todo momento era cómo atraer la atención masiva de lectores y comunicadores. Ser profesor universitario se presentaba como una opción válida. Otras alternativas eran obtener un doctorado en el extranjero o meterme a columnista o entrevistador.

Nadie duda de que publicar significa exponerse. Pero encontrar editor es como vender aspiradoras de puerta en puerta. Ustedes saben mejor que yo lo que uno tiene que hacer para ver su libro en circulación, ¿no es cierto?

He intentado de todo para llamar la atención. Estuve incluso dispuesto a posar sin ropa y mostrar cierta particularidad de mi cuerpo desnudo para subir la fotografía en una de mis cuentas. Pero, ya que he vivido siempre alejado de lo que se conoce como el mundo intelectual, me pareció una exageración. A sugerencia de un amigo comprendí que no todo podía ser exigencia interna, debía insertar una cuota de rigor externo, motivo por el cual aborté la misión.

Confundía los conceptos. No era un escritor de culto, como me forzaba a creer; era sólo un escritor desconocido, ignorado. Disfrazar la realidad, transformarla en algo decente que se pudiera admirar, era un asunto de vida o muerte para mí. Sentía que debía rodearme de todos los signos exteriores que dijeran que era un escritor. Me mandé a hacer unas tarjetas de presentación con un diseño muy colorido. Ocupaba mi tiempo y mi energía participando en ferias de libros. Viajaba grandes distancias con mi propio peculio y hasta encontraba la forma de dirigir mesas redondas. No perdía oportunidad de tomarme fotos con otros autores, sonreír a la cámara y mostrar mi libro con ambas manos.

En algún momento llegué a pensar que escribía para ayudar a las personas a que cambiaran su forma de pensar. Por supuesto que cambié mi forma de pensar cuando leí “El filo de la navaja”, pero dudo mucho que Somerset Maugham haya escrito su novela con la intención de iluminarme.

Lo que más me atrae de algunos autores es la pulcritud que emplean en lo formal. El uso que hacen de la puntuación, de la sintaxis, de los sinónimos, contrasta abismalmente con el contenido de sus textos, que en muchos casos son una violación en todos los sentidos. Sin dejar de mencionar los títulos de sus obras, que reflejan con claridad su carácter.

Para ser escritor se necesita desplegar algún tipo de astucia a la hora de contar algo. Me gustan los escritores que no suenan como instructores de literatura. La cuestión es escribir sin ataduras ni alucinaciones. Naturalmente siempre habrá alguien que celebre y alguien que censure. La forma es tan importante que resulta siendo lo de menos. Es una de las contradicciones que más sentido tiene.

Es crucial ser leal con uno mismo, aunque eso implique conflictos con otros. El que menos debe hablar de su libro es el propio autor. Las estrellas precoces, en su mayoría, son fugaces.

Uno de mis parientes quiso saber un día de qué tratan mis libros, cómo los he escrito y en qué me he basado para hacerlo. ¿Qué podía decirle? Un compañero escritor en otra ocasión me cuestionó diciendo si había pensado en mis lectores al momento de escribirlos. “¿Qué quieres decir con eso?”, le pregunté a manera de respuesta.

El buen humor es lo que me rescata de la locura de la seriedad. Realmente escribo sobre lo que quiero escribir. Aunque eso me deje fuera del sistema. Nunca sabré con certeza si es un marcado rasgo de terquedad o un leve signo de perseverancia. Lo que pasa simplemente es que no me interesa mucho cuidar o guardar las formas sino revolverlas. Vivo de lo que escribo, no material sino existencialmente. Ser escritor implica que mi atención está en contar historias, no en ganar dinero. Sufro un insomnio que no es enfermo sino creativo. Tengo demasiado interés, sangre y energía puestos en lo que escribo como para dormir plácidamente. Aun así, necesito descansar, poner mi mente en reposo. En ese proceso es saludable encontrar un grado de oposición. Eso me permite apreciar con mayor claridad lo que estoy haciendo, cómo lo estoy haciendo y por qué lo estoy haciendo. Puedo hacer concesiones, cambiar ciertas partes y ajustar otras. Estoy abierto a recibir y seguir sugerencias cuando las considero apropiadas. Pero cuando tocan el nervio que me identifica, no puedo hacer lo mismo. ¿Cerrado y torpe? No lo niego. Sé dónde está mi marca y dónde la pongo dentro de mis textos. Una cosa es adaptarse; otra, prostituirse.

No soy un escritor exitoso. Sólo soy un señor que escribe. He cometido todos los errores que se supone un escritor debe cometer en cada etapa de su carrera. Solía decirme, y decir a los demás, “soy un perfecto desconocido, nadie me publica ni siquiera un microrrelato”. ¿Cómo quería atraer lectores con esa mentalidad? Nadie te lee porque siente pena de ti.

(Continuará…)

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