Invasión (VI)

Maxence Van Der Meersch






CAPITULO IV

I

Eran casi las cinco de la tarde cuando Isidore Duydt se encaminaba presuroso hacia el cabaret «Bac á Puces». Corría el verano de 1916. Hacía algunas semanas que Zidore se había evadido de la cárcel de la rue de l’Hospice, donde no había estado más que unos quince días en compañía de Alain Laubigier.

Caminaba arrastrando sus alpargatas hechas jirones, con la gorra inclinada sobre la frente, la mano derecha apoyada en el cinturón y el estómago vacío. Por fanfarronería, y a pesar de que la hora no era de las más propicias, afectaba un andar marcado, escupía de lado y contemplaba con insolencia a las muchachas. Y algunas de ellas volvían la cabeza para mirar a su vez a aquel rostro pálido y redondo iluminado por un par de ojos muy azules y sembrado de las agujas de una barba rubia y mal afeitada.

No cabía ninguna duda de que el muchacho había comenzado valerosamente. Sin querer imitar a su hermano, que vendía el oro al enemigo, había rehusado también inscribirse en las listas alemanas. Se había echado al campo, robando víveres, dedicándose al pillaje y saqueando los camiones alemanes. Luego, el trato frecuente de pillos y granujas le había contagiado. En el fondo era un poco víctima de su propio heroísmo. Había muchos como él.

No probaba bocado desde hacía dos días. La víspera había estado jugando a las cartas en la taberna del «Piojo Volador». Debía al Calabaza cincuenta francos. Había vuelto a su casa borracho, y enfermo y durmió de un tirón hasta las tres de la tarde. Luego, se levantó y buscó en vano algo que comer entre el baratillo de objetos de la tienda de su padre. El viejo Duydt compraba y vendía de todo. En su casa podía hallarse una botella de aceite —cosa rarísima— al lado de un cartapacio escolar, unos libros junto a unos candiles, un litro de «pernod», una pierna articulada para enfermo, tisanas, patatas, hornillos de gas y papel para cartas, unido todo ello a un inimaginable revoltillo de paños, de muebles viejos, de trapos, de libros usados y de cacerolas agujereadas: todo lo que no se fabricaba ya, todo lo que faltaba, todos los restos de una anteguerra pródiga, estaban en poder del viejo Duydt. Como los mayores se habían rebelado contra la tiranía paterna, aquel enviaba a sus hijos menores a pasar mercaderías a través de la frontera y robar incluso. Etienne y Léonie se habían marchado desde hacía algún tiempo, y Zidore, hambriento, trabajaba por su cuenta, después de haber comprendido, él también, la inimaginable codicia de su padre.

Aquel día se cruzaron entre Zidore y el viejo Duydt algunas palabras ofensivas. El padre sabía bien que Zidore, cuando remoloneaba de aquella manera por la tienda, no hacía en realidad más que buscar su pan para cortarse una rebanada. Pues en la familia acostumbraban robarse los unos los otros. No le quitó el ojo de encima, y Zidore, viendo la imposibilidad de llevar a cabo sus intenciones, tuvo que marcharse. Tenía un hambre horrorosa y, además, necesitaba cien francos: Georgina, su amante, necesitaba dinero.

La había conocido en un salón de boxeo. Zidore era de estatura baja, pero muy fornido. Poseía una fuerza muscular considerable y como frecuentaba los tugurios y lugares donde la fuerza era reina, fue bien pronto temido y buscado. Aficionados, antiguos deportistas venidos a menos, todo aquel mundo sospechoso que gravitaba alrededor de los salones de lucha, le aconsejaron boxear. Le enseñaron los rudimentos y lo presentaron en el «ring». El jovenzuelo, bajo y obstinado, acostumbrado al trabajo de la mina, tenía una resistencia sorprendente. Se hizo un cartel, ganó dinero, le admiraron las mujeres y conquistó una fácil popularidad que realzaba aún más su condición de insumiso. A los dieciocho años no tenía mal tipo, cabeza redonda de granuja, ojos azules y cándidos, así como una especie de corta barba que rara vez se afeitaba. Cantaba con gracia y tocaba un poco el acordeón en compañía de su amigo Olivier. Las mujeres eran fáciles para él. Y así había llegado el momento en que llegó a aceptar de las mujeres un poco de dinero, dejarse pagar los viajes o los alojamientos. Se fue deslizando suavemente por la pendiente. Después conoció a Georgina. Una mujer de treinta y cinco años, a la que se unió ferozmente. Y por ella, más que nada, se lanzó aquel día a la calle. Le había prometido cien francos. Los buscó con ahínco. Su hermano Etienne, el jorobado, que se dedicaba al cambio de oro, se los negó. Era personaje muy influyente. Vivía en la rue de L’Epeule, en una gran vivienda que había habilitado como oficina. En la placa de cobre de la entrada se leía «Cambio Internacional».

Y debajo un letrero manuscrito con el sello imperial: «Esta casa está bajo la intervención de la autoridad alemana».

Semejante talismán la hacía prácticamente inviolable, y se decía que Etienne había llegado a expulsar hasta al propio comisario central de Roubaix, que pretendía hacerle un registro. Bajo la égida de las autoridades alemanas, Etienne se dedicaba a un tráfico absoluto. Compraba oro, acaparaba valores franceses y los entregaba a los alemanes para sus compras exorbitantes. Etienne, el jorobado, había dejado de existir para convertirse en Monsieur Etienne. Era pequeño, contrahecho, con la piel escamosa, tenía hocico de ratón y ojos brillantes y penetrantes, y siempre iba bien vestido, disimulando su joroba bajo un amplio abrigo de corte «raglán». Era hábil, misterioso y estaba dispuesto a servir constantemente a sus clientes. Toda la familia Duydt contemplaba con estupor y orgullo a aquel jorobado que con tanta rapidez había logrado escalar las cimas de la riqueza, llegando a convertirse en una persona influyente.

Zidore no había sabido pedirle dinero. En vez de hablarle de Alicie, la mujer de Etienne, que había huido, y por cuyo nombre el jorobado quedaba en suspenso, le había pedido inocentemente los cien francos de buenas a primeras… Etienne, avaro, se había negado fríamente.

Pero Zidore los había conseguido en casa de su hermana Léonie. La casa estaba situada en la calle de Dammartin y era señorial. Resultaba grotesco ver a la muchacha en tal ambiente. Antes de la guerra, unos grandes comerciantes de lanas habitaban el inmueble. Pero luego huyeron a París. El amante de Léonie, un capitán agregado a la oficina de la Kommandantur, le cedió generosamente su usufructo, y ella, la hija de unos mineros, que apenas sabía escribir, grosera y basta, vivía en un marco suntuoso. Pero no era ella la única que hacía tal cosa. Desde la guerra, muchas mujeres de vida ligera se hacían la ilusión de que sus sueños eternos de vivir en un lujoso ambiente se habían hecho realidad.

Una criada le abrió la puerta. Zidore pisó con sus alpargatas las alfombras persas de un magnífico salón. Léonie apareció en seguida. Era alta, delgada, nada agraciada, de facciones afiladas como las de Etienne y los ojos ardientes y febriles, que la transfiguraban.

Devoraba la vida, malgastaba apasionada y vertiginosamente, pero sin dejar por ello de mostrar su carácter bondadoso. Acogió a su hermano con los brazos abiertos. Había bregado mucho, como todas las hijas mayores de las familias humildes, y profesaba a Zidore un afecto maternal. Le enseñó sus muebles, le invitó a beber jerez y pidió prestados para él cien francos a su criada. El aspecto de Léonie era deplorable y se echaba de ver que no le duraría mucho aquella vida. La tuberculosis la devoraba.

Zidore regresó a L’Epeule y al «Bac á Puces». No había dormido aún. Pero su alegría le hacía olvidar hasta el hambre. Andaba con rapidez. Pensaba en Georgina y los cien francos que le llevaba. Debía cincuenta francos al Calabaza, pero ya esperaría. El estómago de Zidore se despertó delante de una pastelería. Pero él continuó su camino. ¿Cambiar el billete? ¡Nada de eso! Georgina se pondría muy contenta cuando le viera llegar.

La había conocido bailando, después de un combate de boxeo, en el cabaret «Bac á Puces», el mayor de L’Epeule. Tenía veinte años más que él y se prendó de él y se prendó de su juventud, de su fuerza y de aquella especie de candor que le hacía aún más encantador, a pesar de sus asomos de vanidad, de pedantería y de orgullo que le habían dado su triunfo como boxeador y luchador. Encontró divertido despabilar a aquel andrajoso joven. Y él, a su vez poseído, frenético, loco de pasión por aquella mujer perversa, se enamoró perdidamente de ella.

Le propuso mantenerla, le alquiló una habitación, dispuso de ella durante tres semanas seguidas. Luego faltó el dinero, y Georgina se fue, volviendo a su vida prostituida, como antes. A los quince días volvieron a juntarse. Y la historia se repitió dos, tres, diez veces. Él, borracho de celos, de dolor, obligado a aceptar las burlas de los demás, sufriendo en secreto un martirio por aquella mujer ya vieja, ajada de tanto ajetreo, vacua, irremediablemente corrompida, la engañó a su vez, pero sin hallar en ello ningún placer. Ella se burlaba violentamente de él haciéndole ver que le importaban poco los hombres y decididamente era demasiado para Zidore. Después de cada separación, él volvía a su lado sumiso, más locamente prendado. Gastaba todo el dinero en ella y, cuando no lo tenía, intentaba conservarla a su lado por la fuerza. Por su amor hubiera llegado incluso a matar.

Consciente de aquella visión, ella abusaba ferozmente de su dominio sobre él.

—Haz que trabaje para ti —le aconsejaba el Calabaza.

Pero Zidore no sabía hacerlo.

¡Cien francos! ¡Una semana! Una semana de vida en común con Georgina. Apresuró el paso y, luego, echó a correr hacia el «Bac á Puces». Estaba muerto de hambre y el estómago le cosquilleaba. Para aplacarlo chupó la colilla de un cigarrillo. ¡Cien francos! ¡Un billete entero!

Desde que conocía a Georgina se había acostumbrado a los sufrimientos y al hambre. Había tomado el hábito de sufrir privaciones por ella, de aceptar sin protestar el ayuno de tres días para que no le faltara su dinero, para que siguiera siendo suya durante una semana. Aquella Georgina se había convertido para él casi en un espantoso ideal. Por ella aceptaba sufrimientos, traicionaba, engañaba a los amigos, cometía tropelías, robaba. Ella había llegado a ser para él la única moral. Lo que favorecía a Georgina era el bien; lo que la perjudicaba, el mal. Y su envilecimiento era tan grande que aquel ideal le proporcionaba una especie de vaga alegría de orgullo. Anhelar algo, aunque fuera una mujer como Georgina, era excitante. Sí; un ideal. Locura de una juventud que, falta de una aspiración ennoblecedora, se crea una a cualquier precio, por monstruosa que sea.

El «Bac á Puces» en lo alto de la rue de L’Epeule lanzaba a la calle el estrépito de sus bailes y las notas de un acordeón, Zidore empujó la puerta.

El cabaret era grande, feo, con mesas de madera blanca, y en el fondo había un mostrador de roble dominado por un Gambrinus a horcajadas sobre un tonel.

Encaramado sobre una mesa, Olivier, romántico, con un mechón de pelo caído sobre la frente y una colilla pegada al labio inferior, tocaba un acordeón. Mujeres, bribones y alemanes bailaban haciendo oscilar el entarimado al ritmo de la música.

En el mostrador, Mélie Nauserais, la patrona del «Bac á Puces», llenaba jarros y más jarros de cerveza que Otto, su amigo alemán, un tipo que estaba allí desde el principio de la guerra, servía a los clientes vestido con un pantalón de dril azul y un jersey de lana negra. Parecía un apache más. Se decía que había desertado y que se escondía de la policía alemana. Fuera lo que fuese, nunca partía para el frente y no utilizaba su uniforme más que para ir a los almacenes para retirar sin cesar víveres y carbón que llevaba a casa de Mélie. Poseía una impresionante experiencia en el arte de manipular llaves falsas.

Con el aire indiferente y haciendo como que no veía a Georgina, que estaba bailando con un bávaro, Zidore atravesó los grupos de bailarines. El Calabaza, un hombrecillo de cara hinchada y redonda, bajo un viejo sombrero hongo de color verdoso y un cierto aspecto de cucurbitácea al que debía su apodo, jugaba a las cartas con un soldado. Mourlebaix y el Rojo lo contemplaban. En la actitud tensa y nerviosa, en la mirada inquieta y febril del Calabaza, Zidore comprendió que estaba haciendo trampas. El alemán parecía furioso y se excitaba, viendo que perdía sin cesar. Había dejado sobre el banco una cesta de carne fresca que Mourlebaix, otro asiduo del cabaret, le estaba robando hábilmente.

Mourlebaix y el Rojo acogieron ruidosamente a Zidore. Le halagaron. Se sabía que era generoso y en casa de Mélie le fiaban. Pidió unos jarros de cerveza a Otto. Luego, contemplaron cómo el Calabaza terminaba de desplumar a su alemán. Georgina llegó en aquel momento, ya terminado el baile, llamó a Zidore «mi hombrecito», se sentó sobre sus rodillas y le echó los brazos al cuello. Por debajo de la mesa y con disimulo, él le deslizó el billete. Se sintió enrojecer de orgullo y satisfacción. Pero sorprendió la mirada del Rojo que lo contemplaba fijamente con sonrisa burlona. Tuvo vergüenza y rápidamente volvió a poner la mano sobre la mesa.

El Calabaza acabó la partida de cartas y se echó al bolsillo el producto de sus trampas, mientras el alemán, su víctima, iba a consolarse al mostrador. El Calabaza estaba sudando. A aquel rufián de la escuela le repugnaba cualquier esfuerzo, y no hay nada que fatigue tanto como hacer trampas.

En aquel momento, el salón se llenó de gritos. El alemán había ido a buscar su cesto de carne. ¡Robada! ¡Le habían robado la carne para los oficiales! El pobre diablo estaba aturdido. ¡Lloraba y gritaba, sin percatarse de la súbita desaparición de Mourlebaix! Se abalanzó al cuello de Otto, que quería echarle del local. El Rojo se levantó y corrió en su ayuda. El alemán sacó el revólver. Agudos gritos, lloros de mujer, un tumulto repentino llenó el «Bac á Puces». Mélie se lamentaba tras el mostrador:

—¡Mi cabaret! ¡Mi cabaret!

Zidore se levantó. Avanzó hacia el alemán y apartó a Otto y al Rojo, que, pálidos, habían retrocedido ante el arma. En aquellos momentos de peligro sentía despertarse en su interior una extraña excitación, casi el deseo de mostrar a los demás cómo se moría. Gritó:

—¡Lárgate!
Sacrament! —gritó el alemán, embistiéndole como un buey.

Alcanzó a Zidore con un golpe en plena boca. Fue el único que recibió. Retrocedió. Esquivó, agachándose, el swing terrible del alemán y le lanzó a su vez un uppercut al mentón seguido de un cabezazo a la boca del estómago y un seco golpe al hígado. El alemán gimió, retrocedió, se dobló y, vacilando, fue a apoyarse en la pared. Otto y las mujeres lo cogieron por los hombros y lo arrastraron hacia el patio para hacerle volver en sí.

Con la boca sangrando, Zidore fue a la cocina, donde Mélie le dio un vaso de agua. Tenía un diente roto y la encía partida. Se enjuagó la boca con alcohol. Al volver al salón, vio desde lejos que el Rojo y Georgina se besaban furtivamente en un rincón, sin dejar de bailar.

Experimentó un golpe más brutal que los puñetazos.

—¡Golfo!

Avanzó hacia el Rojo, cogió un jarro de cerveza y le lanzó al rostro el contenido. El otro, descompuesto y lívido bajo su pelambrera rojiza, repulsivo con sus ojos grises legañosos y descompuestos por el miedo, lo contempló fijamente. No se atrevió a llevarse la mano al bolsillo. Zidore fue calmándose lentamente. Comprendió que ya no se pelearía. Sintiéndose ya más seguro, se encogió de hombros y se alejó.

Zidore se volvió hacia Georgina, que sollozaba ruidosamente. Trató de contenerse para no golpearla como a un animal.

—¡Levántate!

Ella se levantó.

—¡Vámonos!

Ella echó a andar y él la siguió. La puerta se cerró tras ellos con un golpe.

Entrada ya la noche, Zidore y Georgina se encaminaron hacía el cabaret del «Piojo Volador», donde Georgina tenía alquilada su habitación; era el competidor directo del cabaret de Mélie. Georgina iba delante seguida de Zidore. No paraba en sus lloriqueos. Franquearon la entrada particular, fétida y grasienta, siendo insoportable el olor del urinario. La habitación de Georgina, más bien una buhardilla, amueblada con una cama de hierro, una pequeña estufa, un anuario, apestaba a perfumes vulgares, a sudor, a moho mezclado con los olores de comida y suciedad. Allí reinaba el desorden y el falso lujo de las prostitutas.

Georgina, llena de terror, pues se había visto ya golpeada, se desnudó humildemente. Zidore, algo borracho y con el estómago vacío, sentía la cabeza pesada y confusa. Maquinalmente se quitó las alpargatas y desenrolló el pañuelo de seda que le servía de cinturón. Al ver que él también se desnudaba, ella se creyó perdonada y se acercó acariciándole todo el cuerpo, insidiosamente pegada al suyo.

—Mi pequeño Zidore…

Él se sintió enternecido y las lágrimas asomaron a sus ojos. Murmuró como un niño:

—¿Por qué has hecho esto, Georgina? ¿Por qué lo has hecho?
—Bromeábamos. Era cosa de risa… Es costumbre después de bailar…
—No tenías que haberlo hecho…
—No lo hice con mala intención. Fui tonta haciendo semejante cosa. Te juro que lo hice sin reflexionar, te lo juro. No lo volveré a hacer. Además, ese sucio pelirrojo me disgusta.

Se apretó más contra él, susurrando:

—Tú sabes bien, hombrecito mío, que no quería… Vamos, ya ha pasado todo, hijo mío…

Lo atrajo hacia sí, perversa y maternal al mismo tiempo, con la mezcla de ternura protectora y de sensualidad que enloquecía a aquel arrapiezo. Lo empujó hacia la cama, teniéndole estrechamente abrazado.

Luego, ella se durmió, perdonada, reconfortada y victoriosa. Ocupaba toda la cama y Zidore no pudo conciliar el sueño. Le dolía el diente roto. Habían encendido una vela y contempló cómo las sombras bailaban en la pared. Miró a su lado aquella criatura dormida, aquella carne en reposo, y sintió repugnancia. Recordó súbitamente aquel cuerpo, aquella piel, aquel rostro ajado, aquellos ojos fatigados por la vida libertina, aquella boca de risa infame, de besos despreciables, de palabras vergonzosas. Por aquella carne prostituida había robado, había pegado, mentido, sufrido… Tuvo una vaga conciencia de las energías que había malgastado, de la ceguera irremediable que le había impulsado a gastar un tesoro de energía, de valor y de juventud en aquella criatura. Entrevió todo lo que hubiera podido hacer de bueno y de útil y que por ella nunca podría realizar.

Se deslizó fuera de la cama, se puso los calcetines y los pantalones. La boca le sangraba. Escupió sangre. Se alejó de la cama sin hacer ruido. El olor animal de aquella mujer dormida le daba náuseas. Fue a terminar la noche en una silla junto a la ventana entreabierta, respirando el aire puro de la noche.


II

—¡No quiero! —repitió Zidore.

Estaban en un rincón del cabaret «Bac á Puces», en compañía del Calabaza y del Rojo. Hablaban, apoyándose los unos en los otros, encima de la polvorienta mesa, casi al oído, a causa del ruido de los que bailaban y de la música del acordeón, que tocaba junto al mostrador el corpulento Olivier. Zidore denegaba febrilmente con la cabeza. El Calabaza, siempre con su hongo encasquetado, no decía palabra. El Rojo, con los ojos legañosos, la piel pálida, sostenía una colilla entre los labios con aire desdeñoso.

—¿Por qué te rajas? —preguntó.
—Os conozco —respondió Zidore—. Os conozco y, además, es mi hermano. ¡Qué diablo! No puedo hacer eso.
—Eres un sentimental —dijo el Rojo.
—¡No digas tonterías!

El Calabaza levantó su mano grasienta y blanda, adornada en el meñique por una enorme sortija.

—¡Te juramos que no haremos pupa a tu chavoro! Eso no. ¡Nada! Solo queremos limpiarle, nada más que limpiarle…
—No quiero…

Hubo unos momentos de silencio. Los tres se callaron, irguiéndose, como si la discusión les hubiera fatigado. El Rojo vació su jarro de cerveza. El Calabaza se sacó su librillo de papel de fumar y cogió uno con las uñas. Zidore miró a los que bailaban, sin verlos. Sentía las mejillas enrojecidas de tanto discutir. Con una última vuelta y un postrer revoloteo de faldas se acabó el vals. Olivier arrancó el último gemido a su acordeón, se quitó la correa del cuello con un suspiro de alivio, se echó al coleto un jarro de cerveza y se levantó, adelantándose hacia el Calabaza y Zidore. Tendió a Zidore una manaza enorme.

—¿Cómo va? ¿No has venido con Georgina?
—No —repuso Zidore secamente.

El corpulento Olivier no podía haber dicho cosa peor. Desde hacía diez días Zidore no había visto a su amante. Los negocios iban mal, pues no se había podido burlar la vigilancia de la frontera. Zidore estaba sin blanca, y Georgina, al olerlo, había puesto pies en polvorosa, largándose una vez más con uno u otro de sus clientes de paso. Delante de los otros, Zidore intentaba tomárselo a broma, pero en el fondo sufría.

—Es muy alegre esa Georgina —dijo Olivier, que no se distinguía precisamente por su penetración.
—¡Estoy hasta los pelos de esa Georgina! —gritó Zidore.

Con frecuencia se lo tomaba a chacota, pero en aquella ocasión estaba verdaderamente nervioso.

—Bueno, bueno. No te enfades por tan poca cosa —dijo Olivier conciliador. Y se sentó al lado de Zidore, sin mostrarse resentido.

El Calabaza y el Rojo seguían discutiendo el proyecto de aligerar a Etienne, el jorobado. Zidore les oía sin escucharles. Se comía las uñas mientras pensaba en Georgina. La había buscado por doquier, en todos los bares, en todos los garitos, en todos los prostíbulos y en todos los tugurios que acostumbraban frecuentar los soldados. Pero todo había sido inútil. Seguía sin hallarla. Sin duda, habría encontrado a un imbécil que la mantendría unas cuantas semanas o, lo que es peor, algún vivo que la explotaría. Zidore se roía las uñas hasta hacerse sangre. ¡Y pensar que solo le hubiera hecho falta un poco de dinero, un billete, una insignificancia, para que ella volviese a su lado por sí misma, mágicamente! Porque Georgina poseía una especie de sentido adivinador y el dinero la atraía de manera casi maravillosa.

—Nada de billetes —decía el Calabaza—. ¡Oro, oro! Vale el doble. ¿Vamos a desaprovechar una ocasión tan buena?

Zidore volvió a tomar parte en la discusión. Habló como después de haber meditado largamente:

—¡Al fin y al cabo, cambistas de oro no faltan! Podríamos dar el golpe a otro…
—Los demás son muy desconfiados.
—Etienne también. Va armado. Tiene dos revólveres. Los he visto.
—Sí, pero de ti no desconfiará. Podrás llevarle adonde quieras.
—Además —dijo el Calabaza—, no nos serviría de nada dar el golpe a un pájaro que no llevara un céntimo consigo. Todo el mundo sabe que Etienne lleva su oro oculto en el cinto. Se jacta de ello. El golpe no puede fallar. Vamos sobre seguro.
—No apruebo tu actitud —dijo el Rojo—. ¿Eres capaz de guardarle un poco de consideración a un tipo cargado de pasta, que se burla abiertamente de ti, incapaz de invitarte siquiera a un vaso de tinto y que te deja abandonado a tu propia suerte? ¡Vamos, hombre!
—¿Tú harías eso a un hermano? ¿Te atreverías a jugarle una mala pasada? ¿Y no se os ha ocurrido pensar que puede defenderse? Entonces, ¿qué haremos? Yo sé lo que me digo… ¡No, no! ¡Que sea otro la víctima!
—Te aseguro que no le tocaremos un solo pelo —le dijo el Calabaza—. Tú lo conduces a alguna parte, a algún rincón tranquilo donde podamos sujetarlo. Le vaciamos el cinto y nos esfumamos… Te juro, Zidore, que no le haremos nada.
—¿Y si se resiste? No creas que dejará que le roben tranquilamente.
—¿Qué quieres que haga contra cuatro?
—¿Cuatro?
—Tú, yo, el Rojo y Olivier.
—Seremos cinco —dijo Otto, el alemán de Mélie, que había acudido a escuchar.

Al oír su nombre, Olivier se sorprendió.

—¿Yo? ¿Qué tengo que hacer? ¿De qué se trata?
—Cállate la boca, estúpido —dijo el Calabaza—. Ya lo verás cuando sea hora.
—Bueno, bueno —respondió Olivier dócilmente.

Lio su cigarrillo, lo pegó de un lametazo y no pareció demostrar la menor preocupación. Aquel gigante podía manejarse como un niño.

—¡No quiero! —repitió Zidore, obstinado—. Robar a otro no me importa, pero no a Etienne.
—Está bien.

Ninguno de ellos siguió hablando del asunto. El alemán se alejó para ayudar a Mélie a servir las mesas. El Rojo cogió los dados y dos cubiletes. Se empeñó en una partida con el corpulento Olivier y los dados rodaron sobre la sonora madera del mostrador.

—Seis y cuatro, diez, y tres, trece…
—¡Qué suerte tienes, piojoso!

Y la voz gangosa del Calabaza, dijo:

—¡Treinta mil del ala! Parece que a veces lleva una carga de treinta mil en su cinto. —Sin contar la cartera, en la que guarda también algunos papiros…
—La prueba es que la lleva cogida con una cadena, como el cobrador de un Banco.

De nuevo el seco y ruidoso rodar de los dados en el cubilete. Zidore tuvo un brusco movimiento de cólera. Se levantó, tratando de alejar la obsesión de desechar con una palabra brutal aquella preocupación, aquella lenta invasión de su conciencia.

—¡Al fin y al cabo, todos vosotros me importáis un pito! ¡No y no! ¡No os acompañaré!

Vació de un sorbo su jarro, lo dejó luego con fuerza sobre la mesa y se fue.


—¿Está muy lejos?
—A cinco minutos —respondió Zidore.

Etienne y Zidore marchaban uno junto al otro bajo el paraguas del jorobado. Llovía. Caía la noche y nadie transitaba por las calles. Soplaba un viento lúgubre, que arrastraba las ráfagas de agua; pero Etienne, con el abrigo al brazo, no parecía sentir la lluvia y apresuraba el paso cada vez más.

Remontaron el Boulevard de Cambrai, pasaron detrás del hospicio y luego a lo largo de una pared de ladrillo hacia la Place du Travail.

—¿Dónde es? —volvió a preguntar Etienne.
—Al principio de la rue Ma Campagne.
—¡Vayamos de prisa!

Zidore había estado aquella mañana en casa de Etienne, el jorobado. Tras una breve introducción, le dijo:

—He encontrado a tu mujer. Alicie quiere volver a verte. Si me acompañas, te llevaré al anochecer a casa de unos amigos. Alicie tiene miedo y no ha querido dar su dirección.

Y a partir de aquel momento, Etienne había pasado la mañana y la tarde en una espera febril. Después del abandono y huida de su mujer, aquel neurasténico había concentrado en ella una pasión devoradora.

Llegaron a la rue Ma Campagne. Siguieron la acera de una inmensa fábrica, vacía y muerta. Delante había unas cuantas casas silenciosas y dormidas y luego, campos. Al final de la fábrica, una gran taberna desierta, como abandonada, con todas las ventanas cerradas. Más lejos, un terreno cubierto de basuras y de hierros viejos. Por encima, un cielo gris, sombrío, tormentoso y crepuscular y los fríos brillos de la lluvia.

Llegaron a la puerta de la taberna. Etienne, presuroso y febril, no se dio cuenta de los sucios maderajes ni del moho que recubría la empuñadura de la puerta. Además, en aquellos días, todo Roubaix presentaba aquella apariencia desoladora. Zidore y él se aproximaron a la entrada. El primero vaciló unos instantes.

—¿Es aquí? —preguntó Etienne.
—Aquí es.

Etienne llamó. Desde el interior le respondieron unos rumores. Se escucharon unos pasos. La puerta se abrió y apareció en el umbral un hombre muy corpulento.

—¿Está aquí mi mujer?
—Entre, compañero —dijo Olivier.

Dejó pasar a Etienne y a Zidore y cerró la puerta.

El corredor, húmedo y frío, estaba sumido en la penumbra. Etienne avanzó decidido hacia el ligero resplandor rojizo que se vislumbraba al final, detrás de una puerta vidriera. Atravesó la puerta y entró en la cocina. Se detuvo en el umbral, sorprendido, sin hacer un solo movimiento.

Aquella habitación estaba vacía y su papel pendía a jirones, húmedo y podrido. Una mesa polvorienta en un rincón y un montón de hollín bajo la chimenea destacaban a la vacilante luz de una vela que se derretía lentamente en un rincón.

Etienne debió de comprender en aquel instante de qué se trataba. Tuvo un instintivo movimiento de retroceso. Pero tres hombres salieron de la sombra y le rodearon.

No dijo una palabra. Había palidecido intensamente. Contempló a Zidore con una expresión de furor y de dolor. Otto, detrás de él, le arrastró hasta el centro de la habitación. Y allí permaneció, inmóvil, raquítico y contrahecho, con los ojos muy abiertos, impasible e impenetrable al mismo tiempo. Tras él, sentado en la mesa, el Calabaza balanceaba una pierna en el aire. Zidore y Olivier seguían en el rincón de la puerta, sin moverse.

El Rojo se adelantó lentamente hacia Etienne. El jorobado se llevó instintivamente la mano al bolsillo. Pero en el mismo instante y antes de que pudiera sacar el revólver, el pañuelo de seda que el Calabaza llevaba al cuello le cayó sobre el rostro, apretándole la boca y la garganta. Derribado hacia atrás, levantado, combado con la rodilla del Calabaza en los riñones, el jorobado lanzó una especie de rugido ahogado. Sus pies se agitaron en el aire, lanzando golpes terribles. Alcanzó al Rojo en pleno pecho.

—¡Nada de bromas, Zidore! —murmuró Olivier, aprisionando con sus brazos enormes el torso de Zidore, que se agitaba desatinado y loco.

El resto ocurrió rápidamente. Otto se precipitó sobre los pies de Etienne, cogiendo con fuerza sus dos piernas. El Rojo apoyó un cuchillo de cocina afilado contra el deformado pecho del jorobado y sin una vacilación se apoyó sobre él lentamente, con todas sus fuerzas.

—¡Eso no! —sollozó Zidore—. ¡Eso no!

Pero Olivier seguía sujetándole. Vio cómo el tejido de la chaqueta de Etienne se desgarraba bajo la hoja, se tensaba y cedía. El arma entró de un solo golpe.

Zidore logró desasirse de Olivier en un supremo esfuerzo y corrió hacia Etienne. Clavó los ojos en aquel rostro, en aquellos rasgos de ratón, puntiagudos y lívidos, que, iluminados trágicamente por la llama roja de la vela, iban tomando gradualmente un color terroso. Etienne, a su vez, amordazado, derribado hacia atrás con los pies sujetos por las manazas de Otto y el arma hundida en el pecho, le contempló hasta el final con una extraña mirada que se fue oscureciendo lentamente hasta adquirir una terrible fijeza.

Otto soltó las piernas y el Calabaza desató el pañuelo de seda y se lo volvió a anudar a su cuello. Echaron el cadáver encima de la mesa.

—¡Nada de bromas, Zidore! ¡Nada de bromas! —repitió Olivier.

Pero Zidore, atontado, no se movía siquiera. Fue el Rojo quien abrió la chaqueta del muerto. Le desabrochó el chaleco, los tirantes, le registró debajo de la camisa y levantó el cuerpo, buscando la hebilla del cinturón sobre aquella piel aún caliente. Bruscamente retiró las manos, se las olfateó, y las sacudió, y luego las limpió en la chaqueta de Étienne.

—¡Se ha ensuciado de miedo, el puerco!

Y luego volvió a hundir las manos entre la ropa.

Sobre la mesa, al lado del cadáver y entre un olor fétido, se repartieron el oro. Había veintisiete mil francos. Olivier metió la parte de Zidore en el bolsillo del muchacho.

El Rojo fue hasta la puerta de la calle y volvió inmediatamente.

—No hay nadie. Podemos largarnos.

El Calabaza sopló la vela. Salieron. No quedó en la mísera cocina más que Etienne, sobre la mesa, con el vientre desnudo, el rostro de rata vuelto al techo y los ojos abiertos.

Apenas fuera, el Calabaza, Otto el desertor y el Rojo, desaparecieron a carrera tendida, en la noche y la lluvia. Olivier se quedó con Zidore, arrastrándole como a un niño.

—Ven, ven, Zidore… Son malos estos aires. Ven…

Pero Zidore se apoyó en la pared, incapaz de seguir andando. Sintió una gran náusea y un vómito espantoso le hizo estremecer. Pareció que fuera a sacar todo lo que tenía en el vientre. Por espacio de unos instantes pareció preso del estertor de la agonía. Olivier, sosteniéndole la cabeza, le ayudaba.

Zidore se irguió penosamente, vacío y jadeante, con el rostro chorreante de sudor y de lágrimas. Se tambaleó. Olivier le cogió por las muñecas, se lo cargó a la espalda y se hundió en las tinieblas con su fardo humano.


III

Durante algunas semanas, Zidore llevó una extraña vida desarreglada, una existencia que parecía una huida perpetua de la soledad, del silencio y la meditación. Buscaba el ruido, el tumulto, la multitud. Gustaba de la atmósfera insoportable y pesada de los figones, de las tabernas, del «Bac á Puces», el ardor del alcohol y el delirio de las borracheras y la orgía. En juergas gastó dos mil francos oro en una semana.

Luego cayó enfermo. Estaba intoxicado de alcohol y su organismo rechazaba el veneno. Abatido, postrado, miserable, incapaz de alejar la obsesión de su acto, incapaz de beber, Zidore estaba sumido en una especie de agotamiento físico que le mantenía la cabeza lúcida y el cuerpo embrutecido… Y tan pronto como estuvo un poco repuesto, huyó nuevamente de la soledad, siguió bebiendo y cayó en una especie de locura furiosa, a la que sucedió una segunda fase de agotamiento.

Georgina acabó por espantarse. Zidore se volvía cada día más feroz, más horroroso. Ella se preguntaba si no habría perdido la razón. Le pegaba, la tenía encerrada a su lado días enteros y luego la apartaba de sí con disgusto, echándola como a un animal. La verdad era que a Zidore le causaba cada vez mayor repugnancia. Le horrorizaba. Por ella, por aquella hembra sin alma, por aquella perra en celo había cometido aquel fratricidio, aquella cosa horrible que, al pensar en ella, sopesaba y la juzgaba con una espantosa lucidez. Hubiera podido decirse que su crimen le había abierto los ojos, le había hecho luz sobre sí mismo y sobre su amante hasta el punto de hacer que por primera vez la viera tal como era. Llegaron a tanto los malos tratos de Zidore que ella se escapó con todo el oro que pudo robar. Desapareció completamente de la existencia del fratricida, sin que él le diera ya más importancia que a una sombra, a una de aquellas figuras quiméricas y abominables que se le aparecían en sus pesadillas. Aquella mujer, por la cual había matado y que había sido toda su vida, que la había poseído en carne y alma, dejó de existir para él, sumergiéndolo, obsesionado por una preocupación mucho más grande, más absorbente, más alucinante. Cuando se paraba a pensar, no se comprendía siquiera a sí mismo.

No se habían cumplido las dos semanas de su crimen cuando apenas le quedaba ya dinero. Se había hartado de gastarlo, como si aquel oro estuviese atado, ligado al recuerdo de su crimen. Ni siquiera había sacado un provecho para sí mismo. Antes había tenido sueños delante de las tentaciones, de los escaparates, del lujo. «¡Si tuviera dinero!». Y una vez en su poder lo había gastado de una manera insensata, derrochándolo con los demás, gastándolo en bebidas, tirándolo, dejando tras él un rastro de oro. Había creído poder realizar sueños, había intentado comprarse cosas, pasarse una buena vida. Se ofreció a sí mismo un pañuelo de seda blanco, un alfiler de corbata en forma de herradura, un reloj. Y luego, irrazonablemente, sintió delante de aquellas cosas un horror mezclado de miedo. Las escondió, las destruyó, las echó a un retrete furtivamente, como si hubieran sido objetos peligrosos, comprometedores, como si hubiera podido reconocerse que procedían de un crimen. Fue inútil que tratara de contenerse, que tratara de convencerse a sí mismo de que todo aquello eran tonterías. No por ello conseguía devolver a su espíritu la tranquilidad perdida.

Y al lado de aquellas, le asaltaban otras inquietudes más precisas. ¿Qué habría sido del cuerpo de Etienne? ¿Se habría descubierto ya el crimen? ¿Se estaría buscando ya a los culpables? Tras el asesinato, la casa de Etienne seguía cerrada, y Zidore no se atrevía a volver a casa de sus padres. Tanto si se conocía el crimen como si no, la madre, al menos, debía estar bastante angustiada por la súbita desaparición de Etienne. ¿Cómo representar ante ella cualquier odiosa comedia? A pesar de su depravación moral, Zidore había guardado hacia su madre un resto de ternura y de piedad. ¿Qué pensaría ella de la desaparición de su hijo?

Poco a poco, la obsesión fue aumentando. Zidore hubiera dado su vida por saber si se conocía la muerte, si el cadáver había sido descubierto. Era una curiosidad irrazonable, peligrosa e inútil, pero no por ello menos voraz. Por fin, acabó por rendirse a ella y se encaminó a la Place du Travail, repitiendo dos veces, tres veces, el camino y aproximándose cada vez más con una prudencia de felino, a aquella casa desierta situada en la calle de Ma Campagne. Un encuentro con cualquier transeúnte le hacía esconderse y huir, como si las gentes fueran a sospechar, al verle tan solo atravesar la calle.

Por fin se atrevió un anochecer a pasar ante la casa donde se cometió el crimen. Todo seguía cerrado, silencioso, muerto. Solo debajo de la puerta, en el hueco de la cerradura y los intersticios de los batientes, un hormigueo negro y repugnante mostraba una única señal de vida. Zidore se detuvo para contemplarlo. Eran moscas, millones de moscas. No pudo contener un escalofrío y un sudor helado bañó sus sienes al comprender.

Volvió también al día siguiente y al otro. El temor fue haciéndose mayor hasta convertirse en una obsesión. Con las primeras sombras del anochecer fue pasando por delante de la taberna vacía una y otra vez. Pero a la semana siguiente, un día nublado en que anocheció pronto, no pudo resistir la tentación y se deslizó entre los alambres que cercaban el solar contiguo a la taberna. Atravesó la árida extensión llena de basura maloliente y de hierros enmohecidos, luego se encaramó al muro y se dejó caer en el patinillo de la casa desierta. El corazón le latía con fuerza y permaneció unos instantes inmóvil: nada, ningún ruido. Tan solo el silencio y la tristeza de la noche. Aquel minúsculo patio, cenagoso y fétido, lleno de bidones herrumbrosos, de detritus, increíblemente sucio y negro, era siniestro.

De puntillas, como si fueran a oírle, Zidore se adelantó hacia la ventana de la cocina y apoyó su frente sobre el cristal lleno de polvo y de hollín.

La cocina estaba envuelta en sombras y adivinó más que vio la horrible forma humana sobre la mesa. Afuera sopló el viento, y un rumor llegó hasta sus oídos: la voz triste de la noche… Zidore se sobresaltó de temor, de un salto escaló el muro y huyó. Habría muerto de miedo si algo hubiera tratado de detenerle.

Aquella noche soñó con Etienne, con su rostro pálido, sus ojos negros, su aguda cabeza entre los hombros altos y deformes. ¿Qué había en el fondo de aquella mirada suprema? ¿Qué había querido decir al morir? ¿Cuál había sido su postrer pensamiento? ¿Qué maldición había salido de sus labios ya cárdenos?

El sueño se repitió una y otra noche con monótona insistencia. Zidore sintió un frenético deseo de confesarse. Un vestigio de su infancia le reclamaba la limpieza del alma, el inexpresable alivio que experimentaba entonces, en tiempos del catecismo. Deseaba volver a hallar aquella impresión de libertad, de renovación. Sentía necesidad de confesarse, de confesarse a cualquier precio… Pero ¿a quién? ¿A un sacerdote? Zidore había perdido la fe. ¿A Georgina? Georgina había huido, marchándose a vivir con el Rojo. Y, además, Zidore ya no sentía por ella más que repulsión y odio. ¿A su madre? ¿Ir a decir a su madre: «He matado a mi hermano Etienne, he matado a tu hijo»? ¿Con qué imprecación no habría condenado el fratricidio? ¿Confesarse, acaso, a Léonie, su hermana? No; no podía decirle: «He matado a tu hermano». Palabras semejantes no pueden traspasar apenas los labios. ¿Sería ella capaz de leer en su rostro, de adivinar lo que le abrumaba? Pero precisamente aquel segundo en que ella comprendiera que Zidore había matado a Etienne sería el más terrible…

El cadáver fue descubierto al fin. Zidore lo supo por Olivier. No hizo ninguna otra pregunta. No quiso oír nada más. Se sintió incapaz de hacer nada, no sabiendo si tenía que ir a casa de sus padres, asistir a las exequias, fingir o bien desaparecer. Si iba, leerían la confesión en su rostro. Si no iba, despertaría sospechas. Hiciera lo que hiciese, se sabría de todos modos que había asesinado a Etienne… Y optó por darse a la bebida.

Muy pronto tuvo la impresión extraña e inexplicable de que le seguían. Se sentía perseguido, acorralado. No tenía ningún indicio material de que eso sucedía, pero una extraña certidumbre, que parecía surgir de su subconsciente, se lo imponía en todos los instantes. Acaso no fuera más que una imaginación, pero sentía más temor de ella que de un peligro real.

Se sintió verdaderamente aliviado cuando la amenaza se precisó, cuando en los garitos, en los tugurios, en el «Bac á Puces» y en el «Piojo Volador» le advirtieron que los polizontes le buscaban, que repasaban las listas de alojamiento tratando de hallar su nombre. Se trasladó de domicilio tres o cuatro veces seguidas, cambiando de taberna y de tabuco. Su dinero se evaporaba. Tuvo hambre, se arrastró durante el día, errando sin descanso y durmiendo por la noche al azar en cualquier banco. Hubiera deseado hacer contrabando para ganar un poco, pero le faltaba dinero para comprar las mercancías. Veía enemigos por doquier. Sentía locos temores por causa de una mano que se posaba con cierta brusquedad en su hombro, al escuchar unos pasos detrás de él, al sorprender cualquier mirada insistente. No se atrevía a salir sin arma de la habitación miserable que había acabado por encontrar por treinta sous semanales en una sórdida taberna del barrio de la Guinguette. Andaba con la mano en el bolsillo de su chaqueta, apretando la culpa de un revólver, preparado para sacarlo y hacer fuego al menor gesto. Estaba seguro de que terminaría por matar a alguien y no se atrevía a beber, pues el alcohol sobreexcitaba su delirio, suscitando ante sus ojos abominables espectáculos de putrefacción.

Cayó enfermo en el reducto innoble donde vivía y durante tres días estuvo abrasado por la fiebre, dando vueltas sin cesar en su jergón y reflexionando tan intensamente que el tiempo se le hizo corto.

Repasó toda su existencia, desde sus comienzos, bajo la tutela de un padre duro y una madre resignada. La mina, el carbón, el rudo trabajo, los camaradas y las muchachas con las que bromeaba al anochecer cuando salía del pozo, sudoroso y negro, volvieron a desfilar por su imaginación. Vista desde el infecto zaquizamí, aquella era una vida sana y como luminosa. Luego había estallado la guerra; la batalla de Charleroi, la destrucción de la mina por los alemanes, las toneladas de metralla y de hierro echadas al fondo de los pozos mezclados con dinamita, la agonía de los caballos en el fondo de las galerías, la huida de la población y, finalmente, la llegada a Roubaix, el contrabando, el boxeo, la cárcel, la vida de crápula y Georgina… Ella había sido la caída definitiva: el hambre, el frío y la miseria, soportado todo con un estoicismo estúpido y obstinado. Y todo aquello para terminar en una taberna desierta, un anochecer…

¿En qué momento había cometido la falta? ¿En qué instante había sido culpable? ¿Cuándo se había encontrado lúcidamente delante de su propia responsabilidad? Todo aquello había penetrado en él lenta, insensiblemente, obrando como un veneno o una droga.

¿Qué le había faltado? ¿Voluntad? ¿Valor, perseverancia, resignación? ¿Acaso no había tenido? ¿Es que no había derrochado tesoros por causa de Georgina? «¿Qué hubiera debido hacer? —pensaba Zidore—. ¿Qué otro hombre hubiera podido ser empleando de otra manera el mismo esfuerzo? ¿Qué me ha faltado? ¿Qué sostén me ha faltado? ¿Qué luz? ¿Por qué el azar me ha privado de lo necesario y hasta qué punto soy culpable?».

Por espacio de tres días vivió como sumido en un abismo.

Al cuarto día se levantó, desfallecido y macilento, pero aliviado y con el espíritu un poco más lúcido por la constante reflexión de su aventura. Consiguió lavarse sin demasiado esfuerzo, no quiso tomarse la molestia de afeitarse y, luego, comió como un hambriento un mendrugo de pan duro que encontró. Tenía un hambre devoradora y no pudo menos que pensar en Olivier, que habitaba también en el barrio de la Guinguette. Decidió llegarse hasta su casa. El aire le reconfortó. Las gentes se volvían a contemplar su rostro sin afeitar, su pelo erizado y su rostro pálido, marcado por el sufrimiento y las pruebas.

Olivier estaba en su habitación y le dio un soberbio pedazo de carne, de una libra al menos. Como no había fuego ni en casa de Olivier, ni en la suya propia, Zidore se comió un pedazo crudo. Envolvió lo restante en un papel y se fue hacia L’Epeule, al «Bac á Puces».

Mélie lo acogió con amabilidad. Le permitió entrar en la cocina, como estaba reservado a los buenos clientes, y le dejó un fogón. Zidore derritió manteca y, después de freír la carne, se la comió. Como no tenía dinero, no se atrevió a pedirle pan a Mélie. Reconfortado, se apoyó en la mesa de la cocina y se durmió.


IV

Roche, el inspector de orden público, había perdido mucha fuerza desde la invasión. En primer término, no tenía siquiera armas. Le habían arrebatado sus revólveres y sus porras. El prestigio de los «diablos verdes» eclipsaba el suyo. No le temía ya nadie y su palabra había perdido aquella seguridad, aquella autoridad que le daba antes la conciencia de su dominio sobre el hampa. Armado tan solo de sus puños, procuraba apartarse de aquellos bribones que llevaban en sus bolsillos buenos revólveres cargados. Es innegable cómo puede sentirse desnudo un hombre fuertemente armado de ordinario, al que despojan súbitamente de sus armas.

Los asuntos de Roche se limitaban a puerilidades. Robos de arrapiezos, disputas de mujeres, búsqueda de mano de obra por cuenta de la Kommandantur. De vez en cuando, los alemanes ordenaban al comisario central:

—Nos hacen falta cinco albañiles, tres toneleros y dos guarnicioneros.

Enviaban a Roche y sus subinspectores a que los buscaran. Ellos volvían con las manos vacías, en una manera casi valiente de testimoniar su patriotismo.

A pesar de ello, Roche había trabado algunas amistades entre los gendarmes. Tenían los mismos gustos, practicaban el mismo culto del músculo, contaban las mismas historias de arrestos, las mismas aventuras femeninas y hacían gala de igual vanidad, un poco insensata de quienes están habituados a frecuentar los bajos fondos. Y, además, la rapidez y rigidez de aquella maravillosa máquina de mando que eran las oficinas alemanas y su policía, inspiraban a Roche gran admiración. Nada había que objetar sobre ellos. Uno se sentía gobernado. El francés que había en él murmuraba contra los invasores; el policía los admiraba.

Fue Roche el encargado de hacer averiguaciones sobre la muerte de Etienne. Un mes después de cometerse el crimen, se había descubierto el cadáver gracias a las moscas. Los transeúntes de la rue Ma Campagne advirtieron en el umbral de la puerta de una taberna vacía, un largo cordón pululante de moscas. La policía abrió y en la cocina encontraron a Etienne comido por los insectos.

Roche comenzó las averiguaciones. Conocía a los Duydt. Supo que Zidore había hecho en aquellos últimos tiempos una vida desenfrenada en los cafés de L’Epeule. Se le habían visto piezas de oro. Y Roche no ignoraba que Etienne se dedicaba al tráfico de dinero.

Mandó que buscaran a Georgina. Esta acudió a la Comisaría Central de mala gana. Hacía una semana que había abandonado al Rojo.

—Oye, chica —dijo Roche—. Eres muy conocida y no por tus buenas acciones…
—¿Me han llamado para decirme eso?
—No. Has tenido un pequeño asunto sentimental con Zidore, Zidore, el boxeador.
—Y a no estoy con…
—Eso no importa. En estos últimos tiempos ha gastado mucho oro…
—Sí…
—Bien. Luego ha desaparecido. Pero preciso verle. Si me ayudas a encontrarlo, seguirás tranquila, si no…

A los dos o tres días volvió Georgina; pero sin haber conseguido todavía dar con Zidore. Roche comenzaba a irritarse cuando al día siguiente, mientras leía en su oficina los informes, Guilhem, su subinspector, llegó alegre y triste a la vez.

—¡Zidore está en el «Bac á Puces»!
—¿Qué?
—Estaba, al menos, hace un cuarto de hora. He visto a Georgina.
—¡Aprisa! Es necesario cogerlo en seguida.
—Sí, pero tiene su triquitraque. Parece que esta decidido a usarlo…

Roche se detuvo instantáneamente.

—Eso es grave.
—¡Claro!
—Hay que pedir órdenes al patrón. ¡Vamos!

Descendieron de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera que conducía al despacho del comisario central.

—Zidore Duydt ha sido descubierto.
—¡Deténgalo!
—Está armado.
—¡Diablo! —exclamó el comisario central.
—¿No podríamos obtener revólveres en la Kommandantur?
—Vamos a intentarlo.

La Comisaría Central estaba situada junto a los despachos de la Kommandantur. Acudieron a un oficial, pero este rehusó concederles armas. Sin embargo, se ofreció a escoltar a los dos subinspectores por tres policías alemanes. Partieron al cuarto de hora; los tres policías se burlaban de los inspectores.

—¿Tenéis miedo, pobres franceses?

Ruprecht, un mocetón de rostro congestionado, sostenía con la mano derecha un enorme dogo de Ulm y con la izquierda daba golpecitos en el hombro de Roche.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Policeman francés!

Roche y Guilhem, sintiéndose vejados, no pudieron menos que protestar.

—¡Qué valientes sois vosotros! También iríamos solos si lleváramos un triquitraque de esos en el bolsillo.

Ruprecht se echó a reír.

—¿Revólver? No es necesario, no es necesario…

Aquel policía era conocido por su buena pasta. Con un metro noventa de altura y una corpulencia singular, tenía de su servicio una concepción especial. No encarcelaba nunca a los delincuentes y a la hora de queda se le acostumbraba ver con el enorme dogo de Ulm a su lado. En cuanto aparecía una sombra retardada o un rezagado cualquiera que volvía a su casa no muy sereno, Ruprecht corría, atrapaba al delincuente y lo enviaba a dormir con un puntapié definitivo en los riñones. En el fondo, todos preferían salir tan bien librados. Ruprecht ponía en ello una cierta lealtad, una especie de honestidad deportiva. Corría como un elefante y poseía unas piernas inmensas que hacían difícil la fuga a cualquier malhechor. Y eso le hacía pensar que los que escapaban a su persecución bien merecían que se les dejara en paz.

Sus éxitos con el elemento femenino eran grandes. Era un moretón apuesto y estaba orgulloso de su prestancia. Se atusaba la cabellera con cosméticos y llevaba su boina muy aplastada e inclinada sobre la oreja con aire jacarandoso.

Descendieron por la rue Saint-Georges. Roche y Guilhem se adelantaron, no demasiado satisfechos por ser escoltados de aquel modo por policías alemanes. Para atajar, descendieron la rue de L’Epeule. Se detuvieron a pocos pasos del cabaret «Bac á Puces». El baile estaba en todo su apogeo y por la puerta salían las notas discordantes de la música.

—¿Qué hacemos? —preguntó Guilhem—. Habría que bloquear la entrada particular.
—Vosotros dos por aquí —ordenó Ruprecht a los inspectores, mostrando el corredor—. Nosotros por allá. —Y señaló la entrada al cabaret—. ¡Aprisa!

Y los tres alemanes se adelantaron hacia el cabaret. Los dos inspectores se deslizaron en el corredor. Inspectores por un lado y policías por el otro hicieron una entrada repentina acompañados del perro.

Halt!

El baile se interrumpió. El pesado pataleo de las parejas sobre el entarimado crujiente y enarenado se detuvo súbitamente. La atmósfera estaba cargada y tenía una opacidad azulada que apenas dejaba ver a los dos inspectores que guardaban las puertas del fondo. Nadie hablaba. Y en el silencio general, la musiquilla seguía sonando insistentemente, como un grotesco leit-motiv.

Papieren!

Salieron los papeles. Había allí unas quince prostitutas con algunos chulos, aficionados todos ellos a hacer uso de los puños y de sus cuchillos a la menor ocasión. Pero ni uno de ellos se movió. Los «diablos verdes» descalabraban a cualquiera al menor gesto de rebeldía.

Ruprecht fue cogiendo las tarjetas. Luego, hizo que se colocaran los hombres a la derecha y las mujeres a la izquierda, en el fondo del cabaret.

—¡Hermosa, hermosa señorita! —decía mientras las empujaba hacia su rincón.

Guilhem y Roche habían avanzado hacia el mostrador, donde Mélie Nauserais, un poco pálida, aguardaba sin conmoverse demasiado.

—¿Está aquí ese boxeador llamado Zidore?
—No —respondió Mélie en alta voz.

Pero su pulgar, por encima del hombro, señaló la puerta de cristales de la cocina.

Roche comprendió y se adelantó con prudencia hacia la puerta. Puso la mano sobre el picaporte de loza, pero en aquel mismo instante sonó un disparo y un cristal se pulverizó a dos pulgadas por encima de su cabeza.

—¡Diablo! —exclamó Roche retrocediendo.

Tanto Guilhem como él habían palidecido. Desde su rincón, los alemanes que vigilaban a los concurrentes contemplaban la escena sin pestañear. Ruprecht se encogió de hombros.

—¡Policía francesa! —dijo con desprecio.

Se adelantó a su vez. Empuñó una de las grandes planchas de madera que servían para cerrar las ventanas cuando anochecía. La levantó, tomó impulso y desde el centro de la sala lanzó el tablero como un ariete. La puerta, derribada, fue a caer en medio de la cocina. Sonaron inmediatamente dos disparos. En el interior de la cocina, parapetado tras la mesa derribada, de rodillas y sin dejar al descubierto la más mínima parte de su cuerpo, Zidore aguardaba la acometida.

Todos los concurrentes se retiraron al abrigo de la pared, junto al mostrador.

—Id, id ahora —dijo Ruprecht a los policías franceses.
—¡Bribón! —gritó Roche lleno de furor—. ¡Te burlas de nosotros!
—¡Id! —repitió Ruprecht con aire burlón, tendiéndoles sus revólveres.

Roche, que había visto la muerte a su lado hacía muy pocos minutos, dudaba. Guilhem también.

Ruprecht encogió sus anchos hombros.

—¡Vais a ver, franceses! ¡Vais a ver!

Dejó los revólveres sobre el mostrador. Cogió una silla y la levantó hasta la altura del rostro. Y detrás de aquel escudo se adelantó hacia la cocina para aplastar a Zidore.

Este seguía arrodillado. No reflexionaba ya. No veía más que una cosa: aquel hombre que avanzaba. Matar o morir… Sin haberlo querido, Zidore se hallaba lejos de toda posibilidad de retroceso. El destino parecía obrar por su cuenta, sin atender a sus propios deseos o propósitos.

Por encima del borde de la mesa levantó imperceptiblemente la pequeña cabeza huesuda y pálida, de mejillas hundidas. La barba sin afeitar le brillaba con destellos dorados. Contemplaba el avance de Ruprecht con una atención de animal salvaje. Le parecía estar jugando a algún terrible y apasionado juego, donde no se arriesgara su vida ni la de otro hombre, sino que fuera sencillamente una cuestión de habilidad.

A dos pasos de él, Ruprecht bajó insensiblemente su silla para ver mejor. Zidore disparó. Como alcanzado por un mazazo, el gendarme vaciló y se desplomó hacia atrás con una mancha de sangre en la frente. Un breve espasmo agitó su cuerpo gigantesco.

Fue como una señal. El gran dogo de Ruprecht, sin que nadie le azuzara, se lanzó hacia delante con un aullido. Sin duda el animal comprendía lo que estaba ocurriendo. Zidore rodó debajo de él. Roche, Guilhem y los dos alemanes se precipitaron entonces hacia la mesa. El furor y la vergüenza habían disipado su temor. Sonaron algunos disparos. Una bala rompió un cristal. Saltaron pedazos de yeso de la pared. Zidore se acurrucó en un rincón como un animal acosado. De una patada le saltaron los ojos. Otra le arrancó de un solo golpe toda la máscara facial. Un alemán le golpeó con un taburete, aplastándole la nariz, los dientes y el rostro. Una lluvia de patadas y puñetazos cayó sobre su vientre y se oyó el crujido de sus huesos.

Fatigados y sin aliento, se detuvieron por fin. El informe montón de carne humana que había a sus pies lanzaba unos gemidos animales. Los soldados alemanes invadían ya el cabaret de «Bac á Puces».

Recogieron el cadáver de Ruprecht y lo depositaron sobre una mesa. A su lado colocaron el cuerpo de Zidore, insignificante al compararlo con el del coloso. Todavía palpitaba. Cubrieron su rostro sanguinolento con un saco.

Alguien fue a avisar a un médico. Era un viejo flemático, pero, a pesar de ello, retrocedió al destapar el rostro de Zidore, hecho papilla, que dejaba al descubierto, entre un gotear rojizo, las quijadas, los dientes y el cartílago roto de su nariz. Los ojos reventados habían salpicado las órbitas. El médico volvió a cubrir aquella visión con el saco y lo auscultó por encima de la arpillera.

—¡Se acabó! No vivirá ni diez minutos…

Zidore Duydt ya no sufría. Apenas percibía aún voces lejanas. Aquello era la muerte… ¡Qué facilidad! ¡Qué alivio!

Inconsciente ya, contemplaba la imagen de un ser pueril, hecho de carne doliente y de pasiones, incoherente y miserable, que había sido Zidore Duydt. Lo contempló con ternura y piedad, como si aquel ser, resultado irónico del azar, de un destino caótico, no hubiera sido él. De todas maneras, aquello no importaba… Veía la imagen desde muy lejos, muy alto. No sentía hacia ella ningún desprecio, sino más bien una gran indulgencia piadosa hacia aquella pobre carne dolorosa e infinitamente débil que había malgastado tanto valor, tanta voluntad y tanta energía para nada y para quien la vida no había sido más que tumulto y esterilidad, falta de un objetivo, de un ideal vivificante. Él no era culpable.

En aquel instante le asaltaron supremas evocaciones del mundo, rostros borrosos… Su hermana, su madre, Georgina… Las vio alejarse, y desaparecer con indiferencia. No experimentó ningún pesar. Solo el recuerdo de Etienne despertó en él un vago terror… Pero no se reflejaba ningún odio en aquel rostro enjuto y pálido, endulzado y como despojado de amargura. Únicamente una inmensa piedad, una gran misericordia…

Zidore hizo un desesperado esfuerzo para no perder aquella visión.

—¿Qué es lo que ha murmurado al morir?

—Algo así como «Etienne», creo —dijo Roche—. Cógelo por los pies, Guilhem…

(Continuará…)

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