Invasión (III)

Maxence Van Der Meersch






V

I

Cada cinco minutos, Antoinette, la hija de Fontcroix, acudía a la esquina de la calle Saint-Sauveur para ver si llegaba el carruaje de su padre. Se sentía muy inquieta. Samuel había ido a buscar algunos géneros de Bélgica para la tienda de comestibles de Edith y se retrasaba ya demasiado. En medio de la calzada, Antoinette escudriñaba el fondo de la calle, la perspectiva que se abría entre los altos edificios grises del barrio de Saint-Sauveur. Pero su padre no llegaba.

Tras el estallido de la guerra, Edith Fontcroix y su hija se dedicaban a vender la mantequilla, los huevos y el café que Samuel les proporcionaba. A pesar de la oposición de Samuel, Edith había sacado a Antoinette del colegio, empleándola en la tienda. ¡Tenía que vivir! Y Edith desdeñaba la cultura. Por otra parte, la propia Antoinette estaba encantada con el cambio. Caprichosa e impulsiva, no congeniaban con sus profesores y prefería la tienda moderna, las habladurías con los clientes y corredores, las manipulaciones, las discusiones, los regateos, todo aquel tráfico activo y que al menos reportaba algún beneficio al estudio. Samuel había tenido que someterse a los deseos de su mujer y de su hija. Además, se daba perfecta cuenta de que, después de la separación, esta ya no le pertenecía.

A pesar de todo, Antoinette seguía queriendo a su padre. En aquel momento, mientras le aguardaban, comprendió que le quería mucho. Se lo imaginaba ya en poder de los alemanes y camino de la cárcel y su conciencia, predispuesta a los escrúpulos, recordaba arrepentida todo cuanto había pensado de malo acerca de él. La culpable era su madre. Se hizo el propósito de no dar crédito a tales calumnias. Era ingrata y mala y no juzgaban a su padre como debían. Apoyada contra la pared y con los ojos vueltos hacia la calle de Molinel, Antoinette contuvo sus lágrimas y se hizo la promesa de quererle más.

Desde hacía mucho tiempo, Edith había tomado a su hija por confidente. Creía de buena fe que su marido la había engañado toda su vida. Edith tenía pruebas y cartas de las ilícitas relaciones y faltas de su marido y se las enseñaba a su hija. Exhibía todo aquello, sin ningún pudor, sin ningún respeto, inconsciente de la repercusión que aquella brutal revelación del lado tristemente carnal del hombre podía ejercer sobre el espíritu delicado y tierno de la muchacha. Con ello quería asegurarse el afecto de su hija y al mismo tiempo protegerla y advertirla de los peligros de la existencia. Pero solo conseguía mezclar en la ternura que Antoinette sentía por su padre toda clase de desconfianzas y vergüenzas. En cuanto al resto de los hombres, la muchacha los despreciaba y los odiaba. Experimentaba hacia ellos un temor y una repulsión rayanos en el terror, unidos a un intenso deseo de hacerles sufrir su venganza.

Dieron las doce. Su padre todavía no había llegado. Antoinette se puso a llorar en medio de la calle Saint-Sauveur.

Por los estrechos caminos adoquinados de Wasquenal, Samuel se encaminaba hacia Lille. Iba a pie, seguido a unos cinco metros por la calesa que conducía el pequeño François. Cuando veía la silueta sospechosa de un «diablo verde», sacaba ostensiblemente su pañuelo y se sonaba. Detrás de él, François veía aquella señal y daba media vuelta o se dirigía a una granja, donde escondía el carruaje hasta que pasaba la alarma.

Habían perdido la clavija de una rueda y era ya casi la una cuando la calesa desembocó, por fin, en la calle Saint-Sauveur. Antoinette salió a su encuentro loca de alegría, riendo y llorando. Se echó al cuello de su padre y lo abrazó fuertemente. Samuel, entre sorprendido y emocionado ante aquella acogida, trató de calmarla.

—¡Qué loca! ¡Qué locuela!

La apartó de sí y contempló con sorpresa e incluso con cierto disgusto mal disimulado el atavío de su hija. Llevaba un gran delantal de un color amarillo vivo con flores rojas, zapatillas azules con borlas encarnadas y se tocaba con un turbante granate, formando todo ello un conjunto llamativo y chillón, que reflejaba bien la personalidad caprichosa de Antoinette. No quiso afligirla con una observación en el preciso momento de su llegada y se puso inmediatamente a descargar la calesa, sin decir nada, ayudado por el pequeño François. En Courtrai había logrado adquirir queso y algunos sacos de azúcar y se apresuraron en la descarga, pues los alemanes confiscaban todo saco que veían.

Después entró con Edith y Antoinette en la vecina taberna de «La Grande Bourloire», donde ellas tenían su habitación en el tercer piso. Al entrar en la estancia, abrió inmediatamente la ventana, molesto por el olor de habitación cerrada y de humedad que flotaba en la atmósfera. Una vez más dijo:

—¡Esto no puede continuar, Edith! Aquí estáis demasiado estrechas.
—¡Bah! —respondió Antoinette.

Encontraba encantador vivir allí rodeada de las tonadillas de los cancanes, de las disputas de las comadres de toda aquella población pululante, abigarrada, miserable y chusca, que llenaba los reducidos departamentos.

—Esto no durará mucho —dijo Edith.
—¡Felizmente!

No dijo nada más y se sentó en la mesa, compartiendo con ellas el tocino frío, los pimientos y las patatas fritas, comida preparada con rapidez y con la que la madre y la hija, atareadas con su tienda e igualmente «bohemias» en su manera de vivir, se contentaban habitualmente.

—¿Y Cristophe? —preguntó Antoinette, que sentía un vivo afecto por su hermano pequeño.
—Está bien y me ha encargado que te dé un beso.

Él la miró, encontrándola fatigada. No dijo nada, pero en su fuero interno culpó a su mujer de aquella vida que daba a su hija, de aquel trabajo excesivo, de aquel piso desvencijado, donde la cama, la estufa y la mesa se tocaban, de aquellos vestidos excéntricos, de aquel aspecto casi viciado de su hija, que hacía que apenas la reconociera. Pero tenía más reserva que Edith y, cuidadoso de mantener intacta la autoridad materna, no quiso decir nada delante de Antoinette. Se fue preocupando de todos los detalles, preguntando a su hija qué había hecho aquella mañana, si le gustaba la comida y si había dormido bien. Y Antoinette, recordando las confidencias de su madre, se extrañó una vez más de no hallar en su padre la imagen que cuadraba a la idea que se había hecho de él. ¡No, decididamente, ambas imágenes no cuadraban, no se asociaban! Un hombre semejante, serio y severo, un padre que se mostraba constantemente preocupado por su hija no podía ser el apasionado y brutal perseguidor de mujeres que le había pintado Edith. Antoinette sufría constantemente por efecto de aquella incertidumbre. Cada vez que su padre se mostraba amable y solícito, tenía la impresión de que estaba cometiendo una injusticia con él. Pero bastaba una represión, una seria amonestación de Samuel, cuando se trataba del orden y de la buena educación, para que Antoinette se irritara bruscamente. ¿Para qué aquella preocupación por las apariencias, aquel perpetuo desvelo por adoptar una cierta respetabilidad a los ojos del mundo? Ella estaba segura de que bastaba no obrar mal para ser respetado por todos. Y cuando estallaba un conflicto semejante, Samuel perdía inmediatamente el terreno conquistado, y Antoinette volvía a mostrarse hostil y fría.


II

A las dos de la madrugada, Théverand, el ayudante de Gaure, despertó de su somnolencia. Había pasado la noche a la intemperie, en medio del campo, esperando la llegada de un avión. El carruaje de Edith lo había dejado allí la víspera y no se había movido en muchas horas. Se levantó, transido de frío y con los miembros agarrotados, mucho más cansado que si no se hubiera dormido. No vio a su alrededor más que la noche y los campos. Soplaba un fuerte viento. A sus espaldas, el molino en ruinas, en cuyo umbral había descansado, se recortaba más oscuro contra el firmamento.

Théverand se había visto obligado a practicar el espionaje casi en contra de su voluntad. Era un hombre sencillo, pero la entrada de los alemanes había despertado en su interior el patriotismo y la exasperación de la derrota. Albergó en su casa a dieciocho soldados franceses, pero al cabo de unos cuantos días comenzaron a surgir las dificultades. Hizo falta alimentar a aquellos hombres, vestirlos y ocultarlos. Y, luego, a medida que el peligro fue aumentando, escasearon los hombres de buena voluntad. Théverand empezó a pensar en la manera de devolver a los soldados a sus hogares de Francia. Conocía bastantes guías especializados en pasar fugitivos a Holanda. Tuvo que proporcionar a caída uno de los soldados pasaporte falso, ropas y dinero. Al partir, le confió informes sobre la naturaleza y la cantidad de tropas alemanas acantonadas en la región y el tránsito de los trenes cargados de material y de heridos. Había recogido aquellos informes con bastante ingenuidad, enviándolos mezclados los útiles con los superfluos, pero corriendo, sin embargo, el riesgo de que le fusilaran igual por unos que por otros. Poco tiempo después, recibió la visita de un espía francés, antiguo oficial de aduanas, llegado de Francia en avión y que conocía a fondo el país. Entre aquellos espías abundaban los empleados de aduanas. Aquel llegaba para rehacer una red destruida en la que cada agente recibía de otro informes a transmitir, pasándolos a un tercero, sin que jamás conociera a otros espías más que a sus dos colegas. De aquella forma se evitaba que el enemigo pudiera llegar hasta la cabeza de la organización, Théverand aceptó uno de aquellos puestos. Su firma era Molinel 114 (siempre se añadía una cifra al nombre supuesto) y debía transmitir sus informes a Gaure, profesor en Tourcoing. Tenía que recoger unas palomas mensajeras francesas. Precisamente el día anterior, habían comunicado a Gaure por T. S. H. que las palomas serían depositadas al sur de Pont-á-Marcq, cerca del viejo molino, y había enviado a Théverand a recogerlas.

En aquel instante estaba esperando el avión. Faltaba aún mucho para que clareara el día. Un solo recurso le quedaba para no dormirse: andar. No podía permanecer inmóvil, expuesto a los rigores de la noche. Se internó al azar en las tinieblas, haciendo un esfuerzo para poner en movimiento sus miembros ateridos, levantando con las suelas de sus zapatos pellas de arcilla y andando como un sonámbulo, con el cuerpo pesado y el espíritu febril. De vez en cuando cerraba los ojos por espacio de un minuto, sin dejar de andar.

¡Qué caprichosa era la vida! Él, Théverand, un modesto y apacible empleado, hombre ordenado y padre de familia, se hallaba en aquellos momentos en pleno campo, expuesto al frío a las dos de la madrugada, paseando al azar en espera de un avión inglés y corriendo el riesgo de ser fusilado si por desgracia lo sorprendían. Aquellas eran unas aventuras que le hubiesen parecido increíbles de haberlas leído en las novelas. Mientras andaba, iban desfilando tales pensamientos por su mente. ¿Era posible que fuera él aquel mismo Théverand, con mujer e hijos, para quien antes constituían el horizonte de su vida las grises paredes del barrio de Saint-Sauveur? ¿El mismo Théverand que consideraba un gran viaje la excursión a Malo-les-Bains y un gran peligro regresar a su casa después de medianoche? ¡Y pensar que en aquellos instantes estaba allí arriesgándose la vida! ¡Era increíble! ¡No, no podía creerlo! ¡Le parecía un sueño inverosímil! ¿Cómo había podido tener la audacia de comprometerse en tamaña empresa?

Tales pensamientos le asaltaban solo en aquellos instantes, cuando la soledad y la inacción le hacían verse a sí mismo con claridad y, entonces, se asombraba de su propia audacia. El resto del tiempo, la acción le impedía detenerse a reflexionar. Nunca había tenido tiempo, ni se había propuesto analizar con sensatez la clase de empresa en que estaba empeñado. Hubiera podido decirse que todo aquello no era más que un juego para él, una especie de gigantesco pasatiempo.

Théverand siguió andando. Cada vez más fatigado, arrastraba los pies, tropezando y salvando con torpeza los surcos. Hubiera dado cualquier cosa por hallar un lugar donde sentarse.

Despuntó la aurora, iluminando con una claridad grisácea las líneas del horizonte e invadiendo lentamente aquella meseta desolada y azotada por el viento. Aquello le recordó ligeramente el amanecer en el mar. Apoyado contra un olmo, encogido y con el cuello erguido, fue observando cómo poco a poco se dibujaban los contornos infinitos y brumosos de aquel paisaje pardo y húmedo, bajo un cielo tempestuoso, sin brillo y barrido por las ráfagas de viento. Percibió la silueta negra de un árbol y la masa salvaje de un brezal solitario. Una especie de paisaje de pesadilla. Théverand siguió en su espera.

En la lejanía, débilmente, comenzó a escucharse, como arrastrado por el viento, el zumbido de un insecto. Théverand se estremeció, levantó la cabeza y miró. Nada. En el fondo del horizonte, una mortecina claridad. El murmullo fue aproximándose; Théverand lo escuchó de pronto detrás de él, muy cerca. Se volvió. Una forma avanzaba hacia él, un gran pájaro gris, volando casi a ras del suelo, tan bajo que, instintivamente, bajó la cabeza. El avión siguió acercándose en vuelo rasante. Pasó sobre él, con el motor parado, planeando con armonioso y suave silbido. Se percibía el rodar de la hélice, impulsada por el viento. De pronto, dos, tres, cuatro bultos oscuros cayeron sobre los matorrales. El motor volvió a ponerse en marcha con un zumbido triunfante, el avión ganó altura y viró en redondo, alejándose raudo, como una flecha hacia el sur.

Théverand corrió a recoger los cestos. Encontró dos en seguida y el tercero lo halló en un surco. Faltaba uno. Estuvo buscándolo largo rato. Era preciso encontrarlo porque si caía en poder de los alemanes, los habitantes del pueblo serían considerados sospechosos. Muchos centros de espionaje habían sido descubiertos por el enemigo.

La claridad iba en aumento y Théverand exploraba los matorrales y los surcos, dando vueltas y cada vez más angustiado; era ya de día. Se veía ya desde muy lejos. ¿Qué dirían los alemanes si uno de ellos lo descubrían en pleno campo buscando algo que no sabrían explicar? Sudoroso, preso de agitación y fatigado, Théverand perdió la sangre fría y olvidó incluso el lugar exacto por donde había pasado el avión. Volvió junto al olmo, intentó acordarse, siguió su búsqueda… Y, cuando comenzaba a desesperarse y a azararse, vio de pronto entre la hierba, a dos metros de distancia, el cesto medio oculto por un matorral.

Con los cuatro cestos a cuestas atados con una cuerda, Théverand echó a andar. Anduvo dos kilómetros antes de detenerse a descansar. Entonces hizo alto en un bosquecillo y abrió la primera cesta. Se trataba de una jaula de junco bastante grande, en el interior de la cual había otra más pequeña, sujeta a la primera por una especie de ballestas, también de junco, ideadas para amortiguar el golpe de la caída. En aquella segunda jaula estaba la paloma mensajera con un poco de maíz. Théverand la sacó, examinándola cuidadosamente. El pobre animal no había sufrido ningún daño. Le dio un beso en la cabeza e inspeccionó el tubito destinado a los informes atado a una pluma de su cola. A continuación envolvió a la paloma en un pedazo de periódico y se la metió en el bolsillo. De aquella forma se podía transportar al animal, sin peligro alguno. Recogió también el maíz, pues en Lille no se encontraba aquel grano. Seguidamente aplastó la cesta con el pie, la arrojó a una zanja cubierta de hierba y, luego, hizo lo mismo con las demás.

Dos horas después, le recogió la calesa de los Fontcroix en el punto de la carretera convenido de antemano. Edith y Antoinette iban a vender sus comestibles a un pueblo cercano al frente, en cuyas ruinas permanecían aún sus habitantes, retenidos tanto por el amor al hogar como por el afán de lucro. Vendían cuanto querían a los soldados alemanes, a los que explotaban sin escrúpulos. Edith había agotado todo el cargamento de su carruaje. Antoinette y ella habían dormido sobre los bancos del vehículo sufriendo frío y hambre durante toda la noche. Regresaban extenuadas y ateridas. Antoinette estaba al borde de sus fuerzas; pero la maleta de Edith estaba llena de billetes.

Reanudaron la marcha hacia Lille. Edith, había comprado quinientos kilos de trigo en una casa de labor. La vuelta era siempre más alegre que la ida. Antoinette hacía comentarios sobre el dinero que habían ganado; y sobre el vestido color violeta que tanto anhelaba. Conocía a su madre, la sabía a la vez meticulosa y muy vanidosa en todo lo que se refería a su hija, y obraba en consecuencia. En el fondo era muy ladina y halagaba en su madre aquel amor al dinero, animándola y desarrollándolo. De ambas, ella era la más codiciosa, la más avara, la que calculaba y combinaba mejor los negocios. Luego, para obtener lo que anhelaba: un vestido, un juguete, una joya falsa, libros, un objeto cualquiera, hacía vibrar otros resortes, como eran la vanidad, los celos, y el orgullo maternal. O bien, por medio de pequeños halagos, ponía a su madre de un humor propicio al logro de sus deseos. Podía decirse que sabía pulsarla como un instrumento. Era una cabeza loca totalmente ignorante de las conveniencias y de las costumbres y sus caprichos reflejaban bien tal desequilibrio. Prescindía, a veces, de las medias a fin de poder adquirir un bonito sombrero, o bien vivía quince días con salchichón y queso para poder llevar a su hermanito Cristophe, de Roubaix, un valioso juguete. Edith, que había sido educada ella misma a la buena de Dios, la dejaba hacer, y gozando de una salud a toda prueba, no concebía que aquella extraña y desordenada existencia pudiera tener para su hija otro resultado que hacerla más robusta. Educar a los hijos en la dureza siempre ha sido considerado algo excelente por el pueblo. Edith, de muy buena fe, permitía que Antoinette cargara bultos de peso excesivo y derrochara vitalidad, pues estaba convencida que aquello había de endurecerla y hacerla más resistente. No se le ocurría siquiera que Antoinette no fuera feliz, pues sí todos sus deseos y procuraba que no tuviera un solo motivo de contrariedad.


III

La taberna «La Grande Bourloire» de la calle Saint-Sauveur era una vieja posada de la antigua Lille. Constaba de una gran sala de techo bajo y manchado de humo, alumbrada por seis estrechas ventanas adornadas de visillos, que daban a un patio extenso y profundo, obstruido en el centro por un enorme montón de pestilente estiércol. A su derecha estaba la taberna y el pajar a la izquierda. En lo alto dominaban los innumerables tragaluces sucios de los tugurios de Saint-Sauveur.

En los primeros años de la guerra, Jouvet, propietario de «La Grande Bourloire», ganó mucho dinero. Allí se citaban los traficantes de todo el país para intercambiarse sus mercancías y guardar sus equipajes. Aquella gente gastaba como ganaba, sin hacer cuentas.

Volviendo de Pont-á-Marcq, Edith se encaminó hacia «La Grande Bourloire» para vender su trigo. Se sentó cerca de la puerta de entrada en compañía de dos o tres traficantes de víveres, resistiendo firme y sin rebajar un céntimo sus regateos. La atmósfera era sofocante y la sala estaba llena de humo. Entre aquella niebla se bebía, se reía, se cantaba y se discutía. «La Grande Bourloire» era el punto de cita de un hato de osados aventureros. Todos aquellos que antes de la guerra tenían algunos conocimientos en materia de comestibles, ganadería y granos; los vendedores de mantequilla, de patatas, los granjeros, los carniceros; los matarifes, los tratantes de aves de corral, se habían convertido en especuladores. La época era buena y en Lille faltaba de todo. Se traficaba de forma vergonzosa. Entre aquellos regulares se mezclaba una multitud de aventureros, de jugadores y de estafadores; de todos aquellos que se enriquecían en las aguas turbias y a quienes su hábito de vivir al margen de la ley hacía particularmente aptos para los «negocios». Aquel mundo brutal y vulgar todavía más materializado por el perpetuo tráfico de víveres y comestibles, constituía para «La Grande Bourloire» una clientela tumultuosa, grosera y pródiga. Los alemanes acudían también a la taberna, vendiendo los víveres de su intendencia y bebiendo o jugando a las cartas. Los campesinos llevaban trigo y patatas en cubas de estiércol líquido cubiertas de sacos, que en un supremo afán de realismo, chorreaban humedad. Además, en aquella especie de bolsa de la alimentación, se daban también cita los especuladores y los bolsistas, aquellos que vivían como parásitos, comprando para revender y enriqueciéndose sin el menor trabajo.

Leonard Jouvet, hijo del dueño de «La Grande Bourloire», considerado un imbécil por todos los concurrentes, les escuchaba con aire ingenuo. No lograban cerrar trato. Edith quería cien francos por hectolitro, y Clovis ofrecía ochenta.

Fue entonces cuando llegó Antoinette. Llevaba colgando del brazo su famoso vestido violeta que acababa de comprar e, incapaz de contener su alegría, tenía un aire radiante. Atravesó triunfalmente los grupos de hombres apelotonados alrededor del mostrador y los conciliábulos de las mujeres en torno al hogar. Eran en su mayoría campesinas, comerciantes como Edith, mujeres o amantes de aquellos hombres, o antiguas vendedoras de mercado convertidas en importantes comerciantes. Satisfecha del efecto que producía, incapaz de contener su vanidad ingenua que le producía escuchar a su alrededor el rumor de admiración o de envidia, Antoinette llegó hasta la mesa de su madre y, sentándose en un banco, sostuvo con aire impertinente y satisfecho las miradas que todos le dirigían. Edith interrumpió su discusión y miró a su hija con orgullo.

—Qué bonita es, ¿verdad, Clovis?
—Sí, sí…, muy bonita —dijo el menudo jorobado con la mirada brillante fija en el escote de la muchacha. Las aletas de la nariz le temblaban levemente y un brillo de deseo se asomó a sus ojos.
—¡Sí, sí que eres bonita! —afirmó en voz alta aquel estúpido de Leonard. Y de todos los rincones de la taberna se escuchó:
¡Toinette! ¡Toinette! ¡Ven aquí! ¡Ven!

Los hombres reían. Las mujeres, celosas, la miraban con malos ojos y sonreían maliciosamente, diciéndose unas a otras:

—¡Es ridícula y llamativa como un payaso! ¡Qué ostentación! ¡Si parece una máscara!

Y Antoinette, insolente y triunfante, seguía mostrando su vestido violeta y su pelo trenzado en unos moños inverosímiles que se alzaban sobre su cabeza. Y, aunque bastante cómica, casi ridícula, seguía siendo irresistiblemente encantadora por todo lo que se veía en ella de espontáneo, de sincero y de ingenuo tras aquella ostentación.

—¡Apresúrese! —dijo ella—. ¡Termine ya de regatear, Clovis! Recuerde que todavía me debe el desquite de nuestra partida de chaquet que me prometió el otro día. ¡Y termine de una vez con sus regateos, que ya estoy harta de oír hablar tanto de trigo!

Al oír tales palabras, el gran Leonard acudió presuroso con la caja del juego y los dados.

—¡Bien! —exclamó Clovis, el jorobado—. Compro a noventa y cinco.

Entonces, sacó la cartera, pagó a Edith y, yendo a sentarse junto a Antoinette, cogió el cubilete y echó los dados. Mientras jugaba, se echó a reír, bromeando y excitándose cada vez más. Las manos le temblaban y Antoinette se reía de él, imitando cruelmente sus gestos y sus ademanes, con la inconsciencia cruel de la juventud. A su alrededor se congregó pronto un grupo que se divertía a costa del jorobado. Ella le obligaba a levantar los ojos con cualquier pretexto y bajo sus mismas narices cambiaba los dados y movía las piezas. En un cuarto de hora, perdió la partida. Ella le hizo pagar una ronda de cerveza para todos los presentes, que él pagó sin protestar, satisfecho de que le hubieran visto jugando a los dados con aquella hermosa muchacha. Los demás seguían sus burlas, sin que él lo notara siquiera. También se reían de Antoinette, pero ella, orgullosa de su vestido y de su éxito, no se daba cuenta de ello.

Empezó a sentirse un poco fatigada e irritada. Un cansancio que no comprendía, el desgaste de todas sus energías durante el viaje de aquella noche, la entristecían poco a poco, predisponiéndola a llorar sin ningún motivo. Hubiera querido marcharse, encontrar la paz y la calma de cualquier lado o bien aturdirse, bailar y ahogar aquella fatiga en una nueva excitación. Un sudor ligero humedecía su frente y sus manos. Hasta sus oídos llegó en aquel momento una discusión que Leonard sostenía con otro. Leonard apostó a que daría la vuelta a la taberna apoyándose en las manos. Pidió que le abrieran paso; retrocedió, se dejó caer sobre las manos y se puso a andar con los pies al aire. Penosamente dio la vuelta a la estancia y se levantó con calma entre los aplausos de los concurrentes. De pronto, Antoinette comentó despectiva:

—¡Vaya cosa! ¡Yo también sé hacerlo!
—¿Tú?
—Sí, sí; yo.

Entre exclamaciones y risas, Edith intervino:

—¡Antoinette, te prohíbo…! —Pero el clamor fue cada vez mayor.
—¡Déjala! ¡Nos apostamos una ronda! ¡Que se divierta!

Las miradas se encandilaron y por todas las mentes cruzaron pensamientos obscenos. Pero Antoinette, con una ágil pirueta, se dejó caer sobre sus manos. Se quedaron decepcionados. Había sujetado con alfileres su vestido y solo se vieron sus rodillas nerviosas y apenas el nacimiento de los muslos. Dio la vuelta balanceándose sobre sus muslos y se levantó entre las aclamaciones para hallar fija en ella la mirada turbia y como embriagada de Clovis el jorobado. Antoinette sintió casi temor. Volvió la espalda a los que la aclamaban y se refugió detrás de su disgustada madre.

Sentía la cabeza pesada y las mejillas ardientes. En un rincón de la taberna se entabló una discusión entre dos hombres que llevaban unos sacos blandos. Eran vendedores de pollos y gallos a quienes la atmósfera de la taberna había excitado. Soltaron sus gallos y rápidamente se formó un corro. Se improvisó un ruedo con sillas tumbadas. En medio de la gente, los gallos cloquearon furiosos, mirándose con ojos fieros. Antoinette aborrecía aquellos espectáculos violentos y bárbaros y, pasando inadvertida entre el tumulto, salió al patio y se encaminó al establo para dar a su caballo un puñado de alfalfa.

Se acodó en el pesebre y contempló reposadamente cómo el animal comía, moviendo las quijadas con rumor suave. De pronto, una voz a su espalda la hizo volverse.

—¿Qué haces ahí?

Clovis el jorobado estaba allí.

—Nada —dijo Antoinette saliendo de una especie de somnolencia en la que inconscientemente la había sumido su fatiga.
—¿Y tú a qué has venido?
—No me gustan las peleas de gallos.

No se dijeron nada más. Ella volvió la espalda y se acercó al caballo, que alargó la cabeza para que lo acariciara. Súbitamente, sintió que la rodeaban unos brazos, que unas manos se posaban sobre sus senos y que una boca golosa se posaba en su nuca. Antoinette era robusta. Se volvió furiosa y propinó una bofetada magistral a Clovis.

—¡Jorobado repugnante! No sé lo que me contiene…

Y Clovis recibió una segunda bofetada.

Él soltó un juramento, pero ya Antoinette había desaparecido. Se refugió en el granero, furiosa, avergonzada, fuera de sí. Hubiera podido decirse que solo en aquel momento empezó a darse cuenta de las locuras que había cometido. Se sintió rabiosa de la humillación, como si hubiera recibido una lección merecida, como si bruscamente le acabaran de revelar su inexperiencia del mundo y de los hombres. ¡Ella que se creía ya madura! ¡Pobre pequeña!

Reflexionó, intentando convencerse a sí misma: ¿De qué se extrañaba? Ella ya sabía bien que todos los hombres eran unos bestias… Pero en su fuero interno sabía perfectamente que no aceptaba aquella filosofía y que, a pesar de todo, conservaba en su alma más candor y más confianza de la que hubiera deseado. Súbitamente, sin razón alguna, pensó en su padre… ¿Qué hubiese dicho de haber sabido lo ocurrido? Sintió que le subía al rostro una oleada de rubor y de vergüenza, y en aquel instante le asqueó todo cuanto le rodeaba: su madre, ella misma…

De pronto, procedente del granero, escuchó un rumor de pisadas sobre la paja. Antoinette dio unos pasos y encontró a la pequeña Raymonde, la hija de Théverand, que jugaba a muñecas con unos trapos viejos.

—¿Eres tú, pequeña?
—¿Quieres jugar conmigo, Antoinette?
—Sí, pequeña; ¿a qué juegas?
—Estoy vistiendo mi muñeca. Va a hacer la comunión…
—Bueno, pues juguemos…

Cogió los trapos y vistió a la muñeca. Después, la misma Raymonde se puso un gran velo. Se divertían como locas.

—¡Dios mío, qué feliz soy, cuánto me divierto! —dijo Raymonde.
—Yo también —afirmó Antoinette.

Prendió unas flores de papel en el pelo de la pequeña y se trenzó para ella una corona de paja.

—¡Qué hermosa estás, Raymonde! ¿Y yo soy también bella?
—Sí, tú también eres muy hermosa.

Se envolvieron en los trapos de Raymonde.

—¡Qué hermosura! Me gusta lo blanco. Quisiera siempre vestir de blanco. Me atrae. Es hermoso… Es puro…
—¿Lloras? ¿Por qué lloras, Antoinette?
—Nada… por nada… No lo sé, ni yo misma lo sé…

Se enjugó las lágrimas y añadió:

—¡Qué tonta soy! ¿Verdad? Ni yo misma sé lo que tengo. Debo estar algo loca, pero ya me ha pasado… Juguemos, juguemos, Raymonde…



VI

I

Nunca se supo quién traicionó a Gaure y a Théverand. Fuere como fuere, Gaure se despertó una mañana, encontrándose en su habitación con cinco policías alemanes que lo arrestaron bajo la acusación de haber intervenido en un robo de carne. Registraron la casa y encontraron un filete fresco.

Gaure no se inquietó lo más mínimo, pues el asunto no revestía ninguna gravedad. Efectivamente, había comprado diez kilos de carne de buey a tres soldados alemanes que habían asaltado de noche un matadero. Los soldados del frente con frecuencia robaban víveres en sus viajes a retaguardia. Gaure había cedido parte de su adquisición a sus vecinos, y estos también fueron detenidos y conducidos a la Kommandantur. Gaure fue objeto de un largo interrogatorio, en el curso del cual declaró haber comprado la carne a unos soldados.

—No es cierto —respondieron los policías—, nuestros soldados no son ladrones. Di: ¿quién ha matado al animal? ¿Cuál es el nombre del culpable?
—No existe tal.
—Pues bien, serás condenado como ladrón de ganado.
—Como ustedes quieran —respondió Gaure—. Únicamente deseo hacerles saber que soy incapaz de matar un conejo.

Fue enviado a la cárcel en compañía de todos aquellos vecinos en casa de los cuales se había descubierto la carne.

Pronto se dio cuenta de que iban dejando en libertad a los demás, mientras que él continuaba encerrado. Entonces empezó a inquietarse. Había salido de su casa sin haber podido esconder nada, ni haber cogido una sencilla chaqueta. Estaba en la cárcel con unos pantalones y un camisón de dormir, envuelto en un viejo abrigo gris que había cogido al vuelo en el momento de marcharse. En su casa había dejado papel cebolla y los tubitos de mensajes para las palomas debajo del busto de yeso que había sobre la chimenea del salón. Si los alemanes lo descubrían, estaba perdido. Sin duda alguna, no abrigaban sospechas de él. Pero, entonces, ¿por qué lo retenían mientras iban dejando en libertad a los demás?

Llevaba ya diez días encerrado en la bodega del Ayuntamiento cuando nuevamente fueron a buscarle. Estaba tendido en el suelo con el abrigo gris echado sobre los hombros. Se levantó de mala gana y siguió a los soldados. Observó que le vigilaban estrechamente. Lo esposaron y le hicieron subir a un vehículo cubierto.

El carruaje emprendió la marcha. Durante el viaje, Gaure hizo algunas preguntas en mal alemán a sus guardianes, pero estos no le respondieron. Llevarían recorridos unos quince kilómetros cuando se detuvieron. Gaure bajó poniendo los pies en el patio siniestro y desnudo de una cárcel. Debía ser la prisión de Loos. Fue conducido hasta un despacho, de allí pasó a un corredor donde le quitaron las esposas y, finalmente, fue empujado dentro de una pequeña habitación donde, delante de una mesa escritorio, había sentados dos oficiales alemanes y un policía vestido de paisano. Detrás, sobre un velador se veía un viejo fonógrafo y en el fondo, sentados en un banco, había seis gendarmes.

—Siéntate.

Gaure tomó asiento.

—¿Estás decidido ya a decirnos la verdad sobre el asunto de la carne?
—Ya les dije la verdad desde el primer momento.
—¿De modo que te obstinas en hacernos creer que fueron nuestros soldados los que dieron muerte al buey?
—No puedo contestarles otra cosa.

Durante una hora, le asediaron a preguntas, sin que él diera otra respuesta que la ya dada.

El policía, detrás de los dos oficiales, escuchaba con aire burlón. Dio una vuelta al despacho, cogió una silla y fue a sentarse delante de Gaure. Tranquilamente, con aire irónico y jugando con una fusta que había cogido de encima de la mesa, le dijo con familiaridad:

—Anda, viejo, ¿cuánto tiempo hace que te dedicas al espionaje?

Gaure acusó el golpe. Desde la víspera no había comido nada. El frío, la fatiga y el nerviosismo de aquel largo interrogatorio le habían fatigado. No supo disimular su sorpresa y balbució:

—¿Yo…? ¿Espio… espionaje?
—Sí; sí, claro. No te hagas el tonto. Has cometido una tontería. Trata de arrepentirte y cuéntanos lo que sepas. Te lo tendremos en cuenta. Vamos, cuenta…

Hablaba el francés con la misma rapidez de Gaure y con una especie de acento de los barrios bajos que delataban a la legua su estancia en París. Gaure iba recobrándose. No, no debía confesar, sino negar, solo negar. Su salvación estaba en aquello. Con tono grave, dijo:

—No lo comprendo.
—¿Es que me crees tonto? No te preocupes, que ya nos lo dirás. Te repito que lo sé todo. Recibías palomas mensajeras por avión. Unos oficiales que se alojaron en tu casa hace cosa de unos quince días encontraron papel cebolla y tubitos para mensajes… Sí, bajo el busto de Beethoven que hay en tu salón. ¿No comprendes que esto te compromete…? Además, sé otras cosas. No te hagas el remolón y dinos todo lo que sepas. Te prometo que saldrás ganando con ello.

Dijo todo aquello con una rapidez que asombró a Gaure, no dejándole tiempo de reflexionar.

—¡Vamos! ¡Contesta en seguida!
—No tengo nada que decir —repitió Gaure.

El policía seguía jugando con la fusta, encorvándola y soltándola. De pronto, Gaure recibió un golpe en los ojos…

Se levantó tapándose el rostro con las manos y gritando. Un segundo golpe en el vientre lo derribó. Aquella fue la señal de una terrible escena. Los seis gendarmes se lanzaron sobre él, pisoteándolo y golpeándole con sus botas. Encogido, pisoteado, tapándose el rostro con las manos magullado y sangrando, recibió en pleno vientre, en la cabeza, en el pecho y en las extremidades, silletazos y patadas de las botas herradas de los gendarmes. Calmosamente, en medio de aquel tumulto, uno de los oficiales se levantó y puso en marcha el viejo fonógrafo, cuyo sonido estridente ahogó los gritos de Gaure.

Le incorporaron. No veía nada. Estaba ciego, sangrante, magullado. Un gendarme le echó sobre los hombros su viejo abrigo gris, anudándole brutalmente las mangas alrededor del cuello. A continuación le condujeron hacia la puerta, como si fuera un niño vacilante y sollozante. No había pensado siquiera en esbozar un gesto de defensa.

El corredor estaba oscuro. Los gendarmes le cogieron por los brazos. Cuando descendió la escalera, aún vacilante, se cruzó con una sombra que subía esposada. La sombra se detuvo un momento.

—¡Monsieur Gaure!

Gaure entreabrió sus ojos ensangrentados.

—¡Théverand!

¿También habían detenido a Théverand? ¡Y todo por su culpa! ¡Aquellos papeles cebolla, aquellos tubitos!

—¡Théverand, Théverand, perdón, perdón, ha sido culpa mía…!

Pero ya los gendarmes lo arrastraban entre juramentos.


Théverand había sido detenido una mañana que fue a ver a Gaure. Hacía días que no había visto al profesor del Liceo. Acudió con la intención de informarse y cayó en la ratonera.

Era objeto, como Gaure, de muchos interrogatorios. Y, cada vez, la puesta en marcha del siniestro fonógrafo revelaba el principio de una escena de brutalidades y violencias inauditas. Desde allí se les conducía a una celda donde estaban sujetos a un régimen de incomunicación. Streng arrest, es decir, encierro durante tres días entre tinieblas absolutas, con pan y agua por todo alimento. Al cuarto día, pasaban al régimen corriente de los demás presos, gozando plena luz. Tal trato debilitaba al preso de forma inconcebible. Y cada dos o tres días, al anochecer, después de una jornada de ayuno e inquietud, a la hora en que el espíritu fatigado se debilitaba y se sentía más deprimido, iban a buscarlos y les sometían de nuevo a aquel terrible interrogatorio.

Dos o tres veces, Théverand se cruzó con Gaure en los corredores, con un Gaure engrandecido y profundo y con una cabellera larga y blanca, la mirada extraviada, martirizado, con su enorme abrigo raído y sucio flotando en torno suyo como un inmenso harapo. Al verle, Théverand se estremecía, sin darse cuenta de que él mismo, bajo los golpes y los sufrimientos, había alcanzado la misma decrepitud.

Gaure fue objeto de grandes presiones por parte de la policía alemana. Presentían que era uno de los jefes del espionaje y querían arrancarle nombres. Diez veces fue conducido delante de sus torturadores, que terminaron por llevarle a presencia de unos feroces perros, conocedores del terror que inspiran sus implacables mandíbulas a un hombre desnudo y sin defensa. Théverand no sabía nada, ni podía decir nada; pero Gaure tuvo necesidad de recurrir a unas energías sobrehumanas para no confesar. Puso en ello todo su orgullo que, según había llegado a decir el abate, podía remplazar a una fe en el corazón humano. Le aguardaban aún muchas horas de lucha, y Gaure, sin saberlo, amaba la lucha. Contra la voluntad de sus verdugos, la suya se crecía. Desde el primer momento se había dado cuenta de que, al pasar de un límite determinado, los golpes ya no se sentían o por lo menos no causaban sufrimiento. Cuando diez hombres martirizan, la carne embrutecida, convertida en materia, ya no reacciona. La espera era, sin embargo, más dolorosa que la misma tortura. Gaure experimentó únicamente un gran terror ante los perros, pero los alemanes no se dieron cuenta y nunca los soltaron.

Cuando Gaure pasó, de manos de la policía, a la jurisdicción del juez de instrucción alemán, ya no era más que una máquina de sufrimientos. Ya no era capaz de razonar, no trataba de hallar motivos para su resistencia, ni a su desesperado silencio. Este se había convertido en algo instintivo para él. No le quedaba más que una visión vaga de su patria, de sus amigos, de sus ambiciones y de sus sueños y a ella se aferraba en medio de su invencible silencio. Era algo parecido a la obstinación de un animal extenuado. Aquel orgullo, aquella propia energía y aquella conciencia de su dignidad de hombre en la que Gaure había creído poder apoyarse, se hallaban ya muy lejos.

Una vez delante del juez de Instrucción, los procedimientos fueron más legales. Nada de golpes ni insultos. Simples interrogatorios casi corteses. Gaure recuperó algunas fuerzas y pudo rehacerse antes del proceso.

El Consejo de Guerra se celebró con gran aparato en el Palacio de Justicia de Lille. Gaure y Théverand fueron conducidos desde Loos hasta allí en auto. Y al penetrar en la inmensa sala, con artesonados de nogal y aspecto solemne, Théverand se sintió empequeñecido. Un coronel presidía, teniendo a su lado a cuatro capitanes con uniforme de gala y llenos de condecoraciones. Sobre la mesa se veían las espadas y los cascos de punta dorada. A la izquierda, el ministerio público representado por un procurador imperial. Detrás de Gaure y Théverand, en una especie de sitial, estaba su abogado. Théverand no había visto jamás a aquel oficial alemán. Y, sin embargo, como la esperanza humana acostumbra aferrarse a todo, tenía confianza en aquel enemigo que había aceptado la misión de defenderlo. ¡Era ya una esperanza que alguien les defendiera!

El presidente dio lectura al acta de la acusación. Espionaje, recogida de palomas, mensajeras, ayuda prestada a movilizables para que atravesaran la frontera holandesa. Luego, el procurador imperial tomó la palabra. Théverand lo escuchó azorado. Repitió a cada uno los cargos de que era objeto por la acusación, luego pidió para ambos la pena de muerte. Cinco o seis veces a lo largo de aquel largo discurso en alemán, Théverand entendió la palabra «muerte» repitiéndose como un leit-motiv. Gaure, sentado en el banquillo al lado de Théverand, envuelto en el abrigo que ocultaba su sucio camisón y con el viejo pantalón hecho jirones, dormitaba indiferente. Hubiera podido decirse que aquello no le incumbía. No hizo el menor movimiento cuando el procurador imperial se sentó y se levantó el abogado defensor.

Théverand se volvió hacia el abogado. Parecía devorarlo con los ojos. Sentía su vida suspendida de las palabras que iba a decir aquel hombre. Jamás había comprendido la magnífica misión de un hombre que va a defender a otro. En aquel instante, era capaz de aferrarse a cualquier esperanza. Nada estaba perdido, puesto que tenía un abogado, puesto que le permitían aquel apoyo… En el fondo de su corazón, casi sentía gratitud hacia aquellos jueces terribles que, sin embargo, eran capaces de guardar respeto a la equidad. Haciendo acopio de toda su atención, de todas sus facultades, adivinó más que comprendió el discurso de su defensor:

—Señores, el caso está bien claro y no tengo mucho que decir… Existe una ley de guerra. ¿La han contravenido esos hombres? En este caso no pueden ser más que condenados a muerte.

Volvió a sentarse.

Théverand lo contempló con aire estúpido. ¿Qué era aquella defensa? ¿Qué significaba aquella comedia grotesca y siniestra? Estaba atontado, petrificado… Consideraba que semejante simulacro de justicia no podía ser más que una farsa. Esperaba que todo volviera a empezar de nuevo, algo distinto, un verdadero proceso… Contempló con estupor cómo se levantaban los jueces y se retiraban. Con un ruido metálico los soldados del fondo de la sala presentaban armas, rígidos. Un gendarme le tocó el hombro y siguió los pasos de Gaure, que se alejaba lentamente.

Cinco días después supo el resultado del proceso. Su régimen de streng arrest le había hundido cada vez más en las tinieblas; permanecía angustiado, pensando en los suyos, en Gaure y en la vida que iba a dejar. Cualquier rumor de pasos en el corredor le sobresaltaba, llenándole de esperanza y temor. Aquellos cinco días duraron una eternidad. Por fin, una noche entraron en la celda unos gendarmes y unos oficiales entre los que estaba su abogado. Théverand, que estaba sentado en el jergón, se levantó.

—Los jueces acaban de pronunciar su sentencia —le dijo en francés un oficial.
—¡Ah…!
—Le han condenado a muerte.

Théverand se sentó. Tuvo la sensación de que le habían dado un brutal puñetazo en el estómago. Con la boca seca y las sienes húmedas contempló a aquellos hombres que le rodeaban. Maquinalmente, repitió: «A muerte… A muerte».

—Todavía le queda una probabilidad; el indulto…

¡Con qué ímpetu el espíritu del hombre se aferra a cualquier esperanza de salvación! Aquello fue suficiente para que Théverand se sintiera revivir. Durante los días siguientes, su pensamiento tuvo un solo consuelo: el indulto…

Salieron, dejándolo echado, reconfortado por aquella nueva y débil esperanza que, a partir de aquel instante, ya no le abandonaría.


II

Estaba en su celda rodeado de tinieblas. Afuera debía de ser de día. Tanteando, Gaure dio la vuelta a su celda lentamente, moviendo fatigosamente sus largas y debilitadas piernas. Dio con su jergón y se dejó caer indiferente entre aquella miseria. Rebuscó en los bolsillos un resto de papel y lo lio como un cigarrillo, aspirando como si fumara. El olor de sus dedos y un resto de nicotina que impregnaba su índice completaron la sensación. Desde su encarcelamiento sufría enormemente la privación del tabaco.

Ni el día ni la noche existían para él. El tiempo, monótono, transcurría como un río eterno. Hacía durar horas la única comida de pan y agua y sentía un malestar horrible, un vacío cerebral, como para volverse loco.

Hacía unos quince o dieciocho días que Gaure había firmado la petición de indulto. En realidad, no sabía a ciencia cierta cuánto había pasado.

Lentamente, la atmósfera fue enfriándose. Sin duda alguna, estaba anocheciendo. Para Gaure el frío significaba la llegada de la noche. Buscó a tientas su viejo abrigo gris hasta que, finalmente, lo encontró. Le entró un acceso de tos que le duró largo rato. Cuando cesó, estaba casi sin aliento. En voz alta se dijo: «Aunque me indulten no creo salir con vida de todo esto». Aquella reflexión le indujo a pensar en Théverand. Aquel era el gran dolor de Gaure, su gran remordimiento. Siempre había comprendido a Théverand, su ingenuidad, la especie de inconsciencia, de travesura con que aquel hombre atravesaba aquella dramática situación. «Yo debería haberle advertido, debería haberle hecho comprender los riesgos que corría para hacerle desistir de sus propósitos», pensó Gaure. Además, se sentía también culpable de la detención de Théverand. Había acudido a su casa y allí lo habían detenido. Gaure pensó que no debía haberse dejado engañar con aquella estúpida historia del buey muerto y en su mente se reprodujo la imagen de Théverand: enjuto, triste, febril, angustiado, esperando la sentencia del tribunal y escuchando con avidez al abogado defensor. Le pareció ver ante sí aquel rostro algo candoroso, con su mirada infantil, de arrapiezo que no comprende… Y su mujer, su hija… Con el rostro entre las manos, Gaure se echó a llorar. Lloró silenciosamente, dando rienda suelta a todo su dolor, hasta que no supo siquiera lo que hacía… El pensar que no volvería a ver a algunos alumnos suyos, muchos de los cuales había creído que le eran indiferentes, le producía un intenso dolor, sin saber a ciencia cierta por qué. Todo cuanto le había rodeado se le aparecía a sus ojos como algo entrañable…

Sonaron unos pasos que se detuvieron ante su puerta. Gaure levantó la cabeza. La cerradura chirrió. Una claridad pálida invadió la celda, y Gaure, alzando sus ojos deslumbrados y enfermos, reconoció unas siluetas humanas… Eran gendarmes. Se aproximaron a él y le cogieron por los brazos. Algo frío rodeó sus muñecas. Las esposas… Débilmente, exclamó: «No vale la pena». Pero se las pusieron a la fuerza. Le sostuvieron por los sobacos y le arrastraron hasta el corredor. El aire frío y puro le hizo el efecto de un trago de alcohol.

En el patio había un vehículo cerrado. Le llevaron hasta él y subió penosamente. Desde el interior, dos alemanes le cogieron por los hombros, introduciéndolo dentro. Se sentó sobre una tabla, con un soldado a cada lado. Arribos deslizaron ostensiblemente un cargador en su máuser y corrieron el cerrojo con un chasquido. Cerraron tras ellos la portezuela y el vehículo se puso en marcha.

Gaure se dejó conducir, somnoliento, casi indiferente. La fatiga le embrutecía. No se inquietaba en lo más mínimo con aquel cambio de prisión, pues frecuentemente le habían cambiado de celda. A través de la lona, se filtraba una claridad que cada vez se hacía más débil. Anochecía. Gaure, sin fuerzas, vacilaba con los vaivenes del carruaje, cayendo alternativamente sobre uno y otro de sus guardianes. Estos volvían a enderezarle con mano firme, pero sin brutalidad. Cuando el vehículo se detuvo después de haber torcido bruscamente y atravesado una sonora bóveda, no supo si habían estado rodando una hora o diez minutos.

Descorrieron la lona. Descendió. Estaban en un patio ancho, empedrado, encuadrado por altos y viejos edificios de aspecto siniestro. Era un cuartel. La vista del portalón de entrada despertó en él un recuerdo preciso: la ciudadela de Lille… Los soldados le rodearon. Le quitaron las esposas. Luego, le condujeron hasta una oficina cuya lámpara brillaba a través de la ventana como una estrella sangrienta en el gris anochecer. Anduvo con lentitud, sostenido por un resto de energía, preocupado por no mostrar a aquellos hombres su debilidad. El frío del crepúsculo le hería bajo su camisón y su abrigo raído. El calor de la oficina, donde había una pequeña estufa, le produjo un agradable bienestar.

Allí había cuatro o cinco oficinistas que escribían sobre unas mesas de madera negra. Le miraron con curiosidad. Un oficial salió de una habitación contigua. Saludó a Gaure militarmente, y este, cortésmente, a manera de respuesta, levantó su delgada mano hasta su rostro.

—Monsieur —dijo el oficial en buen francés—, lo lamento, pero su demanda de indulto ha sido denegada. Será usted fusilado mañana por la mañana.

Gaure no respondió una sola palabra. La cabeza le daba vueltas, sin que supiera si era de debilidad o de emoción. Movió los labios, pero no dijo palabra. El oficial le contempló por espacio de un segundo.

—Llévenselo —dijo, dirigiéndose a los soldados.

Gaure salió escoltado por cuatro soldados. Le hicieron subir una escalera de piedra y en la oscuridad de la noche entrevió un edificio que guardaba cierto parecido con un pajar. Luego entraron en un pasillo largo y helado. En el fondo se veía una maciza puerta gris. Descorrieron los cerrojos. Lo hicieron entrar en una celda. Bajó cuatro o cinco escalones de piedra. Sobre la mesa le dejaron dos velas, cigarrillos, tinta y papel. Luego, la puerta se cerró tras él.

Se encontraba en una pieza de tres metros por cuatro, con las paredes de piedra y el suelo enlosado. Una mesa y un taburete componían todo el mobiliario; desde un rincón los escalones de piedra ascendían hasta la puerta. En la celda reinaba una lúgubre oscuridad.

Gaure tosió. Su tos despertó en la mazmorra un sordo eco. En voz alta dijo: «Mañana voy a morir…». Su voz sonó extraña. Todo aquello no despertaba en él ningún pensamiento. Su cerebro parecía estar vacío.

Dio la vuelta a la celda. Una vez más tuvo el eterno y obsesionante pensamiento de huir… Con un ademán que casi se había convertido en hábito, echó una mirada a su alrededor. Fue hasta la puerta y la examinó. Nada. Nuevamente murmuró: «Me gustaría saber qué voy a hacer aquí hasta mañana por la mañana».

Se sentó en el taburete. Su mente parecía hallarse virgen de toda idea. Los minutos transcurrían lentos y el tiempo parecía alargarse de forma inverosímil. ¡Qué lento se le haría esperar hasta el día siguiente! Una vez más, se repitió: «¡Qué aburrimiento tener que esperar a mañana!». Y, súbitamente, la idea de que a pocas horas de la muerte pudiera aburrirse de tal forma le pareció inconcebible y grotesca. Se dio cuenta de que aquel tiempo que estaba desperdiciando, que dejaba hundirse en el vacío, representaba toda su vida, todo lo que le quedaba de vida. ¡Y pensar que el tiempo huía, que no le quedaban más que algunas horas! ¡Vivir, vivir! Aprovechar aquellas hora, utilizarlas como un tesoro, saborear avaramente los segundos, degustándolos gota a gota… Pero ¿cómo? ¿Qué hacer? ¿Cómo aprovecharlos mejor? ¿Cómo gustarlos hasta el máximo? Mil ideas le asediaron, mil ideas locas, incoherentes. Le quedaban tantas cosas que hacer, tantos recuerdos que evocar, tantos pensamientos que tener, tantas maneras de utilizar aquel mísero resto de vida, que se sentía sumergido, aturdido, incapaz de escoger… Y todo aquello con la conciencia, la rabia, el desespero de sentir cómo el tiempo huía y se le escapaba, igual que una sangre preciosa que fuera derramándose inexorablemente… Tuvo un acceso de delirio insensato y necesitó hacer acopio de todas sus fuerzas para no precipitarse contra la puerta y golpearla, aullando y derrochando de una u otra forma aquellas ansias de vivir, de luchar. Fue de un lado a otro de la celda, rugiendo de rabia, como un tigre. Luego, se calmó y se sentó sobre el taburete. Oía los latidos de su corazón en su pecho sudoroso. Su miraba tropezó con el papel blanco que había sobre la mesa. Apartó los ojos con disgusto. ¿Escribir? ¿Por qué hacerlo? Al día siguiente estaría muerto. ¿Qué importaba lo que sucediera después, puesto que no lo sabría, puesto que ya no existiría? De nuevo, sintió despertarse en él una furiosa oleada de egoísmo instintivo.

Al lado de la vela había un paquete de cigarrillos. Alargó la mano, lo cogió, sacó un cigarrillo y lo encendió en la llama. Le acometieron, entonces, unas náuseas y lanzó el paquete rabiosamente al suelo, asqueado al pensar en aquel goce solitario, animal, inútil a pocas horas de la muerte. ¡El tiempo era infinitamente precioso para gastarlo fumando un cigarrillo! ¡Fumar, perder en un acto tan pueril semejantes segundos! Hubiera deseado aprovecharlos como un tesoro, ser útil por última vez, terminar definitivamente su tarea humana, esa misteriosa labor que todos estamos llamados a cumplir y que dejaba interrumpida, inacabada. Hubiera querido terminarla en una noche, para morir luego con el espíritu tranquilo. Y de nuevo la conciencia de su impotencia, la absoluta obligación de esperar y de aburrirse, de hallar lentos los segundos, tan preciosos y solemnes, le sumió en el furor y la desesperación… Por espacio de algunos minutos, estuvo como loco. Tuvo miedo de hallarse, a pesar suyo, a solas ante la idea que a toda costa quería desechar: el aniquilamiento. Aquella idea le obsesionaba, presta a surgir, a imponerse. La rechazó con todas sus fuerzas y gastó el resto de su energía en pasear por la habitación, en cerrar los puños, en maldecir al suelo… Y, luego, volvió a sentarse en su taburete, fatigado y bañado en sudor…

Sintió frío. Se abrochó sobre su camisa el viejo abrigo de lana, con el que iba a morir. Era su compañero de agonía desde hacía algunas semanas y le acompañaría a la tumba… Gaure se sintió poseído de un último terror. Se volvió a levantar bruscamente, corrió hacia la puerta, lleno del deseo de gritar, de suplicar, de implorar… Al otro lado había hombres como él. No podían dejarle morir. Estaba seguro de que se apiadarían de sus súplicas, de sus gemidos, de sus gritos… Ante la puerta cerrada, levantó los puños para golpearla, dispuesto a aullar como un animal. Pero algo le detuvo en su excitación, un resto de orgullo…

—Gaure, Gaure, Gaure, no hagas eso.

Volvió al taburete, se sentó y apoyó la cabeza en ambas manos, musitando:

—¿Es que no tengo valor, no soy capaz de mirar la muerte frente a frente?

Se acordó de sus padres, de su fin tranquilo, de la serenidad con que habían exhalado el último suspiro… ¡Qué diferencia con aquella demencia que le poseía, que le empujaba hacia la puerta para gemir y blasfemar! Sí; pero ellos habían creído. Consideraban a la muerte un radiante despertar. En cambio, él… El recuerdo del abate Sennevilliers, de su antigua y dulce amistad, acudió a su mente, humedeciéndole los ojos. Al llorar, sintió ablandarse su corazón. Le pareció que se convertía nuevamente en un hombre y que escapaba a su locura. Apoyó los brazos sobre la mesa, ocultando entre ellos su rostro enjuto; luego, sollozó largo rato, sin sentir ninguna vergüenza, desahogadamente.

Se incorporó aliviado. Sacó del bolsillo de su raído abrigo un pedazo de forro que le servía de pañuelo y se enjugó los ojos. Y con un gesto maquinal alargó la mano hacia la pluma y el papel para dirigir por última vez, de cara a la eternidad, un saludo melancólico al solo, al único amigo que sentía abandonar…

Señor abate:
Mañana por la mañana voy a morir. Se lo anuncio. Y no me resigno a que no quede nada de mí cuando usted reciba estas líneas. Estoy lleno de terror y si diera rienda suelta a mis impulsos, iría a postrarme humildemente, a humillarme a los pies de mis verdugos…
Espero tener valentía para afrontar el trance, pero no sé lo que haría si una cobardía pudiera salvarme a esta hora… Que no hagan después un héroe de mí. Siento vergüenza de mí mismo, de mi miserable debilidad de hombre.
Tenía usted razón… No se fundamenta una moral en uno mismo, en la conciencia de la dignidad de hombre, en el orgullo…
Adiós. Mi muerte es estúpida. En el fondo de mi conciencia sé que no responde a nada, puesto que yo en nada creo. ¿Por qué voy a morir? Por nada. Moriré sin haber conocido siquiera mi misión en este mundo… Sin haber obrado bien… Pero ¿por qué habré aceptado yo esa misión? ¿Y por qué tengo la seguridad de que volvería a hacerlo si eso fuera, posible? Moriré sin haberme comprendido…
Pienso en usted, en mi casa, en mis quehaceres. ¡Nada es más bello que la vida! Me gustaría vivir.

Escribió la dirección. El desahogo de su agonía moral le había quitado un peso de encima, una vez cerrado el sobre, lo puso en un rincón de la mesa y volvió a hallar en la inacción, en la brusca interrupción del trabajo cerebral, aquella impresión de vacío y de horror. Al día siguiente se acabaría todo. Toda aquella masa de conocimientos, de recuerdos, afectos y ternuras que habían compuesto su ser, aquella conciencia de vivir, aquella mirada interior fijada en él mismo; todo aquello dejaría de existir. Una especie de fin del mundo… ¿Y para qué? Para nada. Sennevilliers tenía a su Dios. Théverand, su patria. Para Gaure, el químico, aquellas palabras no representaban más que una lenta adquisición atávica. Él no poseía nada, buscaba en vano algo. ¿Por qué había obedecido entonces a aquel instinto profundo, ilógico, que la razón por sí sola no era capaz de explicar? Nada hubiera debido valer para él la voluptuosidad de vivir. En aquella hora suprema le asustaba inexplicablemente el sentirse incapaz de obrar con más lógica, el estar dispuesto a volver a comenzar si ello hubiera sido posible…

Y fue en aquel mismo instante cuando se acordó súbitamente, de una manera extraña, de las sibilinas palabras, de los vocablos que nunca había querido comprender y que rechazaba todavía con toda la fuerza de su inteligencia, pero que, al mismo tiempo, admitía su corazón. De pronto, adquirieron para él una inmensa significación, dejándolo asustado y, al mismo tiempo, invadido de una dulzura desconocida, de una vaga esperanza.

«Consuélate. No me buscarías si no me hubieses ya encontrado…».


Hacia las cinco de la mañana, Théverand vio llegar a su celda un pelotón de soldados. Se abrió la puerta y salió al pasillo. El sacerdote que la noche anterior le había confortado, estaba allí también. Era alemán. Se había puesto una sotana encima del uniforme y las botas le asomaban por debajo.

El pasillo estaba oscuro, mal alumbrado por un farol. Unos soldados esperaban. Théverand tropezó en algo, miró y vio en el suelo cajas de madera blanca. Tuvo un estremecimiento espantoso y palideció.

El oficial se acercó a él, inquiriendo:

—¿Tiene miedo?
—No —dijo Théverand con los dientes apretados y temblando.
—¡Vamos! —dijo el oficial—. ¡Nada de tonterías! Dentro de diez minutos estará usted ahí dentro. Tiene usted cómplices, lo sabemos. Dígame sus nombres y le perdonaremos la vida… Piense en su mujer, en su hija, en la vida… Le doy tres minutos para pensarlo.
—¡No quiero! ¡No quiero pensar! —gritó Théverand con voz ronca. Y, empujando al oficial, se dirigió hacia la salida.

Fuera hacía frío. El viento matinal soplaba fuerte. Era a principios de primavera. La ciudadela dormía silenciosa. Las anchas construcciones se alzaban como masas siniestras. Un pálido resplandor comenzaba a alumbrar el cielo gris. El grupo bordeó un lado del inmenso patio. Salieron por una puerta abovedada, traspusieron el puente levadizo y, luego, torcieron a la izquierda. Descendieron por una escalera sin baranda, sujeta en el flanco de un muro oblicuo que les condujo a los fosos de la ciudadela. En aquel instante se volvieron y Théverand vio detrás a Gaure, que le seguía con su aspecto ascético, enfundado en el viejo abrigo gris. Sus largos cabellos blancos flotaban al viento. Ni uno ni otro pronunciaron una sola palabra.

Siguieron el ancho foso, recortado por jardincillos que cultivaban los soldados en verano. Pero a principios de primavera, no quedaban más que largos tallos de las coles, derechos como palos, setos muertos y un barril de estiércol, en medio de montones de hojas secas. El invierno había pasado por allí. En el centro, partiendo en dos aquellos fosos, pasaba un estrecho riachuelo de aguas verdes, a cuyos lados crecían juncos. Altas murallas inclinadas y oscuras cerraban aquella especie de barranco salvaje, en cuya tierra húmeda se pegaban las suelas.

Llegaron al rincón de un alto muro. Dos soldados se separaron del pelotón, cogieron a Théverand por el brazo y lo arrastraron hacia el muro con un ademán duro que ocultaba, sin duda, su emoción. El resto del pelotón se alineó.

Théverand se mantuvo inmóvil al lado del muro. El oficial se adelantó con un pañuelo en la mano. El reo lo rechazó, negando con un movimiento casi inconsciente. Se abotonó lentamente su chaqueta, maquinal, con el gesto pueril del hombre que quiere guardar las conveniencias hasta el último momento. Miró a Gaure… Hasta entonces había vivido en una especie de sueño irreal. Aquella noche había escrito tres cartas, tres cartas llenas de valor: una a su mujer, otra a su hija y otra a un amigo. Tres cartas en las que recomendaba valentía, no arrepentirse de nada y pensar en Francia, por la que él moría alegremente. Todo aquello le parecía inexplicable en aquel instante, falto de sentido. Dirigió a Gaure una mirada asustada, casi infantil, que parecía querer preguntarle si era verdad, si era posible que le mataran allí, que todo terminara de aquella manera.

—¡Théverand! ¡Théverand! —sollozó Gaure, tendiéndole los brazos.

Llegó el turno a Gaure. Con el mismo gesto inconsciente que Théverand, abrochó su viejo abrigo gris sobre su camisón… Dirigió en torno suyo una mirada, abrazando de una sola ojeada aquella última visión terrena, aquella salvaje decoración, los largos muros oscuros, dominados por unos taludes llenos de hierbas, el vasto foso, de ángulos acentuados, recortados en jardincillos arrasados por el invierno, y encima de él, el cielo, alto, claro, de un azul muy pálido, manchado por nubecillas rojas, en que iba apuntando la mañana.


III

Fue seguramente la muerte de Gaure lo que atemorizó a Thorel, el impresor. Durante algunas semanas no acudió más a la fábrica de L’Epeule, donde Hennedyck y el abate Marc Sennevilliers se felicitaban, contentos de haberse librado de un personaje tan presuntuoso y desagradable. Más tarde, Hennedyck recibió, por mediación de Clavard, el tipógrafo, una carta de Thorel. La misiva era torpe y muy confusa y le daba cuenta de las múltiples pesquisas que habían tenido efecto en Lille en las oficinas de El Fanal. Sin duda, los alemanes habían descubierto la desaparición de una parte del material. Thorel, para evitar el riesgo de ser detenido y juzgado, se veía en la obligación de reclamar de sus amigos, temporalmente, las máquinas que les había prestado.

Hennedyck, fuera de sí, se trasladó aquel mismo día a Lille. Halló a Thorel en su casa, instalado en su enorme mesa escritorio estilo Imperio, cubierta de terciopelo verde. En aquel marco artístico, rodeado de bibelots y piezas de Museo, Thorel fumaba su eterno cigarro mientras revisaba las cuentas del personal. Como la estancia estaba sumida en la penumbra, no pudo observar la irritación del industrial.

—He recibido su carta, Thorel —le dijo.
—Ah, sí…
—Y he venido a averiguar qué significa…
—Pues ni más ni menos que lo que le he escrito, Hennedyck. Los alemanes están haciendo inventario de mi material y tengo miedo de que…
—¿Tiene usted miedo? ¿Y por eso nos deja en la estacada? ¿Es que se ha olvidado de sus compromisos, de los intereses de nuestra patria, de nuestra misión? Es inadmisible.
—Tengo que pensar en mi situación —dijo Thorel—. Yo soy diabético y el régimen de la cárcel… No estoy en situación de hacer tonterías.
—Entonces, véndanos los caracteres y el papel.
—Le repito que los alemanes notarían la falta de estas cosas.
—Si es cuestión de precio, estoy dispuesto a comprar el material al precio que fije. Puedo firmarle letras pagaderas después de la guerra, en tejidos, en lo que quiera…
—No es cuestión de dinero —dijo Thorel.

Hennedyck perdió el tino.

—Así, decididamente, lo que usted quiere es hacer desaparecer el periódico.
—¿Yo…?
—¿Y no admite usted que el periódico puede continuar su vida sin contar con usted ni el Fanal?
—De ninguna manera. Yo…
—Pues bien, puede guardarse el material. No lo quiero. Mañana le devolveré sus caracteres y el periódico seguirá publicándose.
—Pero ¿qué está usted diciendo, Hennedyck? ¿Ha perdido la cabeza?

Corrió tras Hennedyck, cogiéndole por el brazo, asustado, azarado. El industrial se soltó brutalmente y salió.

Regresó a Roubaix en el tranvía. Se sentía muy inquieto. ¿Cómo continuar, sin papel y sin caracteres? ¿Dónde encontrar nuevo material? En aquellos momentos no podía interrumpir la obra que tan necesaria se había hecho para la población. Las hojas de La Fidelité, que los ciudadanos ocultaban bajo sus abrigos, eran portadoras de buenas noticias y hacían revivir por doquier la esperanza. Hennedyck se había podido dar perfecta cuenta de la increíble influencia que ejercían sobre la moral de la población ocupada. Nadie, excepto algunos iniciados, sabía quién editaba aquellas hojas. Todos creían que se trataba de una edición francesa lanzada por aviones o pasada a través de la frontera holandesa. De Hennedyck y el abate no sospechaba nadie, e incluso, algunas veces, llegaban a aludir delante de ellos a La Fidelité o a llevarles el periódico con gran misterio.

—¡Tomen, vean, lean! —les decían.

Y ellos la recibían con emoción, haciéndola circular por la ciudad, como una mensajera de esperanza. Y al ver en aquellos que las recibían o que las llevaban tal alegría y tanto consuelo, se sentían envalentonados y recompensados. Obra necesaria. Obra que tampoco hubieran podido abandonar sin que la existencia les hubiera parecido después vacía y sin contenido.

«Visitaré a todos los impresores de Roubaix-Tourcoing —pensó Hennedyck— y encontraré caracteres y papel».

«En cuanto a Thorel, es preciso que le devuelva sus útiles esta misma semana. No quiero utilizar uno solo de sus caracteres». Pero lo difícil era enviar todo aquello a Lille. Thorel así lo exigía. Hennedyck había adivinado sus intenciones: Thorel tenía miedo y por otro lado no quería que el periódico sobreviviese sin él ni que escapase a la tutela del Fanal. A Thorel le devoraba una ambición inconmensurable. Había previsto extensas recompensas después de la guerra en pago a su heroísmo, pero aquello se le escapaba de las manos y no quería que otro se beneficiara. Quizás en el fondo abrigase el temor de que, una vez terminada la guerra, aquel periodiquillo clandestino siguiera su tarea a la luz del día, aprovechando la enorme popularidad ligada a su nombre, destronando a Le Fanal. Thorel, en ciertos momentos, preveía los acontecimientos con mucha anticipación. Para hacer desaparecer el periódico, lo mejor era, evidentemente, exigir la devolución del material. A Hennedyck no le quedaría más que una prensa inutilizable sin los caracteres.

Pero Hennedyck había puesto en juego su amor propio. Devolvería a Thorel su material, pero el periódico continuaría publicándose. Sin embargo, lo difícil era llevar a cabo la restitución. Pascal Donadieu, cansado por las imposiciones de los alemanes en los tranvías, había abandonado su empleo de conductor. Mientras andaba por el Boulevard de París en dirección a su casa, Hennedyck tuvo, súbitamente una idea: ¡La ambulancia!

El hospital instalado en las fábricas de L’Epeule seguía funcionando. Hacía algunos mases había llegado un nuevo jefe médico, el mayor Von Mesnil, con quien Hennedyck y su mujer sostenían mejores relaciones que con el anterior. Von Mesnil era un hombre aún joven y de gran cultura. Emilie Hennedyck había sufrido mucho en el hospital de L’Epeule durante los primeros tiempos de la ocupación, al tener que tratar con médicos tiranos, que hacían sufrir verdaderas torturas a los desgraciados heridos ingleses que, a veces, llegaban mezclados con los alemanes. Von Mesnil se mostraba mucho más humano. Había cursado en París sus estudios de Medicina y hablaba el francés como su propia lengua. Gracias a él, Emilie había obtenido un mejoramiento en el trato de los prisioneros ingleses. Anteponía a todo su deber de médico y toleraba los regalos, los paquetes e incluso una ligera correspondencia. Emilie había conseguido para los prisioneros una sala limpia y ventilada, asegurándoles casi la misma alimentación que los alemanes, ropa limpia, paseos por el patio y conversaciones y lecturas entre compatriotas. Pero su temperamento era muy nervioso y se agotaba con aquella vida de hospital, por las preocupaciones y el constante espectáculo de la miseria en torno suyo. Cayó enferma. Siempre había sido débil. Von Mesnil, que ocupaba una habitación en casa de los Hennedyck, cuidó de ella. Era un médico algo extraño a juicio de Hennedyck, muy equilibrado para hacerse una idea de la impotencia de la medicina clásica.

Ni medicinas estimulantes ni inyecciones, sino un cálculo minucioso de los alimentos, una vigilancia rigurosa respecto a la temperatura, desgaste muscular y nervioso, un tratamiento más psicológico que fisiológico fueron los que restablecieron con rapidez a Emilie. Se dio cuenta con estupefacción de que iba haciendo, poco a poco, vida normal, trabajando sin ayuda de inyecciones ni medicinas. A partir de aquel momento, Emilie sintió por Von Mesnil una enorme gratitud que hizo que el médico se convirtiera en un verdadero amigo de los Hennedyck.

El plan de Hennedyck era muy sencillo. Pediría al médico una ambulancia para transportar tejidos de contrabando y transportar en ella la prensa. Con un billete de cien marcos dado a tiempo al conductor, todo saldría a la perfección. Entró en su casa muy contento. Cuando colgaba su abrigo en el vestíbulo, vio el abrigo gris de Von Mesnil y comprendió que el mayor estaba en su casa.

Von Mesnil se encontraba en la galería en compañía de Emilie. Hennedyck se detuvo sorprendido en el umbral, seducido por el encanto de la visión que se brindaba a sus ojos.

Von Mesnil, tras un caballete, y con el lápiz en la mano, bosquejaba la silueta de Emilie. Esta posaba sentada sobre el alto taburete de ébano junto al gran piano, con las manos inmóviles y el rostro medio vuelto hacia el médico. Vista de espalda, ligeramente encorvada, esbelta, frágil, ataviada con una bata negra cuyos pliegues descansaban en el suelo cubriendo sus menudos pies, tenía un aspecto casi sobrenatural. Su silueta negra se confundía con la penumbra y su rostro de delicadas facciones solo estaba iluminado por una especie de fantástico claroscuro; era triangular, casi sin pómulos ni mejillas, como aplastado bajo una cabellera exuberante. Sus ojos negros, inmensos y abiertos de par en par, estaban vueltos hacia Von Mesnil. Unos ojos serenos y vagamente inquietos, ojos enormes, como los que se ven en los retratos de los maestros ingleses, que le prestaban la expresión angustiada y asustada de un niño enfermo…

En respuesta al gesto afectuoso de su marido, murmuró, sin atreverse a hacer ningún movimiento: «Buenas noches, Patrice». Y sus ojos se posaron nuevamente en Von Mesnil. Su voz helada temblaba siempre un poco como fruto de una vibración interior mal contenida. Hennedyck estaba perdidamente enamorado de Emilie, su child-wife, su nenita, como acostumbraba llamarla. Le evitaba toda fatiga y la cuidaba verdaderamente como a un niño. Le había mantenido oculto todo el asunto de La Fidelité y ella no estaba al corriente de los riesgos que él corría.

Von Mesnil le prometió prestarle la ambulancia. Su escepticismo le permitía aquella divertida e intrascendente complicidad con un industrial francés. Aquel hombre no creía en nada, ni siquiera en la patria, a la que servía realmente, más por una especie de profundo instinto que por lógica.

Emilie siguió posando; contemplaba al médico y, algo fatigada, soñando acaso con algo hermoso, le dirigió, sin darse cuenta, una sonrisa, una vaga y soñadora sonrisa…


Thorel recibió su material tres días más tarde. Clavard y el abate Sennevilliers se encargaron de desmontarlo. Y una ambulancia del Ejército alemán lo transportó al local del Fanal. Hennedyck conservaba la prensa que le había proporcionado un periódico local. Un plomero animoso le fundió los tipos y encontró una existencia de papel vegetal sobre la que era posible imprimir. La Fidelité reapareció después de quince días de interrupción. Hennedyck se permitió la pequeña venganza de enviar un ejemplar a Thorel, seguro de que este, al ver que el periódico continuaba apareciendo, se enfurecería. La respuesta no se hizo esperar. Como Clavard, el tipógrafo, y Gilberte Pauret, la pequeña mecanógrafa, eran antiguos empleados suyos, les llamó para decirles que si continuaban colaborando en las ediciones de La Fidelité de Hennedyck, no volvería a admitirlos después de la guerra. Clavard obedeció y pidió la liquidación de sus servicios a Hennedyck. La pequeña Pauret continuó. Había aprendido a componer y remplazó a Clavard.

—Eres una heroína —le dijo Hennedyck.
—¿Yo? —exclamó Gilberte Pauret, estupefacta—. ¿Yo una heroína? ¿Es que quiere reírse de mí, Monsieur Hennedyck? Usted me paga, yo me gano la vida: esto es todo. No, no; es ridículo decirme tal cosa. No soy ninguna heroína, puesto que me paga…

Y la animosa muchacha estaba convencida de ello.

(Continuará…)

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