El castillo alto (IV)

Stanislaw Lem





Capítulo 5

EL DIRECTOR DE NUESTRA ESCUELA era Stanislaw Buzath, un hombre bajito con una potente voz de mando, y también un buen historiador y un hombre decente. La clase de Geografía la daba el profesor Nawrocki, llamado el Conductor, porque nos hacía callar con una bocina especial, apretando un botón de su mesa. Lewicki y Bleiberg se turnaban para darnos las clases de Física. Una vez me cayó un buen bofetón mientras Bleiberg nos ilustraba sobre las propiedades del mercurio, porque me senté en primera fila y en mi afán por impresionarlo con mis conocimientos iba completando todas sus frases. Me dio tan fuerte que vi las estrellas. Me llevé un terrible chasco, pues esperaba otro tipo de reconocimiento. La señorita Maria Lewicka, aunque no era éste su apellido auténtico, enseñaba polaco. Yo era el primero de la clase y escribía largas narraciones, que a duras penas terminaba en los cuarenta y cinco minutos que nos daba. Ella anotaba maravillosos comentarios con tinta roja en mi cuaderno, sobre todo cuando eran narraciones de tema libre, mi composición favorita. Abusé tanto —¡ay!— de mi posición especial…, que raras veces estudiaba o me preparaba las clases. De las lecturas obligatorias yo elegía sólo lo que me gustaba, e ignoraba los Szymonowiczes y Kasprowiczes de turno. De ahí mis lagunas en Literatura polaca, que más tarde no llegué a llenar. Me aproveché de que Lewicka nunca me preguntaba, y ahora recuerdo el triste caso de un muchacho que se graduó sin tener conocimientos básicos de gramática. Yo fui negligente en esa asignatura, aprovechándome de la confianza que había depositado en mí la profesora. Una vez, redactando un trabajo, hice algo vergonzoso. En «Mi viaje al planeta Venus» —ése era el tema, que combinaba los requisitos de la redacción con mis propios intereses—, copié un extenso fragmento de texto de un libro del profesor Wyrobek sobre las maravillas de la naturaleza, con una prosa sorprendente y una descripción de Venus con sus junglas primitivas y sus densas nubes. Así comenzó mi carrera literaria, en el instituto, de la mano de un sencillo acto de plagio. Creo recordar que añadí algo de cosecha propia, algún sinsentido a propósito de los venusianos. ¡Los errores de juventud, cómo se toman la revancha con los años! Yo no alcanzaba la expresividad ni la viveza de la narración del profesor Wyrobek. Nuestra profesora de polaco daba las clases a la manera moderna, animándonos al libre debate. Tras admitir haber cometido algunos pecados, deseé equilibrar un poco mi imagen añadiendo que no era indiferente a todo en la clase de polaco y que, al igual que con el tema de los «venusianos», también tenía otras cosas que decir. El método de Lewicka despertaba el pensamiento independiente. Pero, además, exigía cierta cooperación y esmero por parce del estudiante, lo que no todos los alumnos conseguían.

El profesor Zarycki nos enseñaba Matemáticas. Era uno de los miembros más extraños del profesorado, un ucraniano cuya esposa se vio implicada en el intento de asesinato del ministro Pieracki. Zarycki tendría unos cincuenta años, era atractivo, con un rostro arrugado, la tez morena, incluso los párpados lo eran, una nariz afilada, unos ojos profundos y calvo como una bola de billar, porque se rasuraba él mismo el cráneo. Nos daba un miedo terrible, y en mi caso, además, las matemáticas eran mi Némesis. Nuestro matemático nos trataba de un modo singular. Era muy creativo. Podía recompensar una respuesta acertada dejándote salir de clase para que fueras a dar una vuelta por la ciudad. O podía empezar la lección enviando a los alumnos a lugares distintos, a hacer varios recados, lo que era un gran favor y una forma de liberarse de los peligrosos ejercicios que acechaban en la pizarra. Zarycki se parecía a Boris Karloff porque nunca sonreía ni mostraba emoción alguna bajo su máscara. En ocasiones formulaba una pregunta especialmente complicada a toda la clase y ofrecía un cigarrillo a quien la contestara correctamente. Una vez, gracias a una inspiración inesperada, recibí el trofeo y lo llevé triunfante a casa. No me lo fumé, claro; lo guardé hasta que el tabaco empezó a desmenuzarse. Zarycki nos asustaba porque era enigmático. Nadie sabía cuándo estaba bromeando y cuándo decía las cosas en serio. Cuando un alumno nuevo contestaba correctamente y el profesor le permitía salir a dar un paseo, pero éste volvía a su asiento, Zarycki le daba un grito tal que el chico huía raudo como una centella. ¿Qué tipo de persona era en realidad? Ni idea. ¿Qué podíamos saber de cualquiera de nuestros profesores? También el profesor Ingarden nos enseñaba Matemáticas; se trataba de un filósofo de renombre, aunque en nuestra escuela nadie se había enterado. Ingarden no estuvo mucho con nosotros ni dedicó demasiado esfuerzo a la labor, lo que no era nada sorprendente a la vista de nuestra resistencia colectiva a las matemáticas. Las clases se convirtieron en algo más difícil que una proeza deportiva para el talento de los más brillantes pedagogos.

Al parecer, el gran maestro excéntrico se extingue como especie, porque las condiciones le han sido desfavorables. Nawrocki, el Conductor, fue sustituido temporalmente por un recién llegado de otro instituto, un tal Babyn, que en sólo una hora destrozaba a la clase por completo lanzando una pregunta con truco del tipo: «¿Cuántos continentes hay?». Si contestabas «cinco» te replicaba con un suspenso. ¿Cuántos? Suspenso. ¿Cuántos? Finalmente explicaba que había cinco continentes en la Tierra, sí, pero muchos más en todo el Universo. Nadie le discutía el razonamiento, por lo que en mi cartilla de notas me puso un insuficiente en Geografía, aunque fue algo general. Babyn era el terror; todos le temían, porque los que estudiaban se encontraban en el mismo barco que los que no abrían un libro. No sé nada de él; llegó como un cometa de devastación y poco después, en unos meses, desfiló ante nuestro estrecho horizonte, tras convertir horas y horas de Geografía en verdaderas sesiones de terror. Sospecho que no estaba muy bien de la cabeza, porque las victorias que obtenía contra nosotros eran de poca monta. Los cursos inferiores de latín los daba el profesor Rappaport, un viejo enfermizo y de rostro amarillo, un gruñón aunque un hombre noble. Pocas veces salió de detrás de su atril, por lo que durante su reinado la transmisión ilegal de respuestas correctas floreció en abundancia. Por entonces empezamos a escuchar historias inquietantes sobre otro profesor de latín, Auerbach, y llegó el momento, en uno de los cursos superiores, en que hizo su aparición en carne y hueso.

Bajo de estatura y de aspecto cómico, Auerbach podía llegar a la escuela con enormes galochas, que retiraba de sus pies con fieras patadas a la puerta de la clase. Luego, para controlar más a la clase, se recostaba sobre la mesa del estrado con las piernas suspendidas y, desde el silencio absoluto, nos observaba con detenimiento a través de sus gruesas gafotas. Tras minutos de observación hipnótica, localizaba al alumno menos preparado para el peligro, y si la víctima mostraba el menor indicio de solicitar ayuda de sus compañeros, Auerbach podía saltar como un tigre y aparecer de repente sobre su presa, examinando su cajón, su libro, sus manos. Era un verdadero detective localizando a los pecadores. En los exámenes no se refugiaba en su mesa, sino que se movía en silencio por el aula. Su grito de batalla era estremecedor: «¡Heeeeee!». Resultaba un tanto nasal, y nosotros imitábamos todas las entonaciones y expresiones curiosas que usaba para delatar a un culpable, y nos mofábamos sin parar, aunque con ello no rompíamos el terrible hechizo de nuestro canijo profesor de latín. Sospecho que al principio de su carrera se dio cuenta de que, de alguna manera drástica y definitiva, tenía que compensar sus defectos físicos personales: su extrema miopía y su enanismo que lo hacía blanco de burlas y muy vulnerable. Para ello desarrolló todo un sistema de emboscadas, salidas, cabriolas y algarabías que le servían de escudo protector. En el fondo, se trataba de una persona pacífica e inteligente. Recuerdo perfectamente cómo se alteró cuando, en el cuarto año de graduación, uno de nuestros compañeros, U., al que el uniforme se le había quedado pequeño, vio un montón de «insuficientes» en el certificado que le entregaron las autoridades del instituto. Sacó una botellita del bolsillo, indinó hacia atrás la cabeza y en dos tragos se bebió todo el contenido. Recuerdo el olor a yodo que lo envolvía todo. Nos quedamos todos presas del horror, probablemente Auerbach el que más, pues su «insuficiente» se había convertido en el último clavo que remachaba el ataúd de U. Tras unos minutos de confusión, nos percatamos de que el líquido no era letal, de que sólo era agua con unas gotas de yodo, y de que U., que ya no volvería a preocuparse por todo aquello, había elegido esta manera tan pintoresca para poner el broche de oro a sus días en esa escuela.

Yo no era especialmente versado en la lengua de los antiguos romanos, pero tenía cierto sentido del ritmo y podía leer de carrerilla un texto desconocido en hexámetros sin entenderlo —nota bene— lo más mínimo. Tal vez la fluidez de mi oratoria y mi acento correcto suavizaban, de alguna manera, todo el daño que les hacían a los oídos de los profesores de latín mis mucho menos elocuentes compañeros. Caía bien a los profesores. Además nunca me atreví a usar una chuleta. Claro que muchos compañeros lo hacían, convencidos de que los deberes no eran su principal obligación. Así, iban engrosando el inventario de subterfugios utilizados durante siglos por estudiantes en pie de guerra contra la educación. El contrabando de información, objetivo esencial de toda aquella actividad, fue necesario para la creación de muchas industrias. Primero la artesana, el aplicado trabajo de los artesanos. Por ejemplo, la inserción de una traducción entre las líneas de un texto en latín y el marcado de las cesuras, las sílabas largas y las cortas, los dáctilos, los troqueos; para ello se colocaba un pedazo de papel sobre la página y se escribían las letras y las palabras a lápiz, apretando con fuerza de forma que la chuleta estuviese formada sólo por las marcas sin color entre las líneas que había dejado el lápiz al presionarlo. Levantando el libro en el ángulo exacto, en dirección a la luz, podías leer, sobre todo con la vista de un niño, la información salutífera. Si no querías meterte en un brete como ése, podías utilizar los productos de un editor sin escrúpulos. Si mal no recuerdo, fue Zuckerkandel el que imprimió unas chuletas amarillas que podías encontrar en todos los institutos de secundaria de Lvov y, probablemente, en toda Polonia. Se trataba de traducciones y de análisis gramaticales de los textos obligatorios en latín, poemas y obras impresas en papel barato y con una fina tipografía. Tener una de esas chuletas era un crimen atroz; así, los más precavidos copiaban en pequeñas tiras de papel los fragmentos de las traducciones del latín que necesitábamos y las escondían en los bolsillos y en las mangas. También había algunos alumnos tan vagos que únicamente arrancaban la página apropia da de Zuckerkandel y la colocaban sobre el libro de texto. Otros confiaban en su propia estatura, que sobrepasaba la de Auerbach, y mantenían el texto elevado para que no lo viera. Qué locos. Nuestro fabuloso sabueso era capaz de descubrir todos nuestros tejemanejes con un rápido movimiento de ojos, y la consecuencia era el súbito y paralizador grito de «¡Heeeeee!», el salto desde su pupitre, la mano seca del profesor se apoderaba del libro y el pecado quedaba así al descubierto, la página de la chuleta, que Auerbach zarandeaba en todas direcciones como un trapo sumergido en veneno, con una mezcla de disgusto y de amargo triunfo. Y si se escondía la página a tiempo, pasaba de mano en mano, y entonces el pequeño profesor podía hacer desalojar en un instante la primera fila, y uno por uno iba vaciando el contenido de todos los cajones. Estos registros solían acabar mal.

Obviamente se adoptaron algunas contramedidas, y se pusieron en práctica nuevos métodos. Podías copiar una chuleta puesta en un ángulo determinado, detrás de un estudiante sentado en la fila de enfrente, que la escondía de Auerbach con un libro abierto. Pero nuestro infatigable maestro de la detección se percataba con facilidad de nuestros movimientos. También usábamos un espejo para proyectar mensajes sobre la pared, a la manera de un proyector de películas, en una esquina situada a espaldas del profesor, en código morse. En el fondo eran métodos inútiles, pues, a fin de cuentas, resultaba más fácil aprender a traducir por los métodos habituales que por el arte del alfabeto telegráfico.

Cuando escribo sobre mis profesores, siento, con una creciente insatisfacción, que caigo en uno de los muchos estereotipos elaborados por tantas generaciones de cronistas profesionales, consistente en comparar la escuela secundaria con una casita de juguete, vista desde arriba, a distancia. Y esbozando una triste sonrisa, se presenta a los pedagogos bajo la forma de una caricatura bondadosa y clemente. ¡Los pesados trucos de un viejo escritor! Trucos que incluso resultan más insidiosos por ser involuntarios, y convierten la prosa en un dulce pabulum, en un barro azucarado que se pega a la mente y la paraliza. Así, escribir sobre el instituto resulta peor que un crimen. Es un error. Tendría que tratarse el tema como se trata lo Absoluto.

Fortificado por muros y tizas, el instituto era básicamente la institución del profesorado. Esa sería una primera aproximación. Lo digo en serio. Para nosotros, los maestros de otras escuelas (en una ocasión me los encontré en el teatro, por ejemplo) me resultaban tan herejes como éstos lo son para los ortodoxos, con sus altares y sus prácticas. Nos sentíamos incómodos y sorprendidos, no se daban cuenta de nada; ¿cómo podían estar tan ciegos? De una ojeada yo podía dejar reducido a cualquier maestro ajeno de otra escuela a sus elementos, desde sus chanclos, a la abstracción oficial de sus quevedos. Era la suma tediosa de sus partes, y nada más. Nunca me llegó a entrar en la cabeza el hecho de que nuestro Conductor tuviera una bocina, pues se trataba de un ente absoluto, él y su cuaderno y su lápiz poderoso, y el modo en que sus dedos giraban esas páginas siempre misteriosas, páginas que en un minuto quedaban tan vacías como el mundo antes de la Creación, y que al minuto siguiente se llenaban de un estruendo silencioso. Los profetas de la primera fila intentaban leer nuestro implacable destino en los movimientos de aquel lápiz microscópico. Más de una vez me llevé los libros de texto a la sala de conferencias. Debía de haber una mesa y varias sillas, pero ya no lo recuerdo. También me ocurre con el despacho del director. No puedo empezar a describirlo, y no es sólo por las circunstancias que me llevaron allí (como la vez en que L. y yo rompimos el lavabo del baño). No me cegó el miedo, sino lo Absoluto, que estaba allí y podía sentirlo. Años más tarde llegué incluso a buscarlo, cuando siendo ya un hombre de letras fui a encontrarme con los estudiantes de secundaria y estaba esperando, tomando un café, en el despacho del director. No encontré nada; se había evaporado como el alcanfor, y había enfriado las mesas, las sillas y los escudos de armas y los retratos de las paredes: había desaparecido, pero se había ido sólo para mí. Sin embargo, advertí de inmediato su presencia en los rostros de los estudiantes cuando cruzaban el umbral. En seguida les vi atravesar aquel trance que tan familiar me resultaba. Reconocí el ligero entumecimiento, el agarrotamiento, su temblor, la oscura exaltación en la mirada, la paralización de todos los sentidos. No hablaban con claridad y arrastraban lo pies. Como me pasó a mí. ¿Paralizados? ¿Sus miedos y los míos, a los doce años? ¡Es algo bien simple! Cuando los alemanes bombardearon Lvov en el mes de septiembre, corrí un día hacia el Jardín de los Jesuitas en busca de temporizadores de metralla aún ardientes. Estaba aterrorizado porque el bombardeo continuaba. Y el caso no es que fuera yo un estúpido, sino que el peligro se banalizaba claramente, pues las bombas matan. El director, a su vez, no sólo no mataba, sino que a veces no levantaba ni la voz.

Sé que ciertas descripciones son como la cuadratura del círculo; que quien cree, mientras dura la fe, ni desea ni puede hablar de su fe, como tampoco nadie nos informa del simple hecho de tener orejas o piernas. El ateo desmitifica el misticismo de sus viejos recuerdos a través de una crítica analítica o mediante la superioridad tolerante de quien despierta de un sueño. Continúen, caballeros, analicen, esbocen sus tristes sonrisas, tejan sus cándidas fábulas del pasado. No puedo unirme a ustedes. ¿Misticismo? Sí, pero especial, un Absoluto que es omnipresente al tiempo que completamente material. Las tribus de secundaria no contemplan las supersticiones, no creen en la telepatía ni en el control de la mente sobre la materia. Las vencen si el mundo se lo permite. El espiritualista tampoco está más en sintonía con las mentes de otros ni con los susurros del más allá que nosotros cuando sintonizábamos con una gota de conocimiento, cuando nos encontrábamos cara a cara en la pizarra con el Absoluto, y el abrasador Sahara de la ignorancia ardiendo en nuestras cabezas. En cuanto a la telequinesia, los cuarenta alumnos estábamos conectados espiritualmente; y con mayor rapidez que la que requiere leer esta frase, el maestro, su atril y sus apuntes podían irse a pique si así lo deseábamos, hasta el extremo de poder llegar incluso a desplazar la materia.

Mi estilo se torna bíblico, aunque es posible que uno sólo pueda hablar así de esas cosas. ¿O tal vez me vuelvo homérico? Los antiguos griegos se reían de sus dioses, conocedores de sus debilidades y puntos vulnerables. Hasta los judíos del Antiguo Testamento, cuando Dios movía la cabeza, empezaban a cuchichear por las esquinas, haciendo novillos con los becerros de oro, perdiendo la fe en los atriles del maestro, en el Arca de la Alianza. Un Ezequiel podía dar una lección de álgebra en versos numerados, cada línea contenía una clave que sacudía el alma; yo ni lo intentaré. Haga lo que haga, rayaría en el sarcasmo, la parodia, y aun así los spiritus flat ubi vult soplaban llenos de electricidad y se manifestaban en el trozo de tiza aguantado entre los rígidos dedos que esperaban la llegada del Verbo. ¿Acaso he exagerado? No, no consideré a nuestro profe de mates ningún Dios, ni al director ningún Zeus. A pesar de todo, después de años y guerras, muchos de mis viejos compañeros siguen soñando con los exámenes finales como si del Juicio Final se tratara, aunque ningún Goya haya plasmado su escatología. ¿Tenemos que descartar la evidencia de nuestros sentidos y de nuestros obstinados sueños con términos como «temor reverencial a la autoridad»? Sólo sé que nos forzaron a aprender y que luchamos contra ello como contra una plaga, aunque al mismo tiempo se nos inició en la experiencia última, y nuestras mentes sincronizadas al unísono produjeron las más altas y más bajas notas humanas. Sí, el Antiguo Testamento tembló antes de que ardiera la zarza, y hubo terror antes del fuego y del hechizo de azufre de los insuficientes, y con más de un profesor discutimos como Moisés en el Sinaí cuando Yavé le llamó inesperadamente. Tales sentimientos nos llevaron más allá de nuestros conocimientos y dolorosamente nos pusieron frente a frente con el Incognoscibilis, ese elemento divino, ese abominable éxtasis del que me libré durante largos años y que intento ahora invocar con el nombre del Absoluto.

Todos, en el transcurso de la vida, abandonamos una serie de convicciones de fe, abandonamos templos, pero los objetos destronados de sus pedestales del culto del ayer no merecen ni nuestro desprecio ni nuestro afecto. Diría más: entonces lo ignoraba, pero en realidad nuestros maestros no hubieran sido nada sin nosotros. Existían entre los borradores y los oscuros libros negros y los pupitres acuchillados; gracias a la interacción entre ellos y nosotros iría emergiendo gradualmente algo grande que santificó y otorgó poder a sus gafas, a sus chanclos, a las cadenas de sus relojes, a sus lápices. Cuando estalla la burbuja y todo desaparece entre los muros del instituto, como al cruzar un círculo mágico, lo que queda es una vaga impresión, algo imposible de verbalizar y que los recuerdos intentan mostrar en vano, pues tras las horas de instrucción y el pandemónium de los recreos conocí cierta condición que nace de las relaciones y que es sólo visible a medias; una condición que puede menguar hasta hacerse insignificante con la perspectiva del tiempo y que también puede resultar un canto grotesca. Puede forzar la risa cuando re despiertas, si bien constituyó mi primera iniciación a la tragicomedia de la existencia. Hubo otras iniciaciones, pues también más adelante experimenté el auge, el florecimiento y luego la caída de poderosos principios que finalmente resultaron ser, como en todas las historias, largas o cortas, personas del codo normales. El rayo que Zeus enarbolaba en el libro de texto de Historia Antigua siempre me recordaba a una rodajita de un queso de cabra de la cordillera de los Cárpatos. Lo contemplaba sin engañarme, igual que hoy sigo recordando el pequeño lápiz afilado del Conductor. El Olimpo, para quien se atreva, es sólo una montaña y requiere botas de excursionismo, que no sacrificios de animales. En los despachos del director del instituto hoy no hay nada más que sillas y mesas, y lo digo sin pena aunque sin sonreír, porque así son las cosas.

Tras esta arenga, regresemos al Lvov de los años treinta, a la sombra de sus calles, y a las colinas que la circundan, a la casi selvática y siempre verde calle Akademji, a la calle Legiones y al Gran Cine con la plaza Mariacki en el centro, bellísima de noche a la luz de los tejados; el ciervo, emblema del jabón Schicht y los chocolates Suchard saltando desde sus escaleras de neón. Hacia 1935, llegó una película sonora de Al Jolson. Su título venía de la canción Sonny Boy y la gente que paseaba por la calle se apropió rápidamente de la melodía. Calles y patios estaban por aquel entonces repletos de malabaristas, faquires, acróbatas, cancanees y músicos, y de los organilleros más auténticos del mundo, algunos incluso con loros que predecían el futuro y cogían cartas con el pico. No sé si ese recuerdo surge de una conciencia de culpabilidad por haberme cargado la caja de música, pero esa música torpe, cojitranca y vibrante y siempre ligeramente desafinada de todos los organilleros y demás mecanismos anacrónicos es algo que me merece un gran respeto. Con dulce y simple solemnidad, el siglo XIX confió en la perfección de las ruedas y de los cilindros dentados, y una honestidad de materia mecánica hablaba con voz propia en lugar de imitar a los hombres. Pero el río heraclíteo se ha llevado ya todos esos carros viejos a manivela.

También me encantaba contemplar a los virtuosos del circo desde las escaleras de la cocina. A veces eran familias enteras de artistas; viajaban con deshilachadas maletas de lona repletas de antorchas, de pesas; con un sable para tragar, una alfombra enrollada sobre la que realizaban números acrobáticos, entre otras curiosidades. Mientras que los cabezas de familia tragaban sables o fuego, la madre tocaba el acordeón y los niños hacían pirámides humanas, corrían por el patio recogiendo las monedas que les lanzaban desde las ventanas y las envolvían en papel. Eran tiempos difíciles, y la pobreza empujó a las calles no sólo al circo, sino también a los comerciantes y a los artesanos. Había un sinfín de vendedores que ofrecían peines y espejos, y a veces se oían los silbatos de los afiladores que gritaban: «¡Se arreglan sartenes!». Y había gitanas que leían el futuro, y simples mendigos sin nada que vender más allá de su miseria. Esas figuras eran para mí una parte natural de la ciudad, como si no pudiera ser de otra forma.

De las películas sonoras recuerdo sólo aquellas en que aparecían monstruos: King Kong, la historia del gorila que se enamora de una chica, trepa a un rascacielos, la atrapa y le quita la ropa, y luego la mantiene en la mano como si fuera un plátano. Y recuerdo La momia, La habitación oscura, El hombre lobo. En La momia, Boris Karloff, que hacía el papel principal, agarraba al joven egiptólogo; esa mano de cinco dedos que salía de la tumba era algo terrible, una obra de arte del maquillaje. Karloff estaba incomparable en el papel de cadáver espasmódico (Frankenstein y El joven Frankenstein). De alguna manera esas películas seguían con la saga, porque poco después fui a ver El hijo de King Kong. Era un simio noble, amigo de los humanos y vivía en una isla volcánica. El océano se traga la isla y sostiene en sus manos a los héroes por encima del agua mientras viene un barco, aunque el gorila se hunde en medio de la espuma después de realizar una buena acción.

En el cine tenía la desagradable costumbre de darle codazos a mi padre en las escenas más emocionantes y en algunas películas le golpeaba sin cesar. Sus amonestaciones de nada servían, era algo superior a mí. Cuanto más me asustaba más me gustaba. ¿Por qué me gustaba sentir miedo? Es un misterio para el que no tengo ninguna explicación.

Como cualquier otro niño de Lvov, visité la gran atracción del Panorama de Raclawicka. La entrada te situaba en una atmósfera elevada, pues atravesabas un trecho oscuro y luego enfilabas un tramo de escaleras que salían de un puente. Era exactamente como estar suspendido en la góndola de un gigantesco e inmóvil globo. Desde el puente se contemplaba la panorámica de una batalla tan real como la vida misma, y no se sabía a ciencia cierta dónde terminaba realmente la muralla (que tenía jarrones en sus puntos extremos) y en qué punto comenzaba el mural. Por aquel entonces no tenía problemas con la escuela de arte naturalista. Me gustaba llegar al cine temprano, anees de que las enormes cortinas de metal pintadas por Siemiradzki se alzaran. Tenían muchísimas cosas dibujadas que me entretenían. Nuestro Gran Cine se me antojaba un lugar increíblemente lujoso, comme il faut, de buen gusto, con su tapicería de terciopelo rojo, sus distintos niveles, los candelabros, la sala de fumadores y, lo último pero no menos importante, el buffet, donde mi padre nos compraba a mi madre y a mí finitas lonchas de jamón. No recuerdo qué títulos importantes vi en el cine, si bien recuerdo nítidamente el pedazo de jamón que costaba quince groszy.

Fui creciendo civilizadamente, todo lo que pude, aunque en mi interior me alineaba con aquellas fuerzas contra las que la civilización lucha. Prueba de ello fue mi reacción a los rigurosos inviernos y otra, más temporal, a los desastres. El clima de Lvov era suave; una tormenta de invierno era prácticamente algo desconocido. Aun así creo que en 1930, y bajo un cielo más azul que un iceberg, el termómetro descendió hasta menos veintiséis; el precio del fuel se puso por las nubes; la chiquillería corría detrás de los vagones de carbón, a la espera de que cayera algún que otro pedazo. Cuando mi padre y yo salíamos a pasear (yo iba envuelto hasta el ridículo más extremo en ropas con fieltros rígidos y llevaba orejeras), pasábamos junto a varios bidones de acero en los que ardía carbón que venía de la ciudad, y alrededor de ellos algunas personas congeladas se calentaban un rato. Todo aquello me parecía maravilloso, e incluso deseaba que llegaran más cambios catastróficos cuando caían las tormentas de nieve. Esperaba que la nieve cubriera nuestra casa, que se paralizara la circulación de tranvías y automóviles, que yo pudiera caminar desde el balcón del tercer piso hasta la calle por un tobogán de hielo. Y me ocurría algo parecido cuando había un apagón. Ayudaría a buscar las velas cuidadosamente, llevaría su luz vacilante y precaria por toda la casa que había quedado súbitamente a ciegas y que me resultaba misteriosamente espaciosa. ¡Y lo triste que me quedaba cuando la luz vulgar volvía de nuevo, rompiendo la magia de esa oscuridad medieval!


Tras haber mencionado todos estos episodios que pueblan mi infancia, aún siento que no he saldado la deuda que contraje con ellos. El «Establecimiento de los cimientos de la psique»: así nombraría a la primera acumulación de experiencias que intercambié con el mundo, y que se revela a su debido tiempo como algo inmutable. A partir de tales «cimientos» puedes ser un materialista y un ateo empedernido y seguir sintiendo la emoción en el estómago al escuchar la música del órgano o el sonido de los timbres, mientras que la voz del muecín que llama a los fieles a la plegaria por atractiva o exótica que sea te resultará ajena. En realidad, es la iniciación en la forma concreta de tu cultura lo que resulta más perdurable, más que cualquier sistema de fe, ya que puedes conocer a la perfección que existen diversos tipos de cementerios en el mundo, pero el cementerio «real» siempre será aquél con lápidas de piedra que se esconden entre el tomillo, aquél con las cruces de piedra y los abedules que se inclinan en ángulo empujados por la mano del viento. Con todo, el establecimiento de los cimientos de la psique es, a su vez, el establecimiento de los más tiernos lazos, pues son los primeros, con los productos prosaicos de civilización. ¿Por qué la poesía, en realidad, es inherente a los grandes carromatos de cerveza Haberbusch, con sus barriles afianzados por ganchos, sus potentes caballos de tiro relucientes por la avena? ¿O a los viejos automóviles que, al remontar la calle Cadet o la calle Stryjska, gemían y se estremecían de tal modo que sólo sentías su esfuerzo desesperado y tenías que ayudarlos poniendo todo tu empeño? Esos pecios exigían una atención constante, requerían comprensión e incluso diría que actos de caridad. Hoy los coches, diseñados para ocultar con altanería a sus conductores la magnitud de su esfuerzo, no necesitan que hagamos nada por ellos. Esos viejos vehículos, ahora antiguos, fueron verdaderamente originales por su enorme falta de seguridad.

Recuerdo mi iniciación en el arte del automóvil. Un año antes de graduarme tuve un tutor de pocas palabras que parecía vivir únicamente en el universo del petróleo. La primera lección que me dio fue aprender a arrancar el motor y, visto que los motores pataleaban como caballos inquietos, comenzó enseñándome cómo asir la palanca para evitar que un golpe repentino me rompiera la muñeca. Y cuando por fin me senté en el asiento de cuero, que apestaba a gasolina, aquel hombre me dijo (y en ese momento me pareció el Capitán Nemo comandando el Nautilus a través del terrorífico Túnel de Arabia) que primero arrancara el coche y luego condujera a toda velocidad hacia la pared de ladrillo del patio. Presa de un pánico delirante, le obedecí y, con el mismo arrebato de un soldado a la carga, salimos disparados directos hacia el muro rojo. A casi un metro mi preceptor echó mano del freno. En aquellos tiempos la sincronización de las marchas se consideraba una insania ideada por mequetrefes extranjeros; el arranque se lograba a mano, el claxon era una vulva de goma que parecía una lavativa de enema y para cambiar una rueda se necesitaba la fuerza de un Hércules.

A pesar de todo, el ámbito de la vida doméstica, todavía no infectado por el bacilo de la automatización indolente, se abrió ante mí con toda su riqueza de organización litúrgica. Ya he hablado del cataclismo del Día de la Colada. La jornada se dividía en varias fases. La fase de las burbujas de jabón y vaporización, seguida de la laboriosa fase de fregado y, por último, la fase del escurrido, que sacudía la casa entera con el traqueteo de madera. Y recuerdo también los maratones con los cepillos para convertir el suelo en un cristal. Y planchar en una nube de humo, cuando la planchadora corría hasta el porche para agitar la plancha y hacer arder el carbón y las chispas salían volando desde la hendidura de media luna, como emergiendo del vientre de una locomotora. Y las visitas periódicas de la costurera, que no paraba de darle a la máquina durante todo el día, mientras yo me escapaba con los retales que sobraban porque era algo que no me estaba permitido. Y cuando hacían mermelada y yo mostraba un insistente ímpetu por retirar (con un cucharón de madera) la espuma de la piscina volcánica de frambuesas. La espuma se colocaba en una bandeja, según mi madre, pero mi argucia consistía en llevarla hacia mi boca salivante. El objetivo racional para toda aquella labor no era tenido en cuenta. Su primitiva naturaleza, de hecho, consumía una ingente cantidad de tiempo y esfuerzo, aunque, dada esa naturaleza primitiva, Pámi infancia recibió un aprendizaje de la fuerza basado sobre todo en la desobediencia. Cuando las chispas ocasionaban agujeros negros en la ropa o la mermelada en la alacena se hacía azúcar o quedaba mohosa, yo aprendía las obstinaciones de una naturaleza a medias domeñada que burbujeaba y resplandecía en el horno. E incluso si no ocurría ninguna catástrofe, la casa cambiaba y entonces vivía cerca de la perdición, consciente de cuán cuidadoso había que ser con los procesos de toda la cacharrería y con la utilización de todos los cubos. Eran procesos imprevisibles, como navegar por un nuevo océano. El poder durmiente de las amarillentas recetas de la abuela era invocado de modo tal que la colada podía obtener un fastuoso tono blanco azulado y la fruta podía conservar su forma mientras el jarabe alcanzaba el color del vino añejo. Aun así había algunas experiencias que no eran suficientes. Nada era seguro ni automático; todo iba siempre unido al riesgo. Las rosas se guardaban en cestas, y la punta blanquecina de cada pétalo se sacaba con unas tijeritas, y luego había más actividad previa al hacer la mermelada, la espuma de las Danaides, la magia-más-que-química de esterilizar el cristal, hasta que, por fin, esa montaña de trabajo producía una hilera de jarras etiquetadas que convertían la alacena en un glorioso museo. Así fui capaz de entender perfectamente la mezcla de desdén y temor que aquellas amas de llaves del pasado albergaban en su interior cuando supieron que la industria podía igualarlas en la elaboración de compotas y mermeladas. (¿Dónde están hoy?). Es cierto, uno tendría que estar loco para querer volver a la época del trabajo pesado. Y sin embargo el escenario de esas labores, alimentadas por la incertidumbre y ejecutadas con heroica determinación, era digno de mejor causa. Hoy se han fusionado con mis recuerdos de la escuela y su desaparición, lo que supone la pérdida de un sabor amargo aunque de una calidad valiosa, pues estábamos ocupados con objetos imperfectos y era precisamente su imperfección lo que nos hacía preocuparnos de ellos (¿pero no es esa inquietud a menudo la fuente de un cariño similar al amor?). Por consiguiente, en esos días lejanos, una excursión fuera de la ciudad no constituía una escapada de las comodidades modernas, ni una complicación festiva de la existencia, sino que más bien se trataba de un intercambio de un tipo de trabajo por otro. Entretanto, los más viejos contemplaban las novedades tecnológicas con indignación y hablaban de su propia juventud (con más dureza y, por lo tanto, más saludablemente), una juventud que fue, claro está, ignorada.

Los niños padecen ciertas enfermedades. Yo tuve varias manías, manías más o menos típicas de aquel periodo. Coleccionaba Anglaces, banderas de distintos países que encontraba en los chocolates Anglaces. Y luego fueron fotos de ciudades lejanas en los chocolates Suchard, que acumulaba para que me dieran un estereoscopio y poder verlos. Coleccionaba sellos pero sólo por çlas apariencias, como ya he dicho. El hecho de coleccionar algo sin motivo nunca me interesó. Mi padre me incitó a ahorrar groszy, por lo que me compró una hucha cerdito. Primero la rompí para abrirla, y con la ayuda de un cuchillo la desvalijé. Después de eso mi padre trajo a casa una caja muy resistente de la Caja de Ahorros. Podías echarle monedas pero era imposible sacarlas; sólo el banco en el que tenía mi cartilla de ahorros podía hacerlo. Eso en teoría, si bien, una vez examinado el mecanismo, descubrí que al agitar la caja boca abajo durante un buen rato podía hacer caer un par de zloty, con lo que conseguí dejarla completamente vacía. Mi padre cesó en su empeño por hacerme ahorrar. Aun así yo necesitaba el dinero. Nadie te regalaba los alambres para los rollos de inducción ni el papel de aluminio para los condensadores, ni las jarras Leyden, ni la cola, ni las gomas para los tirachinas. Y el dulce jalva, que encabezaba la lista, y que tanto necesitaba, era muy caro. Y también los recortables. Había maravillas del mundo de cortar y pegar, no sólo vulgares tanques y aviones, sino también máscaras antiguas que podías llevar hasta que se desprendían por la saliva y la respiración desde los orificios del papel.

Y globos. Globos «vivos», no como los de hoy. Los primeros que tuve estaban enganchados a unos palos, como molinetes, y a su vez los palos iban incrustados en una patata cruda que los aguantaba. Los vendía un comerciante frente a la Universidad, aunque por entonces se llamaba el Parlamento, tal vez por inercia, desde la época austriaca en la que el edificio alojaba la sede del Parlamento de Galitzia. Había globos de todos los colores, y luego tuvieron cuerdas de cáñamo y venían llenos de gas. Los encontraba fascinantes y, al mismo tiempo, tristes. No podías solear un globo; se iba directamente al cielo. Recuerdo los lamentos de los chiquillos cuando así les ocurría en el Jardín de los Jesuitas. Pero un globo tampoco es feliz en una casa. Se eleva hasta el techo y ahí se queda, clavado, dando estúpidos y desesperados topetazos con su cabeza inflada. No obstante, al día siguiente era peor. Encontrabas el globo agonizante. En una sola noche había ido arrugándose, debilitándose, destensándose. El mísero globo se quedaba sin fuerzas y ya no podía alcanzar ni el techo. A duras penas se elevaba del suelo, arrastrando patéticamente la cuerda aquí y allá. Esa querencia por los globos me duró años. Los compraba y escondía, por miedo a las burlas. Les ponía góndolas, los convertía en zepelines, pero era autoengañarse. Necesitaba su efímera compañía, su existencia de un día, un tipo de recordatorio de la muerte que demostraba la transitoriedad de las cosas mundanas. Había también globos de aire, en lugar de gas, con alambres flexibles de cobre, aunque eran imitaciones pésimas que pretendían ser lo que no eran. Personalmente los despreciaba. Como no corrían el riesgo de la realidad, sólo estaban indicados para los locos. No tenía nada que hacer con ellos. Algo que sí coleccioné durante un tiempo fue chatarra electromecánica. Siempre he tenido una especial devoción por los timbres rotos, los relojes despertadores, las bobinas de las radios viejas, los auriculares de los teléfonos y, en general, los objetos gastados, descarrilados, abandonados, a los que se otorgaba una última oportunidad de existir, confiriéndoles un lastimoso vestigio de respetabilidad en el rastro que había detrás del cine. Solía ir por allí, un poco como un filántropo que visita un tugurio, o un amante de los animales que secretamente alimenta a los perros y gatos más desvalidos. Era cliente habitual de las bujías y de generadores eléctricos de coches, todo tipo de artefactos, conmutadores inservibles, fragmentos de dispositivos desconocidos; los llevaba a casa y los escondía en cajas de zapatos, en los armarios, donde podía, incluso detrás de los libros del estante más alto, porque ya tenía mi propia estantería. A veces los sacaba y los limpiaba. Hacía girar algún tornillo para hacer un poco feliz a aquel mecanismo, y luego lo volvía a ocultar con cuidado. No sé por qué lo hacía. Si me lo hubieran preguntado habría respondido de inmediato que esa cosa o la otra podían ser útiles para algún proyecto, aunque no era toda la verdad, y yo lo sabía.

Más allá de la Feria del Este se encontraba lo que se me antojaba uno de los rincones más bellos del mundo entero: el Parque de Atracciones. Había carruseles, un trenecito sobre raíles, una casa encantada, una casa de la risa e incluso cosas mejores. Por ejemplo, un muñeco de piel al que podías pegarle en la boca y tenía un medidor de intensidad según la fuerza que tenía cada cual. O un circo de pulgas repleto de diminutas criaturas obligadas a arrastrar carretas y carruajes. O carpas misteriosas. En una de ellas, al entrar con mi padre, descubrimos a una chica completamente desnuda. No hacía ningún striptease, sino que mostraba todo el cuerpo tatuado. Mi padre se inquietó cuando nos enseñó las interesantes escenas tatuadas en el abdomen, si bien cuando iba descendiendo sólo fui capaz de ver el borde de un paisaje de ensueño, pues mi padre me hizo a un lado de un manotazo. En cierto lugar había un puesto apartado de la gente por una barrera. Tras él se desplegaba una gran mesa cubierta con chocolates y cajas de golosinas. La idea consistía en lanzar una moneda hacia los regalos. Si caía sobre algo, te lo quedabas. Enseguida noté que las cajas más grandes de chocolate tenían las tapas ligeramente curvadas y, además, estaban recubiertas con celofán resbaladizo, por lo que la moneda siempre se deslizaba sobre la mesa. Pero, ¿para qué sirve si no el cerebro? En casa llevé a cabo un experimento. Coloqué libros y estuches de lápices en el suelo y enseguida aprendí a lanzar monedas para que cayeran verticalmente y no rebotaran ni patinaran. Luego volví tranquilamente al Parque de Atracciones. Gané una caja grande de chocolates y acto seguido se me acercó un hombre con unos hombros inmensos y me susurró al oído: «¡Lárgate, mocoso!». Seguí sabiamente su consejo, y en casa comprobé que los chocolates eran incomestibles, pues con los años se habían enmohecido o se habían vuelto duros como una piedra.

Como puede comprobarse a través de esas pequeñas anécdotas, los años transcurrían mientras que algunas de mis aficiones resistían al paso del tiempo. Mantenía mi afición por el jalva de Piasecki, además del de Wedel, que vendía en cajas de pizarra. Por otra parte, descubrí una tienda de golosinas cerca del Gran Cine, el llamado Yugoslavia, y tenía los mejores sabores del este de Lvov: los rahat loukoum turcos, tortas orientales baklava, exóticos guirlaches, una hidromiel hecha con pan y muchas más exquisiteces. En aquella época engordé algunos kilos y pesaba más de lo que hoy peso.

He hablado de la Feria del Este. Me encantaba recorrerla cuando estaba vacía y sin transeúntes. En aquellos momentos los grandes pabellones con mugrientas ventanas me parecían muy extraños, y mi lugar preferido era el enorme semicírculo, cerca del pabellón más grande, cuya mitad abrazaba el pabellón Baczewski (el que estaba cubierto con botellas de licor). Al pie de la Torre Baczewski uno podía avivar el eco que dormía en aquel espacio; si batías las palmas o lanzabas un grito con la fuerza necesaria, obtenías una repetición de cuatro, cinco e incluso seis veces. Entre los débiles retornos de la voz pasaba un buen rato y me parecían como salidos de una distancia cada vez más lejana que requería cada vez un esfuerzo mayor. En los fríos días de otoño me quedaba escuchando el lánguido sonido de mis ecos, repleto de misterio y de tristeza, y aunque conocía, claro está, el principio de reflexión de las ondas del sonido, eso nada tenía que ver con el encanto especial del lugar.

Fue tres años antes de la guerra cuando vi por primera vez, de repente y muy de cerca, a los alemanes hitlerianos. En uno de los pabellones apareció una bandera roja con una esvástica, y dentro había una exposición especial de máquinas interesantes, tanques a medio camino entre los juguetes y los modelos reales, fieles réplicas, acorazados de camuflaje, pistas, torreones y el armamento al completo. Llevaban pintado el emblema Wehrmacht con orgullo, en miniatura, y al poco tiempo lo vi a tamaño real, en las planchas de acero de los tanques Mark IV. Pero por aquel entonces sólo eran juguetes, y aunque sabía muy poco sobre los nazis, en aquellos juguetes que me deleitaban la vista había algo descomunal, siniestro, a pesar de que la reducción de la escala pretendiera reflejar sólo inocencia. Los bellos tanques tenían algo que los hacía repugnantes, como si no fueran sólo tanques, como si algo estuviera incubando o creciendo en su interior. Aun así no estoy seguro. Los acontecimientos posteriores pueden haber arrojado retrospectivamente una luz como de anuncio de tormenta, colocando un deje de maldad en lo que era algo sólo infantil.

(Continuará…)

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