Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: «Terreno peligroso. ¿Un Sugar Daddy? «

Ítalo Costa Gómez





Todos tenemos un pasado y el mío sí que es variopinto eh. En mi época más saltarina de citas no existía el hoy famosísimo término del “Sugar Daddy” que se utiliza para describir al hombre maduro – muy maduro en ocasiones – que se fija en chiquillas y les da la vida que merecen a cambio de un poco de amor, como dice la Shakira.

[Hay cosas en la vidaaaa en que no encuentras salida y ante tus ojos se cierra el telón y tapas la boquilla del volcán que se hace lava que hace mil años está aquí dentro y yo tejieeeendo redecillas para ver si puedo atraparte y aquí voy de odiarte a quererte y de principio a fin buscaaaaaando un poco de amor]

Cuenta la historia que yo tenía casi dieciséis años y en el balneario de La Punta hay una esquina (donde hoy está Mi Farma) en el que se reunían los maduritos a ver pasar las mariposas revolotear y a mí dime que revolotee y olvídate. Había uno que me prestaba atención. Era gordito pero súper alto y bonachón. Era casi colorado y tenía pecas en la cara.

-¿A dónde vas tan apuradito? – míralo al hombre que se caía de maduro. Más verde que una palta verde (¿?).
-Buenas noches, señor. – Digno y serio, pero coquetudo.
-¡No me digas señor! Soy Nolberto. – No era el futbolista eh. Mis amigos periodistas de espectáculos pueden ir borrando su nota, muchas gracias.
-Buenas noches, señor Nolberto.

Mi distancia era bastante justificada. El compadre tendría unos veinticinco años más que yo, por lo menos. La distancia entre nosotros se empezó a acortar cuando una noche de pronto me invitó un helado. A la otra noche me compró un sanguchón enorme famosísimo en aquel distrito por el que todos nos moríamos – y nos seguimos muriendo –. A la noche siguiente me regalaba una botella de vino y chocolates. Ya pasaba más tiempo con él y dejaba que medio me abrazara. No me daba mucha cuenta de lo que estaba haciendo y cuando lo notaba me hacía el sueco porque todo lo que pedía me lo daba. A esa edad era tener una mina de oro porque me volteabas y no me caían cinco centavos.

Un día el enamorado de quién era mi mejor amiga en ese entonces me bajó del coche en una. Me dio una desahuevina compuesta doble.

-Y bueno, Ítalo. ¿Cómo te va con tu anciano?, ¿ya le diste lo que quiere o aún no ha gastado lo suficiente?
-¡Oye!, ¿Qué te pasa, huevas tristes? De cuando a acá yo te he dado esas confianzas a ti, pequeño aldeano. Qué te importa, plebeyo.
-No me vas a decir que te gusta. Él está comprando tu tiempo. Creo que hasta ahora solo ha comprado eso. Espero.

Me reí como si fuera una especie de chiste, pero me quedé pensando en sus palabras que retumbaban en mis oídos. “Te está comprando”. Quizás tenía algo de verdad porque no me interesaba lo que hablaba, me interesaba lo que me daba. Tiempo fuera, chochera. Así no es la nuez. Yo no quería crecer así.

Después de eso empecé a caminar por otras esquinas. Hacía que mis amigas me acompañaran a rodear la manzana para no tener que toparme con él y los días se convirtieron en semanas. Cuando lo volví a ver su actitud ya no era la misma. Se volvió más distante y era totalmente comprensible. Era claro lo que ahí estaba pasando. Tarde o temprano eso iba a terminar en otras canchas y eso no era bueno para ninguno de los dos. Yo era menor de edad y todo su entorno lo sabía. Era problemas everywhere.

Repasando en mi historia esa fue la parte en la que tuve una especie de Sugar Daddy versión limpia y también fue la etapa en la que aprendí a que no soy tan ligero de cascos como aparento. Tengo mi dignidad. Bueno… hasta que aparezca la propuesta indicada para que tire al tacho de basura los valores y me vaya a vivir en medio de joyas y petróleos con un jeque árabe zapatonazo.

Los tendré al tanto, pequeños musulmanes calentones y adinerados, por si hay oferta dos por uno en el Día del Padre or something.

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