Invasión (II)

Maxence Van Der Meersch






CAPÍTULO III

I

Samuel Fontcroix habitaba en L’Epeule, al fondo de un callejón sin salida, detrás del convento. Delante de su casa, había una hilera de casuchas bajas, de buhardillas y zaquizamís medio hundidos, a los que se descendía por dos escalones y que en invierno inundaban las lluvias. Una buena parte de Roubaix estaba construida según aquel modelo, y fue a una de tales covachas donde fue a vivir, unos meses después de la entrada de los alemanes, una familia de Lille llamada los Laubigier.

Llegaron procedentes del barrio de Postes. Eran cuatro: Félice, una mujer ya vieja, delgada y marchita, con el rostro lleno de arrugas; Alain, el hijo mayor, que estaba próximo a cumplir los diecisiete años; Jacqueline, que tenía diez, y el pequeño Camile, que tenía seis. El exceso de miserias padecidas en Lille, en aquel barrio de Postes donde los alemanes habían ejercido terribles represalias, había obligado a los Laubigier a refugiarse en L’Epeule, donde la cuñada de Félice habitaba en el callejón del convento.

Fue en el barrio de Postes donde hicieron su entrada los primeros alemanes que intentaron la conquista de Lille. Pero allí chocaron, a finales de octubre de 1914, con un cuerpo de zapadores que, armados de carabinas, opusieron resistencia. De las ventanas del barrio partieron, asimismo, algunas descargas aisladas y los alemanes tuvieron que batirse en retirada, dejando media docena de muertos sobre el terreno.

Pero, al día siguiente, millares de hombres invadieron el barrio. El sitio de Lille dio comienzo, y, como represalia, el príncipe de Baviera autorizó el saqueo del barrio. Fue tomado al asalto, como un fortín, disparando sobre todos aquellos a quienes se veía en las puertas y en las ventanas. Los habitantes, las mujeres sobre todo, no comprendían todo aquello. Escuchaban cómo a su alrededor las balas destrozaban con estrépito las ventanas y las tejas, se sorprendían, y pensando que era una lluvia de guijarros, se asomaban y no tardaban en caer muertas. Hordas de soldados ebrios penetraban en las casas, echando de ellas a las mujeres y a los niños, haciendo prisioneros a los hombres, rociando de petróleo los muebles y los entarimados y prendiendo después fuego a todo lo que hallaban a su paso. Una buena parte del barrio de Postes quedó destruida en pocos instantes. Y la población, presa de pánico, inocente en su mayor parte de los acontecimientos de la víspera, se lanzó al azar a lo largo de las carreteras, bajo el fuego del cañón de los defensores de Lille y entre el indescriptible agolpamiento de los ejércitos alemanes que afluían hacia la ciudad, asediada, como una marea interminable.

Los Laubigier erraron tres días por el campo, de casa en casa, con los cuatro hijos pequeños de una vecina que había muerto. Toda aquella chiquillería en torno a Félice hacía que las puertas se cerraran delante de ella. Los alemanes le gritaban insultos y los labradores soltaban sus perros para alejarles. Durmieron dos noches en plena intemperie, y solo al anochecer del tercer día hallaron a un campesino que les aceptó en su casa, pero que les volvió a echar a las cuatro de la mañana del día siguiente, porque no quería estorbos. Y rendidos, muertos de hambre, con las ropas hechas jirones, regresaron a Lille bajo el fuego de los cañones y volvieron al barrio de Postes, prefiriendo —morir por morir— perecer de hambre en su propia casa.

El sitio proseguía. Hallaron en su casa a varios soldados muertos y a un niño vivo que lloraba desconsoladamente. Cogieron un poco de comida y corrieron a refugiarse en la iglesia, como todos aquellos que seguían permaneciendo aún en el barrio. La iglesia, para todos aquellos desgraciados, se había convertido instintivamente en un lugar de asilo, porque es, sobre todo, en las grandes pruebas cuando el hombre se muestra un animal religioso. Y allí vivieron bajo los obuses hasta que terminó el bombardeo.

Tras la rendición de la ciudad, el barrio de Postes sufrió una represión implacable. Los alemanes quisieron hacer pagar a la población del barrio la muerte de sus soldados, implantando el toque de queda a las tres de la tarde, la obligación de alojar a las tropas, vejaciones de toda clase; nada les fue ahorrado.

Las dificultades entre las que se debatía Félicie se vieron acrecentadas por otra complicación aportada a su existencia voluntariamente. Muchos de los soldados franceses que habían tomado parte en la defensa no se habían rendido. Los habitantes los tenían escondidos bien que mal, procurándoles ropas civiles y una nueva documentación. El cura del barrio de Postes, donde vivía Félicie, se encargó del reparto de buen número de ellos y preguntó a Félicie si aceptaba albergar a varios. Ella aceptó y recibió en su pequeño hogar a tres soldados franceses.

A partir de aquel momento la situación fue curiosa. Aquellos hombres llegaron sin decir su nombre, su edad, ni nada sobre su personalidad, o su pasado. La orden era esta: no revelar nada para que en el espíritu de los demás no pudiera haber ninguna confusión entre la antigua personalidad del refugiado y el estado civil nuevo y ficticio que se le acababa de crear. Habían tenido que destruir sus uniformes, sus papeles y su cartilla militar. El cura del barrio les había provisto de certificados de trabajo, falsamente fechados antes de la guerra. Obtenerlos era cosa bastante difícil. Muchos patronos temblaban ante la idea de que el fraude fuera descubierto y se negaban a entregarlos. Pero, a pesar de todo, pudo lograrse un cierto número para aquellos prófugos. A duras penas se les enseñó una pequeña historia y se les inventó una familia, un oficio, un pasado imaginario. Recibieron orden de no decir nada ni revelar otra cosa a los Laubigier, de modo que Félicie ignoró siempre su verdadera personalidad. Cobraban su asignación, su combustible y habitaban su vivienda. Tras algunas semanas de tolerancia mutua, se produjeron algunos altercados. Aquellas gentes no estaban unidas en nada a los Laubigier y, por otra parte, sufrían aquella reclusión penosa, pensando en los suyos e irritados de verse obligados, tanto para tener las manos ocupadas como para ganar lo suficiente para pagar sus alimentos, a aprender otros oficios, a hacerse zapateros, hojalateros, tapiceros de sillas… No tardaron en tener sus discusiones con los Laubigier y se pelearon a causa del reparto del carbón y los víveres, pues su dejadez y su desorden desesperaban a Félicie, excelente ama de casa.

Después de todo, aquellos hombres no se habían imaginado que el enemigo pudiera quedarse en el Norte durante tanto tiempo. El temor de la pena de muerte que los alemanes infligían a los soldados franceses insumisos les forzaba a ocultarse, en muchos casos, en contra de su voluntad. Cierto que se exponían mucho, pero quienes les escondían corrían tanto riesgo como ellos. Empero, parecía que hubiera de guardárseles todas las atenciones por su valentía forzada y que tuviera que servírseles, resguardándoles de todo peligro. Félicie, atormentada, por la preocupación de alimentar a sus hijos, no lo entendía así, y dejaba a sus huéspedes que se desenvolvieran solos. Aquella compenetración y aquel heroísmo que había imaginado, no existían ya. Aquellos hombres estaban encadenados los unos a los otros y se odiaban mutuamente. Solo uno de los tres, que se hacía llamar Thaunier, daba pruebas de una cierta temeridad y bien podía haber rehusado la rendición por patriotismo. Los otros no eran más que unos cobardes. Además, los dos tenían sus «buenas amigas» en el barrio de los Postes y ciertas complicaciones amorosas que eran riesgo permanente de que, cualquier día, alguna celosa o algún rival despechado hiciera una denuncia anónima… Félicie no se cansaba de reprenderles, pero ellos respondían que no estaban en un convento.

Finalmente, decidió Félicie cambiar de residencia. Los soldados encontraron alojamiento en otro lugar, y ella fue a habitar en el callejón del convento de L’Epeule, en Roubaix, en la casa vecina a la de su cuñada, Flavie van Groede.

Flavie tenía cuatro hijos. El mayor estaba en la guerra y no se tenían noticias de él. El segundo, François, se había convertido en el inseparable de su primo Alain. Los pequeños se entendían muy bien con Camile y Jacqueline.

Por aquella época fue cuando se planteó para Alain, el mayor de los hijos de Félicie, el problema de las tarjetas de identidad. Desde su llegada, los alemanes habían efectuado el censo de toda la población. Se les había fotografiado por grupos de veinte. Se había hecho la distribución de las tarjetas de identidad y, asimismo, de las hojas de casa que tenían que ser fijadas en los corredores y en las que tenía que estar inscrito cada miembro de la familia. Muchos hombres no se inscribieron en las hojas de las casas, ni entregaron la fotografía, ni se presentaron tampoco para el censo, no recibiendo así las tarjetas de identidad. Unos obraron por patriotismo, otros pensando que la dominación por el enemigo sería de corta duración.

Sobre todo, entre los jóvenes, ardientes, entusiastas, llenos aún de las enseñanzas recibidas en la escuela, fue donde se halló la mayoría de aquellos insumisos. Alain, que no había cumplido aún dieciséis años, que soñaba con el heroísmo y en quien la pura noción del deber no había sido alterada todavía por los compromisos que impone la vida y el espectáculo de los hombres, rehusó inscribirse. Pero, desgraciadamente, los insumisos estaban condenados a encerrarse en sus casas y ocultarse en los escondrijos menos imaginados. En la calle, en su casa, no importaba dónde o a qué hora, un policía, un «diablo verde», podía pedirles su tarjeta y detenerlos. Por lo tanto, hacía falta, para llevar una vida casi soportable, poseer una falsa tarjeta.

Felizmente, Alain, que no tenía en Roubaix ningún amigo, fue ayudado por su vecino, Isidore Duydt, un muchacho de su edad que había llegado procedente de Bélgica, donde trabajaba en las minas y a quien el avance alemán había empujado hacia el Sur con toda su familia, después de la batalla de Charleroi. Isidore, un muchacho rubio, apuesto, un poco loco, fanfarrón e ingenuo, orgulloso de sus músculos, pronto siempre a todas las locuras con tal de suscitar asombro o admiración, se convirtió en el compañero de Alain y de su primo François. Su nombre no estaba inscrito en las listas de los alemanes, no por patriotismo ni por satisfacer un ideal, porque no había recibido ninguna enseñanza de aquel género. Los Duydt formaban una triste familia. Peleaban, discutían y se robaban mutuamente. El padre bebía, el hijo mayor traficaba y la hija andaba siempre de juerga. Isidore llevaba una vida bastante agitada, recorría los cabarets y tenía cada vez mayor contacto con el hampa, cosa peligrosa a la edad en que se está igualmente dispuesto para el bien que para el mal y cuando una cierta fanfarronería y el deseo de asombrar obligan a los pilletes y a los adolescentes a adoptar un áspero género de vida. Pero, precisamente, en tales medios era donde se hallaba el mayor número de insumisos durante la guerra. Aquellos rebeldes daban tanto quehacer a la policía alemana como a la policía francesa. Negaban todo principio de autoridad, y un cierto placer por el riesgo, el hábito de vivir fuera de la ley, la indiferencia de los que no tenían nada que perder y su espíritu arisco, los predisponía a la rebeldía. Muchos entre toda aquella hampa llegaron a alcanzar el heroísmo.

Isidore Duydt —a quien llamaban Zidore— se había arreglado para salir bien de sus apuros. No había tardado en crearse entre los insumisos una especie de francmasonería. Zidore estaba al corriente de todas las estratagemas que permitían el paso a través de las mallas de la red. Y se las enseñó a Alain. Gracias a él, obtuvo este la dirección de un impresor de la rue des Arts, que fabricaba falsas tarjetas. Alain compró una y se creyó ya tranquilo. Pero un mes después, viendo los alemanes que circulaban muchas falsas tarjetas, cambiaron el formato y el papel y exigieron que cada una de ellas llevara la fotografía del que la poseyera, con el sello de la Kommandantur.

Gracias al valor de un empleado de la Alcaldía, que sustraía los preciosos documentos a los alemanes, Alain pudo obtener una verdadera tarjeta. Aquel hombre no cobraba nada por sus servicios ni aceptaba un solo céntimo, aunque quisieran dárselo. Nadie sabía su nombre, ni tampoco él conocía nada de aquellos a quienes iban destinadas las tarjetas. Alain pegó su fotografía sobre la suya e imitó el sello imperial, copiándolo de una moneda alemana donde se veía el águila bicéfala. Y, por espacio de unas semanas, se sintió tranquilo.

Pero, transcurridas dos semanas, se instauró un nuevo régimen: los alemanes dispusieron las revistas bimensuales. Todos los hombres tenían que reunirse en la Grand’Place, responder a su llamada y hacerse reseñar la tarjeta de identidad. Alain encontró un segundo impresor, pagó cien francos por una tarjeta falsa y, además, cada quincena, tuvo que visitar a un antiguo agente de negocios que se había establecido como copista de profesión y se dedicaba a la tarea de imitar, contra la entrega de dos francos, la firma de la Kommandantur sobre las tarjetas.

Todo aquello costaba caro, y los Laubigier vivían en una perpetua miseria. Su angustia era también permanente. Un amigo era detenido, luego otro y otro. Se esperaba a cada instante la delación, y la guerra se eternizaba. Por cualquier causa, los alemanes hacían registros, requisando los colchones, la ropa blanca, los víveres, las vajillas. Pasearse y tomar el aire se había convertido en un riesgo permanente. Por doquier había «diablos verdes» que pedían la documentación y la examinaban cuidadosamente. Y, a cada momento, Alain tenía que esconderse o huir. Por otra parte, tampoco estaba inscrito en la hoja de la casa y, en consecuencia, no tenía derecho al suministro. Privación terrible, aunque por suerte Jacqueline y Camile no comían mucho, y Félicie sabía privarse de lo más indispensable para dárselo a su hijo. Pero el propio Alain sufría con aquella situación y se creía culpable de la miseria de los suyos. Utilizando diversas estratagemas, logró salir, trabajar y llevar a su casa un poco de dinero. Encontró vino para comprar y lo revendió en algunas casas ricas. Acordándose de su oficio de fundidor, llenó una bolsa de desperdicios de plomo y de estaño y fabricó encendedores y pisapapeles, que luego vendió a tres francos. Trabó conocimiento con una casa de agua mineral que seguía sus ventas mediante una bonificación a los alemanes, Trabajó durante algunas semanas en las aguas minerales y, luego, su amigo Isidore Duydt, le dio una tarjeta de vendedor de pieles de conejo. Los alemanes necesitaban aquellas pieles, cuyo pelaje e hilado les servía de materia textil. Las compraban a buen precio y libraban a todos aquellos que querían dedicarse a su recogida por las calles una tarjeta que hacía las veces de salvoconducto. Con aquella tarjeta, Alain, se sintió casi seguro.

La amistad de Zidore era preciosa para él y la inquietud de Félicie iba en aumento. Se daba perfecta cuenta del peligro de semejante unión, pero la necesidad la forzaba a aceptarla. Durante la guerra, muchos jóvenes se pusieron voluntariamente fuera de la ley y al verse obligados a llevar una nueva existencia llena de riesgo, por frecuentaciones nefastas o permanencias desmoralizadoras en los calabozos alemanes, les hizo degradarse cada vez más, hundirse en la ciénaga del vicio y la depravación, cuando el punto inicial de su aventura había sido un acto de heroísmo.

Los Duydt eran refugiados de las minas de Charleroi. Se habían alojado durante algunos días en casa de Fontcroix y, luego, el viejo Duydt había hallado una vivienda bastante mísera en aquel callejón, donde se habían instalado. Comerciaba con todo lo que era posible vender y comprar, moliendo a golpes a su mujer y a sus dos hijos menores, a los que hacía correr por las calles, hurtar todo lo que se les ponía a mano y a los que explotaba bárbaramente como esclavos. Pero los dos mayores escaparon muy pronto de su tiranía. Zidore se rebeló, respondió a las bofetadas con puñetazos, ganó algún dinero practicando el boxeo por los cabarets, y pronto hizo una vida completamente desordenada y llena de riesgos. Léonie, la hija, pasaba semanas enteras fuera de casa, volviendo con joyas y vestidos fastuosos que defendía salvajemente. Acabó por instalarse en un piso de una casa próxima. Unos camiones descargaron un día los muebles robados de un castillo de las inmediaciones y muchos oficiales iban a visitarla, sin ningún recato, a todas horas del día y de la noche.

En cuanto al mayor de los hijos, Etienne, era un muchacho extraño. Debía de haber alcanzado la treintena y era jorobado —le llamaban «El jorobadito»—, de estatura pequeña y delgado, con el rostro pálido y de facciones puntiagudas como las de una rata. Aquel hombre había heredado de su padre el frenesí del dinero. Había estado casado, pero golpeaba y encerraba a su mujer con tanta frecuencia que la desgraciada había terminado por huir, escondiéndose en Roubaix o en cualquier lugar. Y Etienne, el jorobado, que no era en el fondo más que un desequilibrado obsesionado por una idea fija, vivía solo con el anhelo de volver a hallarla.

Aquel antiguo sastre, deforme, débil, con los ojos hundidos en sus cuencas, los miembros espantosamente delgados, las manos esqueléticas e inmensas, enfermo del corazón y del estómago y acometido de una lesión pulmonar que lograba mantener casi estable por un desconocido milagro de voluntad, era muy activo. Se decía que traficaba en oro y los alemanes pagaban muy cara la moneda de oro y Etienne se la compraba a los campesinos, a todos aquellos que la habían tenido escondida en un calcetín de lana antes de la guerra, revendiéndola, luego, al enemigo. De su antiguo oficio había guardado la idea fija de que el hábito hacía al monje y siempre se le podía ver muy limpio y arreglado vestido con trajes de la mejor tela. Sorprendía a los suyos con su lujo. Había alquilado en la rue de L’Epeule una vasta casa donde había montado una caja, una especie de banco. Para él no contaban ni la ley ni la autoridad alemana. No era objeto jamás de registros y entraba y salía, tanto de noche como de día, recibiendo los saludos respetuosos de los «diablos verdes». Despreciaba a los suyos y no mantenía relaciones más que con Zidore, de quien sospechaba que conocía la guarida donde se escondía su mujer. Pues, en medio de aquella opulencia que no sabía disfrutar, Etienne, el jorobado, seguía siendo mísero, continuamente alucinado por el recuerdo de la fugitiva. Y en su deseo intenso de volver a hallarla había más una sed de venganza que una auténtica voluntad de reconquistarla. Léonie y Etienne eran las dos grandes figuras de la familia. Todo aquel oro que el jorobado recogía y que el viejo Duydt no podía aprovechar hacía que este se sintiera furioso por la prosperidad de sus hijos. Y era tan avaricioso que les iba a visitar para robarles, para llevarse de su casa un vestido, un chirimbolo cualquiera, una botella, no importaba el qué. Pues, entre los Duydt era frecuente robarse, sobre todo, cuando se trataba de comida. Apenas llegaba el suministro a la casa, cuando se hacían ya las partes. Como ocurría en numerosas familias, se cortaba el pan, la manteca de cerdo, el tocino, todo aquello que se podía dividir en tantas raciones como cabezas. Cada parte era rigurosamente pesada en la balanza de la tienda y cada cual se llevaba la suya para vivir toda la semana en un feroz egoísmo. Llegaban a esconder los alimentos en rincones inimaginables, y, durante los últimos días de la semana, los que comían mucho se encontraban con que ya no les quedaba nada. Y entonces, se producían las búsquedas disimuladas, los registros y los robos. Marcel y Armande eran de una sutilidad extraordinaria para descubrir el pan de su padre. Y este, cuando tenía hambre, no abandonaba un solo instante a su mujer, espiando, ojo avizor, todos sus movimientos para tratar de hallar las provisiones que ella reservaba a los pequeños y quitárselas. Zidore robaba en la tienda las herramientas o las ropas de uso diario, que, luego, revendía en cualquier sórdido tenducho, y aquello provocaba, de vez en cuando, espantosos alborotos que tenían amedrentado a todo el barrio.

Zidore era, sin embargo, como el primo François, hijo de su tía Flavie van Groede, el único amigo de Alain. Todo el resto del barrio le odiaba, porque no se había sometido a los alemanes. Aquella hostilidad general era penosa y peligrosa. Los hombres sometidos a la revista se habían percatado muy pronto de que Alain no se encontraba entre ellos. Por haber escapado a las vejaciones, a las humillaciones, a la amenaza perpetua de una deportación con que los alemanes tenían atemorizada a la población masculina, Alain era envidiado por los demás. No se paraban a pensar si aquella tranquilidad estaría compensada por las incesantes zozobras, por un estado continuo de alerta que duraba desde el mes de octubre. Solo veían que no iba a la revisión, que no temía verse un día u otro encuadrado en un equipo de trabajadores forzados y que se burlaba de los alemanes. Las mujeres le odiaban más que sus maridos. Corrían los más variados rumores sobre él y llegaba a decirse que debía estar en buenas relaciones con los boches para salir tan bien librado. En aquello, como en todo, la población civil se mostraba mucho más cruel que los propios alemanes. Tanto se acrecentó aquella animadversión, que Alain llegó a preguntarse si no le habrían denunciado. Pues los registros en casa de su madre se hacían cada vez más frecuentes, noche y día, a todas horas y bajo todos los pretextos. Los alemanes interrogaban a Flavie, le preguntaban cuántos hijos tenía, interrogaban, después, larga y minuciosamente a Jacqueline y al pequeño Camile.

—Pero usted tiene un segundo hijo —decían—. Lo sabemos, conocemos su nombre: Alain…
—Sí…
—¿Está aquí? ¡Confiese!
—Está en la guerra —respondía Félicie.

Y los alemanes revolvían una vez más la casa de arriba abajo, intentando descubrir una puerta falsa, un escondrijo cualquiera.

Alain tuvo que vivir en lo sucesivo en el desván, siempre dispuesto a la fuga, con un viejo impermeable debajo de la cama y una escalera apoyada en su ventana para poder huir así por los tejados vecinos. Dos o tres veces tuvo que hacerlo, acuciado por las amenazadoras voces que llegaban desde abajo y se ocultó entre las chimeneas, con un viejo saco a la espalda, permaneciendo inmóvil y angustiado, mientras que por las ventanas de las casas próximas los alemanes trataban de sorprender su huida por los tejados. Un día, cuando estaba acurrucado tras una chimenea en una de aquellas escapatorias una vecina, la mujer del robusto Semberger, que le odiaba por no haberse sometido como su marido a las órdenes de los alemanes, lo descubrió. Los alemanes, andando sobre los canalones, trataron de apresarle y ella les señaló con el dedo dónde se hallaba. Solo un milagro hizo que Alain pudiera deslizarse por un tubo de desagüe y huir sin ser visto. Una vez a salvo, no pudo siquiera pensar en vengarse de aquella felonía; hubiera sido atraer directamente sobre él la atención de la policía alemana.

Aquello hizo que comenzara a darse cuenta que los suyos tenían también parte de riesgo en todas aquellas dificultades. Félicie no tenía un solo instante de tranquilidad y su debilidad se acrecentaba por momentos. Ni un solo día podía salir, sin que ella estuviera en una continua zozobra hasta su regreso. Un día, volvió precisamente cuando estaban haciendo un registro y vio aparecer por el umbral de la puerta el rostro de su madre, lívido, descompuesto, con los ojos huraños. No le dijo una sola palabra, sino que le hizo con la mano, en silencio, un gesto horrorizado que quería decir: «¡Vete! ¡Vete!». Y él huyó antes de que los oficiales que registraban su casa hubieran podido llegar al umbral. Otra vez, llegaron a perseguirlo. Tuvo que huir a carrera tendida, atravesar la vía férrea y seguir corriendo hacia Créchet, hasta encontrar refugio en un campo de trigo. Los alemanes que lo habían perseguido hasta allá, furiosos al verle desaparecer, decidieron montar guardia en torno al campo y disparar contra el fugitivo en cuanto apareciera. Pero por uno de esos azares que exceden los límites de toda narración novelesca, había en el mismo campo un segundo insumiso, refugiado allí desde hacía unas horas, para escapar a otros gendarmes. Salió sin desconfianza y fue muerto. Y los alemanes, triunfantes, requisaron el carrito de un vendedor ambulante, cargaron al muerto, lo llevaron hasta la casa de Félicie y le anunciaron: «Ya tenemos a tu hijo. Esta vez lo hemos matado…». Delante del cuerpo que por un segundo creyó de su hijo, ella recibió una impresión mortal. Y aquello fue lo que apresuró la decisión de Alain. Muchos hombres se marchaban, arriesgándolo todo para poder pasar al otro lado de la frontera holandesa y alcanzar luego Francia. Decidió marcharse también. Ya tenía un compañero para el difícil camino: Thaunier, uno de los soldados que los Laubigier habían tenido alojados en su casa de Lille y que, cosa rara, estaba decidido a todo para poder entrar en Francia. Desde el principio de la ocupación, guardaba avaramente cuatro piezas de oro, precioso recurso en aquel instante. Inquirieron la manera de ganar la frontera holandesa, y tras una larga deliberación con la tía Flavie, fue decidido que su hijo, el primo François, hablaría a Samuel Fontcroix.


II

La invasión había arruinado el comercio de carbones de Samuel Fontcroix. De tres caballos que poseía le habían quitado dos, así como toda su existencia de mercancías. Y como Samuel no tenía más que un poco de dinero disponible y había tenido que partirlo con su hermano Gaspard, que estaba asociado a él en el negocio, se preguntaba con inquietud cómo podría vivir cuando transcurrieran unas cuantas semanas y su modesta cantidad se hubiera agotado. Su hermano Gaspard había vivido con desahogo hasta aquel momento, pero estaba enfermo y gastaba mucho dinero en cuidarse. Además, una gran parte de sus recursos los tenía invertidos en títulos rusos.

En los primeros tiempos que siguieron al bombardeo, Samuel se había conmovido al ver el hambre que reinaba allí. No había nada en la tienda de Edith y por doquier se veían mostradores vacíos y las abacerías desguarnecidas. En las calles las gentes instalaban sus mercaderías sobre una carretilla, un carrito, un simple cochecito de niño, vendiendo a precio de oro, a cinco o seis veces su verdadero valor, huevos, manteca y volátiles del campo. Aquello chocó a Samuel. Él conocía muy bien Bélgica. Y decidió ir a pie, hacer una marcha larga hasta el interior de Flandes, en los alrededores de Courtrai, para ver si podía comprar víveres para revenderlos en Lille.

Recorrió toda la región, encontró muchos alemanes, a quienes las gentes tenían mucho miedo, pero a él no le hicieron ningún daño, y regresó con doce kilos de mantequilla. Al día siguiente, enganchó a Sultán, veterano de sus cuadras devastadas por los alemanes, y se fue a Courtrai a buscar una carga de víveres.

Las cosas prosperaron, y pronto tuvo dos caballos, una gran calesa y llegó hasta Gante a buscar azúcar, mantequilla, jamón, huevos, harina y café. Revendía aquellos víveres a Edith, y la tienda de Lille no se veía desprovista jamás e incluso ella llegaba algunas veces hasta el propio frente para entregar sus víveres.

El pequeño François van Groede, primo de Alain, acompañaba frecuentemente a Samuel. Cuidaba de los caballos, ayudaba a cargar el carruaje, recibía a cambio un paquete de alimentos para su madre y se consideraba por ello muy feliz. Gracias a él, Alain y Thaunier obtuvieron de Samuel el favor de pasar con él la frontera belga y llegar a Gante.


Llegaron a Gante, un lunes, por la noche. Habían traspuesto la frontera francesa, a escondidas, detrás de grandes cajas, en el fondo del carruaje de Samuel. Fontcroix utilizaba constantemente a los alemanes. Poco versados en geografía, admitían que pudiera llegarse a Tournai por Gante y le dejaban pasar. Compraba a los soldados los bonos de los Municipios que recibían como sueldo y les daba por ello marcos para que pudieran enviarlos a sus casas.

Gante sorprendió a Alain y a Thaunier. La vasta ciudad flamenca estaba alegre y llena de vida. Estando allí, llegaba uno a olvidarse de la guerra. El carruaje atravesó la ciudad y penetró bajo el soportal de una taberna vetusta. Desengancharon los animales y entraron en una extensa cocina baja y sobria, donde ardía el fuego en un rincón y donde se encontraba el patrón Van Oosterkerke y sus dos hijas.

La casa de Van Oosterkerke era hospitalaria. Cada cual recibió un par de zapatillas, y, después de ponérselas, se sentaron junto al fuego. Aguardaron a que sirvieran la cena, galanteando a las dos muchachas, que les acogían con risas. La casa estaba llena de alemanes que parecían hallarse muy a gusto. Iban, venían y comían. Un alemán guisaba; otro cuidaba de la caja en la posada. Otros acarreaban sacos de mercancías. Desde el principio de la guerra, Van Oosterkerke había incrementado su fortuna de una manera considerable. Alain se sorprendió al ver la abundancia de artículos de todas clases que llenaban aquellos almacenes y graneros, dispuestos para su reventa a los franceses. Se hablaba poco de la guerra. Se procuraba no pensar siquiera en ella. Los alemanes contaban divertidas historias. La cena fue opípara y digna de un rey. Sin fundamento o con él, el cocinero alemán pretendía haber servido en las cocinas del emperador. Él era quien había hecho la cena. Sirvió en principio un pescado hervido con alcaparras, cosa que Alain no había visto hasta entonces; luego, un ganso asado, con jalea de grosellas y, finalmente, una exquisita mermelada en la que entraba la calabaza, la zanahoria y la miel. Era exquisita. Todo ello rociado con cerveza rubia y fuerte vino tinto. Alain olvidó Roubaix, el peligro y lo que les aguardaba al día siguiente. Se sintió como embriagado por la aventura; una vida más larga, más libre, le aguardaba… Y hubiera podido decirse que solo después de aquella noche había tenido la revelación de una vida nueva y verdadera, digna de ser vivida.

Nunca más querría volver a ser obrero fundidor, después de haber gustado todas aquellas cosas: el viaje, el aire puro de las montañas y de las noches, la carretera abierta ante sus ojos, la posada, las amistades súbitas y esporádicas, la aventura, en fin… Cuando pasara el tiempo, llegaría a tener un carruaje, como Monsieur Fontcroix, un buen caballo que recorrería libremente el país, para comprar y vender todo lo que se le pusiera a mano. Aquella era la verdadera vida.

El posadero les precedió a Thaunier y a él a una pequeña alcoba, donde una cama de plumas les acogió en seguida. Y los dos se durmieron hasta la mañana siguiente, sin exhalar siquiera un suspiro.


—Una luz —dijo Thaunier, deteniéndose, cuando caminaban durante la noche.
—¿Centinelas?

Desde el anochecer estaban andando a través de un país llano, por aquella tierra de trigo, de remolachas y pastos, cortada por infinidad de innumerables arroyuelos, canales y watringes, desesperadamente húmeda y monótona que se extiende de Gante a la desembocadura del Escalda, cortando la frontera holandesa.

Llovía. La oscuridad era completa. Los dos hombres iban extraviados y por dos veces habían estado a punto de dar de manos a boca con un puesto de guarda. Cierto que la frontera no estaba lejos, pero ellos se hallaban extenuados.

—Procuraremos alcanzar esa casa —dijo Alain.

Se deslizaron entre los árboles en dirección a la casa. El viento hacía gemir las ramas en torno suyo y sofocaba el rumor de sus propios pasos. Una humedad fría llenaba la noche, caía una especie de lluvia fina como si el rocío nocturno se hubiera convertido en agua helada. Penetraron en un huerto a través de un agujero en el vallado y en pocos instantes se hallaron ante la casa. Se detuvieron ateridos ante la ventana que habían visto desde lejos y miraron al interior. Era aquella una pieza pequeña y apacible. En el hogar ardía un buen fuego y una lámpara puesta sobre la mesa lanzaba tenues destellos. Junto al fuego hacía calceta una mujer. Ambos se miraron interrogativamente.

—¿Entramos…?
—Buenas noches, Madame —dijo Thaunier, al tiempo que enseñaba una pieza de oro.

Al verlos, la mujer pareció enloquecer repentinamente. Balbució protestas en flamenco, acompañadas de signos desesperados que, evidentemente, querían decir que se fueran. Parecía presa de un verdadero terror. Súbitamente, corrió hasta la ventana, cerró los postigos y atrancó la puerta. Luego, permaneció suspensa, contemplándolos con los ojos muy abiertos.

—¿Coñac? —dijo Thaunier, haciendo ademán de vaciar el vaso.
—No… no… —balbució la mujer, expresándose con cierta dificultad en francés, que parecía conocer algo—. Marchar, marchar en seguida.
—¿Por qué? —dijo Alain con gesto de disgusto—. Estamos cansados…; hambre…, sed…
—No, no…; alemanes fusilar a mí. Prohibido… Frontera a tres kilómetros…, prohibido… Marchar, marchar en seguida…
—¿Qué es lo que quiere decir con sus tres kilómetros?
—Creo que estamos en la zona prohibida.
Ja… Ja… —gimió la mujer, que les escuchaba atentamente.
—Está bien, nos iremos. ¡Pero, por lo menos, indíquenos el camino! ¿Holanda, Madame? ¿Neederland?
Neen… neen… —repitió la mujer angustiosamente—. Fusilados… hilos eléctricos… centinelas. Vuelvan a Francia.

Al tiempo que hablaba gesticulaba con las manos, pareciendo que les implorase casi que abandonasen su proyecto.

—¡Diablo!

Se contemplaron dubitativos.

—No tengo ningún deseo de permanecer aquí —dijo Alain—. No haríamos mal en retroceder y preparar mejor el golpe. He oído decir que existen guías.
—¿Retroceder, ahora, cuando estamos tan lejos?
—¿Y si nos llegásemos al menos hasta Gante, para reponernos y buscar un guía? Ahora recuerdo que oí decir que utilizaban toneles y bastidores de madera para pasar a través de los hilos eléctricos.
—Prefiero que nos arriesguemos. Tres kilómetros es un juego de niños.
—¿Y los hilos eléctricos?
—Nos introduciremos debajo. Lograremos pasar con ayuda de una pala.

Encendió una cerilla, salió, rebuscó en un cobertizo y salió al poco con un rastrillo y una pala que mostró a la mujer. Ella hizo un signo de asentimiento, y, entonces, Alain quiso darle una pieza de oro, pero la mujer rehusó gritando: «Neen…neen» con signos de verdadero terror. Sería fusilada inmediatamente si los alemanes descubrían aquella pieza. Con un gran cuchillo Thaunier cortó los mangos de aquellos útiles a un tercio de su largura. Dieron las gracias a la mujer y salieron al exterior, completamente oscuro y lloviendo. Inmediatamente los cerrojos sonaron detrás de ellos.

Se detuvieron al borde del camino, dubitativos, tratando de sondear las espesas tinieblas y sintiendo, muy a pesar suyo, algún temor. Luego, empuñaron maquinalmente sus aperos, como si fueran armas, y echaron a andar. No habían dado dos pasos cuando muy próximo a ellos, al otro lado de un seto, vieron a un centinela. Entonces se dirigieron hacia el Oeste, arrastrándose por la hierba. En aquel instante, la lluvia era bastante intensa. Se sentían perdidos en medio de aquella oscuridad chorreante, rodeados por todas partes de plantas de remolachas, cuyas hojas, increíblemente mojadas, les empapaban con un baño frío. Avanzaban con las rodillas y con los codos, hundiéndose en el barro, sudorosos y, al mismo tiempo, ateridos de frío. Bruscamente, les faltó el suelo bajo los pies, y estuvieron a punto de caer en un canal profundo, pues habían alcanzado el ribazo sin darse cuenta. Se detuvieron y se miraron jadeantes el uno al otro, sin atreverse a pronunciar palabra. Alain retorció su pañuelo empapado y se limpió la cara. Permanecieron unos instantes inmóviles y, luego, súbitamente, presos de un estremecimiento de temor, ambos se cogieron fuertemente. Algo se había movido a su lado. Volvieron a permanecer inmóviles, con el corazón latiéndoles fuertemente. Pero el ruido se había extinguido ya. No había sido más que un animal cualquiera del campo. Alain apenas tuvo fuerzas para murmurar:

—No hubiéramos tenido…
—No… no. Ha sido culpa mía.
—Ha sido culpa de los dos.

Thaunier reflexionó un segundo.

—Escucha…
—¿Qué?
—Si me sucede cualquier cosa…
—¿Qué estás diciendo?
—Es necesario que sepas mi nombre…
—Es cierto —dijo Alain conmovido—, yo no conozco siquiera tu nombre.
—No me llamo Thaunier, sino Gaudebert, Paul Gaudebert. Soy de Chalon-sur-Saone. Si no vuelvo, escribe a mi madre, en Chalon… ¿No te olvidarás?
—Lo prometo.
—Gracias. Ya estoy tranquilo. Sigamos ahora.

Se izaron de nuevo hasta lo alto del ribazo, consultaron su brújula, y luego se arrastraron hasta un grupo de árboles que se adivinaban en las tinieblas. Bruscamente, Alain, cogió del brazo a su camarada.

—¡Un relámpago!
—No, es un reflector. Los bribones están iluminando la línea.

Se detuvieron de nuevo y miraron ojo avizor en la lejanía. Hacia el fondo del horizonte nacía cada veinte segundos una estrella rojiza. Proyectaba sobre los campos mojados, en la noche oscura, como boca de lobo, un resplandor inconfundible, revelando árboles y setos, inmensidades llanas como la palma de la mano.

—Menos mal que están tan lejos —dijo Thaunier—. No creo que nos vean.

Reanudaron la penosa marcha hacia el grupo de árboles. Y, súbitamente, delante de ellos, tan próxima que les pareció estar tocándola, vieron una especie de tela de araña gigante, una red de alambradas, confusamente sobre el fondo oscuro de la noche. Thaunier oprimió alegremente el brazo de Alain.

—¡La frontera, amigo! —exclamó alegremente.

Una loca exaltación, apenas contenida, sonó en su voz. Se hubiera dicho que se hallaban en Holanda. Se detuvieron de nuevo otros instantes, tratando de penetrar las tinieblas con la mirada. Luego, Thaunier empuñó su pala súbitamente y comenzó a cavar bajo los hilos frenéticamente. Alain, con su rastrillo, apartaba la tierra que iba extrayendo.

—¡Atención a los hilos! —decían el uno o el otro maquinalmente, de vez en cuando.

La zanja se hacía cada vez mayor y comenzaba a invadirse ya de agua. Ambos chapoteaban, sin gran preocupación. Tanto encarnizamiento ponían en su esfuerzo que en pocos minutos tuvieron las manos en carne viva. Pero ya se iban hundiendo bajo la barrera y comenzando el ascenso hacia el otro lado.

Bruscamente, Thaunier tiró su pala y se volvió hacia su compañero.

—¡No puedo más…!
—Voy a relevarte —dijo Alain—. Dame…

Un inmenso relámpago lo cegó, seguido de un crujido seco. Crispado, arqueado en una silueta convulsa y horrorosa, Thaunier dio un terrible salto, echándose hacia atrás con los brazos extendidos, el rostro levantado hacia el cielo y las manos crispadas como tenazas. Cayó pesadamente, y, unos instantes después, muy lejos, sonaron gritos y disparos.

Alain permaneció unos segundos aturdido.

—¡Thaunier! ¡Thaunier! ¡Por piedad, respóndeme!

Le suplicaba, como si el otro pudiera oírle. Cogió con ambas manos las dos tiesas de su compañero, devorando con los ojos aquellas facciones, buscando en ellas un rastro de vida. Pero la cara estaba totalmente negra, con los ojos blancos y la expresión helada, muerta. De pronto, todo aquel cuerpo tetanizado se puso rígido instantáneamente, con rigidez cadavérica. Alain soltó con horror las manos del electrocutado. A lo lejos, en la noche, corrían siluetas y se escuchaban disparos.

Se precipitó, como loco, en las tinieblas.


Volvió a encontrar a Fontcroix y al pequeño François en la población de Van Oosterkerke. Les contó su aventura. Y al día siguiente, con suma tristeza, volvió a ponerse en camino para Roubaix. Hasta Mouscron el viaje fue fácil. Cuando encontraron alemanes, el famoso pasaporte para Tournai cumplía ampliamente su cometido. Luego, un poco antes de Mouscron, Fontcroix se sacó del bolsillo tres boinas alemanas, como las usadas por los soldados bávaros. Se encasquetó una de ellas, y sus compañeros le imitaron sin rechistar.

—Los belgas de la frontera no nos dejarían pasar de otro modo —explicó Samuel—. Pretenden que los franceses les matan de hambre, vienen a buscar sus víveres y aguardan el paso de sus carros para atacarlos. En cuanto amanezca, nuestras boinas harán que nos tomen por alemanes y así no se atreverán a decirnos nada.

Y, efectivamente, atravesaron Mouscron sin molestias, con la boina gris sobre la cabeza y la espalda oculta bajo las gruesas mantas.

En el cerro que dominaba la parte de Mouscron hacia Tourcoing, se detuvieron. Había anochecido ya. Samuel encendió las linternas. Luego, volvió a subir al carruaje.

—¿Las barras? —preguntó a François.

Y este sacó de debajo del asiento tres rollos de papel de seda, elegantemente atados. Alain cogió uno. Pesaba extraordinariamente.

—Son de hierro —le explicó Samuel—. Como no tienen el aspecto de arma, no causan jamás molestia alguna. Pero sirven cuando las gentes de Mont-á-Leux y de las fronteras tratan de cerrarnos el paso. Mi carruaje ha sido asaltado bastantes veces… No se acostumbra querer a los vecinos de frontera…

Pero atravesaron el caserío de Mont-á-Leux, sin hallar ningún obstáculo.

En la aduana belga, un empleado flamenco se acercó a ellos. Aquellos funcionarios no tenían, después de la invasión, ninguna autoridad, ningún papel. Los que se habían quedado no eran pagados por su Gobierno, pero percibían una especie de peaje totalmente legal, que era de lo que vivían. Fontcroix le dio cuarenta «sous». Y, luego, se encaminaron, sin incidentes, hacia Roubaix.



CAPÍTULO IV

I

Thorel, el impresor de Lille, aguardaba aquella mañana en sus oficinas del periódico Le Fanal la visita de Patrice Hennedyck, el fabricante de hilado de Roubaix, y del abate Sennevilliers, el hermano de Lise y de Jean, capellán del Liceo de Tourcoing.

Desde el mes de octubre de 1914, el abate Sennevilliers se había lanzado a una peligrosa empresa. Al principio de la guerra había sentido deseos de alistarse, de hacer cualquier cosa. Estaba, como todos, lleno de entusiasmo patriótico y no se imaginaba bien lo que sería la guerra. Había solicitado a sus superiores eclesiásticos autorización para enrolarse y estos le habían respondido que, si bien la Iglesia tolera el servicio militar, no puede animarlo, y que las palabras del Evangelio: «El que a hierro mata, a hierro muere», tienen más valor para un clérigo que para otro cualquiera. El abate no había partido, por consiguiente, con los soldados, pero agitado por aquel deseo de ser útil, había recorrido las oficinas militares, los hospitales, la prefectura, solicitando siempre el puesto de mayor trabajo y responsabilidad, hasta obtener, finalmente, el de capellán en uno de los hospitales que organizaban los industriales en sus fábricas de Roubaix.

Así fue cómo el abate Sennevilliers y Patrice Hennedyck entraron en relación. La mujer de este último, siguiendo el ejemplo de muchos, había habilitado en los almacenes de la fábrica de L’Epeule cuatro vastas salas, limpias, blancas y adornadas de flores; donde ciento cincuenta camas esperaban a los heridos franceses. Todo Roubaix desfiló por el hospital para admirar la instalación, y la única contrariedad fue que nadie vio jamás en Roubaix un solo herido francés. Los primeros en recibir cuidados de aquel hospital fueron los soldados alemanes. Llegaron en octubre de 1914, en retirada del Marne, y marcharon hacia el mar. Y el hospital de Madame Hennedyck fue ocupado por ellos como todos los demás.

A partir de entonces, dejaron de recibirse noticias de Francia. Una barrera de acero se alzó entre el Norte invadido y el resto del mundo. ¿Qué hacían nuestras tropas?, se preguntaban todos. ¿Por qué dejaban que el Ejército alemán se detuviera allí? ¿Cuántos días estaría? No se tenía idea de lo que había sido la batalla del Marne y la carrera hacia el mar. Se creía que la invasión de Lille, de Roubaix y Tourcoing marcaba solamente una etapa de la retirada alemana y que pronto se vería aparecer a los franceses.

Los alemanes ocuparon el Liceo de Tourcoing. Fue una invasión de hombres, de caballos y de material que irrumpieron en las clases, en los corredores, en los patios, llenándolos de una interminable algarabía. La habitación del abate, detrás de la capilla, estaba como asediada. Dormían los soldados ante su puerta y habían ocupado su propio despacho para instalar camas. Tenía continuamente ante sus ojos el espectáculo de las llegadas y las salidas de tropa, de aquellas enormes masas de mocetones fuertes y bien equipados, que salían al anochecer y regresaban dos o tres días después manchados de barro, llenos de miseria y suciedad, escuálidos y hambrientos, con un material casi desarmado, cubierto de fango y con los caballos reventados. Hablaban al abate del «frente» y citaban nombres: Yprés, Dixmude, Péronne… Pero el abate no les creía. Estaba persuadido de que los alemanes estaban en Roubaix como en el fondo de una especie de bolsa, cerrada de un lado por Amberes y del otro Lieja, que los franceses no tardarían en liquidar.

Aquella incertidumbre en que, como él, estaban todos sus convecinos, hacía que las imaginaciones se desbordaran. Corrían los más absurdos rumores y se inventaban victorias y derrotas resonantes. El espíritu tenía necesidad de verdad, y aquella ignorancia desmoralizaba y descomponía a los invadidos, que era, sin duda, la finalidad que perseguía el enemigo. Este había tomado sus medidas: palomas mensajeras, teléfonos, aparatos de T. S. H. Todo aquello que podía servir para comunicar con Francia debía ser entregado o destruido, igual que las armas, las bicicletas y los aparatos fotográficos. Y así fue cómo germinó la idea en la mente del abate Sennevilliers, construir una pequeña estación de T. S. H., utilizar sus conocimientos de aficionado y comunicar con Francia. Es preciso reconocer que en aquel proyecto no hubo desde el principio ningún deseo de heroísmo. Las circunstancias, más que la propia voluntad, son las que obligan frecuentemente a convertirse en héroe. El abate satisfacía, ante todo, una necesidad personal de saber y también le parecía divertido desobedecer las severas órdenes del enemigo. No imaginaba que aquello pudiera ir más lejos y jamás pensó en otra cosa que en obtener noticias para él y para un pequeño círculo de amigos.

Se hizo preparar la galena por su amigo Gaure, que era profesor de química del Liceo. En un tubo de ensayo, Gaure fundió e hizo cristalizar un poco de azufre y plomo en polvo. Aquello dio un sulfuro excelente. El abate utilizó como antena un alambre telefónico. Se encaramó al tejado una noche y cortó el alambre de su línea, ligando luego los dos extremos del hilo con un aislante, de manera que, a simple vista, parecía que la línea siguiera intacta. Encontró un viejo auricular telefónico y se fabricó una bobina con una caja de cartón cilíndrica y un hilo de cobre que barnizó por sí mismo. Una varilla de cortina le dio el cursor y un borne eléctrico de porcelana sirvió para sostener el detector y la galena. Todas aquellas piezas, excepto la bobina y la galena, que ocultaba cuidadosamente, podían ser halladas por el enemigo, sin que ello representara ningún peligro. No eran más que piezas de uso corriente en las instalaciones eléctricas y nadie podía sorprenderse de hallarlas en su casa. Aquel rudimentario receptor le permitió captar en seguida la Torre Eiffel, buen número de barcos y, sobre todo, la gran estación inglesa de Poldhu, una estación particularmente estridente y rápida, que daba su comunicado a la una de la mañana.

El primer comunicado inteligible que recibió —había necesitado cierto tiempo para acostumbrarse al Morse y traducir del inglés— le sumió en el mayor estupor. Poldhu indicaba como ciudades del frente a Niepourt, Yprés, La Bassée, Arras, Albert, Montdidier, Noyon, Reims, Verdun y Nancy. ¡Toda Bélgica invadida! ¡Todo el Norte excepto Dunkerque! ¡Una buena parte del Este! ¡Los alemanes no habían mentido!

Gaure y Hennedyck, el industrial, se asustaron tanto como el abate. Se esperaban los comunicados con pasión y se propalaron las noticias, calmando así el ansia que la población sentía. Y, entonces, fue Hennedyck quien tuvo una segunda idea: lograr una mayor difusión de las noticias, instruir a los invadidos. Los rumores sin fundamento no hacían más que levantar el entusiasmo un día para causar al siguiente la más honda desesperación. En la mente de Hennedyck se abrió paso aquella obligación de alumbrar a los demás, de darles, por lo menos, una pauta general de verdad. En su despacho tenía una multicopista. Se entendió con el abate, y ambos convinieron que cada noche iría a L’Epeule a llevar el comunicado de la Torre Eiffel y de Poldhu. Patrice Hennedyck los copiaba con la multicopista y, luego, se hacían circular las preciosas hojitas. La tirada no pasaba nunca de sesenta. El abate las repartía a los curas de las principales parroquias, y, pronto, los pequeños papeles de color rosa fueron conocidos en toda la ciudad como mensajeros de la buena nueva.

Pero la ambición de Hennedyck aumentó luego. Participó al abate, un poco atemorizado, su propósito de hacer un verdadero periódico, con prensas y con material. Su común amigo Decraemer fue quien les puso en relación con Thorel, el impresor de Lille.

Thorel era un hombre de unos cincuenta años. Salido de la nada, se casó con la hija de los Dumesnais, propietarios de una gran imprenta. Thorel era un apuesto galán, y la hija se enamoró locamente de él. Fue necesario casarlos. Y así, Thorel ascendió a la dirección de la imprenta Dumesnais.

El mejor cliente de la casa era la revista Le Fanal, que se imprimía en los talleres de los Dumesnais. Aquella antigua revista de pensamiento moderado tenía derecho de ciudadanía entre todo el público burgués de la región. Y sus páginas de anuncios eran muy leídas así como también sus secciones fijas. Thorel, perspicaz en adivinar posibles beneficios, se interesó en el negocio y bien pronto Le Fanal pasó de revista a periódico y, bajo su impulso, la que había sido respetable hoja tradicionalista y digna, un poco pedante, se transformó en un periódico de varias páginas, copiosamente ilustrado y con un cierto aire conformista respecto a todos los ministerios y los partidos. Un periódico «gubernamental», como decía Thorel. Uno de esos órganos que se hacen pronto populares por su debilidad, su facilidad, su presteza en adivinar los gustos de sus lectores, ahorrándoles la lectura para servirles la imagen, no tratando más de aquello que ha de complacerles, como deportes, espectáculos, actrices y vedettes, crímenes, artículos de actualidad y policíacos… Y al lado de todo eso, una hipócrita lealtad hacia la República, el Ejército y también el clero, con el que se esfuerzan en vivir en buenas relaciones, porque la Iglesia es una fuerza. Un patriotismo de grandes trazos: odio a Alemania y sed de desquite… Todas esas cosas tenían su sección en el periódico de Thorel. Le Fanal… o el arte de ganar un millón anual, abonándose a la agencia Havas, decían, no sin razón los compañeros del impresor, pues Le Fanal crecía de día en día, volviéndose inquietante para los grandes periódicos regionales que les repugnaba servirse de las mismas armas. Pero él tenía sobre todos los demás la ventaja considerable de poder ser leído por todos, pues halagaba a la masa, porque vivía de ella.


II

Desde el comienzo de la guerra, las oficinas de Le Fanal estaban cerradas. En todos los locales de los periódicos de Lille los alemanes habían instalado sus oficinas militares, saqueando el material, robando las prensas y los caracteres de imprenta. Por milagro, Le Fanal había sido una excepción en todas aquellas medidas.

Thorel se paseaba por la gran sala de redacción aguardando a Hennedyck y al abate Sennevilliers. Desde las ventanas se dominaba la entrada al Grand Boulevard, por donde pasaba una escuadra de bávaros camino de la instrucción. Thorel encendió un cigarro, un cigarro alemán mediocre que pagaba excesivamente caro. No había dado aún unas chupadas, cuando el timbre sonó. Descendió la gran escalera, fue a abrir por sí mismo e hizo ascender a los dos hombres, alegando que su despacho de director, falto de calefacción, estaba helado.

—Monsieur Thorel —dijo Hennedyck—. Nuestro amigo común Decraemer le habrá explicado, sin duda, el móvil de nuestra visita… Deseamos tan solo que nos venda papel de imprimir y caracteres… Un periódico de nuestra ciudad nos ha prestado una prensa y solo nos faltan las letras y el papel…
—¿Para completar su imprenta clandestina?
—Sí, para completar nuestro periódico —dijo el abate, a quien aquella palabra «clandestina» causaba una desagradable impresión.
—Son ustedes unos unos hombres magníficos —dijo Thorel, arrellanándose en su silla—. Verdaderamente, les admiro.

Sonrió, dando a su rostro redondo una expresión de simpatía. Lampiño, con la nariz corta y gruesa, los labios sanguíneos, los ojos menudos y negros brillando detrás de las gafas de oro y el cráneo redondo y algo calvo, aquel rostro, además de una especie de brutal jovialidad, reflejaba la astucia, la desconfianza, el escepticismo de un hombre de negocios habituado a todas las truhanerías. Thorel era fornido, panzudo, de hombros anchos y prodigiosamente robusto y congestionado.

—Sí, sí, es muy hermoso lo que quieren ustedes hacer. ¡Es un acto de valor! Y yo no pido otra cosa que poderles ayudar. ¿Quieren ustedes caracteres y papel? ¡Pues lo tendrán!
—No esperaba menos de usted, Monsieur Thorel —dijo Hennedyck—. Y puedo asegurarle…
—Solo quiero hacerles una pregunta. ¿Están ustedes dispuestos? ¿Tienen un local conveniente? Es natural que el periódico no puede imprimirse aquí, pues los alemanes se darían cuenta demasiado pronto.
—Pienso instalar las prensas en mi fábrica —dijo Hennedyck.
—¿Y el transporte de los caracteres y los rollos de papel?
—Tenemos quien lo haga; un conductor de tranvías.
—¿Y los tipógrafos?
—Por eso hemos vuelto a pensar en usted. ¿Es que entre los antiguos obreros de Le Fanal…?
—Trataré de encontrarlos, en efecto. Y ahora me dirán el nombre que le piensan poner a su periódico…
—No creemos que eso tenga gran importancia.
—¡Claro que la tiene! Quisiera hallar alguno que recordara mi Fanal… Pues, supongo que me dejarán un puesto en la redacción…

Hennedyck y el abate se contemplaron mutuamente. No comprendían una sola palabra de todo aquello.

—Pueden ustedes suponer —prosiguió Thorel— que Le Fanal no puede permanecer fuera de algo tan importante como la confección de un periódico clandestino. Tiene que representar su papel. Y lo representará obligatoriamente, puesto que sus caracteres y su papel serán utilizados, y sus obreros serán quienes trabajarán. En tales condiciones creo legítimo el derecho de redactar bajo seudónimo, naturalmente, el editorial de esa hoja.
—¿El editorial? —repitió el abate estupefacto.
—Creo, Monsieur Thorel —dijo Hennedyck—, que exagera usted la importancia de nuestra obra. No se trata enteramente de un periódico, sino de pequeños comunicados, con la única intención de difundir la verdad. No esperamos sacar ningún provecho, ningún interés, ni ninguna gloria. Queremos permanecer en el anónimo.
—Cierto, cierto… Pero no dudarán ustedes que, después de la guerra, toda esta obra podrá alcanzar un precio enorme, una influencia capital. El Gobierno francés no podrá ignorar a los que la han llevado a cabo. Yo necesito que se una el nombre de mi periódico a todo este asunto.

Hennedyck se levantó.

—Francamente, Monsieur Thorel, todo esto no me importa más que a medias. No me gusta oír hablar de intereses cuando están en juego tantas cosas.

Un gesto del abate sirvió para devolverle la calma y no acabó de expresar bien su pensamiento.

—Como ustedes quieran —dijo Thorel—. Pero yo creí entender que deseaban mi material.
—Y seguimos deseándolo —completó el abate—. Estamos de acuerdo en que usted redacte el editorial y que se reserve en el periódico la parte que juzgue conveniente. No pedimos más que ayuda, pero, ante todo, tampoco queremos que pueda creerse —y aquí se detuvo para contemplar a Hennedyck— que hacemos de ese asunto «un negocio» y que recabamos para nosotros todo el honor de la empresa. Suminístrenos usted caracteres, papel y tipógrafos, y estaremos dispuestos a aceptar toda su ayuda y todas sus sugerencias.
—¡En buena hora! —dijo Thorel—. Eso es lo que yo llamo hablar claro. Pueden ustedes disponer del material.

Y, pocos momentos después, descendieron a los talleres a buscar lo necesario para poner en marcha la prensa.


III

Fue Pascal Donadieu quien se encargo del transporte. El abate lo encontraba frecuentemente en el tranvía de Mongy. Se conocían de haberse visto algunas veces en Herlem, en la carretera. Pascal, que tenía algunas nociones de mecánica, había encontrado un empleo de conductor en el tranvía de Mongy. Al anochecer, después del retiro, conducía los coches de Lille o de Roubaix a las cocheras o hacía dos o tres viajes más para los oficiales alemanes. Aprovechando la oscuridad, dispuso sobre el techo de un remolque los rollos de papel, y los dejó en Roubaix. La prensa, llegada unas semanas antes, fue instalada en un reducido escondrijo, al fondo de los despachos.

Se reunían todos los días. Como su esposa tenía una salud muy precaria, Hennedyck no se había atrevido a decirle nada sobre la obra emprendida.

A partir de aquel instante, la vida del abate se repartió entre el Liceo y la fábrica. Y aunque su tarea en el primero era extenuante por sí sola, repartida como estaba entre las clases que tenía que dar a los niños y a los comunicados que captaba con el inalámbrico, eran las escasas horas que pasaban en la fábrica de L’Epeule las más penosas para él. Frecuentemente se encontraba allí con Thorel, el editor. Al conocerlo más a fondo, aquel hombre le causaba una verdadera repugnancia. Mostraba a cada instante su mentalidad de arribista y de periodista, y, detrás de sus apariencias de sinceridad, se ocultaba un enorme escepticismo. Afectaba «dar a luz» sus artículos, como lo hacían los reporteros antiguos, en las salas de redacción, con la broma en los labios, y divirtiéndose con su propia prosa. Tal cinismo e inconsciencia sublevaron al abate tanto como las teorías de Thorel sobre la religión, la moral y los problemas sociales. Nadie se había mostrado tan en desacuerdo como él con los puntos de vista del abate, y este, que soñaba con un cristianismo regenerador del mundo, que diera al problema del egoísmo humano una solución generosa, hallaba en Thorel la imagen misma del enemigo, que consideraba al sacerdote como un gendarme, un auxiliar de la fortuna, el que, asistiendo a la misa y dando algo para las obras, ponía una barrera infranqueable entre la religión y los negocios y enarbolaba los domingos por la mañana una conciencia nueva que no servía para el resto de la semana. Eran opuestos en todo. El abate soñaba con el sacrificio y la austeridad. Thorel, en cambio, con la buena vida, los buenos cigarros finos y las mujeres. El abate creía en la sinceridad, en la bondad del hombre; Thorel se reía de aquellos pensamientos, tachaba a los buenos de hipócritas y llegaba a sospechar que el clérigo dedicaba demasiadas atenciones a Gilberte Pauret, la menuda mecanógrafa que trabajaba para el periódico. El abate hubiera querido que, una vez terminada la guerra, permaneciera toda su obra en el anónimo, que ellos desaparecieran para no dejar más que un recuerdo simbólico: el periódico imagen de la identificación de un pueblo con su desgraciada patria y que, de acuerdo con ese espíritu, habían titulado La Fidelité; Thorel, en cambio, soñaba con los honores y con el provecho que su Fanal sacaría al fin de las hostilidades de toda aquella actividad clandestina. Muchas veces se hacía inevitable la discusión entre ellos. El abate se mostraba irritado y violento, porque Thorel no parecía querer que se perdiera semejante ocasión de publicidad, y aquel mercantilismo echaba a perder, a los ojos del sacerdote, toda su obra.

El espíritu de Thorel volvía a encontrarlo también degradado y afeado en Clavard, el tipógrafo. Thorel había designado a dos de sus antiguos empleados que aceptarían trabajar en el periódico: Gilberte Pauret, la pequeña mecanógrafa, y Clavard, el tipógrafo. Los dos vivían en Roubaix, y Hennedyck era quien les pagaba. Gilberte Pauret acudía a su trabajo como antes a su antigua oficina, tranquilamente, haciendo su trabajo sin pretensión alguna, llena de inconsciente heroísmo, de aquel valor de los humildes, discreto y que se ignoraba a sí mismo. El abate sentía gran predilección por aquella pequeña y le gustaba animarla, haciéndole ver su heroísmo. Ella se reía, entonces, encontrando divertido que se la creyera heroica por acudir a ganar su salario, exactamente como antes de la guerra. Y, al lado de la suya, la actitud de Clavard parecía aún más irritante. También él, como Thorel, pensaba en la posguerra. Recogía todos los papeles y todos los documentos, hurtaba al abate todos los comunicados antiguos y guardaba una colección del periódico La Fidelité. Marc le advertía continuamente del riesgo que corría guardando aquellos papeles peligrosos, pero Clavard se encogía de hombros, diciendo:

—No hay peligro, señor abate. Están bien guardados.

Porque ni siguiera se cuidaba de disimular su ambición: la Legión de Honor después de la guerra. Se mostraba orgulloso de su valentía y acostumbraba repetir: «Nosotros, los héroes…» hasta el punto que hubiera podido creerse que estaba ya escribiendo una página de la Historia. Adoptaba literalmente una postura para la posteridad, con gran irritación por parte del abate, que dos o tres veces había llegado a afearle públicamente por sus ambiciones. Pero tanto Clavard como Thorel se reían de él, a escondidas, y pretendían tener pruebas de unos amores entre la menuda Gilberte y él. El afecto del abate por aquella pobre muchacha era así tergiversado y transformado vergonzosamente.

Incluso ignorando tales cosas, el abate sufría en aquel ambiente. Tales gentes no correspondían a la idea que tenía formada sobre la misión que a todos correspondía y esterilizaban su contenido moral, aquella certidumbre de los fines superiores hacia los que, siendo sacerdote, dirigía. No se vive al lado de la fealdad y el escepticismo, sin perder la propia certidumbre de un ideal, de una misión elevada. Aquel ambiente y aquellas querellas eran esterilizadas. El abate salía de ellas descorazonado, lleno de la idea entristecedora de la bajeza humana. Más que semejantes disputas con gentes que, en el fondo, profesaban la misma fe que él y se llamaban católicas, prefería infinitamente las vivificantes y reñidas discusiones orales con Gaure, el profesor de Química, un ateo, un convencido de la supremacía de la materia, aunque para la nobleza de corazón lo era todo, y siendo determinista descreído y pesimista, alentaba, sin saberlo siquiera él mismo, y aun a su pesar, un fondo generoso de idealismo que le hacía estar muchas veces espiritualmente próximo al abate Sennevilliers.


Gaure era profesor de Química en el Liceo de Tourcoing. El laboratorio del Liceo, una Tebaida retirada en un rincón desierto y silencioso del extenso edificio, tras los descuidados jardines de la enfermería y la capilla, hacía, asimismo, las veces de laboratorio municipal. Y Gaure, al mismo tiempo que enseñaba a los colegiales la ley de Joule y los derivados del alquitrán de hulla, analizaba el agua de los pozos y la dosis calcárea de los terrenos de la ciudad, tarea que servía para aumentar su presupuesto, con frecuencia rebajado por las considerables adquisiciones de libros y de instrumentos de óptica y química.

Gaure tenía cincuenta y cinco años. Era corpulento, poseedor de unos grandes mostachos y de un aspecto que le daba el aire de un galo. Largos cabellos ásperos le caían a ambos lados de su cráneo calvo por el centro. Sus ojos amarillos brillaban escrutadores y su carácter nervioso hacía que se le viera mascujar sin tino su bigote, morderse las uñas o menear constantemente la cabeza. Iba desaliñado, con frecuencia, sucio, y daba su clase en mangas de camisa, con el sombrero hongo en la cabeza, una mano hacia atrás apoyada en la cintura de su pantalón y la otra moviéndose majestuosamente para subrayar la solemnidad de las fórmulas que anunciaba enfáticamente. Increíblemente abstraído y lunático, descuidado de su persona hasta más allá de todo lo imaginable, con las manos comidas por el ácido, los dedos manchados de nicotina, a punto de perder a cada instante el pañuelo o el portalápiz, con la corbata desaliñada, mal abotonado, con los zapatos mal lustrados, mal cepillado, peinado raramente y siempre retrasado, atravesaba la existencia como una especie de muchachote, soñador y pueril, inconsciente las más de las veces de las bromas y burlas, así como también de las simpatías que llegaba a suscitar. No se había casado, absteniéndose de ello, ingenua y generosamente, por la preocupación de no causar ningún disgusto a su madre. Ella le había conservado literalmente bajo su tutela durante cuarenta años y, al morir, le había dejado solitario y envejecido, en una soledad solo alterada por la amistad del abate Sennevilliers.

Centenares de escolares habían pasado bajo la férula del «tío» Gaure, sin que, en la memoria de los colegiales, existiera el recuerdo del menor castigo. Cuando escandalizaban demasiado le acometía una crisis de horrible furor, y salía, abandonando el laboratorio, como si tuviera miedo de cometer un crimen. Pues se sabía prodigiosamente violento y fuerte. Objeto de burlas por parte de la mayoría, secretamente amado por algunos por el absoluto desinterés que ponía en su tarea, parecía ignorar tanto a los unos como a los otros. Sin duda, no comprendió nunca el recuerdo dulce, melancólico y afectuoso que algunos de aquellos muchachos, por quienes había vertido verdadero sudor, con la tiza en la mano y delante de la pizarra, guardaban, una vez hechos hombres, hacia aquel maestro a la antigua, enamorado del saber y satisfecho de la sola alegría de transmitirlo a los demás.

A los dos meses de la llegada de los alemanes a Tourcoing, Gaure, aprovechándose de su situación de director del laboratorio municipal y de las numerosas visitas que recibía por razón de su cargo, se convirtió en uno de los agentes principales del espionaje. Al principio, comenzó como pudo, utilizando informes logrados al azar y transmitiéndolos por mediación de los belgas que se ofrecían a pasar la frontera holandesa a cambio de una buena remuneración. Luego, los enviados franceses, lanzados desde aviones en las regiones invadidas, fueron quienes se encargaron de organizar una red. Y así Gaure había acabado por convertirse en jefe de un sector, centro de concentración de un núcleo de agentes de quienes recibía los mensajes y a quienes transmitía las instrucciones llegadas por radio y muy pronto llegaron a estar en contacto con el mismo «Intelligence Service». Desde Poldhu, por T. S. H. y siguiendo un código especial que un espía había llevado al abate, recibía este regularmente mensajes, indicándole el día, la hora y el lugar donde los aviones ingleses depositarían espías o palomas mensajeras. El abate transmitía el mensaje a Gaure, quien tomaba las medidas necesarias. Y así fue cómo el abate, al lado de su tarea del periódico, trabó conocimiento con los medios del espionaje. De todos los tipos singulares con que tropezó, el más sincero fue el tío Gaure, aquel fanático que se creía escéptico. Su escepticismo fue objeto en todo momento de interminables disputas entre ellos. El viejo matemático no era creyente y afirmaba la nada del hombre, la vanidad de todo su esfuerzo. ¡Materia! ¡Materia! Esta era su palabra favorita y la causa de todos los conflictos con el abate, quien, a pesar de su deseo de no «predicar», no podía oír sin sobresaltarse teorías tan opuestas a su propia concepción del mundo y del hombre.

—Su ciencia —decía el abate—, no lo explica todo. El amor, la caridad y la devoción son cosas que no pueden fundamentarse en calorías.
—¡Perdón! —objetó Gaure—. Eso se fundamenta en la secreción de las glándulas. Deje que le quite las glándulas suprarrenales, querido amigo, y verá cómo pierde usted esa bella lógica de la que tanto se envanece. Si su tiroides no funciona como es debido, verá cómo envejece prematuramente… No puede usted imaginarse cómo esa austeridad de costumbres, esa continencia que se les impone a ustedes, los sacerdotes, influye sobre el concepto del mundo, exaltándolo y espiritualizándolo. Sí, señor abate.
—Entonces —dijo el abate—, obre usted según sus impulsos y viva, coma y satisfaga sus necesidades hasta que le llegue la hora de la muerte, ya que ese es su solo ideal.
—¿Comer? ¿Saciarme? ¿Es ese acaso el orgullo de los católicos? ¿No es la virtud el principal patrimonio de todos ustedes…?
—¿Y en qué funda usted la virtud? ¿Qué base, qué razón le atribuye? ¿Una moral sin obligación y sin sanción? Eso no me convence.
—¿Por qué no? ¡Sí, sí, una moral sin sanción! ¿Hay algo más bello? Una moral que o se basa en nada, o mejor dicho, en el orgullo y la conciencia de nuestra dignidad de hombres.
—No se fundamente nunca la virtud sobre el vicio… ¿Califica de vicio al orgullo, el gran motor de la actividad humana?
—Pero el orgullo es algo capaz de desaparecer. Es algo que se comprende frente a un público numeroso, entre una multitud o en presencia de otra persona. Pero cuando se está a solas con la propia conciencia, tentado de cometer una mala acción que no llegará a conocimiento de nadie, cuando se está impulsado por la pasión, ¿es capaz de pretender usted todavía que puede hallar asistencia en el orgullo?
—Lo pretendo —decía Gaure—. Y sobre una convicción semejante construirá el hombre del mañana su nueva Iglesia.
—¡Quimeras!
—¡Verdades!

Semejantes discusiones entre aquellos dos hombres en quienes el destino había inculcado el ideal bajo dos moldes distintos, duraban horas y horas.

Gaure, con su manera de ser, atraía a los grupos heteróclitos que se congregaban en torno suyo y de los que era el principal animador…, por lo menos, cuando se trataba de naturalezas generosas. Entre los agentes secretos, más de la mitad practicaban aquel oficio peligroso como cualquier otro, sin fe ni devoción, por puro cálculo, por interés, de la misma manera con que hubiesen llevado a cabo el fraude y el contrabando. Sin duda alguna existían también esta clase de hombres como Théverand que acudían a Lille semanalmente, se entregaban a su misión en cuerpo y alma, como verdaderos apóstoles, sin reclamar un céntimo más que el que necesitaban, pagando con frecuencia los gastos de su propio bolsillo y cumpliendo su misión, sin pasar cuentas. Del mismo modo había mujeres, como Félice Foulaud, viuda de un soldado belga, que daba verdaderas muestras de misticismo en su tarea patriótica. Pero fuera de esas excepciones, eran muchos los tibios, los interesados y los bribones… Françoise Pélégrin, con el empuje de sus veinte años, iba siempre en cabeza, riéndose de los alemanes, considerando su misión como un juego divertido y cometiendo grandes imprudencias que Gaure le reprochaba en vano. Y como ella era la cabeza de todo aquel movimiento femenino, corría el riesgo, en caso de ser detenida, de arrastrar consigo a toda la banda. Por otra parte, Félice Foulaud cumplía su deber como una obligación religiosa, encomendándose a Dios, descuidando toda precaución haciendo temblar de inquietud a todos sus compañeros. No les impulsaba otra cosa que el amor a su patria, mientras que las demás, Pauline Bult, Jeanne Villien y Mauserel especulaban, comerciaban y sacaban el máximo rendimiento posible de cada viaje. Pauline Bult era la encargada de pasar las cartas. Empezó pidiendo diez francos por cada una y, luego, fue aumentando a veinte y a treinta, a medida que crecía el peligro. Jeane Villien, especializada en pasar los periódicos de París, llevaba consigo cuarenta arrollados a su cintura y los revendía a veinticinco francos el ejemplar. A su lado trabajaban algunos belgas, a veces antiguos contrabandistas, formando una cuadrilla que conocía la frontera y servían como buenos guías. Claro que entre ellos se contaban también algunos bribones, como Mauserel, que pasaba cartas y que un día tomó «prestada» la carta de Gaure con todo el dinero de la caja y desapareció. Codicia, falsedad, fanfarronería, jactancia y heroísmo disimulado, ocultando su espíritu mercantil y al mismo tiempo su temor, era todo cuanto se encontraba, al lado de algunos raros entusiastas, en aquellos medios donde se hubiera creído hallar más ardiente y más puro el amor a Francia.

(Continuará…)

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