El castillo alto (III)

Stanislaw Lem





Capítulo 3

AHORA VEO QUE ERA UN NIÑO SOLITARIO, pero no me había dado cuenta. Quería un hermanito o una hermanita, aunque me temo que lo que quería de verdad era un pequeño esclavo. Me gustaba leer los habituales anuncios de la prensa en los que los padres daban a sus hijos en adopción. Era un hecho muy común. Pensaba que si nos hubiéramos quedado uno de esos niños hubiera sido maravilloso. En general, ese deseo hoy me parece un tanto sospechoso.
Los otros niños no solían venir a casa de visita. No es que nunca vinieran, pero era más una excepción que la norma.

Los domingos de verano y de otoño solíamos salir de paseo fuera de la ciudad, siempre al mismo sitio, al jardín restaurante del señor Rucki, que estaba en la carretera que llevaba a casa de mi tío, cerca del peaje. Pagar el peaje era un entretenimiento interesante que rompía la monotonía del viaje. Yo me sentaba con el conductor del droshky, está claro. Se llamaba Kramer o Kremer, pero yo le llamaba el Gordito, y le pegaba. Era un hombre chaparro, con el rostro colorado, y muy pacienzudo conmigo. De él aprendí lo básico sobre los caballos, como el hecho de que el caballo respeta y obedece al hombre porque sus enormes ojos todo lo magnifican, por lo que para ellos los hombres son más grandes que ellos mismos.

De ahí que los caballos sean asustadizos: ¡creen que todo es enorme! Durante las largas horas que mi padre junto con el tío Fritz y los demás pasaban bajo los árboles frutales jugando a las cartas, yo tenía que encontrar algo en que entretenerme. El Restaurante de Rucki tenía una bolera, si bien durante años me faltó fuerza para poder tirar los bolos de madera. En ocasiones, además de mantener debates teóricos con el Gordito, le convencía para que desenganchara el caballo y me dejara montar un rato. Cuando se negaba a hacerlo, siempre lo hacía muy educadamente. Cuando se dormía en el droshky, con los pies apoyados en el asiento del conductor, yo me arrastraba hacia las matas de frambuesas, repletas de espinas crueles. Como último recurso, me acercaba con sigilo a la partida de cartas. Me intrigaba mucho la rigidez del sombrero hongo de mi tío. Intentaba con todas mis fuerzas arrancarle la corona, pero se me resistía, como si debajo del fieltro negro hubiera una placa de acero.

Seguro que lograba divertirme, pues no recuerdo haberme aburrido. Y es que en el fondo tenía de todo: juguetes, libros, plastilina para moldear y con la que hacía elefantes y caballos (aunque cada vez me salían peor), clases distintas de salchichas y muñecos. Sacaba un trozo de plastilina de la barriga de las muñecos e insertaba pequeños intestinos, hígados, pulmones, también de plastilina, pues por aquel entonces tenía nociones de cómo eran los órganos internos. Prefería la plastilina multicolor, porque así podía retirar la barriga del paciente y amasarla hasta lograr una masa de diferentes capas de color, mezclarla y estirarla, y a partir de esa «pasta» podía formar a la próxima víctima, y así sucesivamente.

Antes de ir al instituto no era un niño tan independiente, y aparte del vecindario no conocía demasiado bien Lvov. Conocía un poco la calle Kazimierz y los alrededores de la cárcel de Santa Brígida, un sombrío edificio de gruesos muros, cercano a la calle Bernstein, donde el tío Fritz tenía su despacho de abogado. Y la magnífica y enorme calle Grodecka, por la que pasábamos cuando íbamos a la estación, al final del bulevar Foch.

El tío Fritz vivía en la calle Kosciuszko, cerca de Brajerska, a la que me dejaban ir solo, aunque nunca iba. Siempre me había dado miedo su piso, por la alfombra de oso plantada en medio del salón, con sus garras y mandíbulas abiertas de par en par. Pasó mucho tiempo hasta que me atreviera a meter los dedos dentro de esa boca. Quería mucho al tío Fritz, aunque una vez me gastó una broma cruel. Me trajo un regalo en un paquete enorme y yo me abalancé sobre él para desenvolverlo. Sudando y temblando me vi frente a todo aquel envoltorio, con una muñeca entre las manos más pequeña que una alubia, mientras mi tío se reía a carcajadas. Yo me quedé profundamente afectado.

Si acababa yendo a la calle Kosciuszko era por el gran piano negro que nadie tocaba. Me gustaba la oportunidad de asaltar el teclado, las atronadoras cacofonías que con él lograba. No tenía oído y, gracias a Dios, a mis padres no se les ocurrió inculcarme la disciplina musical a través de clases o del estudio de un instrumento. Además de las numerosas, largas y pesadas cortinas de las puertas que tanto gustaban a mi tía Niunia, segunda mujer de mi tío, mujer muy cariñosa, en el piso de la calle Kosciuszko había muebles lujosos, sin duda réplicas estilo Luis-lo-que-sea. Recuerdo un espejo con un marco dorado (¿tenía patas de león?); un grifo sobre un pedestal de madera pintada con un niño africano montado sobre ella; un candelabro con mil piezas de cristal del arco iris; y un puchero de cobre sobre una hornacina sin ventanas; lo más interesante era que no servía para nada.

En su generosidad el tío Fritz me permitía llevarme a casa volúmenes de las viejas enciclopedias Brockhaus y Meyer que se amontonaban en su despacho. Eran tan pesadas que no podía llevarme más de un volumen a la vez, ni tampoco podía leerlas pues no entendía el alemán. Pero estaban repletas de tablas, de ilustraciones y de grabados; dediqué mucho tiempo a esos tomos gruesos y polvorientos. El mundo que ilustraban, en la década de los años veinte, era un mundo fosilizado, un anacronismo, aunque eso no me preocupaba. Los trenes de 1880, los puentes de hierro con sus armazones enguirnaldados, las locomotoras con humeantes chimeneas, los pasajeros, los caballeros barbudos, todo eso me resultaba maravilloso, encantadoramente inefable. Y aquellas viejas dínamos, los dispositivos con los radios de las ruedas gravados, los motores eléctricos, y todo tipo de inventos contemporáneos como los coches sin caballos que funcionaban con baterías (éstos estaban en el suplemento del último volumen). Me divertía que los libros, que mostraban de todo, mostraran una cosa junto a la otra: elefantes, pájaros, plantas, reconstrucciones de mamuts, mesas de colores con medallas prusianas, retratos de gobernantes, fisonomías africanas, jarrones, alhajas. Buceaba deliciosamente en la enciclopedia, pasando cada página sucesivamente sin perder detalle. No recuerdo si sabía qué tipo de libro era ni para qué servía. Seguramente no me preocupaba. Y aunque no entendiera que se trataba de una catalogación y descripción de un mundo entero, o, más bien, de un corte transversal del mundo realizado en la década de 1880, como mínimo comprendí un principio: todas las cosas eran igual de buenas, aunque claro está, no todas tenían el mismo interés. Y eso fue el complemento perfecto a las exploraciones que llevé a cabo en la biblioteca de mi padre. Más de un grabado me inspiraría posteriormente, cuando me invadió la pasión por inventar cosas. Además, la enciclopedia, cuando alcanzó el derecho de estancia en nuestro piso y fue colocada en la vieja repisa blanca de la habitación contigua a la cocina, me sirvió de escondite. Entre algunos volúmenes quedaba espacio suficiente como para que escondiera frasquitos con mezclas secretas o de distintos alcoholes que discretamente sacaba de las botellas de la alacena del salón.


Me es más sencillo hablar de los objetos de mis primeros años de vida que de las personas. Pues entonces sólo los objetos —si puede decirse tal cosa— fueron honestos conmigo, fueron del codo sinceros, no escondieron nada: aquellos que estaban a mi alcance y los que yo destrozaba, así como los que no controlaba. Naturalmente, mis padres y parientes tenían motivos para no confiar en un niño. Es simplemente de lo más natural. Con todo, a veces sus problemas me afectaban, en ocasiones de una manera fragmentada, incompleta y poco clara, o sólo retrospectivamente. A posteriori aprendí más de una lección, y pude completar esta historia con explicaciones y notas que dejarían las cosas en una perspectiva real; esto es, la perspectiva de un adulto, ordenando una historia circunscrita a un punto de vista que debía de dejar lagunas. Pero eso es exactamente lo que no quiero. No pretendo crear esa doble perspectiva, porque tampoco estoy escribiendo una historia de mi familia o de sus miembros individuales. Mi objetivo es mucho más modesto: sólo me intereso por el niño que fui. Un niño, a fin de cuentas, no considera su mundo incompleto, no ve los vacíos, ni necesita de comentarios desde la atalaya de un difuso futuro.

El niño actúa instintivamente, no por elección, pues no es consciente de que constituye una excepción en el mundo de las situaciones adultas. Alguien que describa una sociedad que practica la magia no ha de indicar que sus creencias no son válidas, no ha de criticar, ni hablar de la locura, ni enarbolar la racionalidad como lo opuesto a la superstición, ni negar constantemente la autenticidad de los fetiches y la eficacia de los hechizos. Si los hechizos no tienen una con secuencia real sobre el mundo material, al menos logran un efecto —una superior y decisiva influencia— en quienes creen en ellos. Lo mismo ocurre con un niño. Lo que para él tiene importancia es lo que experimenta, y no la correcta interpretación de los hechos; la criba de tales hechos no es un asunto de versiones reales frente a versiones falsas, sino que se realiza de manera pasiva, bajo la dirección silenciosa de la memoria, y en la que no cabe posibilidad alguna de réplica sobre lo que ésta registra.


Capítulo 4

ESCRIBIR SOBRE LA INFANCIA PERSONAL es una actividad arriesgada, especialmente para alguien como yo que tiene una memoria pésima. Y además, como escritor, he de asir bien fuerte las riendas de mi profesión; es decir, reafirmar la habilidad de agrupar detalles en conjuntos coherentes. Con algunos libros de ciencia ficción y una novela contemporánea a mis espaldas, he preparado biografías de personajes ficticios tantas veces, que el hecho de fijarme ahora en mi propia persona, sobre todo en mi persona de hace años, requiere por mi parte un extremo autocontrol. El reflejo literario pasa por construir patrones para ordenar una secuencia en episodios que puedan cerrarse de alguna manera, concluirse para cobrar un significado. Aun así creo que ese reflejo constituye a su vez un impulso general y fundamental de la naturaleza humana. Se manifiesta tanto en lo individual como en lo colectivo.Y desde los primeros estadios de la vida. ¿Qué son los mitos sino la imposición del orden en el fenómeno que no posee un orden en sí mismo? Todos mis mitos, aunque difieran de los sistemas filosóficos y de las teorías científicas, comparten con ellos la negación del principio de lo aleatorio del mundo. Aunque el propio caos no exista en el mundo material de una forma pura, y aunque no esté adulterado por ningún tipo de organización, no aceptaremos ningún orden capaz de ser discernido objetivamente. Ni un novelista ni un biógrafo se conformarán con una explicación estadística, ni con la ley de los grandes números, ni con el movimiento browniano de las moléculas. Donde haya un orden estadístico que describa el curso de los acontecimientos sólo de modo general, dejando mucho margen a la operación de la oportunidad al azar, un autor —y no siempre conscientemente—establecerá un orden hasta un punto inexistente en el mundo real, un exceso de armonía que puede nacer de los pensamientos que emanan del propio deseo o de una visión limitada, o de la sumisión a una metodología imperante o estética. El efecto de ello suele ser que la realidad representada se ennoblezca. Y así surge el idilio de la infancia, su dulce inocencia, o, si el autor desea ir contra esa formula, recreará un mundo de niños vistos como monstruitos, cosa que no es sino otra modalidad biográfica. Es imposible renunciar a cualquier método, pues siempre se efectúa una selección. Todos los cambios responden a los criterios de dicha selección. Comoquiera que sea, al confiar en mi memoria, ésta se convierte en mi seleccionador, y voy rindiéndome a todo cuanto puedo recordar. Por tanto, creo que el límite de la habilidad personal para recordar es la barrera de la honestidad personal, una barrera que no puede cruzarse.

Al escribir estas páginas, es impresionante la cantidad de veces que he tenido la sensación de no estar presentando unos hechos, sino más bien se me ha antojado una suerte de parodia literaria. De hecho, en Tiempo no desaprovechado comencé por mi infancia, pero tras reescribir y revisar esa parte del libro varias veces, acabé desechándola por completo. Contenía mucho material recuperado de mis primeros recuerdos, fragmentos que también se encuentran desperdigados en otras de mis obras. Así pues, me veo en la embarazosa posición de alguien que no puede alcanzar una bolsa llena de hechos, por muy caótica que resulte la mezcla de esos hechos, y lo que hago es arrastrarlos, como a la fuerza, desde las estructuras en las que habían adoptado una apariencia de realidad. Podría interpretarse como una variante irónica del aprendiz de brujo o, simplemente, del mentiroso pillado en sus propias mentiras.

Eso entronca más con los episodios de sentimientos y reacciones psicológicas que con la pura experiencia física. Aunque depende de ambas. Pero al decir con cuál de los dos, soy consciente de estar entorpeciendo la idea misma de separar la interpretación de la experiencia, como si al hacerlo la experiencia se purificara. Y eso es imposible; es como pedir que se escriba la verdad y nada más que la verdad. Así, el niño que era se convierte en un ser inescrutable, como el Ding an sich kantiano: le sigo el rastro, lo adivino, pero nunca sabré hasta qué punto lo he conseguido o no. Nunca sabré cuándo mi reconstrucción ha ido más allá y si, a partir de fragmentos y conjeturas, estoy edificando una realidad inexistente.

Es interesante constatar que las personas que, de alguna manera, intentan regresar al «país de la infancia» se encuentran con problemas parecidos. De ahí que cuando nuestro afán de veracidad y precisión va más allá de cierto punto, los hechos objetivos ya no pueden separarse de su interpretación, pues la interpretación yace en los propios cimientos del lenguaje: palabras, gramática, sintaxis. Ahí estriba la interpretación y no en los retratos fotográficos perfectamente fieles de objetos o de fenómenos psicológicos. Esta afirmación no es ningún consuelo, pero al menos puede pasar como excusa. A menudo, un exceso de conocimiento resulta una carga que interfiere con la acción, pues quienes conocen la cantidad de «teorías sobre el niño» que existen en psicología y antropología sabrán que, por muy simple, cándido o auténtico que sea su empeño, irá derivando irremediablemente hacia una de esas teorías, arrastrado por las predilecciones personales e intelectuales de cada cual, pues uno ve al niño que fue a través de unas gafas colocadas sobre su nariz por todos los años que transcurrieron, y no hay remedio.

Todo esto en cuanto al niño como ser incognoscible. Al pasar los años se torna más cognoscible, pero se me antoja que al mismo tiempo experimenta la banalización, la normalización; esto es, cada vez va alineándose más con el grupo en el que crece y con el que crece. Estamos ante la eterna cuestión de cuáles son los factores heredados en un ser humano y cuáles los adquiridos mediante las influencias ambientales, que hoy en día sólo se limitan a los primeros años de la infancia. Y aquí podrían surgir cambios radicales, en conocimientos teóricos y en educación, si se revelara por ejemplo que el proceso de aprendizaje y culturización puede comenzar mucho antes. De tal modo, podemos convertir a niños de dos o tres años en individuos capaces de hacer elevadas operaciones matemáticas.

Pero no hablemos del futuro; nuestro tema es el pasado. Y no me queda confiar en nada más que en la memoria. En vano intenté llenar vacíos consultando libros viejos y álbumes. Ciertamente, las imágenes de las calles, de las plazas e iglesias me resultaban familiares, aunque es probable que fuera sólo en el modo en que los rincones de una casa les son más familiares a los ratones que a sus moradores.

Me resultaba francamente extraño ese mapa que me aportaba una visión árida, una suerte de abstracción de las calles. Aparentemente, los mecanismos de la memoria, que continúan desafiando la descodificación de la ciencia, son multiformes y estratificados. Incluso hoy puedo recorrer el camino desde casa al instituto con los ojos cerrados, pues la constante repetición de los años ha fijado la ruta en mi mente, convirtiéndola en una «melodía quinestética», como diría un psicólogo. Cuando era estudiante en Lvov, al contrario que los ratones, no apreciaba las cosas bellas que me envolvían. Sin duda, contemplaba monumentos arquitectónicos, como la Catedral Armenia, los viejos edificios de la plaza del Mercado, incluyendo la famosa Casa Negra, aunque no lo recuerdo. A las siete y media de la mañana enfriaba mi café con agua y recorría las calles Moniuszko y Chopin, la plaza Smolka con la escultura de Smolka en el centro, la calle Jagiellonska, y pasaba junto al cine Marysienka antes de llegar a la calle Legionow. Y a la izquierda, pasado el cine, y asomando como el faro que guía al marinero, se alzaba un pequeño bloque, mucho menos imponente, en la esquina de la plaza del Espíritu, mi verdadera referencia: una tienda que vendía los productos del señor Kawuras.

Él elaboraba pasteles tradicionales judíos jalva, y había dos paquetes, el de diez groszy y el de veinte. Solían darme una asignación semanal de cincuenta groszy, por lo que los lunes podía darme un atracón de jalva, aunque del miércoles en adelante me invadía la tristeza. También me atormentaba un problema de sólida geometría y álgebra: ¿qué era mejor, un paquete de veinte groszy o dos de diez? El diabólico señor Kawuras complicaba la solución dando formas irregulares a los paquetes, y yo nunca estaba del todo seguro de la respuesta correcta.

Siguiendo el camino estaba la plaza del mercado, con el enorme y rectangular edificio municipal, la torre del ayuntamiento, la fuente de Neptuno con leones de piedra agazapa dos en su puerta, y más adelante atravesaba la angosta calle Ruska hacia la muralla, donde se levantaban las dos plantas del instituto, rodeado de árboles.

Cuando no llevaba nada de dinero, pasaba por la tienda del café vienés para evitar que la visión de las deliciosas pilas de jalva tras los cristales de la tienda me destrozara el corazón. En el café estaba el primer reloj que me marcaba el tiempo que quedaba; el siguiente se encontraba en lo alto de la torre del ayuntamiento. Sus agujas me decían si aún podría pararme en algún escaparate o si tenía que apretar el paso y correr. Éstos son realmente casi todos los recuerdos visuales que ocupan mi alma. Yo era realmente como un ratón, y la sociedad hizo lo que pudo, a través de su sistema educativo, para convertirme en un ser humano. ¿Resistí? No mucho como individuo, pero sí bastante como miembro del cuerpo escolar.

Sobre este tema los escritores más importantes del mundo han dicho cosas que no pueden superarse. Han mostrado la escolarización como un juego complejo, una batalla de intereses opuestos, en la que el profesorado, como representante de la autoridad y del poder, intenta introducir el máximo de información en las cabezas del alumnado, mientras que los pupilos, que son por su propia naturaleza la parte más débil, hacen lo posible por eliminar esa información. En esto no logran un éxito completo, si bien el conjunto de la clase, tozuda e irreflexivamente, se emperra en ello, con una mezcla de villanía e inercia, y hace lo que puede por distorsionar y mancillar y desacreditar todo cuanto integra el proceso de aprendizaje. El campo de batalla educativo no es rico en escenas épicas, si bien se producen duelos en los exámenes, ejecuciones en masa en forma de pruebas, y todo tipo de amagos, ataques, tretas y evasiones, en las que cada pupitre se convierte en una barricada, en las que un trozo de tiza puede ser un misil, y los lavabos son a veces el único refugio.

Así es como emerge, de un trabajo de hormiguita oculto en cada grieta y hendidura de la cultura oficial, una subcultura de instituto, porque la clase, al maltratar las mesas y al garabatear las paredes de los lavabos y ahogar moscas en tinteros, remojar la tiza y destrozar borradores y dibujar bigotes a las heroínas nacionales, y pechos a los héroes de la patria, parecía responder así frente al orden con el caos; pero en realidad construía un orden, un orden que neutralizaba, a través de la difamación del sinsentido, todos los instrumentos materiales de la instrucción. Por eso los lápices se convierten en espadas de juguete, y las páginas de los cuadernos en aviones de papel. Hay una lógica para esta locura ruidosa y salvaje de los estudiantes, cuando la clase se sienta, se atrinchera, mirando hacia la mesa del maestro.

Entré en el viejo instituto en 1932, y llevaba bien pegada al cuello de la camisa una tira plateada. Cada año se añadía una tira, y en el quinto año la plata era sustituida por el oro. Pero en mi segundo año cambiaron el sistema, y volví a llevar una sola tira. Gorras rígidas con ribetes de terciopelo amarillo (nos llamaban «canarios») reemplazaron a las gorras flexibles de visera, y los uniformes pasaron a ser azul marino. Los pantalones tenían una franja azul celeste (los cursos inferiores), y las camisas se abrían en la parte del cuello, al estilo civil. Nos ponían además distintivos: el Instituto 2 pasó a ser el Instituto 560. Los distintivos generaban una batalla. Cada mañana antes de las ocho el director, junto a uno de los maestros, recorría el edificio, pasando entre los estudiantes que se descubrían las gorras a su paso. De vez en cuando, el director llamaba a un alumno para comprobar si su distintivo estaba cosido en consonancia con las reglas o si sólo iba abrochado, en contra de lo establecido. Así, más de un alumno tenía que llevar un costurero de bolsillo para que cuando los amigos le avisasen, tuviera tiempo de esconderse en la calle Ruska y recomponer rápidamente las huellas de su tropelía. En cuanto a mi distintivo, y para consternación mía, mi madre lo había cosido con firmeza, y forcejeaba yo con él trabajosamente, hasta que por fin se me ocurrió qué hacer con la insignia, y ello en concordancia con la subcultura anteriormente citada. Pero eso ocurriría más adelante.

En casi todas las clases del viejo instituto los bancos y pupitres como de iglesia fueron reemplazados por mesas modernas con cajones. Para mí, los bancos del colegio son algo arcaico, una reliquia de una era pretérita. Sólo los pude ver de pasada, cuando los estaban cambiando. Y no puedo pensar en ellos sin cierta tristeza. Pero, emociones aparte, me parece que los que quedan tendrían que coleccionarse y exponerse en los museos junto a las reliquias de la cultura auriñaciense y musteriense. El hombre del paleolítico tallaba la piedra; el hombre del instituto esculpía su pupitre. Era un vehículo excelente. Los carpinteros que los diseñaron debieron de ser unos iluminados, al imaginar que, generación tras generación de estudiantes, cada nueva hornada intentaría destrozar esos muebles de madera. Con el tiempo, los cantos se suavizaron tanto como el marfil, apretados con desesperación por las manos de innumerables escolares llamados al estrado. El sudor y la tinta se escurrían entre los gruesos tablones, por lo que gradualmente asumieron un indescriptible color entre gris azulado y parduzco. Las puntas de las plumillas, los cortaplumas, trozos de uña y probablemente algún que otro diente también dejaron marcas secretas, hileras de jeroglíficos, capa tras capa, una por cada generación que ahondaba en la labor de la anterior. Así aparecieron los cráteres. Y los huecos, allá donde antes había nudos de la madera, quedaron incomparablemente alisados por una labor de Sísifo durante interminables horas de clase. Y eso no fue todo. Cuando la disciplina se tornó más estricta y uno tenía que sentarse con las manos quietas, los ojos, esos sirvientes del alma, sobre los que el profesorado no tiene control alguno, procuraban escapar sosegándose con la estructura de madera. Con un poco de concentración uno podía silenciar las palabras del maestro. Como Hamlet lo definió en una fórmula concisa, uno podía sentirse el rey del espacio infinito, y cada estudiante podía fusionarse con aquellas abstractas ondulaciones, bucear en su dulce apatía, y de ese modo escapar. Sí, podías grabar cosas también en un pupitre pulido, pero ya no era lo mismo. Era algo que se hacía sin arte ni convicción, por mero hábito; los viejos pupitres tenían dos orificios poco profundos para los tinteros, que eran unos contenedores de cristal especiales con un profundo embudo diseñado para que la tinta no saliera si se volcaban. Pero la tinta se salía, os lo aseguro, y si no se salía la primera vez, se le daba una ayudita. Los bolígrafos no existían y las estilográficas no eran tenidas en gran estima; escribíamos con plumilla, que utilizábamos como catapultas muy cómodas para pinchar al compañero. Por ese motivo queda constancia de que no hay ninguna herramienta que no pueda estar al servicio de un objetivo opuesto al que le haya fijado su creador. Una cultura pasa de generación en generación, y desde hace muchos años se sabe para qué sirven los pupitres, y con las nuevas sillas y mesas quedamos obstupuunt omnes al principio. Sin embargo, el bloqueo no duró demasiado, y las sillas empezaron a perder las patas. Eso se denomina vandalismo, y eso era, aunque no se alejaba demasiado de lo que hacían los copistas monásticos de los claustros medievales al rayar las valiosas escrituras de un pergamino para sustituirlas por su propio y tedioso texto.

El Castillo Alto era para nosotros lo que el Cielo es para el cristiano. Era el lugar adónde íbamos cuando se anulaba una clase porque el profesor se sentía de repente indispuesto, una de esas sorpresas maravillosas que el destino sólo brinda en señaladas ocasiones. El Castillo no era un lugar para truhanes; era demasiado peligroso para eso; en los callejones y entre los bancos y árboles del parque podías encontrarte con algún profesor. En su lugar, los fugitivos remontaban el desfiladero de Kaiserwald, más allá de la Montaña de Arena, y se sentaban seguros entre los arbustos y fumaban fabulosos cigarrillos de Silesia. Pero en el Castillo caminábamos abiertamente, hacíamos mucho ruido, envueltos en la dulce áurea de la gandulería lícita, embriagados con nuestra inesperada libertad. Este delicioso lugar se encontraba sólo a dos paradas de tranvía del instituto, aunque nunca íbamos en tranvía. Era demasiado caro. Solíamos ir por la calle Teatynska, una docena de pasos más allá del final de los raíles había una bajada muy pronunciada, y entonces teníamos toda la ciudad frente a nosotros, con la Montaña de Arena a la derecha, y a la izquierda todo el verde del parque, que oscurecía el terraplén del memorial de la Unión de Lublin. Mucho más allá estaba la oscura maraña de vías de la estación del tren de Podzamcze, con sus diminutas locomotoras, y aún más abajo, una extensión etérea, celeste y vaporosa que se abría hacia un verde horizonte.

En el Castillo Alto aún resistía la vieja muralla, una ruina que apenas recuerdo. Tuvieron que pasar treinta años antes de que lo recordara y me diera cuenta de que el Castillo había sido un edificio magnífico, y que se llamaba así porque en la ciudad había existido realmente un castillo abajo. Sin embargo, por entonces ni las ruinas ni los monumentos del pasado me interesaban. ¿Qué hacíamos allí? Nada digno de ser recordado. Varias veces al año mi padre me llevaba al memorial de la Unión o a la Montaña de Arena, pero fuera del horario escolar. Era durante las horas de clase, cuando las posibilidades podían surgir, así de repente. En los ocho años que pasé en el instituto, debí de ir en innumerables ocasiones, si bien no recuerdo nada del lugar excepto las vallas bajas de protección, y detrás el azul del cielo sobre la ciudad. Y la sombra de los enormes castaños. Realmente no era un lugar, era más bien un estado, un estado tan intensamente perfecto que podría compararse sólo con el primer día de las vacaciones de verano, un día por estrenar, un día sagrado, en el que el corazón pierde deliciosamente el sentido porque todo resulta tranquilo, aunque sientas la necesidad de holgazanear, y el tiempo se difumina como un océano a través de los meses de julio y agosto. En el Castillo, sin embargo, sólo teníamos una hora, por lo que cada minuto tenía que saborearse, embriagándonos a conciencia con la indolencia. Saltábamos, nos revolcábamos, caminábamos sin rumbo, como en un cálido río bajo un cielo de blancas nubes. No era un cielo cristiano repleto de plegarias humildes, sino un nirvana; ni deseos ni tentaciones, sólo bienaventuranzas que existían a su antojo. Incluso nuestras gargantas, afónicas de tanto chillar, quedaban afectadas por ese viento racheado de otro mundo. Gritábamos un poco, sí, pero no por convicción, sino por hábito.

También solíamos ir a las lomas de la Montaña de Arena, de excursión por las colinas, aunque era algo totalmente distinto, al menos para mí, pues nunca me han gustado las plantas. Nuestro profesor de Ciencias Naturales, el señor Noskiewicz, se maravillaba de que yo convirtiera las hierbas y los abrojos en rododendros, incluso llevando en la mano la guía de clasificación de especies vegetales Rostafinski. Angiospermas, gimnospermas: los mismos nombres me disgustaban, no sé por qué. De alguna manera las plantas me ponían nervioso.

Es cierto que de alguna manera son especies afines a nosotros aunque estén satisfechas con todo o, lo que es peor, aunque sean indiferentes. Con los ratones, leones y hormigas compartimos un montón de problemas, tememos, deseamos, luchamos; pero la quieta aceptación del destino en el reino vegetal me resulta una traición a la causa común. ¿Mantenía yo puntos de vista excéntricos a los doce años? No creo, y sin embargo, mi aversión hacia nuestros parientes vegetales, que nada tenía que ver con que me obligaran a comer espinacas, es algo que viene de tan lejos que ni siquiera lo recuerdo.

Cuando volvías al instituto de una de esas excursiones, te dabas cuenta de lo pequeño que era el patio del recreo, una zona delimitada por el talud del terraplén y allanada por innumerables pisadas. Estaba delimitada sólo con pilones bajos de piedra, enlazados por un raíl de acero; no era un auténtico obstáculo, aunque estaba prohibido salirse del perímetro. No podíamos rebasar el espacio acocado, por lo que usábamos cada centímetro del mismo.

Procedente del mundo exterior hacía acto de presencia un vendedor de pasteles, que además de pasteles traía la dulzura del juego. Dos de nosotros le pagábamos diez groszy, cinco groszy cada uno, y entonces las monedas tintineaban en el bolsillo de su sucio delantal del que sacaba un puñado y decía, «par o impar». El niño que lo adivinaba tenía su premio y se lo comía en el acto. A mí no me dejaban comerlos; mi padre decía que podría intoxicarme. No le desobedecía, aunque es indudable que todos mis compañeros estaban perfectamente sanos.

A lo largo de varios metros y junto al muro del edificio se deslizaba un tubo de hormigón para drenar las aguas de la lluvia de la colina; nosotros nos descalzábamos para trepar y usarlo de tobogán, una y otra vez sin parar, hasta que sonaba el timbre de la clase. También nos dedicábamos a deformar las guías de hierro de los postes de piedra, y despedazábamos (casi diría que «roíamos») la corteza de los árboles que envolvían el patio. En otras palabras, éramos como un Abate Faria colectivo salido de una novela de Alejandro Dumas. Si de alguna manera se pudiera concentrar la energía de todos los escolares del planeta, se podría poner el mundo boca abajo y secar todos los mares. Pero antes tendría que convertir eso en algo absolutamente prohibido.

Acabo de esbozar aquí unos ensayos que se podrían titular «El instituto, una subcultura» y «El instituto, una fuerza ele mental». Pero éramos también una sociedad que se autogobernaba bajo un sistema de leyes, con un jefe elegido democráticamente. Teníamos tesorería y tesorero. Yo mismo lo fui durante un tiempo; teníamos sargentos que controlaban las clases, y una jerarquía que incluía dos posiciones especiales: el niño de mamá y el bufón de la clase. El niño de mamá se elegía por veredicto. No era algo oficial, aunque su elección era incuestionable. El candidato ideal era un niño gordo y torpe, y fácil de maltratar. No con crueldad sino únicamente recordándole su rango. Si aceptaba su papel, podía llevar una existencia perfectamente razonable. Por norma, había un niño de mamá por clase, ya que más de uno hubiera perjudicado al propio grupo. En nuestra clase esa posición la ocuparon dos niños durante varios años, pero fue la excepción que confirmaba la regla, pues eran dos gemelos, los hermanos F., que formaban una sola unidad pero con dos cuerpos: un niño de mamá pero doble. Nuestra decisión desembocó en una curiosa rivalidad fraternal que acabó enfrentando a los gemelos entre sí. Más de una vez, tras largos cuchicheos en las esquinas, acababan peleándose, pero claro está, como niños de mamá: revolcándose salvajemente, tirándose del pelo y lloriqueando.

Cuando los gemelos estaban enfermos, el puesto lo ocupaba per procura el gordinflón Z. Era increíblemente susceptible, y tenía las mejillas perfectas para ser pellizcadas. Eran unos mofletes gordos y fríos, y se convertían en el blanco ideal. El ejercicio de aplastamiento presuponía la presencia de dos atletas que se sentaban en el pupitre, uno a cada lado de la ingenua víctima, pues no podías aplastar si no era sentados en un banco, y cuando se daba la señal convenida, ellos clavaban con fuerza sus pies y se agarraban al pupitre, aplastando así a la pobre víctima entre ambos, hasta que sus costillas emitían ruiditos y los ojos parecían salírseles de las órbitas. Pero el niño de mamá no sufría una persecución insistente, pues eso se consideraba de excesivo mal gusto.

Si examinamos con más detalle esa sociedad escolar, nota remos cierta ansiedad entre algunos de sus miembros, conocedores por instinto de su probable candidatura a ocupar la vacante de niño de mamá si la hubiera, a poco que los demás les dieran el empujoncito necesario. Eran éstos los que más se cebaban, como para distinguirse con insultos y golpes de aquello que más temían. En verdad, las personalidades más representativas de la clase no mostraban ningún interés por dichos parias.

Si uno se convertía en niño de mamá por decreto y por consenso, la categoría de bufón de la clase se conseguía por habilidades naturales y por méritos propios. Un bufón de la clase podía divertirnos con una simple palabra pronunciada en el momento apropiado; sabía cómo acuñar la frase, pero sobre todo sabía cómo hacerse el estúpido cuando se le llamaba a la pizarra. Era una actividad difícil, pues exigía un ejercicio de equilibrio entre la propia clase y el campo ene migo, ya que no se podía ser el bufón de ambos. El efectuar acrobacias de tal calibre requería ciertamente mucho arte.

En nuestra clase, Miedo P. ejerció de bufón durante un tiempo. Era un niño con un humor duro y con una mano aún más dura. Cuando se le preguntaba algo se hacía el idiota de tal manera que el que preguntaba se sentía a su vez un idiota. Era particularmente cruel con las chicas que ayudaban a los profesores y que a veces nos daban clase. Miedo era vulgar, y no me gustaba. Se sentaba en la última fila y solía hacerse el sordo, por lo que tenían que repetirle las preguntas. Y mentía de una forma muy especial, dando múltiples detalles, aunque del todo absurdos, cuando no había hecho los deberes, y se quedaba mirando al maestro con total sinceridad y completamente impertérrito. Cuanto más burdas eran sus mentiras, más las justificaba. Provocaba la risa general, si bien cuando los de su pandilla se mofaban de él lo cortaba rápidamente propinándoles un cabezazo directo. Los pedagogos se daban por vencidos con esa pandilla de multirreincidentes atléticos. Miedo era su portavoz, e incluso su intelectual, pero no su líder, pues ellos carecían de sentido del humor y mantenían las distancias, como si fueran visitantes ajenos al instituto. Para ellos sólo éramos niños. Por ejemplo, uno de ellos, W., permitía que uno u otro intentara estrangularlo, con las manos alrededor del cuello, y él se resistía únicamente tensando los músculos de su cuello.

Cuando durante los cursos intermedios empezamos a mostrar interés por los temas sexuales, emulándonos entre nosotros en materia de pornografía verbal y temas escatológicos, pues la elocuencia intentaba suplir la experiencia, la pandilla de los mayores no intervenía en los debates. Para ellos el sexo era algo cotidiano, rutinario, casi una profesión. Con desesperación, vociferábamos las obscenidades más atroces, y veíamos cómo la deseada masculinidad se nos iba por la boca.

Curiosamente, recuerdo más sus manos y sus mochilas que sus rostros. Tenían manos de hombres crecidos, duras y quietas, con manchas amarillas de nicotina; venas marcadas, cicatrices, aunque no eran marcas de navajas; sus cicatrices nada tenían que ver con los juegos. Las mochilas eran bolsas de piel usadas y rotas que habían adquirido un tono negruzco; no tenían asas, pues no contenían más que el almuerzo. Les daban el uso más vulgar: las usaban de porterías de fútbol cuando hacían novillos, de almohadas en el Kaiserwald, incluso las usaban a modo de proyectiles. Estas mochilas de los veteranos serían dignas de exponerse en el museo junto con los pupitres de la escuela.

Me llevaba muy bien con muchos de mis compañeros, aunque no tenía amigos de verdad con los que compartir verdaderos secretos. Me gustaba Jozek F., que empezó a dejarse bigote creo que ya desde su primer año en secundaria. Era un excelente matemático. Lo mataron los alemanes. También me impresionaba Zygmunt E., más conocido como Puncia. Curiosamente le recuerdo no en su mesa ni en clase, sino en el patio. Hijo de padres pobres, entró en el instituto por caridad. La matrícula era cara: 110 zlotys al semestre, el equivalente a un traje o a cinco pares de zapatos, y era difícil entrar con beca. Recuerdo a Puncia en un momento dramático y heroico, esto es, chutando un penalti. Colocó la pelota a once pasos de la portería, mientras el portero, con la mirada fija en el balón y en cuclillas, se humedecía los labios nerviosamente. Entonces Puncia se preparó en silencio, casi apesadumbrado, aguzó la mirada, como debatiéndose con su oponente, y su cuerpo se tensó ligeramente. Comenzó a acercarse a la pelota, primero despacio, contoneándose como un pato, porque sus piernas estaban ligeramente curvadas, y además las movía de una manera especial para mantener al arquero conjeturando sobre qué pierna usaría para el disparo. Todos sabíamos que sería la izquierda, aunque sorprendentemente ese juego de pretender crear incertidumbre siempre funcionaba. Pues bien, cogió velocidad en los últimos metros hasta que sus piernas ya se desdibujaron; luego llegó el torpe batacazo de su patada, y la pelota entró directamente por la escuadra de la portería. En el alboroto de nuestra victoria, Puncia se volvió lentamente y nos sonrió. Era su misma sonrisa del aula: educada, dulce, suave y totalmente desinteresada.

Durante varios años tuve dos compañeros de pupitre. Uno era Julek C., hijo de un policía, un niño robusto de pelo rubio, con la nariz chata y una expresión de duda en la mirada. Ambos llevamos a cabo una importante transacción que nos ocupó largas negociaciones. Me cambió su pistola de 6 mm de un solo disparo por una imitación de Browning 9 mm, que a mí ya me aburría. Obviamente yo estaba ansioso por probar su pistola; cada minuto era precioso. Así que cuando llegué a casa la cargué con un «proyectil». Fue difícil cargarla, pero por fin llegó el momento, y al final del recibidor disparé. El disparo fue tremendamente ruidoso. Yo diría que espeluznante. Antes de ir a comprobar qué había pasado con el proyectil, llegó mi madre corriendo y tras ella, desde su despacho, mi padre, con la bata blanca y el espejo en la frente. De inmediato me fue confiscada el arma, aún humeante, que acabó bajo doble llave en un cajón, por ser un objeto altamente peligroso. Más tarde lo examinaría y me percataría de lo afortunado que había sido, porque la recámara era de metal fino y parte de ella se había expandido por los gases calientes. Afortunadamente el cobre flexible había aguantado y no me saltó directamente a los ojos. Durante mucho tiempo busqué en vano esa bala. Aparentemente la munición no había sido confiscada. Julek sí que sacó partido del trato realizado. Debía de ser cosa de familia, pero hablaba mucho de armas con él. Una vez estuvo incluso en una cacería del jabalí, y resultó herido en el muslo por el disparo de un cazador, que se confundió. Julek anduvo vendado durante mucho tiempo, cosa que era toda una distinción. Pero eso pasó más adelante, en la Escuela Superior. En aquella época, Julek D. también tenía un arma, un magnífico rifle de repetición Flower, pero yo nunca pasé de mi pistola de aire comprimido, cosa que me dolía mucho. Si me hubiera atrevido, hubiera ido al colegio con los revólveres colgados del cinto. Como mucho me daba por elaborar unos diplomas certificados que premiaban mis proezas cazadoras, pero lo hacía sin entusiasmo, sentía que en ese caso la ficción no podía superar en nada a la realidad.

Tiempo atrás mi compañero de pupitre había sido el guapo y enamoradizo Jurek G., que siempre se mostraba muy romántico con las chicas y, además, supuestamente, tenía un lío con una mujer adulta, una viuda. Se rumoreaba que se citaban en el parque Stryjski, y uno de mis compañeros declaró haberlos sorprendido una vez en plena pasión. Yo no tenía ocasión de comprobarlo, pues estaba siempre muy controlado. Por la tarde no me dejaban salir de casa. Me habían asignado un «ángel de la guarda», un tutor, el señor Wilk, un estudiante que más tarde se licenciaría en Derecho. Se aseguraba de que hiciera los deberes, por lo que no me podía valer de la típica excusa de «ir a estudiar a casa de un amigo». Estaba obligado a estudiar. También aprendía francés en casa con cierta Mademoiselle, una persona horrenda con una enorme narizota roja picada de viruelas, como si se vieran a través de un cristal de aumento. Pero logré domarla ideando todo un sistema de estratagemas para apartarme de esa horrible gramática; Mademoiselle era muy inquisitiva y siempre me preguntaba cosas de mi familia, me interrogaba sobre quién se había casado y quién no. Como yo no sabía nada de esos temas, la mentía y le contestaba lo primero que me pasaba por la cabeza. Así me las arreglaba para enredarla un poco, pero a fin de cuentas hablé un poquito de français, si bien los misterios de los tiempos verbales, temps défini, indéfini, y todos esos absurdos subjonctifs quedaron sepultados para siempre en mi memoria.

Por entonces preparaba mis propias bebidas alcohólicas, por si alguna vez los invitados masculinos se dejaban caer de improviso, cosa que nunca ocurrió. Entre los volúmenes de las enciclopedias Brockhaus y Meyer del mugriento armario blanco escondía los frasquitos con restos de licores mezclados según mis propias fórmulas. Utilizaba ingredientes de mi madre, añadiéndolos al Kummel que mi padre solía tomar para el aperitivo. Cuando me liberaba del cotilleo familiar, intentaba que mi profesora de francés probara uno de esos cócteles, pero nunca aceptó ni un solo vasito. En los platitos de fina porcelana de mis experimentos químicos mezclaba también perfumes que sacaba del tocador de mi madre, y con ellos ungía a Mademoiselle. Es sorprendente, en verdad, que hoy sea capaz de leer un libro en la lengua de Moliere.

Entre el colegio, el señor Wilk, y la profesora de francés, no tenía mucho tiempo libre, y mi vida podría haber sido verdaderamente lúgubre si no la hubiera enriquecido de maneras ocultas, cosa que ya explicaré después.

Encontraba divertidos algunos juegos del colegio, aunque muchos, como la Liberación de Wyspianski, eran tremendamente aburridos (no hablo del propio Wyspianski, sino de la interpretación que a los catorce años le dábamos). Los boletos se distribuían en clase e iban numerados. Rápidamente se desataba una discusión sobre dónde se sentarían las chicas del instituto. Llegaba valiosa información a través de canales secretos, y había mucho regateo y trapicheo, puesto que todos querían sentarse junto a una compañera voluptuosa. Eso a mí no me afectaba; aún estaba verde y era muy niño. No podía hacer nada más que escuchar con la boca abierta cuando Jurek G. relataba sus rendez-vous y nos daba cuentas de los detalles. Comoquiera que sea, en los juegos del colegio no podíamos aprovecharnos de la proximidad de las chicas, pues los maestros, colocados estratégicamente, se aseguraban de que no existiera ni el más mínimo roce entre nosotros.

De vez en cuando, el comité de padres organizaba un baile en el gimnasio de la escuela, pero como yo no sabía bailar, me quedaba apoyado contra una pared, totalmente solo. Algunos profesores, los más jóvenes, bailaban con nuestras invitadas, cosa que a mí me parecía contranatura. Era como si Atila se pusiera a hacer ballet.

Para describir mi estatus en la clase debo compararme con el resto. Aunque torpe y bastante rechoncho, yo no me convertí en un niño de mamá. Tal vez porque mantenía las distancias, era buen estudiante y tenía un montón de cosas en la cabeza. Creo que fue al final de secundaria o al principio de la Escuela Superior cuando descubrí a Proust; supe de su existencia gracias a Jeremi R. y a Janek C. Jeremi estudiaba inglés y llevaba siempre diccionarios; en general era extremadamente brillante. Como yo leía absolutamente todo cuanto caía en mis manos, y visto que Janek y Jeremi llevaban libros con intrigantes títulos, como A la sombra de las muchachas en flor, tomé prestado el primer volumen, pero me quedé clavado en las primeras páginas. Sorprendido, tomé carrerilla como un vallista para reunir el impulso necesario y me enfrenté al obstáculo en repetidas ocasiones, aunque cada vez volvía hacia atrás como si hubiera topado con un muro. Tal vez fuera ése el motivo que plantó la semilla de mi complejo de inferioridad. Intentaba leer a Proust pero no podía, y tampoco lograba salir con chicas. Tenía que hacer ver que era por propia elección. Tenía que disimular incluso delante de mis amigos, incluyendo a Janek C. ¡Cómo le envidiaba! Era hijo de un conocido abogado de Lvov, que vivía cerca de nosotros, en la avenida Mickiewicz, cerca de la plaza Smolka, en un piso enorme. Al entrar, un busto romano del padre de Janek te daba la bienvenida, una poderosa cabeza de enorme cuello, una cara escarpada y amplias fosas nasales. La madre de Janek padecía de problemas mentales. Él nunca hablaba de ella. Permanecía en una estancia separada, con la puerta siempre cerrada. Las pocas veces que la vi un momento, el humo azul de su cigarrillo la envolvía. Janek no tenía profesor particular. En general, su padre lo trataba como a un adulto; Janek no tenía que decir a dónde iba ni qué quería hacer, ni si había o no terminado los deberes. Leía a Proust, con sus gafas con montura de alambre. Cuando iba a su casa cerraba el libro y se sacaba las gafas, en las que colocaba un papelito doblado bajo la montura para evitar que le quedaran marcas. Era un excelente nadador, podía recorrer cien metros en estilo libre en un minuto y dieciséis segundos (mientras que yo, en el agua, chapoteaba y no iba a ninguna parte); él jugaba al tenis, al baloncesto, y en la Escuela Superior salía con la guapísima Wanda P., con la que jamás discutió. Nunca se jactaba de sus hazañas. Pero lo que más me impresionó de él fue que era un alumno del montón, no se tomaba en serio la escuela, no tenía miedo a sacar malas notas, como si viera más allá, como si tuviera su propio sistema de valores y lo mantuviera con toda la tranquilidad del mundo. Volvíamos juntos caminando a casa, entre las calles Brajerska y Mickiewicz. Janek era una buena persona, condescendiente, con aspecto soñoliento y con un gran sentido del humor. Creo que también lo mataron los alemanes.

En secundaria hice muchas cosas no por gusto sino por obligación (siguiendo las indicaciones de los adultos, aunque sin saberlo). Ya antes de la Escuela Superior, mis compañeros más sofisticados empezaron a jugar al bridge, que a mí se me daba aún peor que los verbos irregulares del latín. Nunca recordaba qué cartas tenía en la mano, ni qué apostar, ni cómo abrir. Como mis compañeros de juego me consideraban un retrasado, abandoné el bridge de una vez por todas. Y en cuanto al ajedrez, una vez gané contra un chico de mi edad que era un jugador destacado, y lo hice de una manera que le sorprendió. Fue una hazaña que nunca más repetiría. Creo que fue una situación parecida a la que contó Napoleón, que decía que en el campo de batalla el enemigo más peligroso puede ser tanto un genio de la estrategia como un completo cretino, pues a menudo el cretino juega con ventaja porque sus movimientos son impredecibles.

Durante un tiempo jugué a los botones. Birlaba algunos valiosos ejemplares del tocador de mi madre, y en la clase lanzaba colillas de cigarrillo mojadas con escupitajos al techo, todos lo hacían. Cuando el escupitajo se secaba, una misteriosa lluvia de colillas comenzaba a caer durante la clase, y eso enfurecía al profesor. Iba a clase de yu-yitsu con Janek C., normalmente en el vestíbulo de los lavabos del tercer piso, y lanzaba unos dardos especiales a la pizarra. Estaban hechos de corcho con una aguja delante y con plumas y un contrapeso microscópico detrás. Aprendí a escupir a cinco metros, incluso a seis, pero no logré silbar con los dedos. Era lo que más me exasperaba. Si fallé en cosas durante esa educación, si las cosas estaban más allá de mi entendimiento, no fue por falta de empeño. Me afané por ejemplo en conformarme con coleccionar sellos, que en principio no me interesaban, y con los compañeros que visitaba jugaba a los soldados y a la guerra, y no miraba mis apuntes hasta que no me quedaba solo.

Sin embargo, para ir a la Feria del Este no tenía que forzarme. Íbamos en grupo y acumulábamos los cupones para conseguir sopas Maggi gratis, que tomábamos hasta que los dependientes de las paradas perdían la paciencia y nos echaban.

En ciertas situaciones mi obesidad resultó ser una ventaja, como cuando jugaba al fútbol de defensa y era difícil desplazarme en el partido porque yo tenía mucha masa. En raras ocasiones se celebraban carreras de coches en Lvov, a las que éramos grandes aficionados. Montaban un circuito en las calles Stryjska, Cadet, y Pelczynska; incluso vertían yeso sobre los tramos de pista y colocaban sacos de arena en las esquinas de las aceras. Nos daba la impresión de que Lvov era una ciudad europea excepcional, y la prueba eran aquellos enormes coches y el ruido infernal que producían.

Me da cierto reparo confesar que no hice nunca novillos, pero a veces, cuando las clases se anulaban, íbamos al Castillo, a la montaña Kortumowa o al Kaiserwald. En invierno llegué a conocer mejor la zona, los árboles caídos, los barrancos, las colinas, primero esquiando y luego como miembro del cuerpo de cadetes. Sin duda las mejores vistas se contemplaban desde el memorial de la Unión de Lublin.

(Continuará…)

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