La bastarda [Fragmento](I)

Violette Leduc






Mi caso no es único: tengo miedo de morir y me desgarra estar en el mundo. No he trabajado, no he estudiado. He llorado, he gritado. Las lágrimas y los lamentos me han llevado mucho tiempo. La tortura del tiempo perdido en cuanto reflexiono en ello. No puedo pensar mucho tiempo, pero puedo complacerme ante una hoja de lechuga marchita ante la cual no tengo más que penas para rumiar. El pasado no alimenta. Me iré como he llegado: intacta y cargada con los defectos que me han torturado. Hubiera querido nacer estatua, y soy una babosa en mi propio estercolero. Las virtudes, las cualidades, el valor, la meditación, la cultura. De brazos cruzados, me he destrozado ante esas palabras.

Lector, lector mío, escribía hace un año afuera, sobre la misma piedra. Mi papel cuadriculado no ha cambiado, y es igual la hilera de viñas bajo la cabalgada de las colinas. En la tercera fila se mantiene aún el vaho de calor. Mis colinas se bañan en su aureola de suavidad. ¿He partido, he vuelto? Morir ya no sería acaso morir sin tregua con los segundos de mi reloj de pulsera. Sin embargo, mi partida de nacimiento me fascina. O me subleva. O me aburre. La releo de principio a fin cada vez que lo necesito, y vuelvo a encontrarme en la larga galería donde repercute el ruido de las tijeras del médico partero. Escucho y me estremezco. Los vasos comunicantes que formábamos cuando ella me llevaba están rotos. Heme aquí naciendo sobre un libro de registro civil, en el extremo de la pluma de un empleado. No hay suciedad, no hay placenta: solo unas letras sobre un registro.

¿Quién es Violette Leduc? La bisabuela de su bisabuela, al fin y al cabo. Releámoslo, releámoslo. ¿Es eso un nacimiento? Una bolita de naftalina con su olor de disgusto. Hay mujeres que hacen trampas, hay mujeres que sufren. Son las que gustan: borran su edad. Publico mi nacimiento, puesto que yo no «gustaba», puesto que siempre tendré mis cabellos de niña. He necesitado dos horas y media para escribir esto, dos páginas y media de mi cuaderno cuadriculado. Continuaré, no me desanimaré.

La mañana siguiente, el 24 de junio a las ocho. He cambiado de lugar; escribo en el bosque a causa del calor. Comencé la jornada juntando un ramo de olorosos guisantes silvestres y recogiendo una pluma de pájaro. Y me quejo de estar en el mundo, en un mundo de gorjeos y de jilgueros. Los castaños son delgados y tienen el tronco indolente. La luz, mi luz domada por el follaje. Es nuevo y es la novedad de mi jornada.


Te conviertes en mi hija, madre mía, cuando de vieja recuerdas con precisión de relojero. Hablas, yo te recibo. Hablas, te llevo en mi cabeza. Sí, para ti, mi vientre tiene el calor de un volcán. Hablas, yo me callo. Nací portadora de tu desgracia, como se nace portadora de ofrendas. Para vivir, tú sabes vivir en el pasado. A veces me siento cansada hasta el punto de caer enferma; a veces, cuando hacia la medianoche, yo acostada y tú sentada en un sillón, me dices: «No he amado más que a él, no he amado más que una vez, dame una pastilla», yo me convierto en lira y en vibráfono para tu melena de polvo. Eres vieja, te abandonas, abro la caja de pastillas. Me dices: «¿Tienes sueño? Cierras los ojos». No tengo sueño. Quiero deshacerme de tu vejez. Me enrollo el cabello en los bigudíes y mis dedos cantan tus veinticinco años, tus ojos azules, tus cabellos negros, tu flequillo cuidado, tu camisolín bordado, tu enorme sombrero, mi sufrimiento a los cinco años. Mi elegante, mi inarrugable, mi valerosa, mi vencida, mi charlatana, mi goma de borrar, mi celosa, mi justa, mi injusta, mi comandante, mi timorata. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué va a pensar la gente? Nuestras letanías, nuestras transfusiones. Cuando volvemos de la playa por la tarde, cuando entras en las tiendas, cuando tienes las respuestas, cuando seduces a las amas de casa, yo te espero afuera, no quiero acompañarte. Me indigno en la sombra, te detesto, y, sin embargo, debo amarte puesto que me mantengo alejada a causa de tus clientes, de los recaderos, de los vecinos. Vuelves, yo te digo: «Lo amaste. Qué pobre tipo era». Te erizas. No, no quiero demolerte destruyéndolo. «Un príncipe. Un verdadero príncipe». Así lo llamabas. Yo escuchaba, babeaba, no babeo más. Al día siguiente, en la tienda, decías: «Dos hermosas frutas. Son para la diosa. Me lo reprocharían». Me hieres. No te reprocharían. Qué jovencita sombría has sido. La sopa chirle de los orfanatos te había quitado las fuerzas. Siempre cansada, siempre demasiado cansada. Nada de bailes, ni de salidas, ni de amigas. Desdeñosa, encerrada, extenuada. Todos los domingos en cama. El campo te aburría, la ciudad se escurría una vez que habías comprado cuellos y puños a la moda de 1905, y que habías auxiliado, con la santa, a los protestantes necesitados. Me dices: «Tu abuela hablaba como un libro abierto». Me rebelo cuando confundes a tu madre con la madre del otro. Mi abuela no hablaba como un libro abierto: fregaba las cacerolas de los demás. Tuve una sola abuela, la que conocí. Es única como será única una mujer extraordinaria sobre centenares de gradas más arriba. Fidéline: tu madre y mi soberana ternura. Ella te habría dicho: «Más tarde ella no tendrá corazón». Ignoro si tengo o no corazón. Fidéline no se ha empañado. Tú no puedes empañar una cosecha de estrellas.

Yo acostada, ella sentada, me dice:

—Los Duc, ¡si los hubieras visto! ¡Qué hombres! Gallardos, los hombres más altos del pueblo…

Se calla. Ante la puerta, ante la ventana, la grava cruje. Ella se arrebuja en su camisón rosado, su camisón abrigado y simple de la tienda Guayana y Gascuña. Espero la continuación. La miro y veo una tempestad sobre el mármol. Es un carácter imbatible.

—… El padre recibía la bendición y distribuía el trabajo. El padre era consejero. Todos lo respetaban. Tú labrarás, tú rastrillarás, tu sembrarás, tú cuidarás las ovejas, el caballo. Todos se ponían sus boinas, todos se callaban, todos obedecían. Hombres limpios, hombres sanos. Mi padre era el menos bueno.

La grava ya no cruje. Se pierde en un sueño de puritanismo, de obediencia, de autoridad. El pueblo de su padre: un conjunto de órdenes, ejecuciones. Adelanto:

—Los Duc. ¿Por qué los Duc? Te llamabas Leduc. Yo me llamo Leduc.

Ella se levanta y apaga la pequeña lámpara. La lámpara azul lavanda nos impone la noche.

—Duc… Leduc… —reflexiona—. En el pueblo se abrevia —me dice.

Un ángel de dieciocho años se casa: mi abuela Fidéline. Ocho días después, el ángel poco avispado ve por un espejo la boca de su gallardo marido sobre la boca de una prostituta del pueblo. «¿De dónde has sacado esa criatura?», le preguntan las mujeres fáciles, al pillo. Todas se agarran la barriga de risa. A veces los ángeles hacen morir de risa. Duc es comerciante de ganado; después de una farra, un caballo le da una coz. He ahí la liberación: Fidéline es viuda a los veintidós años. Mi madre nació después de la muerte de su padre; no lo conoció. Nació en Artres, un atrasado pueblo del norte. Qué ecónoma, qué Minerva de seis años. Volvía de la fiesta patronal con una moneda en el bolsillo. Una niña pensaba en el mañana. Era necesario. Laure, la hermana de mi madre, la hija mayor, se va a casa de sus abuelos, los Duc, en Eth. Gracias a su fuerte constitución, se convertirá en una Valquiria de los campos después de su estancia entre los gallardos y el patriarca. Las dos hermanas no tendrán en común más que la autoridad. Cólicos hepáticos. Fidéline se arrastra gimiendo. «Mamá, ¿te duele? Mamá, ¿te duele?», le pregunta mil veces por día su hijita, su compañera. El dinero se termina junto con los dolores. El ángel, muy castigado y muy poco avispado, coloca a Berthe, mi madre, en casa de la tía pasamanera y el tío salchichero. Hela allí, aterrorizada, horripilada, mandada por un ogro que manosea la sangre de las morcillas. Eso es un marido, eso es el primer hombre que ve de cerca. Hela allí encantada por una Ophélie que se muere de tisis mientras compone motivos y dibujos para los vestidos de perlas de Sarah Bernhardt. La primera pareja con quien vive está descabalada. Ella pesa, ella atiende, ella responde a los clientes. Es una mujer mezquina, dice la clientela. Cifras, disputas, rudezas, groserías. Los gritos del cochino que él está matando a las tres de la mañana no molestan a la niña preocupada por esconder bajo su almohada el zueco que se le ha rajado al saltar a la cuerda. Cuando muere la tía, mi madre cose con las monjas. La tisis la persigue hasta en el taller. Sus compañeras se van apagando una tras otra. Cuanto más sonrosadas son las mejillas, con más encarnecimiento la muerte se nutre de las jovencitas. Cada una de las grandes tiene su pequeña, y Berthe hace tragar a la suya todo lo que no le gusta. Mi madre tiene anginas, abscesos, la acecha el raquitismo y haría bajezas para estar en el locutorio. Los paseos, su pesadilla. El ángel no es muy listo. Quiere y descuida a sus hijas. Laure se instruye en el campo y Berthe no aprende otras cosas que los días de la semana y los bordados. Fidéline atiende las comidas de los demás. ¿Dónde guarecerse durante las vacaciones? El techo de Fidéline no es el de sus hijas. La Piedad. Qué acritud para el futuro.

Tú bordas más que las otras para La Cour Batave, tienes una hermosa voz y cantas los cánticos más altos que las otras. Los solos son para ti. Una religiosa joven de gran cuna, dices, te distingue y te habla del cielo. Te colocan, después de las hecatombes de las adolescentes tuberculosas.

Han colocado a Berthe en casa de una pelirroja engañada, celosa y riquísima. Berthe cuida de los niños y escucha las escenas después de los padrenuestros y los avemarías. Los celos ya no tienen secretos para ella. Le pegan y la pellizcan cada vez que el marido, a distancia, se inclina a oler una flor de orfanato. Segundo infierno, segunda pareja desunida. Ella puede irse. Se va.

La segunda ocupación de Berthe comienza con un sueño en Valenciennes. Se maravilla ante la alegría, las recepciones y el entusiasmo de una familia protestante. Ella pone las mesas y las luces en el jardín: recibe sus recibimientos. Tú enciendes afuera las lamparitas, y te crees Dios creando frutos en una noche de verano. El champán burbujea con delicioso ruido de océano cuando dices: «Cuánta alegría había en esa casa… Siempre era alegre». Una niña y tres varones. La ciudad palpita cuando la niña se casa con un chico encontrado en un claro del bosque, dentro de un canasto. Henri es un ricachón. Émile, apodado por la servidumbre príncipe de Arembert, llega de improviso de París, donde dirige como aficionado una fábrica de bicicletas: las primeras bicicletas. Hay un vértigo de preparativos para recibirlo. André: el que te fascina. Alto, delgado, ágil, tez clara, ojos soñadores, pelo ceniciento, nariz larga. No es guapo, pero qué seducción. Todas las mujeres estaban locas por él. Te cito: Qué raza…, qué gestos… Oh mi curiosa de los hijos de familia, oh mi curiosa de niños bien, a los setenta y dos años… André lee, André es artista, se pasea por Londres, juega al tenis, bebe demasiados vasos de agua cuando tiene calor, el tabique de la nariz le quita el oxígeno. Quema su salud y su juventud. Su madre no presta atención: ella anima el cotarro con su conversación. La santa cuida a los indigentes en tanto que olvida a su hijo. Es sorda. Berthe, con su voz bien timbrada, su rostro enérgico, su abnegación y su habilidad, se transforma en dama de confianza y luego en dama de compañía. París llama todos los días. Berthe atiende el teléfono y anota las subidas y bajadas de la bolsa. El viejo insoportable, dueño de noventa y nueve casas, está contento: su mujer es sorda y oye todo. Tormenta sobre la casa de la calle de Foulons: la hija muere de una fiebre láctea, Henri fracasa en su matrimonio, Émile cayó en las redes de una cortesana y André escupe sangre. Tú, aun sin desearlo y sin esperarlo, sufres porque él pasa las noches que no reciben en casa de tres profesoras que viven juntas. Esa casa lo tiene embrujado. Es lo único que sabemos. Una vez más las vacaciones, cada año, las vacaciones y cada año te preguntas ¿adónde ir? Tu libertad del verano es una peste. Ellos acceden: tú podrás quedarte viviendo en tu cuarto mientras ellos toman los aires en Suiza. Serás seducida. Te cuento tu pasado, quisiera explicártelo, quisiera curarte, quisiera hacer descansar tu corazón de veinte años bajo una claraboya de horticultor. Tú dices: «Volvió durante el verano, y así me hizo pagar la habitación». Te creo, pero no está claro. Podías haber resistido, cediste. ¿Por qué no habrías cedido? La cama es algo construido para el placer en común. Él te fascinaba, no te disculpes, cuando lo disculpas a él. Ser mujer, no querer serlo. Más tarde te servirás de esa arma. Te replicaré que era mal educado, tu niño bien. Él no debía atravesar el umbral de tu cuarto. El salón era de todos, en tanto que tu cuarto era tu cofre de subalterna. Vamos, ven a mis brazos y repite conmigo: «¿Por qué no perdía él su tiempo en mirarse dos pisos más abajo?». Pero un delantalito blanco cambiaba el panorama. Si yo pudiera encontrarlo, tu delantalito…, me lo comería. Tú, madre mía, y tu delantalito blanco me ahogan. Saboreo tu delantalito cerca de Marly, cerca del huerto saqueado, cerca de nuestra casa —nuestra casa— mientras Fernand pasaba bajo el agua los fardos de tabaco. Quiero curar tu llaga, mamá. Es imposible. Nunca se borrará. Tu plaga es él, y yo soy su retrato. Mi madre lo amó. No puedo negarlo. ¿Cómo lo amó? Con valor, con energía, con embriaguez. Era un amor definitivo, era una grada hacia el sacrificio. Lo perdono, dice ella todavía. Él estaba enfermo, dependía de sus padres, temía a su padre. Cuando sucedió, él dijo: «Júrame que dejarás la ciudad, pequeña, jura que te irás». Ella jura, cree que la culpa es suya, se echaría a sus pies. Él hace lavar sus trapos sucios en Londres, no es un alma refinada. Cobarde, perezoso, incapaz. Mi espejo, mamá, mi espejo. Herencia, no quiero saber de ti. Dios mío, haz que escriba una frase bella, una sola. «Cobarde, perezoso, incapaz…» Amar siempre, jugar siempre, abrumar siempre. La madre de André quería tanto a mi madre… ¿Por qué quiere irse, Berthe? ¿Por qué no quiere decirme nada? ¿No le gusta su cuarto? Usted hablaba, pero ahora no dice nada. Usted baja los ojos. ¿Por qué baja los ojos? No se vaya, Berthe. Le pagará el doble. Lo lamento tanto… Hace más de una hora que usted no dice nada. Santa mujer, hace varios meses que la calle llama a vuestra dama de compañía. Todos los días la calle le murmura a Berthe: «Ven, te espero, estás engordando». Me siento orgullosa de ti, madre, cuando dices: «¡Si tuviera que hacerlo otra vez!». Partes hacia Arras con tus economías de virgen prudente. Te extasías al declarar: «Me bastaba con verlo». La ciudad es suave y tibia entre los postigos entreabiertos y el mar canta a pocos pasos de nosotros. El tiempo ha trabajado demasiado: ya no quiero ver sobre tus rasgos el huracán de los años.

Volvamos atrás, ábrete el vientre y vuelve a tomarme. Me has hablado tanto de tu miseria cuando buscabas un cuarto y no lo encontrabas porque ya no tenías la cintura fina… Volvamos a sufrir juntas. No quisiera haber sido un feto. Estoy presente, despierta en ti. Es en tu vientre donde vivo tu vergüenza de antaño, tus pesares. Dices a veces que te odio. El amor tiene innumerables nombres. Tú me habitas como yo te he habitado. Te he visto desnuda, te he visto hacerte tus cuidados íntimos. Ninguna madre habrá sido más abstracta que tú. Tu piel, tus piernas, tu espalda cuando te la lavo, y el beso matinal que te pido no tienen realidad. ¿Dónde encontrarte? La nube, el olmo o la rosa salvaje te son indiferentes. No morirás mientras yo viva. Volvamos atrás, llévame como tú me llevabas, temamos juntas a las ratas que se cruzaban en el pasillo frente a tu cuarto. Tu sangre, madre, el arroyo de sangre que llegaba hasta la escalera, cuando salí de ti, los ríos de sangre del moribundo. Los aparatos, los fórceps. Yo era tu prisionera como tú eras la mía. Olvidada, abandonada, junto al río de sangre cuando nací. Era lo normal, tú te morías. Me quitaron la suciedad mucho tiempo después. Pero aquellos que te señalaban con el dedo, aquellos que te rehusaron alojamiento antes de mi nacimiento, estaban pegados a mi piel.

Nací el 7 de abril de 1907 a las cinco de la mañana. Vosotras me declarasteis el 8. Debería alegrarme de haber empezado mis primeras veinticuatro horas fuera de los registros. Por el contrario, mis veinticuatro horas sin estado civil me han intoxicado. Supuse que mi abuela, que había abandonado su puesto de cordon bleu, Clarisse, mi madrina, que había dejado su puesto de cocinera en la casa donde había sido seducida, en fin que las tres se preguntaban si una almohada sobre mi cara coloradota, atomatada, no era preferible al porvenir que yo les imponía. Fui inscrita, bautizada, y llamaron al médico sin escatimar, para las bronquitis, las bronconeumonías, las congestiones pulmonares. Tenías el peso de un pollito, me dijo ella. Naciste, y lloraste. Día y noche.

Lo que has podido chillar… Heme aquí culpable de haber llorado tanto sobre un babero. Escucho y me callo. Se nos iba todo el dinero en visitas al médico, en recetas de la farmacia. Un soplo. Eras un soplo, pero tus ojos brillaban. Mis ojos brillaban. ¿Por qué no habré sido una lechuza abandonada? Si le hablo de la enfermedad del otro, de los escupitajos de sangre junto a los que fui concebida, ella se contrae, se rebela. Él se arriesgaba por placer, pero en su familia todos eran fuertes. Heme aquí responsable de haber sido un soplo que se llevó sus economías. Él transpiraba, mojaba la ropa, yo no pesqué nada, me dice ella. Heme aquí doblemente responsable.

No me acuerdo de Arras. No la he visitado y no la visitaré. Vería los fórceps en todos los escaparates y los torrentes de sangre en los mostradores de las mercerías. No es un regocijo mi nacimiento. Pero me gusta escribir Pas-de-Calais. Sobre las fichas de los hoteles mi pluma corre fácilmente. Arras es un pozo negro en mi memoria. Mi madre lo ha llenado. Yo mortificaba a tres mujeres con mis llantos, mis gritos, mis enfermedades. (He pecado, dices con frecuencia. Yo, pecaba por fragilidad). Mi madre acechaba, espiaba, escuchaba, delante de la ventana; en la penumbra su amor crecía sin cesar. Al caer la noche, ella esperaba. Clarisse y Fidéline criticaban a la enamorada infatigable. El ángel Fidéline se despertaba: quería contar todo a la santa y provocar un escándalo. Pero la santa murió de fiebre cerebral. Yo dormía, mi madre oía por fin rodar la calesa, detenerse las ruedas, el golpe de la puerta, los pasos en la escalera y los pasos demasiado apresurados en el pasillo lleno de ratas. Entraba un señor vestido de etiqueta, palmeaba el mentón de la madre y el del bebé, no quería contagiar su enfermedad. Mi madre se ilumina cuando dice: «No te ha besado ni una vez. ¿Me oyes? ¡Ni una sola vez!». Es un campeón de prudencia. La hora, el reloj plano. «Salgo esta noche, pequeña, me voy». Ella tiene que pedir: el ángel Fidéline se va a enojar, no comprende el éxtasis. Ella pide, él deja dos luises, se eclipsa, la calesa corre más ligera. Ella sueña: Yo lo veía y eso me bastaba, el resto no me interesaba. A veces sospecho que ella es frígida. Ignoro todo de sus relaciones, de sus conversaciones en Valenciennes, de su cuarto de sirvienta. «Eso nunca me ha interesado», declara con aire de superioridad. Una gran enamorada, una gran amazona con los senos cortados. La cabeza arde, el sexo está helado.

Soy la hija no reconocida de un señorito; cuando mi abuela me pasea por el parque, tengo que rivalizar en cuidados, en medalla con cadenita de oro, en vestidos bordados, en largos tirabuzones, en tez clara, en cabellos sedosos, con los niños ricos de la ciudad. El ángel se convierte en gobernanta. En mi cuarto se ve casi la miseria —mi orinal se transforma en ensaladera al comenzar la comida—, afuera es la representación. ¿Vanidad de vanidades? No. Mi madre y mi abuela son inteligentes, tienen personalidad; ambas han sido aniquiladas a los veinte años, y quieren combatir la mala suerte emperifollando a una niñita. El parque es el ruedo, y yo soy un pequeño torero, debo vencer a los niños ricos de la ciudad. La mujer del subprefecto ha preguntado por qué mis cabellos brillaban tanto, qué les ponían. Mi madre, implacablemente, me da trescientas cepilladas, trescientas sesenta y cinco veces al año. Agacho la cabeza, es mi primer recuerdo. Algo terrible para ellas: no tengo suerte. Voy a buscar el periódico, bajo la escalera y me caigo sobre los pedazos de vidrio de una botella. Me caigo, me caigo. Hoy mis cicatrices son bonitas, todas tienen la forma de una elipse. Un insecto misterioso…, perdón, lector, me interrumpo. ¿Me decidiré por fin a recordar mis cuatro, mis cinco años? Veo una escalera rígida, estrecha, veo trozos de vidrio debajo de la escalera, veo… No veo nada más. El recuerdo de mi caída y de mi herida me ha sido ahorrado. Un misterioso insecto me pica en la pierna, el médico viene todos los días y receta compresas, cientos de compresas. El mal es tan misterioso como el insecto. Cuando el hueso está a punto de quedar al descubierto, una vieja del campo me cura con sus remedios. Clarisse había vuelto a sus hornos y mi madre decidió mantenerme interna. Tenía cinco años. ¿Por qué, dime, por qué? ¡Tanto te molestaba! No recuerdo, oh privilegio, a mi madre dejándome en el internado. Recuerdo mi dolor, mis pataleos sobre las baldosas después de su partida. Gritos, llantos, gemidos, esos días serán siempre una cataplasma demasiado pesada y demasiado enfriada. La directora temía las convulsiones, envió un telegrama, mi madre me recogió.

Ella me dio sus fotografías. Extraño instante aquel en que se interroga a un desconocido en una imagen, cuando la imagen y el desconocido son nuestros nervios, nuestras coyunturas, nuestra médula espinal. Nacida de padre desconocido. Yo la miro. ¿Quién me habla, quién me responde? El fotógrafo. Él firma en el dorso de la fotografía, él da su nombre a quien no ha querido dar el suyo. Es un hermoso nombre: Robert de Greck. Ha puesto la estación de Flon y Lausana con el teléfono entre paréntesis. Precisa: «Se conservan los negativos». Da números a manos llenas. A mí me tocó el número 19.233. Es como si el infinito se convirtiera en un sombrero de copa lleno de papelitos para sacar. El corazón del desconocido que late sobre mi corazón tiene un número. Es el 19.233. Y eso no es todo: especialista en retratos y ampliaciones con un procedimiento al carbón inalterable. Gracias, fotógrafo. ¿Tiene ocho años o diez, ese rostro dulce? Con cuánta precisión los ojos claros miran un sueño. La boca está entreabierta, el sueño entra también en la boca. Es un muchachito que pesa muy poco envuelto en su ensoñación. Puede caminar sobre las prímulas sin marchitarlas. Sentado sobre la mesa y sobre la bufanda rayada del fotógrafo, con la pierna izquierda doblada bajo la pierna derecha, su pantorrilla bien formada sin ser gorda, la rodilla redonda, graciosa, la botita ajustada, el calcetín incrustado, las manos abandonadas de puro infantiles, los dedos sueltos, las uñas destacándose como si la manicura las hubiera arreglado, ese muchachito elegante e irreal está vestido con una marinera blanca con cuello de seda oscura con lunares. Un nudo de cintas corona la punta del cuello, la corbata rayada. Me gusta ese muchachito ausente de sí mismo, me gusta su fragilidad de anémona. Hubiera reparado en él si hubiera tenido su misma edad. Un domingo de frío, de enfermedad, de desesperación, de soledad, quemé esas fotografías con el certificado de defunción.


Cansada de la magnanimidad de su hija, el ángel Fidéline amenazaba: los cupones de la libreta de ahorro se agotaban. Nos fuimos de Arras a Valenciennes. No me acuerdo de casi nada. Una ventana —¿de qué piso?— por la que siempre miraba. Mi madre se decidió. Volvió a la casa grande, que se había tornado lúgubre, y obtuvo del viejo gruñón veinte mil francos que me serían entregados a mi mayoría de edad. Un hombre de negocios le pagaría los intereses: ciento cincuenta francos por trimestre. André ya no podía ser reprendido. Estaba condenado. 1913. Yo me apego a Fidéline mientras mi madre convertida en vendedora de tienda lleva un uniforme desde la mañana temprano hasta muy tarde. Ella se queja de las alfombras, de los pies recalentados, de las piernas que no se le fortificarán. No como, no quiero comer. Hasta entonces, mi infancia es el disgusto de las comidas, que son verdaderos dramas. No tienes hambre. Deberías tener hambre. Hay que tener hambre. Si no comes enfermarás como él, si no comes no saldrás, si no comes te morirás. Voy a destruirte si no comes. No puedo decir nada. Sufro y hago sufrir mi falta de apetito. Mi madre tiene la obsesión de la tuberculosis. Sus ojos endurecidos por el temor me horrorizan. Quiere triunfar sobre mi mala salud. Recuerdo: tengo seis años, estoy llorando, sollozando en un pozo en el que estoy sola: no tengo hambre, no quiero. Mi madre rechina los dientes, enrojece. Estoy en la jaula, la fiera está afuera. Ella enrojece porque no quiere perderme. He tardado mucho tiempo en comprenderlo. ¿Cómo podría yo levantar el tenedor cuando ella me mira así? Me aterra, me subyuga; me pierdo en sus ojos. Tengo seis años, saboreo su juventud, su belleza severa.

Se va a trabajar. El largo delantal azul de Fidéline se cubre de nubes: capullos. Los busco en los bolsillos de su delantal. Durante años, sin cansarse, Fidéline me prepara todos los días un dulce. Yo pongo a prueba su paciencia con una risa tonta sobre la hojuela que se dora. Me acuerdo de nuestras escapadas cuando mi madre no estaba. Paseábamos por el mercado. Me maravillaban los ramos de flores modestas, variadas y mezcladas entre los ramos de tomillo y de laurel. Fidéline pegaba la hebra con las campesinas, yo acariciaba gallos, gallinas, palomas y conejos bien vivos dentro de los canastos con tapa. Yo prefería el perifollo expuesto sobre un papel al que colocaban sobre una lechuga arrepollada. Las acelgas me sorprendían como más tarde me sorprendió la flora del aduanero Rousseau. El perejil reía en mis ojos, las ofertas y los pregones de las vendedoras con sombreros de paja negra cantaban en mis oídos. Dos gallos separados querían pelear, una gallina abandonada en el suelo se dormía, un aprendiz balanceaba una canasta de huevos, las vendedoras se interpelaban. «Estás en el campo», me decía Fidéline. Yo la creía sin creerla. El campo no es la feria. Cuando mi madre llegaba de improviso, apagaba los colores de las verduras, de los plumajes, de las frutas. Los conejos blancos parecían andrajosos al lado del cuello y los puños de mi madre. La ciudad dejaba heladas a las campesinas, la gran dama se alejaba por la avenida.

Vuelvo al delantal azul de mi abuela. Mis terrores, al despertar, eran profundos hasta el dolor y el aniquilamiento. Y me despertaba, veía el delantal doblado sobre el respaldo de la silla y exclamaba: «¿Por qué vive con nosotros el carnicero? A causa de él se fue la abuela». Yo aullaba. Mi abuela volvía al cuarto con una escoba y me tendía los brazos. Nos amábamos en un silencio enloquecido. Ella me tranquilizaba. Es mi delantal, decía, pero es el del color del muchacho de la carnicería que trae los sesos, las costillas… A las once, vendrá. Si quieres mirarás y palparás la tela de su delantal.

—Arráncalas, arráncalas —le decía yo a Fidéline cuando el día declinaba, cuando era bueno vivir como era bueno comer el pan reciente. Fidéline arrancaba flores de alheña entre los barrotes de las rejas, me las daba y murmuraba: esto no se hace. ¿Qué iban a pensar? Yo aplastaba dos o tres flores de alheña con las manos, las dejaba caer sobre la acera del bulevar y respiraba las palmas de las manos. No era ya la ciudad, pero no era el campo. Volvía a respirar en mis manos, miraba las flores intactas entre las hojas, candeleras de encaje blanco por aquí, amarillo por allá. Íbamos hacia la salvación.

La abuela pasaba largas horas en las iglesias, sobre todo en la iglesia de San Nicolás, cerca del templo protestante. Qué capacidad de aburrimiento tienen los niños, cómo amplifica el aburrimiento. Cuando acompañaba a la abuela a la misa mayor, yo vivía una larga mañana, y cuando iba con ella a las vísperas, vivía un largo mediodía. Me gustaba el movimiento rápido y maquinal de sus labios cuando ella rezaba, no así las explicaciones que me daba sobre el Portal de Belén en las proximidades de Navidad. Me preguntaba cómo el asno y el buey, que yo había visto en la plaza del mercado de ganado, podían reducirse y endurecerse de ese modo. Jesús, de quien yo ignoraba todo, me parecía demasiado desnudo, demasiado enclenque. Demasiado expuesto sobre la paja. ¡Ay! Fidéline, sentada a mi lado, volaba. Yo le ponía la mano en la chaqueta, en la larga falda que le llegaba hasta el suelo, y ella no se movía, no me miraba. ¿Dónde estaba? Si le decía muy bajo: abuela, abuela, no contestaba. Enlazaba con sus labios, cada vez más rápido, los rezos. Cerraba los ojos. Cuando yo levantaba la cabeza, la buscaba en el mar de arcos, de columnas y galerías. El dédalo de arquitectura me hacía volver a Fidéline. ¿Cuándo terminaría de desgranar su rosario? Llamaba nuevamente a la ausente que me rozaba. Fidéline abría los ojos y volvía a cerrarlos sin reprenderme. La encontraba en las uñas negruzcas, reales, mal cortadas, y me consolaba. Un día le quise separar las manos juntas. Me miró con tal aire de reproche y tanta tristeza que junté las manos y moví los labios para imitarla. Tuve que tomar con paciencia mi aburrimiento. Aprendía a observar, a seguir, a escuchar, a mirar. El universo de cirios encendidos me distraía. Apostaba: la llama de la izquierda bailará antes que la de la derecha. Antes de la apuesta controlaba mi brazo izquierdo y mi brazo derecho. Ganaba, perdía. Podía ocurrir que todas las llamas tuvieran a la vez el mismo sobresalto erótico. Un cirio terminado, achatado y petrificado con sus lágrimas me hacía descender un escalón más en mi aburrimiento; pero si una devota encendía un cirio nuevo, que dominaba a los otros con su magnífica llama en forma de lanza, yo volvía a la superficie. El denso claroscuro, los trajes sombríos de los fieles, la sotana de un sacerdote que desaparecía en la sacristía, la mano alargada de un cura que arreglaba la cortina de un confesonario, las idas y venidas de los creyentes y las creyentes, el crujido de una silla, la tenacidad de un vitral, de sus colores y sus resplandores, los pies de un santo marcados en el yeso, la tos, el sonido de los pasos y los ruidos sagrados del altar me impedían dormirme antes de la bendición. La misa, los gestos de los sacerdotes, los de los monaguillos, el recitativo, el latín cantado… Mi teatro a los seis años. Yo cubría un cajón con un trapo blanco, lo adornaba con encajes, le ponía encima floreros, piedrecitas, mis reliquias, inventaba el latín, lo cantaba, lo salmodiaba, me prosternaba, bajaba la cabeza, abría y cerraba el libro de misa de mi abuela y lo manchaba, lo engrasaba y lo rompía sin querer. Me adelantaba, retrocedía, abría los brazos y bendecía el aire de nuestro cuarto con untuosas señales de la cruz. No decía el padrenuestro ni el ave maría que mi abuela me había enseñado. Prefería mi jerigonza y los vobiscum que yo alargaba lo más que podía. A lo lejos, detrás de mí, oía a Fidéline y a mi madre quejarse de la vida, de sus preocupaciones, del paté demasiado cocido, de la masa de hojaldre, de los exagerados gastos de Clarisse. Yo cantaba, recitaba, declamaba y salmodiaba más fuerte. Me sentía sacerdote, iglesia, canto, palabra y gestos sagrados, como una actriz se siente trágica y sincera. Me quitaba mis estolas (bufandas de piel o trapos rotos), me sentaba a la mesa, daba la vuelta al plato y tocaba el tambor con dos tenedores.

Fuera de casa yo vacilaba, tenía miedo de todo; fuera de casa me divertía sola por timidez. El espectáculo de los demás chicos divirtiéndose juntos me anonadaba. De pronto acudía a ocultarme en la falda de mi abuela, aspiraba el rancio olor de la tela y me sumergía en ella. Me escapaba y cortaba flores, siempre azules, calmas, intensas, carnosas y dominantes. Son indispensables en los arriates de los parques. De ese modo yo le quitaba al guardián del parque los ojos de mi madre. Mi abuela me reprendía y volvía a colocar las flores cortadas donde yo las había robado. Era la época del coco. Los chicos Pálamían el polvo sobre la palma o el dorso de la mano, o bien bebían el líquido en un vasito. Los envidiaba. A todo el mundo le gustaba el coco. A mí no. Te daré una gota de pernod, murmuraba mi abuela. Nada más que una gota. Me echaba en sus brazos. Si los bastardos son monstruos, son también abismos de ternura. Fidéline, sin edad, sin rostro y sin cuerpo de mujer, oh, mi eterno cura, siempre serás mi novia. Qué canastilla de boda cuando me acurrucaba en tu cuello. Tu mano por la noche: la hermosa mano de la hermosa jovencita que bordaba junto a la ventana. Mis pies en tu camisón, cuando apretabas los muslos: me dabas un nido. Me decías: «Reza». Mi plegaria era escuchar el imperceptible murmullo de tus labios que rezaban. El tictac del reloj se apagaba, sometiéndose a nuestros silencios de amor. Yo escuchaba tu respiración, y mi oído atesoraba tu regazo irreal.

Algunas veces engañaba a mi abuela durante nuestros paseos. Yo me detenía y ella seguía avanzando. Me ataba el cordón del zapato y, rápidamente, recogía una piedra o un guijarro, para volver luego corriendo a ofrecer mi mano libre a Fidéline. Cuando la piedra o el guijarro estaban tibios, los dejaba caer sobre la hierba o la arena blanca. Respiraba, satisfecha de haber tenido una existencia propia.

Ellas decidieron que yo fuera al colegio. Preferían el colegio a la escuela comunal. No recuerdo cómo aprendí a leer y a escribir. Recuerdo la tristeza con que dejaba a mi abuela, dos veces al día, delante de la escalera solemne, delante de las dos puertas abiertas; y mi entusiasmo y mi felicidad cuando volvía y la encontraba. ¿Tienes frío en los pies? ¿Tuviste frío en los pies? Tienes que decirme si tienes frío en los pies, insistía Fidéline, a mediodía y por la tarde, desde el colegio a casa. Aunque los tuviera tibios, yo le contestaba: sí, tengo frío, para complacerla. Llegábamos a nuestro cuarto, me quitaba los zapatos y me friccionaba los pies con sus largas manos arrugadas por el trabajo; cogía los calcetines que se secaban sobre la estufa. ¿Te duele todavía la garganta? ¿Te duele todavía el oído?, me preguntaba mi madre cuando yo estaba enferma. Ella se inquietaba y me lo reprochaba. Yo no respondía, ni me quejaba. Soportaba. Las buenas notas me dejaban indiferente, yo no me comunicaba con las demás: las preocupaciones de mi madre y de mi abuela me separaban de la maestra y de las alumnas. Las retenía sin comprender. Con frecuencia me perdía, me olvidaba. Tenía seis años y era vieja. Una centenaria, una desengañada sin aventuras ni experiencia. Ve a mirarte en el espejo, me decía mi madre durante la comida. Obedecía y me veía en el espejo con el sombrero puesto. Comer con sombrero o sin él… Yo no veía la diferencia. Me lo quitaba entre un sueño sin forma. «¿Vivirás siempre en la luna? La vida no es así», declaraba mi madre. Media hora más tarde volvía a ponerme el sombrero para ir a clase. Me acuerdo de mi pizarrín y de su lento crujido sobre la pizarra encuadrada de madera clara. Penosamente, el pizarrín aprendía a escribir formando unas letras grises. Yo prefería el negro liso a la pizarra cuadriculada de rojo. Aprender a leer es mi dedo índice tenso bajo cada letra, cada palabra y cada frase; aprender a escribir es el lápiz mezquino, indócil dentro del sostén del portalápiz.


Henos aquí instaladas en Aux Glacis, que es el nombre del barrio en las afueras de la ciudad, lejos del tranvía y del mercado. Vivimos en una de las diez casas que forman un bloque. Tenemos muebles, una vajilla, un jardín propio, conejos, y ante nosotros la planicie de Mons, con los militares que vienen a entrenarse a caballo y la corneta de un recluta por la noche. Tenemos de todo. ¿Por qué ir a clase? ¿Por qué? Un señor con gafas come con nosotros el domingo, y mi madre canturrea mientras borda una enorme cortina; Fidéline me lleva a menudo al descampado donde aprendo a jugar al aro. Estamos solas y el césped sin cuidar es triste. Con frecuencia me detengo, miro nuestra casa, nuestra puerta, nuestras ventanas, y me pregunto si veré al soldado que toca la corneta cuando la noche desciende en capas sucesivas. Nunca lo veo. Fidéline sigue el rastro de las herraduras mientras juego al aro. Ha llovido; me caigo en un boquete hecho por una herradura, Fidéline me levanta y pide auxilio a gritos. Mi brazo cuelga, está roto. Tres meses escayolada. Aun después de una reeducación de todos los días, tan dolorosa que pone en fuga a los vecinos —aúllo—, el codo no volverá a su lugar. Mi primer recuerdo es un dolor en la carne. Curada, buscamos llantenes en la planicie. Bebo mucha agua en la fuente del patio de recreo, vuelvo a casa, atrapo el sarampión. Tengo vergüenza cuando estoy enferma, creo que les estoy jugando una mala pasada. Dice mi madre: «No saldremos de esta, ¿qué hemos hecho?». Después de las envolturas y las cataplasmas, tengo dos consuelos: el juego de la pulga y hacer punto. Mi madre desdeña los juegos. Cuida a su hija desde el cepillado del cabello hasta los reconstituyentes, y eso es todo. Fidéline es mi hermana cuando jugamos al juego de la pulga. Los domingos, mi madre nos manda al cine. Preferimos el cine más popular, pero Fidéline toma dos asientos de platea. Me aprieto contra ella o me siento muy erguida; los muchachitos y las chicas del patio de butacas me atemorizan y me atraen; hay una orgía de ruidos de asientos y de butacas que se bajan, se suben, de gritos de impaciencia; es un fumadero. El perfume de las naranjas carga el ambiente. Un pianista terco, romántico, patético, desmelenado, guerrero, lánguido o desmayado según las secuencias, toca un preludio: se apagan las luces y yo trato de mirar el rostro de los músicos y sus manos bajo la pantalla iluminada. «Resumen de los episodios anteriores». Le leo a mi abuela en voz baja, porque ella no lee de corrido y no tiene unas buenas lentes. Le leo todas las desdichas de Las dos muchachas y todas las hazañas del sombrío Judex; Charlot me aburre. Me gustan sus ojos azorados bajo el bombín, y me gusta la inalterable frescura de sus ojos cuando recibe en la cara las tartas de crema. Cuanto más ríen los espectadores, más me enfurruño. El rostro de mi abuela es impasible en esos momentos. Al salir del cine hablamos del triste destino de Las dos muchachas. Nos encontramos con la multitud de chicos. Se pelean, rompen de entusiasmo los carteles y los programas de la semana siguiente, me siguen atrayendo, atemorizando. Son libres, salvajes. Fidéline me lleva de la mano, volamos sobre la alfombra de hojas secas que cubre el bulevar, pasamos por el colegio adonde iré al día siguiente. El silencio del bulevar en domingo me impresiona porque salimos de la función. Tocan el piano, me quedo parada en el mismo sitio. Tocan de manera diferente que en el cine. Reconozco el sitio de la ventana: es nuestra directora, la señorita Rozier, que estudia en sus habitaciones. Me alejo de Fidéline y apoyo el oído contra la pared para escuchar. Estoy a punto de llorar de tanto concentrarme en escuchar. Confundo la majestad, la dulzura y la dignidad de nuestra directora con la sonoridad del piano y con su habilidad de pianista. Vuelvo, le pregunto: «¿Te gusta?». «No sé», contesta Fidéline, «¿es música? No sé». Sonríe, tratando de no desanimarme. «Puedes seguir escuchando», me dice. Me abalanzo hacia su falda que parece una sotana, rodeo con mis brazos sus muslos flacos y me voy, me escapo, me entrego a la resonancia del instrumento invisible.

1914-1915-1916. No voy más al colegio. Nos hemos mudado. Vivimos en la avenida Duquesnoy, a cinco minutos de Marly. Fidéline, que ha cogido frío en el sótano durante un bombardeo, está muy mal atendida por el único médico no movilizado. Se muere. El hombre de las lentes está en el frente, y mi madre, sin dinero. Yo estoy radiante, me fortifico. Me he convertido en una mujercita y una muchachita de la calle. Todas las noches me arrojo en la cama de caoba de la planta baja, y mi madre me saca de allí mientras lloro con la desolación de una amante. Fidéline, abuela, siempre serás mi novia en tu cama de tuberculosa. El médico te curaba con hielo cuando era necesario darte calor. Llegaron unos vecinos y unos oficiales alemanes por asuntos de alojamiento. Mi madre también alojaba a algunos: eso daba dinero. Yo hacía de intérprete: ignoro cómo aprendí un poco de alemán. Dormía en el comedor, separada de Fidéline por una mampara. Sus accesos de tos y el ruido de las botas de los soldados en el piso de arriba me despertaban. Con terror me preguntaba si volvería a ver a Fidéline a la mañana siguiente. Mi madre la cuidaba, iba y venía por el pasillo. La noche era una amenaza. Al despertarme escuchaba si mi abuela tosía. Tosía, estaba viva. Yo ya no podía entrar en su cuarto ni debía decirle buenos días a través de la puerta entreabierta. Entreveía las almohadas, la trenza de pelo gris tirada hacia delante y su camisón de muletón. Sus manos descansaban demasiado sobre la sábana. Una vez cerrada la puerta del cuarto, volvía a encontrar a Fidéline en la taza de caldo, en el tarro, en el plato, en el médico que entraba. Llegó Clarisse, no me alegré. Dos mujeres cuidaban a Fidéline y la enfermedad se agravaba. Yo no dormía, velaba en mi cama, esperando una ayuda y una revelación del tabique. Una noche oí ruidos; idas y venidas y escuché a mi madre. Se terminó, le dijo a Clarisse. Me levanté, y de puntillas, llegué hasta la puerta entreabierta. ¿Qué había terminado? Las almohadas, la trenza, el camisón, los párpados bajos y las manos estiradas sobre la sábana eran los mismos. Me volví. «¿Qué es lo que ha terminado?», pregunté a la oscuridad: oí la jarra de agua y la palangana. ¿Por qué no tosía? No volví a ver a Fidéline. Yo tenía nueve años y ella cincuenta y tres. Fidéline, de eso me acuerdo, fue enterrada un día de lluvia. Yo no lloraba, no sentía pena. Conversaba con mi muñeca harapienta. Fidéline se iba acompañada de un mar de paraguas. Estaba asomada a la ventana del primer piso.

Cinco años más tarde comprendí que ella había muerto, que la amaba y que no volvería a verla. El ciprés al lado de su tumba me desesperaba. Cada vez que yo llegaba, su color me parecía una antorcha de cólera.

Ella me mimaba, y su muerte me liberó. Me mimaba tanto que yo hubiera querido que los chicos o chicas con los cuales a veces me atrevía a jugar tuvieran manos de cera tibia. Si me hablaban con voz áspera o si me quitaban el rastrillo con un gesto brusco, me brotaban las lágrimas; confundía rudeza y brusquedad con hostilidad. Estaba sola y tenía el mundo en mi contra cuando los chicos, impacientes ante mi fragilidad, se alejaban. Sollozaba si se reían. Las risas se duplicaban. Me perdía en la falda negra de mi abuela, sola, protegida, sin límites. A los cinco, a los seis, a los siete años, rompía a llorar de improviso, por llorar, con los ojos abiertos frente al sol o frente a las flores. En cuanto Fidéline se callaba, se volvía o charlaba con una mujer de su edad, el suelo daba vueltas bajo mis pies. Yo me sentaba cerca de ella en el banco, necesitaba una inmensidad de dolor. Lo obtenía. Cada lágrima, cada sollozo me apartaba del mundo. Muerta Fidéline, adquirí aplomo.

(Continuará…)

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