PASOLINI, PROFETA Y…¿MARTIR?

Pedro A. Curto





“¿Cuántos artistas o intelectuales de su época, también de la nuestra, están moviéndose como él en el planeta inhabitable del rechazo social?” Es la pregunta que lanza Miguel Dalmau en la biografía “Pasolini. El último profeta”(Ediciones Tusquest-XXXIV Premio Comillas) cuando analiza que el célebre autor del que este año se celebra su centenario, padeció una soledad que va más allá de la soledad, intelectual y vital. Es la visión del vacío que acompaña a un autor cuando coloca la obra como un faro frente a todo lo establecido, tal y como hizo el italiano.

No es fácil escribir una biografía y menos aún si el biografiado es un tal Pasolini, uno de los intelectuales más complejos y contradictorios, a la vez que más interesantes, que es imposible abarcar por cuanto ellos solos componen una cosmovisión. Así he leído cuatro biografías de este autor, “Pier Paolo Pasolini. Retrato de un intelectual”, de Luigi Martellini, “Pier Paolo Pasolini”, de Nico Naldini, y “Pasolini: Una vida tormentosa” de Enzo Sicialiano, y ahora la de Dalmau, y se podrían hacer otras tantas y seguirían teniendo sentido, aportando cosas y perspectivas nuevas o diferentes sobre su vida y obra. Para el autor de la última, ambos aspectos van muy ligados, su obra tiene un fuerte componente autobiográfico, tanto que se refleja en cuestiones concretas de su relato, como es quien empuja sus pulsiones básicas: desde su odio a la burguesía, a su amor al subproletariado, desde su marxismo, a un particular concepto de lo sagrado y un misticismo no creyente, desde su crítica al consumismo como un nuevo tipo de fascismo, a su pulsión erótica y autodestructiva, que, contradictoriamente, le empuja a consumir cuerpos de manera compulsiva, de su crítica al concepto de desarrollo, a su amor a la tradición, que no al tradicionalismo, de las comunidades campesinas en trance de desaparición, la extinción de las luciérnagas como símbolo. Lo señala como un renacentista prolífico y multidisciplinar, que sabía cómo analizar los acontecimientos trágicos que derraman su vida y traducirlos a su trabajo con brillantez. En cuanto a todos los campos en que actúo, Dalmau no lo duda, fue poeta y es desde esa visión, la poética, que contempla todas las demás. La otra definición, que da título al libro, la de profeta, tampoco parece muy cuestionable, como el Jesús de Nazaret que el retrató cinematográficamente, predicó en el desierto y fue perseguido (treinta y tres veces tuvo que sentarse ante los tribunales), y su voz describe con bastante acierto, la sociedad que estamos viviendo, adelantándose a muchos problemas: “Venía a decirles que habían caído en la trampa de un sistema burgués-neocapitalista que estaba destruyendo el planeta.” Y queda la última pieza de la tragedia, a la que se han dedicado y todavía se dedicarán, ríos de tinta, al brutal asesinato de Pier Paolo Pasolini en la noche del uno al dos de noviembre de 1975, donde como una señal, fue apaleado; me siguen insultando por la calle, confesaba en su última entrevista. ¿Quién mató a Pasolini? Tanto para Dalmau, como para otros estudiosos, se puede responder, más allá de nombres o entidades concretas, a un responsable: el Poder, el Poder mató a Pasolini.

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