Santuario (I)

William Faulkner






I

Desde detrás de la hilera de arbustos que rodeaba el manantial, Popeye contempló al hombre que bebía. Una senda apenas marcada llevaba desde el camino hasta el manantial. Popeye había visto cómo el forastero —delgado y alto, sin sombrero, con unos gastados pantalones grises de franela y una chaqueta de tweed cruzada sobre el brazo— avanzaba por la senda y se arrodillaba para beber.

El manantial brotaba al pie de un haya y corría después sobre un fondo de arena que formaba remolinos y ondulaciones. Estaba rodeado por una espesa vegetación de cañas y brezos, de cipreses y árboles de goma donde la luz del sol, sin origen visible, yacía, quebrada en mil reflejos. En algún sitio, escondido e imposible de precisar y, sin embargo, cercano, un pájaro cantó tres notas para callar luego.

En el manantial, el forastero inclinó el rostro hacia los rotos reflejos multiplicados de su propio beber. Al erguirse de nuevo, aunque no había oído el menor ruido, vio aparecer entre ellos, también hecho añicos, el sombrero de paja de Popeye.

Frente a él, al otro lado del manantial, se hallaba un hombre de estatura por debajo de lo normal, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, y un cigarrillo sesgado, que formaba un ángulo agudo con su barbilla. Llevaba un traje negro, con la chaqueta, de talle alto, muy ajustada. Se había remangado los pantalones con una sola vuelta y estaban manchados de barro; lo mismo les sucedía a los zapatos. Su rostro presentaba un extraño color exangüe, como iluminado por una luz eléctrica; enmarcado por aquel soleado silencio, con el sombrero ladeado y los brazos levemente separados del cuerpo, tenía esa desagradable falta de profundidad de la hojalata en relieve.

Tras él, el pájaro cantó de nuevo: tres compases monótonamente repetidos; un sonido profundo y sin sentido que surgía de un silencio bostezante y lleno de paz que daba la impresión de aislar aquel lugar y del que un momento después brotó el ruido de un automóvil que pasaba por la carretera y que acabó perdiéndose a lo lejos.

El hombre que había bebido siguió arrodillado.

—Supongo que lleva una pistola en ese bolsillo —dijo.

Desde la orilla opuesta Popeye dio la impresión de contemplarlo con dos negros botones de goma blanda.

—Soy yo el que hace las preguntas —dijo Popeye—. ¿Qué es eso que tiene en el bolsillo?

El otro llevaba aún la chaqueta cruzada sobre el brazo. Levantó hacia ella la mano libre: del bolsillo izquierdo sobresalía un aplastado sombrero de fieltro y del derecho un libro.

—¿Qué bolsillo? —dijo.
—No lo saque —respondió Popeye—. Dígame qué es. La mano del forastero se detuvo en el aire.
—Es un libro.
—¿Qué libro? —dijo Popeye.
—Un libro cualquiera. De los que lee la gente. Algunas personas, al menos.
— ¿Lee usted libros? —preguntó Popeye.

La mano del otro se había inmovilizado por encima de la chaqueta. Los dos hombres se contemplaron desde los lados del manantial. La tenue columna de humo del cigarrillo, formando espirales delante del rostro de Popeye, le obligó a torcer la mitad de la cara, creando una máscara tallada en dos expresiones simultáneas.

Del bolsillo de detrás del pantalón Popeye sacó un pañuelo sucio y lo extendió en el suelo detrás de sus talones. Luego se sentó con las piernas cruzadas, frente por frente del forastero. Iban a dar las cuatro de la tarde de un día de mayo. Permanecieron así, uno frente a otro, por espacio de dos horas. De cuando en cuando el pájaro cantaba en el pantano, como si se tratara del mecanismo de un reloj; dos veces más, automóviles invisibles pasaron por la carretera y el ruido terminó perdiéndose a lo lejos. El pájaro cantó de nuevo.

—Y, por supuesto, no sabe cómo se llama —dijo el forastero—. No creo que sea usted capaz de reconocer ningún pájaro, como no sea alguno que esté cantando en su jaula en el vestíbulo de un hotel o se lo sirvan en un plato a cuatro dólares la pieza.

Popeye no dijo nada. Siguió sentado con su ajustado traje negro, el bolsillo derecho de la chaqueta pesadamente abultado contra el costado, retorciendo y estrujando los cigarrillos entre sus manos delicadas, demasiado femeninas, y escupiendo en el manantial. Su piel tenía una palidez oscura, como de muerto. La nariz era vagamente aquilina pero le faltaba por completo el mentón. Su cara, sencillamente, dejaba de existir, como el rostro de un muñeco de cera olvidado demasiado cerca del fuego. Una cadena de platino le cruzaba el pecho de un bolsillo a otro del chaleco, semejante a un hilo de telaraña.

—Oiga —dijo el otro—. Me llamo Horace Benbow. Soy abogado y trabajo en Kinston. Antes vivía en Jefferson y hacia allí me dirijo. Toda la gente del condado le dirá que soy inofensivo. Si se trata de whiskey, pueden ustedes hacer, vender o comprar lo que les venga en gana. Me he parado aquí para beber agua. Lo único que quiero es llegar a Jefferson.

Los ojos de Popeye parecían botones de goma, dispuestos a ceder si se tocaban y a recuperarse luego sin haber perdido la huella del pulgar.

—Quiero llegar a Jefferson antes de que oscurezca —dijo Benbow—. No puede usted retenerme aquí.

Sin quitarse el cigarrillo de la boca, Popeye escupió en el manantial.

—No puede obligarme a que me quede —dijo Benbow—. Podría echar a correr.

Popeye fijó en Benbow los botones de goma de sus ojos.

—¿Quiere usted correr?
—No —dijo Benbow.

Popeye apartó la mirada.

—De acuerdo. No lo haga, entonces.

Benbow oyó de nuevo el canto del pájaro y trató de recordar el nombre que le daban en aquella zona. Por la invisible carretera pasó otro coche y siguió su camino. Entre ellos y el ruido del motor el sol estaba a punto de desaparecer. Del bolsillo del pantalón Popeye sacó un reloj niquelado, lo miró y volvió a metérselo en el bolsillo como si fuera una moneda.

En el sitio donde la senda del manantial se unía al camino de arena, un árbol recién cortado impedía el paso. Los dos hombres cruzaron por encima y siguieron adelante, dejando la carretera a su espalda. En la arena se advertían dos depresiones paralelas poco profundas, pero no había marcas de pezuñas. Y en donde el arroyo procedente del manantial cruzaba el camino, Benbow vio huellas de neumáticos. Popeye marchaba delante de él, y su traje ajustado y su sombrero rígido llenos de líneas quebradas le daban cierto aire de pie de lámpara modernista.

El camino terminaba en la carretera, que surgía, formando una curva, de entre la espesura. Era casi de noche. Popeye volvió un instante la cabeza.

—Vamos, Jack, dése prisa —dijo.
—¿Por qué no hemos atajado subiendo la colina? —preguntó Benbow.
—¿Entre todos esos árboles? —dijo Popeye. Su sombrero lanzó un desagradable destello al recoger la débil luz del crepúsculo, mientras se detenía a mirar colina abajo, donde la espesura se había transformado ya en un lago de tinta—. Ni que estuviera loco.

Era casi de noche. Popeye había moderado el paso. Caminaba ahora junto a Benbow y éste veía el continuo movimiento de su sombrero de un lado a otro mientras Popeye miraba a su alrededor con una especie de desagradable encogimiento. El sombrero llegaba justamente hasta la barbilla de Benbow.

Luego algo, una sombra agigantada por la velocidad, descendió sobre ellos y siguió su vuelo, creando un remolino de aire delante de sus mismas caras, un silencioso alboroto de alas en tensión; Benbow sintió que el cuerpo entero de Popeye se aplastaba contra él y que con una mano se le aferraba a la chaqueta.

—Es un búho —dijo Benbow—. No es nada más que un búho.

Luego añadió:

—A ese reyezuelo de Carolina lo llaman pájaro pescador por aquí. Era eso lo que no conseguía recordar allá atrás.

Popeye seguía acurrucado junto a él, aferrándose a su chaqueta y bufando como un gato. «Huele a negro», pensó Benbow; «huele como aquella sustancia negra que salió de la boca de Emma Bovary y se extendió por su velo nupcial al levantarle la cabeza».

Un momento después, sobre la oscura masa dentada de los árboles, la casa alzó su cuadrada desnudez contra el cielo evanescente.

El edificio era un esqueleto mondo y lirondo en el centro de un bosquecillo de cedros sin podar, pero, al mismo tiempo, un lugar muy conocido entre las gentes de la zona: la llamaban la casa del Viejo Francés y había sido construida antes de la Guerra Civil; una típica casa de plantación, rodeada por sus tierras —campos de algodón, jardines y zonas de césped devueltas a la jungla desde hacía mucho tiempo—, que las gentes de los alrededores habían ido desguazando durante cincuenta años para conseguir algo de leña o en la que habían cavado con secretos y esporádicos optimismos, en busca del oro que el propietario, según todas las suposiciones, había enterrado en algún sitio cuando Grant atravesara el condado durante su campaña de Vicksburg.

Tres hombres, sentados en sillas, ocupaban uno de los extremos del porche. Al fondo del pasillo abierto brillaba una luz muy débil. El pasillo atravesaba la casa de lado a lado. Popeye subió las escaleras del porche, mientras los tres hombres los contemplaban a él y a su acompañante.

—Aquí está el profesor —dijo, sin detenerse.

Entró en la casa, pasillo adelante. Siguió hasta salir al porche trasero; luego torció y entró en la habitación donde brillaba la luz. Era la cocina. Había una mujer delante del fogón. Llevaba un vestido de percal muy desteñido. Al moverse, el par de toscos zapatos de hombre que calzaba le golpeaban los tobillos desnudos. La mujer se volvió a mirar a Popeye y luego otra vez hacia el fogón, donde estaba friendo carne en una sartén.

Popeye se quedó en la puerta. Se había inclinado el sombrero hacia adelante. Extrajo un cigarrillo del bolsillo sin sacar el paquete, lo pellizcó y lo aplastó, se lo puso en la boca y encendió una cerilla con la uña del pulgar.

—Tengo a un pájaro ahí fuera —dijo.

La mujer no se volvió. Estaba dándole la vuelta a la carne;

—¿Por qué me lo dices a mí? —preguntó ella—. Yo no me ocupo de los clientes de Lee.
—Es un profesor —dijo Popeye.

La mujer se volvió con el tenedor de trinchar en la mano. Detrás del fogón, lejos de la luz, había un cajón de madera.

—¿Un qué?
—Un profesor —dijo Popeye—. Tiene un libro.
—¿Qué hace aquí?
—No lo sé. No se me ocurrió preguntárselo. Quizá leer el libro.
—¿Ha venido solo?
—Lo encontré en el manantial.
—¿Estaba buscando la casa?
—No sé —dijo Popeye—. No se me ocurrió preguntárselo —la mujer seguía mirándolo—. Lo mandaré a Jefferson con el camión —añadió Popeye—. Dice que quiere ir allí.
—¿Por qué me lo cuentas a mí? —dijo la mujer.
—Tú cocinas. Querrá cenar.
—Sí —dijo la mujer. Se volvió de nuevo hacia el fogón—. Cocino para tramposos, estafadores y deficientes mentales. Sí. Es cierto que cocino.

Popeye la miró desde la puerta, mientras el humo del cigarrillo hacía espirales delante de su cara. Había metido las manos en los bolsillos.

—Márchate, si quieres. Te llevaré a Memphis el domingo. Puedes hacer la carrera otra vez —la estuvo mirando, vuelta de espaldas—. Te estás poniendo gorda. Eso te pasa por venirte a descansar al campo. Pero no se lo contaré a nadie en Manuel Street.

La mujer se volvió con el trinchante en la mano.

—Canalla —dijo.
—No te preocupes —dijo Popeye—. No le contaré a nadie que Ruby Lámar está en el campo, con un par de zapatos viejos de Lee Goodwin y que tiene que cortar ella misma la leña para el fuego. No. Les diré a todos que Lee Goodwin tiene mucho dinero.
—Canalla, más que canalla —dijo la mujer.
—Claro —dijo Popeye.

Luego volvió la cabeza. Se oyó un arrastrar de pies que cruzaba el porche y en seguida entró un hombre. Avanzaba encorvado y llevaba puesto un mono. Iba descalzo; era el ruido de sus pies descalzos lo que habían oído. Su pelo, descolorido por el sol, estaba sucio y enredado. Tenía ojos claros extrañamente furiosos y una barba pequeña y suave, como de oro deslustrado.

—Que me aspen si no es todo un caso —dijo.
—¿Qué quieres? —le preguntó la mujer.

El hombre del mono no contestó. Al pasar, lanzó a Popeye una mirada llena de desconfianza y de viveza al mismo tiempo, como si estuviera a punto de reír un chiste, esperando tan sólo el momento oportuno. Cruzó la cocina balanceándose pesadamente, como un oso, y, sin perder el aire de regocijada desconfianza, levantó una tabla suelta del piso a la vista de los otros dos y sacó una garrafa de un galón. Popeye se lo quedó mirando, con los pulgares en el chaleco y el humo del cigarrillo (se lo había fumado sin tocarlo ni una vez con la mano) formando espirales delante de la cara. Su expresión era feroz, ominosa quizá; pero contempló reflexivamente cómo el hombre del mono volvía a cruzar la cocina con aquella especie de desconfianza llena de viveza, ocultando torpemente la garrafa contra el costado; también él estuvo mirando a Popeye, con su expresión despierta y regocijada, hasta que salió del cuarto. De nuevo se oyeron sus pies descalzos sobre el suelo del porche.

—No te preocupes —dijo Popeye—. No le diré a nadie en Manuel Street que Ruby Lámar cocina para un mudo y también para un idiota.
—Canalla —dijo la mujer—. Hijo de perra.


II

Cuando la mujer entró en el comedor con una fuente de carne, Popeye, el hombre que había ido a buscar la garrafa a la cocina y el forastero estaban ya sentados alrededor de una mesa hecha con tres tablones clavados sobre dos caballetes. Al acercarse a la luz de la lámpara colocada en la mesa, pudo apreciarse que el rostro de la mujer no estaba marcado por la edad sino por el mal humor, y se hizo también patente la frialdad de sus ojos. Mientras la observaba, Benbow no advirtió que lo mirara ni una sola vez mientras dejaba la fuente y se detenía un momento con esa expresión ausente con que las mujeres pasan una última inspección a la mesa, para luego agacharse sobre un cajón de embalaje situado en una esquina de la habitación y sacar de allí otro plato, cuchillo y tenedor que llevó a la mesa y colocó delante de Benbow con aire .decidido —bruscamente pero sin precipitación—, rozándole el hombro con la manga del vestido.

Mientras la mujer se ocupaba de la mesa entró Goodwin. Llevaba un mono manchado de barro. Tenía un rostro descarnado, curtido por la intemperie, una barba negra a medio crecer y canas en las sienes. Traía del brazo a un anciano con una larga barba blanca, manchada alrededor de la boca. Benbow vio cómo Goodwin sentaba al viejo en una silla mientras el otro le dejaba hacer con la indecisa y abyecta ansia de un hombre a quien no le queda más que un placer y a quien sólo le llega el mundo exterior a través de un sentido por ser al mismo tiempo ciego y sordo; un hombre bajo y calvo, con un rostro redondo, carnoso y sonrosado en el que sus ojos con cataratas parecían dos coágulos de flema. Benbow le vio sacar un trapo sucio del bolsillo, regurgitar sobre él una masa casi incolora de lo que había sido anteriormente tabaco de mascar y volverse a guardar el trapo después de doblarlo. La mujer le sirvió de la fuente. Los otros ya estaban comiendo, en silencio y sin hacer pausas, pero el viejo se quedó quieto, con la cabeza inclinada sobre la mesa, moviendo débilmente la barba. Con una mano temblorosa y desconfiada inspeccionó el contenido del plato hasta encontrar un trozo pequeño de carne; luego se puso a chuparlo hasta que regresó la mujer y le dio un manotazo en los nudillos. El viejo soltó lo que había cogido y Benbow estuvo viendo cómo ella le cortaba la carne, el pan y todo lo demás y luego le echaba melaza de sorgo por encima. Después Benbow apartó la vista. Al terminar la comida, Goodwin se llevó al viejo. Benbow les vio cruzar la puerta y oyó el ruido de sus pasos por el corredor.

Los hombres volvieron al porche. La mujer quitó la mesa y llevó los platos a la cocina. Los dejó amontonados, se acercó al cajón situado en la zona menos iluminada y estuvo en pie a su lado durante un rato. Después se sirvió su propia cena, comió sentada a la mesa, encendió un cigarrillo con la llama de la lámpara, fregó los platos y los guardó. Luego echó a andar por el pasillo, pero no llegó a salir al porche. Se quedó dentro de la casa, junto a la puerta, oyéndoles hablar, oyendo hablar al forastero y el ruido apagado de la garrafa mientras pasaba de mano en mano.

—Qué querrá ese imbécil… —murmuró la mujer.

Siguió escuchando la voz del forastero; una voz precipitada, vagamente estrafalaria, la voz de un hombre que se pasa mucho tiempo hablando y apenas hace otra cosa.

—Beber no, desde luego —dijo la mujer en voz muy baja desde dentro de la casa—. Será mejor que siga su camino y llegue a donde sus familiares puedan atenderlo.

Volvió a escuchar lo que decía.

—Desde mi ventana veía la parra, pero en invierno no quedaba más que el armazón del emparrado. Por eso sabemos que la naturaleza es femenina; por esa connivencia entre la carne de mujer y la estación femenina. De manera que todas las primaveras presenciaba cómo la vieja sabia, renovándose, ocultaba el armazón del emparrado; cómo fabricaba de nuevo su verde señuelo, promesa de intranquilidad. Y no es que pueda hablarse de una gran floración tratándose de parras: no es más que un céreo y desordenado desangrarse, más de hoja que de flor, que va ocultando más y más el armazón, hasta que a finales de mayo, al atardecer, su voz, la de la pequeña Belle, era cómo el murmullo de la misma parra silvestre. Nunca decía, «Horace, éste es Louis o Paul o quienquiera que fuese», sino «Sólo es Horace». Sólo, ¿se dan cuenta? Ella con un vestidito blanco al atardecer, los dos muy recatados y muy cuidaditos y un poco impacientes. Y no me hubiera podido sentir más ajeno a su carne si la hubiera engendrado yo mismo.
»Así que esta mañana (no; fue hace cuatro días; era jueves cuando volvió del instituto y estamos a martes) le dije:
»—Querida, si lo has encontrado en el tren, es probable que pertenezca a la compañía del ferrocarril. No se lo puedes quitar a la compañía; es ilegal, como llevarse los aisladores de los postes.
»—Vale tanto como tú. Va para Tulane.
»—Sí, cariño, pero en un tren… —dije yo.
»—Los he encontrado en sitios peores.
»—Ya lo sé —dije—. Yo también. Pero no hay que traerlos a Gasa. Se pasa por encima y se sigue adelante. No hay por qué mancharse los zapatos.
»Nos hallábamos en la sala de estar; era justo antes de la cena; y no estábamos más que nosotros dos en la casa. Belle había ido al centro.
»—¿Qué más te da a ti quién viene a verme? No eres mi padre. Eres sólo…, sólo… ¿Qué? —dije—. ¿Sólo qué? ¡Díselo a mamá, entonces! Díselo. Eso es lo que vas a hacer. ¡Decírselo!
»—Lo malo es el tren, querida —dije—. Si entrara en tu habitación en un hotel, lo mataría. Pero en el tren… me resulta repugnante. Vamos a decirle que se vaya y a empezar de nuevo.
»—¡Como si tú pudieras hablar de encontrar cosas en el tren! ¿Qué me dices de las gambas?

—Está loco —dijo la mujer, sin moverse, junto a la puerta.

La voz del forastero siguió fluyendo y tropezando consigo misma, rápida e incesante.

—Pero en seguida dijo, ‘¡No! ¡No!’, y yo la abracé y ella se agarró a mí. ‘¡No quería decir eso! ¡Horace! ¡Horace!’ Y yo estaba oliendo las flores asesinadas, las delicadas flores muertas y las lágrimas, hasta que vi su rostro en el espejo. Había un espejo detrás de ella y otro detrás de mí: ella se veía en el que estaba detrás de mí, olvidada del otro, en el que yo podía verle la cara, verla contemplando mi nuca, y descubrir todo su fingimiento. Por eso la naturaleza es ‘ella’ y el progreso es ‘él’; la naturaleza hizo la parra, pero el progreso inventó el espejo.

—Está loco —dijo la mujer desde dentro de la casa, escuchando.

—Pero no fue eso, realmente. Pensé que era quizá la primavera lo que me había perturbado o el tener ya cuarenta y tres años. Pensé que tal vez me pondría bien si tuviera una colina donde tumbarme…, que la culpa la tenía aquella zona, tan llana, tan fértil y tan maloliente que hasta el mismo viento parece sacar dinero de ella. Como si a uno ya no le pudiera sorprender que llegaran a presentarse en los bancos las hojas de los árboles para recibir dinero a cambio. Es ese Delta. Cinco mil millas cuadradas sin otra altura que los montones de tierra que los indios hicieron para subirse encima cuando se desbordaba el río.
»Por eso pensé que me bastaría con una colina; no fue la pequeña Belle quien hizo que me marchara. ¿Saben qué fue?

—No hay duda de que lo está —dijo la mujer junto a la puerta—. Lee no debiera permitir…

Benbow no había esperado a que le respondieran.

—Fue un trapo manchado de carmín. Supe que iba a encontrarlo antes de entrar en el cuarto de Belle. Y allí estaba, escondido detrás del espejo: un pañuelo con el que se quitaba el exceso de pintura al arreglarse y que luego guardaba allí. Lo puse en el cesto de la ropa sucia, cogí el sombrero y salí de la casa. En la carretera me recogió un camión antes de que me diera cuenta de que no llevaba dinero. Eso también influyó, ¿comprenden? No podía cobrar un cheque. Tampoco podía bajarme del camión y volver a la ciudad a por dinero. De manera que he estado andando y haciendo auto-stop desde entonces. Una noche dormí en un montón de serrín en una fábrica, otra en la cabaña de unos negros y otra en un vagón de mercancías que estaba en una vía muerta. Sólo quería una colina donde tumbarme, ¿se dan cuenta? En seguida me sentiría bien/Cuando uno se casa con una soltera, se empieza desde el principio…, aunque haya dificultades. Pero cuando uno se casa con la mujer de otro, se empieza tal vez diez años más atrás, en el punto de partida de otro y con sus dificultades. Sólo quería una colina para tumbarme durante algún tiempo.

—Pobre imbécil —dijo la mujer, sin moverse de su sitio junto a la puerta.

Popeye atravesó el pasillo, procedente de la parte de atrás. Pasó junto a ella sin decir una palabra y salió al porche.

—Vamos —dijo—. Hay que cargarlo.

La mujer oyó marcharse a los tres, pero siguió donde estaba. Luego oyó cómo el forastero se levantaba, inseguro, de su silla, y cruzaba el porche. Entonces lo vio, débilmente silueteado contra el cielo, como un trozo de oscuridad menos intensa: un hombre delgado con la ropa muy arrugada; con el pelo ralo y muy mal cuidado; y completamente borracho.

—No le dan bien de comer —dijo la mujer.

Seguía inmóvil, apoyada apenas contra la pared y él estaba frente a ella.

—¿Le gusta vivir así? —dijo el forastero—. ¿Por qué lo hace? Todavía es joven; podría volver a la ciudad y mejorar su situación sin tener que mover un dedo.

La mujer no cambió de postura, apoyada apenas contra la pared y con los brazos cruzados.

—Pobre imbécil asustado —dijo la mujer.
—Me falta valor, ¿comprende? —dijo el forastero—: el valor se quedó fuera cuando me hicieron. La maquinaria está toda aquí, pero no funciona —le pasó torpemente la mano por la mejilla—. Todavía es usted joven.

Ella no se movió, sintiendo la mano sobre su cara, notando que el forastero la tocaba como si estuviera tratando de averiguar la forma y posición de sus huesos y la consistencia de su carne,

—Le queda toda la vida por delante, prácticamente. ¿Cuántos años tiene? No ha cumplido los treinta —la voz del forastero era casi un susurro.

Ella, al hablar, no redujo en absoluto el volumen de su voz. Seguía sin moverse, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Por qué ha abandonado a su mujer? —dijo.
—Porque comía gambas —dijo el forastero—. No podía… Era viernes, ¿comprende?, y pensé que al mediodía tendría que ir a la estación a recoger la canasta de las gambas y volver a casa con ellas, contando cien pasos para cambiar de mano, y que…
—¿Tiene que hacerlo todos los días? —preguntó la mujer.
—No. Sólo los viernes. Pero llevo diez años haciéndolo, desde que nos casamos. Y todavía sigue sin gustarme el olor de las gambas. Llevar la canasta a casa no me importaría mucho. Lo malo es que gotea. Durante todo el camino gotea y gotea, hasta que al cabo de un rato me sigo a mí mismo a la estación y me paro a ver cómo Horace Benbow recoge la canasta del tren y echa a andar camino de casa, cambiando de mano cada cien pasos, y yo lo voy siguiendo, pensando «Aquí yace Horace Benbow en una serie de manchas malolientes que van desapareciendo poco a poco sobre una acera de Mississippi».

—Ah —dijo la mujer.

Respiraba tranquilamente, con los brazos cruzados. Cuando echó a andar, el forastero retrocedió y luego fue siguiéndola por el pasillo. Entraron en la cocina, donde había una lámpara encendida.

—Tendrá que disculpar mi aspecto —dijo la mujer. Se acercó a la caja de madera que estaba detrás del fogón, la arrastró hacia la luz y se quedó mirándola con las manos ocultas en el delantero del vestido. Benbow se había parado en el centro de la habitación—. En el cajón está más protegido de las ratas.
—¿Qué? —dijo Benbow—. ¿De qué me habla?

Se acercó para ver el interior de la caja. Dentro dormía un niño que aún no había cumplido el año. Benbow contemplo calmosamente su rostro demacrado.

—Ah —exclamó—. Tiene usted un hijo.

Los dos contemplaron el rostro demacrado del niño dormido. Desde fuera llegó hasta ellos un ruido; se oyeron pasos en el porche de atrás. La mujer empujó la caja hacia el rincón con la rodilla al mismo tiempo que Goodwin entraba en la cocina.


—Todo listo —dijo Goodwin—. Tommy le acompañará hasta el camión.

Luego se marchó, entrando de nuevo en la casa.

Benbow miró a la mujer, que seguía con, las manos escondidas en el delantero del vestido.

—Gracias por la cena —dijo—. Tal vez, algún día… —la miró; ella también le observaba con una expresión menos malhumorada aunque siguiera siendo fría y distante—. Quizá pueda hacer algo por usted en Jefferson. Enviarle algo que necesite…

La mujer sacó las manos del pliegue del vestido con un tembloroso movimiento giratorio, para volver a esconderlas en seguida.

—Con tanto lavar y fregar platos…, podría mandarme una varilla de naranjo de las que usan las manicuras —dijo.

Desde la casa, Tommy y Benbow bajaron la colina en fila india, siguiendo el camino abandonado, Benbow volvió la vista atrás. Sobre los apretados y enmarañados cedros, se alzaba, contra el cielo —sin luz, desolada e insondable— la solitaria casa en ruinas. El camino era una cicatriz demasiado profunda para ser un camino y demasiado recta para ser una zanja, erosionada por las riadas del invierno y ahogada después por los helechos, las ramas y las hojas secas. Siguiendo a Tommy, Benbow caminaba por una tenue senda donde el roce de los pies había desgastado la podrida vegetación hasta dejar la arcilla al descubierto. Un seto de árboles formando arco se aclaraba contra el cielo por encima de sus cabezas.

La pendiente se hizo más marcada en una curva del camino.

—Fue por aquí donde vimos el búho —dijo Benbow.

Delante de él, Tommy lanzó una risotada.

—Apostaría cualquier cosa a que también eso le asustó —dijo.
—Sí —respondió Benbow.

Iba siguiendo la imprecisa silueta de Tommy, y trataba de andar y de hablar cuidadosamente, con esa peculiar pertinacia en los propósitos que produce la borrachera.

—Que me aspen si no es el blanco más asustadizo que he visto nunca —dijo Tommy—. Como aquella vez que venía por la senda hacia el porche, salió el perro de debajo de la casa y fue a olerle los zapatos igual que haría cualquier perro; que me aspen si no reculó como si fuera una serpiente venenosa y él estuviera descalzo; sacó de repente esa pistolita automática que lleva siempre encima y lo dejó muerto en el sitio. Vaya si lo hizo.
—¿De quién era el perro? —dijo Horace.
—Era mío —dijo Tommy, con una risa ahogada—. Un perro viejo que no haría daño a una mosca aunque pudiese.

El camino descendía y se allanaba; los pies de Benbow susurraban sobre la arena, avanzando cuidadosamente. Ahora veía mejor a Tommy, cuya silueta se recortaba contra la mayor claridad de la arena y que arrastraba los pies como de mala gana, igual que hacen las mulas para caminar sobre la arena, pero sin esfuerzo aparente, con un suave rozar de sus pies desnudos que producía débiles erupciones de arena con cada movimiento hacia atrás de los dedos.

La voluminosa sombra del árbol derribado había echado un borrón sobre el camino.

Tommy pasó por encima y Benbow le siguió, siempre cauteloso, tirando de sí mismo para atravesar la masa de follaje sin secar, que todavía olía a verde.

—Otra de… —dijo Tommy. Se dio la vuelta—. ¿Puede pasar?
—Estoy bien, no se preocupe —dijo Horace. Recuperó el equilibrio. Tommy siguió adelante.
—Otra de las ideas de Popeye —dijo Tommy—. No sirve para nada cegar así el camino. Sólo ha conseguido que tengamos que andar una milla para llegar a los camiones. Le dije que la gente viene desde hace cuatro años a comprar aquí su whiskey y que a Lee nunca le ha molestado nadie. Además, algún día tendrá que sacar de aquí ese coche suyo, con lo grande que es. Pero tampoco eso lo detuvo. Estoy seguro de que tiene miedo de su propia sombra.
—A mí me pasaría lo mismo —dijo Benbow—, si su sombra fuera la mía.

Tommy rió en voz baja. El camino se había convertido en un túnel oscuro alfombrado con el impalpable resplandor mortecino de la arena. «Era más o menos aquí donde empezaba la senda que lleva al manantial», pensó Benbow, tratando de encontrar el corte en el muro de la jungla. Siguieron adelante.

—¿Quién conduce el camión? —dijo Benbow—. ¿También son gente de Memphis?
—Claro —dijo Tommy—. Es el camión de Popeye.
—¿Por qué esos tipos no se quedan en Memphis y les dejan hacer su whiskey en paz?
—Es donde está el dinero —dijo Tommy—. Aquí no se gana nada vendiendo un cuarto a uno y medio galón a otro. Lee lo hace como un favor y para sacarse un par de dólares extra. Lo que trae cuenta es hacer una partida y darle salida cuanto antes.
—Creo que preferiría morirme de hambre a tener que tratar con ese tipejo.

Tommy lanzó una carcajada.

—No hay que exagerar. Popeye es un poco especial, nada más —siguió andando, un bulto informe contra el apagado resplandor del camino arenoso—. Pero que me ahorquen si no es todo un caso, ¿eh?
—Sí —dijo Benbow—. No cabe la menor duda.

El camión esperaba donde el camino, otra vez con firme de arcilla, empezaba a subir hacia la carretera de grava. Dos hombres fumaban, sentados en el guardabarros; por encima, los árboles clareaban bajo un cielo cubierto de estrellas. Era ya más de medianoche.

—Os lo habéis tomado con calma —dijo uno de los hombres—. Tendríamos que haber hecho ya la mitad del camino. Me está esperando una mujer.
—Seguro —dijo el otro—. Con las piernas abiertas.

El primero le lanzó una maldición.

—No hemos podido venir más de prisa —dijo Tommy—. Y vosotros, ¿por qué no encendéis una linterna? Si fuéramos de la policía, os habríamos cogido de todas, todas.
—Vete al infierno, cara de mono —dijo el primer hombre.

Tiraron los cigarrillos y se subieron al camión. Tommy rió en voz baja. Benbow se dio la vuelta y extendió la mano.

—Adiós —dijo—. Y muchas gracias, míster…
—Me llamo Tommy —dijo el otro.

Su mano áspera buscó torpemente la de Benbow, la estrechó una vez solemnemente pero sin fuerza y volvió a soltarla. Se quedó inmóvil —una imprecisa silueta rechoncha contra el débil resplandor del camino—, mientras Benbow levantaba el pie hacia el estribo. Horace tropezó y tuvo que hacer un movimiento brusco para recuperar el equilibrio.

—Tenga cuidado, doctor —dijo una voz desde la cabina.

Benbow subió al camión. El segundo hombre estaba colocando una escopeta detrás del asiento. El camión se puso en marcha, subió la pendiente entre terroríficos jadeos hasta llegar a la carretera de grava y luego tomó el camino de Jefferson y Memphis.


III

En la tarde del siguiente día Benbow estaba en casa de su hermana. La finca se hallaba en el campo, a cuatro millas de Jefferson; era el hogar centenario de la familia de su cuñado. Su hermana, viuda, tenía un hijo de diez años y vivía con él en aquella casa enorme, en compañía de la tía abuela de su marido: una nonagenaria que nunca abandonaba su silla de ruedas y a la que todo el mundo llamaba Miss Jenny. Benbow y ella estaban asomados a una ventana, contemplando a Narcissa, que paseaba con un joven por el jardín. Habían transcurrido diez años desde que Narcissa perdiera a su esposo.

—¿Por qué no ha vuelto a casarse? —dijo Benbow.
—Eso te pregunto yo —dijo Miss Jenny—. Una mujer joven necesita un hombre.
—Pero no ése —dijo Benbow. Estuvo un momento contemplándolos. El hombre llevaba pantalones de franela y una chaqueta azul; era un joven ancho de hombros, un poco regordete, con aire fanfarrón, vagamente universitario—. Parecen gustarle los niños. Quizá porque ya tiene uno. ¿Quién es ése? ¿El mismo del último otoño?
—Gowan Stevens —dijo Miss Jenny—. Tienes que acordarte de Gowan.
—Sí —dijo Benbow—. Ya me acuerdo. En octubre del año pasado.

Horace había pasado por Jefferson camino de su casa y fue a hacer una visita a su hermana. Desde la misma ventana, Miss Jenny y él habían contemplado a aquellas mismas dos personas paseando por el mismo jardín, donde por entonces se estaban abriendo las tardías flores de octubre, llenas de colorido y con olor a polvo. Gowan Stevens iba vestido de marrón y Horace no lo conocía.

—Sólo la visita desde que volvió de Virginia la primavera pasada —dijo Miss Jenny—. El de antes era el chico de los Jones; Herschell. Sí. Herschell.
—Ah —dijo Benbow—. ¿Miembro de una de las familias importantes de Virginia o simplemente una estancia poco afortunada?
—Fue allí a la universidad. Tú no lo recuerdas porque todavía llevaba pañales cuando te marchaste de Jefferson.
—Que no le oiga Belle decir eso —dijo Benbow.

Contempló a los que paseaban. Se estaban acercando a la casa y pronto desaparecieron detrás de ella. Un momento después subieron las escaleras y entraron en la habitación. Stevens se adelantó, con su cabeza acicalada y su cara regordeta, muy seguro de sí mismo. Miss Jenny le ofreció la mano y él se inclinó pesadamente para besársela.

—Más joven y más bonita cada día que pasa —exclamó—. Ahora mismo le estaba diciendo a Narcissa que si se levantara usted de esa silla y quisiera ser mi novia, no habría competencia posible.
—Lo haré mañana mismo —dijo Miss Jenny—. Narcissa…

Narcissa era una mujer corpulenta, de pelo oscuro y un rostro ancho, estúpido y sereno. Vestía de blanco, como de costumbre.

—Horace, éste es Gowan Stevens —dijo—. Gowan, mi hermano.
—¿Qué tal está? —dijo Stevens, dándole un apretón decidido y enérgico, con el brazo muy levantado. En aquel momento entró Benbow Sartoris, el sobrino de Horace—. He oído hablar de usted.
—Gowan estudió en Virginia —dijo el niño.
—Ah —dijo Benbow—. He oído hablar de su universidad.
—Gracias —dijo Stevens—. No todo el mundo puede ir a Harvard.
—Gracias —dijo Benbow—. Pero fue en Oxford donde yo estuve.
—Horace siempre le dice a todo el mundo que estudió en Oxford para que crean que habla de la universidad del estado y poder explicarles después que se han confundido —dijo Miss Jenny.
—Gowan va mucho a Oxford —dijo el niño—. Tiene una novia y la lleva a bailar. ¿No es cierto, Gowan?
—Así es, jovencito —dijo Stevens—. Una pelirroja.
—Bory, no molestes —dijo Narcissa. Miró a su hermano—. ¿Cómo están Belle y la pequeña Belle?

Dio la impresión de querer añadir algo, pero no lo hizo, aunque siguió mirando a su hermano con una expresión que reflejaba preocupación e interés.

—Si sigues esperando que abandone a Belle, acabará por hacerlo —dijo Miss Jenny—. Terminará por dejarla un día u otro. Pero Narcissa tampoco se quedará satisfecha entonces —añadió—. Algunas mujeres no quieren que un hombre se case con una mujer determinada. Pero todas se enfadan si un buen día va y la deja.
—Bueno, cállese ya —dijo Narcissa.
—Sí, señor —dijo Miss Jenny—. Ya lleva algún tiempo dando tarascadas para quitarse el ronzal. Pero será mejor que no tires demasiado fuerte, Horace. Puede que no esté sujeto por el otro extremo.

A través del vestíbulo les llegó el sonido de una campanilla. Tanto Stevens como Benbow se acercaron a la silla de Miss Jenny.

—¿Me permite usted, ya que parece que soy yo el invitado? —dijo Benbow.
—Vamos, Horace —dijo Miss Jenny—. Narcissa, ¿quieres decir que suban al arcón del ático y traigan las pistolas de duelo? —se volvió hacia el niño—. Y tú ve delante para decirles que empiece la música y tengan dos rosas preparadas.
—¿Que empiece qué música? —dijo el niño.
—Hay rosas en la mesa —dijo Narcissa—. Las ha mandado Gowan. Vamos a cenar.

Benbow y Miss Jenny contemplaron a la pareja por la ventana: Narcissa, todavía de blanco, y ,Stevens, con pantalones de franela y una chaqueta azul, paseando por el jardín.

—El virginiano que nos contó aquella noche durante la cena cómo le habían enseñado a beber como un caballero. Basta poner un escarabajo pelotero en alcohol para conseguir un escarabajo sagrado; y si se pone en alcohol a un hombre de Mississippi se obtiene un caballero…
—Gowan Stevens —dijo Miss Jenny.

Los vieron desaparecer detrás de la casa. Pasó algún tiempo antes de que oyeran los pasos de dos personas en el vestíbulo. Cuando entraron en la habitación, era su hijo el que acompañaba a Narcissa en lugar de Stevens.

—No ha querido quedarse —dijo Narcissa—. Va a Oxford. Hay un baile en la universidad el viernes por la noche. Se ha comprometido a llevar a una joven.
—Allí tendrá amplias posibilidades de practicar el arte de la bebida al modo caballeresco —dijo Horace—. Y otras muchas cosas. Supongo que es ése el motivo de que quiera llegar con tanta anticipación.
—Va a bailar con una chica —dijo el niño—. Y el sábado a Starkville, al partido de baseball. Gowan dijo que me llevaría, pero mamá no ha querido dejarme ir.


(Continuará…)

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