Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Siempre digno. Digno siempre”

Ítalo Costa Gómez






Tienen ante ustedes a una persona coqueta por naturaleza. La mayoría del tiempo muestro una coquetería sana ya que no busca ningún resultado erótico. No es indispensable que haya atracción física para que yo te coquetee; suficiente con que me caigas en gracia y fluye naturalmente. Obviamente me cuido de que sea algo bonito, muy agradable y que jamás roce lo vulgar.

[Cuando sí hay una real atracción ya no me cuido tanto. Me importa un rábanito y me tiro mermelada de maracuyá en la pierna. Cero roche. Estoy atado en la ducha. Ven por mí]

Gracias a esa espontaneidad casi siempre tengo una linda respuesta a esa coquetería de la que les hablo, pero en muchas de esas ocasiones trato de no obtener reacción alguna. Ahorita les descifro todo contándoles una situación en particular donde no tuve el control y los resultados se pudieron salir de cauce. Quise morir muerto de vergüenza y fue por culpa de un fucking semáforo.

Explico todo con manzanas.

Cuenta la historia que ya se me había hecho costumbre hacer pequeños guiños de ojo en la calle a cualquier persona – a prudente distancia – que me «caía» bonito. Miren qué osado orate puedo llegar a ser. Suelo hacerlo desde un auto en movimiento. A un hombre, a una mujer o a un perrito. Para el caso da lo mismo.

El chiste del asunto consiste en que la persona no pueda tener reacción – o al menos no que pueda verla – por falta de tiempo, ya que siempre lo hago cuando estoy recontra seguro de que el carro en el que viajo va a avanzar en ese mismo instante y me emociona dejarle al «elemento elegido» la sensación de que ha llamado mi atención. Siempre es lindo sentir que le jalaste el ojito a alguien, sea quien sea. Me gusta pensar en que les dejo algo gracioso que contar, refuerzo su autoestima y también de paso me siento Jessica Rabbit.

La cosa es que una tarde estábamos en uno de esos momentos. Yo en un taxi – en plena Salaverry – mirando por la ventana y pensando en cómo se embarazará la mosca cuando se planta, justo al costado del carro, un patita en bicicleta y él también estaba como ído – o esa impresión tuve yo – , con la mirada extraviada. El carro que estaba delante nuestro ya había avanzado, podíamos pasar, entonces calculé los tiempos y zas. Lo miré fijamente y cuando me regresa la mirada… le planté el guiño.

¿Meta cumplida?, ¿El escape perfecto? Noooooo, mano no. La jacarondisidad de mi destino hizo su chamba.

El semáforo de mierda se puso en rojo en ese mismo momento y también mi cara apenas sentí el freno del auto. Pude verlo todo. El pata se quedó frío y me quedó mirando absolutamente desconcertado. Estaba estupefacto. Debe haber notado al toque que me puse nervioso y colorado. Muchísimo más que él.

Bajé la vista, tratando de evitarlo, buscaba mi celular – que estaba dentro del bolso – y, como siempre, se me cayó al piso del carro. Yo era un chiste mal contado. Quería ser exterminado por un infarto fulminante. Que me muerda una víbora como a la Cleopatra y quedar ahí.

El pata no pudo más y se empezó a matar de risa. Entonces la figura cambió. Me tocó el ego. Fue como una bofetada.

[Tampoco para que te mofes en mi cara. Ni cagando, cojudo. Estás bien equivocado. ¿Tú sabes con quién estás? Con papá. Para tu bicla]

Recuperé compostura y lo volví a mirar fijamente, tratando de verme más tranquilo, me invadió la seguridad en mí mismo otra vez.

Su risa cachosa cesó, miró para otro lado un par de segundos y cuando regresó a mí me dio una sonrisa. Me miró bonito – casi casi compasivo – le correspondí la sonrisa.

[Ah ya, huevon. Ahora sí]

El semáforo cambió a verde y el carro empezó a avanzar.
Lo más lindo es que el chico con la bicicleta también y se mantuvo a un par de metros de mi ventana durante casi una cuadra y a ratos nos mirábamos otra vez. Cero malicia, se había creado complicidad. Al menos no era nada incómodo. Al contrario. Y así fue hasta que lo perdí de vista.

Me quedaron dos lecciones muy bien aprendidas de esa experiencia. Primero que nada, jamás le coquetees a nadie en bicicleta (¿se imaginan si se hubiera asado?, realmente me arriesgué, me fui con todo y ya uno tiene que ser más prudente). La segunda, y la más importante, es que todo depende de la actitud. Si te agarran en momento ilícito, tú con la cabeza bien en alto, carajo. Apechuga con dignidad. ¿Total? Si te van a tildar de «casco ligero» al menos que se diga que tienes personalidad. Dignidad, ante todo, pequeños revoltosos. ¿Estamos claros?
Quizá te liga y terminas paseando en bicicleta como el Carlos Vives y la Shakira. Pendejerete, quizá. Indigno, JAMÁS.

[Anota hija, que ese consejo es oro blanco, líquido y gratuito. Por ser tú].

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