Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Cuatro poemas de «La Voz de la Manada» Por Miguel Ángel Sanz Chung”

Ítalo Costa Gómez





1. TORTUGA.

Cuando me exigen
una muestra de grandeza
con la mirada jadeante
y las patas sudorosas,
hurgando entre mis ropas
como si escondiera adrede
la materialización de mi talento,
no puedo más
que abandonarme
a los aullidos,
a la sorna de las Hienas,
a las fauces abiertas que muestran,
con cavernarias sonrisas
agudas estalactitas
hambrientas de carne.
No puedo más
que bajar la cabeza
pero sin rendición,
sino con la paciencia
que tenemos las Tortugas
a la ansiedad de las bestias.
Bajar la cabeza para
dejar caer la mirada
sobre mis dedos, mis escamas,
o alguna parte de mi cuerpo
que represente
el instrumento de mi esperanza.


2. PEZ.

Tras el vidrio contemplas al Pez,
te maravillas del contraste de sus colores,
de su fosforescencia,
del tornasol y la plata de sus escamas parpadeantes,
de su graciosa apariencia
de diminuto submarino cromado.
Repasas los límites de su pequeño universo,
te regodeas con alegría infantil
al contemplar el castillo de juguete
que te recuerda la leyenda
de la ciudad perdida bajo el agua,
sientes cosquilleos en la planta de los pies
y sonríes
mientras fijas tu atención en cada detalle:
los cubos de plástico que imitan bloques de piedra clara,
la arenilla que semeja el fondo del lecho marino,
las cuatro especies de plantas creciendo desde la nada
y el pequeño motor en una esquina
vomitando burbujas como un buzo.
Todo lo que existe en ese recinto transparente
ilumina tu alma de Anémona danzante.
Pero la mirada del Pez es diferente,
nada de lo que ahí existe motiva sus aletas.
Aunque lo intenta, jamás halla
la prolongación del océano más allá de los cristales.
él te contempla a ti,
te mira de arriba abajo
y envidia un único detalle de tu vida:
qué extraordinario sería para él
tener esas membranas sobre los ojos
para poder cerrarlos alguna vez.


3. SAPO.

Nadie sabe lo que bulle en mi mente
mientras reposo sobre el fango
como una piedra más de este bosque.
Pero las bestias que pasan a mi lado,
solo por distinguir mi silueta
y comprobar que mi pecho se agita
lejos de ser lodo o pantano,
se atreven a fabular historias absurdas
sobre mis secretos apetitos
o mis extrañas costumbres.
Qué imaginación tan perturbada
podría verme convertido
en príncipe de alguna repugnante especie,
o inmóvil sobre una caja
tragando un sinfín de monedas
como un mendigo insaciable.
Ninguno se ha sentado a mi lado
a recibir la lluvia de otoño,
pero todos liberan sin cuidado
el río de sus palabras.
Si supieran que tras estos ojos pasmados
solo hay un hoyo grande y profundo,
un hueco lleno de aire
que nada puede saciar,
ni los insectos que trago
cuando lanzo mi lengua de goma,
ni las hembras del lago
que someto bajo mi vientre,
ni el sueño recurrente
de tener un hocico terrible
capaz de tragar de un solo bocado
a las bestias que me rodean
y murmuran a mis espaldas,
como si el idiota del Sapo
no las escuchara.


4. IGUANA

Bajo qué piedra
debo esconder el lomo,
delante de qué manantial
debo fingir ser barro,
después de qué caída de agua
debo correr sin detenerme,
sin mirar atrás, sin titubear ni un segundo;
hasta dónde he de llegar
parar alejarme de cada sombra extraña que aparee,
desde qué pendiente escarpada
debo lanzarme al precipicio
para terminar nuevamente con la cara sobre el río,
supino sobre una rama llevada por la corriente,
con el sol del mediodía nublándome los ojos.
Porque la espalda escamosa la asumo,
la cresta afilada que me recorre de extremo a extremo
la reconozco parte de mi cuerpo,
las uñas largas, la mirada detenida,
el color de la selva reflejado en mis pigmentos
ahora en verdad que lo agradezco;
pero la pulpa blanda de mi abdomen,
los pliegues de mi cuello atravesado por astillas,
la extensión mutilada de mi cola
eso ya no lo concibo,
ya es más que malicia o ensañamiento.
Ninguna piedra más,
ningún otro árbol ni rama que me oculte.
Todo corazón tiene su límite
y los latidos no deben acelerarse hasta el desfallecimiento.
La próxima corteza por la que ascienda
será para hartarme del forraje,
el próximo río en el que me sumerja
me recibirá como un obsequio.
En este preciso momento
en que mis miembros yacen
inmóviles en medio de la selva,
puedo disfrutar de la brisa
y del total adormecimiento;
oigo con claridad el susurro de la Lechuza a mis espaldas
y no tengo intención de mover
ni un solo dedo de esta roca.

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