Pinktoes (IX)

Chester Himes





HARLEM U. S. A.
EL PROBLEMA NEGRO Y EL JAMÓN

ERA UN JAMÓN curado, que pesaba dieciséis libras. Mamie principió por comerse dos gruesas lonjas frías para aplacar su cólera, mientras freía otras dos destinadas a limar su aguzada hambre, en espera de que hirviese el pernil, pues sabido es que el pernil hervido posee grandes propiedades terapéuticas para aliviar el dolor.

Cuando el resto del jamón estuvo cocido, se sentó para comerlo y experimentar el puro placer sensual de ingerir carne caliente. Después fue al living room con paso vacilante, para dejarse caer en el mullido sillón, ahita y más satisfecha que ningún otro día desde que emprendiera el régimen para adelgazar.

Ya ni siquiera se sentía enfadada con Joe. Ya podía quedarse con Merto u otra mujer blanca que fuese de su agrado, con tal de que a ella no le faltase un buen jamón todos los días. También se había olvidado casi por completo de Wallace Wright. En aquellos momentos, le importaba tres pepinos que Juanita asistiese o dejase de asistir a sus fiestas. En realidad, no le interesaba ofrecer más fiestas. Por un momento pensó incluso seriamente, en convertir a su baile de máscaras en una orgía de jamón. Todo el mundo hablaba de las relaciones entre las razas, la lucha contra la segregación y otras zarandajas, cuando la verdad era que la única y auténtica solución al problema negro se encontraba en el jamón.

Por lo que antecede se comprenderá que no se hallaba en disposición de discutir nimiedades cuando Mrs. Kissock recuperó el conocimiento y preguntó dónde enterrarían a Wallace Wright, para poder enviarle una corona.

Mamie le aconsejó solemnemente que se limitase a enviar un poco de jamón a Wallace, si es que verdaderamente quería hacer algo positivo por el problema negro.

—¡Fiambres! —exclamó Mrs. Kissock—. ¿Nos referimos a los restos de Wallace?
—Naturalmente —dijo Mamie, estupefacta—. Lo que yo le aconsejo es que le envíe jamón. El pobre hombre debe de necesitarlo desesperadamente en estos momentos.
—¿Jamón? ¿Habla usted en serio?
—Nunca en mi vida he hablado más en serio.
—¿Pero es costumbre que los negros de Harlem entierren a sus seres queridos con jamones?
—Nosotros no damos jamones a los fiambres —le enmendó Mamie—. En cuanto a mí, nada me produce mayor placer que enterrar a mis seres queridos entre mis jamones.
—Oh, querida, me parece que no la entiendo. ¿Así, creen que deben preparar el cadáver para un largo viaje?
—Cuanto más largo, mejor.
—Pero esto me parece una barbaridad, algo verdaderamente repugnante.
—Pues le aseguro que es muy agradable —exclamó Mamie, arrastrando las palabras con tono malicioso—. Usted debiera probarlo alguna vez. Es más, debiera a acostumbrarse a hacerlo.
—Nunca se me ocurriría enterrar a un ser amado entre jamones —dijo Mrs. Kissock, estremeciéndose.
—Pues no sabe usted lo que se pierde.

Mrs. Kissock hizo una mueca de disgusto.

—Detesto el jamón —afirmó con vehemencia—. No puedo soportar su sabor. Me molesta ese olor tan fuerte que tiene; además, su carne es oscura, a veces completamente negra.
—Pues su marido no estaría de acuerdo con usted —aseveró Mamie con malicia—. A él le gusta mucho la carne negra, y cuanto más sea el olor, mejor. Y si usted tuviese jamones negros, nada le agradaría más que enterrarse entre ellos.
—¡Oh, oh, ahora ya la entiendo! —exclamó Mrs. Kissock, cayendo finalmente en la cuenta—. Es usted una mujer ordinaria y vulgar. No pienso volver a dirigirle la palabra.

Salió apresuradamente de la casa, muy escandalizada al enterarse de las preferencias que manifestaba el doctor Kissock por los jamones negros, y prometiéndose que jamás volvería a poner los pies en casa de Mamie Mason.

Naturalmente, cuando Debbie Wills se repuso del síncope, quiso saber más cosas sobre aquella Brown Sugar, con la que su marido tenía una aventurilla.

Mamie miró a Debbie con sus ojos vidriosos y le dijo:

—Todo es una cuestión de jamón, nena. Brown Sugar tiene unos dulces y jugosos jamones morenos que enloquecen a tu marido, el cual ya está cansado de ver tus jamoncitos blancos sin curar. ¿Lo entiendes ahora, nena?

Debbie se fue hecha un basilisco, prometiendo no volver. Y lo que es más, se encaminó en derechura a su piso del centro, en busca de su hija, para llevársela inmediatamente a casa de su madre, dejando en el departamento al gato inválido, para que le hiciese compañía a Art al regresar.

Y así es como circuló la voz de que docenas de distinguidos negrófilos abandonaban a sus esposas blancas con las que llevaban muchos años de casados, para irse con morenitas apetitosas que les proporcionaba aquella fabulosa proveedora de gatitas llamada Mamie Mason.

Es ocioso decir que se produjo un mayor pandemónium entre el segundo sexo blanco que el que causó la integración de los preservativos en Little Rock, en Arkansas. Muchas señoras blancas que se sabía que frecuentaban las fiestas de Mamie Mason sufrieron súbitos ataques de negrofobia, que llenaron de pánico a sus médicos, los cuales diagnosticaron hidrofobia, aunque no pudieron hallar la mordedura del perro, y mucho menos al sucio can.

Naturalmente, todo el mundo sabe el desprecio que siente la revista Wort por Truth. Wort no podía aceptar un reportaje sobre las dos o tres docenas de encopetadas damas blancas presas de súbita negrofobia, ni la noticia tendenciosa según la cual Mamie se dedicaba a la trata de negras y cobraba mil dólares por cada negrita que proporcionaba a un hombre blanco y —cuidado, que esto es confidencial— la misma cantidad por los hombres blancos que proporcionaba a las negras. Estos temas eran demasiado sobados y chabacanos para Wort. La clase de chismorreos buenos únicamente para comadres y que se encontraban a espuertas en todos los capítulos de cualquier novela norteamericana realista. Lo que Wort quería era algo que echase leche a la genética y permitiese obtener después de un buen batido un poco de mantequilla política; algo que chamuscase los testículos de los racistas y helase la sangre en las venas a los herejes. Wort quería algo que obligase al problema negro a apelar al estupro. Wort quería convertir a un simple soplido en huracán.

Entonces, Wort publicó un original en el que se aseguraba que Mamie Mason estaba a la cabeza de un culto organizado para la gente de color, que se proponía bastardear toda la raza blanca. Según Wort, este plan preveía incursiones en masa de las mujeres negras contra todos los hombres blancos que hubiesen cometido la estupidez de pasar de los cuarenta, y también a todos los blancos de menos de cuarenta años que: 1) tuviesen predilección por el budín de chocolate; 2) fuesen amantes del jazz; 3) prefiriesen el café a la leche; 4) diesen palmadas a los traseros negros; 5) creyesen en la posibilidad de cambiar de suerte; 6) tuviesen mamaítas negras; 7) comiesen carne negra; 8) les gustase escuchar blues. Después de esto, vamos a ver, ¿quién quedaba para ir en los «autobuses del odio»?

Las señoras blancas no adoptaron una actitud pasiva ante esto, pues no se olvide que eran descendientes de los pioneros que doblegaron a los pieles rojas. Sabían lo bastante, en este caso, para combatir el fuego con el fuego.

Así es como se produjo el gran fenómeno sociológico del siglo XX, cuando unas damas blancas completamente normales y juiciosas hicieron lo imposible por volverse negras.

Por supuesto, y como todo el mundo sabe, millones de señoras blancas han estado haciendo esto durante varias décadas en La Florida, la Costa Azul y otros lugares parecidos, pero en tales casos es perfectamente comprensible pues además de ser los rayos solares gratuitos, estas personas tienen derecho al beneficio de la duda. Pero las señoras blancas que se oponían a los planes de Mamie Mason, para ennegrecer toda la raza blanca, estaban tan cuerdas como tú y como yo.

A consecuencia de ello, se produjo una inmediata demanda de lociones solares y lámparas de rayos ultravioleta. Pero pronto se comprobó que su eficacia era muy limitada. Cuando las señoras blancas se proponen ser negras, no se contentan con ponerse como un langostino o broncearse ligeramente.

Como es natural, muchos individuos sin escrúpulos se aprovecharon de esta situación. La casa productora de cosméticos que había hecho saneados ingresos fabricando y distribuyendo aquel blanqueador de confianza llamado «No más negros», garantizado para blanquear la piel más negra, lanzó inmediatamente un nuevo producto al mercado, que bautizó con el nombre de «Negro Bayón», que, según la publicidad que lo acompañaba, ennegrecía la epidermis más blanca. En realidad, era el mismo producto, en el que se había sustituido el blanqueador a base de cloro por tinta tipográfica.

Asimismo, los fabricantes de aquellos dos renombrados productos para alisar el cabello crespo, «Lisopelo» y «Matacrespos», ambos fabricados a base de la misma mezcla de potasa y féculas, aunque con diferente perfume, siguieron el ejemplo de los fabricantes del «No más negros». En vez de potasa pusieron pasta de manteca de cerdo, que una vez mezclada con las féculas, salió al mercado blanco bajo el nombre de «Crespopelo» y «Lanosín», productos pregonados por la publicidad como remedios infalibles para convertir al cabello más liso en crespo.

Al ver cómo estas lociones capilares hallaban tan magnífica acogida en el mercado, un peletero que no tenía un pelo de tonto y que estaba al borde de la ruina por no poder desprenderse de un stock de pieles negras de oveja con las que pensaba hacer abrigos de astracán, empezó a fabricar aquellas pelucas negras y ensortijadas que llegaron a ponerse tan en boga, destinadas a los calvos de la infortunada raza blanca.

Así las cosas, un vendedor, dotado de gran espíritu de iniciativa, se puso a vender unos polvos para el baño con los que garantizaba convertir a la piel más blanca en una epidermis de un hermoso color achocolatado después de bañarse varios días, por el módico precio de diez dólares la libra. El único inconveniente consistía en que aquellos polvos para el baño tenían el mismo aspecto, sabor y olor que el café en polvo, con el resultado de que muchos caballeros cometieron la equivocación de beberse el agua del baño, que era demasiado cara para beberla.

Cuando en Harlem se enteraron de este lucrativo negocio, todos los negros capaces de ello se convirtieron en corredores de los nuevos productos.

Nathan, el herbolario, se puso a vender raíces que, después de masticarlas, coloreaban las encías de azul. Otro sujeto se puso a vender colirios que enrojecían los ojos. Un tercero vendió cascanueces para apretarse con ellos las uñas de los dedos y hacer que se pusiesen negras. Y se formó un equipo de pedicuros dirigidos por los doctores Foot y Black, que se especializaron en la operación de estirar y aplanar los pies de los blancos.

Ocurrió que un esbelto bailarín negro, llamado Slim, había estado haciendo de balde un favor a las blancas, por el que éstas le hubieran pagado muy gustosas. Así es que después de un pequeño y discreto ascenso, conseguido principalmente tras una cautelosa exposición de su equipo, inició su carrera de horma para las señoras blancas pues, como es sabido, éstas tienen que poner una parte determinada de su anatomía, para poder competir en un plano de igualdad con la parte correspondiente de las mujeres negras.

Por desgracia, antes de redondear su fortuna, la quebrantada salud de Slim le obligó a retirarse del negocio y a ingresar en el hospital de Harlem, dónde quedó sometido a tratamiento contra la anemia.

Hubo después el tríste caso de Biting Joe, que había perfeccionado una técnica para rizar el pelo del pubis, liso, mediante expertas aplicaciones de la lengua, y el negocio le iba viento en popa hasta el día en que no pudo resistir la tentación de pegar un mordisco. A partir de entonces, su clientela empezó a escasear… e incluso algunas de sus clientas huyeron despavoridas.

Bastantes predicadores callejeros ganaron algunos dólares enseñando a las señoras blancas cómo seguir los ritmos más practicados en Georgia, pero las dificultades con que tropezaron para contener a las señoras blancas antes de que terminasen sus lecciones, pusieron un tope a sus ingresos, teniendo en cuenta que cobraban por horas.

El individuo de espíritu más emprendedor fue un limpiabotas de Harlem, llamado Blue, que un día, al mirarse al espejo, comprendió que su piel negra como el carbón era oro puro. Provisto únicamente de una jeringuilla hipodérmica se dedicó a recorrer las residencias elegantes del centro urbano, vendiendo sangre a las señoras que deseaban asegurarse de la permanencia del cambio que iban a experimentar. Naturalmente no tenía que convencerlas porque, como todo el mundo sabe, basta una gota de sangre de un negro para convertir a alguien en una persona de color, y siendo él tan negro como era, le pagaban hasta cincuenta dólares por gota de su sangre. Una señora de color le compró cinco gotas con el dinero que su marido había ahorrado para sus vacaciones, y cuando él volvió a casa aquella noche, lo estrechó entre sus brazos y le dijo: «Mírame, querido, mírame y verás qué negra y bonita estoy.» Si no era lo bastante negra antes, cuando su marido supo en qué se había gastado el dinero de las vacaciones, la puso tan negra que daba gusto verla.

No es preciso insistir en que este fenómeno provocó una incalculable confusión entre los visitantes femeninos del Sur Profundo que, con la mayor buena fe, consideraron que sus tías y sobrinas y primas del Norte eran tan blancas como ellas. Muchas permanecieron encerradas en la habitación de su hotel durante toda la duración de su visita, permitiendo únicamente la entrada de las doncellas que podían exhibir un certificado del auténtico Tío Tom, garantizando que no sólo eran negras de verdad sino que su árbol genealógico tenía sus raíces en África.

Pero las señoras blancas del Norte pronto descubrieron que las ventajas de ser negra no se limitaban a conservar el marido, sino que: 1) Los tiburones no se las comerían, pues es sabido que la carne negra no es del agrado de los escualos; 2) La suciedad no se vería en su epidermis y, por consiguiente, no tendrían que bañarse; 3) podrían tener amantes negros, sin que nadie tuviese nada que objetar; 4) asimismo, podrían hacer faenas de la casa, embolsándose el salario del servicio; 5) finalmente, tener relaciones sexuales con su marido en el cuarto de los trastos viejos, sin necesidad ya de invitar a extraños ni preocuparse por él; 6) podrían llevar vestidos de colores chillones, sin provocar risitas en sus amigas; 7) olvidar el problema negro y detestar a todos los negros que les fuesen antipáticos, sin experimentar sentimientos de culpabilidad; y 8) si viniesen malos tiempos, podrían irse al cielo, sin necesidad de morirse… es decir, a uno de los cielos que ofrecían los sacerdotes negros.

Lo paradójico de esta situación era que las señoras de color se Harlem se escandalizaron igualmente cuando Wort afirmó que las señoras blancas de los barrios elegantes de la ciudad habían iniciado una arrolladora contraofensiva coordinada con una terapéutica psiquiátrica infalible, presidida por divisas tan combativas como: Ojo por ojo, diente por diente y negro por negro… Rebájese usted y pruebe un negro… ¿Tiene apetito? Llame a un negrito. Y cuando Wort insinuó que incluso la gran Mamie Mason se había dejado arrebatar su negro Joe por una joven pinktoe, las señoras negras de Harlem experimentaron un pánico parecido al que previamente se había apoderado de las damas blancas del centro.

La situación llegó a ser tan crítica, que causó gran alarma entre las personas responsables de ambos bandos. Se iniciaron a toda prisa campañas educativas para tranquilizar a todos y se retransmitieron por toda la red de emisoras nacionales.

Varios eminentes antropólogos manifestaron, a fin de calmar el temor del mundo, que los antiguos restos óseos de ambas razas se podían considerar muy parecidos, salvo algunas diferencias craneanas insignificantes, y que eran desde luego del mismo color, o sea blancos. ¿Hace falta decir que esto no produjo el efecto esperado en ambas razas? A las mujeres negras les molestó sobremanera saber que sus ilustres antepasados tenían la osamenta blanca. Y las mujeres blancas rechazaron con desdén la afirmación de que la raza negra tenía huesos blancos.

Después de este estrepitoso fracaso, varios notables evolucionistas apelaron a los elementos ateos, insistiendo en la evolución del hombre y afirmando rotundamente que no se podía distinguir a una amiba de otra y que, por consiguiente, todo aquel alboroto sobre las diferencias raciales que se señalaban entre los descendientes de las amibas era una completa sandez. La referencia a las amibas resultó muy comprensible para los blancos, incapaces de distinguir a un negro de otro, pero… ¿qué era esta tontería sobre la imposibilidad de distinguir a una persona blanca de una persona de color, aunque ambas descendiesen de las amibas?

Famosos clérigos salieron al palenque. Dejando a un lado las amibas y los huesos, e instalaron una línea directa con el Paraíso, recordando una y otra vez que todos los hombres descienden de Adán, hasta el último hijo de madre, ya sean azules, negros, blancos, amarillos o cobrizos, lo cual quiere decir que todos los hombres son primos a la vista de Dios. Pero esto sólo sirvió, en última instancia, para agravar la situación, cuando los disolutos negros de Harlem empezaron a abordar a las dignas señoras blancas que paseaban por la Quinta Avenida, para dirigirles frases y saludos de una confianza rayana en la grosería; «Hola, primita, ¿y tu cosita?»

En esta coyuntura, se recabó la ayuda de las mayores eminencias médicas de la nación, las cuales aportaron abrumadoras pruebas científicas según las cuales dentro de mil años, en plena edad atómica, toda la vida humana sería transparente, y los participantes en el acto sexual sólo podrían reconocerse por sus exclamaciones, como por ejemplo, «oh, papi, que bueno es, oh papi, me viene muy a gusto, papi,» o mediante otros sonidos relacionados con el acto, como gemidos, quejidos, chillidos y otros idos. Pero esto provocó una oleada de pánico entre los racistas. Surgieron de la noche a la mañana comités de ciudadanos blancos en todo el Sur propugnando por la supresión inmediata de todos los organismos de investigación atómica, con Rusia o sin ella.

Fue entonces cuando se acudió también al gran caudillo negro Wallace Wright en súplica de que apareciese en un programa radiofónico retransmitido a toda la nación, a fin de que el público pudiese beneficiarse de su larga experiencia en el terreno de las luchas raciales y en el combate en prod e los derechos civiles a los negros.

—Dígame, Mr. Wright —le preguntó el maestro de ceremonias—, ¿podría usted resumir en una sola palabra el optimismo que usted siente sobre las excelentes relaciones futuras de ambas razas?

Mr. Wright agarró el micrófono como un náufrago que se asiese a un triste madero y pronunció con voz estentórea la única palabra que, en su opinión, resumía el optimismo de todas las razas: —¡¡¡Socorro!!!


AGÁRRAME ESE DEMONIO

Y ESTO FUE exactamente lo que sintió también Mamie Mason, cuando supo que todas sus distinguidas amigas blancas se proponían boicotear su baile de máscaras.

¿Porque, cómo podía alcanzar sus nobles fines un gran acontecimiento social, consagrado al único objeto de mejorar las relaciones entre las razas blanca y negra, fomentando la buena voluntad y la tolerancia mediante la convivencia, salpimentada, pudiéramos decir, con unos granitos de concupiscencia y concubinato, si sólo acudían a él unos cuantos negros? Al fin y al cabo, no se podía practicar integración racial entre miembros de una misma raza. ¿De qué le serviría al problema negro que unos cuantos negros se reuniesen para comer? ¿A quién aprovecharía? ¿No sería una simple merienda de negros? ¿Y quiénes serían los jueces y el jurado? ¿Y dónde estarían los invitados de honor? ¿Quiénes ocuparían los asientos reservados? ¿Quién estrecharía las manos de los aduladores negros? ¿Quién se deleitaría con el ingenio y la vivacidad de los hermanos de color? ¿Quién se maravillaría ante su risa y apreciaría los bellos matices de su tez, su cabello crespo y ensortijado y la blancura marfileña de sus dientes, si los blancos brillaban por su ausencia? Era imposible prever los fatales efectos que esto podía tener en el problema negro.

¿Cayó Mamie en redondo, como fulminada por el rayo?

¡Nada de eso! Se tomó una purga.

Luego llamó a su mejor amiga, Patty Pearson, pidiéndole que subiese para prestarle ayuda y consuelo.

—¿Pero qué te ocurre, hijita? —exclamó Patty al ver su figura abotagada. —Me habían dicho que ibas a tener un niño, pero no supuse que fuesen tantos. ¿Cómo se llama el padre de los quintillizos?

A pesar suyo, Mamie no pudo contener la risa.

—Se llama jamón.
—¡Menudo jamón!, cielito —dijo Patty—. Es un jamón mayúsculo.

Como ninguna chica es capaz de resistir esta clase de conversación por mucho tiempo, Mamie terminó dejándose convencer por Patty para que se contemplara en el espejo. Parecía como si hubiese aplazado el nacimiento de sus hijos al objeto de permitir que siguiesen creciendo. Pero Patty no era de esas amigas tibias, capaces de dejarla allí plantada mirándose al espejo con horror. La puso sobre la báscula para que pudiese saber exactamente la gravedad que alcanzaba su estado. La aguja dio un salto. ¡Y qué salto! Había aumentado casi veinte kilos, y el baile de máscaras sólo estaba a un mes de distancia…

Dio a Patty un abrazo de oso y un sonoro beso en la boca, de los que solía reservar para Joe.

—Cariño —le dijo con tono malicioso—, eres siempre tan buena conmigo que me casaría contigo si tuviese lo que hace falta, pero en tu estado actual, temo que nuestros hijos serían eunucos.
—Además tendrían que ser míos, cielín —le dijo Patty—. A ti ya no te queda sitio para más.
—Hijita, vete corriendo abajo, dale un buen matute a ese hombre que has dejado esperando y si dices una palabra sobre mi estado a nadie, te coso lo que ya puedes figurarte.

Entonces telefoneó a su médico para darle un ultimátum: tenía que hacerle perder aquellos veinte kilos de grasa en treinta días. Luego telefoneó al reverendo Riddick para pedirle que subiese inmediatamente a verla, pues se hallaba muy necesitada de guía espiritual; por último telefoneó a Peggy, la examante blanca de Wallace Wright, para asegurarse de que estaba en casa. Cuando ella respondió al teléfono, colgó.

El reverendo Riddick era incapaz de hacer esperar a una mujer necesitada de su guía espiritual. Y tan grande era su clarividencia religiosa, que vio inmediatamente que su querida amiga tenía el demonio alojado en el cuerpo. Pero Mamie, que no estaba para bromas, le dijo que se equivocaba de puerta, y que si empezaba a luchar en su casa no se libraría de algún golpe bajo. Entonces él la miró más detenidamente y se convenció de que el demonio que la poseía, fortificado con toda la maldad de Mamie y veinte kilos de grasa por añadidura, lo pondría de espaldas sobre la colchoneta.

Pero cuando Mamie mencionó la urgente necesidad de que un sacerdote cristiano de una fe acendrada, sin mencionar otros instrumentos igualmente grandes, se fuese a casa de la amante de Wallace Wright para investirla con el espíritu de la caridad cristiana, a fin de que ella, como un favor especial hecho al problema negro, reintegrara a Wallace Wright a su legítima esposa de color, él volvió a tener la seguridad de que finalmente conseguiría el tan ansiado demonio.

—No hace falta seguir buscando más —replicó solemnemente—. Si esta mujer está poseída por el demonio, yo la exorcizaré.

Mamie le aconsejó, diciéndole que se asegurase de que el demonio había abandonado el cuerpo de la pecadora antes de arrojarlo por la ventana, porque la poseída vivía en el piso décimocuarto.

El reverendo Riddick le preguntó a Mamie si creía que él era incapaz de distinguir entre una mujer y un demonio.

Mamie repuso que hombres más santos que él habían perecido en la demanda.

El reverendo Riddick contestó a esto que tal cosa les ocurrió porque no estaban suficientemente equipados para hacer esta distinción.

Resultó, pues, que, además de estar suficientemente equipado, le dominaba un celo ardoroso cuando llegó a la calle Veintitrés, donde moraba Peggy, pues hacía ya bastante tiempo que no expulsaba a los malos espíritus del cuerpo de una mujer blanca.

Así, no tiene nada de extraño que inmediatamente percibiese un demonio salvaje, indómito y rijoso, de formidables proporciones, bajo sus senos voluptuosos, a pesar del hecho de que ella parecía ser una mujer tranquila, regordeta y recatada.

Mas, por desgracia, él no supo prever la infernal astucia de aquel demonio porque, después de mirar de pies a cabeza al apuesto, negro y corpulento reverendo Riddick, el demonio susurró al oído de su víctima que le ofreciese un té. Evidentemente, aquel té era una cocción preparada con cantáridas resecas, porque en un abrir y cerrar de ojos, todas las ropas del reverendo se desparramaron por el suelo y él se puso a exorcizar a su demonio con todo su celo cristiano.

Luchó sin desfallecer y de manera incesante con el demonio de Peggy durante toda la noche, refrescándose con algunos bocadillos y más té de cantáridas cuando la lucha tomaba un sesgo desfavorable, pero, por los malvados cuernos de Lucifer, el demonio de Peggy seguía tan fuerte y tan campante, cuando amaneció, como al principio de la batalla.

Comprendiendo que el reverendo necesitaría sobrealimentación para resistir las largas formalidades del exorcismo, ella le preparó un sustancioso y caliente desayuno a base de huevos revueltos, tostadas con mantequilla y salchichas fritas. No hay duda de que las salchichas estaban sazonadas a discreción con estimulantes en polvo, porque apenas les hubo hincado el diente y pese a lo exhausto de su estado, él volvió a exorcizar a su demonio con tanto ardor como al principio.

Exorcizó al mal espíritu con todo su fervor cristiano, apelando a su larga experiencia en aquellas lides, y, al anochecer, se sentía tan débil que apenas podía tenerse en pie.

—Es el demonio más terco de cuantos he combatido, tuvo que admitir, a punto de tirar la esponja.

Pero entonces ella le preparó una tremenda cena a base de carne asada, puré de papas, verduras, queso, café muy cargado y un gran trozo de pastel de manzana abundantemente espolvoreado con lo que parecía ser canela, pero que indudablemente era cuerno de rinoceronte triturado, uno de los más potentes afrodisíacos que se conocen. En efecto, el reverendo se abalanzó inmediatamente sobre el maligno, dispuesto esta vez a hacerle doblegar la cerviz.

Luchó con aquel obstinado demonio durante toda la noche y la mitad del día siguiente, y, cuando se sintió demasiado agotado para continuar la lucha, pues estaba lacio y con un tinte ceniciento que contrastaba con la vivacidad y la tez sonrosada de Peggy, ella volvió a atiborrarlo con tal entusiasmo que él empezó a preguntarse si lo que quería era ver a su Diablo exorcizado o ejercitado.

Pero el reverendo Riddick no era de los que renuncia a un demonio tan bueno como aquél, pese a su extremada debilidad, y, viendo que necesitaría mucho más tiempo del que había supuesto, hizo una proposición de matrimonio a la endemoniada.

—Te juro por los clavos de Cristo que consagraré los años que me quedan de vida a exorcizar tu demonio con mi hisopo —le aseguró.
—Nadie puede poner en duda tu celo, en lo que se refiere al demonio —repuso ella—. Desde luego, con el deseo que siento de que exorcices a mi demonio, nada me complacería más que saber que esto se haría legítimamente, por no decir regularmente. Pero tendrías que procurar sostenerte en pie durante la ceremonia de la boda.
—Es que ese condenado demonio me ha debilitado las piernas —confesó él, intentando en vano levantarse—. Pero si quieres hacer el favor de acercarme ese teléfono, comunicaré la noticia a Mamie Mason, pidiéndole también su valioso parecer.

Es posible que él considerase lo sucedido una gran noticia, pero para Mamie no lo fue. Por nada del mundo se hubiera perdido aquella magnífica ocasión de propagar una noticia interracial de carácter tan profético, a pesar de que la noticia no era noticia en aquellos momentos. Así es que apenas el reverendo Riddick se presentó en el departamento de Peggy, Mamie telefoneó a Patty Pearson, que era su mejor amiga, para contárselo todo. No obstante, primero le hizo jurar que guardaría el secreto, porque de lo contrario, ¿cómo podía empezar a difundir noticia de carácter tan confidencial?

A los pocos instantes, multitud de timbres telefónicos empezaron a sonar, porque Patty apenas pudo esperar a que Mamie hubiese colgado, para propalar la noticia confidencial entre sus mejores amigas, rogando encarecidamente a cada una de ellas que guardase el mayor secreto.

—¿Has dicho el reverendo Mike Riddick, chica? ¿El cura luchador?
—El mismo que viste y calza, chica.
—Con esa… pssst… de Wallace?
—La misma, hija. Se han encerrado en su departamento. Figúrate la que habrán armado.
—¡No me digas! ¿Y qué dirá a su fiel rebaño de ovejas negras?
—Asegura que la está exorcizando. Es decir, está exorcizando a su demonio.
—Santo Dios, qué nombres le dan algunos hombres.
—No me sorprendería, hija, que le hubiese hecho olvidar a Wallace, por lo que he oído decir.
—¿Lo sabe Wallace?
—Él tiene la batalla perdida, con su aparatito, después de que ella haya probado el arma secreta de Riddick.
—¿Qué dices? ¿Que la haya probado? ¿Es que es de ésas?
—Ya sabes cómo son esas… pssst… mujeres, hija. No creen que una cosa pueda ser buena si no la prueban.

Y aquella misma amiga apenas pudo refrenar su impaciencia esperando que Patty colgase para llamar a su mejor amiga y comunicarle la noticia secreta.

—¿Y si Wallace estuviese allí con ellos, hijita?
—Yo qué quieres que diga hijita… prefiero no hacer comentarios sobre los gustos de Wallace.

Y aquella amiga, a su vez, apenas pudo refrenar su impaciencia para llamar a su mejor amiga, diciendo:

—Pregúntaselo a Mamie, querida; es a la única que conozco capaz de ver a través de las paredes de las casas situadas al otro extremo de la ciudad, aunque sean de piedra.

Así, cuando Mamie fue a responder al teléfono, pocas horas después de llamar a Patty, una perfecta desconocida le preguntó con una voz de indudable acento negro:

—¿Es cierto que nuestro mejor predicador negro le está zurrando la badana a ésa… pssst… de Wallace, ahí en la calle Veintitrés, mientras Wallace los contempla paralizado?

Durante tres días con sus noches, el teléfono de Mamie no cesó de sonar, y ella tuvo que responder a infinidad de llamadas de comadres de Harlem, que querían una retransmisión directa del encuentro de lucha libre que tenía lugar en el departamento de la calle Veintitrés. Naturalmente, Mamie hizo de comentarista deportivo con mucho gusto, apelando principalmente a su imaginación, por supuesto.

—Pero ¿qué pueden estar haciendo durante tanto tiempo?
—Acaso han descubierto nuevos sistemas.
—No seas tan soviética, querida. Cuéntame lo que pasa. No seas tan reservada, por favor, que me tienes con el alma en un hilo.
—Según los mejores autores, existen sesenta y nueve maneras de hacerlo.
—La autoridad inapelable sobre estas materias eres tú, Mamie querida. Pero ya llevan ahí dos días y medio. Y anoche dijiste que habían llegado ya a la postura sesenta y siete.
—Pues eso es lo que quiero decir, nena; que ahora ya han acabado toda la serie.
—Pero según los especialistas, no pueden hacer más de veintitrés en un solo día.
—No creas a esos especialistas, hijita; no conocen a Mike Riddick.
—¿Pero cómo la llevará al altar, si ella se lo pide?
—No te preocupes por él, hijita; tiene un sillón de ruedas.

No se quedó poco sorprendida Mamie cuando se enteró finalmente de la sorprendente noticia, pues precisamente aquella misma mañana habían decidido celebrar el banquete de bodas en su propio departamento y acababa de encargar a la imprenta las invitaciones.

¿Y cómo se tomó Juanita, la doliente y abandonada esposa de color de Wallace Wright, la noticia de que la antigua amante blanca de su marido iba a casarse con el corpulento predicador negro, campeón de lucha libre? Naturalmente, la humilló que fuese un hermano de color que le hubiese arrebatado aquella mujer a Wallace, aunque fuese un predicador. Pero ella no perdió tiempo en poner de nuevo su… ejem… alojamiento negro a la disposición de Wallace, pues no ignoraba lo bien que estaba con un marido que era por lo menos blanco en su sexagésima cuarta parte, a pesar de ser negro.

¿Y cómo reaccionó aquel eminente entendido en jamones, llamado Art Wills, cuando supo que de veras era posible casarse con un jamón? Salió de estampía hacia Hoboken en busca de su blanca y pecosa mujercita Debbie, para volver con ella a casa como alma que lleva el diablo antes de que pudiese tropezar con una hermosa jamona que quisiera casarse con él, como había pasado con Bello.

Y así fue como merced a su genio maléfico, sin despreciar la espectacular asistencia representada por el negro hisopo del reverendo Riddick, verdaderamente extraordinario aunque no sobrehumano, y el blanco y sonrosada demonio de Peggy, que parecía infatigable, Mamie consiguió reconciliar al gran caudillo negro Wallace Wright con el penco de su esposa, reuniendo de nuevo a Debbie Wills con su poco afortunado marido; a causa de todo ello, correspondía a Mamie aplacar las dudas y temores de otras personas entre las que la intolerancia racial había sembrado también disensiones en fecha reciente, a fin de llevarlas de nuevo a la justicia y al amor.

¿Y qué mejor manera de conseguirlo que aquella boda interracial, preñada de tremendas consecuencias políticas y sociales, por no decir mitológicas, y refrendada con la aprobación de las personas blancas más importantes de la ciudad?

Por lo tanto, decidió llamar a sus tres distinguidos doctores en filosofía y humanidades, a saber; el doctor Oliver Wendell Garrett, presidente del consejo de administración de la Fundación Rosenberg; el doctor Carl Vincent Stone, antiguo rector y presidente del consejo de administración de la famosa Universidad negra, en la que ocupaba una cátedra el doctor Baldwin Billings Brown y el doctor John Stetson Kissock, que presidía el Comité del Sur para la Preservación de la Justicia, a fin de pedirles, discretamente desde luego, que asistiesen a la recepción, junto con sus distinguidas esposas, a causa de la incalculable importancia que ésta tenía para el problema negro. Estos caballeros, naturalmente, profundamente compenetrados con este problema, mostraron un vivo interés, en especial cuando ella les explicó con toda clase de detalles el tratamiento administrado por el negro y corpulento Riddick a la regordeta y recatada Peggy, la joven blanca.

—No me digas. ¿Quién ganó, él o ella? ¿Ese corpulento predicador negro de la tremenda… ejem… dentadura?
—Ganó él por dos cuerpos, querida. Tienes que asistir a la boda.
—¡A la boda! Bien, lo considero un gran honor. Gracias por haberme invitado. Pero la verdad es que… ejem… por desgracia, tengo que asistir a una importantísima conferencia sobre la… ejem… integración de los… ejem… retretes públicos en Birmingham, Estado de Alabama.
—Me hago cargo, querido, pero puedes tomar el avión para llegar a tiempo a la boda. Así podrás verlos bien.
—¿De veras? Pero… ejem… vestidos… ¿Puedo atreverme a proponer?… no, no sería posible… ejem… quiero decir que fuesen… desnudos…
—La ocasión no es muy adecuada, querido. Piensa lo que pasaría con los demás negros…
—Sí, ya, desde luego. ¿Una recepción? Con traje de etiqueta, claro.
—Tienes que venir, querido. Piensa en mi baile de máscaras. No puede fracasar.
—Oh… ejem… desde luego. Pero… ejem… debemos andar con tiento. Nada de un sitio público, un hotel o un lugar parecido. Debemos evitar la publicidad a toda costa.
—No te preocupes, querido, sabré estar en mi lugar.
—Sí, desde luego, comprendo lo que quieres decir. Pero… ejem… nuestras señoras asisten al centenario de la caída de Fort Sumter en Charlestón. Pero para nosotros, los hombres, lo primero… ejem… son nuestras obligaciones cívicas.
—Sí querido, lo entiendo. Pero no te olvides de pedir a Wallace que traiga a a Juanita. Esto es muy importante. Demostrará la unidad de la lucha contra la hipócrita mojigatería. El hecho de que los vean juntos, quiero decir.
—Oh, sí, me parece muy atinado. Hay que demostrar solidaridad frente a esta… ejem… calamidad… bien, no quiero decir eso… ejem… de esa situación delicada; en fin, ya me entiendes. Hoy me toca a mí, mañana te toca a ti. Pero… ejem… debemos evitar escenas a toda costa. ¿Cómo reaccionará ella frente, ante la… ejem… pinktoe ésa?
—Ya lo sabe, querido. Lo sabe toda la ciudad. Esa parejita estuvo tres días y tres noches haciéndose el amor.
—¡Qué bárbaros! ¡Tres dias, con sus noches! Atiza, ni que fuese el sitio de Vicksburg. ¿Y cómo estaban al terminar?
—Aún se sostenían. Pero él quedó muy descolorido.
—¿Ah, sí, de veras? Debilitado, ¿eh? ¿Y ella?
—Pues fresca como una rosa.
—¡Muy bien, por Jove! ¡Ja, ja! La vieja raza no ha perdido su temple. Tengo que ir pase lo que pase. Aunque sólo sea unos minutos. ¡Ja, ja! ¡Vivan las pinktoes!

(Continuará...)

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