La jornada de un interventor electoral (Final)

Italo Calvino






XI

A mitad de la jornada, la afluencia de votantes disminuyó. En la mesa se pusieron de acuerdo para los turnos de salida, así alguno de los interventores que no vivía lejos podía acercarse hasta su casa y comer un bocado. A Amerigo le tocó ser el primero.

Vivía solo, en un pequeño apartamento; una mujer a horas le hacía la limpieza y cocinaba un poco.

—La señorita ha telefoneado ya dos veces —le dijo.

Y él:

—Tengo prisa, deme la comida. —Pero más que comer quería dos cosas: ducharse y estar sentado un rato con un libro abierto delante de los ojos. Se duchó, se volvió a vestir, mejor dicho, se cambió, se puso una camisa limpia. Luego acercó la butaca a la librería y se puso a buscar en los estantes más bajos.

Su biblioteca era reducida. Con el pasar de los años se daba cuenta de que era mejor concentrarse en unos pocos libros. En su juventud había sido de lecturas desordenadas, jamás satisfecho. Ahora, la madurez le empujaba a reflexionar y a evitar lo superfluo. Al contrario que con las mujeres: la madurez le traía intolerancia, un carrusel de historias breves e insulsas que cada vez ya se veía que no marchaban. Era uno de esos solteros a los que por costumbre les gusta hacer el amor por la tarde, y por la noche dormir solos.

El pensamiento de Lía, que durante toda la mañana, mientras era un recuerdo inalcanzable, le había sido necesario, ahora le fastidiaba. Habría debido llamarla, pero hablar con ella en ese momento le habría echado a perder la red de pensamientos que estaba tejiendo lentamente. De todas maneras, Lía no tardaría en llamar, y Amerigo quería, antes de oír su voz, haber entrado en una lectura que acompañase y encaminase sus reflexiones, de modo que pudiera tomar de nuevo el hilo después de la llamada.

Pero no sabía encontrar un libro adecuado a su caso, de entre los que allí tenía: clásicos, un poco al azar; de modernos, sobre todo filósofos; algún poeta, y libros de cultura, casi avergonzándose de la presunción de haber querido ser, en su juventud, escritor. Había sido rápido en comprender el error que se esconde debajo: la pretensión de una supervivencia individual, sin haber hecho nada más para merecerla que poner a salvo una imagen —verdadera o falsa— de sí. La literatura de las personas le parecía una extensión de lápidas de cementerio: la de los vivos y la de los muertos. A estas alturas en los libros buscaba otra cosa: la sabiduría de las épocas o, simplemente, algo que sirviera para comprender algo. Mas, como estaba acostumbrado a razonar por imágenes, seguía buscando, en los libros de los pensadores, el núcleo imaginativo, es decir, que los tomaba por poetas, o bien extraía la ciencia, la filosofía o la historia razonando acerca de cómo Abraham estuvo a punto de sacrificar a Isaac, y cómo Edipo se arrancó los ojos, y el rey Lear perdió el juicio en la tempestad.

Aquí, empero, no se trataba de abrir la Biblia: sabía ya a qué habría jugado, con el libro de Job, identificando a los del colegio electoral, presidente, cura, con los personajes que en torno al afligido se dedican a persuadirlo sobre el modo de tratar con el eterno.

Más bien (cuando menos para aferrarse a esos textos que apenas los hojeas hallas siempre algo que te atrae), el comunista Amerigo buscó en Marx. Y vio, en los «Manuscritos» juveniles, un pasaje que dice:


… La universalidad del hombre aparece en la práctica justamente en esa universalidad que hace de la entera naturaleza el cuerpo «inorgánico» del hombre, ya sea porque 1) es un medio inmediato de subsistencia, ya sea porque 2) es la materia, el objeto y el instrumento de su actividad vital. La naturaleza es el «cuerpo inorgánico» del hombre, precisamente en cuanto no es ella misma cuerpo humano. Que el hombre «viva» de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su «cuerpo», con el cual debe estar en constante progreso para no morir…


Rápidamente, se convenció de que también podía significar esto: una vez fuera de la sociedad que convierte a los hombres en cosas, la totalidad de las cosas se vuelven humanas, e incluso el hombre minusválido, el hombre-Cottolengo (o sea, en la peor de las hipótesis, el hombre), es reintegrado a los derechos del género humano, por cuanto disfruta de este cuerpo total, de esta prolongación de su cuerpo: la riqueza de todo lo que existe (incluso la «naturaleza inorgánica espiritual» —leíase más arriba, quizá por un resto de hegelianismo— es decir, pensada, como ciencia y arte) convertida finalmente en su conjunto objeto de la conciencia y de la vida humana. ¿Querrá ello decir que el «comunismo» (Amerigo trataba de dar a la palabra un sonido como si fuese la primera vez que era pronunciada, para que fuera posible volver a pensar, bajo la envoltura del nombre, en este sueño de una muerte y resurrección de la naturaleza, el tesoro de la utopía enterrado bajo los cimientos de la doctrina «científica»), querrá decir que el comunismo devolverá las piernas a los cojos, la vista a los ciegos? Es decir, ¿dispondrá el cojo de tantas y tantas piernas para correr que no se dará cuenta de que le falta una de las suyas? Es decir, ¿tendrá el ciego tantas y tantas antenas para conocer el mundo que se olvidará que no tiene ojos?

Sonó el teléfono. Lía preguntaba:

—Pero dime, ¿dónde has estado toda la mañana?

Amerigo no le había explicado nada, ni tenía intención de hacerlo. No por algún motivo especial, sino porque con Lía había cosas de las que hablaba, y cosas de las que no hablaba en absoluto: y ésta era de las segundas.

—Bueno, ya sabes, hoy hay las elecciones esas, ¿no? —se limitó a decir.
—Las elecciones son una cosa que dura dos minutos. Uno va y vota. Yo también he ido.

(Por quién podía votar la chica era un problema que Amerigo no se planteaba siquiera, preguntarlo le habría costado un esfuerzo, era mezclar un tipo de problemas —sus relaciones con ella— con otro —sus relaciones con la política—. Pero subsistía en él una especie de mala conciencia, ya hacia el partido —el deber de todo comunista habría sido llevar a cabo una paciente propaganda y él ni siquiera lo hacía con su amiga, ¡estaba bien, eso!—, ya hacia ella —¿por qué no hablaba nunca con ella de las cosas que para él eran más importantes?).

—Bueno, estaba ocupado en unas cosas. Soy uno de esos que están en las mesas electorales —dijo, experimentando un gran hastío.
—Ah. Era porque quería arreglármelas para esta tarde.
—Nada. Tengo que volver.
—¿Otra vez?
—Me he comprometido —y quiso añadir—: ¿Sabes?, el partido…

(Lía, al hecho de que Amerigo estuviese con los comunistas, no le hacía más caso que si fuera de un equipo de fútbol o de otro. ¿Era justo?).

—¿Por qué no te pones de acuerdo con otro para que vaya él?
—Ya te digo: es algo que cuando uno se ha metido en ello, tiene que quedarse hasta el final, por ley.
—Pues, vaya…
—¿Qué?

Lo nervioso que era capaz de ponerle, esta chica.

—Era el último día de tu semana. ¡Pero sí, lo sabes, ya te lo había dicho, la semana del horóscopo!
—Lía, ahora, el horóscopo…
—«Semana decisiva para la vida amorosa; desfavorable para otras iniciativas».
—¡El horóscopo de esa revista!
—Es el más seguro de todos, no se equivoca nunca.

Comenzó una de las habituales discusiones, causadas por el hecho de que Amerigo, en lugar de decirle: «Los horóscopos, ¡puro camelo!», tal como le habría salido de forma natural, se enzarzaba —por su costumbre de mirar las cosas desde el punto de vista del adversario y su repugnancia a expresar conceptos obvios— en un análisis técnico de la astrología, tratando de demostrar que, justamente quien creía en los influjos de los astros, era imposible que tuviera confianza en los horóscopos de los periódicos.

—Escucha, no es sólo la posición del Sol lo que influye en la hora del nacimiento, sino…
—Pero ¿qué me importa a mí eso? ¡Tanto sobre mí como sobre ti, esos horóscopos aciertan siempre!
—Irracional, Lía, tú siempre tan irracional —Amerigo se enfadaba—, los planetas, basta un poco de lógica, Plutón, por ejemplo, según donde esté situado…
—Yo me baso en la experiencia, no en pláticas inútiles —Lía se enfurecía. En fin, que no se entendían.

Después de la llamada Amerigo se sentó a la mesa, empezó a comer, con el libro abierto delante, y mientras, intentaba reanudar el pensamiento interrumpido. Había llegado a un punto, a una rendija sutil como el agujerito de un alfiler, desde el que podía ver un mundo humano de una estructura tan distinta que hasta las injusticias de la naturaleza perdían peso, se volvían insignificantes, y terminaba ese atropellarse mutuamente que hay en la caridad, una lucha entre quien la ejerce y quien la reclama… Nada, no lo encontraba, era inútil, había perdido el hilo, ¡siempre igual con esa chica! Se habría dicho que bastaba el sonido de su voz para alterar las proporciones a su alrededor, por lo que, la cosa que se le ocurría discutir con Lía (una cosa cualquiera, una tontería, los horóscopos, el coronel Townsend, la dieta mejor para quien sufre de colitis) adquiría una importancia desmesurada, y él se veía envuelto en cuerpo y alma en una pelea que continuaba luego bajo forma de soliloquio, de desvarío interior, y que le acompañaba durante todo el día.

Reparó en que ya no tenía hambre siquiera.

«¡Irracional, así es como es, esta chica! —se repetía, enfureciéndose, pero al mismo tiempo, seguro de que Lía no podía ser más que así, y que, de no haber sido así, sería como si no existiera—. ¡Irracional, prelógica!», y al representarse el sufrimiento que le ocasionaba el modo de pensar de Lía, y al ejercer sobre él la agresión de la lógica más elemental, experimentaba un doble placer. «¡Prelógica! ¡Prelógica!»: en su pelea imaginaria seguía arrojando esta palabra al rostro de Lía, y ahora lamentaba no habérselo dicho, «¡Prelógica! ¿Sabes cómo eres? ¡Prelógica!», y habría querido que ella comprendiese enseguida lo que quería decir, mejor dicho, no; que no lo comprendiese y él tuviera ocasión de explicarle ampliamente qué quería decirle con: «¡Prelógica!», y ella se ofendiera y así él pudiese explicarle claramente, al seguir diciéndole: «¡Prelógica!», que no tenía razón alguna para sentirse ofendida, es más, «¡Prelógica!» estaba bien dicho refiriéndose a ella precisamente porque al sentirse decir: «¡Prelógica!» se ofendía como si «¡Prelógica!» fuera una ofensa y en cambio…

Tiró la servilleta, se levantó de la mesa, se pegó al teléfono, la llamó. Tenía necesidad de empezar a pelear de nuevo y de decirle: «¡Prelógica!», pero Lía, antes aun de que él hubiese dicho: «¿Sí?», dijo, en voz baja:

—Chsss… Calla…

Del fondo del teléfono le llegaba una música suave. Amerigo ya había perdido toda seguridad.

—Pero… ¿qué es?
—Chsss… —decía Lía, como si no quisiera perderse una nota.
—¿Qué disco es? —preguntó Amerigo, más que nada por decir algo.
—La-la-lan… ¿Cómo, no lo oyes? Pero si incluso te he regalado uno…
—Ah, sí… —dijo Amerigo; qué más le daba el disco—. Oye, quería decirte…
—Calla —susurraba Lía—, tienes que oírlo hasta el final.
—¡Sí, ahora me dedicaré a oír los discos por teléfono! ¡Para eso, puedo oír uno de los míos sin levantarme de la mesa!

Al otro extremo del hilo se produjo un silencio; hasta el runruneo de la música se había interrumpido. Luego Lía dijo lentamente:

—… Ah. ¿«Tus» discos?

Amerigo se dio cuenta de que había dicho lo último que debía haber dicho. Trató de arreglarlo, rápidamente:

—Los «míos», es decir, los «tuyos», los que me has regalado…

Pero era demasiado tarde.

—Sí, ya lo sé, no importa quién te los haya regalado…

Era una vieja polémica, insoportable para Amerigo. Él tenía ciertos discos, ¿no?, que tanto le daban, pero una vez, quién sabe por qué, le había dicho a Lía que nunca se cansaba de oírlos; hasta aquí nada de particular; pero cuando luego Lía supo, por una distraída afirmación suya, que aquellos discos se los había regalado una tal María Pía, había recargado tanto las tintas de la cuestión, y de una manera tan antipática, que ya era imposible hablar de ello sin pelear. Después le había regalado otros discos; y quería que tirase los viejos. Amerigo había dicho que no, por principio: tanto le daban los discos y la María Pía aquella, eran agua pasada, pero no admitía juntar unos hechos objetivos como la música de un disco con unos hechos subjetivos como el sentimiento hacia quien le había regalado el disco, no admitía tener que rendir cuentas, no admitía tener que explicar por qué no lo admitía, en fin, una historia insoportable, y ahora se veía envuelto en ella una vez más.

Tenía prisa, pero no podía cortar por lo sano sin empeorar las cosas. Tanto más que esta vez, entre ella que fingía decir las cosas que decía él:

—Oh, comprendo, una música es una música, qué tiene que ver el recuerdo de la persona… —y él que trataba de decir las cosas que debían de gustarle a ella—: Pero yo oigo los discos que más me gustan, es decir, los que has escogido tú, ¿no? —Ya no se sabía si había pelea o no había pelea.

Y al llegar a este punto Lía puso de nuevo el disco, y juntos tarareaban el tema, y entonces Amerigo, aparte, es decir, a la sirvienta que preguntaba si podía llevarse los platos, dijo:

—Un momento, ¡tengo que terminar la sopa!

Y Lía, entonces, riendo:

—Pero estás loco, ¿todavía no has terminado de comer? —Y de este modo se saludaron y no había duda de que se habían reconciliado.

El pensamiento que ocupaba a Amerigo durante la comida era éste: que del amor, el único que había entendido algo era Hegel. Antes de terminar el plato se levantó tres veces para buscar libros; pero textos de Hegel en casa no los tenía; sólo algún libro sobre Hegel o con capítulos sobre Hegel, y por mucho que los hojease entre bocado y bocado —el Deseo del Deseo, el Otro, el Reconocimiento—, no encontraba lo que quería.

Sonó el teléfono. Era de nuevo Lía. Oye, tengo que hablarte. Había decidido no decirte nada aún, pero en cambio te lo digo. No, por teléfono, no, es una cosa que no se puede decir por teléfono. En realidad, no estoy segura todavía, te hablaré de ello cuando esté segura, no: será mejor que te lo diga ya ahora. Una cosa importante, me temo que sí (hablaban con frases entrecortadas, ella porque no sabía decidirse, él porque en la habitación de al lado estaba la sirvienta —en un momento dado fue a cerrar la puerta de la cocina—, y también porque tenía miedo de comprender), es inútil que te enfades, cariño, si te enfadas es que ya lo has comprendido, bueno, segura del todo no lo estoy, pero… En fin, quería decirle que estaba embarazada.

Junto al teléfono había una silla. Amerigo se sentó. No decía nada, hasta el punto que Lía dijo:

—¿Sí? ¿Sí? —Creyendo que se había cortado la línea.

Amerigo en estos casos habría querido permanecer sereno, dueño de la situación —¡ya no era ningún niño!—, constituir una presencia tranquilizadora, protectora, y, al mismo tiempo, fría, lúcida, de quien sabe todo lo que debe hacer. En cambio, enseguida perdía la cabeza. Se le hacía un nudo en la garganta, no sabía hablar con calma, ni reflexionar antes de hablar.

—Pero no, ¿está loca?, pero cómo puede… —y enseguida era presa de la ira, una ira irreflexiva que era como un querer echarse atrás, hacia el no ser, la eventualidad que se presentaba, el pensamiento que no permitía otro pensamiento, la obligación de hacer algo, de afrontar responsabilidad, de decidir acerca de la vida ajena y de la propia. Echaba a hablar, a increpar—: Y me lo dices así, pero mira que eres inconsciente, ¿cómo puedes quedarte tan tranquila…? —Hasta el punto de provocar la reacción de ella, indignada, herida:
—¡Inconsciente lo eres tú! Mejor dicho: ¡inconsciente lo soy yo por hablarte de ello! ¡No tenía que decirte nada, apañármelas yo sola, no verte más!

Amerigo sabía muy bien que la trataba de «inconsciente» queriendo decírselo a sí mismo, era sólo consigo mismo que la tenía tomada, pero en aquel momento el arrepentimiento y el sentimiento de culpa se traducían en una aversión hacia la mujer en apuros, por aquel riesgo que podía transformar en una presencia irrevocable, en un futuro sin fin, lo que ahora le parecía un encuentro que ya había durado demasiado, acabado, relegado al pasado.

Al mismo tiempo, no le abandonaba el remordimiento por ser tan egoísta, por tener un papel tan cómodo en comparación con el de ella, y el valor de la chica le parecía muy grande, sublime, y en él, ahora, la admiración por este coraje, el afecto por esta incertidumbre de ella, tan atada a la suya, y la seguridad de ser, en el fondo, mejor de lo que aquellas primeras reacciones angustiosas lo habían revelado, de poder apelar a una reserva de maduro equilibrio y responsabilidad, lo empujaban a tomar una actitud totalmente distinta, también aquí con una prisa excesiva, a decir:

—No, no, querida, no te preocupes, me tienes aquí, estoy a tu lado, cualquier cosa…

La voz de ella no tardaba en calmarse, buscando una expresión de consolación:

—Oh, quieres decir que si… —y ya de él se apoderaba el temor de haber ido demasiado lejos, casi hasta hacerle creer que estaba dispuesto a tener un hijo de ella, y entonces, aún sin interrumpir su presión protectora, trataba de aclarar cuáles eran sus intenciones:
—Ya verás, cariño, será una cosa de nada, yo lo arreglaré, pobre amorcito, estate tranquila, unos pocos días y ni siquiera te acordarás… —y ya se alzaba de golpe, desde el otro extremo del hilo, la voz aguda, casi chillona:
—¿Qué vas a arreglar, tú? ¿Qué tienes que ver? El hijo es mío… ¡Yo si quiero tener un hijo lo tengo! ¡Yo a ti no te pido nada! ¡Yo a ti no quiero verte más! ¡Mi hijo crecerá y no sabrá siquiera quién eres!

Con esto no quería decir que quisiera el hijo de veras; acaso sólo quería desahogar el natural resentimiento de la mujer contra esta facilidad del hombre en hacer y deshacer; pero avivó la alarma de Amerigo, que protestaba:

—No, no se pueden tener los hijos así, no es serio, no es responsable… —hasta que ella le colgó el teléfono a media argumentación.
—No comeré más, quite la mesa —dijo a la sirvienta. Volvió a sentarse junto a la librería y pensaba en cuando estaba sentado allí, antes, como en un tiempo lejano, y sereno, y despreocupado. Más que nada, se sentía humillado. Para él, la procreación, en primer lugar, desbarataba sus ideas. Amerigo era un acérrimo partidario del control de la natalidad, a pesar de que su partido sobre ese punto se mostrase entre agnóstico y contrario. Nada lo escandalizaba tanto como la ligereza con que los pueblos se multiplican, y cuanto más hambrientos y atrasados están, menos renuncian a traer hijos al mundo, no tanto porque los deseen, como porque están acostumbrados a dejar hacer a la naturaleza, a la desidia, al abandono. Pero para seguir demostrando esa pesadumbre y ese estupor de socialdemócrata escandinavo hacia el mundo subdesarrollado, era menester que permaneciera él mismo exento de esa culpa…

Hoy, además, las horas transcurridas en el Cottolengo le pesaban, toda aquella India de gente nacida en la infelicidad, aquella muda pregunta o acusación a todos los que procrean. Le parecía que el hecho de haberlo visto, de haberlo conocido, no dejaría de tener sus consecuencias, casi como si la madre encinta fuera él, sensible como una placa fotográfica, o como si desde tiempo atrás la disección atómica ya trabajase dentro de él y no pudiera resultar de ello más que una progenie perdida.

¿Cómo podía volver a las lecturas, a las reflexiones universales? Hasta los libros abiertos delante de él le eran hostiles: la Biblia con todo aquel problema del perpetuar entre carestías y desiertos las generaciones de una especie humana que quiere salvar toda gota de su semen, incierto aún sobre su propia supervivencia; y Marx, tampoco él quiere frenos a la seminación humana, convencido de la infinita riqueza de la tierra: venga, todo a rebosar de fecundidad; ¡adelante!, ¡hale!, ¡bien!, ¡alegría!, ¡que no decaiga! ¿Cómo es posible no haber comprendido que, ahora, el peligro del género humano es totalmente el opuesto?

Se le había hecho tarde; en el colegio lo esperaban; tenía que sustituir a los demás; debía marcharse corriendo. Pero antes llamó a Lía otra vez, aunque no sabía siquiera qué le iba a decir:

—Lía, oye, ahora tengo que salir corriendo, pero, mira, yo…
—Chsss… —dijo ella: el disco seguía sonando como antes, como si aquella llamada de en medio no hubiese existido, y Amerigo ya empezó a alterarse («Eso es, para ella no es nada, para ella es el curso de la naturaleza, ¡para ella no cuenta la lógica de la razón, sino sólo la lógica de la fisiología!»), y, al mismo tiempo, se sintió tranquilo, porque Lía era en verdad la Lía de siempre—: Calla… Tienes que oírlo también tú hasta el final… —y, en el fondo, ¿qué podía haber cambiado en ella? Poca cosa: algo que todavía no era y que, por tanto, podía ser devuelto a la nada (¿a partir de qué momento un ser es realmente un ser?), una potencialidad biológica, ciega (¿a partir de qué momento un ser humano es humano?), un algo al que sólo una deliberada voluntad de convertirlo en ser humano podía hacer entrar entre las presencias humanas.


XII

Un cierto número de los electores del Cottolengo eran enfermos que no podían dejar la cama y la sala. En estos casos, la ley prevé que de entre los componentes de la mesa se escojan algunos para constituir una «mesa destacada» que vaya a recoger los votos de los enfermos en el «lugar de tratamiento», es decir, allí donde se encuentren. Se pusieron de acuerdo para formar esta «mesa destacada» con el presidente, el adjunto, la interventora de blanco y Amerigo. La «mesa destacada» disponía de dos cajas, una con las papeletas para votar y otra para recoger las papeletas votadas, un cuaderno especial como registro y la lista de los «votantes en el lugar de tratamiento».

Tomaron las cosas y se encaminaron. Por las escaleras los guiaba un asilado de aquellos «avispados», un muchacho pequeño y rechoncho que, pese a sus facciones feas, la cabeza rapada e, inmediatamente debajo, unas cejas espesas y juntas, se mostraba a la altura de su tarea y diligente, hasta el punto que parecía haber ido a parar allí por error, a causa de su cara.

—En esta sala hay cuatro. —Y entraron.

Era una habitación alargada y se avanzaba por entre dos blancas hileras de camas. Los ojos, al salir de la sombra de la escalera, experimentaban una sensación de deslumbramiento, dolorosa, que quizás era sólo una defensa, casi un rehusarse a percibir, en medio de cada montón de sábanas y almohadas, la forma de color humano que de él afloraba; o bien, una primera traducción, del oído a la vista, de la impresión de un grito agudo, animal, continuo: guiiii…, guiii…, guiii…, que se alzaba desde algún punto de la sala, al que, a ratos, le respondía, desde otro punto, una risotada o un ladrido estremecedores: ¡gaa!, ¡gaa!, ¡gaa!, ¡gaa!

El grito agudo provenía de una minúscula cara roja, toda ojos y boca abierta en una risa permanente, de un chico en camisa blanca, sentado en la cama, esto es, que asomaba con el busto por el embozo de la sábana como una planta crece en un tiesto, como un tallo de planta que terminaba (no había señal de brazos) en aquella cabeza como un pez, y este chico-planta-pez (¿hasta dónde un ser humano puede llamarse humano?, se preguntaba Amerigo) se movía arriba y abajo inclinando el busto a cada «guiii…, guiii…». Y el «¡gaa!, ¡gaa!» que le respondía era de uno que aún tenía menos forma, y que, sin embargo, tendía hacia adelante una cabeza toda boca, ávida, congestionada, y debía de tener brazos —o aletas— que se movían bajo las sábanas en donde estaba metido como en un saco (¿hasta qué punto un ser puede llamarse un ser, de la especie que sea?), y otros sonidos de voces le hacían eco, excitadas tal vez por la presencia de gente en la sala, y también un jadear y un gemir, como de un aullido que estuviese a punto de alzarse y se apagase enseguida, éste de un adulto.

Eran, en aquella enfermería, a juzgar por las dimensiones o por signos, como el cabello o el color de la piel, que cuentan entre las personas de afuera, en parte adultos —parecía—, en parte muchachos y niños. Uno era un gigante con una desproporcionada cabeza de recién nacido que mantenían erguida las almohadas: estaba inmóvil, los brazos escondidos detrás de la espalda, la barbilla sobre el pecho que se alzaba en un vientre obeso, los ojos que no miraban nada, el pelo gris sobre la frente enorme (¿un ser viejo sobrevivido en aquel largo crecimiento de feto?), petrificado en una tristeza embobada.

El cura, aquel de la boina, ya estaba en la sala, esperándolos, también él con una lista en la mano. Al ver a Amerigo se le mudó el semblante. Pero Amerigo en aquel momento ya no pensaba en el insensato motivo por el que se encontraba allí; le parecía que el límite cuyo control se le pedía ahora era otro: no el de la «voluntad popular», del que se había olvidado ya hacía un buen rato, sino el de lo humano.

El cura y el presidente se habían acercado a la Madre que dirigía aquella sala, con los nombres de los cuatro que podían votar, y la Madre los indicaba. Otras monjas se acercaban transportando un biombo, una mesita, todas las cosas necesarias para hacer las elecciones allí.

Al final de la sala había una cama vacía y hecha; su ocupante, tal vez ya convaleciente, estaba sentado en una silla a un lado de la cama, vestido con un pijama y una chaqueta encima, y, sentado al otro lado de la cama, había un anciano con sombrero, sin duda, su padre, que había venido a visitarlo ese domingo. El hijo era un muchacho, deficiente, de estatura normal, pero de algún modo —parecía— torpe en sus movimientos. El padre cascaba almendras al hijo, y se las pasaba a través de la cama, y el hijo las cogía y, lentamente, se las llevaba a la boca. Y el padre lo miraba masticar.

Los chicos-pez se echaban a gritar, y de vez en cuando la Madre se separaba del grupo de los de la mesa para ir a hacer callar a uno demasiado agitado, aunque con escaso éxito. Cada cosa que ocurría en la sala era separada de las demás, como si cada cama encerrase un mundo sin comunicación con el resto, salvo por los gritos que se provocaban el uno al otro, in crescendo, y que comunicaban una agitación general, en parte como una algarabía de gorriones, en parte dolorosa, gimiente. Sólo el hombre de la cabeza enorme estaba inmóvil, como si no le llegase ningún sonido.

Amerigo seguía mirando al padre y al hijo. El hijo era de miembros y cara largos, un rostro velludo y abobado, quizá medio impedido por una parálisis. El padre era un campesino vestido también él de domingo, y en cierta manera, sobre todo en lo largas que tenía la cara y las manos, se parecía al hijo. No en los ojos: el hijo los tenía inermes, como de animal, mientras que los del padre eran entornados y desconfiados, como en los viejos agricultores. En sus sillas a ambos lados de la cama, estaban vueltos de costado, de modo que se miraban fijamente, y hacían caso omiso de cuanto había a su alrededor. Amerigo mantenía la mirada sobre ellos, tal vez para descansar (o apartarse) de otras vistas, o tal vez, con más seguridad, de alguna manera, fascinado.

Entretanto, los demás hacían votar a uno en una cama. De este modo: ponían a su alrededor el biombo, con la mesita detrás, y la monja, puesto que era paralítico, votaba por él. Quitaron el biombo, Amerigo lo miró: era una cara violácea, torcida, como un muerto, con la boca abierta, encías desnudas, ojos también abiertos, desmesuradamente. Aparte de aquella cara, en la almohada hundida, no se veía más, era duro como un madero, excepto un jadeo que le silbaba en el fondo de la garganta.

Pero ¿qué, tienen el valor de hacer votar?, se preguntaba Amerigo; y sólo entonces se acordó que le tocaba a él impedirlo. Ya colocaban el biombo en otra cama. Amerigo los siguió. Otra cara lampiña, hinchada, entumecida, con la boca abierta y torcida, los globos de los ojos fuera de los párpados sin pestañas. Pero éste estaba inquieto, excitado.

—¡Aquí hay un error! —dijo Amerigo—, ¿cómo puede votar, éste?
—Sin embargo, su nombre está aquí, Giuseppe Morin —dijo el presidente. Y al cura—: ¿Es él, no?
—Sí, aquí está el certificado —dijo el cura—: impotencia motora en los miembros. Madre, ¿es usted quien lo cuida, no es cierto?
—¡Pues sí, claro, pobre Giuseppe! —dijo la Madre.

Aquél se estremecía como sacudido por descargas eléctricas, gimiendo.

Ahora le tocaba a él, a Amerigo. Con esfuerzo alejó de sí aquellos pensamientos, aquella lejana zona limítrofe apenas entrevista —¿limítrofe entre qué y qué?—, y todo lo que estaba más acá o más allá parecía niebla.

—Un momento —dijo, con una voz sin expresión, sabiendo que repetía una fórmula, que hablaba al vacío—, ¿está el elector en condiciones de reconocer a la persona que vota por él? ¿Está en condiciones de expresar su voluntad? Eh, se lo digo a usted, señor Morin: ¿está en condiciones?
—La historia de siempre —dijo el cura al presidente—, le preguntan si conoce a la Madre que está con ellos día y noche… —y meneó la cabeza, con una risita.

También la Madre sonrió, pero con una sonrisa que era por todo y por nada. El problema de ser reconocida, pensó Amerigo, no existía para ella; y se le ocurrió comparar la mirada de la vieja hermana con la del campesino que había venido a pasar el domingo al Cottolengo para mirar a los ojos al hijo idiota. A la madre no le era necesario el reconocimiento de aquellos a quienes cuidaba, el bien que obtenía de ellos —en compensación al bien que les daba— era un bien general, del que nada debía desecharse. En cambio, el anciano campesino miraba al hijo a los ojos para hacerse reconocer, para no perderlo, para no perder aquel algo que, aunque poco y mal, era su hijo.

La Madre, si de aquel tronco de hombre con certificado electoral no salía ninguna señal de reconocimiento, era la menos preocupada de todos: y, sin embargo, se afanaba en despachar aquella formalidad de las elecciones como una de las tantas que imponía el mundo de afuera y que, por medios que ella no se preocupaba por averiguar, condicionaban la eficacia de su servicio; y así trataba de levantar aquel cuerpo apoyando los hombros en las almohadas, hasta que casi pudiese dar la impresión de que estaba sentado. Pero ninguna posición era ya adecuada para aquel cuerpo: los brazos, en el camisón blanco, estaban encogidos, con las manos dobladas hacia adentro, y del mismo modo tenía las piernas, como si los miembros tratasen de volver dentro de sí mismos para buscar un refugio.

—Pero, hablar —dijo el presidente, con un dedo levantado, como pidiendo disculpas por la duda—, ¿no puede?
—Hablar, no, señor presidente —dijo el cura—, ¡eh!, ¿hablas, tú? ¿No, no hablas? Ya ve que no habla. Pero entiende. ¿Sabes quién es ella, sí? ¿Es buena? ¿Sí? Entiende. Por lo demás, ya votó la otra vez.
—Sí, sí —dijo la Madre—, éste siempre ha votado.
—Porque es así, pero, en cambio, entiende… —dijo la interventora de blanco: una frase que no se entendía si era una pregunta, una afirmación o una esperanza. Y se dirigió a la Madre, como para implicarla también a ella en su pregunta-afirmaciónesperanza—. Entiende, ¿no?
—Ah… —la Madre abrió los brazos y alzó los ojos al cielo.
—Ya basta de esta comedia —dijo Amerigo, secamente—. No puede expresar su voluntad, conque no puede votar. ¿Está claro? Un poco más de respeto. No es necesario hablar más.

(¿Quería decir «un poco más de respeto» hacia las elecciones o bien «un poco más de respeto» hacia la carne que sufre? No lo especificó).

Se esperaba que sus palabras suscitasen una batalla. En cambio, nada. Nadie protestó. Con un suspiro, meneando la cabeza, mirando al hombre contrahecho:

—Sin duda, ha empeorado —convino el cura, en voz baja—. Hace tan sólo dos años, votaba.

El presidente mostró el registro a Amerigo:

—¿Qué hacemos: lo dejamos en blanco o levantamos un acta aparte?
—Dejémoslo. Dejémoslo estar —fue todo lo que supo decir Amerigo; pensaba en otra pregunta: si era más humano ayudarlos a vivir o a morir, y tampoco a ésa habría sabido dar una respuesta.

Así había ganado su batalla: el voto del paralítico no había sido extorsionado. Mas un voto, ¿qué importancia tenía, un voto? Esto era lo que le hacía saber el Cottolengo con sus gemidos y sus gritos, mira tu voluntad popular en qué burla se convierte, aquí nadie cree en ella, aquí se vengan de los poderes del mundo, era mejor dejar pasar también aquel voto, era mejor que aquella parte de poder ganada de este modo permaneciera indeleble, inseparable de su autoridad, que la llevasen encima para siempre.

—¿Y el 27? ¿Y el 15? —preguntó la Madre—. Los otros que habían de votar, ¿votan?

El cura, tras echar una ojeada a la lista, se había acercado a una cama. Volvió meneando la cabeza:

—También ése está mal.
—¿Ya no reconoce? —dijo la interventora, como quien se informa de un pariente.
—Ha empeorado. Ha empeorado —dijo el cura—. Es inútil.
—Entonces, a éste también lo tachamos —dijo el presidente—. ¿Y el cuarto? ¿Dónde está el cuarto?

Pero el cura a estas alturas lo había aceptado, ya sólo quería terminar de una vez.

—Si uno no puede tampoco podrán los demás; vamos, vamos —y empujaba por el brazo al presidente que trataba de comprobar los números de las camas y que en un momento dado se detuvo ante el gigante inmóvil de la cabeza enorme, y buscó en la lista como para cerciorarse de que el número del cuarto votante era aquél, pero el cura lo iba empujando—: Vamos, vamos, ya veo que aquí todos están mal…
—Los otros años se lo hacían hacer —decía la Madre, como si hablase de inyecciones.
—Pero ahora están peor —concluyó el cura—. Ya se sabe, los enfermos o se curan o empeoran.
—No todos están en condiciones de votar, se entiende, pobrecitos —dijo la interventora como disculpándose.
—¡Oh, pobres de nosotros! —rió la Madre—. Los hay que no pueden votar, vaya si los hay. Si viera allí en la galería…
—¿Se pueden ver? —preguntó la interventora.
—Pues claro, vengan por aquí —y abrió una puerta de cristales.
—Si son de esos que impresionan, yo tengo miedo —dijo el adjunto. También Amerigo se había echado atrás.

La Madre seguía sonriendo:

—Pero no, por qué miedo, hijos míos…

La puerta daba a una terraza, una especie de galería; y había unos butacones en semicírculo con otros tantos muchachos sentados, rapados de la cabeza y con la barba descuidada, las manos apoyadas en los brazos de los asientos. Llevaban batas a rayas azules cuyos faldones bajaban hasta el suelo escondiendo el orinal que había debajo de cada butacón, pero el hedor era perceptible, así como regueros que corrían por el suelo, entre sus piernas desnudas con los pies calzados con zuecos. También entre ellos había aquel parecido fraterno que reina en el Cottolengo y también la expresión era similar, en las bocas abiertas, sin forma, desdentadas: de un reír que también podía ser un llorar; y el alboroto que levantaban se fundía en una apagada algarabía de risas y llantos. De pie frente a ellos, un asistente —uno de aquellos chicos feos pero avispados— mantenía el orden, con una caña en la mano, e intervenía cuando uno quería tocarse, o levantarse, o buscaba camorra con los demás, o armaba demasiado alboroto. En los cristales de la galería brillaba un poco de sol, y los muchachos reían ante los reflejos o pasaban sin más a la ira voceando contra uno u otro, y luego enseguida se olvidaban.

Los de la mesa miraron un poco, desde el umbral, luego se retiraron, volvieron a recorrer la sala. La Madre los precedía.

—Usted es una santa —dijo la interventora—. Si no hubiera almas como la suya, estos infelices…

La vieja hermana movía a su alrededor los ojos claros y risueños, como si se hallara en un jardín pletórico de salud, y respondía a los elogios con esas frases conocidas, llenas de modestia y amor al prójimo, pero naturales, porque todo debía de ser muy natural para ella, no debía de tener dudas, desde que, una vez por todas, había elegido vivir para ellos.

También Amerigo habría querido dirigirle palabras de admiración y simpatía, pero lo único que se le ocurría era una disquisición sobre la sociedad tal como habría tenido que ser según él, una sociedad en que una mujer como ella ya no sería considerada una santa porque las personas como ella, en lugar de estar relegadas al margen, apartadas en su halo de santidad, se habrían multiplicado, y vivir como ella, para una finalidad universal, sería más natural que vivir para cualquier finalidad particular, y a todos sería posible expresarse, manifestar la parte de sí mismos sepultada, secreta, individual, en las funciones sociales, en las relaciones con el bien común propias de cada uno…

Pero cuanto más se obstinaba en pensar en estas cosas, más advertía que no era tanto esto lo que le interesaba en aquel momento, como alguna otra cosa para la que no encontraba palabras. En fin, en presencia de la vieja hermana se sentía aún en el ámbito de su mundo, confirmado en la moral en que siempre (aun siendo por aproximación y con esfuerzo) había tratado de ajustarse, pero el pensamiento que le roía allí en la sala era otro, era todavía la presencia de aquel campesino y de su hijo, que le mostraban un territorio desconocido para él.

La monja había elegido la sala con un acto de libertad, se había identificado —rechazando el resto del mundo— a sí misma en su totalidad en aquella misión o milicia, y sin embargo —o mejor: precisamente por esto—, permanecía separada del objeto de su misión, dueña de sí, felizmente libre. En cambio, el viejo campesino no había elegido nada, el vínculo que lo mantenía atado a la sala no lo había querido él, su vida estaba en otra parte, en sus tierras, pero los domingos hacía el viaje para ver masticar a su hijo.

Ahora que el joven idiota había terminado su lenta merienda, padre e hijo, sentados todavía a los lados de la cama, mantenían ambos apoyadas sobre las rodillas las pesadas manos todas huesos y venas, y las cabezas inclinadas de través —bajo el sombrero calado el padre, y el hijo con la cabeza rapada como un recluta— de modo que seguían mirándose con el rabillo del ojo.

Sí, pensó Amerigo, esos dos, así como son, recíprocamente necesarios.

Y pensó: sí, este modo de ser es el amor.

Y luego: lo humano llega adonde llega el amor; no tiene otros límites que los que nosotros le imponemos.


XIII

Se hacía de noche. La «mesa destacada» seguía recorriendo salas: ahora, de mujeres. Con aquellos biombos que cada vez había que cambiar de sitio, nunca se acababa de recoger los votos de las camas. Estas enfermas, estas viejas, a veces se estaban diez minutos, un cuarto de hora.

—¿Ha terminado, señora? ¿Podemos pasar? —La pobre, al otro lado del biombo, tal vez estaba agonizando—. ¿Ha doblado las papeletas? ¿Sí? —Quitaban el biombo: la papeleta todavía estaba desplegada, blanca; o bien con un borrón, un garabato.

Amerigo vigilaba; la enferma debía quedarse sola detrás del biombo; aquel cuento de la vista o de las manos impedidas ya no colaba; ahora, de hacerle marcar la crucecita a la monja no se hablaba siquiera; Amerigo era inflexible; quien no conseguía hacerlo por sí solo, paciencia, no votaba.

Desde el momento en que se había sentido menos extraño respecto de aquellos infelices, el rigor de su función política se le había hecho asimismo menos extraña. Se hubiera dicho que en aquella primera sala la telaraña de las contradicciones objetivas que lo mantenían envuelto en una especie de resignación a lo peor se había roto, y ahora se sentía lúcido, como si ya todo le fuera claro, y comprendiera qué se debía exigir de la sociedad y qué, en cambio, no era de la sociedad que se podía exigir, sino que era preciso llegar hasta ello personalmente, de otro modo, nada.

Ya se sabe cómo son esos momentos en los que parece que se ha comprendido todo: un momento después tal vez se intenta definir lo que se ha comprendido y todo se escapa. Quizás en él no había cambiado gran cosa: sus acciones y sus motivos, la defensa de sí mismo, etcétera, eso es difícil que cambie; se habla, se habla, pero al llegar a cierto punto uno es como es.

Pero aquello que le parecía haber llegado finalmente a comprender era su relación con Lía, y entre aquellas camas que parecían ocultar en una vaga penumbra todo el mal que puede desfigurar unos cuerpos de mujer (estaban en una sala con archivoltas bajo altas bóvedas, apenas alumbrada por los reflejos de lámparas veladas sobre el blanco embozo de las sábanas —brazos encogidos, como ramas rojas o amarillas, descansaban en ellas—, y estas bóvedas o arcos convergían en un pilar, a cuyo pie, desde una cama, se alzaba un grito continuo y estridente, de una forma con la cabeza cubierta que debía de ser —no quiso mirar— una niña, pero reducida al solo pulsar de aquel grito, y todo lo que estaba dispuesto en torno —el escenario y las sombras que surgían de las almohadas— parecía que fuera en función de aquel único esfuerzo infantil de vivir, y que el coro de gemidos y jadeos de todas las camas viniera en apoyo de aquella voz casi sin cuerpo), Amerigo veía a Lía, pero de Lía ahora era la tristeza de los ojos grises lo que veía, la sombra huidiza al fondo de los ojos que no conseguía apartar de sí, mitigar, el modo amable que tenían los cabellos de deslizarse por los hombros suaves, pero como una criatura selvática, acurrucada, que se debatirá en cuanto la roces; y aquel modo indefenso de la punta del seno de asomar fuera del brazo, todo lo que en ella exigía una protección, una piedad, pero que no sabía comunicársela, porque en el momento en que le parecía haberlo logrado, he aquí que se volvía con una risita de desafío, ensombreciendo la mirada gris y hostil, y la caída de los cabellos se extendía hasta el nacimiento de las caderas, y la pierna alta avanzaba en un paso ligero que era como un sacudirse de encima todo lo que había antes. Mas ahora, este soñar con los ojos abiertos en Lía, esta clase de amor como un recíproco y continuo desafío o corrida o safari, ya no le gustaba en comparación con la presencia de aquellas sombras de hospital: eran lazos del mismo nudo o enredo en el que están atadas entre ellas —dolorosamente, a menudo (o siempre)— las personas. Es más, por espacio de un segundo (es decir, siempre) le pareció haber comprendido cómo podían estar juntas en el mismo significado de la palabra amor una cosa del tipo de aquella suya con Lía y la muda visita dominical del campesino a su hijo.

Estaba tan excitado por este descubrimiento que no veía la hora de hablar de él con Lía, y, viendo la puerta abierta de un despacho, pidió permiso a una monja para telefonear. El número de Lía estaba ocupado.

—Volveré más tarde, ¿le molesta? Gracias. —Y de este modo empezó a ir y venir entre la «mesa destacada» que se desplazaba entre las distintas salas, y el teléfono que comunicaba, y cada vez sabía menos qué le habría dicho a Lía, porque ahora le habría gustado explicárselo todo, las elecciones, el Cottolengo, la gente que había visto allí, pero una monja entraba y salía de aquel despacho por lo que tampoco le habría sido posible hablar largo y tendido. Y cada vez que oía la señal de comunicar, experimentaba contrariedad y alivio al mismo tiempo, quizá también porque temía que la conversación recayera sobre aquella cuestión, y no quería afrontar el problema; o mejor: quería únicamente hacerle entender que, si bien no podía haber cambiado de intención, al considerar aquella intención lo hacía, sin embargo, en un estado de ánimo distinto.

Así, aunque ahora esperando que el número de la chica continuase ocupado, no cesaba de llamar, y cuando de pronto estuvo libre, comenzó a decirle unas cosas que no tenían nada que ver sobre el hecho de que su teléfono comunicaba continuamente.

Lía también respondió con unas cosas que no tenían nada que ver, es decir, que entre ellos todo estaba como siempre, pero a Amerigo, ahora, lo que estaba como siempre le parecía tierno y doloroso, y no estaba ni siquiera atento a las palabras, sino sólo a su sonido, como si de una música se tratara.

De pronto, aguzó el oído. Le decía:

—Y además no sé qué vestidos debo llevar, si debo ponerme un chaquetón de entretiempo. ¿Qué tiempo hará, ahora, en Liverpool?
—¿Cómo? No te irás a Liverpool, ¿verdad?
—Pues claro que voy. Mañana. Salgo mañana.
—Pero ¿qué dices? ¿Por qué? —Y Amerigo estaba alarmado por lo que podía significar un viaje a Liverpool, pero también se sentía tranquilo porque un viaje tal vez eliminaba los temores de antes, y también desorientado porque Lía siempre decidía lo que menos se esperaba, y también tranquilo porque Lía seguía siendo Lía.
—Si lo sabes: tengo que ir a ver a mi tía de Liverpool.
—Pero si me habías dicho que no ibas.
—Pero tú me dijiste: «ve».
—¿Yo? ¿Cuándo?
—Ayer.
—Ya estamos como siempre. ¡Uf!, diría «ve» como diciendo: vete al diablo, no me fastidies, harto de esta historia de Liverpool, de tu tía, te diría «¡ve!», como te puedo decir ahora: «¡ve!», pero ¡de ningún modo queriendo decir que fueras!

Se enfurecía, pero sabía que el amor con Lía era precisamente el enfurecerse así.

—Pero ¡si me lo dijiste! «¡Ve!».
—¡Tú eres como aquel que se tomaba al pie de la letra todo lo que le decían!

Lía aquí se molestó.

—¿Quién es ése? ¿De quién hablas? ¿Qué quieres decir? —Como si en la frase de Amerigo hubiese captado algo extremadamente ofensivo, y Amerigo ya no sabía cómo cortar la conversación, y se sentía irritado y furioso, y, al mismo tiempo, sabía que estaba dentro, que colgar el teléfono no significaba nada.


XIV

Los últimos votos que quedaban por recoger eran de monjas que no podían abandonar la cama. Los interventores avanzaban por largos dormitorios, entre hileras de doseles con cortinas blancas, dispuestas sobre algunas camas enmarcando a una vieja monja apoyada en las almohadas, que asomaba de las colchas vestida y acicalada de punto en blanco, hasta con el ala fresca de almidón de la toca. La arquitectura conventual (quizá de mediados del siglo pasado, pero como intemporal), el mobiliario, los hábitos, hacían un efecto que debía de ser el mismo en un monasterio del diecisiete. Sin duda, en un sitio de esta clase, Amerigo era la primera vez que ponía los pies. Y en estos casos, alguien como él —entre el atractivo histórico, el esteticismo, el recuerdo de libros famosos, el interés (propio de los revolucionarios) en cómo las instituciones modelan el rostro y el alma de las civilizaciones— era capaz de dejarse llevar por un repentino entusiasmo hacia el dormitorio de las monjas, y casi dejarse caer presa de la envidia, en nombre de las sociedades futuras, por una imagen que, como esta hilera de doseles blancos, encerrase tantas cosas: sentido práctico, represión, calma, autoridad, exactitud, absurdo.

En cambio, nada. Había atravesado un mundo que rechazaba la forma, y al hallarse ahora en medio de esta armonía casi fuera del mundo, se daba cuenta de que no le importaba. Era otra cosa lo que trataba de fijar ahora, no las imágenes del pasado y del futuro. El pasado (justamente por el hecho de tener una imagen tan perfecta en la que no cabía pensar en cambiar nada, como en este dormitorio) le parecía una inmensa trampa. Y el futuro, cuando del mismo se construye una imagen (es decir, si se le incluye en el pasado), también él se convierte en una trampa.

Aquí la votación procedía más aprisa. Se dejaban las papeletas en una bandeja, sobre las rodillas de la monja sentada en la cama, se echaban las cortinas blancas del dosel, «¿Ha votado, hermana?», se levantaban las cortinas, se ponían las papeletas en la caja. La abertura del alto lecho estaba ocupada por la montaña de las almohadas y por la persona de la venerable anciana, bajo el gran pectoral blanco, con las alas de la toca que llegaban al techo del dosel. Esperando detrás de la cortina, presidente, adjunto e interventores parecían más pequeños.

«Somos como Caperucita Roja visitando a su abuelita enferma —pensó Amerigo—. Cuando alcemos la cortina, tal vez no encontraremos a la abuela, sino al lobo». Y luego: «Toda abuela enferma es siempre un lobo».


XV

Todos los componentes de la mesa estaban de nuevo juntos en el local de la sección. Ya no había mucha afluencia: los nombres no señalados, en la lista de electores, eran pocos. El presidente, una vez pasada la tensión nerviosa, daba muestras, por reacción, de un buen humor igualmente desconcertante:

—Ah, mañana todavía el escrutinio, y después, ¡se acabó! Señores, ¡nuestro deber lo hemos cumplido! ¡Ah, durante cuatro años, al menos, no pensaremos más en ello!
—Más bien empezaremos a pensar en ello entonces… —balbució Amerigo, previendo (pero se equivocaba) que la jornada que estaban viviendo sería recordada entre las fechas de una involución italiana (en cambio, la famosa «ley-estafa» no pasó; Italia siguió adelante expresando cada vez más su alma bifronte), de un endurecimiento mundial (pero en todo el mundo las cosas que parecían más duras se movían), tranquilizando sólo a las conciencias perezosas como aquel presidente de mesa, y sofocando la necesidad de buscar conciencias despiertas (en cambio, todo se mostró cada vez más complejo, y fue cada vez más difícil distinguir lo positivo y lo negativo dentro de cada cosa positiva y negativa, y más necesario descartar las apariencias y buscar las esencias que no fueran provisionales: pocas y aún inciertas…).

Ahora los interventores hacían corro en torno a uno de los últimos que habían votado, un hombretón con gorro. No tenía manos, de nacimiento: dos muñones cilíndricos le salían de las mangas, pero apretándolos uno contra otro sabía agarrar y maniobrar objetos, aun pequeños (el lápiz, una hoja de papel; y de hecho había votado él solo, había doblado él solo las papeletas), como si los sujetaran dos enormes dedos.

—Todo: incluso encenderme un cigarrillo —decía el hombretón, y con movimientos rápidos cogía el paquete del bolsillo, lo llevaba a la boca para sacar de él un cigarrillo, sujetaba la caja de cerillas bajo la axila, encendía, echaba una bocanada, impasible.

Todos estaban a su alrededor, preguntándole cómo podía hacerlo, cómo había aprendido. El hombre respondía con brusquedad: tenía una gran cara sanguínea de viejo obrero, firme, sin expresión.

—Lo sé hacer todo —decía—. Tengo cincuenta años. Crecí en el Cottolengo. —Hablaba con la cabeza alta, con un aire duro casi de desafío.

Amerigo pensó: el hombre triunfa hasta de las malignas mutaciones biológicas; y reconocía en las facciones del hombre, en su vestuario y actitud, los rasgos que distinguen a la humanidad obrera, privada ella asimismo —el símbolo y la letra— de algo de su plenitud, y, sin embargo, capaz de autoconstruirse, de afirmar la parte decisiva del homo faber.

—Sé hacer todos los trabajos por mí mismo —decía el hombretón con gorro—. Fueron las monjas quienes me enseñaron. Aquí en el Cottolengo hacemos todos los trabajos nosotros mismos. Los talleres y todo. Somos como una ciudad. Yo siempre he vivido dentro del Cottolengo. No nos falta nada. Las monjas no permiten que nos falte nada.

Se mostraba seguro e impenetrable: en aquella especie de ostentación de su fuerza y de su adhesión a un orden que había hecho de él aquello que era. ¿La ciudad que multiplicará las manos del hombre, se preguntaba Amerigo, será ya la ciudad del hombre entero? ¿O el homo faber vale en la medida en que nunca considerará suficiente su integridad?

—¿Las quiere, eh, a las monjitas? —preguntó al hombretón la interventora de la blusa blanca, ansiosa de oír una palabra consoladora al término de aquella jornada.

El hombre seguía contestando secamente, casi con hostilidad, como el buen ciudadano de las civilizaciones productivas (Amerigo pensaba en cada uno de los dos grandes países).

—Gracias a las monjas conseguí aprender. Sin las monjas que me ayudaron, yo no sería nada. Ahora puedo hacerlo todo. No puede decirse nada contra las monjas. Como las monjas no hay nadie.

La ciudad del homo faber, pensó Amerigo, corre siempre el riesgo de tomar sus instituciones por el fuego secreto sin el cual las ciudades no se fundan ni las ruedas de las máquinas se ponen en movimiento; y, al defender las instituciones, sin darse cuenta, puede dejar apagar el fuego.

Se acercó a la ventana. El ocaso rojeaba aún entre los edificios tristes. El sol ya se había puesto, pero quedaba un resplandor tras el perfil de los tejados y los cantos, y abría en los patios las perspectivas de una ciudad nunca vista.

Mujeres enanas pasaban por el patio empujando una carretilla de haces de leña. La carga pesaba. Llegó otra, alta como una giganta, y la empujó, casi corriendo, y se rio, y todas rieron. Otra, también alta, se acercó barriendo, con una escoba de sorgo. Una muy gorda empujaba por unas barras altas un recipiente-carrito, sobre ruedas de bicicleta, quizá para transportar la sopa. Hasta la última ciudad de la imperfección tiene su hora perfecta, pensó el interventor, la hora, el instante, en que en cada ciudad hay la Ciudad.


1953-1963

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