ELEFANTIASIS EN SEPIA [FRAGMENTO]

Estefanía Farias Martínez

Portrait of a Woman (1934)-Kazimir Malevich









ELODIA y CIPRIANO se casaron cuando él consiguió su primer empleo. El sueldo era bueno y no quisieron dilatar más el noviazgo. Como regalo de bodas, el suegro de ELODIA les pagó la entrada de un piso en esa parte de la ciudad. Era una zona en desarrollo donde apartamentos y locales se ofrecían a buen precio, más económicos si se localizaban en la acera de sombra. La mastodóntica estructura metálica del puente hacía irrelevante la posición del sol en aquella acera para cualquier época del año. Aún no existía la Plaza, sólo era una calle amplia y concurrida —jalonada por edificios de distintas alturas y hechuras— que discurría bajo el puente. En ese entonces aún circulaban por su única vía los cercanías dirección norte. No fue hasta unos años más tarde que ese característico traqueteo silbante dejó de escucharse por completo, los trenes fueron quedando obsoletos y las vías únicas se abandonaron.

Un día el ayuntamiento decidió hacer peatonal aquella calle de doble carril. El asfalto dio paso a una plaza adoquinada con un quiosco de obra en su mismo centro. Y el Quiosquero Primero llegó con el quiosco, dentro del quiosco. Nunca se alejaba de su atalaya, sólo salía para colocar la prensa y enseguida volvía a entrar. Era como un sorchi de guardia en la garita.

Cuando CIPRIANO tenía que ir de viaje, ELODIA se levantaba antes de las seis. Le despertaba y desayunaba con él. A las siete CIPRIANO salía de casa para llegar al aeropuerto con tiempo. Ella le veía irse en el taxi desde la ventana del salón. A esas horas en la Plaza sólo había dos luces encendidas: la de la casita de la valla verde y la del quiosco. El Quiosquero Primero cortaba las cuerdas de los paquetes de prensa y colocaba los ejemplares en el expositor. ELODIA veía una furgoneta de reparto junto al quiosco y al Quiosquero Primero hablando con el conductor. A veces gesticulaban mucho, como si estuvieran discutiendo, y el Quiosquero Primero terminaba dándole una palmadita en el hombro al otro. ELODIA se lo comentó a CIPRIANO y él le dijo que lo más probable es que fuera una disputa por los colores. Ella sonrió (como hacía siempre que no sabía de qué hablaba él) y él rápidamente la sacó de su ignorancia: discutían de fútbol. Inmediatamente ella perdió todo interés.

Los días que hacía bueno, ELODIA se bajaba a la Plaza con su silla plegable y su labor y se sentaba a tomar el sol como otras de las vecinas. Algunas bajaban con los niños (que correteaban de un lado para otro) y cuando querían tenerlos tranquilos, les mandaban al quiosco a por chucherías. ELODIA observaba el movimiento de la gente y al Quiosquero Primero, que a su vez vigilaba toda la Plaza desde su enclave estratégico. Ellos dos hicieron buenas migas desde el primer día.

La acera de sol estaba plagada de carteles de “Se alquila” y “Se vende” en bajos y apartamentos. Pero una mañana desapareció uno de los “Se alquila”, el del bajo de un edificio en la parte sur de la calle. Esa misma semana una cuadrilla de obreros estuvo entrando y saliendo de ese local. También llegaron varios camiones pequeños con electrodomésticos y muebles y una furgoneta con cajas. El Quiosquero Primero, atento a cada movimiento, obtenía información privilegiada de las fuentes más fiables: los obreros y los conductores de los camiones y las furgonetas de reparto que se acercaban a echar un cigarrillo con él y le compraban una cajetilla o un paquete de tabaco de liar. ELODIA y el resto de las vecinas, aposentadas en sus sillas plegables, asistían al espectáculo como si estuvieran en el cine. Las más audaces, ELODIA entre ellas, se acercaban al quiosco para indagar en las pesquisas del Quiosquero Primero. Esa primera semana se supo que iban a abrir un bar, que el local era estrecho y no cabían muchas mesas porque el inquilino se había empeñado en poner una barra ancha de taberna. Como la novedad se convirtió en rutina, el interés decayó hasta que una tarde llegó una furgoneta blanca y de ella bajó un hombre tostado de brazos largos. Sacó de la furgoneta una escalera y un cubo de pintura. Media hora después todas las vecinas se arremolinaban alrededor del quiosco. Sobre un fondo verde botella muy oscuro se pudo leer por fin “BAR DE JUANJO”, escrito en un amarillo estridente. Al día siguiente el Quiosquero Primero conoció a Juanjo Primero y como había ocurrido con ELODIA, congeniaron enseguida. El Bar de Juanjo abrió sus puertas ese fin de semana invitando a la inauguración a todos los vecinos de la Plaza. Les ofrecían un vino o una caña por persona y una amplia selección de tapas gratis para acompañar las bebidas. La tapa estrella fueron los callos con garbanzos, aunque las migas y la paella no se quedaron atrás. El Bar de Juanjo se convirtió en punto de encuentro de todos los vecinos de la Plaza. En semana el olor de los churros y las porras atraía a los madrugadores y a las señoras que volvían del mercado de abastos, al mediodía su menú único para cada día de la semana fue ganando fieles y las cenas quedaban para solteros y estudiantes.

Fue entonces cuando ELODIA decidió alquilar el local del bajo de su edificio y poner una mercería. En el barrio en el que se crió la mercería de las hermanas Maldonado era el centro de reunión de las mujeres. Allí iba su madre a charlar con las amigas, allí las nuevas vecinas tenían la oportunidad de darse a conocer y relacionarse con las demás. Siguiendo el ejemplo de las Maldonado, ELODIA no tenía horarios fijos, tampoco sobresaltos. Abría un rato por la mañana y otro por la tarde, dependía de lo ocupado que estuviera CIPRIANO. Si él tenía reuniones que le impedían volver a casa a comer o estaba de viaje o salía muy tarde de la oficina, ella pasaba más tiempo en la mercería. Cuando alguna clienta encontraba en la puerta el cartel de “Vuelvo en cinco minutos”, llamaba al timbre y ELODIA bajaba. No tardó mucho en conocer a casi todas las mujeres del barrio y a FERMÍN, aún era un crío pero iba con Honoria, su madre, y elegía para ella los botones, las cintas de raso y los encajes.

Ese verano más carteles de “Se alquila” y “Se vende” desaparecieron de locales y apartamentos en la acera de sol. Otra vez camiones pequeños de mudanza aparcados en la misma Plaza y cuadrillas de obreros entrando y saliendo de los bajos de los edificios. Para otoño la Plaza ya tenía pastelería: Mi dulce Margarita. El aroma de los torteles de MARGARITA competía con el de los churros de la mujer de Juanjo Primero. Los domingos los hombres se agolpaban en el Bar de Juanjo, mientras que las mujeres y los niños encontraron su propia parroquia en Mi dulce Margarita, entre bollería tradicional y trufas y bombones innovadores y exquisitos. Ese verano también llegó CARRILLO, el dentista, y puso su consulta encima de la pastelería.

ELODIA apenas llevaba un par de años con la mercería cuando nacieron los gemelos y CIPRIANO la convenció para que buscara ayuda. El Quiosquero Primero le recomendó a ANGELITAS, le dijo que era limpia y honrada, y muy seria y ELODIA la contrató. ANGELITAS vivía en el barrio, pero no en la Plaza y al principio su carácter algo tosco, unido a la condición de foránea, no convencía a las clientas de ELODIA. Pero se las fue ganando poco a poco.

Los últimos en llegar a la Plaza fueron PEPI y TORCUATO, para entonces ya no causaba tanto impacto la desaparición de los carteles de “Se alquila” y “Se vende”. Tampoco producía conmoción el camión de la mudanza, el de los muebles ni la cuadrilla de obreros. El enorme cartel donde se leía “Jamonería LOS GIRASOLES” sólo obtuvo unos “Anda mira, otro bar”. Por desgracia uno de esos comentarios salió de boca de ELODIA y el perspicaz oído de PEPI lo captó. Estaba de espaldas, dando instrucciones al hombre que pintaba el cartel. Se giró bruscamente y la vio. ELODIA charlaba con ANGELITAS camino del Bar de Juanjo. Unas horas más tarde PEPI y ELODIA se encontraron cara a cara en la escalera del edificio, ELODIA la saludó muy efusiva, por fin tenía vecinos. Esa semana PEPI fue a la mercería a por unos botones para la camisa de guapo de TORCUATO y ahí estaba ELODIA, detrás del mostrador.

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