Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La casa de muñecas”

Ítalo Costa Gómez







Casi nunca he recibido los regalos que he querido durante mi niñez – bien saben que casi siempre mi vida es un casi -. A pesar de que siempre he sido bastante engreído nunca daban en el clavo y no porque tuvieran feo el corazón y horribles los sentimientos sino más bien gracias a que yo no podía expresar mis gustos y ellos menos adivinarlos. Me llenaban de carritos a control remoto, soldaditos, pelotas de todos los colores y tamaños (Kiko era un huevón a mi lado. Yo sí tenía pelota cuadrada), trenes con todo y sus rieles, avioncitos, juegos para armar en madera y demás huevadillas que o parecían objetos de museo en mi habitación (porque nunca jugaba con ellos) o los rompía, los malograba con extrema facilidad.

Yo quería que me regalaran una canastita para mi bicicleta. Quería que pintaran las paredes de mi cuarto con nubes, quería unos patines púrpura iguales a los que tenían mis primas, quería una cartuchera de Hello Kitty y más que nada en el mundo quería que me regalaran una muñeca. Una jodida «Barbie» era mi anhelo de pequeño. Por supuesto que nunca la tuve, pero un día, ya de grande, el gesto de una niña logró que yo tuviera una. Me regaló una experiencia preciosa que contarles esta mañana.

[I’m a Barbie girl in a Barbie world]

Cuenta la historia que la hija de mi amiga Gracia, Lily, había cumplido 6 años. Siempre que iba a visitarlas ella se me lanzaba encima para que la cargara y jugábamos de todo. Después de diez minutos de llegar a su casa siempre parezco un soldado que acaba de volver de la guerra. Cansado, sucio y despeinado aunque contento, muy contento.

Una tarde estábamos jugando y me trae dos muñecas grandes.

-Mira, tío Italo. Me las regaló mi papá.
-¡Qué lindas! Me encantan. Si quieres tú juegas con una de las muñecas y yo con la otra.
-¡Ya! – entusiasmadísima se sentó en el suelo conmigo.

Después de divertirnos buen rato Lily me preguntó si yo tenía muñecas en mi casa (su mamá, Gracia, le había explicado muy bien mi personalidad y la entendía con la naturalidad y sabiduría que tienen los niños antes que los adultos los contaminemos) y le dije que no; que ya “era grande” y que de niño nunca me habían regalado una.

-Ah claro, porque tus papás no te compraban pues. Te compraban otras cosas.
-Sí, mi amor.

Se quedó pensando un rato. Nunca olvidaré lo calladita que se puso esa nena tan pequeña, su mirada se fue a otro lado. Se paró y se fue a su cuarto corriendo y cogió una de las miles de «Barbies» que tenía en su armario y me la trajo con una sonrisa de lo más ancha e inolvidable.

-Toma, tío. Te la regalo.
-¡No mi amor! Es tu muñequita. ¿Cómo me la voy a llevar? Déjala aquí y cuando yo venga jugamos con ella.
-Llévatela a tu casa. Ponla en tu casa de muñecas. Te la regalo.

Su mamá le enseñó siempre a compartir a Lily y no me sorprendía su desprendimiento, pero lo que me impactó es que esa criatura concentró su mente en que yo nunca había tenido una muñeca y toqué su corazoncito. No pensó en que ahora soy grande y que ya no juego a eso; tampoco se detuvo a pensar si yo ya tenía dinero como para comprarme una en cualquier tienda. Solo pensó en que nunca había tenido una «Barbie» y me la regaló. Su mamá se mostró orgullosa de ella y yo la llené de besos y me llevé la muñeca a su nuevo hogar.

Por personitas así amo al mundo entero para que el mundo entero me ame a mí.

Y así se escribe la historia, pequeños jugueteros, de cómo tuve mi primera «Barbie».

La tengo sentada en un estante de libros que tengo en mi habitación. La pequeña me había dicho que la ponga en “mi casa de muñecas” y así lo hice. A partir de ese día cada vez que un libro nuevo llega a mi vida y me gusta mucho lo pongo ahí para ser velado por esa rubia. Lo acomodo en mi muy particular casa de muñecas.

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