Pinktoes (II)

Chester Himes







MANHATTAN U. S. A.
LA LUZ BRILLANTE

ESTA FE de Mamie Mason brillaba con tal resplandor, que a menudo iluminaba regiones tan lejanas como la parte media de la ciudad.

Ninguno de los presentes podrá olvidar jamás aquella noche en que la mera presencia de tres negros de la parte alta de la ciudad hizo que tanta gente se iluminase, gente que no tenía intención de iluminarse y otras personas que, en tales circunstancias, no tenían derecho a hacerlo. Y todo a causa de la fe que tenía Mamie Mason en la eficacia de la radio.

Creía tan profundamente en sus efectos milagrosos que, en un momento de tierna intimidad, convenció a su queridísimo amigo blanco Paul Patterson, que hacía el famoso programa radiofónico de crítica literaria Habla el autor, para que presentase a dos escritores negros, Edward Schooley y H. Randal Pine. Aquello nada tenía que ver con el hecho de que después citase para aquella misma noche a otro famoso caballero blanco, un hombre compasivo, ya entrado en años, que había consagrado gran parte de su tiempo y energías, sin hablar de su dinero, a mejorar las relaciones entre las razas blanca y negra. Cuando el caballero de marras acudió a ella en sus años otoñales para saborear el fruto de su trabajo, y, naturalmente, el zumo de este fruto, ¿cómo podía negarse ella a complacerlo? Sencillamente, parecía lamentable perder una excusa perfectamente válida para pasarse toda la noche fuera, asistiendo en realidad al festival.

Edward Schooley y H. Randal Pine habían colaborado en la redacción de una obra sobre toxicomanía, titulada Tierra de ensueño, escrita veinte años antes por unos autores anónimos, con destino a la Administración para el Progreso del Trabajo. La obra acababa de ser publicada por la editorial neoyorquina de Thomas Hightower e Hijo. Era un libro Hightower. Y el compilador era Lou Reynolds, otro de los mejores amigos de Mamie, también blanco y de gran categoría.

Para crear el ambiente adecuado en que se desarrollaría aquella ingeniosa contienda, Lou organizó un pequeño aperitivo en su casa de la calle Cincuenta Este. Naturalmente, Julius Mason no podía faltar. Julius Mason era el hermano de Joe, y Joe Mason era el marido de Mamie, por lo que Julius tenía perfecto derecho a estar allí, le gustase o no a Lou Reynolds.

Julius llegó en compañía de si futuro jefe, Art Wills, otro de los amigos blancos de Mamie de gran posición social. El hecho de no haber sido invitados no les preocupaba en absoluto, especialmente teniendo en cuenta que ya habían trasegado varios martinis antes de llegar y entonces buscaban una chica guapa y ardiente, como es propio de todos los caballeros que asisten a un aperitivo.

Julius era un periodista que pertenecía al sufrido gremio de los maridos trabajadores, aunque de momento había dejado a su mujer en San Francisco y seguía sus inclinaciones naturales. Había ido a Nueva York para trabajar en la redacción de una nueva revista cinematográfica negra, que tenía que empezar a publicarse al mes siguiente.

Art Wills ocupaba entonces el cargo de director en la editorial que hacía tan feroz competencia a la empresa de Lou. No obstante, pensaba dimitir de este cargo para convertirse en administrador de la revista cinematográfica negra, cuando se runiesen —si es que se reunían— suficientes fondos para iniciar la publicación, o, para ser más exactos, cuando pudiesen pagarle su sueldo.

Durante otro de sus momentos de tierna intimidad con un corpulento y distinguido blanco, momentos que, de ponerse todos juntos, harían un reloj suizo, Mamie persuadió a Art para que emplease a Julius como reportero especializado en entrevistas con estrellas. Naturalmente, Art estuvo más que contento de aceptar, cuando ella se lo pidió de antemano. Al fin y a la postre, el dinero no era suyo; en realidad no había dinero.

Los motivos que tenía Mamie, naturalmente, nada tenían que ver con la intención de asegurarse la publicación mensual de su efigie en la revista planeada. ¡Naturalmente que no! Todo era en aras del problema negro. Julius era un negro, ¿no?, y como estaba constantemente pisoteado, no representada ciertamente un problema.

En consecuencia, y como resultado de este cúmulo de seguridades, Art llamó a la puerta de Lou lleno de la mayor confianza.

Lou abrió y le dirigió una mirada llena de ictericia.

—No es aquí —Le dijo.
—Sí, aquí es; aunque no me han invitado —contestó Art.

Como Art era mucho más corpulento que Lou, Julius entró sin inmutarse, dejando que los dos blancos se las entendiesen.

—¿Quién es ése? —preguntó Lou.
—También es un escritor.
—Santo Dios, otro. ¿Quién quedará para recoger el algodón y cantar «Old Man River»?
—Tú y yo.

Julius ya había localizado la bandeja con los cocteles y miraba a su alrededor en busca de alguna chica guapa que quisiera brindar con él, y observó que un hombre de color de enmarañada cabellera sostenía una conversación intelectual con una blanca de aspecto académico, y, pensando que ninguna blanca de aspecto académico sotendria voluntariamente conversaciones intelectuales en un momento como aquél, se encaminó en su direccion. Supuso que su interlocutor debía de ser Schooley, pues el único nombre que recordaba era el de Eddy. Pero como nunca acertaba ni una, resultó que, naturalmente, el caballero de color era Pine.

La verdad era que Schooley aún no había llegado. Únicamente habían aparecido por allí sus invitados. Schooley, en realidad, se pasó toda la tarde tratando de reanimar a su caprichoso embajador de buena voluntad, que se negaba a funcionar. Cuando aquel mediodía se despertó en la cama con la ansiosa señora de la casa, Merto, la mujer blanca, sintió gran humillación y disgusto al ver que aquel miembro de su séquito era incapaz de devolverle la cortesía a qué se había hecho acreedora por su hospitalidad. Ni que decir tiene que la ansiosa señora de la casa sufrió una decepción considerable, especialmente después de aquella noche febril de espera e ilusión. Sin hablar de su anfitrión blanco, Maurice, que estaba mirando pacientemente por el ojo de la cerradura, en espera de lo que pensaba ver. Es ocioso señalar que su ansiosa compañera blanca apeló a toda la gimnasia respiratoria que conocía. Pero el ingrato miembro permanecía en posición supina, lo cual, naturalmente, causó gran pasmo a la señora. El miembro parecía sano. Su tamaño era aventajado, y se veía fuerte y nudoso, destacándose sobre sus blancos muslos. Y era muy negro, mucho más negro, en realidad, que el resto de Schooley. Mas por alguna razón desconocida, sencillamente se negaba a reanimarse.

Y por esto fue que el alicaído Schooley experimentó una sed tan abrasadora, que sólo podía calmarse son alcohol puro. Desde entonces corría de bar en bar, sin pensar en su agenda; aunque, afortunadamente, su ansiosa amiga blanca tuvo la previsión de acordarse de la suya. No obstante, no se olvidó de invitar a todos sus recientes amigos blancos al coctel de Lou, posiblemente con la esperanza de encontrar entre ellos a una especialista que reanimarse a su decaído miembro.

Pero lo extraño del caso es que ni una sola vez, durante todas aquellas horas en que estuvo bebiendo, le asaltó la menor duda sobre las afinidades que presentaba la toxicomanía con el problema negro, lo cual demuestra cuán amplias son las ramificaciones de este problema. Schooley juraba que daría al traste con los prejuicios raciales de los blancos, con miembro fláccido o sin él. Sí, señor, les haría salir el pipí de la supremacía de sus blancas vejigas urinarias. Les golpearía su hipócrita culo y les daría patadas en sus testículos cargados de culpabilidad, lo que es más de lo que hubiera dicho si su fláccido miembro se hubiese puesto tan agresivo como él. Lo malo del caso es que libró su gran combate prematuramente y dio un susto tan grande a los blancos, que éstos le echaron una droga en el alcohol. Al menos esto es lo que a él le parecía. Pero aun así, no desesperaba. Pine continuaría la broma. Por algo llevaba Pine el nombre del robusto árbol que había proporcionado al mundo tantos y tan potentes postes. Pine proseguiría el gran combate pasando sobre el cuerpo de Schooley, caído ante el enemigo.

Pero Pine ya había atacado con toda su artillería a Julius por haberle llamado Eddy, lo cual provocó tan viva discusión sobre el problema negro que la afinidad con la toxicomanía pasó a segundo término.

—Todos los negros deberían estar furiosos —comentó una señora blanca— por la manera como los tratan.
—Esto de nada serviría —aseveró un caballero blanco—. Para resolver este problema hace falta tener la cabeza muy serena.
—Usted ya lleva mucho tiempo sereno —dijo a Julius una señora blanca de rostro arrebolado, con tal retintín que él se sintió en la obligación de defenderse.
—No confundamos la serenidad con la frialdad… —empezó a decir, con tono bastante sincero, pero la otra señora blanca le interrumpió:
—Los negros deberían tener siempre un duro…

No acabó la frase, o tal vez ya la había acabado, cuando la voz colérica de Lou Reynolds acalló el tumulto:

—¿Dónde está Schooley?

El departamento ya estaba atestado de personas que Schooley había invitado y aún llegaban más, pero nadie sabía por dónde andaba Schooley, o quería admitir que lo sabía. Ya era hora de que Lou y sus amigos se fuesen a los estudios de la emisora, pero los invitados de Schooley sentían irse antes de que llegase su anfitrión, teniendo en cuenta, sobre todo, que aún quedaban muchas copas de cóctel llenas, y, naturalmente, Lou no se sentía dispuesto a dejarlos en su casa, porque no conocía ni a uno solo de ellos. Pero, con un súbito acceso de genio, anunció que no quedaba más cóctel, y entonces todos se fueron sin rechistar.

Lou se horrorizó al saber que Schooley también los había invitado a los Estudios, que estaban tan cerca que podía irse a pie a ellos, para que asistiesen a su emisión. Se inició entonces una larga y deshilvanada procesión por la acera, encabezada por Lou y Pine.

Los transeúntes, sin duda liberales blancos interesados por el problema negro, olfatearon el interesante grupo racial mixto, e incitados por el talante jubiloso que parecía dominarlo, se unieron a la procesión, pensando que tal vez podrían aliviar algunas frustraciones, y se vieron agradablemente sorprendidos al ver que los hacían pasar a unos grandes estudios radiofónicos, para ocupar unos asientos reservados. Solamente las dos primeras filas estaban reservadas y fue necesario desalojar otras dos filas para acomodar a todos los invitados. Los acomodadores entraron en sospechas y empezaron a preguntar a los que hacían cola quién les había invitado, encontrándose con muchos que sólo sabían contestar: «A mí también.»

En la escena había una mesa y cinco sillas. La mesa era muy grande y cada lugar estaba provisto de micrófono, cenicero, lápiz con block de notas y un vaso de agua. La escena presentaba un sorprendente parecido con una escenificación de una encuesta del Congreso. Los dos reos acusados de subversión se sentarían de cara al auditorio, bajo la plena luz de la condena pública. El presidente del tribunal investigador se sentaría a la cabecera de la mesa; frente a él, al otro lado, se sentaría el fiscal. El letrado encargado de la defensa se sentaría de espaldas al público, para que sus expresiones y gestos no pudieran ser observados ni sus súplicas escuchadas.

Por lo menos, éste era el efecto que la escena produjo en Pine. Cuando subió al estrado, acompañado por Lou, tenía el aspecto de un prisionero buceando en su alma para saber si era o había sido comunista, y si era verdad o no que sus mejores amigos aún eran comunistas, responda usted sí o no.

No obstante, aquel imponente aparato escénico tenía únicamente por objeto presentar el programa radiofónico Habla el autor. Quien se sentaba a la cabecera era Paul Patterson, el íntimo amigo de Mamie, hombre amable e indulgente que no condenaba a ningún autor, fuese blanco o negro, por insultar a la inteligencia del público mientras él, Paul Patterson, cobrase sus dos mil pavos semanales. Y quien se sentaba frente a él aquella noche era el crítico invitado, en este caso Mr. S. P. Baile, crítico literario del ultraconservador periódico de la mañana El embuste Diario. Era un hombrecillo de ojos brillantes, de labios muy rojos rodeados por una tupida barba y bigote negros, que le prestaban un aspecto muy sugestivo, por no decir otra cosa. El «experto», un toxicómano regenerado de la empresa Toxicómanos Anónimos, presentado al público bajo el nombre de «Mr. X.», sin duda había sido blanco, pero entonces pertenecía claramente a la raza gris. Los dos asientos puestos de cara al público estaban reservados, naturalmente, para los autores, Mr. Pine y Mr. Schooley, pero el segundo todavía no había llegado. No obstante, el programa aún no estaba en el aire.

—¿Dónde está Mr. Schooley? —preguntó Mr. Patterson al editor y autor, que entonces se acercaba.

Sin pronunciar palabra, Mr. Pine buscó asiento con embarazo.

Lou ofreció una maravillosa interpretación del marido asesino de su esposa que confiesa su crimen.

—No ha llegado.
—Ya lo veo; no hace falta que lo diga.
—La señora que lo invitó telefoneó para decir que sufría severos ataques de náuseas.
—¡Bah! —rezongó Mr. Bile—. Sin duda trataba de leer su propio libro, ¿no?
—Pero aún puede venir —dijo Lou, tratando de defenderlo.
—En su lugar, yo no vendría —observó Mr. Bile.

Mr. Patterson consultó su reloj y exclamó sonriendo:

—Empezaremos de todos modos, ya que está aquí Mr. Pine.

Se encendió una luz roja y un empleado se adelantó hasta el proscenio con un rótulo que rezaba: ESTAMOS EN EL AIRE. Y de pronto se produjo una súbita conmoción, Schooley subió las escaleras dando traspiés, cruzó tambaleándose el escenario y se dejó caer pesadamente en la silla vacía, al lado de su envarado coautor. Sus ojos vidriosos miraban sin ver la sala oscurecida y dirigió una bondadosa sonrisa al espacio.

Julius Mason, que estaba sentado en el centro de la primera fila, rompió en entusiásticos aplausos, que provocaron tal ovación en el público, que hubiérase dicho que Marilyn Monroe acababa de desvestirse. Como consecuencia de ello, no pudo oírse ni una palabra del preámbulo de Mr. Patterson.

Las primeras palabras comprensibles que siguieron a aquella algarabía constituían una pregunta de Mr. Bile hecha a Mr. Schooley.

—¿De dónde procede su información, mejor dicho su autoridad, si me permite la pregunta, sobre la cuestión que nos ocupa?

Schooley dio un respingo.

—¡La cuestión que nos ocupa! ¿Qué cuestión?—. Luego se contuvo y sonrió severamente, como si aquella pregunta estuviese por debajo de su dignidad. Volviéndose a su colaborador, le dijo—: Te la paso, Pine.

Pine la aceptó.

Mr. Bile tenía una expresión hastiada. Mr. Patterson sonreía con interés, como si su pensamiento girase en torno a placeres distantes, como el de frotarse los ojos. De vez en cuando el experto, Mr. X, intervenía para hacer la misma observación: «Cuando tenía aquel mono sobre la espalda…», pero ninguno de los presentes le hacía el menor caso y él nunca conseguía acabar de contar lo que pasó cuando tenía aquel mono sobre la espalda, ante la gran contrariedad de muchas personas del público.

Cuando acabó el discurso de Mr. Pine, Mr. Patterson preguntó a Mr. Bile:

—¿Está usted satisfecho?

Mr. Bile frunció el ceño, enojado.

—¡Satisfecho! Yo no tengo costumbre de tomar cocaína ni morfina.

Mr. X soltó una estentórea carcajada.

Al terminar, Mr. Bile preguntó a Mr. Schooley:

—Ahora que Mr. Pine ya nos ha dicho de dónde sacó usted los datos para su… ejem… ah… su libro, ¿Me permite que le pregunte si llegó a tomarse la molestia de escribirlo?
—¡Molestia, dice usted! —repitió Schooley, esforzándose por ver claramente la cara de Mr. Bile a fin de descubrir qué pasaba, pero las barbudas facciones de Mr. Bile le causaron tal embarazo que apartó la vista avergonzado.
—Te paso la pregunta Pine —dijo.

Pine la tomó.

—Un escritor, el que sea…
—El número que sea de escritores —le interrumpió con grosería Mr. Bile.
—…toma los datos que han llegado a su conocimiento para presentarlos en forma literaria de la mejor… ejem… manera que sabe.
—¡Díselo, Eddy! —gritó Julius desde su asiento de primera fila, provocando una leal tempestad de aplausos, inspirado evidentemente por algo que no tenía nada que ver con lo que había dicho Mr. Pine, acaso por la presión insistente de una pierna femenina contra la suya.

Naturalmente, al oír el nombre de Eddy, todos los leales invitados blancos de Schooley se unieron como un solo hombre para apoyarlo, y los demás, aunque no conociesen personalmente a Mr. Schooley, se sintieron obligados a conformarse, pues Mr. Schooley era uno de los temas del problema negro y estábamos en la época del conformismo. Así es que aplaudieron largamente y con calor a Schooley todos los blancos que allí se hallaban presentes, en medio de muestras de creciente entusiasmo y sin que nadie supiese por qué, y cuando el programa fue lanzado a las ondas, un tropel de admiradores asaltó el escenario y le tributaron una gran aclamación. Schooley se conmovió tanto ante aquellas muestras de afecto, que se sintió obligado a invitarlos a todos a la pequeña fiesta en el Café Society, de la parte alta de la ciudad, que Lou había organizado en honor de sus… ejem… ah… autores.

Poco tiempo después de esto el jubiloso tropel, que había aumentado considerablemente en consecuencia de la espléndida invitación, irrumpió vocingleramente en el resplandeciente recinto de aquel lujoso night club neoyorkino, llenos de fruición al pensar en lo que se iban a divertir, sobre todo teniendo en cuenta que era de balde. La dirección del local no estaba preparada para recibir a aquel gentío e hizo falta bastante tiempo para ir a buscar más mesas.

En el interín, Lou Reynolds desapareció.

Mr. Bile se dirigió a toda prisa hacia el bar, como un sediento viajero que vislumbrase un oasis, con Schooley y Pine pisándole los talones como los ángeles oscuros de la venganza. Mr. Bile pidió un whisky solo e invitó a Mr. Schooley y Mr. Pine a qué bebiesen algo. El barman se acercó con la botella y les llenó tres vasos. Alguien que estaba al otro lado de Mr. Bile dio unos golpecitos en la barra, y el barman le sirvió whisky. Viendo lo fácil que era, otro hizo lo mismo, con idéntico resultado. Luego otro y otro golpearon en la barra, y entretanto el barman seguía sirviendo copas. Hasta que de pronto, Mr. Bile levantó la vista, sorprendido.

—¡Eh, espere un momento! ¿Cuántas ha servido?
—Ocho, señor —respondió cortésmente el barman.

Mr. Bile arrojó un billete de veinte dólares sobre la barra con una expresión que hacía honor a su nombre ¹, y al ver que no le devolvían ningún cambio, tuvo que sacar moneda fraccionaria para la propina.

Julius estaba en el centro del bar y ya había dejado de servir bebidas cuando a él se le ocurrió golpear la barra. Dirigió una mirada anhelante a las botellas alineadas en los estantes, pensando en los quince centavos que era todo cuánto llevaba encima. Una mujer blanca, rolliza y elegante se situó a su lado, para dirigirle una placentera sonrisa.

—Deseo felicitarle por el magnífico coloquio —dijo.

Él dio un respingo.

—¿Qué coloquio?

Ella sonrió con embarazo, mientras se ruborizaba. No quería ponerse las gafas para no ofenderlo, pero era tan miope que apenas podía distinguir a un negro de otro en el local tenuemente iluminado.

—Oh, perdone. Creí que era usted uno de los autores.
—No, no soy más que un vulgar periodista, de los que se revientan trabajando.
—Pues yo no soy más que una vulgar comentarista de libros, de las que también se revientan trabajando —contestó ella. Su mirada se posó distraídamente en el barman, que permanecía a corta distancia—. Trabajo para la misma empresa que Lou. Supongo que conoce a Lou Reynolds, el editor de esos muchachos… quiero decir, de esos dos autores.
—Oh, sí; asistí a su cóctel. Pero ahora no le veo por aquí.
—Tuvo que irse.

Julius trataba de ganar tiempo, a fin de que ella le invitase a tomar algo, pues ella era blanca y los blancos eran quienes atesoraban el dinero, pero como su descortesía se estaba haciendo ya muy evidente, no tuvo más remedio que invitarla. Se enfrascaron en una agradable conversación sobre el excelente coloquio radiofónico, durante la cual cada uno de ellos se echó tres whiskys al colegio.

Luego se produjo una de esas extrañas lagunas de silencio. Desde algún lugar del fondo se oyó claramente una voz femenina que observaba:

—Me han dicho que los negros resultan mucho mejores que los chinos.

Y se oyó claramente otra voz femenina que contestaba:

—Claro que sí. Ya sabes lo que quiero decir.

Julius pidió otros dos whiskys y sonrió valerosamente, como si fuese un hombre libre de preocupaciones y cuidados en este mundo y no un hombre que sólo tenía quince centavos en el bolsillo, esforzándose entretanto por convencer a la simpática comentarista blanca, de que, a pesar de haberlo confundido con otro, su propio coloquio era igualmente interesante. Ella parecía no creerlo así y él no tuvo ocasión de demostrarlo, porque en aquel momento al estúpido de Lou Reynolds se le ocurrió regresar.

Y Lou se fue en derechita al bar, para reunirse con su colega femenino, que estaba conversando con Julius. Jadeaba como si hubiese venido corriendo.

—¿Adónde fuiste? —le preguntó ella.
—A la estación Gran Central.

Ah. Pensé que habías ido a buscar más dinero.

—Claro que no. Fui a sacar un billete para Chicago… es para Schooley.

Ella se echó a reír y se volvió para ver si Julius les había oído.

Pero Julius aprovechó la situación para subir corriendo al lavabo de los caballeros y encerrarse en uno de los retretes de pago, para lo que tuvo que desprenderse de diez de sus últimos quince centavos.

La dirección del establecimiento ya había juntado seis grandes mesas en el centro del comedor y Art decía:

—Ven, Julius, vamos a sentarnos.

En la espaciosa mesa se pusieron a breves intervalos botellas de scotch y Canadian Club, acompañadas por recipientes con cubitos de hielo, botellas de cerveza, de jengibre y sifón.

Schooley y Pine ocuparon los sitios de honor a la cabecera de las mesas. A un lado tenían a Lou Reynolds, que parecía estar en el momento crítico de una fatal enfermedad, y al otro a Mr. Bile, que movía la boca como si un hueso se le hubiese atragantado, o desease atragantarse.

Julius y Art se sentaron frente a un par de whiskys.

Pronto estuvieron ocupadas todas las sillas. Todos pidieron bocadillos de carne. Los invitados iniciaron las mutuas presentaciones, utilizando casi todos los nombres de pila. La orquesta se puso a tocar bailables y algunos salieron a la pista.

Julius se puso a bailar con una morena de largas piernas que llevaba un vestido rojo llameante.

—Me gustan los negros —observó ella.

Él la apretó con más fuerza.

—¿Y qué es lo que más le gusta de nosotros?
—Su piel.
—¡Oh! —exclamó él, decepcionado—. ¿Sólo esto?
—Es tan bonita, morena y cálida… como un buen asado.

La mención del asado avivó si apetito y volvió a su asiento para comerse otro bocadillo de carne. Después bailó con una rolliza rubia que tenía aspecto de matrona.

—Estuvo usted soberbio —dijo la mujerona, extasiada.
—¿Ah, sí? —dijo él, sorprendido—. ¿Y cuándo fue eso?

Ella dejó escapar una tímida risita.

—Qué agudo es usted.
—¿De veras? ¿Y cómo lo sabe?
—¿Quién es usted, Eddy o Randy?
—Soy Julius.
—¿Permites que te llame Jule? —preguntó ella—. Mi vida daría tema para un libro maravilloso, Jule.
—¿Ah, sí?
—Te daré mi número de teléfono. ¿Quieres anotarlo?

La música cesó.

Art agarró a Julius por el brazo, le obligó a cruzar la pista de baile y a seguir por el oscuro pasillo lateral que corría junto a la pared, hasta el fondo del comedor.

—Están haciendo una colecta —le susurró.
—¿De veras? Pues vámonos volando. Todo mi capital son cinco centavos.
—No podemos. La salida está vigilada. Vamos al lavabo.

Charlando como si fuesen un par de compinches que huían de la gente seria para fumarse una colilla de marihuana en buena compañía, subieron por la escalera hasta el primer piso. Al encontrarlo momentáneamente desierto, se agazaparon detrás del balcón que dominaba el comedor, para ver cómo los asistentes no invitados sentados ante la larga mesa del banquete se metían las manos en los bolsillos, desconcertados, para sacar unas monedas.

Las luces se encendieron de pronto para facilitar la colecta, y los dos renegados pudieron ver claramente la expresión consternada que mostraban todos los rostros.

La cuenta ascendía a 640 dólares. Lou sólo tenía 180. Y nunca se hubiera imaginado gastar ni la mitad de aquella suma. Comunicó a la dirección que él no había organizado aquella fiesta y sólo había reservado mesas para seis.

Los presentes protestaron, afirmando que Mr. Schooley les había invitado. Los que no captaron bien su nombre, le llamaban doctor Fooley. Lou dijo que en tal caso no eran los invitados de Mr. Schooley, del doctor Fooley, o de quienquiera que fuese.

Con una bondadosa sonrisa, Mr. Schooley se levantó para exhibir el forro de sus vacíos bolsillos, como si quisiera decir que de poco iban a servirle.

Algunos invitados tuvieron que pagar por los que no llevaban bastante dinero encima. Otros tuvieron que extender cheques. Se exhibieron documentos de identidad. Se cambiaron a regañadientes nombres y direcciones. Se iniciaron algunas polémicas, pero ningún altercado serio.

Pine mostraba un gran embarazo. Lou tenía el aspecto de un severo juez que hubiese pronunciado una sentencia justa pero rigurosa. Schooley daba la impresión de ser un santo patrón. Mr. Bile mostraba la contenida alegría del hombre escarnecido que ha sido completamente reivindicado.


HARLEM U. S. A.
UNA PLAZA DE CINCO ESQUINAS

MIENTRAS ESTABAN ocultos tras el balcón que dominaba el comedor, Julius distinguió a un médico negro que era un buen amigo de Mamie, sentado a una mesita en compañía de dos opíparas morenitas. Le habían presentado al doctor Steele y señora en casa de Mamie la semana anterior, y observó entonces que ninguna de las dos presentes acompañantes del galeno se parecía en lo más mínimo a su esposa.

En realidad, Julius llegó a intimar bastante con Dora Steele dos noches antes, cuando ella asistió a una reunión de La Société des Mondaines du Monde de Harlème en casa de Mamie. Se había hecho bastante tarde, y, como los Steele vivían en Brooklyn, Mamie le pidió que acompañase a Dora hasta la estación del metro. Habían llegado ya a ella cuando Dora sugirió que se detuviesen en el Fat Man’s, situado convenientemente al lado mismo del kiosco, para dar mayores facilidades, y tomar un trago para el camino. Él se empeñó en invitarla a la segunda ronda, y, naturalmente, esto requería una tercera. Entonces Dora se acordó de que casi se habían olvidado de visitar a una amiga suya que vivía en un departamento de enfrente. Tenía que decirle algo sobre un sombrero. Parece ser que su amiga le hacía un sombrero a Dora. Pero el sombrero aún no estaba acabado, aunque la amiga trabajaba en él desde que Dora empezó a dejarse caer casualmente por su casa con nuevos amigos masculinos. Así, mientras Julius y Dora paladeaban su segundo jaibol, esperando al parecer que el sombrero estuviese terminado, la amiga se acordó de pronto que se había quedado sin hilo, y salió corriendo para ir a comprarlo a la tienda. Sin duda tardó tanto en volver porque encontró que todas las tiendas estaban cerradas a aquella hora, lo que le obligó a ir a ver a una amiga para pedirle que le dejase hilo. Pero la amiga no tenía hilo, porque la verdad era que estaba ausente, por haberse ido a ver a unos parientes del Sur, y su marido, que era cartero, no utilizaba hilo en su profesión.

Mientras la amiga estaba buscando hilo, Julius y Dora efectuaron el sorprendente descubrimiento de que el diván en que se hallaban sentados era en realidad una cama, y era una verdadera lástima no aprovechar la cama, teniendo en cuenta lo cansada que estaba Dora. Con un profundo suspiro, ella se echó a descansar, en preparación del largo viaje que le aguardaba hasta el continente de Brooklyn. Pensando que un masaje suavemente aplicado a los lugares adecuados tal vez la ayudaría a descansar, él la despojó del vestido. Ella no era una mujer liviana, aseguró Dora dando boqueadas suplicantes, pero la verdad, al pensar en que su marido era impotente apenas si podía respirar. Afortunadamente, él tuvo la presencia de espíritu necesaria para quitarle los pantaloncitos, a fin de evitar que se ahogase. En realidad, todo fue como una seda. Así, cuando su amiga volvió después de su infructuosa búsqueda, lo único que encontró fue la prueba que había en el diván, aunque esto daba lo mismo, porque aún quedaba mucho por hacer para terminar el dichoso sombrero.

Por lo tanto, entonces Julius se consideraba en realidad un amigo de la familia, teniendo en cuenta, sobre todo, que había sustituido al doctor Steele en un momento de apuro conyugal. Pero le sorprendió ver al médico, que era estéril, acompañando a dos jovencitas en un club nocturno. Esto le hizo pensar que sin duda el doctor Steele necesitaría ayuda, aunque no la quisiera. Entonces se lo dijo a Art, proponiéndole que se acercasen a su mesa para saludarlo.

Art también conocía al doctor, si bien sus relaciones con la esposa del médico no eran tan íntimas como las de Julius, y no sospechaba ni remotamente la impotencia de aquél. Sin embargo, aceptó la sugestión, viendo que eran dos preciosas criaturas y que parecían demasiado para un solo hombre, aunque este fuese tan potente como Pan. Entonces bajaron del palco y se escurrieron a lo largo de las paredes, como si acabasen de llegar de la calle.

Julius después de propinarle una amistosa palmada en la espalda al doctor Steele, le estrechó la mano calurosamente, tal como había que tratar a un impotente que acompañaba a dos criaturas sensacionales a un club nocturno.

—¡Pero Johnny, hombre, tú por aquí! Art y yo acabamos de entrar a tomar una copa, y te hemos visto desde el bar.

Una alegre sonrisa se dibujó en los labios del doctor. Sabía que estaba atrapado.

—Me pareció veros en la fiesta.
—¿Qué fiesta?
—La que han organizado aquí, en honor de Schooley y Pine.
—Ah, ¿en honor de esos dos?

Sólo había una silla vacía junto a la mesa y Julius se apresuró a ocuparla.

—Acércate una silla, Art.

Viendo que Art titubeaba, el doctor Steele le dijo:

—Vamos, Art. Acércate una silla.

¿Qué otra cosa podía decir el infeliz?

Art obedeció.

Un camarero apareció como por ensalmo, a causa de la magia que existe en estos lugares. Los nuevos invitados del doctor Steele pidieron whisky. Para no desentonar, los dos bombones volvieron a pedir sendos cubas libres. El doctor Steele también bebía whisky, se apresuró a trasegar el que quedaba en el vaso y pidió un doble on the rocks, posiblemente por adivinación.

—Hola —dijo Julius a una de las dos preciosidades.
—Hola —contestó ella.

El doctor se las presentó.

—Esta es Bebe y esta es Fifi. Julius y Art.
—¿Qué tal, Art? —dijo Fifi—. Hola, Julius

Bebe repitió sus palabras como un eco. Julius hizo lo mismo y Art le imitó.

—¿Qué hacéis? —preguntó Julius a Fifi. Para sus adentros la había apodado la extra. Bebe parecía ser la amiguita del doctor.

Ambas eran criaturas adorables que exponían a la admiración pública una enorme superficie de suaves hombros y escotes morenos.

—Yo me dedico al espectáculo —dijo Fifi.

Art dirigió a Julius una mirada como si quisiera decirle: «valiente pregunta, ¿qué quieres que hagan unas criaturas tan despampanantes y que además se llaman Bebe y Fifi?»

Pero Julius no se dio cuenta.

—¿Y tú también? —preguntó a Bebe.

Ella le dirigió una sonrisa distante.

Julius no se inmutó. Le constaba que el doctor Steele era impotente. Así es que salió a bailar con Bebe.

Fifi esperó un momento y luego preguntó a Art:

—¿Y tú, no bailas?

Entonces Art sacó a bailar a Fifi.

—¿Todo tú eres tan grande? —le preguntó ella.

Afortunadamente, en aquella penumbra no se notó el sonrojo de Art.

Mientras, el doctor paladeaba el whisky como un hombre distinguido.

Julius pasó con su pareja cerca de la rubia opulenta cuya vida daría tema para una novela maravillosa.

—¿Dónde te habías metido? —le preguntó ella—. Te he estado buscando.

Cuando se volvía para contestarle, Bebe le hizo dar la vuelta.

—Una a una, amigo. A menos que conozcas el secreto…

Él no conocía el secreto (y el autor tampoco lo conoce, chicas; ¿cuál es el secreto?) así es que decidió traspasársela a Art. Al próximo baile sacó a Fifi. Art bailó con Bebe. Acaso él conociese el secreto. El doctor se echó otro whisky doble entre pecho y espalda, como un cumplido caballero.

Los jóvenes se sentaron y tomaron otra ronda de whiskys y cubas libres.

—Qué sitio tan aburrido —Observó Fifi.
—Nadie nos obliga a estar aquí —repuso Julius—. Vámonos.
—Sí, vámonos todos —dijo Fifi.
—¿Vámonos adónde? —preguntó Julius, que, como era del Oeste, no captó la malicia de la frase.

Art lo miró como si dijese: «vaya una preguntita».

—De acuerdo —dijo Bebe—. Yo me voy.

Cuando terminaron de beber, todos se levantaron. Julius sostuvo el abrigo de Fifi para que ésta se lo pusiese. Art rindió el mismo servicio a Bebe. Así que estuvieron enfundadas en sus abrigos, las chicas se encaminaron hacia la salida. Julius y Art no podían hacer otra cosa sino acompañarlas. Los dos eran muy discretos y lo querían embarazar con su presencia al doctor Steele, quedándose allí, como unos pasmarotes mientras él pagaba la cuenta, cosa, por otra parte, propia de un gentleman.

Una vez que el doctor salió a la calle después de pagar la cuenta, los encontró a todos esperándole dentro de un taxi.

—Ven aquí —le llamó Bebe por la ventanilla, como si pudiese irse a cualquier otra parte.

El doctor fue allí. Él y Art se acomodaron delante y Julius se instaló entre las muchachas en el asiento posterior. Fifi dijo al taxista que los llevase a la calle Ciento Cuarenta y Cinco, por Central Park.

En vista de que nadie parecía tener ganas de hablar, Julius dio unas palmaditas en el muslo a Fifi.

—¿Lo has pasado bien?
—Sí, no lo he pasado mal, pero este sitio siempre resulta muy aburrido. No es como el Stork Club; allí sí que una se divierte de verdad.
—A mí también me gusta más el Stork Club —observó Bebe.

Art no decía esta boca es mía, pues conocía los precios que regían en Stork Club. El doctor Steele también permanecía callado, pues sabía que en el Stork Club se aplicaba la segregación.

Pero Julius, que no sabía ni una cosa ni otra, dijo jubiloso:

—La próxima vez, iremos al Stork Club.
—¿Y cuándo será eso? —preguntó Fifi.
—Oh, pronto —contestó Julius, evasivo.
—Me gustaría salir todas las noches —dijo Bebe.
—A mí también —terció Art—. Pero yo no soy una chica. Fifi se echóa reír.
—¿En qué espectáculo estás? —preguntó Julius para cambiar de conversación.
—Ahora descanso —contestó Fifi—. Estuve en Nenas de caramelo. ¿La viste?
—Claro que sí… ahora que lo dices te recuerdo muy bien —mintió Julius.
—¿De veras? Y eso que estoy muy diferente sin ropa.

Dirigió una coquetona mirada a Art.

—Yo también —dijo Art.

Ella soltó una risita y luego, juguetona, trató de sondear su diferencia.

—Es una gran diferencia —dijo.

La diferencia aún se hizo más grande.

No se examinaron otras diferencias.

El taxi se detuvo ante una casa de departamentos de la calle Ciento Cuarenta y Cinco, cerca de la Avenida de San Nicolás. Los cuatro se congregaron en la acera mientras el doctor Steele, el perfecto caballero, pagaba la carrera.

—Bueno, yo me despido —dijo Art—. Tres somos demasiados.
—Oh, no, sube —dijo Fifi—. Cabremos todos, a menos que tú nos aprietes.

Pero Art seguía en sus trece.

—No, otro día será—. Cambió un apretón de manos con el doctor Steele—. Ya lo arreglaremos —le susurró al oído, queriendo decir que ya pagaría su parte de la cuenta.
—Ahora puedes subir —insistió Fifi—. Tú y yo. —Lo tomó por el brazo añadiendo—: Ven.

Él accedió.

—Sólo un momento —dijo, cediendo.

Subieron por una angosta escalera hasta el tercer piso y entraron en un departamento deleznable. Julius acompañó a Art al retrete.

—Tú tranquilo, chico —le dijo, con tono protector—. Todo va bien. Te lo aseguro.

Art ya se figuraba que todo iba bien, o incluso mejor, pero no podía estar tranquilo con lo inquieto que se encontraba. Pero dijo «Muy bien, perfecto», sin que supiese a ciencia cierta por qué lo decía.

Cuando volvieron al saloncito, Bebe decía:

—No te enfades, Jimmy.

Estaba sentada sobre las rodillas del doctor Steele, como era propio que lo hiciese tratándose de un impotente.

Pero Julius pareció no verlo.

—¿Cómo va esto, Johnny? —dijo con tono jubiloso. Llamaba Johnny al doctor, a pesar de que todos los demás lo llamaban Jimmy, pero él no prestó atención a este pequeño detalle.
—¿Y tú, cómo estás, Julius? —contestó el doctor Steele cortésmente, con sus modales de caballero.
—Muy bien, Johnny. Estoy magníficamente.

Vio a Art sentado con Fifi en el sofá; entonces él se sentó al otro lado y rodeó los hombros de la chica con el brazo.

—¿Y tú, cómo estás, nena? —dijo.
—A punto de caramelo —contestó ella—. ¿Y tú?

Art se levantó.

—Me parece que me voy —dijo.
—Ahora no puedes irte —protestó Julius.
—Está a punto de «venirse» —dijo Fifi.
—No, tengo que irme ahora —insistió Art.
—No puedes encender una hoguera y dejarla ardiendo —insistió Fifi.

Pero Julius no pareció oírla.

—Si te vas, te acompaño —dijo, jugando su triunfo. Estaba seguro de que las chicas protestarían.

Pero ambas permanecieron calladas.

Art se dirigió a la puerta.

—Me voy. Buenas noches a todos.

El doctor se levantó.

—Yo también me voy. Mañana me espera un día atareadísimo.
—Si todos se van, creo que yo también me voy —observó Julius.

Esta observación pareció producir alivio a todo el mundo.

Los tres hombres se fueron juntos y caminaron hasta la estación del metro.

—Yo tomaré el metro —dijo Art, estrechando las manos de Julius y del doctor.
—Yo voy a ver si encuentro un taxi —dijo el último, adentrándose por la Avenida de San Nicolás en dirección al centro.
—Hasta pronto, amigos —dijo Julius—. Ya lo arreglaremos, Johnny.

Continuó hacia el Este por la calle Ciento Cuarenta y Cinco. Vivía en Edgecombe Drive, 409, con Joe y Mamie. La casa estaba sólo a cinco minutos de allí. Pero en vez de meterse en el 409, continuó por el Drive hasta la calle Ciento Cincuenta y Cinco, subió la cuesta, torció de nuevo hacia la Avenida de San Nicolás y regresó a la calle Ciento Cuarenta y Cinco. Cuando dobló la esquina donde estaba la droguería, casi chocó con Art, que estaba medio escondido en la penumbra, observando la entrada de la casa de enfrente, que era donde vivían Fifi y Bebe. Se apartó con rapidez antes de que Art le viese y atisbó por la esquina para ver hacia donde miraba Art.

Un taxi se detuvo frente a la casa de departamentos y el doctor Steele, siempre caballero, se apeó del vehículo, pagó lo que marcaba el taxímetro y subió apresuradamente las escaleras. Tan pronto como hubo desaparecido, Art cruzó corriendo la calle, y se metió como una exhalación en el portal.

Lo único que Julius podía hacer entonces era cruzar también la calle. Pero en vez de subir apresuradamente las escaleras, como sabía que era inútil, se quedó en la acera, anotando las señas con el mayor cuidado en el librito de direcciones que siempre llevaba encima: «Fifi y Bebe. Calle 145. Tercero.»

Si esto no es una prueba palpable de fe, ¿qué otra cosa lo será?

(Continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .