Martin Eden (XII)

Jack London






CAPÍTULO XXXI

MARTIN encontró a su hermana Gertrude en Broadway, por pura casualidad y, según resultó, una casualidad muy provechosa. Gertrude esperaba un tranvía en la esquina y le vio primero, advirtiendo la angustia en sus facciones y en su mirada. En efecto, Martin estaba desesperado. Salía de una entrevista infructuosa con el prestamista, del que intentó conseguir más dinero por la bicicleta. Habían comenzado las lluvias y Martin había empeñado el vehículo, conservando el traje oscuro.

—Ese traje oscuro —dijo el prestamista, que conocía bien su negocio—. No va a decirme que se lo ha empeñado a ese judío, Lipka. Porque en ese Caso…

El hombre le miró amenazadoramente y Martin se apresuró a advertir:

—No, no. Lo tengo. Pero necesito llevarlo para unos asuntos de negocios.
—Muy bien —replicó el apaciguado prestamista—. Y yo lo necesito por asuntos de negocios antes de darle más dinero. ¿Se cree que estoy en eso para divertirme?
—La bicicleta vale cuarenta dólares y está en buenas condiciones —advirtió Martin—. Y sólo me ha dado siete dólares por ella. Ni siquiera siete; seis y cuarto. Se cobró los intereses por adelantado, si quiere más dinero, traiga el traje —fue la respuesta que hizo salir a Martin del atestado tenducho, con tal desesperación, que se le reflejaba en el rostro y conmovió a su hermana.

Apenas se habían saludado, cuando llegó el tranvía de Telegraph Avenue para recoger una turba de pasajeros. Mrs. Higginbotham adivinó, por el modo como la ayudaba a subir, que su hermano no la acompañaría. Se volvió para mirarle. Su agotado semblante le llegó nuevamente al corazón.

—¿No vienes? —indagó.

Al instante, Gertrude descendió a la acera.

—Paseo; hago ejercicio —explicó Martin.
—Te acompañaré durante unas manzanas —declaró ella—. Me conviene. No me encuentro muy bien últimamente.

Martin la contempló, comprobando que decía la verdad. Se la veía abandonada, excesivamente gruesa, con los hombros caídos, el rostro surcado de arrugas y los pies pesados, sin la elasticidad de un cuerpo sano.

—Más vale que te quedes aquí —le dijo, pues su hermana se había detenido a la primera esquina— y tomes el tranvía nuevamente.
—¡Dios mío! Ya estoy cansada —jadeó ella—. Pero aún puedo acompañarte. ¡Qué gastados tienes los zapatos! No creo que te duren hasta Oakland del Norte.
—En casa tengo otro par —fue la respuesta de Martin.
—¿Por qué no vienes a cenar mañana? —le invitó Gertrude—. Mr. Higginbotham no estará. Va a San Leandro por unos asuntos.

Martin negó con la cabeza, pero no pudo contener la mirada de hambre ante la mención de comida.

—No tienes ni un penique, Martin, y por eso vas a pie. ¡Ejercicio! —se burló su hermana—. Déjame ver. —Buscó en el bolso y le puso una moneda de cinco dólares en la mano—. Me parece que me olvidé de tu último cumpleaños —dijo mansamente.

La mano de Eden se cerró instintivamente sobre el dinero. En el mismo momento, comprendió que no lo debía aceptar y se debatió en la indecisión. Aquella pieza de oro significaba comida, vida y luz para su mente y su cuerpo para poder seguir escribiendo y, ¿quién sabe?, quizás escribiese algo que le proporcionase muchas piezas de oro. Ante sus ojos ardían dos artículos que acababa de escribir. Los vio bajo la mesa, sobre todos los que le habían devuelto, pues carecía de dinero para franquearlos. Vio sus títulos, tal como los copiara a máquina: El alto sacerdote del misterio y La cuna de la belleza. No los había ofrecido a nadie. Eran de lo mejor que había escrito. ¡Si tuviese sellos para enviarlos…!

Entonces, le invadió la certeza de que con ellos iba a triunfar, como un buen aliado del hambre, y, con un rápido movimiento, se guardó la moneda en el bolsillo.

—Te lo devolveré, Gertrude, a cien por uno —balbuceó, mientras sentía que se le cerraba la garganta y los ojos se le humedecían—. Tenía en cuenta —añadió con gran seguridad—. Antes de que concluya el año, te pondré en la mano cien de esas piececitas amarillas: No te pido que me creas. Lo único que has de hacer es esperar.

Ella no lo creyó. Y esa incredulidad la incomodaba, por lo que, al no encontrar otra excusa, exclamó:

—Sé que pasas hambre, Martin. Se te nota. Ven a comer cuando quieras. Enviaré a uno de los niños cuando Mr. Higginbotham no esté en casa. Y, Martin…

Eden esperó, aunque, en lo más intimo, sabía lo que iba a decirle, de tal modo se reflejaba en su rostro.

—¿No te parece que ya es hora de que busques un empleo?
—Tampoco tú crees que vaya a triunfar, ¿eh? —repuso Martin.

Ella negó con la cabeza.

—Nadie tiene fe en mí, Gertrude, excepto yo mismo. —En su voz había una apasionada nota de rebeldía—. Ya he hecho buen trabajo, muy buen trabajo, y, antes o después, acabaré vendiéndolo.
—¿Cómo sabes que es bueno?
—Porque… —Se detuvo cuando todo el campo de la literatura y toda la historia de la literatura se desplegaron en su mente, indicándole que era inútil exponerle las razones de su fe—. Pues porque es mejor que el noventa y nueve por ciento de lo que se publica en las revistas.
—Quisiera que te avinieses a razones —dijo Gertrude en voz baja, pero muy segura de su diagnosis acerca de lo que a su hermano le afectaba—. Quisiera que te avinieses a razones. Puedes cenar mañana en casa.

Después de ayudarla a subir al tranvía, Martin se dirigió a la central de Correos e invirtió tres de los cinco dólares en sellos y, más tarde, de camino para casa de los Morse, echó en el buzón varios sobres abultados, que había franqueado debidamente. Sólo conservó tres sellos de dos centavos.

Resultó una noche memorable para Martin, pues, tras la cena, conoció a Russ Brissenden. Nunca supo de quién era amigo, cómo aterrizó allí o quién le trajo. Tampoco sintió la suficiente curiosidad para preguntárselo a Ruth. De momento, a Martin, Brissenden le pareció anémico y de escasa inteligencia, por lo que no le hizo caso. Una hora más tarde, decidió que, además, era un mal educado, a causa del modo como iba de una habitación a otra, contemplando los cuadros u hojeando revistas y libros que tomaba de las estanterías. Aunque un extraño en la casa, al fin se aisló de todos, para sentarse en un cómodo sillón y leer un libro que sacó de un bolsillo. Conforme leía, se pasaba los dedos por el cabello, como acariciándolo. Martin no volvió a fijarse en él durante toda la tarde, excepto cuando le vio hablar, con gran éxito, con varias muchachas.

Por casualidad, al abandonar la casa se encontró con Brissenden en la acera.

—¡Ah, es usted! —dijo Martin.

El otro replicó con un gruñido y se puso a su lado. Martin no intentó continuar la conversación y, durante varias manzanas, anduvieron en silencio.

—¡Vaya asno pomposo!

Lo inesperado y la virulencia de la exclamación sorprendieron a Martin. Se sintió divertido y, al mismo tiempo, experimentó una creciente antipatía por el otro.

—¿Por qué va a esos sitios? —le preguntó Brissenden de improviso tras otra larga pausa.
—¿Y usted? —preguntó Martin a su vez.
—¡Que me aspen si lo sé! —Fue la respuesta—. Ésta, por lo menos, es mi primera indiscreción. El día tiene veinticuatro horas y de algún modo debo entretenerlas. Venga y tomemos un trago.
—De acuerdo —convino Martin.

Al instante, se sorprendió de haber aceptado en seguida. En casa, le esperaba bastante trabajo y, luego, tenía un volumen de Weismann, por no decir nada de la autobiografía de Herbert Spencer, que para él resultaba mucho más interesante que cualquier novela. ¿Por qué perder tiempo con aquel hombre, que ni tan sólo le era simpático? Y, sin embargo, no eran el hombre ni el trago, sino lo que estaba relacionado con este último, las luces, los espejos, los semblantes resplandecientes y el murmullo de voces humanas. De eso se trataba; se trataba de las voces de hombres optimistas, de hombres que respiraban prosperidad y se gastaban el dinero invitando a otros hombres. Se sentía muy solo, ésa era la causa. Por ese motivo, había aceptado la invitación al instante. Ni una sola vez, desde que trabajó con Joe en Shelley Hot Springs, excepto la vez que bebió vino con su patrona portuguesa, había entrado Martin en un bar. El cansancio mental no provocaba un ansia de alcohol como el físico y, de momento, no lo necesitaba. En aquel momento, le urgía beber algo, o mejor aún, la atmósfera de los lugares donde se servían bebidas. Uno de esos lugares era el «Grotto», donde entró con Brissenden para tomar un whisky.

Hablaron. Hablaron de muchas cosas y, una vez Brissenden y otras Martin, encargaron varias bebidas. Eden, que tenía la cabeza muy firme, se sorprendió ante la resistencia que el otro tenía para el alcohol, y, también, ante la conversación de Brissenden. No tardó en comprobar que lo sabía todo y que era el segundo intelectual que había conocido. Pero, además, éste tenía lo que le faltaba al profesor Caldwell; es decir, fuego, el vivo resplandor interior, una gran percepción y el ardiente desorden del genio. Su lenguaje era vivo. Sus finos labios, semejantes a troqueles, acuñaban frases que cortaban y mordían. En ocasiones, como acariciando los sonidos que articulaban, sus finos labios iban creando suaves frases, llenas de belleza, que cantaban el misterio y la inescrutabilidad de la vida. En otras, su boca era como una trompeta, de la que partía el vibrante estruendo de la contienda cósmica, refulgente como la plata y como las estrellas, constituyendo el epítome de la última palabra de la ciencia y, sin embargo, siempre decía algo más. Era la voz del poeta, la verdad trascendental y esquiva, casi imposible de expresarse, pero que, sin embargo, llega a hacerse por medio de palabras vulgares. Veía más allá de los límites del empirismo, dando a sus frases un significado distinto, y transmitiendo a Martin un mensaje que no alcanzaba a los seres ordinarios.

Eden olvidó sus primeras impresiones. Allí, en forma viva, se encontraba lo mejor que los libros podían dar de sí. Allí había un hombre inteligente al que admirar. «A tu lado, no soy más que barro», se dijo Martin una y otra vez.

—Ha estudiado usted biología —exclamó en voz alta ante un comentario del otro.

Para su sorpresa, Brissenden negó.

—Sin embargo, afirma verdades que sólo mantiene la biología —insistió Eden—. Sus conclusiones están de acuerdo con ciertos libros que, sin duda, habrá leído.
—Celebro saberlo —respondió el otro—. Me satisface que mis leves conocimientos me sirvan de atajo para llegar a la verdad. Por mi parte, nunca me preocupo de si estoy en lo cierto o equivocado. Da lo mismo. El hombre jamás conocerá la última verdad.
—Es usted discípulo de Spencer —afirmó Martin en tono triunfal.
—No he vuelto a leerle desde mi adolescencia y únicamente Educación.
—Quisiera poder aprender con tanta ligereza —comentó Martin media hora después. Había estado analizando la estructura mental de Brissenden—. Es usted dogmático y eso es lo que resulta extraordinario. Establece dogmáticamente los últimos hechos que la ciencia ha logrado alcanzar, por el puro razonamiento. Llega usted a las conclusiones correctas. Ahorra tiempo con acierto. Se abre camino hacia la verdad, con la rapidez de la luz y por un proceso hiperracional.
—Sí, eso era lo que tanto preocupaba al padre Joseph y al hermano Dutton —replicó Brissenden—. No, no —añadió—, no soy nada. Fue una simple casualidad la que me envió a un colegio católico. ¿Dónde aprendió usted lo que sabe?

Mientras Martin se lo explicaba, iba estudiando con atención el rostro enjuto y aristocrático de Brissenden, sus hombros caídos y el abrigo, apoyado en una silla vecina, con los bolsillos repletos de libros. El semblante y las manos de Brissenden, a juicio de Martin, estaban excesivamente tostados por el sol. Este bronceado intrigaba a Martin. Resultaba evidente que Brissenden no era hombre aficionado a la Naturaleza. Entonces, ¿cómo le había quemado el sol de aquel modo? Martin se dijo que había algo morboso en aquel bronceado, mientras estudiaba su rostro, estrecho y muy, hundido, de altos pómulos, adornado por una nariz fina y aquilina. Nada especial había en los ojos. No eran grandes ni pequeños, y su color se limitaba a un vulgar marrón. Pero en ellos brillaba un fuego o, más bien, ardía una expresión llena de contradicciones. Desafiadores, indómitos, incluso duros, al mismo tiempo despertaban compasión. Martin comenzó a compadecerle, aunque no supiera el motivo, del que se enteró poco después.

—Estoy tocado del pecho —anunció Brissenden sin darle importancia, al explicar que venía de Arizona—. He estado allí un par de años, aprovechando el clima.
—¿No teme el de aquí?
—¿Temer?

No dio un énfasis especial al repetir la palabra. Martin vio en su ascético rostro que no temía a nada. Los ojos se estrecharon, hasta ser como los de un águila y Eden casi advirtió el pico, agresivo y desafiador. ¡Magnífico! La sangre le corrió más deprisa por las venas. En voz alta, exclamó:

Bajo los golpes de la suerte, No se abate mi cabeza ensangrentada.

—Le gusta Henley —dijo Brissenden, cambiando de expresión para mostrarse casi afectuoso—. Claro, no podía esperarse otra cosa. ¡Henley! Un alma noble. Es uno de los mejores versificadores contemporáneos. Destaca, entre los versificadores de revista, como un gladiador entre eunucos.
—¿No le gustan las revistas? —indagó Martin,— ¿Y a usted? —replicó el otro con tanto sarcasmo que casi asustó a Eden.
—Escribo o, mejor dicho, intento escribir para las revistas —dijo luego.
—Eso está mejor —fue el comentario—. Lo intenta, pero no lo consigue. Por ese fracaso, le admiro y le respeto. Sé que escribe, se nota en seguida, pero hay un ingrediente en usted que le cierra las revistas. Es el vigor y el arrojo y eso de nada les sirve a las revistas. Lo que desean es suavidad y tontería y, ¡por Dios!, que lo consiguen. Pero no viene de usted.
—No me considero por encima del trabajo de batalla —comentó Martin.
—Muy al contrario —Brissenden hizo una pausa para contemplar con insolencia la evidente pobreza de Eden, desde la gastada corbata y ajado cuello hasta las mangas, brillantes a causa del mucho roce—. Muy al contrario. Yo diría que el trabajo de batalla se considera muy por encima de usted hasta el punto de que no consigue alcanzarlo. ¡Pero sí podría insultarle invitándole a cenar!

Martin sintió que la sangre le subía a la cara y Brissenden rió triunfalmente.

—A un hombre de verdad no se le insulta con esa invitación —dijo luego.
—Es usted un demonio —repuso Martin irritado.
—Bueno, de todos modos no le he invitado.
—No se atrevió.
—No esté seguro. Le invito ahora.

Brissenden se puso en pie, como para dirigirse al restaurante contiguo.

Martin había apretado los puños, y las sienes le latían con fuerza.

—¡Demonio! Se los come usted vivos, vivos se los come —exclamó Brissenden, simulando sorpresa.
—Desde luego que podría comerle a usted vivo —dijo Martin, contemplando con insolencia la débil estructura del otro.
—Pero no lo merezco.
—Muy al contrario —explicó Martin—. Porque el incidente no lo merece. —Estalló en una profunda carcajada—. Reconozco que me ha puesto usted en ridículo, Brissenden. Que esté hambriento y usted se haya dado cuenta, nada tiene de particular y no constituye una humillación. Como ve, me río de la pequeña moralidad del rebaño. Entonces, aparece usted, dice unas cuantas verdades amargas y, al instante, me siento esclavo de esa moralidad.
—Se sintió insultado —afirmó Brissenden.
—Ciertamente. Son los prejuicios de la primera juventud. Los aprendí entonces y son más fuertes que lo que luego he aprendido. Son mi secreto.
—Pero procura dominarlos.
—Desde luego.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces, vamos a comer algo.
—Vamos —repuso Martin, mientras intentaba pagar las consumiciones con el cambio de sus últimos dos dólares y viendo cómo Brissenden obligaba al camarero a devolvérselo.

Martin, con una mueca se los guardó, mientras sentía cómo la mano de Brissenden, se le apoyaba amigablemente en el hombro.


CAPÍTULO XXXII

A primera hora de la tarde siguiente, María se vio sorprendida por el segundo visitante de Martin. Pero esta vez no perdió la cabeza, ya que instaló a Brissenden en la sala.

—¿No le importa que haya venido? —indagó Brissenden.
—No, no, muy al contrario —repuso Martin, tras estrecharle la mano e invitándole a sentarse en una solitaria silla, mientras él lo hacía en la cama—. ¿Cómo averiguó mi dirección?
—Telefoneé a los Morse. Me contestó su hija. Y aquí estoy. —Sacó del bolsillo un flaco volumen que arrojó sobre la mesa—. Ahí tiene un libro de poesía. Léalo y quédeselo. —Para acallar las protestas de Martin añadió—: ¿Qué me importan a mí los libros? Acabo de tener otra hemorragia. ¿Le queda whisky? No, claro que no. Espere un momento.

Se puso en pie y se fue. Martin contempló cómo la alta figura descendía la escalera principal y, al volverse a cerrar la puerta, sintió una punzada de dolor ante los hombros, que una vez fueron anchos, y entonces se doblaban sobre el pecho hundido. Martin consiguió dos vasos y, mientras esperaba, comenzó a leer el libro, el último publicado por Henry Vaughan Marlow.

—No había escocés —anunció Brissenden a su regreso—. Ese bandido no vende más que whisky americano. Pero he comprado un cuarto de galón.
—Enviaré a uno de los chicos a buscar limones y nos haremos un ponche —propuso Martin—. ¿Qué beneficios le proporcionará a Marlow un libro como éste?—añadió alzando el volumen.
—Unos cincuenta dólares —fue la respuesta—, aunque tendrá suerte si no pierde algo o si consigue que un editor se lo publique.
—Entonces, ¿no se puede vivir de la poesía?

Tanto el tono de voz como el rostro de Martin demostraban su desilusión.

—Claro que no. ¿Quién es el tonto que lo espera? Pero los versificadores, sí. Hay varios y obtienen buenos ingresos. Les va muy bien. Pero la poesía… ¿Sabe usted cómo se gana la vida Vaughan Marlow? Da clase en una escuelucha de Pennsylvania, y de todos los infiernos privados creo que ése es el último. No me cambiaría con él aunque tuviese cincuenta años más de vida. Y, no obstante, destaca entre los versificadores actuales, como una piedra preciosa entre zanahorias. ¡Y las críticas que le hacen! ¡Maldita sea esa pandilla de maniquíes!
—Los hombres que no saben escribir escriben demasiado acerca de los que sí escriben —convino Martin—. Me deja aturdido la cantidad de tonterías que se publican acerca de Stevenson y de su trabajo.
—Fantasmas y arpías —afirmó Brissenden con los dientes apretados—. Sí, conozco el sistema, analizándole, buscando fallos.
—Le miden con la vara de sus amarguras —añadió Martin.
—Exacto, y ésa es una buena frase. Se llena uno la boca con lo Auténtico, lo Bello y lo Bueno, para acabar dándole una palmada en el hombro y felicitándole. ¡Qué asco! Richard Realfe les llamó, en la noche en que iba a morir, «Cuervos parloteadores».
—Picotean el polvo de estrellas que desprende el paso meteórico de los genios —añadió Eden—. Escribí un artículo acerca de los críticos.
—Veámoslo —solicitó Brissenden.

Martin le entregó una copa de Polvo de estrellas y, mientras lo leía, Brissenden contenía la risa, se frotaba las manos y olvidaba beberse el ponche.

—Me parece que también usted es polvo de estrellas, caído en un mundo de enanos que no saben ver —comentó al concluirlo—. Lo rechazaron todas las revistas, claro.Martin consultó su libreta.
—Lo han rechazado veintisiete.

Brissenden rompió a reír, pero se interrumpió ante un fulminante ataque de tos.

—No es preciso que me diga que también escribe poesía —dijo—. Déjeme ver algo.
—No lo lea ahora —rogó Martin—. Quisiera hablar con usted. Le daré unas cuantas, que puede llevarse a casa.

Brissenden se marchó con el Ciclo de amor y El hada y la perla, volviendo al día siguiente para saludar a Martin con un:

—Quiero más.

No sólo le aseguró a Martin que era poeta, sino que, además, éste se enteró de que también lo era Brissenden. Le entusiasmó el trabajo de su nuevo amigo, sorprendiéndose mucho de que no hubiese intentado publicarlo.

—¡Que la plaga les fulmine! —Fue el comentario de Brissenden cuando Martin se ofreció a intentar venderlo—. Hay que amar la belleza por sí misma —le aconsejó luego— y dejar en paz a las revistas. Vuelva al mar y a los barcos, ése sería mi consejo, Martin Eden. ¿Qué espera de estas podridas ciudades de hombres? Se suicida usted a diario intentando prostituir la belleza a las demandas del gremio revisteril. ¿Qué fue lo que me dijo el otro día? Ah, sí. «El hombre, el último de los efímeros.» Bien, pues, ¿para qué quiere usted la fama, usted, el último de los efímeros? Es usted demasiado sencillo, en exceso elemental y, a la vez, demasiado racional para entrar en relación con esa caterva. Confío en que nunca podrá vender ni una sola línea a las revistas. La Belleza es el único amo al que debe servirse. Sírvala y al diablo la multitud. ¡Éxito! ¿Qué es el éxito, sino lo que ha conseguido usted con el Ciclo de amor y sus poemas marinos? La satisfacción no está en lo que se consigue al hacer una cosa, sino en hacerla. No me lo diga. Ya lo sé. Y usted también lo sabe. La Belleza nos hiere. Es un dolor eterno, una herida que no se cierra, que siempre quema. ¿Por qué la quiere compartir con las revistas? La Belleza debe ser su única meta. ¿Por qué convertirla en oro? Por suerte, no lo consigue; así que no hay que preocuparse. Pueden leerse revistas durante mil años, sin encontrar una sola línea que valga lo de Keats. Deje en paz la fama y el dólar, enrólese en un barco mañana mismo y vuelva al mar.
—No es por la fama, sino por el amor —se rio Martin—. El amor no parece tener un lugar en su cosmos. En el mío, la Belleza es la compañera del Amor.

Brissenden le miró, a la vez, con aire compasivo y admirado.

—Es usted tan joven, Martin, tan joven… Volará alto, pero sus alas son del mejor plumaje, con los mejores colores. No las hiera. No obstante, ya las ha herido. Se requiere algunas enaguas glorificadas para escribir el Ciclo de amor y ésa es la lástima.
—También se requiere un amor glorificado —indicó Martin.
—La filosofía de la locura —fue el comentario—. Así lo califiqué durante uno de mis viajes por los sueños de la grifa. Pero tenga cuidado. Esas ciudades burguesas le matarán. Recuerde el antro de comerciantes en que nos conocimos. Corrupto y seco. No es posible conservar el juicio en aquella atmósfera. Resulta degradante. Ni uno de ellos se salva entre todos aquellos hombres y mujeres, todos aquellos estómagos animados, que se guían intelectual y artísticamente por los impulsos del clan…

Se interrumpió bruscamente para mirar a Martin. Entonces, de súbito, comprendió la verdad. La expresión de su rostro tradujo el horror que sentía.

—¿Y escribió usted ese extraordinario Ciclo de amor a esa pálida y temblorosa fémina?

Al instante, la mano de Martin le aferró por el cuello, sacudiéndole hasta que le castañetearon los dientes. Pero Eden, al mirarle a los ojos, no vio temor en ellos, sino una burla cariñosa y diabólica. Entonces, rehaciéndose, le arrojó al lecho, mientras le soltaba.

Brissenden jadeaba, intentando respirar y, luego, se echó a reír.

—Me hubiese convertido en su eterno deudor de haberme apagado la llama definitivamente.
—Tengo los nervios muy excitados —se excusó Martin—. Confío en no haberle hecho daño. Tenga, le prepararé otro ponche.
—¡Ah, joven griego! —exclamó Brissenden—. ¿Se siente orgulloso de su cuerpo? Es usted extraordinariamente fuerte. Una joven pantera, un león. Usted mismo deberá pagar por esa fuerza.
—¿Qué quiere decir? —indagó Martin curioso al entregarle el vaso—. Tómeselo. Le hará bien.
—Pues… —Brissenden apuró el vaso de ponche y sonrió saboreándolo—. Pues a causa de las mujeres. Le perseguirán hasta la muerte, como ya lo deben haber hecho, o, de lo contrario, es que yo nací ayer. No, no le va a servir de nada ahogarme, pues lo diré de todos modos. Supongo que ése será un amor pasajero, pero, en nombre de la Belleza, tenga mejor gusto la próxima vez. ¿Qué le impulsa, hombre de Dios, hacia las hijas de la burguesía? Déjelas en paz. Búsquese una mujer ardiente, que se ría de la vida y de la muerte y que le ame mientras dure. Existen tales mujeres y le amarán tanto como ese producto pusilánime de la recoleta vida burguesa.
—¿Pusilánime? —protestó Martin.
—Exacto, pusilánime, moviéndose por los prejuicios minúsculos que le han inculcado y con miedo a vivir. Le querrán, Martin, pero querrán más a sus prejuicios. Lo que usted necesita, es un magnífico abandono a la vida, las grandes almas libres, las grandes mariposas y no esas polillas minúsculas. Desde luego, que acabará cansándose de ellas, de todas las mujeres, si es lo bastante desgraciado como para seguir viviendo. Pero no tendrá esa suerte. No volverá al mar y a los barcos y se quedará en esos agujeros apestosos que son las ciudades, hasta que se le pudran lo huesos y muera.
—Puede discursear lo que guste que no conseguirá que le conteste —dijo Martin—. Al fin y al cabo, tiene usted la sabiduría de su temperamento, y la del mío es tan auténtica como la suya.

No estaban de acuerdo en el amor, en su juicio de las revistas, pero se agradaban y, por parte de Martin, era algo más. Estaban juntos a diario, por lo menos durante la hora en que Brissenden acudía al cuartucho de Eden. Brissenden nunca se presentaba sin un cuarto de galón de whisky. Cuando cenaban juntos en la ciudad, bebía whisky con soda durante toda la comida. Era él siempre quien pagaba por los dos y fue por él por quien Martin conoció el refinamiento en las comidas, bebió champaña por primera vez y conoció el vino del Rin.

Pero Brissenden resultaba siempre un enigma. Con su rostro ascético y su sangre enferma, era un voluptuoso. No temía morir, estaba desengañado de todo y era un cínico, pero, no obstante, aunque a las puertas de la muerte, amaba la existencia hasta el último átomo. Le dominaba una furia de vivir, de sentir emociones, de «estrujar el lugar del espacio cósmico del que procedía», según dijo en una ocasión. Había probado las drogas y realizado muchas cosas extrañas, siempre en busca de alguna sensación nueva. Le explicó a Martin que una vez había pasado tres días sin beber, con el solo propósito de experimentar el delicioso placer de apagar la sed. Quién o lo que era, Martin no lo supo nunca. Se trataba de un hombre sin pasado, cuyo futuro era la tumba, y su presente, una serie de amarguras.


CAPÍTULO XXXIII

MARTIN perdía la batalla. Por mucho que economizase, sus ganancias del trabajo de batalla no alcanzaban a cubrir sus gastos. El día de Acción de Gracias le sorprendió con el traje oscuro empeñado, por lo que no pudo aceptar la invitación de los Morse a cenar. A Ruth no le satisfizo su excusa para no acudir, cosa que a él le desesperó. Martin le dijo a la muchacha que, a pesar de todo, iría; que se iba a trasladar a San Francisco, a la redacción del Transcontinental, cobraría los cinco dólares y, con ellos, recuperaría el traje oscuro.

Por la mañana, le pidió prestados diez centavos a María. Hubiese preferido pedírselos a Brissenden, pero el estrafalario individuo había desaparecido. Martin no le había visto desde hacía dos semanas y, en vano, estuvo pensando si le infirió alguna ofensa. Los diez centavos condujeron a Martin, por medio del transbordador, a través de la bahía, hasta San Francisco y, mientras avanzaba por Market Street, estuvo meditando acerca de su situación en caso de no poder cobrar. No tendría medio de volver a Oakland, ya que a nadie conocía en San Francisco que le prestase diez centavos.

La puerta del Transcontinental estaba entornada, y Martin, al ir a abrirla, se detuvo al oír una potente voz que exclamaba:

—Esa no es la cuestión, Mr. Ford (Ford, según sabía Martin por la correspondencia, era el director). La cuestión es si está usted dispuesto a pagar. Al contado. No me interesan las perspectivas de la revista y lo que calcula ganar el año próximo. Lo que quiero es que se me pague por lo que hago y le advierto, desde ahora, que el número de Navidad no entrará en máquina hasta que yo haya recibido el dinero. Buenos días. Cuando tenga el dinero, venga a verme.

Se abrió violentamente la puerta y un hombre pasó junto a Martin, con aire furioso, alejándose por el pasillo maldiciendo en voz baja y con los puños apretados. Eden decidió no entrar de momento y se entretuvo durante un cuarto de hora. Luego, abrió la puerta y entró. Constituía una nueva experiencia, la primera vez que pisaba una redacción. Por lo visto, allí no eran necesarias las tarjetas, pues un botones fue a avisar que alguien quería ver a Mr. Ford. Al poco rato, el muchacho le hizo una seña y le introdujo en la oficina del director. La primera impresión de Martin fue la de una habitación muy desordenada. Después, vio a un hombre con bigote, de aspecto juvenil, que se sentaba en un alto taburete y le miraba con curiosidad. Martin se sorprendió ante su extraordinaria calma. Resultaba evidente que el incidente con el impresor no le había afectado.

—Soy… soy Martin Eden —dijo para presentarse («Y quiero mis cinco dólares» es lo que le hubiese gustado añadir).

Pero por primera vez se enfrentaba a un director y, dadas las circunstancias, no quería asustarle. Para su sorpresa, Mr. Ford se puso en pie de un brinco exclamando «¡No me diga!» y, poco después, estrechaba, con las dos manos, la diestra de Martin.

—No tiene idea de lo que me alegro de conocerle, Mr. Eden. Con frecuencia me preguntaba cómo sería usted.

Se apartó un poco para contemplar a Martin, recorriendo el único traje que le quedaba, y que estaba en muy mal estado, aunque se advirtiese que había planchado los pantalones.

—Le confieso que le imaginaba mucho mayor. En su relato, había tal vigor e impulso, tal madurez y profundidad de pensamiento… Una obra maestra. Lo supe nada más leer las primeras doce líneas. Le explicaré cómo lo leí. Pero no, antes le voy a presentar a mis colaboradores.

Mientras hablaban, Mr. Ford le hizo pasar a otra oficina, en la que le presentó al director adjunto, Mr. White, un hombrecillo enjuto y frágil, de manos tan frías que semejaba estar aterido y que lucía un ralo y sedoso bigote.

—Y Mr. Ends, Mr. Eden. Mr. Ends es nuestro administrador.

Martin le estrechó la mano a un hombre calvo, de mirada de loco, con un rostro que semejaba juvenil, por lo menos en lo que podía verse. La mayor parte estaba oculto por una barba nívea, cuidadosamente recortada. Su esposa se la arreglaba los domingos, ocasión en que también le afeitaba el cogote.

Los tres hombres rodearon a Martin, hablando todos a la vez, hasta que a éste le pareció que intentaban ganar tiempo.

—Con frecuencia nos preguntábamos por qué no vendría usted —decía Mr. White.
—No disponía de dinero para el transporte. Vivo al otro lado de la bahía —respondió Martin bruscamente, con el propósito de demostrarles lo urgente que le era cobrar.

«Es indudable —se dijo— que mis ropas son una declaración bastante elocuente de mis necesidades». De continuo, en cuanto se presentaba una oportunidad, insinuaba el propósito de su visita. Pero sus admiradores aparentaban que no le oían.

Cantaron sus alabanzas, le dijeron lo que les encantó su relato nada más leerlo, que seguían pensando igual, lo que pensaban sus esposas y sus familias, pero no demostraron la menor intención de pagarle.

—¿Le he contado cómo leí su relato? —dijo Mr. Ford—. Claro que no. Yo volvía de Nueva York y, al detenerse el tren en Ogden, un empleado trajo el número de aquel mes del Transcontinental.

«¡Dios mío! —se dijo Martin—. Viaja usted en coche Pullman y yo paso hambre a causa de los cinco dólares que me deben». Le invadió una profunda indignación. Le dolía el engaño. Recordó todos aquellos lúgubres meses de angustia, de hambre y de privaciones. Se le despertó nuevamente el hambre, pues nada había comido desde el día anterior, y aun en esa ocasión muy poco. De súbito, vio rojo. Aquella gente no sólo eran ladrones, sino, además, ladrones cobardes. Con embustes y promesas rotas, consiguieron que les entregase el relato. Bien, ahora iban a recibir una lección. Decidió que no se marcharía sin cobrar. Recordó que, de no hacerlo así, no podría volver a Oakland. Se contuvo con un gran esfuerzo, pero no antes de que la expresión de su rostro perturbarse e inquietase a los otros.

Se mostraron más parlanchines que nunca. Mr. Ford comenzó a contar cómo había leído El tañido de las campanas y Mr. Ends, al mismo tiempo, quería repetirle la opinión de su sobrina, que era maestra de escuela en Alameda.

—Les voy a decir para qué vine —dijo Martin al fin—. Para que me paguen por ese relato que tanto les gusta. Cinco dólares, según creo, fue lo que me prometieron una vez se publicara.

Mr. Ford, con una satisfecha expresión de asentimiento, se llevó la mano al bolsillo, pero, luego, se volvió a Mr. Ends y dijo que se había dejado el dinero en casa. Resultó evidente que esto le dolía a Mr. Ends, pero Martin advirtió un involuntario movimiento hacia el bolsillo en que guardaba la cartera. Martin comprendió que la tenía allí.

—Lo siento —dijo el administrador—, acabo de pagar al impresor y se llevó todo lo que tenía. Me equivoqué al traer tan pocos fondos, pero la factura aún no había vencido y no esperaba que el impresor me pidiese, como favor, un adelanto.

Los dos se volvieron a Mr. Wihite, pero ese caballero se echó a reír, al tiempo que se encogía de hombros. Su conciencia, por lo menos, estaba a salvo. Había ingresado en el Transcontinental para aprender a dirigir una revista, pero principalmente estaba aprendiendo su financiamiento, El Transcontinental le debía cuatro meses, pero sabía que debía apaciguarse al impresor antes que al director adjunto.

—Es absurdo, Mr. Eden, que nos haya sorprendido así —comentó Mr. Ford con desenvoltura—. Un descuido, se lo aseguro. Le diré lo que vamos a hacer. Mañana, a primera hora, le enviaremos el cheque por correo. Tiene usted la dirección de Mr. Eden, ¿no es cierto, Mr. Ends?, Sí, Mr. Ends tenía la dirección y el cheque iban a echarlo al correo a primera hora de la mañana. Los conocimientos que Martin tenía de los Bancos y de los cheques eran muy superficiales, pero no vio ninguna razón para que no se lo diesen entonces, en lugar de al día siguiente.
—Así que quedamos de acuerdo, Mr. Eden, que mañana le enviaremos el cheque—dijo Mr. Ford.
—Necesito el dinero ahora —respondió Martin con firmeza.
—Por desgracia, en estas circunstancias… De haber venido ayer —comenzó a decir Mr. Ford suavemente, pero le interrumpió Mr. Ends, cuya mirada de loco se justificaba por lo vivo de su genio.
Mr. Ford le ha explicado ya la situación —dijo con cierta aspereza— y yo también. Le enviaremos el talón…
—Yo también he explicado —interrumpió Martin a su vez— que quiero el dinero ahora.

Se le agitó un poco el pulso ante la brusquedad del administrador y le miró con fijeza, pues había adivinado que en los bolsillos de este caballero estaba el dinero de la revista.

—Lamento… —comenzó a decir Mr. Ford.

Pero, en aquel momento, con un ademán de impaciencia, Mr. Ends se volvió, como si fuese a abandonar la habitación. Al instante, se disparó la mano de Martin, aferrándole por el cuello, de modo que la barba, aún bien peinada, apunto al cielo, en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Para horror de Mr. Ford y de Mr. White, vieron cómo a su administrador lo sacudían igual que a una alfombra de astracán.

—¡Vamos, rásquese los bolsillos, venerable desalentador de jóvenes genios! —apremió Martin—. Rásquese los bolsillos o le sacudiré hasta que se le caigan. —Luego, advirtió a los dos asustados testigos—. No se metan en esto. De lo contrario, a alguien le va a doler.

Mr. Ends se ahogaba y hasta que se aflojó la tenaza del cuello no pudo asentir a lo que le ordenaban. Pero, tras registrarse todos los bolsillos, no pudo reunir más que cuatro dólares y cincuenta centavos.

—Deles la vuelta —ordenó Martin.

Cayeron otros diez centavos. Martin contó el resultado de sus registros para asegurarse.

—Ahora usted —le gritó a Mr. Ford—. Quiero cuarenta centavos más.

Mr. Ford no se lo hizo repetir. Se vació los bolsillos, con el resultado de veinticinco centavos.

—¿Está seguro de que eso es todo? —demandó Martin con aire amenazador—. ¿Qué tiene en los bolsillos del chaleco?

Como muestra de buena voluntad, Mr. Ford les dio la vuelta. De uno de ellos cayó un pedazo de cartón. Lo recogió, e iba a guardárselo, cuando Martin exclamó:

—¿Qué es eso? ¿Un billete del transbordador? Démelo. Vale diez centavos. Se lo apunto a su cuenta. Ahora tengo cuatro dólares y noventa y cinco centavos, incluido el billete. Aún se me deben cinco centavos.

Miró a Mr. White con fijeza y el frágil periodista le entregó un nickel.

—Gracias —dijo Martin a todos en general—. Les deseo muy buenos días.
—¡Ladrón! —dijo Mr. Ends a sus espaldas.
—¡Carterista! —respondió Martin cerrando de un portazo.

Martin se sentía entusiasmado, tanto, que, al recordar que The Hornet le debía quince dólares por El hada y la perla, decidió ir allí y cobrarlos. Pero The Hornet estaba en manos de un grupo de robustos jóvenes, bien afeitados, que constituían una banda de piratas, que lo robaban todo y a todo el mundo, sin exceptuarse ellos mismos. Tras romper algunos muebles de la oficina, el director (un antiguo atleta universitario), muy bien asistido por el administrador, el agente de publicidad y el portero, consiguió sacar a Martin de la redacción y acelerar su descenso por la escalera.

—Vuelva, Mr. Eden. Celebraremos mucho verle —se burlaron los otros, mirándole desde lo alto.
—¡Vaya! —respondió Martin—. Los del Transcontinental resultaron fáciles, pero ustedes parecen luchadores profesionales.

Volvieron a reír ante esas palabras.

—Debo reconocer, Mr. Eden —comentó el director de The Hornet— que, para ser un poeta, no lo hace mal. ¿Dónde aprendió ese derechazo, si no es indiscreción?
—¿Y dónde aprendió usted esa media Nelson? —dijo a su vez Martin—. Por lo menos, le quedará a usted un ojo amoratado.
—Confío en que no le duela el cuello —repuso el director, muy solícito—. ¿Qué le parece si vamos todos a brindar por eso? No por el cuello, claro, sino por la diversión.
—Iré, puesto que he perdido —aceptó Martin.

Y los ladrones y la víctima bebieron amigablemente, conviniendo en que la batalla era del fuerte y que, por tanto, los quince dólares de El hada y la peña pertenecían, en justicia, a la redacción de The Hornet.

(Continuará...)

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