Lugares abandonados (I)

Carlos E. Luján Andrade







Podemos dejar una ciudad con un viaje. Es así que al volver se percibirá los cambios que esta ha sufrido dependiendo del devenir de la sociedad que acoge. Seremos testigos de su éxito o su fracaso. Sin embargo, a veces nuestra ciudad cambia en nuestras propias narices sin que veamos tal evolución debido a que estando tan cerca de ella, los milimétricos y ralentizados movimientos constantes pasan desapercibidos. Cuando la vorágine del día a día nos absorbe, ya no vemos los pequeños detalles que van abandonando el paisaje urbano. ¿Quién podría ver con ojos de turista una ciudad que está ahí al abrir los ojos por las mañanas y cerrarlos por las noches? El entorno tantas veces reconocido llega a ser cansino y en varias oportunidades, asfixiante. El que menos anhela un poco de tiempo para abandonarla por unos días o semanas dejando sus días libres para conocer otras ciudades y personas con las que nunca más interactuará.

La creencia de que el lugar que nos acoge está suficientemente reconocido se encuentra instalada en las verdades que usamos para justificar el escape. Lo evidente es que el trayecto cotidiano es lo conocido, más no lo que se aleja un poco más allá de lo rutinario. Y es un verdadero drama cuando fuera de esa zona de confort urbano, no reconocemos los espacios que llevan el mismo nombre de una ciudad con la que siempre nos identificamos. Es un turismo resignado al que no le buscamos sorpresas ni exaltación. Todo aquello desconocido es a propia voluntad. El circuito que recorremos los días laborales y de descanso está condicionado a que es el elegido voluntariamente rechazando lo que no queremos ver. Lo no visitado es porque deseamos evitarlo.

Conforme los años transcurren, huimos de los lugares que poco a poco nos van desencantando. Ese mismo hecho de ya no frecuentarlos conlleva también todo lo que le rodea: las rutinas para ir o regresar de dicho lugar, los locales comerciales, las avenidas y calles, los transeúntes y lo demás que implique visitarlos.

Regresar a tales espacios nos da un indicativo de cómo nuestra ciudad crece. Es difícil hacerlo con los espacios cotidianos, pero al volver a viejas rutinas en las que dependíamos de los comercios, transporte o la interacción con las personas, percibimos el movimiento del espacio citadino que hace un tiempo abandonamos.

Reconocemos tales cambios que aparecen esporádicamente, cuando en un instante despertamos y vemos hacia nuestro alrededor y al contrastarlo con los recuerdos, evaluamos la evolución de la ciudad en la que vivimos. En pequeños detalles salen a la luz aquello que creíamos inmutable.

En una ciudad como Lima, estos cambios han sido tan constantes pero lentos. Milimétricamente cada porción de ciudad ha sido removida para instalarse una nueva realidad a la que debemos acostumbrarnos. Entre la queja y la resignación, la vieja rutina es devorada por una nueva y en esa renovación vamos configurando la ciudad con la esperanza que sea una mejor que la anterior.

Particularmente, al volver a las viejas rutinas, aunque sea por unos instantes, retornan a mí las vivencias pasadas. El transporte público es uno de los que está sufriendo radicales cambios. Ya van quedando en el olvido los viajes escolares en combis informales donde el conductor en pleno movimiento del vehículo, desprendía el timón como auto de fórmula 1 para acomodarlo a su gusto. La pasividad y la costumbre de aquel acto hacían de ese tipo de conductores una especie casi en extinción. Así también el chofer de este tipo de vehículos que detenido en un lugar que no era paradero, avanza a velocidad sin ver a su delante y atropellar a uno de sus propios pasajeros que rompe el vidrio del parabrisas con sus manos para evitar ser aplastado. La sanción fue un derechazo en la cara del propio pasajero hacia el conductor sin más. Con tal golpe el agredido se fue más que satisfecho. Nada de denuncias ni resarcimiento económico. Ya en la universidad, el chofer del taxi que me llevó a una clase mañanera, se quedó dormido dos veces en plena vía rápida y tuve que despertarlo y mantener una conversación para no morir empotrado en un camión que teníamos delante. Y unos años antes de la pandemia, un cobrador de una maltrecha combi, sujetaba con sus propias manos una puerta corrediza que no cerraba por el exceso de pasajeros. Desde el paradero, la vi alejarse sin saber la suerte de aquellas personas apiñadas.

Hace poco, luego de caminar unas cuadras, me detuve en una intersección de dos avenidas principales. La flanqueaban edificios modernos, calles verdes, limpias y tránsito ordenado, pero luego me percato de un pequeño monumento que me hizo recordar las épocas en que pasaba por ahí el bus que me llevaba a la universidad y cuando fui testigo de un atropello donde el desafortunado sujeto salió volando por los aires. El que pasee ahora por ahí, vería que algo así sería imposible que vuelva a suceder. El caos, ruido y velocidad de esos años han desaparecido en parte por esa zona.

El tránsito sigue siendo un problema para nuestra ciudad, el alto tráfico se mantiene y aún hay demasiado por reordenar. Ciertas avenidas van limpiándose de lo caótico. Si bien se mantiene el desorden en otras partes de la capital, existen islas urbanas que se van despejando. Por ciertos sectores ya es seguro ir de un lugar a otro. Quedaron atrás los titulares de los diarios noventeros donde casi todos los días una “combi asesina” mataba mujeres, niños y ancianos. Aquello que producía pavor y también resignación, ha desaparecido sin saber cómo. Los cambios han sido casi sin intención. La vieja ciudad que se desempolva décadas de atraso, deja en la mente de sus habitantes algo más que nostalgia. Nos hace desear con fervor que lo pasado y patético se vaya yendo porque nadie quiere volver a vivir en un lugar hostil. Rememorar la pobreza es triste así que se decide olvidar. Aun cuando en ese ejercicio mental, nosotros también vayamos desapareciendo. Los lugares abandonados no solamente están en la realidad, sino que habitan los recuerdos donde ya pocos desean volver.

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