El bosque de la noche (VI)

Djuna Barnes










DONDE CAE EL ÁRBOL

El barón Félix, que había renunciado a su cargo en el Banco, aunque no a sus relaciones con él, había sido visto en muchos países, delante de la puerta del palacio de cada país, manteniendo las enguantadas manos ante sí, insinuando un ademán de pleitesía, contemplando monumentos y reliquias con una tensión en la pierna que le hacía dar el paso adelante o atrás antes que cualquier otro turista.

Si antaño había escrito a los periódicos sobre tal o cual noble (sin ver publicadas sus cartas), si había enviado misivas a casas en decadencia, sin recibir respuesta, ahora amasaba un cúmulo de especulaciones religiosas que pensaba enviar al Papa. La razón era que, a medida que pasaba el tiempo, se hacía más evidente que su hijo, si para algo había nacido, era para la decadencia sagrada. El niño era deficiente en lo mental y superdotado en lo emotivo; adepto de la muerte; a los diez años aparentaba seis, usaba gafas, tropezaba al correr, tenía siempre las manos frías y seguía a su padre con cara de ansiedad, temblando de una excitación que era un éxtasis precoz. De la mano de su padre, subía las escaleras de palacios e iglesias, con la flexión de pierna que exigen unas medidas que no han sido calculadas pensando en la infancia; contemplaba cuadros e imágenes de cera observando a los sacerdotes con la respiración rápida de las personas en las que la concentración tiene que ocupar el lugar de la participación, como en la cicatriz de un animal herido se observa el estremecimiento de su recuperación.

La primera vez que Guido habló de su deseo de entrar en la Iglesia, Félix quedó anonadado por la impresión. Él sabía que Guido no era como otros niños, que no se podía razonar con él. Al aceptar a su hijo, el barón comprendió que aceptaba la demolición de su propia vida. Evidentemente, el niño nunca podría cuidar de sí mismo. El barón compró a su hijo una Virgen de metal con una cinta roja y se la colgó del cuello. Aquel cuello fino, al inclinarse para recibir la cinta, le recordó el cuello de Robin, cuando la vio de espaldas a él, en la tienda de antigüedades del Sena.

Por lo tanto, Félix empezó a ocuparse de la Iglesia. Miraba inquisitivamente la cara de cada sacerdote que veía por la calle; leía letanías, contemplaba casullas, repasaba el Credo y se interesaba por el estado de los monasterios. Después de mucho reflexionar, escribió al Papa una larga disquisición sobre el estado de la clerecía. Hacía mención de los frailes franciscanos y de los curas franceses, y señalaba que una religión que, con su profunda unidad, podía producir dos tipos tan dispares —uno, el romano, rapado y esperando, según se advertía al mirar su cara inexpresiva y absorta, nada más glorioso que una resurrección muscular; mientras que el otro, el cura francés, parecía compuesto de hombre y mujer en conjunción con el pecado original, llevando con ellos una porción de bien y de mal en aumento y disminución cuantitativa constante, y ofrecía el triste espectáculo de un ente único venido a una múltiple disolución— forzosamente había de ser en extremo elástica.

Félix preguntaba si ello podía ser producto del diverso talante confesional de uno y otro país. Preguntaba si no debía darse por descontado que el oído italiano tenía que estar menos confundido porque, posiblemente, estaba atento al eco de su pasado, mientras que el francés lo estaba al del futuro. ¿Era concebible que las «confesiones» de una y otra nación pudieran producir en un caso ese coma viviente y expectante y en el otro, esa mundana, increíble, indecente glotonería? Él decía que, personalmente, había sacado la conclusión de que los franceses, más seculares, eran un pueblo muy poroso. Partiendo de esta suposición, era natural que, por tener que escuchar los mil y un pecados mundanos, el sacerdote, al llegar a los cuarenta años, encontrara difícil dar la absolución, pues el penitente optaba a una peculiar clase de perdón; no tanto absolución como exigencia, porque el sacerdote era ya en sí un vaso lleno a rebosar y otorgaba el perdón porque ya no podía contenerse y hacía apresuradamente el signo de la cruz, tenso, como una vejiga llena a reventar y ansioso de soledad. El franciscano, por el contrario, aún podía esperar. No había en su iris la tangente del que, al dar la bendición, busca la expansión.

Félix no recibió respuesta. Ni la esperaba. Él escribió para aclarar sus propias ideas. Él sabía que, con toda probabilidad, el niño nunca sería «llamado». Si lo era, el barón esperaba que ello sucediera en Austria, entre sus compatriotas, y a tal efecto decidió fijar su residencia en Viena.

Pero, antes de partir, fue a ver al doctor. Éste no estaba en su domicilio. El barón, sin saber adónde ir, enderezó sus pasos hacia la plaza. Allí vio venir la pequeña figura vestida de negro. El doctor venía de un entierro y se dirigía al Café de la Mairie du VIe para remontar el ánimo. El barón observó con estupor, durante los segundos que el doctor tardó en descubrirle, que parecía avejentado, más de lo que sus cincuenta y tantos años justificaban. Se movía despacio, como si anduviera por el agua; las rodillas, en las que uno nunca se fijaba puesto que el doctor casi siempre estaba sentado, se le doblaban. Su oscuro mentón se hundía con una melancolía que parecía no tener ni principio ni fin. El barón le llamó e inmediatamente el doctor se despojó de su personalidad oculta, como se esconde precipitadamente una vida secreta. Sonrió, irguió el cuerpo y levantó la mano saludando aunque, como es habitual en las personas a las que se ha pillado desprevenidas, un poco a la defensiva.

—¿Qué es de su vida? —preguntó, parándose a media manzana—. Hace meses que no le veía, y es una lástima —agregó.

El barón sonrió.

—He tenido inquietudes espirituales —dijo, empezando a andar al lado del doctor—. ¿Tiene compromiso para cenar?
—No —dijo el doctor—. Vengo de enterrar a un sujeto excelente. No creo que usted lo conociera, un cabila, un árabe de lo mejor. Tienen sangre romana y pueden palidecer con una fuerte impresión, que es más de lo que puede decirse de la mayoría —agregó, andando un poco de lado, como el que no sabe adónde va el compañero—. Si haces algo por un cabila, por delante o por detrás, él te recompensará con un camello o con un saco de dátiles —suspiró, pasándose la mano por el mentón—. El único que he conocido que me ofreció cinco francos antes de que yo pudiera sacar los míos. Enmarqué el billete con flor de azahar y lo colgué de la estantería.

El barón iba distraído pero sonrió por cortesía. Propuso cenar en el Bois. El doctor se mostró encantado y, ante la buena noticia, esbozó esa serie de ademanes del que recibe una grata sorpresa: alzó ligeramente las manos —sin guantes—, casi palpó el bolsillo del pecho —pañuelo—, se miró los zapatos y se sintió agradecido al entierro: estaban relucientes. En conjunto, estaba bastante presentable. Se tocó la corbata tensando los músculos del cuello.

Mientras el coche avanzaba por el Bois, el doctor repasaba mentalmente lo que podía pedir: pato a la naranja, no. Al cabo de tantos años de comer con bolsillo de pobre, sus hábitos se reducían a platos sencillos, al ajo. Se estremeció. Tenía que pensar en algo diferente. Lo único que se le ocurría era café y Grand Marnier, calentando la gran copa en la palma de la mano, como sus paisanos se calentaban con el fuego de turba. «¿Sí?», dijo al advertir que el barón estaba hablando. El doctor levantó la barbilla al aire de la noche y escuchó con intensa atención, a fin de poder reconstruir la frase completa.

—Es extraño, pero a la baronesa nunca la había visto a esta luz —decía el barón cruzando las piernas—. Si tratara de expresarlo con palabras, me refiero a cómo la veía en realidad, resultaría incomprensible por la simple razón de que ahora me doy cuenta de que nunca, en ningún momento, tuve una idea clara. Yo de, ella tenía una imagen, pero no es lo mismo. Una imagen es un alto que hace la mente entre dos incertidumbres. Yo había recogido muchas cosas de usted, desde luego, y, después, cuando ella se fue, de otras personas, pero esto sólo aumentó mi confusión. Cuanto más averiguamos acerca de una persona menos sabemos. Por ejemplo, yo no sabré nada de Chartres, aparte el dato de que posee una catedral, si no he vivido en Chartres y puedo establecer una proporción entre la altura de la catedral y las vidas de sus vecinos. De otro modo, el saber que un tal Jean de esa ciudad había puesto a su mujer de pie encima del pozo no serviría más que para desconcertarme; al imaginar el acto, se me aparece tan alto como la catedral; de la misma manera que los niños que no saben gran cosa de la vida dibujan a un hombre y un granero a la misma escala.
—Su devoción por el pasado puede ser como el dibujo de un niño —observó el doctor mirando el taxímetro con aprensión.

El barón asintió. Estaba preocupado.

—Mi familia se ha preservado porque cuanto sé de ella se cifra en los recuerdos de una sola mujer, mi tía. Por lo tanto, tiene un carácter singular, claro e inalterable. En esto he tenido suerte. Ello me da un sentido de inmortalidad. Nuestra idea fundamental de eternidad es una condición que no puede variar. Es la motivación del matrimonio. En realidad, no hay hombre que desee la libertad. El hombre adquiere un hábito con toda la rapidez posible. Es una forma de inmortalidad.
—Y, lo que es más, llenamos de reproches a la persona que la rompe, alegando que con ello ha roto la imagen de nuestra seguridad.

El barón asintió.

—Esta cualidad de una condición única, que era tan característica de la baronesa, era lo que me atraía en ella; una manera de ser que, en aquel entonces, ni siquiera había elegido deliberadamente, sino que era una especie de posesión fluida que me daba la sensación de que yo podría no sólo alcanzar la inmortalidad sino también ser libre para elegir mi propia especie.
—Ella siempre sostuvo boca abajo la bolsa de los trucos de Dios —dijo el doctor.
—Sin embargo —prosiguió el barón—, a decir verdad, la misma abundancia de lo que entonces me parecía seguridad y que en realidad era la privación más absoluta, era lo que me daba mayor placer y también una terrible sensación de angustia, que resultó plenamente justificada.

El doctor encendió un cigarrillo.

—Yo lo tomaba por aquiescencia —prosiguió el barón—. Y con ello cometí mi gran error. En realidad, ella era como esas personas que, al entrar inopinadamente en una habitación, interrumpen todas las conversaciones porque buscan a alguien que no está. —Golpeó el cristal del taxi, se bajó y pagó. Cuando subían por el camino de grava, prosiguió—: Lo que yo quería preguntarle especialmente era por qué ella se casó conmigo. Me ha dejado en la oscuridad para el resto de mi vida.
—Tome usted el caso de la yegua que sabía demasiado —dijo el doctor—y que por la mañana miraba entre las ramas, pino o ciprés. Sufría por algo que le había sido arrebatado durante la guerra, en un bombardeo. Por su actitud, ese algo yacía entre sus cascos, pero ella no movía ni una rama, aunque su flanco era un torrente de dolor; estaba condenada hasta las corvas, que la hierba acariciaba suavemente al ondear. Sus pestañas tenían el gris negruzco de las de un negro, y en el suave centro de sus ancas palpitaba un pulso fino como de violín.

Mientras repasaba el menú, el barón dijo:

—La Petherbridge vino a verme.
—Dios rutilante —exclamó el doctor, dejando la cartulina sobre la mesa—. ¿A eso llegó? Nunca lo hubiera creído.
—Al principio, yo no tenía idea de quién era —dijo el barón—. No había ahorrado esfuerzos para hacer su atuendo rancio y triste, a base de velos y un vestido de una tela oscura y neutra con flores, de corte sencillo, muy ceñida a un busto muy pequeño y con frunces en la cintura, sin duda para disimular las anchuras de la que ha dejado muy atrás los cuarenta. Parecía tener prisa. Me habló de usted.

El doctor dejó el menú sobre las rodillas. Levantó sus oscuros ojos con las cejas hirsutas.

—¿Qué dijo?

El barón respondió, evidentemente sin sospechar que con sus palabras tocaba un punto sensible:

—Disparates acerca de que a usted se le ve casi todos los días en un convento donde hace sus devociones, recibe comida gratis y atiende casos que son, digamos, ilegales.

El barón levantó la mirada. Entonces advirtió con sorpresa que el doctor se había «deteriorado» hasta la condición en que le viera en la calle, cuando creía que nadie le observaba.

En voz muy alta, el doctor dijo al camarero a menos de dos dedos de sus labios: «Sí, y con las naranjas, naranjas».

El barón prosiguió rápidamente:

—Yo me sentía violento, porque Guido estaba delante. Ella dijo que había venido a comprarme un cuadro. Efectivamente, me ofreció un buen precio, que estuve tentado de aceptar… últimamente me he dedicado a la compraventa de cuadros, para mi viaje a Viena, pero luego resultó que el cuadro que quería era el retrato de mi abuela, del cual yo nunca podría desprenderme. Pero no llevaba ni cinco minutos en la habitación cuando me di cuenta de que lo del cuadro era un pretexto y que lo que ella buscaba era otra cosa. Se puso a hablar de la baronesa casi inmediatamente, aunque al principio sin dar nombres, y yo no relacioné el relato con mi esposa hasta el final. Me dijo: «Es realmente extraordinaria. Yo no la comprendo en absoluto, pero tengo que decir que la comprendo mejor que otras personas». Y entonces añadió con una vehemencia forzada: «Siempre deja morir a los animalitos. Los mima, los mima y luego los abandona. Del mismo modo que los animales se abandonan a sí mismos».
»A mí aquello no me gustó en absoluto, porque Guido quiere mucho a los animales, y yo me daba cuenta de lo que pasaba por él. No es como otros niños, cruel o insensible. Por eso le llaman “raro”. He observado que al niño que es maduro, quiero decir maduro de corazón, siempre se le llama deficiente. —Pidió la cena y prosiguió—: Entonces ella cambió de tema.
—Zigzagueando como una barcaza a impulsos del viento —dijo el doctor.
—Bien, sí, se puso a hablar de una niña a la que tenía en su casa, Sylvia la llamó; por aquel entonces, la baronesa también vivía con ella, aunque yo no supe hasta después que esa persona fuera la baronesa. Bien, lo cierto es que al parecer, la pequeña Sylvia se había «enamorado» de la baronesa y ella, la baronesa, no hacía más que despertarla por la noche para preguntarle si la «amaba».
»Durante las vacaciones, mientras la niña estaba fuera, la Petherbridge empezó a sentir “ansiedad”… así se expresó ella, por si realmente “la joven tenía o no tenía corazón”.
—Y, para averiguarlo, volvió a traer a la niña —especuló el doctor, observando a la elegante concurrencia que empezaba a llenar el comedor.
—Exactamente —dijo el barón mientras pedía el vino—. Yo lancé una exclamación y ella dijo rápidamente: «Usted no puede reprochármelo, no puede acusarme de servirme de una niña para mis propios fines». Bien, ¿a qué, si no, se reduce eso?
—Esa mujer no vacilaría en servirse de la tercera resurrección de un muerto para sus propios fines —dijo el doctor instalándose más cómodamente en su silla—. Aunque tengo que reconocer que es muy generosa con el dinero.
—Eso deduje de la oferta que me hizo por el retrato —dijo el barón haciendo una mueca—. Bien, luego dijo que, cuando volvieron a reunirse, la baronesa la había olvidado hasta el extremo de que la niña se sintió «avergonzada». Dijo «la vergüenza la recorrió de arriba abajo». Ya estaba en la puerta cuando pronunció la última frase. En realidad, interpretó toda la escena como si mi salón fuera un escenario y en aquel punto ella tuviera que decir la última frase.
»“Robin, dijo, la baronesa Robin Volkbein; quizá sea alguien de su familia”.
»Me quedé sin poder moverme durante todo un minuto. Cuando me volví, vi que Guido estaba mareado. Lo tomé en brazos y le hablé en alemán. Él me preguntaba mucho por su madre, y yo siempre había conseguido inducirle a esperarla.

El doctor se volvió hacia el barón con una de sus súbitas iluminaciones:

—Exactamente —dijo—. Con Guido usted está siempre en presencia del «inadaptado». ¡Espere! No utilizo la palabra en sentido peyorativo; en realidad, mi mayor virtud es que nunca utilizo lo peyorativo en el sentido habitual. La piedad es una intrusión cuando se aplica a una persona que es un nuevo asiento en una vieja cuenta. Porque eso es su hijo. Uno sólo puede compadecer a los que están limitados a su propia generación. La piedad es temporal, es decir, que muere con la persona; un hombre digno de piedad es el último eslabón de sí mismo. Usted ha tratado bien a Guido.

El barón se quedó inmóvil, con el cuchillo inclinado hacia abajo. Levantó la mirada:

—¿Sabe, doctor?, la idea de que mi hijo pueda morir a edad temprana me produce una especie de triste felicidad porque su muerte es lo más espantoso que puede sucederme. En lo insoportable se halla el nacimiento de la curva de la alegría. Yo me siento preso en la sombra de un amplio temor que es mi hijo; él es el centro en torno al cual giran la vida y la muerte, el encuentro con él es mi designio final.
—¿Y Robin? —preguntó el doctor.
—Ella está conmigo en Guido; los dos son inseparables, y esta vez —dijo el barón atrapando el monóculo— con su pleno consentimiento. Se inclinó hacia delante y levantó la servilleta—. La baronesa siempre parecía estar buscando a alguien que le dijera que era inocente. Guido se le parece mucho, salvo en que él es inocente. La baronesa siempre buscó en la dirección equivocada hasta que encontró a Nora Flood que, por lo poco que sé de ella, parece ser una persona íntegra, por lo menos, en intención.
»Hay personas —prosiguió— que necesitan permiso para vivir. Y si la baronesa no encuentra quien le dé ese permiso, se construirá una inocencia para sí; una espantosa clase de inocencia primitiva. Tal vez nuestra generación la considere “depravada”, pero nuestra generación no lo sabe todo.
—Sonrió—. Por ejemplo, Guido. ¿Cuántos son los que lo aprecian en lo que vale? La vida de cada cual le es propia de un modo peculiar cuando uno la ha inventado.

El doctor se limpió los labios.

—En la aceptación de la depravación es como mejor se capta el sentido del pasado. ¿Qué es una ruina sino el tiempo que se alivia de la resistencia? La corrupción es la Edad del Tiempo. Es el cuerpo y la sangre del éxtasis, la religión y el amor. ¡Ah, sí! —agregó el doctor—. Nosotros no «trepamos» a las alturas, sino que somos consumidos hacia ellas y entonces la conformidad y el orden dejan de procurarnos satisfacción. El hombre nace tal como muere, abominando de la limpieza; y luego está su condición intermedia, el descuido que, generalmente, acompaña al cuerpo «atractivo» una especie de tierra de la que se nutre el amor.
—Es verdad —dijo Félix con vehemencia—. La baronesa tenía un desaliño indefinible, una especie de «olor de recuerdo» como la persona que ha venido de un lugar que hemos olvidado y que daríamos la vida por recordar.

El doctor alargó la mano hacia el pan.

—Así pues, la razón de nuestra limpieza se hace evidente; la limpieza es una forma de aprensión; nuestra deficiente memoria racial está engendrada por el miedo. El destino y la historia son desordenados; nosotros tememos el recuerdo de ese desorden. Robin no lo temía.
—No —dijo Félix en voz baja—. No lo temía.
—El estado casi fosilizado de nuestra capacidad de recordar está demostrado por nuestros asesinos y por quienes leen hasta el último detalle del crimen con apasionada avidez —prosiguió el doctor—. Sólo por tales medidas extremas puede el hombre medio recordar algo ocurrido hace mucho tiempo; ciertamente, no es que recuerde, sino que el crimen en sí es la puerta que conduce a una acumulación, la forma de palpar el estremecimiento de un pasado que todavía vibra.

El barón guardó silencio un momento. Luego, dijo:

—Sí; algo de este rigor tenía la baronesa, algo así como un primer esbozo; se advertía en su andar, en su forma de vestir, en su silencio, que escondía un lenguaje confuso y mal articulado. En todos sus movimientos había una gravidez, una premiosidad como si el pasado fuera una red que la envolvía como esa red que el tiempo extiende sobre el edificio muy viejo. Hay una perceptible gravidez en el aire que envuelve un edificio del siglo trece —dijo con leve pedantería— que es muy distinta del aire liviano que rodea una estructura nueva; lo nuevo parece repeler y lo viejo absorber el aire. Así había en la baronesa una densidad no de edad, sino de juventud. Tal vez fuera eso lo que me atrajo.
—Los animales se orientan principalmente por un olfato muy sensible —dijo el doctor—. Nosotros, para diferenciarnos de ellos, perdimos el nuestro y ¿qué tenemos en su lugar? Una tensión del espíritu que es la contracción de la libertad. Pero —terminó— todos los hechos horribles tienen por finalidad el provecho.

Félix comió un momento en silencio. Luego preguntó a quemarropa:

—Usted sabe lo que a mí me preocupa. ¿Mejorará mi hijo?

El doctor, cuanto más viejo, más parecía hablar consigo mismo cuando tenía que responder a una pregunta, y cuando la respuesta le perturbaba daba la impresión de que se encogía. Dijo:

—No siga buscando la calamidad; la tiene en su hijo. Al fin y al cabo, la calamidad es lo que todos perseguimos. Usted la ha encontrado. El hombre está completo sólo cuando toma en consideración a su sombra además de a sí mismo; ¿y qué es la sombra de un hombre sino su asombro postrado? Guido es la sombra de su angustia, y la sombra de Guido es la sombra de Dios.
—También a Guido le gustan las mujeres de la Historia —dijo Félix.
—La sombra de María —dijo el doctor.

Félix volvió la cabeza. El borde del monóculo lanzó un destello.

—Dice la gente que Guido no tiene la mente sana. ¿Qué dice usted?
—Yo digo que una mente como la suya tal vez sea más apta que la de usted y que la mía. A él el hábito no le da seguridad, y ahí siempre cabe la esperanza.
—Es que no crece —susurró Félix.
—Su exceso de sensibilidad puede cohibir su espíritu —dijo Matthew—. Su cordura es un espacio desconocido: un espacio conocido siempre es menor que un espacio desconocido. Yo que usted, portaría la mente de ese niño como la copa que se recibe en la oscuridad. No se sabe lo que puede contener. Él se alimenta de extraños restos que nosotros no hemos catalogado; él come un sueño que no es nuestro sueño. En la enfermedad hay mucho más que el nombre de esa enfermedad. En la persona corriente, lo peculiar es lo que ha sido desterrado, y en el ser peculiar lo que se descarta es lo corriente; a la gente siempre le da miedo aquello que requiere vigilancia.

Félix pidió fine. El doctor sonrió:

—Ya le dije que acabaría bebiendo —recordó, vaciando de un trago su propia copa.
—Lo sé —respondió Félix—; pero entonces no lo entendí. Creí que se refería a otra cosa.
—¿A qué?

Félix titubeó haciendo girar entre sus dedos temblorosos la pequeña copa.

—Yo creí que quería usted decir que abandonaría.

El doctor bajó la mirada.

—Quizá fue lo que quise decir. Pero a veces me equivoco. —Miró a Félix desde debajo de sus gruesas cejas—. El hombre nace condenado e inocente desde el principio, y, tristemente, no hay otro remedio, ajusta su melodía a estos dos temas.

El barón se inclinó hacia delante y dijo en voz baja:

—¿Estaba condenada la baronesa?

El doctor deliberó un segundo, sabiendo lo que Félix había envuelto en aquella pregunta.

—Guido no está condenado —dijo. Y el barón se volvió rápidamente—. Guido —prosiguió el doctor— es un bienaventurado, es la paz de espíritu, es lo que usted siempre persiguió. La aristocracia —dijo sonriendo— es una condición que adquiere la mente de la persona al tratar de pensar en algo más grande y mejor. Tiene gracia que un hombre nunca sepa cuándo ha encontrado lo que siempre anduvo buscando —añadió secamente.
—¿Y la baronesa? —dijo Félix—. ¿Sabe algo de ella?
—Ahora está en América, pero eso ya debe usted de saberlo. Sí; escribe de vez en cuando, no a mí, no lo permita Dios, sino a otros.
—¿Y qué dice? —preguntó Félix tratando de disimular la emoción.
—Dice: «Recordadme» —respondió el doctor—. Y es que quizá le cueste trabajo recordarse a sí misma.

El barón asió el monóculo.

—Altamonte, que ha regresado de América, me dice que la encontró «ausente». Una vez, yo pretendí, como usted, que de todo se entera, ya debe de saber —dijo colocando el monóculo en su sitio—, pretendí situarme entre bastidores, como si dijéramos dentro del escenario de nuestra actual condición, para averiguar si era posible descubrir el secreto del tiempo; tal vez sea una suerte que ésta sea una ambición imposible para la mente sana. Ahora estoy seguro de que uno tiene que estar un poco loco para leer en el pasado o en el futuro. Hay que estar un poco apartado de la vida para conocer la vida, la vida oscura, vislumbrada confusamente: la condición en la que vive mi hijo. Quizá ése sea también el afán que mueve a la baronesa.

El barón sacó el pañuelo, se quitó el monóculo y lo limpió cuidadosamente.


Con un maletín lleno de medicamentos y un frasquito de aceite para las manos de su hijo, Félix arribó a Viena con el niño al lado; Frau Mann, opulenta y alegre, iba en el asiento de delante, sosteniendo la manta para los pies del niño. Ahora Félix bebía copiosamente, y para ocultar el tinte rojo de sus mejillas se había dejado una barba que terminaba en dos puntas peinadas hacia los lados. En lo de beber, Frau Mann no le iba a la zaga. Eran muchos los cafés que frecuentaba el extraño trío: entre los dos, el niño, con unos gruesos lentes que le agrandaban los ojos, muy erguido, con el cuello rígido, manteniendo la cabeza en actitud atenta, observando cómo las monedas de su padre rodaban por el suelo más y más lejos a medida que avanzaba la noche, a los pies de los músicos, a los que Félix pedía marchas militares, Wacht am Rhein, Morgenrot, Wagner; el monóculo, empañado por el calor de la sala, bien encajado, Félix muy correcto y borracho, tratando de no buscar lo que siempre buscara, el vástago de una noble casa venida a menos; con los ojos vueltos hacia el techo o puestos en el lugar de la mesa en que el pulgar y el meñique seguían el compás de la música, como si sólo tocaran las dos notas importantes de una octava, la grave y la aguda, o moviendo la cabeza y sonriendo a su hijo, como uno de esos juguetes mecánicos que mueven la cabeza al contacto de una mano infantil. Guido apretaba la mano contra el estómago donde, debajo de la camisa, podía sentir la medalla contra la carne. Frau Mann, agarrando firmemente la jarra de la cerveza, hablaba y reía fuertemente.

Una tarde, al entrar en su café favorito del Ring, Félix vio sentado en un rincón a un hombre alto al que en seguida reconoció por más que se resistía a admitirlo: estaba seguro de que era el gran duque Alejandro de Rusia, primo y cuñado del difunto zar Nicolás, y durante la primera parte de la noche se abstuvo de mirarle. Pero, cuando las saetas del reloj marcaban las doce, Félix (con el abandono de su propia locura) tuvo que sucumbir y, cuando se levantaron para marcharse, con las mejillas descoloridas y las puntas de la barba dobladas hacia abajo por la crispación del mentón, dio media vuelta, hizo una leve inclinación y, en su turbación, ladeó la cabeza, con ese movimiento con el que el animal desvía la mirada al tropezarse con los ojos del hombre, como si sufriera una vergüenza mortal.

Al ir a subir al coche dio un traspiés. «Vamos —dijo tomando entre los suyos los dedos de Guido—. Estás helado». Extrajo del frasco unas gotas de aceite y empezó a friccionar las manos del niño.

(Continuará...)

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