CINE EXPRESS: “El encanto de lo invisible”

Helena Garrote Carmena









Tiene algo el cine clásico que visto ahora, con distancia, me provoca ternura. Las relaciones de pareja que se nos presentan en las películas de los años 40 y 50 siguen siendo las mismas porque seguimos siendo los mismos; romances apasionados, infidelidades y traiciones, encuentros imposibles o matrimonios a la gresca, nada nuevo bajo el sol, pero el modo de mostrarlas ha variado sustancialmente. A diferencia del cine actual, en un clásico como dios manda hay ciertos acontecimientos en los que vas a ver poco y a intuir mucho, por ejemplo aquellos en los que vienen niños al mundo.

Asistir a un embarazo y posterior nacimiento cinematográfico de hace siete décadas resulta tan encantador como inverosímil. Estoy convencida de que a los nacidos fruto de romances de melodrama los trae directamente la cigüeña.

Analicemos la escena:

La inmaculada parturienta, tras un gozoso embarazo exento de cualquier mundano malestar, espera plácidamente encamada en su domicilio sureño el inminente alumbramiento. El lecho es alto, de colchón grueso, con suficientes almohadones de pluma mullida como para temer que la futura mamá pueda ser engullida en cualquier momento. Luce camisón cerrado de algodón y una rica colcha la cubre hasta la cintura, ocultando el menor rastro o abultamiento del neonato que luego va a aparecer.

Al otro lado de la puerta, el esposo – al que no se le permite presenciar semejante prodigio- deambula impaciente hasta que se escucha un repentino y potente llanto y … ¡esperen! que sale el doctor.

El galeno por excelencia en estas películas es un hombre de edad avanzada, de aspecto sereno y respetable. Se ve a la legua que proviene de una estirpe de ilustres doctores. Sin despeinarse, en mangas de camisa y limpiándose las manos con un paño impoluto como si acabase de merendar en el Ritz da la solemne enhorabuena al padre y se hace a un lado, para que éste, impetuoso, entre a verificar que el abrazo y el beso violinístico de varias escenas atrás, ha dado su fruto. Ella le recibe sonriente, luciendo exactamente igual que la dejamos al principio, sus bucles resplandecen sobre los cojines y la ropa de cama no se ha desplazado ni un ápice. Con sumo cuidado destapa mínimamente el pequeño envoltorio lloriqueante que cobija entre sus brazos. El primerizo papá se aproxima orgulloso al bebé (que ya no llora) y, agradecido, besa en la frente a la madre de la criatura, justo en el instante en el que una grácil cigüeña despliega sus alas y sale por la ventana. Nunca se la ve, a la cigüeña, pero tampoco es necesario mostrarlo todo. Es parte del encanto.

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