Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA “El cadáver del duende”

Ítalo Costa Gómez








Es vox populi. Quedarme a dormir en casa de mis amigos me encanta. Mis presencias predilectas siempre tienen un espacio especial reservado para mí: un cuarto de huéspedes, una lavandería vacía, un trastero con una pecera para que duerma como la Sirenita o un sleeping bag que pueda tirar en el jardín. Soy feliz en esos pequeños espacios que me dan para que descanse – o intente dormir – la mona y luego desayunar juntos antes de irnos cada uno a nuestros trabajos. Es un ambiente muy parecido a un hogar y me fascina ese espacio tradicional del que casi siempre he sido descartado.

[Yo quería ser la Hechizada. Yo quería vivir dentro de la botella y vivir adulando al amo Tony. Yo quería ser el Joe de Chandler. La mamá de los Ingalls menos cojinova]

Cuando la alegría que se desborda se suma a la energía de su pequeño narrador de cuentos y a la torpeza de sus manos ya bien conocida pues hay que estar preparados psicológicamente para la posibilidad de encontrar las cortinas incendiadas, los pisos inundados y el servicio limpiecito. Ahhh no, eso sí ah. Soy una Meche Solaeche ebria que limpiará tu hogar y te dará amor a cambio de lo que he roto; como el ángel de la terraza de mi pobre Analú.

Cuenta la historia que había regresado mi querida amiga del Cuzco y había comprado varias artesanías para la tienda de curiosidades que tiene en Barranco. Entre esas adquisiciones había un duendecito cuzqueño de cerámica. Era lindo con su poncho y sus alas. Era muy original. Ella lo había colocado en una de las paredes de la terraza que por poquito daba al mero balcón que miraba a la calle. Lo había puesto en uno de esos parantes que en realidad son para poner macetas. Ella vive en el quinto piso de un edificio bastante simpático que va con el alma bohemia de la buena Analú.

Después de haberla ayudado a acomodar todo con casi tres botellas de vino y mucho Joaquín Sabina había llegado el momento de dormir.

– Ítalo, puedes acostarte en el cuarto o dónde quieras. Yo me muero de sueño. Si quieres mas vino en la cocina hay y haz lo que quieras. Me despiertas cuando te tengas que ir.

Decidí hacer mi rutina de baile con todo y vinos encima en la terraza con el nuberengue a todo volumen. Me puse tres pares de medias que me permitían deslizarme en el suelo y poder dar giros más largos. Mientras me ejercitaba me sentía en Broadway. Todo funcionaba.

[Voulez-vous coucher avec moi, ce soir? Voulez-vous coucher avec moi?]

Uno de esos acrobáticos deslizamientos fue más largo de lo pensado. En otras palabras salí disparado a la velocidad de un rayo y el salto me llevó directamente al duende cerámico. Lo golpeé muy duro con la mismísima cabeza y la cojudez que lo sostenía se dobló y el adorno cayó cinco pisos para terminar estrellándose y haciéndose mil pedazos ante mi cara de terror y las dalinas que seguían cantando en el fondo.

Cuando me aseguré que no había matado a nadie, apagué la música y me acosté en el sillón con la mirada perdida, la casi presencia del duende muerto en la mitra, la cabeza adolorida y pensando en qué podría decirle a mi comadre. El duende no llegó a cumplir un puto día. Que mala suerte, caray.

No dormí nada. A las seis me paré a mirar el balcón. No había señales del cadáver del duende. Lo habían barrido (gentileza que no tuve debido a mi condición de asesino etílico). Fui al cuarto de Analú. La encontré vestida y muerta de risa. Cuando me vio entrar puso voz dramática.

– Ya sé, no me digas nada. Me deshice del cadáver y me debes 350 soles. Ahora soy tu cómplice. Eres un asesino huevonazo. Todo te acusa y crees que con tu cara de gato de Shrek nadie te va a mandar a la mierda. Lo peor es que tienes razón. Nunca irás a prisión. Puedes ir en paz.

– Ni en tan en paz. Creo que necesito un parche en la cabeza. No sé si es el golpe, el vino o la culpa asesina, pero siento que falleceré en cualquier instante.

– Es la maldición del duende del valle sagrado, querido. Ni siquiera te deshiciste del cuerpo. Te perseguirá siempre y te hará doler los doce ángulos.

Entre risas y apuros nos fuimos cada uno a nuestro centro de labores y desde ese día mi buena amiga me da un espacio para dormir en el cuarto de servicio donde no cuelga un solo adorno y “mi propia vida no corre peligro” en el aireado balcón.

Y así fue, mis pequeños eléctricos, que me fui de casa de Analú con una marca cuzqueña en mi destino. Partí maldito con mis miradas tan tiernas, con la cabeza partida y con el rabo entre las piernas.

Una respuesta a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA “El cadáver del duende”

  1. Dicen que los abuelos son padres desinhibidos. Lástima que eso se adquiere con la edad y, de padres, ejercen diferente. Para los nietos son una fuente inagotable de conocimientos, que deben aprovecharse. Si sobreviven en el tiempo y te dan tiempo, claro. Abrazote.

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