CARTAS CHILANGAS (XXVI)

Juan Patricio Lombera








Carta XVIII

Ciudad de México 1 de enero de 2020

Estimado Baltasar

Aunque te parezca mentira, poco te puedo hablar de lo que es celebrar en la ciudad de México el año nuevo. Como sabes mis primeros años de vida los pasé en el extranjero debido a la labor diplomática de mi padre. Luego, cuando éramos pequeños, nos íbamos todos los años al campo a pasar el año nuevo en casa de mi abuela a partir del 26. Recuerdo que un vecino contrataba a una tambora (banda de pueblo) para que amenizara la noche y también contrataba a un taquero que repartía cientos de tacos al pastor esa noche. Bailábamos (yo bailaba en aquella época aunque te sea difícil imaginar dada mi torpeza en la coordinación de movimientos y mi extremo sentido del ridículo) y, al llegar la medianoche, nos reuníamos en torno al lago para ver los cohetes. Recuerdo que en una ocasión uno de estos artificios empezó su vuelo y, al poco, tiempo dio la vuelta, obligando a mi padre a echarse en el agua para evitar ser impactado por el artificio. Los cohetes se encendían en un muelle. Cuando ya fui adolescente, empecé a acompañar a mis cuates a la playa. Básicamente, alquilábamos una hamaca en una playa virgen. El alquiler, bastante barato, incluía las tres comidas. Durante el día jugábamos al fútbol, nadábamos e intentábamos ligar no con mucha suerte. Las noches eran para el desenfreno. Drogas y alcohol. Ahí era donde hacía negocio el pescador, que cobraba tarifas superiores a las del mercado según decían los entendidos en cuestiones de mariguana. En cualquier caso, algo había que consumir, ya que si no estás acostumbrado, dormir en una hamaca puede resultar bastante incómodo. Y encima estaba ese tremendo bicho conocido como la pulga de arena. Dormíamos con camisa, pantalón y zapatos y eso no impedía que amaneciésemos con las espaldas destrozadas.

Finalmente, ocurrieron los hechos que desencadenaron mi expulsión del país. Como puedes ver, en realidad, apenas he celebrado alguna navidad en la capital. Si recuerdo no obstante, alguna celebración con mis primos segundos. Fue completamente diferente a lo conocido, ya que nos reunimos en Ciudad Satélite no solo con mis primos segundos, sino también con los primos de estos de Guadalajara. Éramos muchos y contrariamente a lo que yo me esperaba fue una noche muy agradable en la que cenamos mole de guajolote que, dicho sea de paso, acabo sentándome mal al grado de que terminé vomitando. Lo divertido de aquella noche fue que los adultos hicieron su fiesta por su lado mientras que los niños estábamos en otra habitación. Curiosamente, la familia anfitriona representaba el papel de la familia perfecta. La única peculiaridad de esa familia consistía en que el mando lo ejercía ella y le gustaba resaltarlo, mandando en frente de los invitados a su esposo a comprar cualquier tontería. Para los parámetros de la época y para los actuales, él era un mandilón (calzonazos se diría en España) y todo el mundo lo sabía, lo que seguramente hería su orgullo de macho mexicano. Heriberto entabló el divorcio después de la boda de su primera hija sin importarle la suerte de sus hijos menores. Pero, como dice el refrán popular, no soltó una liana sin antes asegurar la otra. A partir de ahí su vida fue cuesta abajo. Se casó con su amante, se volvió a divorciar y entre ambas separaciones lo perdió todo. La última vez que lo vio mi hermano, estaba pidiendo en la calle. Mi hermano le invitó un café. Supimos posteriormente que había muerto, pero nadie de mi familia fue al entierro. En lo personal puedo decir que conmigo siempre fue muy amable. Poco más.

Esa noche, no sé porque también estaba mi abuela y su hermana, a la que todos llamábamos “Pata”. Siempre fue una mujer muy dicharachera y sin temor al qué dirán. Tuvo una relación tormentosa de la que nació su primer hijo y, posteriormente, se casó con un extranjero al que se le inventó el cuento de que el primer “esposo” de mi tía abuela había sido asesinado en la revolución mexicana fusilado por Villa. Afortunadamente, el gringo en cuestión no era muy entendido de la historia mexicana ya que si hubiera echado cuentas se habría percatado de que las fechas no coincidían, habida cuenta de que el centauro del norte fue asesinado en 1920. Su primer hijo, el que tuvo fuera de matrimonio, siempre fue un desastre; desde pequeño sus travesuras se traducían en llamadas de atención por parte del colegio cuando no su expulsión. Poco puedo decir del resto de sus hijos, salvo del jalisciense (no porque hubiera nacido ahí sino porque se fue a Guadalajara y se auto proclamó tapatío) que tuvo la gentileza de invitarnos en una ocasión a su casa. Fue un hermosa estancia que me permitió conocer la obra de Orozco en el auspicio Cabañas y el lago de Pátzcuaro; el único lago en el que he estado y que no he podido ver el otro lado desde una de las orillas por lo grande que era éste. También nos permitió gozar de las instalaciones del club del cual era socio. Por lo que todo fue jauja.

La celebración de este año en casa de mi hermana fue muy similar a la Navidad, salvo por el hecho de que esta vez sí decidimos que preferíamos una cena recalentada sin el servicio a una comida tardía. No creo que le haya hecho mucha gracia a mi hermana esta situación, pero no se le da tanta importancia como a la cena de Nochebuena. Lo malo fue que en esta ocasión no había nadie de fuera de la familia por lo que la conversación resultó aburrida. A medianoche nos dimos un abrazo y tomamos una copa de champagne y, finalmente, desde las grandes ventanas de la casa vimos los cohetes del Zócalo. Como ves todo muy anodino. Espero que tu celebración haya sido más entretenida.

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