Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La gaviota maldita y el tesoro pirata”

Ítalo Costa Gómez










Cuando han tenido la gentileza de mandarme un libro siempre he cuidado que el autor sienta que trato su trabajo con respeto y cariño. Sé lo gratificante que es que reciban con afecto lo que uno escribe porque hay mucho tiempo, trabajo y sentimientos involucrados en esa entrega y busco que sepan que les doy el valor que merece el regalo. Me gusta sacarle una foto bonita a la portada en una playa o un barranco lindo y enviársela al escritor antes de leerlo y, en caso lo disfrute mucho, reseñarlo.

Hace muy poco me sucedió algo increíble al momento de retratar una de las obras que me enviaron. Una locura que me ha metido en un problema del que no sé bien cómo salir.

[I looking for help. – S.O.S – Y ahora, ¿quién podrá ayudarme? – Te necesito, He-Man. ¿Dónde están los Thundercats cuando más se les necesita? ¡¡Vengan a darle una mano a la liebre, Tortuninjas!!]

Cuenta la historia que me había ido a mi playa chalaca engreída. Me senté frente al rompeolas de La Punta para lograr captar la imagen de una novela que me habían hecho llegar desde Barcelona. Estaba muy contento con el gesto. Esa misma mañana pensaba empezar a leer el libro, pero antes quería agradecerlo de forma privada con un mensaje que llevara adjunta la imagen del libro frente al mar.

Hice un pequeño texto y todo listo. Coloqué el libro pegado al borde para que solo se vea el agua infinita tras él cuando de pronto se aparece una gaviota revoltosa. Al inicio me pareció linda la visita. Se había posado a escasos metros de mí mientras yo le iba tomando fotos a ella también. Perfecto. Mejor imposible. Amigo de la naturaleza. Greenpeace 200%.

Todo estaba saliendo de perlas hasta que el ave se achoró y al alzar vuelo botó el texto a la mismísima playa. Había quedado estancado en una de las rocas más bajas. De terror. Me vuelvo chango. Sentía que se me había caído un hijo.

Ni siquiera le había dado una ojeada al interior del viajero texto. Quería rescatarlo a cómo de lugar y las personas que conocen ese muro inmenso de piedras gigantes sabrán que es imposible descenderlo sin un bombero que te sujete. No había manera de que llegara por mí mismo a salvar el libro. A los pocos minutos sucedió lo inevitable. Se consumó la tragedia.

Vino una ola gigantesca que empapó todas las páginas. Vino otra segundos después con tal fuerza que lo movió hasta otra piedra aún mas baja. Finalmente vino la tercera y se llevó el libro al fondo del mar. Su destino era ser un tesoro pirata. Me faltaba el loro en el hombro, el mapa mojado y la pata de palo.

No había nada qué hacer. Me quedé mirando el mar estupefacto durante varios minutos y luego me fui. Le mandé el texto de agradecimiento al escritor y una foto que había logrado sacar antes que al libro se lo tragara el océano.

Nunca sabré si la novela era buena y nunca reseñaré el libro. Espero que el autor al que hago alusión en el relato de hoy lea la historia e intuya que se trata de su obra aventurera que resultó viajar más allá de los límites pensados y que nunca conseguí disfrutar.

En Titanic la viejita tiró el diamante de su amante en homenaje. Yo, a diferencia, lo hice por accidente y no me dibujaron calato con el librillo… que yo sepa. Bye bye, novela marinera.

[Ay marinero, marinero, marinero… ¿Quién te enseñó a nadar? ¡Marinero!… ¿Fueron las olas del río? ¡Marinero!… ¿Fueron las olas del maaaaar?]

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