El homenaje (Final)

Andrea Camilleri








Tres

Y fue en ese preciso instante cuando el doctor Alletto recordó lo que había dicho Micheli Ragusano y que, al parecer, todo el mundo había olvidado o quizá desdeñado. La frase exacta era: «¿El nombre de Antonio Cannizzaro le dice algo?».

Esas ocho palabras habían sido como ocho tiros que habían ido a dar en el blanco. ¿Qué querían decir? Estaba claro que significaban algo, y tenía que ser algo terrible si habían provocado que don Manueli cayera fulminado al instante.

Pasó toda la noche en vela tratando de encontrar una forma de descubrir algo más, y por fin al alba dio con la solución. Lo único que podía hacer era ir a hablar directamente con la persona que había pronunciado esas palabras, Micheli Ragusano, al que en el ínterin habían condenado a quince años de reclusión. Estaba preso en la isla de Ventotene.

No le resultó fácil conseguir el permiso, porque no era ni su abogado ni familiar suyo, pero finalmente, gracias a la recomendación de un tío lejano que era un pez gordo del Ministerio de Gracia y Justicia en Roma, obtuvo autorización para una única visita. En Vigàta nadie supo el verdadero motivo de la partida de Alletto, que contó a todo el mundo que iba a ver a un pariente anciano a punto de morir.

Y así fue como una mañana se encontró cara a cara con Micheli Ragusano. Y, como médico que era, enseguida se percató de que el prisionero estaba muy mal.

—¿Qué le pasa?
—Las patadas que recibí en el Círculo me rompieron varias costillas y me perforaron los pulmones. Escupo sangre mañana y noche. Me están dejando morir poco a poco. ¿Qué quiere de mí?
—¿Sabe que a Manueli Persico…?
—Lo sé todo de esas payasadas —lo interrumpió Micheli—. Le han dedicado una calle, y a su viuda le han concedido una pensión extraordinaria… Mi mujer me pone al día en sus cartas.
—A eso voy: precisamente me gustaría demostrar que esos honores no son más que payasadas.
—¿Y cómo pretende hacerlo?
—Si usted me contara quién es Antonio Cannizzaro y por qué don Manueli se alteró tanto…

La cara de Micheli Ragusano se volvió de piedra.

—No —dijo.
—Pero ¡¿por qué?!
—Porque aquel día, a su manera, Manueli Persico me retrató. Por eso no tengo nada que decirle.
—Pero perdone…
—Lo siento, pero yo soy un hombre de palabra. Adiós, muy buenos días —lo cortó Ragusano. Y, acto seguido, llamó al guardia para que lo devolvieran a su celda.

Durante un mes entero, el doctor Alletto tragó bilis. No lograba pegar ojo, pensando en la negativa de Ragusano. Estaba siempre nervioso, trataba mal a los pacientes, había perdido el apetito. Y, cuanto más pálido y enfermizo se ponía él, más se parecía la viuda de Persico a una rosa radiante, y el doctor sabía el porqué gracias a los relatos pormenorizados del profesor, quien por su parte ignoraba que Cocò también regaba en abundancia esa misma rosa. Y entonces, cuando ya había perdido toda esperanza, le llegó una carta de Ventotene.

Antes de abrirla, tuvo que beberse una buena taza de manzanilla para controlar el temblor de las manos.


Distinguido doctor:
El médico de la cárcel me ha dejado muy claro, después de consultarlo con un colega, que mi vida está llegando a su fin. Es cuestión de pocas semanas. En consecuencia, me considero liberado del compromiso moral que había contraído con respecto a Emanuele Persico.
Los hechos son los siguientes. En noviembre de 1921, Persico se encontraba en Marsella junto a un amigo, Carlo Miraglia, llevando a cabo actividades poco claras.
Tanto Persico como Miraglia militaban en el ala extremista del Partido Socialista, y en más de una ocasión habían llegado a las manos con algunos simpatizantes fascistas de nacionalidad italiana. Una noche, durante una refriega en una calle poco transitada y muy mal iluminada, Persico disparó una bala que mató al fascista Antonio Cannizzaro, de treinta y pico años, casado y padre de un niño de trece. Persico se había enfrentado con Cannizzaro a menudo, y de buena gana, y varias veces incluso habían llegado a las manos.
Entretanto, a Carlo Miraglia, que estaba a su lado, un fascista le propinó un golpe en la cabeza que lo dejó sin sentido.
Se oyeron cerca los silbatos de la policía y todos se dieron a la fuga de inmediato, salvo Persico, que en cuanto se quedó solo puso su revólver en la mano de Miraglia y luego huyó también.
Resumiendo: Miraglia pasó un año en coma y cuando despertó no recordaba absolutamente nada y fue condenado por el homicidio de Cannizzaro. Sin embargo, junto a Persico y Cannizzaro había tres socialistas más, y uno de ellos, llamado Giacomo Russo, se había refugiado en un portal y fue testigo oculto del innoble gesto de Persico, que había descargado las culpas del homicidio en Miraglia. Durante el juicio, los fascistas implicados en la refriega declararon que, además de Miraglia, había otros cuatro socialistas a los que no pudieron identificar, pues solo los conocían por el nombre de pila.
Nadie dudó lo más mínimo de que Miraglia era quien había matado a Cannizzaro. Sin embargo, al final de sus días, como estoy haciendo yo ahora, Russo se decidió a escribir una larga carta al hijo de Miraglia, en la que le contaba cómo había sucedido todo en realidad. El joven, que se llama Augusto, trató de reabrir el caso, pero la muerte repentina de su padre dio al traste con el proceso de revisión.
Todo eso me lo contó personalmente en el confinamiento de Lipari Augusto Miraglia, quien no sospechaba ni por asomo que el asesino de su padre se había convertido en un ferviente fascista. Llegó a enseñarme incluso la carta que le había enviado Russo. Para lo que pueda servir, adjunto la dirección de Augusto Miraglia. Espero haberle resultado de utilidad. Me despido de usted.

Michele Ragusano


Sin perder un minuto, el doctor escribió a Augusto Miraglia. Y obtuvo pronta respuesta: Miraglia, deseoso de vengar a su padre, le mandaba una copia fotográfica de la carta de Russo.

Antes de dar otro paso, el doctor fue a Montelusa a pedir consejo a Tano Gangitano, un amigo abogado. Le contó la historia de Manueli Persico, y le dejó leer las dos cartas. Al terminarlas, Gangitano torció el gesto.

—¿Qué pasa?
—Pasa que eso no cambia nada.
—¡¿Cómo que no cambia nada?!
—Querido amigo, si les da por hilar fino, siempre podrán afirmar que es cierto que en 1921 Persico era socialista, pero que, después de ver cómo Miraglia asesinaba a Cannizzaro, tuvo tal crisis de conciencia que el remordimiento lo llevó a convertirse al fascismo. Y las cosas se quedarán como están.
—Entonces ¿qué se puede hacer?
—Has dicho que, antes de que juzgaran a Ragusano, la acusación tenía pensado pedir la pena de muerte por homicidio; al final, sin embargo, lo condenaron a quince años.
—¿Y eso qué significa?
—Que en la acusación hubo algo que no funcionó. Estando así las cosas, es fundamental conocer el documento de la sentencia. Tráemelo y a ver qué puedo hacer.

El doctor fue aquel mismo día a ver a la mujer de Ragusano y le pidió el nombre y la dirección del abogado que había defendido a su marido ante el tribunal especial. En cuanto los tuvo, decidió escribirle una carta.

La sentencia le llegó a vuelta de correo. El tribunal no había aceptado la tesis de la acusación de que se trataba de un asesinato premeditado y lo había dejado en homicidio involuntario; es decir, consideraba que, en efecto, las palabras de Ragusano habían provocado la muerte de Persico, pero «accidentalmente, sin ningún tipo de voluntad preconcebida de matar».

—Aun así, no puede negarse que condenar a un hombre a quince años por un homicidio involuntario cometido de palabra es un poco exagerado… —reconoció el abogado Gangitano—. Ahora hay que ver cuál es la mejor forma de proceder. No conviene dar un paso en falso. ¿Tú qué intenciones tienes?
—Quiero demandar a todos los socios del Círculo, que son los que pusieron en marcha este asunto.
—Te recuerdo que tú mismo, en calidad de socio, firmaste las dos peticiones. No puedes demandarte a ti mismo.
—¡Y eso qué tiene que ver! Entonces yo no sabía…
—Despéjame una duda. ¿Por qué estás tan obsesionado con la memoria de don Emanuele?

El doctor se ruborizó, pero esperaba la pregunta, así que dio la respuesta que se había preparado hacía ya tiempo:

—Yo lo hago… ¡en nombre de la verdad!
—Pues estamos bien jodidos —concluyó Gangitano.

Estuvieron casi una hora discutiendo el asunto y el doctor aceptó finalmente la propuesta del abogado de escribir una carta al secretario federal, en la que decía que, tras haber acabado por casualidad en su poder unos documentos comprometedores, consideraba que su deber como buen fascista, etcétera, etcétera.

Sin embargo, por la noche el doctor cambió de idea. ¿Y si el secretario federal tiraba la carta a la basura y santas pascuas? No, lo mejor era montar un escándalo público, pero manteniéndose prudencialmente al margen.

Al día siguiente, después de comer, cogió el coche y se dirigió a Catellonisetta para visitar al propietario de una imprenta a cuya hija había curado de una enfermedad grave.

Pasó otro día y, al caer la noche, volvió a Catellonisetta. A su regreso a Vigàta, llevaba en el maletero un único ejemplar de un libelo anónimo en el que no aparecía ni siquiera el nombre de la imprenta de la que había salido.

El panfleto, en el que se reproducían las dos cartas y la sentencia del tribunal especial, estaba pegado en un cartoncillo ligero.

A las tres de la madrugada, sin que lo viera nadie, el doctor lo colgó con un clavo en la fachada del Ayuntamiento.

El podestà Lanzetta ordenó que lo retirasen por «falta de autorización» a las diez y media, nada más volver de Montelusa de una reunión con el gobernador civil. Pero el daño ya estaba hecho. Lo habían leído centenares de vigateses, y alguno había tenido incluso la paciencia de copiarlo. Lanzetta mandó llamar a Cocò Giacalone.

—¡Menuda gilipollez de campeonato la que me habéis obligado a hacer! ¿Y ahora quién se lo dice al secretario federal?

Cocò, blanco como el papel, estaba a punto de contestar cuando se abrió la puerta de una patada y apareció el secretario federal en persona, que había acudido a toda prisa desde Montelusa, avisado no se sabía por quién.

Parecía todo él una llamarada, ya que, aparte de ser pelirrojo, de la rabia se había puesto colorado como un tomate.

—¡Exijo una explicación! —gritó con una voz que oyeron hasta los que pasaban por la calle.

Le hervía la sangre porque, en su elegía, había hablado de Manueli Persico como «ejemplo purísimo de fascista de primerísima hornada», pero aún le hervía más por la carta que había escrito a Mussolini para que se le concediera a la viuda la pensión extraordinaria.

A oídos de los que pasaban por la calle llegaron dos frases más del secretario federal.

La primera fue: «¡Cambiad esa placa de los cojones!». Y la segunda: «¡Voy a hacer que le revoquen la pensión a la viuda!».


El Consejo Comunal, reunido en sesión extraordinaria esa misma tarde, abordó el único punto del orden del día: «Cambio de la placa de la calle dedicada a Emanuele Persico».

La mitad del Consejo estaba formada por socios del Círculo, entre ellos Cocò Giacalone y el profesor Larussa.

El primero en tomar la palabra fue el podestà Lanzetta, quien declaró que, en su opinión, la calle debía volver a llamarse como antes, es decir, «Via de las Vísperas Sicilianas».

A continuación, pidió la palabra el concejal de mayor edad, Macaluso, que defendió la tesis de que la calle tenía que seguir llamándose «Via Emanuele Persico», aunque eliminando la coletilla de «caído por la causa fascista».

El concejal Bonavia mostró su desacuerdo y sostuvo que no podían obviarse los grandes méritos de Manueli Persico, quien había sido miembro de las brigadas fascistas y había participado en la marcha sobre Roma, de modo que, según él, la placa debía rezar: «Via Emanuele Persico, fascista».

—Pero ¿se puede llamar fascista a quien asesinó de un tiro a un fascista? —preguntó para sí mismo y para los demás el concejal Butticè.

Se hizo un silencio reflexivo.

Y en ese momento fue cuando pidió la palabra el profesor Larussa.


Cuatro

Se mostró claro, preciso y conciso.

—¡Camaradas! —empezó—. Me remito a las palabras que acaba de pronunciar el camarada concejal Butticè, y que por lo tanto tienen ustedes muy presentes, según las cuales Emanuele Persico asesinó a un fascista. La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿cómo hemos tenido noticia de ese hipotético episodio? Reflexionen.

Hizo una pausa y miró uno por uno a todos los presentes en la sala. Luego continuó:

—La respuesta a esa pregunta solo puede ser una: a través de un cartel cobardemente anónimo. Sí, subrayo lo de cobardemente anónimo porque quien se atrinchera tras el anonimato es un individuo deleznable que no tiene el valor de manifestar en público sus opiniones, alguien que no puede y no debe encontrar eco en la Italia fascista, hecha de gente audaz y leal. Sin embargo, algunos de los nuestros, por desgracia, se han creído de inmediato lo que dice ese panfleto. Algunos de los nuestros, sin pensárselo dos veces, han elegido creer en las viles insinuaciones de un anónimo antes que recordar que, a lo largo de toda su vida, Emanuele Persico fue para todos un radiante e inquebrantable ejemplo de acción y pensamiento fascista. Lamento decirlo, pero parece que incluso el camarada secretario federal se ha olvidado de la obra cotidiana e infatigable que desarrolló el camarada Persico en la defensa de nuestra santa revolución fascista. Por eso me opongo a que se retire la placa y a que se anule la pensión a la viuda sin antes llevar a cabo una investigación a conciencia sobre lo que sucedió realmente aquella noche en Marsella. Hacen falta pruebas concretas, resultados claros, categóricos, incuestionables, antes de emitir un juicio de condena a Emanuele Persico. Por consiguiente, les anuncio que voy a escribir una carta abierta al secretario del partido que publicaré en el Giornale di Sicilia.

Y se sentó.

Todos se revolvieron en la silla, incómodos. La cosa pintaba mal, nadie esperaba que el profesor llegara a atacar a una autoridad como el secretario federal.

Miraron a Cocò, que, como espía suyo que era, sin duda le iría con el cuento; sin embargo, todos pudieron ver que le estrechaba la mano a Larussa, para dejar claro que estaba de su parte.

El podestà Lanzetta se enjugó el sudor de la frente y cedió la palabra al concejal Bonavia, que la había pedido.

Bonavia hizo tres propuestas concretas.

La primera era que se hiciera la investigación solicitada por el profesor Larussa. Había que encargársela a Agatino Muscariello, reputado historiador local que, desde el día del entierro de don Manueli, trabajaba en un libro, Vida ejemplar de un fascista: Emanuele Persico, de cuya publicación iba a hacerse cargo el Ayuntamiento.

La segunda era que el profesor no escribiera esa carta abierta y que el Consejo en pleno enviara una carta al secretario federal rogándole que suspendiera la solicitud de revocación de la pensión a la viuda, a la espera de las conclusiones de la investigación.

Y la tercera y última tenía que ver con un pequeño cambio en la inscripción de la placa.

Si las dos primeras propuestas se aprobaron por aclamación, la tercera suscitó un debate que se prolongó mucho.

Al final, no sin esfuerzo, se llegó a un acuerdo.

Así fue como, dos días después, los vigateses pudieron leer la nueva placa: «Via Emanuele Persico, caído provisionalmente por la causa fascista».

El cambio suscitó comentarios no demasiado favorables entre algunos socios del Círculo, en especial los que no formaban parte del Consejo Comunal.

—¡Son unos ignorantes y unos analfabetos! —estalló Paolino Marchica, que podía hacer gala de haber terminado tercero de primaria.
—¿Qué significa «caído»? —lo secundó Jachino Tumminello—. «Caído» significa «muerto». ¿Y cómo se puede escribir que uno está provisionalmente muerto?

A esas preguntas el profesor Larussa no se dignó contestar.


Teniendo en cuenta que la guerra contra Francia había terminado hacía ya un tiempo, el historiador Agatino Muscariello comunicó al podestà que, para llevar a cabo la investigación sobre los hechos de Marsella, sería necesario trasladarse a esa ciudad y consultar la prensa de la época. Una vez obtenidos el permiso y el dinero para el viaje, se marchó.

El secretario federal se tomó las cosas con calma y tardó quince días en contestar la carta que le había mandado el Consejo Comunal.

Se declaraba dispuesto a dejar en suspenso la revocación de la pensión de la viuda, pero ponía una condición ineludible.

El texto inscrito debajo del nombre de Manueli Persico le parecía ridículo y muy injusto con los caídos no provisionales por la causa fascista. Había que eliminarlo.

El podestà Lanzetta convocó otro Consejo extraordinario.

A todos los presentes les quedó claro que, en esa ocasión, tanto Cocò Giacalone como el profesor Larussa eran partidarios de satisfacer al secretario federal y, en consecuencia, de cambiar la inscripción de la placa.

Ignoraban que la viuda los había puesto a los dos en un mismo trance, si bien por separado, sin darles posibilidad de réplica.

—Escúchame bien —había dicho—: si el cabrón del secretario federal me quita la pensión, ya puedes ir olvidándote de poner un pie en esta casa.

Una vez más, el podestà propuso volver a llamar a la calle «Via de las Vísperas Sicilianas».

Y también una vez más el concejal Bonavia recordó los grandes méritos fascistas de Manueli Persico y repitió que la inscripción debía decir simplemente «Fascista».

—Pero ¿cómo vamos a calificarlo de fascista? Y, si luego resulta que de verdad mató a un fascista, ¿cómo lo calificamos? —intervino el concejal Butticè.
—¿Puedo hacer una propuesta? —preguntó el concejal Bonavia.
—Adelante —contestaron todos.

Bonavia la hizo. Hubo una ovación.

Y así fue como, dos días después, los vigateses pudieron leer la nueva inscripción: «Via Emanuele Persico, en espera de calificación».


Al cabo de una semana, regresó de Marsella Agatino Muscariello, quien desde la estación se dirigió directamente al Ayuntamiento, donde mantuvo una entrevista a puerta cerrada con el podestà.

—Traigo malas noticias.
—Cuénteme.
—La prensa francesa habló muchísimo del asunto. Los jueces no dudaron en ningún momento de que a Cannizzaro lo había matado Miraglia, pero no tuvieron en cuenta el testimonio de un señor, Marc Séigner, que vivía en esa calle y que, al asomarse después del disparo, había visto que un individuo ponía algo en la mano de otro que estaba tendido en el suelo sin conocimiento. Y no solo eso. Hubo otro señor, un tal Albert Mineau, que escribió a los periódicos de Marsella diciendo que se había ofrecido a testificar, pero no lo habían aceptado. El relato de lo que vio es idéntico al de Séigner. He hecho fotografiar todos los artículos y la carta. Lo dejo en sus manos.

Abrió una maleta, sacó un paquete y lo dejó encima de la mesa del podestà, que lo miró con preocupación, casi como si fuera una bomba. Y, en cierto sentido, no cabía duda de que lo era.

En conclusión, los testigos de cargo en contra de Manueli Persico eran ya tres: Russo, Séigner y Mineau.

La investigación que había pedido el profesor Larussa había conducido a una conclusión amarga.

El muy hijo de puta de Manueli Persico, hablando en plata, había huido a Italia después de matar al fascista y había tenido la genial idea de salvar el pellejo y recuperar la virginidad uniéndose a los miembros de las brigadas fascistas y participando en la marcha sobre Roma.

Al podestà Lanzetta le entraron sudores fríos. Seguro que esa vez el secretario federal lo obligaría a dimitir del cargo, y podría darse con un canto en los dientes si al mismo tiempo no le quitaba el carnet del partido o lo mandaba al confinamiento.

Ensimismado como estaba en aquellos confusos pensamientos, no prestó atención a las palabras que le decía mientras tanto Muscariello.

—¿Eh? —exclamó, aturdido.
—Quería decirle que, antes de irme a Marsella, descubrí una cosa muy importante sobre Manueli Persico en la que, no obstante, no tuve tiempo de profundizar.
—¡¿Otra?! —preguntó alarmado el podestà.
—Sí, pero esta no sería negativa, sino todo lo contrario.
—Cuénteme.
—Disculpe, pero antes tengo que llevar a cabo una comprobación en el archivo de historia nacional de Palermo. Vamos a hacer lo siguiente. Ahora me voy a casa, descanso un poco y mañana por la mañana salgo hacia Palermo.
—Muy bien. Pero no le cuente a nadie lo que ha descubierto en Marsella. Lo hablaremos a su vuelta.

Y mientras tanto, para evitar complicaciones, en cuanto salió Muscariello cogió el paquete, lo metió en un cajón del escritorio que cerró con llave y se guardó la llave en el bolsillo.


Tres días después, Muscariello puso en conocimiento del podestà el sensacional descubrimiento.

En 1861, Manueli Persico había sido liberado por los soldados de Garibaldi de la cárcel de Palermo, donde lo habían encerrado, con solo diecisiete años, por haberse liado a pedradas con un artillero del ejército borbónico.

¡Era exactamente lo mismo que había hecho el mítico chiquillo genovés de Portoria, aquel Balilla convertido en símbolo de toda la juventud fascista!

Aquella noticia ponía fin a cualquier debate.

Y no solo eso, sino que los documentos de la época contaban, sin sombra de duda, que a Nino Bixio, uno de los grandes protagonistas de la unificación italiana, Persico le había caído en gracia, de modo que lo había llevado con él durante un tiempo y lo había llamado «el más valiente de los muchachos».

Pero ¿por qué nunca había hablado don Manueli de su juventud garibaldina? ¿Tal vez por un exceso de modestia? ¡Si a lo mejor hasta había recibido alguna condecoración al valor!

El podestà dio orden a Muscariello de continuar las investigaciones y, mientras tanto, convocó al Consejo Comunal en sesión extraordinaria.

Lanzetta expuso a los concejales tanto las malas noticias de Marsella como la buena noticia extraída de los documentos garibaldinos.

En esa ocasión, el debate fue tan acalorado que los concejales llegaron a cruzarse incluso algún que otro insulto.

Al final, se aceptó la propuesta del sempiterno concejal Bonavia.

Y así fue como, dos días después, los vigateses pudieron leer la nueva placa: «Via Emanuele Persico, patriota y garibaldino».

En ese contexto, el secretario federal ya no se vio capaz de seguir adelante con la propuesta de revocación de la pensión. Tratándose de un héroe de la unificación italiana, era mejor mirar hacia otro lado.


Habían pasado tres meses cuando Agatino Muscariello se presentó ante el podestà y pidió hablar con él en privado.

Solo con verle la cara, Lanzetta se dio cuenta de que le llevaba una noticia importante. Y no era buena.

—¡Ay, virgen santa! ¿Qué ha descubierto?
—Que es cierto que Manueli Persico, que por entonces tenía apenas diecisiete años, se encontraba encarcelado en Palermo, y también que lo liberaron los de Garibaldi. Asimismo, es rigurosamente cierto que Bixio lo mantuvo a su lado.
—Entonces ¿qué?
—Pues que la cosa no acaba ahí. Bixio descubrió que Manueli le había contado un embuste de campeonato. No era verdad que estuviera entre rejas por haberle pegado una pedrada a un soldado borbónico, sino que había robado el dinero que el párroco de Vigàta había reunido para la fiesta de San Calógero.
—¡Madre del amor hermoso! —exclamó elpodestà.
—Y aún hay más. Dos días antes, había agarrado a una jovencita de quince años y había hecho con ella lo que había querido.
—¡Santa María!
—Entonces Bixio, antes de volver a meterlo en la cárcel, reunió a los garibaldinos, escupió a Manueli a la cara y lo llamó «el más vil de los muchachos».
—Pero ¿no había asegurado que era el más valiente?
—Esa historia de la valentía la había leído en un artículo de 1885, pero luego me he dado cuenta de que lo había escrito el propio Persico.

Tras cinco horas de acalorado debate, el Consejo Comunal llegó a un punto muerto.

—A ver, ¿cómo coño podemos calificar a ese cabrón de Manueli Persico? — estalló el podestà.
—En la placa podemos escribir simplemente «Emanuele Persico, italiano», y dejarlo ahí —propuso el concejal Bonavia.

Y así fue como la calle volvió a llamarse «Via de las Vísperas Sicilianas».

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