CARTAS CHILANGAS (XVII)

Juan Patricio Lombera

La sombra del Popo (1942)- Dr. Atl (Gerardo Murillo Coronado)








Carta XII

Ciudad de México a 24/12/2019

En mi vida, he ido muchas veces al centro y siempre me ha llamado la atención la cantidad de espacios culturales y monumentos que se aglutinan en muy poco espacio. Desde el palacio de Bellas Artes con sus columnas y suelos en mármol y sus paredes recubiertas por los murales de Siqueiros, Rivera y Orozco. Entre los murales que se encuentran, puedes ver uno muy famoso de Diego Rivera; el hombre dueño del átomo, que originalmente se pintara en el Rockefeller Center de Nueva York. La inclusión de Lenin en el mural provocó el pleito con el magnate quien, tras pagar a Diego por sus servicios y echarlo a patadas, ordenó la destrucción del muro. Otro de los célebres murales que podrás contemplar en este templo de la música clásica y la ópera, es uno en el que ves a Siqueiros liberándose de los grilletes de la opresión. Tiene una gran fuerza plástica y, al mismo tiempo demuestra lo ególatra que era el pintor.

A pocos pasos de Bellas Artes, se encuentra el Palacio de Correos. Se trata de un edificio inspirado en la Plaza de San Marcos de Venecia, en cuyo interior encuentras una escalinata en mármol que se bifurca a mitad de camino en la parte inferior. A pocos pasos de ahí, sobre la calle de Tacuba está el palacio de minería y, justo en frente el Museo Nacional de las Artes. Una escultura ecuestre de Carlos IV conocida como “El caballito” pareciera salir del museo. Éste es una importante colección de pintura novohispana y mexicana de los siglos XVII al XX. Destacan especialmente los paisajes del valle de México de José María Velasco hechos desde el cerro de Santa Isabel, cercano a la villa de Guadalupe. Cuando ves la extensión de tierra casi virgen y tan solo una diminuta población a lo lejos (la capital) aunado al cielo totalmente azul y limpio, dan ganas de llorar. Todos los días veo un mar de concreto que se extiende casi hasta donde se pierde la vista y una enorme capa marrón suspendida en el aire. Cuando tengo suerte, desde mi ventana, puedo ver el Popocatelpetl y el Iztaccihuatl. Especialmente bello es ver los amaneceres de los días despejados. En estas fechas decembrinas, el sol surge colorado entre ambos para recordarnos su belleza y peligrosidad. La visita al Museo Nacional de las Artes también me permitió conocer las obras de Gerardo Murillo Cornado conocido como Dr. Atl, que influyó bastante en los muralistas con sus paisajes circulares y los colores que inventó “los atl colours” con polvo volcánico. Finamente, encontrarás también cuadros de Clausell, Goitia, Rivera y Siqueiros. Una cosa que he notado en los museos de México, es que arquitectónicamente son una maravilla. En este caso se trata de un antiguo palacio que fue sede de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. Por ende no podemos hablar de un diseño arquitectónico original como en el caso del Antropología, el Rufino Tamayo o el Soumaya. Sin embargo, el acondicionamiento del mismo está muy bien hecho y los vigilantes amen de muy amables se mostraban muy receptivos a las preguntas.

Seguí caminando por Tacuba hasta llegar al famosísimo café del mismo nombre que la calle. Se trata de un inmueble colonial conocido por su variedad de panes dulces y su café. En mi época era ideal para tener un desayuno e invitar a una novia o muchacha que te gustase. Debo decir que tanto en Tacuba, como en Bolívar y 5 de mayo que fue la calle en la que finalmente enfilé hacia el Zócalo la pulcritud es total. Además, debo reconocer que cuando llegué al Zócalo, a las 10 de la mañana de un día semifestivo, sentía que me faltaba algo. Sin embargo, ahí estaban la Catedral, el Palacio Nacional, el Templo mayor y el Gobierno de la Ciudad de México. De pronto un grito me hizo caer en la cuenta de lo que extrañaba:

-Se va llevar mire mire a VEINTE PESOS….

No tenía mucho tiempo, pues esa tarde celebraríamos la navidad con familiares y amigos y, debido a que las sirvientas sólo se iban a quedar hasta las 5 se había decidido hacer una comida cena a partir de las 3:30 de la tarde. No obstante, sí pude entrar en el museo del templo mayor donde contemplé, desde un piso superior, una representación de Coyolxauhqui después de ser despedazada por Huitzilopochtli, en defensa de su madre Coatlicue. Por su parte, una de las visitas obligatorias de cualquier turista en México es el Palacio Nacional donde, amén de encontrar uno de los primeros parlamentos de México, tendrás la oportunidad de contemplar los magníficos murales de Diego Rivera, recreando las costumbres y labores del México prehispánico; desde la forma de conseguir el hule incrustando un cuchillo en el árbol correspondiente hasta el teñido de las telas pasando por los diversos acuerdos comerciales. Fíjate si no serían adelantados a su época los aztecas que ya en aquel entonces usaban los acuerdos comerciales como forma de invadir a un pueblo. Los gringos han mejorado esa técnica, pero el hecho de usar a los pochtecas (comerciantes) como espías para ver lo bien o mal que estaba defendida una plaza es todo un mérito. El más bello e interesante de los murales es el que cubre toda la pared que da a la escalera que lleva a la primera planta. En ella puedes ver plasmada, en dos niveles, toda la historia de México, desde la época prehispánica hasta el siglo XX, pasando por la conquista, independencia y revolución. En el centro del patio hay una hermosa fuente coronada con la figura de un Pegaso que se contempla en todo su esplendor desde el primer piso.

De la Catedral poco te diré, pues si bien como buen latinoamericano me gusta mucho el barroco (incluso en la forma de hablar como habrás notado), debo decir que la catedral ya no me parece tan esplendorosa. Quizá el hecho de haber entrado en hora de culto y no poder acercarme a los altares aunado a la mala iluminación provocó esa visión negativa. No sé.

Tras el Palacio Nacional, visité el colegio de San Idelfonso. Esta otrora facultad de la Universidad Nacional Autónoma de México marcó un antes y un después en la historia del movimiento estudiantil del 68. Cómo sabes, todo comenzó con una refriega entre alumnos del Poli y la UNAM en la que la policía intervino con gran brutalidad, llevándose a varios de los enfrentados. Se hizo una manifestación de protesta exigiendo la liberación de los presos y la investigación de los hechos. Cuando los granaderos cargaron contra los estudiantes, estos se refugiaron en San Idelfonso que tenía una bella puerta de madera tallada del siglo XVI. Las bestias oficiales no tuvieron otra mejor idea que destruir la puerta de un bazookaso. A partir de ese momento se encendió una mecha de indignación estudiantil generalizada que se acabaría apagando con el famoso baño de sangre del 2 de octubre de 1968.

Ahí pude ver los murales de José Clemente Orozco que no me llamaron mucho la atención a diferencia de sus obras en el Instituto Cabañas de Guadalajara. 30 años atrás tuve la oportunidad de ver en ese mismo edificio una excelente exposición titulada 30 siglos de historia de México. Además, en aquellos años tenía veleidades de poeta de manera que participé en un concurso dedicado al bicentenario de la revolución francesa en el que -seguramente había pocos participantes- obtuve el segundo premio que me fue dado en el generalito; uno de los auditorios de San Idelfonso.

Finalmente volví al Zócalo para entrar en la librería Porrúa donde compré el libro 60 años de soledad que, pese a su título muy poco original, parece interesante, ya que cómo me comentó mi amiga Susana trata de los 60 años de vida y locura de Carlota tras la muerte de Maximiliano en México. Después de eso, me senté a leer la Jornada en el restaurante La catedral mientras degustaba una cerveza y unos chapulines. Por un momento me entró la nostalgia y pensé “como México no hay dos”.

Una respuesta a “CARTAS CHILANGAS (XVII)

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