Por senderos que la maleza oculta (IV)

Knut Hamsun









¿No es verdad que hace mucho, mucho tiempo, les resultaba a las personas más alegre existir que ahora? Tal vez sepa que esta es una pregunta equivocada y mal expresada, pero lo hago a propósito, mueve algo dentro de mí, tal vez una indulgencia por mi propia deficiencia. Una desvalidez intencionada, un contagio de la Biblia.

Me acuerdo de unas palabras de Bunyan: ¡He llegado a este lugar atravesando muchos paisajes! Eso es todo lo que recuerdo de Bunyan. Pero me quedé con una dulce permisividad con la expresión. Una feliz coincidencia de deficiencia.

Un lapón bajó de las montañas, vio prados y bosques verdes, cantó sobre ello y dijo: ¡Es tan bonito que he de reír! Lo expresó en el canto, fue más que un canto. ¡Selah!, dice David. No sé lo que significa selah, pero lo dice David. Es bonito.

Dios bendiga todo lo que no sea solo la oratoria normal y corriente de la gente, y que tenemos que escuchar y comprender. También el silencio está bendecido por Dios.

Durante la guerra podía notar de tarde en tarde en los demás que se oían tiros. Pero yo no podía oír cañones, tal vez porque estaban demasiado lejos. Mi sordera me resultaba útil, pero solo mientras no se tratara de pistolas y tiros de rifles, en esos casos mi sordera era, para decir la verdad, de una miserable ayuda. También ahora soy capaz de oír estallidos breves, incluso pequeños toques en la puerta con un dedo, pero estoy sordo y no oigo ni entiendo el parloteo coherente de los humanos. No me resulta más que un zumbido que chorrea. Todo el mundo lleva tanto tiempo callado conmigo que me he olvidado de hablar, he estado solo, antes veía bien, pero no oía. Me he acercado al punto de vista de determinados orientales: el silencio necesario. Ya ni siquiera hablo conmigo mismo por falta de mala costumbre.

Pero no veo como antes, eso es peor que la sordera. Me dijeron que tendría una lupa de mano en enero, y aunque ya estamos en primavera, aún no la he recibido.

¡Pero al menos es primavera, gracias a Dios!

Paso por delante del pequeño abeto que está en la nieve existiendo. Paso por delante y no me detengo un momento, ni siquiera junto a las ventanas, y me digo que aún no se nota nada en el árbol, ¡tú pasa sin más! Pero claro, ya en marzo cualquier persona pudo ver que la copa estaba viva.

Dentro de treinta años será un abeto grande, madera.

Este lugar es muy pobre en pajarillos. El invierno ha sido duro y supongo que muchos han perecido, junto a las casas de la residencia de ancianos solo vuela de tarde en tarde alguna que otra corneja o urraca flacas. Un día me pareció vislumbrar un retrasado mensaje de la primavera, pero como no veo bien, no pude determinar si se trataba de un estornino o un hibernado mirlo negro. En cualquier caso, arriesgaba la vida en este lugar, porque aquí viven cuatro enormes gatos.

*

Durante mis paseos diarios por la nieve medio fundida me encuentro de vez en cuando con un pequeño perro amarillo que permite que le hable y lo acaricie; por lo demás, nunca veo señales de vida en todo el camino. Me viene muy bien poder estar a solas conmigo mismo y no tener que preguntar una y otra vez qué me dice la gente. Poco a poco también la nieve se derrite y desaparece de los mojones, de tal modo que los reconozco de antes, el sol ya calienta y por todas partes aparece un sinfín de pequeños senderos forestales. Pienso en Martin de Kløttran, Hamarøy, ya hace año o año y medio que vino a verme aquí al bosque, también él estaba obligado a andar solo, pero tenía un objetivo, yo no lo tengo. Él caminaba por el país rezando a Dios.

Una rama se mueve con un pajarillo encima. Me detengo en seco. Sobre otra rama de otro árbol se ha posado otro pajarillo, parecen pertenecerse el uno al otro, una pareja de gorriones que se encuentra volando para volverse a separar cinco veces justo delante de mis ojos. Ocurre en el aire, por un instante vibran juntos, se separan y se vuelven a encontrar, cinco veces. Luego parecen no haberse encontrado. Sobre todo el macho era descarado, daba la impresión de echarle toda la culpa a ella. No grité, no lo hice, pero le dije, con ira justa, que era un alma baja y descortés, lo habían hecho los dos por igual. ¡Al poco rato, la hembra se marchó, y él se lo tuvo merecido!

No sé lo que opina de esto Franciscus.

Ay, lo infinitamente pequeño en lo infinitamente grande en este mundo increíble. De nuevo me alegro de existir. El viaje a Oslo me hizo bien.

*

¿Qué es la sensación de primavera? ¿Ese sabor a tierra que cada año alborota nuestras mentes? Solo Dios lo sabe. Una misionera en países lejanos tal vez lo llamara la voz de su tierra para darle un tinte religioso, de algo del más allá, yo en cambio me lo invento y lo digo literalmente: que tiene algo que ver con el hogar y la patria. Queremos volver, queremos ir a casa. No tenemos esa sensación de primavera en tierras extrañas, allí no notamos más que una minúscula punzada por un lugar nuevo. Una punzada sin corazón.

Tengo un recuerdo guardado dentro de mí de Helsing-fors de 1898 o 99. Pero tiene cerca de cincuenta años y ya no es de fiar, los nombres se me han borrado, la sucesión de los hechos puede haber cambiado.

Había dos personas en la librería cuando entré: una de ellas un tipo de mediana edad con la cabeza descubierta, camisa blanca por fuera del pantalón y botas de caña alta, el otro, más joven, llevaba una paleta de albañil en la mano. No había nadie detrás del mostrador.
Viene enseguida, me dijo el primero. La joven ha subido un momento a buscarme un libro.
Busqué una silla y me senté.
Soy ruso, dijo el hombre.
¡Como si fuera razón para presumir!, se burló el hombre de la paleta de albañil.
Yo soy de Noruega, dije.
El ruso, interesado: Ah sí, de Noruega. ¿Tiene usted intención de quedarse aquí?
Sí, durante un año.
Da lo mismo el país del que vengamos, dijo el albañil. Yo soy de Finlandia, del mundo. Sus palabras fueron ignoradas.
El ruso se me acercó: No lo he visto antes, ¿dónde vive usted en la ciudad?
No vivo en la ciudad, vivo lejos, en Føllisøvegen.
Yo tengo que vivir aquí, en la ciudad, esperando, pero no me siento a gusto.
El ruso hablaba sin parar, había venido con sus amos, que ya se habían marchado, él no sabía adónde, lejos, al extranjero, desaparecidos. Pero ya estaba cansado de esperar, no se encontraba a gusto, quería volver a su casa. ¿Y cómo era que hablaba sueco si era ruso? Pues porque lo había aprendido de niño y siempre lo había hablado desde entonces, sus padres eran sueco-fineses, habían muerto, pero él sí había nacido en Rusia y era ruso.
No tienes vergüenza, dijo el albañil, pero sus palabras fueron ignoradas.
Pensé para mí que ese ruso seguramente había nacido en cautividad en alguna lejana provincia del norte, pero no entendía cómo podía estar allí, y no quise preguntar.
Siguió hablando, contó que tenía una cabaña, una hermosa casita pintada de rojo, con muchos árboles, un bosque y un pequeño arroyo que corría alrededor de la casa. ¡Sí, Dios era su testigo! Y lo esperaban su mujer e hijos, trabajaba para el conde en la hacienda, ay, una hacienda grande, de miles de hectáreas, cientos de sirvientes y gentes.
La joven bajó del piso de arriba con un libro en la mano para él. El hombre se lanzó encima, se santiguó y se lo metió en el bolsillo. Estoy esperando dinero, dijo a la joven, mucho dinero, pronto le pagaré. Este caballero es de Noruega, dijo refiriéndose a mí.
La joven sonrió.
Él va a quedarse aquí un año, pero yo no estoy a gusto, quiero irme a casa.
La joven me miró. ¿Qué desea?
Un pequeño diccionario ruso-sueco.
El ruso volvió a sacar su libro del bolsillo, se santiguó y lo hojeó. En la portada había un icono.
¿Qué libro es ese?, preguntó el albañil. No recibió respuesta, y prosiguió: Un libro sobre santos. Yo lo cogería con la paleta y lo tiraría lejos.
Él le tiene mucho cariño, dijo la joven desde detrás del mostrador.
El albañil se volvió hacia mí. ¿Qué se puede decir de tal locura? Son como animales, no saben nada, leen libros sobre santos, se santiguan. He nacido en Rusia y soy ruso, dice este. ¿No da igual?
No, no, contestó la joven.
¿Qué quiere decir usted, señorita?, preguntó el albañil en tono cortante.
No da igual. Tenemos un país, la patria.
¡Exacto! Con ese sermón hemos nacido y con ese sermón nos han educado, lo pone en los periódicos y se oye en las plazas. ¿Quiere usted saber mi opinión?
De repente el ruso exclama en éxtasis: ¡Ah, mi grandiosa y sagrada Rusia!
Se ha puesto histérico de tanto añorar su casa, me dijo la joven. El albañil se dispone a dejarnos; al abandonar el lugar tiene la cara pálida, y dice en tono alterado: ¡La patria! ¡Déjenlo! ¿Sabe usted una cosa? ¿Quiere que le diga mi opinión al respecto? El amor a la patria, el arrodillarse y todas esas cosas tan empalagosas. ¿Quiere saber mi opinión? La patria está donde nos encontramos bien. Esa es mi opinión. No existe otra patria.
La joven le sonríe. Pues sí, eso es lo que usted suele enseñarles a otros albañiles.
El albañil se queda algo perplejo: ¿Qué sabe usted de eso?
Ha llegado a mis oídos. Ya sabemos que usted pronuncia discursos en la asociación.
Al poco tiempo de que el albañil se hubiera marchado, entraron dos caballeros, eran viajeros, hablaban inglés y pidieron un mapa de Finlandia.
El ruso se presentó. Soy ruso.
Cállese, dijo la joven por lo bajo.
Los dos hombres charlaban junto al mostrador, también querían un gran mapa de Rusia para ver por dónde habían viajado. Venimos de China, explicaron, un viaje colosal, durante meses, toda Rusia. Somos americanos.
La joven hablaba inglés y pudo contestarles.
¿Qué dicen estos señores?, preguntó el ruso.
Cállese, contestó la joven.
Solo quiero saber si vienen de Rusia.
Sí, vienen de Rusia.
Ah, alabado sea Jesucristo, de modo que han venido en ese gran ferrocarril que no tiene fin. Mencionó provincias y muchas ciudades, mencionó el edificio amarillo de la estación de la hacienda, y a veinte verstas de allí estaba su casa. Se santiguó. No, perdón, había que pasar por delante del gran edificio amarillo de la estación, no tenía pérdida, y a veinte pequeñas verstas de allí estaba su cabaña. Está junto al arroyo, con los álamos y los arbustos de enebro, y los pajarillos, que eran tantos que no se podían contar.
¿Qué quiere este hombre?, preguntaron los americanos.
La joven sonrió: Quiere saber si ustedes han pasado por su cabaña en Rusia.
Los americanos, perplejos: ¿Cómo? No lo sabemos. ¿Su cabaña en Rusia?
Está atormentado de tanto añorar su casa. Sus amos se han ido, y él se ha quedado aquí…
¿Lo han abandonado aquí?
Le ordenaron volver enseguida a casa, y le dieron dinero para el viaje. Pero él se desvió y se gastó el dinero en bebida.
¡Pobre chico!, dijeron los americanos riéndose. ¿Y ahora añora su casa? Nosotros también, dijeron. Es una enfermedad, ya la conocemos. Pero nosotros vamos derechos a coger el barco para casa.
Les deseo un feliz viaje.
Gracias, señorita. ¿Dónde ha aprendido usted a hablar inglés?
En América. Solo estoy de visita en mi casa.
¡Ah!, dijeron los americanos. ¿Y luego volverá usted a nuestra tierra?
Esa es la idea.

El ruso interviene de nuevo: Pregúntales si al menos vieron los pajarillos.
No puedo preguntar eso, respondió la joven amablemente.
Los americanos saludaron y se marcharon. En la puerta se volvieron y preguntaron a la joven si ayudaría algo al hombre darle dinero para que pudiera volver a su casa.
No lo creo, respondió ella. Al parecer, ha de esperar nuevas órdenes de sus amos.
¡Ahora se han ido y no he podido saberlo!, lloriqueó el ruso. Perdone, pero estarán allí cuando yo vuelva, ¿no cree usted?
¿Quiénes? ¿Los gorriones? Sí, estarán allí.
Debería usted haberlos visto, señorita, volaban hasta el arroyo y metían el pico como si tuvieran sed, ¡qué cosa! El ruso lloraba. Eran unos pájaros miserables, prosiguió, enderezándose. Eran grises y amarillos, imposibles de ahuyentar antes de que hubieran vuelto, hacían que el cielo se oscureciera, un millón…
Las lágrimas le chorreaban hacia la canosa barba.
Yo estaba harto de su histeria, y no podía sino sentirme asombrado por la paciencia de la joven con él.
Ella contestó: ¡Soy finlandesa, y también añoro mi casa! Luego se inclinó hacia mí y me susurró por encima del mostrador: Tengo entendido que soy su prima. Pero no quiero que él lo sepa.

*

Un día de niebla y humedad iba yo vagando por el centro. Era en los tiempos de entreguerras y entonces estaba libre, iba cargado con unos libros que acababa de comprar, unos paquetes de libros algo incómodos de llevar, porque se me escurrían y no paraban de moverse. En realidad, me dirigía a Correos con un libro para la Cruz Roja.
Entonces sucedió algo.
De repente apareció ante mí un joven que mencionó mi nombre y exclamó: ¡Tengo que pegarle!
Iba bien vestido y no tenía aspecto de ladrón. Tengo que pegarle, repitió, parecía tímido, le costaba respirar. Yo me detuve y él también. No, ha sido una estupidez decir algo así, empezar así, pero pensé que si podía pegarle para pedirle una ayuda…
Creí que quería usted atracarme.
No, no, en absoluto. Me ha pasado algo, me resulta horrible pedírselo, pero quería preguntarle si puedo pedirle ayuda.
¿Ayuda?
Sí, ayuda. No suelo hacer estas cosas, pero tengo un gran problema.

Le di los paquetes de libros para que me los sostuviera, y me palpé el bolsillo, esta vez tenía algunas monedas para darle. Mientras buscaba el dinero, pensé de paso que lo que él me estaba pidiendo no era un pequeño billete, sino una ayuda. Por cierto, tenía una cara sincera y agradable.

Mientras estaba parado, él empezó a andar despacio. No me di cuenta hasta que se encontraba algunos pasos por delante, entonces dije ¡tenga! y lo seguí. Pero él me llevaba ya bastante ventaja, y le grité con la mano levantada agitando el dinero. Se marchó. Le grité un par de veces más, pero él aceleró, se encontraba ya muy arriba en la calle Pilestrædet. Luego desapareció por una bocacalle.

Me quedé parado, boquiabierto. ¡Aquello era algo insólito! Tuve que echarme a reír, una risa boba y perpleja.

Así que el joven se había fugado con mis paquetes de libros. Pero si había calculado que los libros eran más valiosos que mi ayuda pecuniaria, había calculado mal. Gané bastante dinero con su retorcida especulación.

Pero no era eso lo que más me preocupaba en ese momento. Tenía interés por estudiarlo más de cerca.

¿Por qué empezó queriendo «pegarme»? Para darse ánimo, armarse de valor en caso de recibir una negativa. Por cierto, enseguida abandonó esa táctica y se derrumbó. Acto seguido le dio apuro sostener mis paquetes de libros —¡a él, que vino a pedir ayuda!—. Si hubiera levantado la vista, habría reparado en su cara, haciéndole sentirse aún más avergonzado, pero yo estaba ocupado. Él se encontraba en una situación embarazosa, y cambió el peso de pie, echándolo hacia delante. En un principio no tenía intención de dejarme, en absoluto, solo intentaba mostrarse un poco resuelto para salvar su autoestima, y dio un paso, y luego otro, hasta que desapareció.

Pero en ese momento no se encontraría nada bien, se había metido en un repugnante aprieto. Había oído mis gritos y podría haberse vuelto a tiempo, pero dar la vuelta y encontrarse cara a cara conmigo después de aquello sería lo peor de todo, de manera que, ¿qué iba a hacer?

Joven, creo que no estás acostumbrado a ser necesitado, no estás entrenado en pedir ayuda. Dabas la impresión de ser de buena familia y un muchacho honrado. Ese «momento de apuro» había crecido de tal manera que pensabas que necesitabas «ayuda». Tal vez se tratara de la factura de la leche o de cualquier insignificancia, Dios mío, te encontrarás con cosas mucho peores en la vida.

Y ahora tienes delante esos libros, sin poder devolvérselos a su dueño, pero tampoco podrás dejarlos ahí, sobre la mesa, a la vista de todo el mundo. ¿No querrás librarte de ellos? ¿Venderlos? Lo pregunto porque sí hay un recurso. Te resistes a convertirlos en dinero, pues no son tus libros, de acuerdo, tu resistencia te honra. ¿Pero qué opciones tienes? Perdona que me meta en esto, pero puedes llevar los libros a Omtvedt. Son ejemplares nuevos y encuadernados, sacarás lo suficiente para la factura de la leche.

Por cierto, ¿cómo se te ocurrió quemarte los dedos con esos libros? Todo puede explicarse. Supongo que querías proteger a un viejo para que no estuviera en plena calle llamando la atención manipulando billetes. Era una buena intención. Naturalmente sabías, en el fondo de tu ser, que no iba a poder echar a correr detrás de ti. Pero tú no podías detenerte y gritar que detengan al ladrón, ¿a que no? Al final te has metido en tal lío que a lo mejor incluso has considerado el suicidio. De modo que todo tiene una explicación.

En lo que a mí respecta, no me atrevo a quedarme aquí más rato, la gente empieza a mirarme, tengo que abandonarte, además, voy a Correos…
¡Me hundí!
Correos —el libro para la Cruz Roja— la señora Vogt…

Sí, la señora Ida Vogt participaba en la organización de un mercadillo a favor de la Cruz Roja y me pidió un libro para el sorteo. Compré el libro y escribí unas palabras en él. Pero era un regalo pobre y añadí un billete de cien con el fin de que el libro resultara más atractivo para el sorteo. Me lo envolvieron muy bien e iba camino de Correos para enviarlo.

Pero todo había salido de otra manera. Un joven con cara honrada y agradable estaría en la librería viendo lo que hacía, me siguió, me paró y se me metió en el bolsillo.

Se fue a su casa con el libro. Ya lo creo.

Tuve que enviar un nuevo ejemplar a la señora Vogt con nuevas palabras sabias. Y recibí un entusiasmado agradecimiento suyo por mi idea del billete de cien.

*

Creo que en algún lugar de lo que aquí he escrito prometí volver a la vida en la Clínica Psiquiátrica. No es que prometiera gran cosa, pero no debería haber prometido nada, ni siquiera haberlo mencionado. Incluso hoy recuerdo lo destructiva que fue para mí aquella estancia. No se puede medir, no tiene nada que ver con medidas o pesos. Fue un lento arrancamiento, con raíz incluida.

¿A qué se debió? A nadie en particular, a nada en especial, un sistema. Un régimen que decidía sobre la vida, reglamentos sin intuición ni corazón, una psicología de casillas y columnas, una ciencia entera de abstinencia.

Otros podrán soportar esa tortura, eso a mí ni me va ni me viene, yo no fui capaz. Lo que debería haber comprendido el psiquiatra. Era una persona sana, me convertí en gelatina.

No suelo quejarme ni estar descontento con el mundo. No soy un cascarrabias, bromeo a menudo, me río con ganas, soy de talante optimista. Lo heredé de mi padre, que era conocido por ello. Otras buenas cualidades que pudiera tener habré de agradecérselas a mi madre. Soy un producto.

Pero no escribo biografías.

Ahora estoy anotando algunos sucesos casuales, recuerdos insignificantes de la sección de hombres de la Clínica Psiquiátrica. También incluyo un par de asuntos serios que hablan por sí mismos, aunque vuelvo a recordarlos con gran desagrado.

Es una institución organizada y administrada por un sistema parecido al de los jesuitas, con media docena de hombres adultos dispuestos a intervenir si es preciso, y un sinfín de enfermeras blancas que avivan el ambiente, aterrizando en las habitaciones como un rumor de palomas blancas. Había enfermeras buenas y diáconos capaces. En el sótano había un taller para los pacientes necesitados de ejercicio físico, y en lo alto del edificio estaba el laboratorio, donde la persona correspondiente realizaba sus experimentos y hacía sus descubrimientos en el campo de la vida interior. En medio se encontraban las salas de estar, por las que había disperso medio centenar de personas «nerviosas y enfermas mentales». El tiempo transcurría a sesenta minutos por hora, porque más cerca era imposible llegar. Por todas partes había orden, puntualidad y frío, un ambiente despersonalizado y reglamentos, disciplina y religión.

Pude comprobar que los hospitales y los manicomios son cosas muy distintas, aunque en ambos casos se trate de instituciones dedicadas a la asistencia sanitaria. Llegué a tener cierto conocimiento del manicomio, mientras soñaba por las noches con un hospital normal y corriente, una cárcel normal y corriente, una vigilancia normal y corriente, trabajos forzados, cualquier cosa que no fuera el manicomio psiquiátrico de Vindern. Estuve allí internado durante cuatro meses, no debería haber estado ni un día. No era un paciente, era un huésped, un alojado.

Empecé en la sección primera, en una celda con una mirilla en la puerta, me dieron una cuchara para comerme la comida, no debía toser demasiado fuerte, no debía abrir por mi cuenta los paquetes con ropa interior que me mandaban de mi casa, y no me dejaban quedarme con la cuerda. Estuve allí un par de meses, luego subí una planta. Allí no tenía una celda, sino una habitación lateral con una puerta normal que se podía cerrar, lo que agradecí. Allí todo era más luminoso y amable, no tan enajenado, me dieron tenedor y cuchillo para comer y al cabo de algún tiempo me devolvieron mi reloj. Pero había la misma clase de registros, el mismo ambiente de hurgar y husmear a escondidas, toqueteaban mis papeles y mis libros con el pretexto de ordenarlos, y durante mucho tiempo tuve que tolerar que por las noches me quitaran la ropa y la colgaran.

No apreciaba ninguna diferencia importante entre los pacientes de allí y los de la planta baja, tal vez aquí fueran algo más numerosos los que recibían tratamiento de shock y luego debían descansar. En nuestros paseos diarios nos mezclábamos. Solo yo, que no oía, tenía que mantenerme aislado de los demás para no molestar, obligándoles a hablar conmigo, y refrenándome para no repetir mis preguntas una y otra vez.

Un día, una belleza alta y morena se detuvo y sonrió hacia donde me encontraba. Iba vestida de enfermera debajo del abrigo oscuro, no la había visto antes, pero me levanté del banco, la saludé y le dije que no oía. Pude ver que ella contestó: ¡Lo sé! Acto seguido se alejó.

Pasaron unas semanas sin que volviera a verla. Pero un domingo —creo que fue un domingo— salió vestida de viaje de la sección de mujeres, llevaba una pequeña aleta e iba acompañada por un caballero. Los saludé y me quedé inmóvil. Ella fue derecha hacia mí y me dijo que quería agradecerme algunos de mis libros. Le pregunté si se marchaba del lugar, pero ella contestó que solo iba a dar un paseo con su marido. Era sumamente amable y se esforzó por hablarme cerca del oído. Más adelante la vi de vez en cuando por los paseos del jardín, no debía de ser una enfermera, me había equivocado, era una paciente, nerviosa, febril, una señora.

Otro domingo —si era domingo, no estoy seguro— me saludó un joven que caminaba junto a una señora mayor que tal vez fuera su madre. No habló, se limitó a saludar. La mujer no participó en el saludo, sino que se volvió hacia otro lado. Al cabo de una semana, el joven regresó y repitió el saludo, y lo mismo la semana siguiente, la mujer se volvía cada vez hacia otro lado. Tal vez el joven actuara en contra de la voluntad de ella, de modo que para impedir que la mujer se disgustara aún más, lo saludé y le dije que tal vez no supiera que estaba arrestado, que estaba ingresado por orden de la policía. No oí su respuesta, pero capté las palabras ¡me es igual de querido! Luego no los vi más ni a él ni a ella.

Era para mí un misterio cómo el personal de servicio soportaba permanecer en esa casa. Los hombres estaban menos expuestos, pero muchas de las enfermeras entraban bastante jóvenes y se quedaban durante veinte años. Les pregunté alguna vez por su sueldo. Entonces se callaban. ¿Pensión? Entonces se callaban. ¿Tiempo libre? ¡Ah sí, determinados días! Por cortesía no quise seguir preguntando.

Pero es ahí donde empezaba para mí el misterio. Muchas de ellas eran buena enfermeras, educadas y con un lenguaje decoroso, habían recibido formación, habían leído libros antes de llegar allí, ya no leían. ¿Ya no soportaban leer? Sí, con mucho gusto. Hay revistas dominicales, cuadernillos bíblicos y libros religiosos por todas partes, pero no vi a ninguna enfermera interesarse por esas lecturas. Oficialmente se trataba de un lugar religioso, lo que no impedía que fuera más bien humanista en la medida que se podía. Si una enfermera cometía un error, nunca llegaba a saberse. En todas las demás situaciones de la vida, ella buscaría testigos si hiciera falta; allí nohacía falta, allí está protegida por el silencio, el suyo propio y el de todos, así es el sistema. Si ocurre algo por lo que ella tiene que responder, ella no responde. Si la luz la enfoca, ella aguanta. No puede hacerlo todo el mundo, pero ella sí. Puede llamar a un diácono para que observe cómo aguanta. Cuando una enfermera ha prestado sus servicios durante el tiempo suficiente, habrá aprendido ya tanto método práctico de los jesuitas que le servirá para toda la vida. Y a la hora de su muerte no necesitará nada más que un sacerdote que le dé la absolución.

Me acuerdo a menudo de esas buenas enfermeras. El aire es malo en este lugar, y por aquí andan envejeciendo. Ningún ambiente acogedor, nada de alegría, nunca una risa, Dios las libre de reírse. Muchas eran muy simpáticas, podría mencionar nombres, pero no me atrevo para no exponerlas a nada. Sobre sus cunas se cantaban canciones de amor, niños y hogar. Luego se cantaba sobre tres puertas cerradas a la vida. Así transcurre el tiempo. Después no piensan en nada más, se limitan a estar.

Mientras me encontraba allí pasándolo mal, no había nada que me obsesionara más que el que la estancia en la clínica tuviera un fin. Me sentía cada vez más atormentado, cada vez más hueco, no había nada que me reconciliara con mi papel de conejillo de Indias para la ciencia psiquiátrica, ni nada personal que me acercara a la administración. Nos cruzábamos por escaleras y pasillos sin decir nada.

Arriba del todo estaba el señor Langfeldt, el médico jefe de la institución y catedrático de universidad. Yo nunca había escuchado sus clases y tampoco habría estado capacitado, como lego que soy, de opinar sobre ellas. No todos sus estudiantes estarán entusiasmados con sus clases, supongo, lo mismo les ocurre a ciertos profesores en ciertas disciplinas. Me baso en mi impresión personal y en la intuición, en ambas, me baso en episodios, en hechos, y en lo que pueda tener de sentido psicológico. En mi carta al fiscal general del reino he insinuado algo sobre mi postura ante el profesor Langfeldt, y esa postura no ha cambiado con el tiempo. Me parece un seminarista que ha vuelto del seminario con todos esos conocimientos escolásticos que ha recogido de los libros de texto y otras obras eruditas, y que más adelante y mediante más estudios, ha renovado y puesto al día hasta hoy. No entiendo nada de eso, simplemente tomo nota y lo presupongo, ni siquiera lo necesito.

Se siente muy seguro con sus conocimientos. Pero eso no es lo mismo que estar seguro en la antigua sabiduría: ¡nada se puede saber seguro! En su personalidad, en su manera de ser, el señor Langfeldt sigue estando en la cima de su aprendizaje acabado que no se puede cambiar, con su silencio ante las objeciones, con su arrogancia general, en suma, que no parece sino artificial.

Durante una visita médica, vi a la doctora adjunta darle una explicación de varios minutos, ella detuvo toda la procesión, mientras él escuchaba tranquilamente. Acto seguido, y sin contestar a la mujer con una palabra, sin hacerle ningún gesto, prosiguió con todo el personal médico detrás. En otra ocasión, la misma doctora soltó una carcajada al escuchar una historia, una broma —y él se limitó a mirarla.

Me hubiera gustado ver en ese psiquiatra la capacidad de esbozar una sonrisa, una sonrisa que en alguna ocasión también pudiera referirse a él.

Esa manera de ser tan fría y distinguida no es muy auténtica, sino más bien estudiada para el lugar y el entorno. No es un hombre inflexible ni que se ha quedado anquilosado, si así fuera no se mostraría tan dispuesto y activo. Además de cuidar su oficio de profesor y su vocación científica, también encuentra tiempo para escribir un libro médico con remedios caseros para la gente del campo, bueno, incluso ha escrito un artículo para los abonados a la popular revista mensual Samtiden. Es joven, de buena reputación y seguramente miembro elegido de todas esas sociedades de sabios. No, no se ha quedado anquilosado. Los demás pueden, él no. Su rigidez se debe más bien a una suerte de afectación. Es lo bastante animado como para callarse del todo, o hablar y decir su parecer.

Mencionaré indistintamente un par de ejemplos de esto último.

Los sirvientes habían deteriorado mis útiles de afeitar, cortando con un cuchillo el cuero de la bandeja y perdiéndome además una parte importante de los mismos. No hubo manera de encontrarla. A continuación, los criados se marcharon, dejándome atrás, sin saber qué hacer. Una enfermera que llevaba veinte años de servicio me llevó a un cuarto sin espejo para que pudiera empezar a afeitarme con la navaja de ella o de alguien, y me hice un buen corte. De repente escuchamos un bramido, procedía del profesor. Un auténtico bramido: estábamos en un lugar no apto para mí y mi afeitado, el profesor bramaba de ira, se equivocó y dijo «joven muchacha» (cuarenta-cincuenta años), se corrigió, se quedó un buen rato mirando fijamente, y no se marchó, ¡se quedó allí para recuperarse! Fue algo digno de ver. La enfermera se había quedado paralizada, yo me limpié el jabón y la sangre. No abrió la boca, ni mu, podría haberse defendido con unas palabras, mencionado a los criados… ¡pero ante el profesor en persona eso era impensable, estaba descartado!

No carezco del todo de experiencia en tener a gente trabajando para mí, y me pregunto cómo me hubiera ido si en un caso así hubiese proferido semejante bramido a un obrero. Creo que en lugar de bramar me habría marchado sin darle la menor importancia.

Una mañana, el profesor vino directamente hacia mí y me dijo: Creo que usted recuerda mal, ¡pues también usaba gafas cuando estaba en Hardanger! Con eso pretendía mostrar al personal lo infinitamente exhaustiva que era su investigación, que retrocedía casi hasta cuando me encontraba en el vientre de mi madre. Pero yo estaba infinitamente harto de tanto hablar de mis gafas, que no tenían ninguna importancia mental. Estuve en la región de Hardanger en 1879, hace cerca de setenta años, en mi más tierna juventud. Podría haberle dado al profesor una explicación detallada, pero no me dio la gana. El médico llegó un día a la granja donde yo me hospedaba, llovía, llevaba un chubasquero negro y un sombrero negro para la lluvia, tenía un apellido compuesto, algo así como Maartman-Hansen. Como el farmacéutico y el óptico más cercanos se encontraban en Bergen —a un día eterno de viaje—, el doctor traía un maletín con los medicamentos y gafas más necesarios, ¡así conseguí mis gafas en Hardanger!

Pero vaya, había que exhibir nuestra higiene mental ante la plantilla.

Fui llamado ante el profesor. La persona que me dio el recado pateó de impaciencia para que acudiera. Encontré al profesor y a sus colaboradores en el despacho. Se me entregaron las tres cartas que mencioné en mi exposición al fiscal general del reino el 23 de julio del 46, y sobre las que ya había dicho lo que quería decir. Debí de hacer un gesto de impaciencia, porque de repente el profesor dijo, irritado: ¡No, no se enfade usted, nadie quiere hacerle daño! Dijo esto no a uno de sus alumnos en la cátedra, sino a un vejestorio. Y lo arbitrario que era su lenguaje: Nadie, dijo, quiere hacerle daño, cuando en realidad no podía responder más que de sí mismo. También hice esa objeción. El profesor se levantó irritado. Sin ningún preámbulo, sin orientar a sus colaboradores, me preguntó en voz alta: ¿Ha pedido usted prestado dinero a algunas señoras? (pues eso era lo que ponía en las cartas anónimas). Debí de quedarme boquiabierto, debí de empezar a tartamudear. En una ocasión anterior había tenido que recordar al profesor que no estábamos solos, pero esta vez no lo hice, creo que no se me ocurrió decir nada, solo murmurar. No recuerdo haber pedido prestado dinero a señoras jamás, pero si lo he hecho, lo he devuelto, de eso estoy seguro. ¿Pero qué tiene que ver esa pregunta en este contexto? En su amplio dossier al tribunal, el profesor ha intentado suavizar por escrito este episodio. Ya no lo reconozco.

Pero así era el tono. Quería brillar ante sus colaboradores. Así podía hablar el brillante profesor Langfeldt a un viejo inocente. Sabía que ellos callarían. Eran cuatro médicos y muchas enfermeras, callarían. Se decía en la institución que los colaboradores estaban allí «para aprender», el profesor era el amo, podía emplear el tono que quisiera, y también enseñárselo a ellos.

¡Bien, que sea lo que quiera!

En los asuntos que he mencionado supongo que podrían influir ciertos factores que el profesor podría alegar como disculpa. No tengo interés alguno en creer otra cosa. En ese sentido podría hacer referencia a la posición en general de ese hombre como director y anfitrión de su clínica, de un hotelero con un centenar de huéspedes más o menos enfermos, y una gran cantidad de personal de servicio por debajo de él. Eso habría puesto nervioso a cualquier otro profesor de universidad. Y me imagino que se requiere bastante severidad y disciplina, e incluso tal vez también de vez en cuando un «bramido», para mantener la obediencia en esta casa del barrio de Vindern.

El profesor no podrá rechazar en cambio la crítica de algunos actos y decisiones de los que él es personalmente culpable. Entre ellos incluyo sus obstinados esfuerzos por llamar a mi mujer y utilizar sus explicaciones en mi contra, registrar su testimonio y luego difundirlo entre letrados y oficinistas de las distintas secciones judiciales. En ese asunto, el profesor Langfeldt no tiene disculpa justificada. Mi mujer, en cambio, sí la tiene. Ella llevaba meses viviendo en el silencio de la cárcel, y luego estuvo parloteando ante él presa de un nerviosismo fácilmente explicable. El que la escuchaba era un hombre público, un hombre importante. Y llevaba con él una estenógrafa que apuntaba sus palabras.

No tengo intención de quejarme de nada. El profesor me había perseguido en repetidas ocasiones para conseguir información sobre mis «dos matrimonios». Al final ya no le contestaba. La última vez llegó con la pregunta por escrito. En mi breve respuesta —también por escrito— dije sobre mi matrimonio: ¡Podría gritar de miedo porque se urdiera aquí algo a espaldas de mi mujer, ahora que ella está tan arrestada como yo!

¿Es esto hablar claro? No solo quería ocultarme a mí mismo, sino también toda aquella monstruosidad.

Pero el profesor sabía qué hacer: con ayuda del fiscal general del reino consigue que mi mujer sea conducida de la cárcel de Arendal a la clínica de Vindern para examinarla. El resultado puede leerlo cualquiera, el público en general, en el gran dossier.

Yo era una persona a la que le había sucedido el para mí impensable internamiento en una clínica de enfermos mentales con el fin de someterme a observación. El profesor Langfeldt podía hacer conmigo lo que le diera la gana, y ganas le dieron.

Creo que si antes hubiera reflexionado escrupulosamente sobre lo que tenía en mente hacer, es probable que hubiese desistido de su plan. Yo había mantenido al margen a mi mujer y mi matrimonio durante varios meses, y creo que tenía razones para hacerlo. Pues, ¿dónde iba a terminar todo aquello? ¿Quedaría sin tocar alguna persona, o la vida privada de alguna persona, incluida la del propio profesor? Los agraviados suelen ser los familiares, los hijos suelen ser los que sufren, suele haber un cierto límite que la gente normal y educada no traspasa.

En el momento en el que se forzó la presencia de mi mujer, el profesor se habría enterado ya hacía tiempo de que yo no era un enfermo mental. ¿Para qué serviría entonces la presencia de ella, excepto para alimentar la curiosidad y el escándalo? ¿Dirá el profesor que la observación habría tenido un resultado completamente diferente sin la intervención de mi mujer? ¿Dirá que yo, sin la intervención de ella, podría haber sido declarado enfermo mental?

Ahí está el material. Tal vez pueda ser estudiado algún día.

A mí me parece indebido el proceder del profesor. Ya desde el principio de su conversación con mi mujer podría haber encontrado una forma más adecuada. Al ver y oír cómo se desarrollaba esta, podría haberse levantado, dejando lo que quedaba de excavaciones en otras manos, en manos de aquella competente médico mujer. Al parecer, él es completamente ajeno a tal idea, esa disposición acaso algo exagerada empleada para sonsacar las muchas malas cualidades de otra persona podría haber dado qué pensar a un psicólogo más prudente. El propio profesor Langfeldt sabe que no está muy capacitado para penetrar en las intimidades de un matrimonio ajeno y hurgar en ellas. Para eso es demasiado rígido y cuadriculado, su cabeza está llena de cosas aprendidas, y esas cosas pertenecen a diversas casillas, a la vida y al aprendizaje.

Recuerdo un caso parecido, no igual, en uno de nuestros países vecinos, donde el profesor no solo cedió su lugar, sino toda su posición en su institución, dejándose trasladar a otra.

*

(Continuará…)

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